Así empezó todo, una promesa a la persona menos conveniente, una venganza que llevaría a cabo sin importar quién muriera en el camino y una razón que me impulsaba. Una receta extraña.
Dumbledore aceptó de inmediato que me quedara, muy a pesar de Snape y su repentino mutismo que sólo podía significar que jamás aceptaría esa verdad como cierta. Conocía a los hombres como Dumbledore, genios inmensamente curiosos, hombres que encuentran la emoción en desentrañar secretos enmarañados. Él sabía de antemano que yo no me marcharía y que mis habilidades, alabadas por Nicolás en sus cartas hacia el director, serían suficientes para entrar las veces que fueran necesarias a Hogwarts. No me marcharía. Juré, aunque no fuera necesario, que no interferiría en lo absoluto con la monotonía de los estudiantes y sus clases y que asistiría a cada una de las que ellos consideraran que debía cursar. Soy una alumna más dije. Snape pareció no soportar la pantomima y salió hecho una fiera de allí, sin mediar palabra. Podía percibir su estado de ánimo y emociones, sabía que estaba sorprendido. Prometí, aunque no fuera pedido que daría más detalles con el tiempo. Ha de entender que no puedo abrir mi mente a ustedes hasta saber que esto funcionará. En cualquier situación y, en manos de un hombre cuerdo, me habrían echado de inmediato pero no Albus Dumbledore quien sonrió carismático y estrechó mi mano después. Si no fuera por el amor que expresa mi amigo Nicolás, diría que eres una Veela malintencionada.
Y allí quedo todo, completamente abiertas estaban las puertas de Hogwarts para mí.
El director era consciente de que Lily Evans era un sinónimo de Harry Potter y que mi interés en cursar el quinto año era por él, un hecho que colisionó con la realidad de Severus Snape quién no tardó en hacerme el centro de todas sus atenciones. Lily Evans había hecho eco en sus entrañas, lo percibí al instante de pronunciar ese nombre en la oficina del Director. Yo era una mujer perceptiva, extremadamente intuitiva y calculadora. Como el Fénix. A pesar de tener todas las clases del quinto curso y mantener bajo mi observación al retoño de los Potter no me acerqué a él. No quería su amistad, sólo mantenerlo a salvo. Después de todo esa era la promesa que hice a Lily en su momento, frente a su tumba. No por ello, era menos valedera.
Los rumores de la nueva Gryffindor se transformaron en excitación y luego en un frenesí que mantuvo a todos los alumnos con la vista enfocada en mi silueta rellena. No miré a la mesa de los profesores ni una vez, evitando la curiosidad furiosa de Snape. Sin embargo, los alumnos eran otra cosa. Incorporada al estudiantado de Hogwarts me senté en la punta más alejada de la mesa principal y la más cercana a las grandes puertas de entrada. Los vociferadores ocupaban esos asientos y no pasé bajo la mesa en ningún momento. Este es el momento de fingir que eres uno de ellos. Allí en medio de unos gemelos pelirrojos, un moreno atrevido y una rubia loca hice mis primeras amistades.
Francia es fascinante, mis primos hermanos viven allá. ¿De qué ciudad de Francia vienes?- dijo la rubia encantada con la idea.
Mantenía el mentón en el hueco de mi mano mientras respondía todas las preguntas de los chicos que me rodeaban. Crear una amistad estrecha con ellos no era mi intención, pero debía bajarle los ánimos a Dumbledore y a Snape.
Ah, bueno. Realmente no soy de Francia. – dije como quien no quiere la cosa- nací en la selva de Sudamérica, en la mitad de ninguna lugar en particular, pero entiendo tu confusión, Carlina.- asentí- Sin embargo, mi padre si era Francés.
¿De qué parte de Francia?- insistió la pequeña rubia.
Merlín, abandónalo
Nancy. Él era un explorador, le encantaba descubrir y experimentar, quería escribir un libro sobre las artes mágicas de las selvas americanas. De allí a que haya estado en la selva Sudaméricana, allí conoció a mi madre y el resto es historia.- concluí antes de que prosiguieran con su caravana de preguntas estúpida acerca de mí.
