Por Chuck, quisiera estar en mi casa dormida, necesito otra taza de café...
DISCLAMER.- Todo lo que puedan reconocer le pertenece a J.K. Rowling, la Warner y no sé a quien más, yo solo escribo por diversión y sin ánimo de lucro. La estrofa del principio de la historia le pertenece al grupo Sylvania y la canción se llama No Sé Que Será De Mi.
Este trabajo está dedicado a Violette Moore.
OTRO LUGAR
por
Adrel Black
LA HABITACIÓN
Cada noche es peor,
solo en nuestra habitación,
llorando le pido a Dios
que te devuelva el calor
que una noche te robó.
(No sé que será de mí, Sylvania)
— ¿Adónde irá? —me preguntó McGonagall mientras las dos bebíamos un té en su despacho, —supe lo que pasó con sus padres.
Nos habíamos acercado al fuego de la chimenea buscando hacer entrar en calor nuestros cuerpos fríos luego de habernos empapado bajo el agua.
—No lo sé profesora, la verdad —me quedé mirando un poco el fuego —quisiera buscar un trabajo, también quisiera tomarme un descanso, me siento algo confusa ahora mismo.
— ¿Por qué no te quedas en Hogwarts un tiempo? —Me preguntó la mujer empezado a tutearme, le sonreí —podrías ayudarnos con la restauración, mientras decides qué quieres hacer.
Levanté la vista, volver a Hogwarts era lo mejor que podía pasarme.
—De verdad me lo permitiría.
—Por supuesto.
—Profesora, —tragué un poco, la petición que estaba por hacer era sumamente delicada, no quería verme apresurada ni ansiosa al hacerla — ¿cómo dispondrá de las cosas del Profesor Snape?
Ella me miró, mis manos sudaban y sentía un hormigueo en las palmas.
—Aun no lo sé, me respondió, —miró al retrato donde el profesor Dumbledore dormía plácido, roncando, parecía necesitar un consejo del viejo Director en aquel momento —no hay nadie que vaya a reclamarlas —luego añadió —quizás te gustaría tener algunas cosas.
—No lo sé, —le dije yo sinceramente —claro que me gustaría, pero a la vez me produce malestar, necesito cerrar ese círculo.
Ella asintió, mientras continuamos bebiendo el té en silencio.
.o.O.o.
Me instalé en la torre de Gryffindor, a pesar de que según McGonagall era una zona insegura del castillo ya que había quedado muy dañada, pero no me sentía capaz de estar en ningún otro lugar. Además, la pared de la sala común que daba a los terrenos tenía un enorme agujero lo cual, a pesar de ser inseguro daba una hermosa vista cada amanecer y atardecer. Fue entonces cuando todo comenzó.
Habíamos pasado el día entero en la reconstrucción, era complicado, había que levantar piedra por piedra, y ajustarlas como si de un rompecabezas se tratara. Por principio había pensado que con un enorme reparo sería suficiente, o más bien, con ir lanzando reparos a diestro y siniestro por todo el castillo, pero obviamente me había equivocado, cada piedra, cada parte del castillo destilaba la magia con la que había sido construido, de modo que magia intentando reparar magia chocaba, así que muchas veces teníamos que hacer gran parte del trabajo manualmente.
Nos dirigimos al comedor, los elfos de las cocinas intentaban mantener todo en orden y limpio además de prepararnos las comidas a Minerva y a mí. Éramos las únicas habitantes de Hogwarts, algunas veces me extrañaba que ni alumnos, ni exalumnos, ni profesores se pasaran por ahí para ayudarnos.
La cena de aquel día fue espléndida, como todas, había perdido la cuenta de el tiempo que llevaba en Hogwarts, mi memoria fallaba por momentos y no recordaba exactamente qué había estado haciendo, incluso había ocasiones en las que no recordaba muy bien como había llegado a determinados lugares, como si solo apareciera allí. McGonagall decía que era el shock de la guerra y que debía visitar a un medimago, pero yo negaba y le respondía que lo único que necesitaba era despejar la mente.
Luego de la cena, exhaustas nos despedimos, Minerva se dirigió a sus habitaciones y yo, sin comentarlo me fui a las mazmorras.
Contuve el aire en los pulmones y me estremecí, tenía miedo, no estoy segura de qué; sentía miedo sobre lo que iba a encontrar y miedo de no encontrar nada, miedo de saber y no saber.
Sentía que si encontraba más muestras de amor por la pelirroja me iba a quebrar, que ya no iba a quedar nada de mí, pero sentía también que si no encontraba nada siempre iba a preguntarme cómo fue su vida. Y sé, de cualquier manera, que de nada va a servir, nada va a cambiar, él está muerto, nunca me quiso, nunca tuve oportunidad de decir lo que sentía, yo voy a vivir toda mi vida con la opresión de esas palabras atoradas en mi garganta.
Abro la puerta del despacho pensando en que es un error, en que voy a arrepentirme después, pero aun así entro, el lugar parece sacado de una película de terror, hace frío en comparación con el ambiente caldeado del resto del castillo. El despacho está a oscuras, una figura negra me sobresalta, parece moverse por entre las sombras del despacho, estoy segura de que es él por lo que enciendo mi varita para dar un poco de luz, no hay nadie, parece un lugar abandonado, la chimenea aun tiene maderas de lo que debió ser la última fogata que allí se encendió, me acerco al escritorio donde están abandonados algunos pergaminos, aquí y allá tienen tachaduras y comentarios ácidos con la letra apretada y fuerte de Severus Snape.
