III La orden del Fénix
En mi sueño, Lord Voldemort caminaba despacio sobre la hierba húmeda. El rocío brillaba allí donde la oscuridad de Voldemort no podía alcanzarla. Detrás de él, altivos como leones orgulloso el séquito más oscuro seguía paso a paso al Señor Tenebroso. Todos sonreían con malicia. El cielo estaba tremendamente oscuro, sin Luna, sin estrellas. Sólo se veía resplandecer la piel de serpiente del que no debe ser nombrado. La tropa detuvo su andar a las orillas de un puente colgante, suspendido sobre un barranco tan profundo que no se veía más que oscuridad, tampoco podías escuchar el gorgoteo del río que le atravesaba. En el extremo opuesto del puente, yo observaba la multitud. Iba descalza y con una dormilona fina sobre el cuerpo, sin embargo sólo podía sentir un calor abrazador. Un millón de dientes blancos brillaron a través del espacio pero sólo un juego destacó sobre todos los demás, el individuo dio un paso al frente, luego otro, y otro hasta llegar a la mitad del puente que oscilaba peligrosamente sobre el barranco. Comencé a sentirme aterrorizada, tremendamente inquieta. El individuo alzó ambas manos mostrándome las palmas y como si desease asustarme a morir estiró los brazos y jaló de la manga de su túnica dejando expuesto un antebrazo tan blanco como un colmillo de marfil, tatuado con la horrorosa marca tenebrosa.
Desperté chillando. Empapada hasta los pies de sudor. Menudo sueño. Debí prever que algo similar sucedería, llegar a Hogwarts sólo desencadenaría una serie de premoniciones y visiones que me atacarían hasta que estuviera familiarizada con el entorno. Una especie de poder que me preparaba para ser la superviviente más acta. Nada me cogía por sorpresa. Aparté el dosel de un tirón, pesaba tanto como hacía ver. Las pequeñas chicas dormían plácidamente en sus camas de princesas. Al menos el hechizo silenciador funciona. Conciliar el sueño después de una pesadilla terrible no se encontraba entre mis rituales del buen sueño. Me toqué el rostro, aún seguía caliente.
Me desperecé al instante y supe que necesitaba aire fresco. El paseo por los terrenos de esa mañana no había surtido el efecto deseado, considerando que la siempre abrasadora emoción de la rabia no disminuiría sin importar lo que sucediese. Llevabas demasiada ropa encima. He vivido lo suficiente con el asunto del vertiginoso cambio de temperatura para saber que sólo dos situaciones me ayudan a apagar el calor de mi cuerpo: el frío aire del invierno y, el agua parcialmente congelada. En ambos casos, tenía éxito si estaba desnuda. Salté de la cama y me quité el camisón de algodón por la cabeza. Cogí entre mis cosas del baúl la túnica azabache sin distintivo que porté en el Andén 9 y ¾. Mis polainas si Filch me ve desnuda. Quizás se infarte y muera de una vez. Estuve a punto de abrir la puerta del dormitorio. Los goznes chillan, recordé. Respiré hondo. Sudaba a mares, necesitaba el aire frío ahora. Bien, no puedes aparecerte en Hogwarts, a menos… que seas un ser poderoso y oscuro.
Aparecí en el lugar que deseaba con un pequeño ¡PLOP! El lugar más ventilado que se ocurrió visitar. La torre de astronomía. Avancé sobre la madera crujiente, sintiendo el viento soplar fuerte a mi alrededor. Suspiré de alivio al sentir la frescura del aire. El otoño se acercaba inexorable, de eso seguro. Me acerqué a la barandilla, completamente perdida en la sensación rejuvenecedora del aire frío y denso. Cómo si rejuvenecer de nuevo fuera posible. Cerré los ojos dejándome envolver por la corriente de aire. ¡Qué éxtasis! No es suficiente. Desabroché la túnica y baje la capucha, el pelo se volvió una maraña intrincada casi de inmediato ante el fuerte azote del viento. Las estaciones frías del año me venían bien. Hace días que no sentía el alivio en la piel. Ardía intermitentemente desde hace semanas, alcanzando la cúspide en los encuentros con Dumbledore y Snape.
Confía en Dumbledore, me alentó Nicolás.
- Dumbledore-susurré- Snape.
Mortífago.