Hablas de él en pasado.- inquirió Larry un tanto suspicaz.
No quiero hablar de eso.- dije antes de que Carlina escupiera la pregunta que tenía entre la lengua y los dientes. Funcionó de inmediato, no más preguntas a la chica nueva.
Los gemelos se enzarzaron en un plan que tenían en mente, trazando detalles minuciosos en un juego de fuegos artificiales para molestar a una regordeta cara de sapo que ocupaba una silla entre los profesores de Hogwarts. Larry y Carlina se internaron en una charla superficial sobre los mejores paisajes de Francia y Gran Bretaña y yo aproveché el silencio para inspeccionar el terreno que había minado. No miré a los lados ni una vez, pero sentí en el aire como revoloteaba la curiosidad insaciable del Director y la furia desmedida de cierto profesor desconfiado. Había en el algo extremadamente oscuro, quizás un corazón consumido por la oscuridad, una oscuridad tremendamente parecida a la cierta criatura despreciable. Se me arrebolaron las mejillas, lo supe porque las sentía calientes. Sentía tanto desprecio justo ahora y el cansancio me ganaba la partida.
Esta noche descansas, mañana comienza el verdadero juego.
El día siguiente las miradas que captaba entre los Gryffindor y los Slytherin en la primera tanda doble de pociones no tenían muy contento a cierto profesor. Entrar al aula era entrar a un espacio acogedor, tarros de especímenes extraños y plantas serpenteantes, calderos con el humo danzando sobre sus bocas abiertas. Un ambiente extremadamente familiar, recordé con dolor la infancia que tuve en Sudamérica y todas las brujas y hechiceros que mantenían plantas en sus chozas para crear pociones. Me sentí en casa. Un recuerdo que se esfumó en tanto entró el profesor. Que pociones estuviera a primera hora el día siguiente de mi entrada misteriosa en Hogwarts debía ser el precio a pagar por atreverme a venir aquí. Estaba completamente convencida de ello. No cruzó palabra con nadie, simplemente entró y la habitación se sumergió en un silencio de cripta. Toda aquella teatralidad me hizo gracia, Snape pareció notarlo, ya que miró en mi dirección e hizo un gesto. Sentí un fuerte tirón.
Soy fuerte Severus Snape. No te equivoques.
Gruñó, y estoy segura que lo hizo, aun cuando la distancia que nos separaba era de unos cuantos metros. Su enfurruñamiento era casi divertido. Apartó la vista y la dirigió unos asientos más atrás, la mueca de repulsión en su rostro cetrino pareció darle vida a sus facciones generalmente dormidas. Miré detrás y divisé en la dirección de su mirada a la criatura indefensa que ignoraba adrede la mirada dura de Severus Snape. Un joven de pelo enmarañado y gafas redondas sobrepuestas a unos ojos verdes y amables. Cómo los de Lily. Pareció advertir que le observaba porque alzó la vista en mi dirección y yo le sonreí. Me sentí repentinamente conmovida al mirarle, definitivamente no tenía mucho de Lily en él, pero esos grandes ojos verdes compensaban la falta de las delicadas facciones de su madre, sencillamente esos ojos lo decían todo. Y me dio gusto haber venido. Me dio gusto haber hecho la promesa. Aquél instinto protector de una madre flameó dentro de mí y sentí nostalgia de una época en donde ese sentimiento flameaba libremente de tanto en tanto. Una sacudida me sacó de la ensoñación.
En cuanto la Srta. Boissieu termine de admirar el rostro del Señor Potter comenzaremos la clase de hoy- Bendita voz. Podía jurar que la hermosura de su voz se debía a la falta de complemento visual, sin duda alguna ese siseo vibraba sensualmente, siempre y cuando no se le mirase la dureza de su rostro inexpresivo. Me giré de nuevo, permaneciendo derecha en mi asiento, esperando a que las risas tontas de las jóvenes y los alaridos burlones de los chicos bajaran su volumen. Snape mandó a callar y el silencio sepulcral volvió.
