CAPÍTULO 2

En Casa de los Ascot

Alicia y su madre llegaron a la mansión de los Ascot al día siguiente, justo a la hora de comer, siendo recibidas con mucho decoro.

-¡Helen, querida! ¡Alicia! Qué bien os veo a las dos. Estos dos años os han sentado… muy bien, por lo que veo. Bueno, bienvenidas, espero que hayáis tenido un buen viaje –saludó la antigua Lady Ascot y madre de Hamish. A pesar de su sonrisa, que intentaba sin mucho éxito parecer ser amable, sus ojos denotaban una gran frialdad.- ¡Oh, señor Harcourt! No le hemos visto desde que embarcó con ellas –esto último lo dijo con un rencor mal disimulado, a lo que el chico respondió con una inclinación de cabeza.- Mandaré que lleven vuestro equipaje a las habitaciones de invitados.

Dicho esto, cuatro sirvientas fueron tomando una a una las maletas, y llevándolas al interior de la casa.

-Gracias –respondió Helen secamente.

Entonces, ambas mujeres se marcharon hacia los dormitorios.

Hamish, que no había dicho ni una palabra, se acercó a Alicia despacio.

-Ha pasado mucho tiempo desde nuestro último… encuentro.

-Sí, aquel en el que intentaste humillarme y me quitaste la casa en la que me había criado, sin mostrar el más mínimo sentimiento de lástima –entonces, con ira y satisfacción, clavó sus ojos en los de él.- Sin embargo, yo te humillé a ti, y más tarde recuperé mi casa. ¿Qué ironía, verdad?

Alicia pudo percibir aquella mueca de desagrado, tan típica de Hamish, asomando por sus labios.

-Respecto a eso…

-No hablemos de negocios ahora, o no me quedará otro remedio que darte una mala respuesta.

Dicho esto, cruzó triunfante el jardín delantero y entró a la mansión.

Mientras cruzaba la casa en dirección al dormitorio en el que se quedaría, se fijó en que había perdido mucha decoración, entre muebles y cuadros, y supuso que lo habían tenido que vender. Realmente estaban pasando una mala situación.

Además, pasó por la sala de estar donde Hamish le había comunicado que debía elegir entre la casa y el barco de su padre, el pasillo largo y oscuro donde había peleado con su madre y el invernadero en el que había llorado desesperada…

El mismo en el que encontró a Absolem, que la guió hasta un estudio con un gran espejo…

Alicia se paró ante la puerta de este, y a pesar de que ya sabía que estaba prohibido entrar, no pudo evitar pasar un largo rato llorando silenciosamente mientras acariciaba el espejo.