Hola a todos me paso a dejar un nuevo capítulo. Que lo disfruten.

DISCLAMER.- Todo lo que puedan reconocer le pertenece a J.K. Rowling, la Warner y no sé a quien más, yo solo escribo por diversión y sin ánimo de lucro. La estrofa del principio de la historia le pertenece al grupo Sylvania y la canción se llama No Sé Que Será De Mi.

Este trabajo está dedicado a Violette Moore.


OTRO LUGAR

por

Adrel Black


LA ÚLTIMA DESPEDIDA

Hoy mi cielo yace gris,

sin estrellas que te hagan sonreír.

Hoy la luna se durmió

y su luz se apagó,

no sé qué va a ser de mí…

(No sé que será de mí, Sylvania)

Todo había sido turbulento en torno a él, principiando con su vida y terminando con su muerte, el tiempo que duró sufriendo, tirado, ahogándose en su propia sangre en la casa de los gritos. Los intentos infructuosos de los medimagos por salvarlo, la resistencia del ministerio a considerarlo un héroe, "no hay pruebas suficientes" dijeron, las memorias que Harry tenía no eran pruebas contundentes.

—Si Snape fue capaz de engañar a Voldemort —nos dijo Kingsley a Harry, Ron y a mí unos días antes de su sepelio, en su despacho —bien pudo ser capaz de engañar a Dumbledore, nada nos garantiza, Harry, que esas memorias sean fidedignas —Kingsley continuó diciendo —Snape fue un gran mago, eso yo no lo discuto, —pareció que quería dar una negativa sin dejar de sonar conciliador —era muy inteligente, es eso lo que me hace dudar, conocía las artes oscuras…

—Usted es auror —dijo Harry molesto— ¿conoce las artes oscuras?

—Claro pero…

— ¿Y eso lo hace deshonesto?

—Harry —respondió Kingsley.

—Snape fue un héroe —aclaré en tono bajo, mi voz flaqueaba desde hacía demasiados días.

—Hermione —dijo Kingsley en tono pacificador.

Harry y yo estábamos sentados frente al ministro, mientras Ron estaba de brazos cruzados más al fondo, se había vuelto taciturno, la guerra nos había cambiado a todos.

—No me importa —dijo Harry —si el Ministerio no reconoce a Snape como un héroe, para mí lo es, salvó mi vida y la de muchos otros, así es como lo sostendré en público Kingsley. —Luego al ver que Kingsley no decía nada Harry remató —también pediré a la profesora McGonagall permiso para sepultarlo en el castillo, junto a Dumbledore.

—Harry —murmuró Kingsley negando con la cabeza —la comunidad mágica te ve como un referente, eres un héroe —luego hizo un ademán abarcándonos también a Ron y a mí —los tres lo son, si ustedes reconocen a Snape como un héroe ¿cuánto tiempo crees que pasará antes de la que la sociedad mágica lo haga también?

—Es por eso que te estoy avisando Kingsley —le respondió Harry —nosotros tres sabemos que Snape fue un héroe —Ron se removió incómodo en el fondo de la oficina, obviamente él no estaba tan seguro —de modo que es tu decisión lo que quieras hacer, yo solo te pongo sobre aviso.

—Pero Harry —Kingsley se desesperaba por momentos, se paso las manos por la cabeza calva —no te parece que es el colmo de… —el ministro buscó las palabras, al mover la cabeza su pendiente de oro destelló —bueno, del mal gusto sepultarlo junto a Dumbledore, fue él quien lo mató.

—Ya te expliqué las circunstancias en las que Snape asesinó a Dumbledore, no me parece de mal gusto y si quieres mi opinión creo que McGonagall estará de acuerdo conmigo.

Luego Harry se puso de pie y yo junto con él, Ron se acercó en silencio.

—Que tengas buen día Kingsley —con esa frase de Harry nos despedimos y caminamos hacia fuera de la oficina y hacia la salida del ministerio.