Y la simpleza de la palabra iba cargada con toda la oscuridad que pueda contenerse en ella. Yo tenía razón: Severus Snape un ser con un pasado difuminado, pero no imborrable. Recordé la visión de hace unos momentos. La verdad era tan real como chirrido gutural que proferí al despertar de ella. Lord Voldemort y su séquito de juguetes podridos. No cabía duda alguna, el Señor Oscuro había renacido hacía sólo unos meses y estaba reuniendo a sus soldaditos de plomo quebradizo, de allí el inicio de mis visiones.
- Vas a pagarla con Sangre Voldemort. La destrucción de todo lo que amaba no habrá quedado impune cuando acabe contigo.
La razón por la cual rompí el pacto de mi exilio y vine a Inglaterra, desde el preciso momento en que las visiones comenzaron supe que mi venganza se llevaría a cabo. Nada va a detenerme. Pagará por la sangre que ha derramado.
Dumbledore es un mago muy poderoso, sólo él puede detener a quien tú sabes. Estoy seguro, y por Merlín que apostaría el elixir de la eterna juventud, que él estaría complacido a sobremanera si te tuviera en sus filas.
- Si me tuviera en sus filas. – suspiré- Nicolás, entré a Hogwarts para cuidar de Harry Potter. Tú me enviaste aquí por otra razón. ¿Quieres que una fuerzas con Albus Dumbledore, amigo Flamel? Un viejo mago excéntrico y un mortífago disfrazado de profesor de pociones. Menuda combinación de poder mágico.
Dumbledore es la clave, siempre lo ha sido. Si deseo encontrarme cara a cara con el Señor Tenebroso debo meterme a Albus en el bolsillo, el viejo con los anteojos de medialuna es el camino.
Saltaba a la vista que Snape comía de la mano del viejo director y que éste, pese a sus obligaciones para con Hogwarts estaba más interesado en eliminar a la retoño del mal que dirigir una escuela de pánfilos cabeza hueca. Nuestros enemigos nos hacen amigos. No necesito a Dumbledore para matar a Voldemort con un movimiento de varita, en especial ahora que soy más fuerte que en mi otra vida. Sólo un ser oscuro puede derrotar a la oscuridad. Sin embargo, Dumbledore poseía, muy a mi pesar, todos los contactos y vías que necesitaba para llegar a mi objetivo. Un atajo en el camino. Estar a su lado era estar un paso más cerca del Señor Oscuro, un paso más cerca de su muerte. No me detendría, mi misión en Hogwarts es más que una mera excusa para quedarme aquí, era el incentivo que me faltaba para llegar al final de todo. Los planes han de cambiar Sérène. Para bien o para mal, estar cerca de Albus Dumbledore me daba una ventaja por sobre cualquiera. Y Snape dejaría de fastidiar.
Un anciano, un mortífago y una criatura sobrenatural. Llevas razón Nicolás: nuestros enemigos nos hacen amigos. Y sólo existía una manera de conocer el siguiente paso.
Esa mañana me senté en el aula de DCAO. La pequeña regordeta cara-de-sapo era una mujer tremendamente exasperante. Su cuerpecillo azucarado y su risilla hipócrita me tenían sin cuidado, hasta… hasta que se enfrentó a Harry, o más bien Harry se enfrentó a ella. No tenía problema alguno en no usar la varita en esta clase, sobre todo por la seguridad del cuerpo estudiantil de Hogwarts. Otros pensaban lo contrario. Harry, el niño que vivió, desafió a la profesora Umbridge con argumentos que más de uno sabían ciertos, aunque prefirieran evadir la realidad pensando lo contrario. Entre tanto jaleo Harry terminó castigado y yo hastiada, con un ligero malestar en el estómago. Aquella mujercita me tenía asqueada. Le haré pagar por tu castigo Harry. Después de todo, los gemelos llevaban razón en algo: esa vieja tiene que purgarse de algunos males.
Carlina me alcanzó en la hora del descanso y yo me la zarandeé de encima con pretextos y nada más. No parecía contenta pero me vale poco lo que ella pueda llegar a pensar. Larry apareció un rato después en transformaciones. Lo tenía a mi lado parloteando acerca del próximo partido de Quidditch. Se acercaba el final de la hora cuando la Profesora McGonagall advirtió lo que Snape había captado en cuestión de segundos. La ausencia de la varita.
