CAPÍTULO 3
Negocios
La comida fue un largo discurso por parte de la nueva Lady Ascot, Alexandra, la cual ni siquiera se había molestado en saludar, sobre su hijo, que ahora tenía dos años. El niño se parecía sin duda a su padre, había heredado su larga nariz y sus dientes saltones, aunque era de ojos oscuros como su madre, y ya con esa edad, tan caprichoso como los dos.
Al pasar el mediodía, Alicia y su madre fueron hasta una sala de estar que también cumplía el papel de estudio.
-Por favor, sentaos –las invitó Hamish, ofreciéndoles unas sillas enfrente de la suya y la de su madre.
Ellas obedecieron con una inclinación de cabeza.
-Bien, en primer lugar me gustaría agradeceros que hayáis venido. Me parece un gran detalle que os molestéis por nosotros –el orgullo le impedía hablar correctamente. Se veía que estaba bastante indignado.- Bueno, empecemos con los… negocios. Resulta que como comunique en mi carta, últimamente hemos tenido algunos… problemas económicos. No teníamos barcos suficientes, por lo que pedimos un adelanto de dinero, que desgraciadamente ahora no podemos pagar. Por ello, requerimos vuestra ayuda, un… préstamo de dinero–aquello fue realmente duro para él.
Helen y su hija se miraron.
-¿De cuánto dinero estamos hablando? –preguntó la primera.
Hamish y su madre intercambiaron una mirada nerviosa.
-Unas… mil quinientas libras –respondió él.
Las dos Kingsleigt se quedaron atónitas.
-Estáis desesperados, ¿verdad? –dijo Alicia sin disimulo alguno. Los dos Ascot la fulminaron con la mirada.
-Mi hija tiene razón, es mucho dinero. Además, ¿por qué deberíamos ayudaros? –añadió Helen en tono desafiante.
La antigua Lady Ascot se apresuró a responder:
-Helen, se que la última vez que nos vimos se convirtió en una experiencia desagradable, pero recuerda que estuvimos a punto de compartir un nieto.
Alicia y su madre se miraron, y la aludida sentenció:
-Es una elección difícil que debemos pensar y hablar, a solas y con tiempo.
Entonces ambas se levantaron y se fueron juntas a sus habitaciones, que estaban una enfrente de la otra.
-Me parece muy descarado, madre.
-Es cierto, pero creo que debemos pensar un buen trato. Realmente necesitan nuestra ayuda, y eso nos va a beneficiar si se lo ofrecemos. Pensemos cada una nuestras opciones, y discutiremos esta noche. Así mañana ya tendremos una respuesta.
-Está bien.
Helen abrazó a su hija y entraron a sus respectivas habitaciones.
. . .
Media hora después, Alicia se escabulló de su habitación, y se dirigió al estudio donde estaba el espejo, donde pasó toda la tarde con cuidado de que no la vieran. Por tanto, cuando bajó al comedor a cenar, no tenía todavía una respuesta.
Después de la negociación, nadie quería hablar, por lo que fue una cena incómoda y silenciosa, y Alicia se fue a la cama con un gran vacío y al borde de las lágrimas.
No sabía lo que le esperaba.