Lamento mucho haberle molestado, Profesor Snape- siseé su nombre mirándole a los ojos e imitando su vibración lenta. Frunció el ceño unos segundos y luego se dio la vuelta.
¿Estás loca?- me reprochó Carlina jalando de mi arete de pluma, me sobé la oreja adolorida- ¿Quieres que Snape te repruebe? O peor, que te mate.
¿A qué te refieres Carlina?, un profesor no puede matar a nadie.
Pero puede reprobarte.- contrapunteó horrorizada.
No si mis pociones son las mejores. – le dije obstinada, recostando el mentón en el hueco de mi mano izquierda.
Snape había dejado las instrucciones en el pizarrón, más viejo que Stonehenge. Y se sentó tras el escritorio de roble, cogió la pluma y comenzó a hacer tachaduras con una fuerza tal que podía haber roto las hojas de pergamino. Usa pergamino resistente. Estaba enfadado y sabía que era por mi presencia. Quizás no era el único, un chico rubio de Slytherin estaba incómodo con mi presencia y sus grandulones amigos parecían sentir curiosidad más que aversión. Descubrí a Harry mirando en mi dirección un par de veces y cuchicheaba casi sin mover los labios con una castaña y un pelirrojo. Es un Weasley. Supe de inmediato. Lo que no pude prever, incluso con la atención puesta en Snape era la impresión de éste al verme dar un toque de magia al caldero con la poción burbujeante sin usar varita. Alzó la vista de inmediato y como si hubiera estado toda la mañana buscando un pretexto para sacarme de su aula bajó de su pedestal de roble y se posó frente a mí. Me miró con sorna.
¿Algún inconveniente con la poción?, Profesor Snape- siseé. No dijo nada, ambos sabíamos que eso no era lo que había captado su atención. Sentí su expectación crecer.
¿Dónde está su varita? – preguntó con parsimonia, saboreando cada silaba al pronunciarla.
No necesito la varita para realizar ésta poción, Profesor.
Snape mantuvo la mirada clavada en mis ojos y sentí de nuevo el tirón. Lo alejé. Alrededor los Gryffindor y Slytherin susurraban intranquilos sobre aquel asunto. Carlina, a unos pasos de mí, estaba hecha un manojo de nervios. Todos necesitaban una varita para acabar cualquier poción.
¿Dónde tiene escondida su varita?- susurraron en el fondo.
Malfoy es el apellido del rubio. Supe entonces.
No le quite la mirada a Snape en ningún momento, estaba intranquilo casi saboreando la victoria.
Eso, Srta. Boissieu, no responde a mi pregunta.- sonrió apenas- ¿Dónde está su varita? Repitió aún más cerca de mi rostro.
Maldita voz. Si su despreciable temperamento se extinguiera, seguramente conseguiría una novia o dos.
Aprendí a canalizar la magia a través de mis dedos, de la misma manera que se canaliza la magia desde el mago a la varita.
Parece que ninguna varita la ha elegido. – susurró el chico rubio de Slytherin.
El cuchicheo se hizo mayor en el aula. Todo mago portaba una varita. Sin importar de qué lugar del mundo provengas, necesitas una varita.
Eso, suena a magia oscura Srta. Boissieu- dijo Snape un poco más alto. Estaba disfrutando del aprieto en el cuál me estaba metiendo. La temperatura me subió y mis ojos flamearon, Snape se dio cuenta del cambio y frunció ligeramente el entrecejo.
No tan oscuro como usted- articulé inclinándome hacia adelante. Nadie escuchó aquello, porque no proferí sonido alguno. Sólo Carlina se había percatado del movimiento de mis labios y se alejó un paso, totalmente nerviosa.
Al director le encantará enterarse de las buenas nuevas. ¿No es así? Srta. Boissieu.
Entonces rompí el contacto visual, Snape quería hacerme la guerra, una que yo no había previsto al decidir entrar en Hogwarts. Cogí los libros y salí sin mediar palabra. En mitad del pasillo divisé a Harry y su grupo mirándome. Recordé entonces. Le sonreí al trío.
Estás aquí para cumplir una meta, Sérène. Una promesa a la persona menos conveniente, una venganza que llevaría a cabo sin importar quién muriera en el camino y una razón que me impulsaba. No lo olvides.