Me alejo, las manos me tiemblan, ruego que las piernas no tiemblen mientras entró a su habitación, enciendo las velas que hay por aquí y por allá y apago mi varita, todo está tal como Minerva y yo lo dejamos.
Desde la chimenea el cuadro con la imagen de Eileen Prince domina la estancia. Me acerco al lugar en el que descansa la fotografía de la madre de Harry, la pelirroja no está en el cuadro, mejor, pienso y pongo el portarretratos boca abajo para evitar verla. Miro alrededor y me acerco a los estantes.
Estoy absorta mirando los libros, hay muchos de artes oscuras y pociones, prácticamente todos, pero me encuentro con la grata sorpresa de que aquí y allá salpicando como pecas los enormes libreros existen libros distintos. Algo sobre transformaciones por aquí, algo sobre encantamientos por allá, sonrío al encontrarme un libro de aritmancia, algo sobre alquimia y suelto una franca carcajada al hallar un par de novelas góticas muggles, todo muy al estilo Severus Snape.
Un ruido me sobre salta, volteó de inmediato pero no hay nadie.
— ¿Minerva? —Pregunto — ¿Minerva? —nadie contesta.
Lo imaginé estoy segura.
Vuelvo la vista hacia los libros pero ya no puedo concentrarme estoy segura de que hay alguien al otro lado de la puerta. Peor aun, estoy segura de que Severus Snape con su garganta sangrante está del otro lado de la puerta y de que está muy molesto porque he estado husmeando en sus libros.
Estoy cansada, eso es todo. Me pongo de pie y me dirijo a la Torre de Gryffindor, a dormir. Mañana que me sienta mejor volveré.
.o.O.o.
Estoy aquí de nuevo aunque no recuerdo cómo llegué. Recuerdo haberme ido, pero no recuerdo haber regresado. Sacudo la cabeza, el cansancio, es todo.
La pelirroja me mira con curiosidad desde su portarretrato, estúpida mujer, lo tomo sin miramientos y lo pongo boca abajo, no entiendo como volvió a su posición original.
Aparto de mi mente el enigma del portarretrato y continuó mirando los libreros que Severus tiene, entonces encuentro algo, es un libro, forrado en cuero negro y con una cerradura de acero pequeña pero muy pesada, labrada, antigua, el ojo de la cerradura tiene una forma extraña yo nunca he visto una llave que pueda encajar.
El pergamino amarillento del que está hecho parece muy usado, es grueso, no puedo asegurarlo de ninguna manera pero tiene toda la forma de un diario.
Miro alrededor, la sensación de que Severus Snape está ahí, frunciendo el ceño por mi intrusión me hace mirar de nuevo, ahora entiendo la sensación que deben de tener los muggles cuando un fantasma está cerca, el frío, la sensación de sentirse observados, el sudor corriendo por la espalda, la mirada periférica que te muestra sombras a ambos lados, sombras que desaparecen cuando las miras.
No puedo seguir ahí, tomo el libro con forma de diario y pongo pies en polvorosa, cruzo el despacho de un tirón esperando que de la oscuridad surja una mano pálida, de largos dedos y me tome del brazo, que me hale a la oscuridad mientras reclama mi intrusión a sus aposentos.
Corro, salgo al pasillo que está también a oscuras, ¿por qué los elfos no han encendido las antorchas?, corro mas rápido, pero el final del pasillo parece lejano, muy lejano, creo que jamás voy a llegar, voy a seguir corriendo por éste pasillo por siempre, como un alma en pena, corriendo, corriendo, de golpe tropiezo contra el primer escalón que lleva hacia la planta baja de Hogwarts, sin ponerme de pie, con el diario abrazado al pecho, ayudándome con una mano y las piernas, trepo por la escalera como una araña y llego al pasillo que lleva al vestíbulo, aunque sigo sintiendo frío al menos las antorchas están encendidas.
Abrazo con ambas manos el diario y pegada a la pared me dejo caer llorando en silencio cierro los ojos con cansancio, no sé por qué he escapado, de qué tengo miedo, mi respiración es agitada después de haber corrido lo que parecen kilómetros, qué me pasa, me aterroriza qué, no lo sé.
La idea de encontrarme con un fantasma no me asustaba tanto como la idea de encontrarme con él, la idea de que hubiera regresado, la idea de que no estuviera, en el fondo, la idea de que mi corazón, mi cerebro, mis ojos, mis sentidos me traicionaran, la idea de que en realidad no hubiera nada salvo el vacío.
—Señorita Granger —su voz me llegó clara como si estuviera de pie junto a mi.
Abro los ojos azorada mirando el pasillo vacío, el vestíbulo vacío, solo eso.
—Estás volviéndome loca —le grito a la nada.
Solo el eco me responde.
Ok, eso es todo, me voy por más café. Mientras ustedes piensen en lo que sucede.
Adrel Black
