Pasaron tres días. Durante la luz del día, si es que era fresco, Judy y Nick marcharían hacia su hogar, siguiendo los signos y sus infalibles memorias. El viaje a casa era siempre la parte más fácil. Era volver por territorio conocido, por caminos y senderos ya mantenidos en la memoria. Se nutrían de arbustos de bayas que conocían de antemano, recogían champiñones, y no encontraron hambre durante su camino. Bebían de arroyos y no encontraban sed. Se aseguraban de evitar los profundos, oscuros bosques.
Era el cuarto amanecer cuando vieron las Madrigueras en el horizonte. Los familiares tramos de campo agrícola y chozas llenaron a Judy de ansia, que siempre sentía cuando volvía a casa. Ella sabía que, como un reloj, no demoraría mucho tiempo para salir de viaje de nuevo, como era su deber. Nick se acarició contra ella, andando en cuatro patas mientras Judy caminada a su lado.
"Judy, ¿qué le dirás a tu padre?" No era propio de él hablar fuera de lugar, pero la experiencia le había afectado.
"Nick…. Le diré a mi padre que herimos a un lobo. Le diré que las Praderas son un buen lugar, y que tal vez al oeste, lejos del salado océano, encontraremos buen terreno para nuestras casas."
"Así que mentirás." Observó Nick, tratando de virar lejos de sonar fustigador.
Judy calló por un largo rato. Luego afirmó con la cabeza.
"Voy a mentir."
Brincando sobre rocas en lenta sucesión, el par luego quedó a la distancia de arrojar una piedra de las Madrigueras. Cruzaron por un campo de lechugas y captaron la atención de un conejo atendiendo los cultivos. En momentos estuvieron rodeados por niños saltarines e incluso algunos adultos, ansiosos de noticias de su misión. Nick no pudo aguantar sonreír un poco ante todo ese salto descontrolado.
"Ya, ya, jóvenes conejitos, debemos reportarnos con padre. Miren como eluden su trabajo al primer signo de interés." Judy regañó, casi riendo. "¡Vamos a morir de hambre si huyen delas granjas con tanta facilidad!"
"¡Pero hermana, queremos saber también!" Reclamaron, saltando y tironeando de su ropa. Los otros conejitos se vestían igual a Judy, y no se extrañaban ante la desnudez de Nick. Todos estaban acostumbrados. Uno a uno se dispersaban y volvían a su trabajo, excepto una pequeña conejita de ni cuatro años que Nick tenía en sus brazos.
"Ésta es muy pequeña, ¿qué hacía en las granjas?" Le preguntó a Judy, acariciando la pequeña cabeza de la conejita que se chupaba el pulgar.
"Ah, Lucinda. No debes alejarte de casa. Las granjas son... Las granjas son para chicos y chicas grandes." Explicó Judy, bajando la vista hacia los grandes ojos de su hermana. No estaba enojada. Solo preocupada. Más de un conejito ha sido robado por detestables depredadores merodeando en los bordes de las Madrigueras. No quería decirle a la pequeña Lucy que por eso se preocupaba, así que tomo un camino distinto.
Cuando llegaron a las chozas, Nick dejo a Lucinda abajo y ella se abalanzó hacia los brazos de un pariente mayor. Judy saludó ante la señal de sus hermanos y hermanas, que estaban felices de verla. Al ser ella lo primero que veían, no esperaron a que hablara con ellos. Sabían bien que debía hablar con su padre primero.
Judy se acercó a la cabaña con la pesada puerta de metal. Golpeó dos veces y luego la abrió. Nick se quedó afuera, acurrucándose en posición sentada y lamiéndose la parte de atrás de sus patas. Dentro de la choza, la luz se asomaba por entre la paja del techo. Allí su padre se sentaba en la sala espartana, en una silla hecha de ramas, su expresión cambiaba a una de felicidad al ver a su hija regresar a salvo. Judy se sentó, cruzando sus piernas en el piso. Ella esperó sus órdenes.