Dumbledore no se encontraba particularmente sorprendido de verme allí, sentada frente a él. Jugueteando con la pluma que colgaba de mi oreja derecha. No me miró en lo absoluto, se limitó a escribir un par de cartas dirigidas al ministerio y se mantuvo con el semblante tranquilo un buen rato. Pero él no cuenta con que yo posea el poder de sentir las emociones. Sé lo que sientes Dumbledore. Estaba afanado y curioso, sobre todo curioso. Magnifico hombre el de las gafas de media luna, un don para el trato y la paciencia de un oso perezoso. Inteligente y astuto. Sin duda Albus Dumbledore había nacido para brillar entre muchos. Le estaba mirando insistentemente y pareció rendirse a mi escrutinio alzando la cabeza y sonriéndome tranquilamente.
La puerta de la habitación se abrió con un estruendo y todos saltamos de nuestros asientos. Fawkes sacó la cabeza debajo de su ala y se sacudió aturdido. Sentí pena. La puerta había sido azotada por el mismísimo Severus Snape quien en un arranque de euforia entro dando zancadas. Se detuvo frente a mí y sonrió con malicia.
Bella sonrisa. Al menos lo sería si no hubiera una mala intención de por medio.
Él pareció confundido. Abrió los ojos y luego miró a Dumbledore y a mí alternativamente. Un rubor apenas notable apareció en sus mejillas pálidas. Entonces lo sentí, él estaba avergonzado.
¿Severus Snape avergonzado?- dejó de mirar al director, para cuando me di cuenta de lo que ocurría ya era demasiado tarde.
¡Mierda!- exclamé sorprendida.
¡Srta. Boissieu!- reprochó el director.- cuide su lenguaje, por favor.
Miré a Severus de nuevo y sé que él podía ver el arrebol de mis mejillas y la turbulencia de mis ojos amarillos, como el cauce del río cuando está crecido. Quité la mirada de él. No le permitiría leer mis pensamientos de nuevo. No. Bajes. La. Guardia.
Lo lamento. Por favor, excúseme- dije avergonzada.
¿Se puede saber qué ocurre?- dijo
La Srta. Boissieu tiene algo para decirle, director- contestó Snape, seguramente adelantándose a que yo dijera alguna locura. No me conoces, Severus.
Yo me quedé en silencio, sabía de buena mano que Snape deseaba darle las noticias a Dumbledore, en parte porque así podía añadir las piscas de urgencia y gravedad con el preciso tono de seriedad a todo el asunto de la varita. De cualquier manera, Severus no dio pie a que yo dijera nada porque él mismo se encargó de proferir acusaciones en mi contra más exageradas que realistas, entre la perorata de eso es magia oscura y te dije que no debíamos aceptarla. Salió a relucir el increíble pretexto de mi dudosa procedencia. El director le escuchó pacientemente y yo me estaba hartando de todo el asunto. Cuando Snape se desahogó y soltó todo lo que tenía por decir Dumbledore me miró a los ojos y por un instante vi en sus pupilas azules como el cielo, las intenciones de escribirle a Nicolás Flamel. Y, por supuesto, yo no estaba dispuesta a dejarle.
Snape se arrinconó al lado del director y ambos me sometieron a un interrogatorio silencioso.
Esto no está saliendo como debería.
Respiré profundo.
Profesor Dumbledore, Profesor Snape.-dije solemne.- mi intención al entrar a Hogwarts era pasar desapercibida entre los alumnos de sus casas. Mis objetivos no tienen por qué interferir en el resto.
Admites que estás usando Hogwarts para tus fines oscuros- eso no era una pregunta.
Estaba claro en la carta que Nicolás envió a Dumbledore.- Snape pareció sorprenderse ante esto y miró al director con indignación.
Ciertamente, Severus- empezó el director.- Nicolás no habló de un fin oscuro debo destacar, pero había cierta alusión a la magia oscura que usted practica Srta. Boissieu.