La gente nos señalaba mientras recorríamos los pasillos abarrotados. Por fin llegamos a la calle y caminamos hacia el callejón donde nos desapareceríamos.

— ¿De verdad teníamos que hacer esto? —preguntó Ron a nadie en particular.

Suspiré mortificada, Ron era el más renuente en lo que a la inocencia de Snape se refería, no quería sonar arrogante, pero sospechaba que yo era en parte la culpable. Harry se encogió de hombros.

—Sabías a lo que veníamos, Ron —le dije.

—Si, ya —me respondió de mala gana —solo preferiría que dejaras de llorar por él cada que alguien lo menciona, —quise llorar, mis ojos se tornaron acuosos, intenté retener las lágrimas, pero mi gesto no fue suficiente para Ron por que concluyó —ahí vas de nuevo, no lo entiendo Hermione, nos humilló durante seis años —luego negó con la cabeza y dijo a modo de despedida —nos vemos después.

— ¿Irás al funeral? —le preguntó Harry.

—Es necesario ¿no? —Había amargura en sus palabras —para que lo reconozcan como héroe tiene que parecer que nosotros lo hacemos —terminó con ironía.

—Gracias, Ron —dije.

Pero él solo me miró dolido y se fue.

.o.O.o.

McGonagall caminaba con paso marcial por las mazmorras, rebuscando en el baúl que Snape tenía a los pies de la cama y después en el armario.

Mientras tanto yo seguía recorriendo con la mirada todos los recovecos de aquellas habitaciones, jamás esperé estar ahí, jamás esperé que su habitación fuera tan… íntima.

Su despacho lleno de grandes cuadros de horribles torturas, con frascos fríos, colores oscuros y animales viscosos no daba muestras de que él considerara aquello un hogar, pero sus habitaciones eran como entrar a otro mundo. Dominaba la alcoba una imponente cama de dosel con muchas almohadas, las paredes de piedra, hacían que la habitación pareciera excavada en la tierra misma, cubiertas por anaqueles con libros y mas libros por todos lados, un sofá enfrente de una formidable chimenea, con diseños de serpientes y sobre la chimenea una enorme fotografía de una mujer, por principio sentí la punzada de los celos, era obvio que era una foto muggle pues la habitante de aquel marco permanecía fija con la mirada perdida en un tiempo remoto, al ver al pie de la foto el nombre de la mujer Eileen Prince, su madre, los celos empezaron a desvanecerse solo para reaparecer de golpe, cuando una foto mas pequeña llamó mi atención, la tomé, en un marco de plata, la foto de una mujer pelirroja, escribía en un pergamino y volteaba de pronto sorprendida. Al parecer la habían tomado sin su consentimiento.

Algo dentro de mi se removió, algo indefinido en mi estómago como una serpiente sumamente venenosa, quise odiar a esa mujer pelirroja con todo y sus ojos verdes por ser hermosa, quise odiarla por haber sido amada de una forma tan tremenda, de una forma que yo jamás conocería, los celos y la envidia invadieron mi sangre haciéndole hervir, dejé bruscamente el portarretrato y la mujer pelirroja me lanzó una mirada de enojo.

— ¿Es que solo tenía ropa negra? —preguntó a la nada una muy frustrada McGonagall sin que las lágrimas pararan de correr por sus mejillas.

—Supongo que si —le respondí, mirando el interior del armario —nunca lo vi vestido de otro color.

—Yo tampoco —dijo McGonagall, me senté sobre la cama y seguí escuchando a la mujer—bueno, claro que cuando era alumno usaba el uniforme, pero siempre se ponía la túnica cerrada de modo que siempre parecía vestir de negro y luego —siguió contando la profesora, parecía que necesitara hablar —cuando regresó y tomó el puesto de pociones nunca volví a verlo vestir de otro color, es como si hubiera estado de luto todos estos años.