"Judy, Buscadora, hija, me llena de alegría saber que vuelves sana y salva." Stu dijo, sus sabios ojos semicerrados mientras sonreía. "A pesar de ser solo seis días, nuestros corazones te han extrañado. Dime, Buscadora. ¿Qué has visto? ¿Son las Praderas un lugar seguro? ¿Encontraron tú y tu zorro nuestro nuevo hogar?
Judy tomo aire, y luego hablo:
"Padre, las Praderas son un lugar pacífico. Al este hay riscos y el susurro del océano. Al oeste hay campo abierto que podríamos amansar con nuestros métodos."
"¿Y tienes alguna razón para sospechar peligro o disputa en el trayecto?"
Judy negó con la cabeza. "El camino es seguro. Solo debemos ocultarnos una vez. Habían bastantes arroyos y fuentes de comida, pero debemos tener provisiones si viajamos como aldea."
Stu asintió. "Y las tierras en sí. ¿Qué peligros encontraste?" Tomó una pipa hecha de una cáscara de maíz y comenzó a fumar de ella. Luego bebió agua cruda de un bol, hecho de una roca rozada con otra.
Judy apartó la vista por un momento y exhaló. Sus emociones surgían y se mezclaban en su interior, y sabía que debía mantenerlos en control antes de hablar. Recordó la voz de la loba. Recordó su blanco pelaje con una mancha de sangre como un sol en atardecer en un cielo brumoso. Recordó la indecisión de Nick… Su amabilidad cuando el de ella no estaba.
"Padre, Nick y yo… Captamos el aroma de un lobo. Un lobo, pero sin manada. Seguimos y observamos a este lobo a distancia segura. Pronto, el lobo giró hacia nosotros, y no tuvimos más opción que planear una emboscada. A pesar de herir al lobo con mi resortera, escapó. La nariz de Nick dijo la verdad: este lobo no tenía manada. El peligro por un lobo es… pequeño, padre. Superable. Podríamos sembrar en las Praderas.
Stu se echó atrás en su silla, y rechinó en el silencio. Se le veía pensativo, y fomó de su pipa por algunos momentos antes de hablar.
"Entonces deberíamos prepararnos pronto para mudarnos. Buen trabajo, Judy. Eres mi hija apreciada. Te enviaré una vez más a las Praderas antes de empezar las preparaciones. Hay que esperar para que los cultivos den fruto. Luego… Luego deberemos ir a nuestra nueva casa."
Judy estaba aliviada, pero no lo demostró; sabía que era lo mejor. Se puso de pie, lentamente, mientras su padre abría sus brazos. El abrazo fue cálido y familiar. Conocía todo esto desde su niñez. Al igual como conocía a su confiable zorro. Cuando se apartó de su padre, él la miró a los ojos.
"He vivido un largo tiempo, Judy. He vivido tanto que ya olvidé mis primeros veranos. En todo el tiempo trabajando la tierra y criándolos, nunca he sentido el olor de un lobo solitario. Nunca. Cuando tu resortera golpeó al lobo. ¿Lo viste? Dime."
Judy no había esperado estas preguntas. Su padre se veía tan complacido. Pero ahora estaba serio, sus ojos café se encogieron de temor. La tomó más apretada de lo usual, con más protección que en mucho tiempo.
"Padre… el lobo era un lobo blanco. Cazaba solo, por roedores. No sentimos aroma ni escuchamos aullido de otro lobo. Este lobo, cuando cayó… no aulló. No pidió ayuda. Este lobo estaba solo, padre. Este lobo no tenía a nadie." Su mente se saturaba de memoria. No se dio cuenta antes de que le faltaba ese aullido delator. Nunca había escuchado de un lobo sin aullido.
'Cachorros…' Recordó ella, y pensó en sus hermanas más jóvenes – pensó en Lucinda.