Me sentía acorralada, aun cuando había al menos siete maneras de salir de esta situación, Nicolás había escrito de más en aquella carta. Confía en Dumbledore dijo en su momento. Miré a Fawkes, estaba intranquilo.
En Sudamérica, donde nací y pasé gran parte de mi infancia, se practica la magia negra con mayor frecuencia que otros tipos de magia. Eventualmente, esta magia oscura es orientada a fines menos maléficos. Sin embargo, sé de primera mano que no es muy bien aceptada en este continente.
Snape hizo un gesto y Dumbledore subió sus anteojos de medialuna con su dedo índice.
Y esta magia… ¿Se práctica sin varita? – preguntó el director. Al fin, la pregunta del millón de galeones.
Aparté la mirada de Fawkes. Y suspiré profundo.
Me rindo.- dije y ambos parecieron sorprenderse- es evidente que el profesor Snape no pretende dejar correr el asunto de mi entrada a Hogwarts y que usted, a pesar de querer demostrar lo contrario, desea averiguar cuál es el meollo del asunto. Dumbledore sonrió afable, como un niño travieso.- No moleste a Nicolás Flamel por semejante tontería.
Me levanté de la silla donde había permanecido sentada, y la fuerza que necesitaba vino a mí de repente.
Profesor Dumbledore, entiendo que usted me hace un enorme favor al admitirme en este colegio, y mayor aun sabiendo el riesgo que corre al satisfacer mis exigencias, como entrar al quinto curso en vez del séptimo. Siguiendo ciegamente los halagos y buenas pautas de nuestro amigo en común, Nicolás Flamel. Debo decirle que estoy enormemente agradecida por ello. ¡Por Merlín que lo estoy!- exclamé exasperada.- pero no me pida, que le explique el asunto de la varita.
Ambos permanecieron el silencio. Dumbledore sonrió suspicaz y Snape se enojaba cada vez más.
Entonces, ¿No tenemos varita?- probó Snape.
Por amor a Merlín y todo el séquito de Arturo.- grité- No usaré la maldita varita en Hogwarts, a menos que el mismísimo Voldemort estuviera en frente de mí justo ahora.
Quedaron de piedra. Y yo estaba al borde de mi temperatura corporal. La túnica me asfixiaba, los labios, las orejas y las mejillas las sentía al rojo vivo. Estaba perdiendo el control.
Tenemos varita- dijo Snape socarrón- y nos negamos a usarla. Como si pudiera causar un cataclismo con ella. ¿Acaso se creé tan poderosa? O, ¿Funesta?
Maldito, preceptivo Snape.
Miré a Dumbledore, ignorando completamente al hombre de negro. Estaba preocupado, más que sentirlo podía verlo en sus ojos.
Sé que Nicolás no le mentirá si le pregunta acerca de la varita. Le dirá, sin ninguna duda, que es tan poderosa como la varita de Sauco… por ejemplo- Dumbledore endureció sus facciones y se reclinó en su asiento- Por respeto a la amistad de mi familia con él y el respeto que merece un mago de categoría como usted profesor, tendré que dejar en claro ciertas cosas: La primera, le prometí a Nicolás que confiaría en usted y su juicio pase lo que pase; en segundo, le pediré por favor que no me pregunte sobre mi varita Profesor Dumbledore, así no me veré obligada a mentirle.
Esto no me sorprende- exclamó tranquilo, juntando los dedos de ambas manos.
No aceptes eso, Albus- inquirió Snape.
Profesor Snape- le llamé, captando su fría mirada- usted tiene razón, soy oscura, como la magia que practico y si tanto desea saber sobre la varita, le pido que recuerde lo que acabo de mencionar. Sólo la usaré cuando el mismísimo Voldemort esté frente a mí.
Dejando en claro todos los puntos, salí despavorida de la habitación, cerrando el aula tras de mí. Bajé rápidamente las escaleras de caracol, las escaleras movedizas y salí disparada a los terrenos de Hogwarts. El cuerpo me ardía a sobremanera y la turbulencia de los ojos la sentía rabiar. Necesitaba aire, aire frío para bajar mi temperatura y calmar mis nervios antes de que la tormenta se desboque.