—Si —le respondí mi voz sonó amarga, tan llena de veneno que yo misma me sorprendí, pero aun así no traté de evitarlo —por ella —señalé al lugar en donde descansaba el retrato de Lily Evans.

—Si, —me respondió mi profesora —Lily Evans, era una buena persona —rodé los ojos sin mirar a nadie en particular, lo último que necesitaba era que me describieran todas las virtudes de Santa Lily Evans, tal vez McGonagall lo notó porque dijo —siempre he creído que debió cortar las alas de Severus de raíz. —Miré a la jefa de mi casa en espera de que continuara —ella enamoraba a James, bueno, creo que lo amaba, pero a la vez parecía sentir algo por Severus —seguí en silencio imaginando a ambos hombres babeando por la pelirroja —no sé qué era, claro que no era amor, quizás algo como una obsesión, cuando Severus parecía sanar o mostraba interés en otras mujeres, ella volvía a buscarlo y él, claro, que se ilusionaba…

—Se tiene que ser muy perra —dije sin medir mis palabras —para hacerle eso a alguien.

McGonagall frunció los labios como si fuera a reñirme pero continuó hablando como si mi interrupción no hubiera ocurrido.

—…volvía a buscarla, luego ella quizás al sentirlo seguro de nuevo, lo dejaba, Severus la buscaba, la seguía y ella lo rechazaba, le daba esperanzas pero nunca lo aceptaba del todo.

Sollocé en silencio deseando hacer pedazos el portarretrato que tenía la fotografía de la madre de Harry. El vidrio se partió por la mitad y Lily Evans nos lanzó una mirada azorada desde su fotografía.

—Tranquila Señorita Granger.

—Lo siento Profesora, hace mucho tiempo que no perdía el control de mi magia, años.

—Señorita Granger —la miré —Hermione, siempre ha sido mi alumna favorita, aunque técnicamente no debería tener un alumno favorito, —aclaró —y de verdad la aprecio, usted ha vivido a su corta vida una guerra, yo a mis tantísimos años tengo dos guerras sobre los hombros —Minerva me miraba desde detrás de sus gafas cuadradas por primera vez me di cuenta de lo anciana que era, con su figura fuerte y recta como una torre, por vez primera pensé que ella podía ser mi madre, mi abuela, por Merlín, podría ser la abuela de mi madre —¿qué es lo que sucede con usted?

—No la entiendo Profesora McGonagall.

—Yo estoy aquí porque me siento culpable —la mujer se me acercó y se sentó a mi lado, luego soltó el llanto despacio, —el día en que ustedes tomaron Hogwarts, cuando Severus se fue, ahora lo entiendo, él no me atacó se defendió de mi, incluso sacó de combate a Alecto y Amycus para que no pudieran atacarme; Hermione, lo último que Severus escuchó de mi fue como lo llamaba cobarde. —Mas lágrimas recorrieron sus mejillas —vivió durante casi veinte años con todos nosotros en Hogwarts y aun así no pude ver detrás de su máscara.

—El engañó a Voldemort —le respondí tratando de consolarla, tomándola del hombro —era muy inteligente, no se culpe por eso.

Ella me miró agradeciendo mis palabras con un asentimiento.

—Ese es mi motivo Hermione, ¿cuál es el suyo?

Miré sus ojos y me sentí confiada, necesitaba hablar con alguien, sabía que Harry, Luna, Ron y Ginny hablaban a mis espaldas con respecto a Severus Snape, pero ninguno había podido reunir el valor necesario para preguntarme, y yo, no había reunido el valor para confesar a mis amigos qué pasaba. Yo lo prefería así, pero necesitaba decirle a alguien qué era lo que sucedía conmigo.

— ¿Puedo confiar en usted, en que quedará entre nosotras?

—Por supuesto.

Intenté pensar la manera de decirlo, pero al parecer no había una forma fácil, así que lo solté tal como era, sin adornos.