"Ahora consulta a los ancianos, Judy. Les vas a pedir consejo. En una semana retornarás a las Praderas, mi Buscadora. Debemos garantizar su seguridad. Anda." Dijo Stu, besándola en su frente. "Y cuando hayas hablado con ellos, ve con tu madre. Está inquieta."
Judy salió de la choza de mala gana. Vio a Nick sentado afuera y se acercó para acariciar su cabeza y orejas.
"Ven, Nick. Ahora vamos con los ancianos." Dijo ella, y él se puso de pie. Nick siempre era capaz de pararse, pero más a menudo el andaría en cuatro patas. Judy pensó que tenía que ver con ser de la especie depredadora. Para Nick, solo era más cómodo. Juntos, Judy y Nick cruzaron la aldea hacia la gran casa donde vivían los ancianos.
Hacía tiempo que los ancianos estaban muy viejos para trabajar las tierras, pero el Clan Hopps respetaba la edad. Ellos eran los abuenos de Judy – ambos padres de su padre, y la madre de su madre. El abuelo de Judy de parte de su madre había muerto por un ataque depredador años atrás. Había salido a caminar. Fue rápido, muy rápido, y nadie pretendía saber qué clase de depredador había hecho la hazaña.
Esta vez, cuando Judy entró a la choza, Nick lo siguió. Dos grandes montones de paja arreglados como camas se ubicaban a cada lado de la casa. Habían pocas cosas, salvo por unas tinajas de agua hechas de arcilla, canastas conteniendo vegetales secos, y una mesa con sillas. Las abuelas de Judy parecían trabajar en sus tejidos e historias de comercio. Mientras que su abuelo tallaba un pequeño objeto de madera, era un grabado. Cuando entró luz mientras lo hacía Judy, la notaron y pausaron su artesanía.
"¡Judy!" exclamaron ellos su nombre casi al unísono, abriendo sus brazos para recibir un abrazo y una frotación en la mejilla a cada uno. Incluso en la escasa luz, Judy podía ver y apreciar las semejanzas entre estos conejos y sus padres.
Nick descansó cerca, sentándose otra vez en sus ancas y mirando a los conejos intercambiando amabilidades. Estaba seguro que lo habían visto, y estaba seguro que él era casi un conejo como el resto en el Clan Hopps, pero aun así no estaba acostumbrado a tal afecto salvo por la que recibía de Judy.
"He venido por consejo, buenos ancianos." Dijo Judy, separándose del último abrazo y sentándose en el suelo con las piernas cruzadas como lo hizo con su padre. Nick vino para descansar a su orilla.
"Habla, Judy." La alentó su padre, dejando su tallado de lado.
"En las Praderas, Nick y yo topamos con un lobo. Pero éste no se parecía a los relatos antiguos. No era ni más grande in mortífero que el lobo promedio." Judy elaboró sus palabras, aún confundida por lo sucedido.
Sus abuelas se miraron mutuamente. Una dijo, "Los lobos solitarios son peligrosos, Judy. Muy peligrosos de combatir. ¿Corriste, cierto?
Judy afirmó. Otra vez, mintió.
"Lobos solitarios…" Habló el abuelo de Judy, y los demás escucharon. "Son peligrosos por ser desesperados. Imagina vivir sin tus hermanos y hermanas, Judy. Imagina vivir sin tu zorro. Esa es la vida de un lobo así. No es de extrañar que enloquezcan.
"¿Y qué hay de estas palabras: alfa, omega? Nosotros… nosotros husmeamos al lobo." Judy sintió que la atraparían mintiendo acá o allá. Estaba preocupada. ¿Sería recriminada? ¿La separarían de Nick?
Hubo silencio, y Judy sintió en cualquier momento que el dolor de desaprobación llegaría a sus oídos.
Sintiendo esto, Nick levantó su cola y frotó su nuca contra la pata de Judy. Ella lo acarició amablemente en respuesta, mirando a sus abuelos.
"Esas son palabras de lobo." Dijo la madre de su madre, con un profundo suspiro, "escuchadas en antiguos tiempos cuando con frecuencia encontrábamos lobos. Los Alfa son los líderes de la manada, como tu padre del Clan. Un Omega es el miembro menos respetado. Subordinado a los demás. El rechazado del grupo.
