Ninguno de los personajes son de mi imaginación. Todos y cada uno de ellos pertenece a Cassandra Clare, sin embargo me he permitido el placer de moldearlos a mi gusto, de crear mi propia historia y de disfrutar un tiempo con ellos. Para Carlota. ¡Espero que te guste!

Capitulo 1: Desconcierto.

Ding Dong

El timbre me sacó de mis cavilaciones y tambaleándome me dirigí a la puerta. Vampiros.

Los deje pasar, no tenía ningún problema con que vinieran. ¡Cuantos más mejor!

-¡Magnus! Pedazo fiesta esta. – Dijo un lobito, mientras se acababa la copa de un trago- Brindo por ti, por esta fiesta y por todas las que vendrán.

Todos los presentes aullaron una afirmación y yo inclinando la cabeza fui hacía la cocina. Me prepare un buen Whisky, no podía fiarme de las bebidas del salón, seguro que rondaba licor de hada por ahí y la verdad es que no me apetecía sufrir ningún cambio.

Un ronroneo llamó mi atención, Presidente Miau estaba jugando con un vaso de plástico que se hallaba en el suelo, lo deje hacer. Tenía otros problemas. ¿Por qué Alec tardaba tanto? ¡Él siempre era puntual! ¿Y si le había pasado algo? No, me habría avisado. ¿Entonces?

-Ahhhhhhh, ¡maldito gato!-grite al sentir un intenso dolor en la pierna. Me había arañado el muy…

Lo tome en brazos y sorteando a la gente conseguí llegar a la puerta donde sin miramientos lo lance fuera. Estaba cerrando la puerta cuando un ruido llamó mi atención. Un arbusto se movía.

Resignado baje las escaleras y fui hacía el lugar. Debían de ser un par de borrachos que se habían aburrido de la fiesta y buscaban la suya propia. Suspire y con un chasquido cree un poco de luz, logrando así iluminar el rostro de los amantes.

-¡¿Alec?!

No podía ser, no. Por favor. Miré a ambos lados deseando que saliera Jace y dijera que era alguna de sus chorradas nefilins, pero no.

-Mag...yo...-intento decir pero su acompañante lo interrumpió.

-Alec, cariño, aquí hace mucho frio. ¿Vamos dentro?- dijo mientras se ponía la camiseta y se arreglaba la falda.

Lo miré inquisitivamente, esperando una respuesta al igual que ella.

-Dime Alexander, ¿Qué es lo que estabais haciendo? Bueno-me rectifiqué a mi mismo- esto no hace falta que me lo aclares. La pregunta sería, ¿Por qué?

-Yo...

-No. Prefiero no saberlo. Por cierto podéis entrar a divertiros, no obstante ¡es una fiesta!- exclamé rebosando sarcasmo por todos lados mientras entraba en casa.

¡¿Cómo había podido?! Llevaba años esperándolo y ahora, ¿me engañaba? Sin poder evitarlo ignoré el ruido que llenaba la estancia y subí a mi habitación y aunque resultara increíble los destellantes colores de mi ushak* me resultaron molestos.

Unos golpes en la puerta de roble hicieron que me sobresaltara, junto con la voz que menos deseaba escuchar.

-Magnus por favor ¡escúchame!

No quería escucharlo. No podía. Con un hechizo de principiante insonoricé el cuarto y me tumbé en la cama. Un maullido me alertó. Presidente Miau estaba descansando en mi colchón y por primera vez en siglos no lo aparté.

Sintiéndome un completo desconocido le acaricie el lomo y él ronroneó mientras se acomodaba a mi lado.

-¿Tú tampoco has disfrutado la fiesta, verdad? Ya somos dos.

Los ojos me empezaron a escocer y mi respiración iba aumentando por segundos. El corazón me iba a mil y con cada inhalación este iba perdiendo su ritmo regular.

Cogí el mando de la televisión y la encendí tratando de tranquilizarme, pero no lo conseguí. Presté atención a la señora que hablaba pero la veía difuminada, como si fuera una sombra. ¡Mierda!

Me pasé el mango de la camiseta por los ojos, estaba llorando. Me reí de mi mismo, no lloraba desde que era un niño. Me estremecí. Mi padre siempre me decía lo mismo:

"A las mujeres les está bien llorar, a los hombres recordar." (Tácito)

Según él los hombres no lloraban, esa era una acción propia de mujeres. Por lo que, con esa ley rondando por casa, crecí logrando ocultar mis sentimientos, volviéndome frio, creando muros a mí alrededor, ocultando todo eso tras el continuo sarcasmo y la falsa alegría.

Cerré el televisor y me tumbé boca a bajo para que la almohada ahogara mis lamentos. ¡Me odiaba! Me odiaba por ser tan débil, Alec era un cazador, un nefilin bien entrenado, un muchacho fuerte y valiente, ¿Cómo podía esperar que amara a alguien tan inútil como yo?

Lloré. Durante mucho rato estuve llorando, lamentándome, odiándome. Y, cuando finalmente Morfeo me acogió entre sus brazos, una pregunta apareció en mi mente.

Si no me amaba, ¿Por qué no había cortado conmigo?

*Ushak: Habitación, el corazón de la casa. Sacado de memorias de Idhún, de Laura Gallego Garcia.