- El Profesor Dumbledore está al tanto. – dije- Puede acudir a él si quiere aclarar algún asunto. Y lo dejó correr. Aunque sabía de sobra que el asunto no quedaría allí.
Librarme de ese día había sido un camino largo, increíblemente intrincado. El tiempo pasa despacio cuando deseas librarte de ciertas situaciones. Pero el crepúsculo había llegado y antes de bajar al gran comedor hice una parada: La oficina del Director. La estatua tallada del águila se hacía más grande conforme me acercaba, mis pasos repiqueteaban en el adoquinado, en primera estancia sonaban mis pasos solitarios pero había otro sonido: un ondular del viento.
- Profesor Snape- dije en cuento percibí su presencia, repentinamente familiar. Me viré y esperé a que alcanzara mi altura.
Su caminar pausado y firme hacía ondear la capa negra que vestía sobre la túnica oscura. El cabello apenas se mecía frente a su rostro que mantenía inexpresivo y los ojos, negros y profundos me taladraban fuertemente. Primero pensé que un dementor causaría menos escalofríos hasta que su silueta se volvió más nítida a medida que se acercaba y la visión se volvió exótica y atrayente, como si el compás de su andar enviara vibraciones a través del aire que se mecían a tu alrededor. Sentí el pinchazo en los ojos e inmediatamente le expulsé. Llegó a mí altura y se posó frente a mi desafiante.
- ¿A qué debemos tal placer? Srta. Boissieu.- expelió mirándome desde su altura. Fruncí el entrecejo.
- Asuntos que atender con el estimado Director Dumbledore, Profesor Snape.- siseé en el mismo tono vibrante de él.
- ¿Alguna otro promesa que sacar a la luz? ¿Algún otro secreto será revelado?- murmuró en tono confidente acercándose.
Severus Snape era un hombre fascinante, obstinado y calculador, admiraba su insistencia y su capacidad para desconfiar. Sus pesquisas me irritaban a pesar de todo aquello. No permitiría que me doblegara a su antojo, me estaba desafiando y yo me sentía arder. Di un paso al frente, apenas un movimiento de avance.
- Todos tenemos un pasado que nos ha marcado de por vida. ¿No es así?, Profesor.- musité. El aludido abrió los ojos despacio. Estaba sopesando mis palabras. – He de advertirle, que a pesar de ser usted un mago tremendamente poderoso no le permitiré entrar.
- Niña oscura, magia oscura- murmuró muy bajo, tuve que acercarme para escuchar.
- Usted podrá saber legeremancia, profesor Snape- le dije- pero jugar sucio es algo que sabemos hacer los dos.
- Descubriré lo que tramas, Boissieu.- y el susurro de mi nombre sonó ligeramente ahogado, ronco, sensual.
Nadie agregó nada más, no era necesario. Ambos nos mirábamos con odio y no había nada que importara más en ese momento que adivinar lo que el enemigo pensaba. El pinchón en mis ojos era fuerte y yo le expulsaba con mayor fuerza a cada intento de él por entrar en mi mente. No verás nada Snape. La temperatura me subió, me flamearon los ojos. Fue tan intenso que vi borroso por un momento.
- ¿Sucede algo? – preguntó una voz acaramelada. Snape y yo nos separamos dando pasos atrás, tenía el corazón desbocado. Como la mañana en que subí a la locomotora escarlata de Hogwarts. Dumbledore nos miraba sobre los anteojos de medialuna mientras masticaba un caramelo. Su mirada pasó alternativa de Severus a mí y con una sonrisa pasó a caminar a nuestro lado. – El banquete está por empezar, Srta. Boissieu.
- Lo sé. – respondí- sin embargo, he de tener una conversación con usted.
- La profesora McGonagall me ha interrogado acerca de la ausencia de su varita, Srta. Boissieu. No debe preocuparse. Todo está resuelto.- dijo, para girarse y pronunciar la palabra clave.- caramelos de tabaco.
¡Por Merlín!
- No es referente a las clases, Director- Snape hizo un bufido, Dumbledore miró a la espera- estaríamos hablando de un tópico ligeramente más complicado que un problema en el aula de clases. A decir, la relación que existe entre Lord Voldemort y yo.