—Estaba enamorada de él. —Ella me miró con intensidad y luego al suelo.

— ¿Usted y él...? —se quedó callada dejando que yo infiriera el resto de la frase.

—No claro que no, él, bueno, era mi maestro y creo que yo existía en su mundo en función a que existía Harry, yo era la amiga sabelotodo de Harry.

—Si existe alguien —dijo McGonagall —que merecía otra oportunidad era Severus —yo sollocé —creo que se habría sentido muy honrado de que alguien como usted, Señorita Granger, se hubiera fijado en él —la mujer limpió las lágrimas de mis mejillas y me dio un maternal abrazo.

—No cree Profesora que es impropio… que yo sintiera eso.

— ¿Por la diferencia de edad? —Completó Minerva — ¿porque era su profesor? —luego miró de nuevo al suelo como meditando —yo no puedo decirlo de la misma manera que lo diría Albus, pero él pensaba que el amor valía la pena, siempre y cuando fuera amor sincero, yo creo lo mismo.

La miré y asentí, no me sentía mejor, pero al menos sentía que podía respirar con un poco menos de presión. McGonagall se puso de pie y siguió rebuscando entre las ropas de Snape.

—Supongo que como siempre vestía de negro a Severus le gustaría que lo sepultaran vestido de ese color.

—Supongo que si —le dije y me puse de pie.

Ambas continuamos buscando entre kilos de ropa negra algo especial, un traje especial para que Severus Snape acudiera a su última despedida.

.o.O.o.

El día en que sepultamos a Dumbledore, todo fue esplendor, magos vinieron de muchos lugares, el sol resplandecía, los pájaros cantaban en el mejor día del verano, la voz sobrenatural de Fawkes se escuchaba rebotando en las paredes del castillo. El anciano descansaba sobre la que sería su lápida de mármol blanco, gente reía, recordando al viejo director y sus excentricidades, otros lloraban extrañando ya al mago más poderoso de la actualidad.

El día en que sepultamos a Snape fue todo lo contrario. Incluso el cielo parecía haberse vestido de luto. Aquel día de verano era tormentoso, el cielo gris, casi negro, lanzaba sonidos amenazantes haciendo que una y otra vez quienes estábamos ahí reunidos lanzáramos miradas nerviosas en espera de que las primeras gotas cayeran.

A pesar de que era verano el viento arrancaba aullidos de los árboles del bosque prohibido, unos pocos magos y brujas estábamos sentados esperando la ceremonia.

Al frente Kingsley y un par de brujos del ministerio charlaban en voz baja. Un poco más allá pude distinguir a algunos miembros de la orden, Aberforth Dumbledore, Arabella Figg, los Weasley al completo, incluido George Weasley, al que Snape había cercenado una oreja, y que sin embargo ahí estaba, sin rencores. Ron estaba de pie un poco aparte mirando hacia el lago con la vista perdida en pensamientos que nadie conocería, poco había quedado del pelirrojo atolondrado que conocí.

Vi también con agradecimiento a algunos miembros del Ejército de Dumbledore, Neville acompañado de su abuela que hablaba de manera elegante con Xenophilus Lovegood con Luna al lado. Sin duda fieles a Harry, estaban ahí no tanto por Snape sino por el niño que vivió.

Apenas había unas pocas personas más, los miembros del profesorado, el medimago al que amenace en San Mungo y era todo.

Nadie lloraba, salvo yo.

McGonagall tenía la nariz y los ojos enrojecidos pero en aquel momento no derramaba ninguna lágrima, estaba sentada mirando fijamente el cuerpo inerte que antes había sido Severus Snape. Él, descansaba sobre una plancha de ónix vestido con las mejores galas que Minerva y yo habíamos encontrado en sus armarios, las manos sobre el pecho sosteniendo su varita. Un sepulcro blanco para Dumbledore, un sepulcro negro para Snape.