Así que éste era el significado detrás de las palabras de la loba. Había estado con un Alfa pero su lugar era la de una Omega. Eso explicaba su expulsión. Judy conocía estos rangos de diferente forma. Por ejemplo, ni soñaría hablar fuera de lugar a su padre, ni sus parientes menores con ella. Nick… Nick era deferente a todos, ¿Pero por qué? Era más alto. Fuerte. Podría terminar una vida cuando quisiera, y Judy lo sabía.
Nick también sabía. Sabía, pero no lo pensaba. Estaba lejos de ser posible. Era un buen zorro, y correspondía al Clan Hopps. Además, quedaba una pregunta. ¿Por qué no todos los depredadores eran buenos, y amables, y pacíficos con el Clan Hopps? ¿Debían ser criados de nacidos, pacificando su naturaleza por una amorosa familia de conejos? Las mentes de Judy y Nick pensaban incesantemente esto, como si estuvieran conectados.
"Judy." Su abuelo habló otra vez. "No debes quedarte mirando al tratar con lobos. Solitarios o no. Matan conejos, poco más. Si se te da la oportunidad de nuevo, de acercarte a un lobo solo, que sufra la muerte. ¿Entendido?"
Era un ultimátum. Una ley. Judy sabía cómo conocía muchas leyes. Nunca herir un miembro del Clan. Nunca dejar sola las tierras del Clan; incluso ella debía estar con Nick en todo momento. Nunca mentir.
Nick se agitó, afectado por la incoherencia de los eventos. Deseó no haber hablado por desafío, originalmente, si no por curiosidad. Su tono sonó más insolente de lo que quería.
"Pero… ¿Esto no nos hace como el lobo?" Dijo Nick, y Judy lo quedó mirando. Todos lo hicieron. "Este lobo no cazarnos. ¿Por qué perseguir? ¿Matar sin razón? ¿Por ser lobo?"
La madre del padre de Judy frunció el ceño, sus rugosos rasgos se arrugaron aún más. "Calma a tu mascota, Judy. No entiende nada. Luchamos para defendernos, somos Hopps. Solo somos comida para los lobos, nada más."
Judy trató de calmar a Nick; lo acarició a lo largo de su espalda pero esta se espinaba más de rabia. Su cola se movía de lado a lado, y luego se dio vuelta del pecho de Judy para mirar a los ancianos.
"¿Y si es zorro? ¿Qué si es zorro? ¿Qué si yo en el pasto? ¿Matarme, antes que nada? ¿Por seguridad?" Nick hablaba fuera de turno; él hablando así era inimaginable. Judy no sabía de dónde sacó esa idea. El clan Hopps lo amaba, claro, asi que ¿por qué se sentía que era algo personal?
"Nick…" Le habló Judy con afecto, tratando de calmarlo, pero Nick no se iba a tranquilizar tan fácil. Dio vuelta y se fue, abriendo la solapa de la puerta y dejando una momentánea abundancia de luz debido al sol fuera. Judy se llenó de culpa, inculpándose de inmediato, vagamente y sin preguntar, en su nombre. Así eran las cosas, actuar con humildad y devoción filial. A Nick se le enseñó lo mismo, pero ahora ella sentía como si estuviera viendo realmente lo que se encontraba dentro de su corazón.
Judy se volteó hacia los ancianos, quienes se miraron entre sí.
"Controla a tu zorro." Dijo una, para luego volver a su tejido.
"Procura que no use ese tono en el futuro. Tiene suerte de que si quiera tenga voz, al salvarlo de la selva desconocida." Dijo otro anciano, sacudiendo si cabeza en desaprobación.
Judy asintió. Era hora de irse. De ver a Nick, y de saludar a su madre. Se puso de pie, inclinó bien su cabeza y deseó no haberle dicho a nadie sobre lobos.