Dumbledore dejó de masticar el caramelo que tenía en la boca y se le deslizaron las gafas por la nariz, a mis espaldas Snape dio un paso al frente y sin mirarlo podía apostar un tarro de Cerveza de mantequilla a que tenía la cara arrugada. El director pareció pensárselo.
- En ese caso, Srta. Boissieu.- dijo despejando el paso a las escaleras- Pase adelante.
Dumbledore aparentaba estar tranquilo, más allá de las apariencias. Sus emociones eran harina de otro costal, uno que aumentaba de tamaño conforme la espera se hacía más larga. Estaba ansioso y ligeramente irritado. Snape era otro cuento, uno de nunca acabar. Se posó en el rincón que había ocupado el Director en nuestra última reunión, cogió el Chivatoscopio que seguía sobre la mesa redonda y lo dejó caer sobre el escritorio, frente a mí. Dumbledore y Snape no lo sabían, pero yo tenía la capacidad de bloquear ciertos tipos de magia, sobre todo la barata como la del chivatoscopio aunque la última vez hubiera estado muy abrumada para pensar en bloquearlo. Menuda ridiculez. De cualquier manera, no estaba allí para mentir.
- Tome asiento, Srta. Boissieu. – me ofreció el Director. Lo rechacé de inmediato. Estar de pie mantenía mi resolución firme. Sobre todo con Snape rondando.
- Director, comprendo que el profesor Snape sea un valioso miembro del cuerpo docente y un mago excepcional en el arte de las pociones- dije mirando a Severus de soslayo.- pero, ¿Debe estar presente en cada conversación que tengamos?- me volteé hacia Snape- no se ofenda profesor Snape, simplemente resalto el hecho de que usted y el director parecen conformar una entidad.
Snape esperó. Luego, se acercó con sigilo y una mirada gatuna. Estuvo a punto de decir algo pero fue interrumpido.
- El profesor Snape, Srta. Boissieu. Al igual que cada miembro del cuerpo docente, es un mago valioso y de total confianza. Severus, en particular es un gran amigo y goza de mi absoluta confianza.
Miré al director y leí en su ojos lo que decía entre líneas: Le contaré de cualquier manera.
- Bien- dije al momento que palmeaba- pretendo ser breve, de cualquier manera no hay demasiado que contar. Ambos callaron, tenía el derecho de palabra. No obstante, dudé en proferir vocablo. Lo que había pasado entre el Señor Oscuro y yo era un pasaje de mi vida que había desencadenado un sinfín de malos tragos, diecisiete años de angustia– Como a muchos, Voldemort me quitó aquello que amaba más que a nada.- hice una pausa, noté que sonaba inflexible, no era lo que pasaba en mi interior por supuesto, pero debía mantenerlo de esa manera. Perder el control no era conveniente- me arrebató a la única familia que tenía. Y como a muchos, el deseo de venganza brota de mis poros, mi sangre reclama venganza.
Dumbledore se lo pensó un momento, la suspicacia ganaba. Snape permaneció callado, yo sabía que estaba ansioso. Después de todo, él es un mortífago, le pesara o no. Hubo un silencio cargado.
- Sé lo que piensa-dije sin inmutarme- Usé a Nicolás Flamel como un boleto de entrada a Hogwarts. Lo que en parte es cierto, debo admitir. He dejado en claro que mi estancia en el colegio se debe a la promesa que le hice a Lily. – el aura de Snape se removió inquieta- el hecho de que usted esté aquí y sea el mago más poderoso e influyente del país es sólo un agregado ventajoso en todo esto. Nicolás me instó a confiar en usted, y le tomaré la palabra.
Nadie dijo nada durante unos segundos, el director se recostó en la silla de espaldar alto y subió sus lentes de media luna. Sospecha. Pensé.
- Sérène.- dijo pausado Dumbledore- admito que a pesar de tu juventud eres una mujer temeraria e inteligente. Lo he notado. Sin embargo, no puedo evitar pensar en el extraño vínculo que existe entre la promesa a Lily Evans y el indudable hecho que supone que debiste hacerla cuando ella aún vivía.
Severus se acercó más a mi lado, estaba a la defensiva. Reparé de inmediato a lo que se refería el director. ¿Qué podría decirle? Voldemort la cagó al querer matarme y por eso estoy así. Y, en el tránsito de mi nueva vida en pañales conocí a Lily y a su familia que vivían en la sombra porque la criatura que me había hecho esto la perseguía a ella y a su bebé. La vergüenza que me daba pasar por aquello no se comparaba con el dolor al recordar el efímero momento en el cual conocí a Lily y, en cómo me vi reflejada en ella. No podía decirle cómo. No ahora.