Un mago bajito se puso de pie, mirando en torno al escueto conjunto que acompañaba al difunto, miró alrededor como esperando al resto del cortejo fúnebre, pero éramos todos, Snape no tenía familia, ni amigos y aunque su muerte fue de dominio público al parecer la idea de que era un traidor persistía.

—El día de hoy nos reunimos para despedir la esencia de Severus Tobías Snape, su cuerpo y su magia nos abandonan —el hombre siguió hablando en una perorata a la que no puse atención. Habló del título de Maestro en Pociones que Severus ostentaba, pero no hizo ninguna mención a su papel en la guerra —si alguien desea hacer uso de la palabra.

Harry se puso de pie, se veía extraño todo vestido de negro, la seriedad de su rostro no concordaba con la imagen del chico que yo conocía, sino más bien con la de un adulto, el cielo lanzó un crujido en advertencia, todos miramos con aprensión.

Harry empezó a hablar, algo decía sobre la trágica infancia de Snape, la trágica juventud de Snape, la trágica vida de Snape, la trágica muerte de Snape, al parecer no había una sola cosa en Snape que no hubiera sido trágica. Lo que si es seguro es que si Snape hubiera estado ahí lo asesinaría con una mirada, no era necesario ser un genio para saber que no quería la lástima de nadie. Harry terminó su discurso de forma dramática al decir que era el hombre más valiente que había conocido, un digno pupilo de Dumbledore.

Empecé a retorcerme las manos con nerviosismo, sabía qué pasaría enseguida, no quería, no quería ver como prendían fuego al cuerpo de Severus, no creía que pudiera verlo y sin embargo, cómo podría hacerme a la idea de que se había ido si no estaba presente en el último momento.

Minerva tomó una de mis manos, sentí que las suyas también temblaban. No supe si buscaba dar un consuelo o recibirlo, de modo que también apreté sus manos con las mías en espera. Nadie más se puso de pie por lo que el mago bajito se acercó.

—Magia has sido —dijo apuntando con su varita al cuerpo de Snape —y a la magia vuelves.

Un rayo fino de color plata salió de su varita y se estrelló contra la lápida de ónix negro, llamas estallaron en el mármol como si se tratara de una pira funeraria, pagana, pareció calculado, cuando las llamas azules se alzaron hacia el cielo, el cielo respondió con una lluvia furiosa, y después un relámpago golpeó el bosque prohibido. Todos los congregados se fueron rumbo al castillo, buscando refugio, solo McGonagall y yo seguíamos sentadas en nuestros lugares, empapadas, McGonagall se había desembarazado de sus lentes cuadrados, era imposible saber si lloraba con el rostro mojado por la lluvia, igual que el mío. Se veía extraña con el cabello mojado escapándose de su apretado moño, no quería ni imaginar el aspecto que yo misma tendría.

Sin saber por qué alcé la vista hacia el castillo, allá en la torre de astronomía un sombra negra se erguía, sabía que estaba viendo visiones, que no podía ser él, aunque también sabía que no quedaba nadie en el castillo, parpadeé intentando limpiar las lágrimas de mis ojos, pero la cortina de lluvia era tan gruesa que apenas podía distinguir, si forzaba la vista parecía estar ahí de pie mirándonos, mirándome.

Negué con la cabeza segura de haber enloquecido y miré de nuevo su sepulcro. Era un espectáculo digno de verse, como si Snape luchara en aquellas llamas contra la naturaleza para que siguieran ardiendo a pesar de la lluvia, cuando las flamas se apagaron dejando ver el ónix convertido en una lápida me acerqué, podía verse grabado en relieve el cuerpo, el rostro, los rasgos del profesor Snape, en uno de los lados se leía una frase que yo misma había pedido que grabaran:

"La medida del amor, es amar sin medida"


Ok, entonces, ¿está muerto o no está muerto?

Ustedes que dicen. Hagan sus apuestas.

Adrel