- La vida es apenas un suspiro, profesor Dumbledore. Voldemort me hizo esto- espeté con rabia a la vez que me señalaba a mí misma- Nicolás no miente al decir que soy poderosa. Profesor Dumbledore- inquirí cuando me acerqué a posé mi mano sobre la suya que descansaba con el puño cerrado sobre el escritorio- Si usted…
¿Qué es esto?
Retiré mi mano de inmediato. Todos en la sala se sumieron en ansiedad. Le miré totalmente extasiada. ¿Cómo no lo vi antes? No había reparado en ningún instante que Dumbledore no pretendería acabar con el mago más oscuro de todos los tiempos él sólo. Se tiene que ser tremendamente estúpido al pensar eso y el director de Hogwarts tenía más que un poderoso afán de acabar con el Señor Tenebroso. Había dedicado parte de su tiempo a formar un ejército, toda una guerrilla de inteligencia con información de primera acerca de nuestro enemigo en común.
- La orden.- susurré- la orden del Fénix.
- ¿Sérène?
Nos miramos un buen rato, Dumbledore permaneció quieto. Snape saltó a su lado, mantenía el entrecejo fruncido y la mirada implacablemente dura sobre mí. El director se levantó de su silla y rodeó el escritorio pausadamente, con cada paso que daba sopesaba las opciones que tenía, se le notaba en los ojos azules. Snape se mantuvo firme en su posición, como un soldado en filas. Yo tuve que girarme para ocultar el remolido de mis ojos amarillos.
- Debo decir que me has impresionado, Sérène. Parece que gozas de numerosos talentos, no solo puedes canalizar la magia a través de tus manos, sino que además, posees el don de la premonición.
Me giré de inmediato, sin reparar que pudiera ver mis ojos turbios.
- Quiero unirme a la orden.- solté sin más. Existía un grupo de magos que poseían información exclusiva sobre Voldemort. No lo pensaría dos veces. Debo entrar.
- Esa es una petición imposible de cumplir, Srta. Boissieu. Espetó Severus Snape detrás del escritorio.- la orden es exclusivamente…
- Para magos y brujas que deseen usar sus talentos para acabar con el mago más oscuro de todos los tiempos.- le interrumpí, crecía en mí un frenesí alentador.- la orden y yo, perseguimos el mismo objetivo, mantenemos el mismo propósito.
- Me temo, Srta. Boissieu que es usted muy joven y…
- No es cierto- dije, arrepintiéndome de inmediato.- lo que quiero decir, es que tengo la mayoría de edad. Y no salga con excusas, sabe de buena mano que soy poderosa.
Caímos en el silencio. Dumbledore y yo nos mirábamos, su mirada era inescrutable e imposible de leer. Yo tenía los ojos turbios de excitación y Snape nos miraba intranquilo, por supuesto su semblante reflejaba una emoción distinta.
- Me lo pensaré- dijo al rato, casi sin cambiar la expresión.
- Albus…
- Por el momento, creo que la señorita Boissieu debe dirigirse al Gran Comedor. Tomaremos en cuenta su consideración. Dicho esto se dirigió a su escritorio, noté que miró rápidamente el chivatoscopio Snape captó el movimiento del director y dejó caer su mirada negra sobre este. No emitía luz alguna.
No me rendiría en esto, necesitaba esa información tanto como deseaba destruir a Voldemort. Conseguiría entrar a la orden sin importar lo que debiera sacrificar. Usaré todos los medios a mi alcance así como usé todos lo que poseía a mano para entrar a Hogwarts.
Viré sobre mis pies, despacio. No aparté la mirada de ellos ni un segundo. Snape estaba furioso. Sostuve su miraba unos instantes. Los ojos se habían vuelto más negros y hondos.
Nos vemos en el número 12 de Grimmauld Place, Severus.
El abrió tanto los ojos que por un momento me asustó la idea de perder las pupilas negras por un blanco de muerte. Sentí como se enfurecía más. Salí a paso rápido de allí con temor a que me diera alcance. Bajé rápidamente los escalones y tracé mi ruta a la lechuceria. Necesitaba enviar una carta.
