IV Entre pergamino e invitaciones.
Extasiada como me encontraba no reparé en el camino que trazaba hacia la lechuceria. Los cuadros volaban fugaces a mí alrededor a medida que avanzaba por los pasillos del castillo. Subí la torre y en lo alto me topé con un par de alumnos de Huperpuff. Saqué pergamino y una pluma de la túnica, al menos hice la pantomima ante ellos. Solo traía conmigo dos trozos de pergamino realmente pequeños, transformé uno de los pergaminos en una pluma para poder escribir. Me senté en el último escalón y redacté unas líneas tan simples como despreocupadas.
Existe una orden para acabar con él. Voy a unirme.
Todo está bien, recuerda desayunar cada día. Saluda a Elbe de mi parte,
Con amor S.
Doblé el pergamino y lo amarré a la patita flacucha de una lechuza parda muy gorda. Era una de las lechuzas del colegio.
- Entrégasela a Esteban Collingwood. Le sobé la cabeza un rato y luego la dejé irse.
Bajé despacio, escalón por escalón. Meditando sobre la charla con Dumbledore. No era mi intención enterarme sobre la Orden del Fénix de esa manera, tan desprovista de respeto hacia la intimidad mental del anciano director. Sólo pretendía disuadirle para considerarme parte de su equipo, necesitaba acercarme más a él. Sembrar confianza y cosechar los frutos de los privilegios que esa confianza traía consigo. Eres muy joven había dicho. La verdad no. No gozaba de los años de los cuales Dumbledore podía presumir y ni menos que eso. Pero soy, eventualmente, más vieja que Snape, en un sentido espeluznantemente literal que no podía ser apreciado a simple vista. De eso ninguna duda. Probablemente, unirme a la orden es una de las ambiciones más exigentes que podría plantearme alcanzar, exceptuando el objetivo de acabar con cierto Señor Oscuro. No importa lo que deba sacrificar, lo haré. Para ello estoy aquí.
La semana se desvaneció tan rápido como el agua entre los dedos. La monotonía del colegio era más que aburrida, en cierto aspecto podría decirle que era tremendamente mortífera. Seguir las clases con entusiasmo era un asunto de pupilos recién iniciados en el arte de la magia blanca. Nada que yo no supiese con anterioridad. Los salones de clases se convirtieron en una especie de purgatorio, un estado estático dónde no podías escapar hasta finalizada la hora, cuando al salir a los pasillos te desperezabas escuchando el bullicio de los adolescentes gritando y el repiqueteo frenético de los pies sobre el viejo adoquinado, ésta se convertía en la única alarma para despertar del sueño brumoso que te envolvía durante la clase. Todas las clases permanecían dentro de la categoría tormento abrumador. Exceptuando una: Pociones.
Las clases con Severus Snape caían en la categoría: Fuera de este mundo. Me hacía una gracia tremenda la manera en como despegaba los ojos del pergamino que tachaba con ahínco para mirarme mientras preparaba las pociones sin varita, un hecho que le incomodaba. Aprovechaba para dedicarle una sonrisa socarrona y luego, le ignoraba olímpicamente. Le sentía rabiar. Haberle hecho saber que conocía la ubicación del cuartel general de la orden no fue la acción más inteligente de mi parte, sobre todo porque debía dar a Dumbledore por enterado, pero estaba molesta. Tremendamente irritada por su presencia en mis reuniones con Dumbledore y la insistencia de su parte por entrar en mi cabeza. Severus Snape me había retado, y yo no era una criatura con la cual pudieses jugar.
Por otro lado, estaba el joven Harry Potter. A quién no le hablé ni una vez. Lo vigilaba a la distancia, chequeando que todo estuviera bien con él. Se veía saludable aunque ligeramente irritado. Nunca se separaba de sus amigos y mantenía una actitud amable con todos pese a que algunas veces fruncía el entrecejo sin razón alguna. Algo le estaba molestando. No había tenido sueños en los cuales Harry fuese el protagonista, mis visiones oscilaban entre los mortífagos y la fachada del número 12 de Grimmauld Place, por lo que no me encontraba consciente de aquello que le molestaba. Sin embargo, el ligero presentimiento que todo tenía que ver con Umbridge y el dichoso castigo permanecía latente. No podía provocar mis visiones a voluntad, no es así como funciona la cosa, muy a mi pesar. Tenía que tocarle si deseaba provocar una reacción, o una visión. Algunas veces, le veía acariciarse las manos muy ligeramente, arrugaba el entrecejo y luego volvía a la normalidad. Me ocuparé de eso luego. Ahora Harry no era la prioridad.
Las cosas entre los profesores en Hogwarts no iba bien, Dumbledore prometió pensar lo de mi ingreso a la dichosa Orden del Fénix y Snape me odiaba con mayor intensidad cada día que transcurría. Las semanas siguieron fluyendo rápidamente, yo esperaba respuestas y luego percaté que quizás Dumbledore necesitaba un incentivo que le ayudase a decidirse entre aceptarme en la orden o despacharme de Hogwarts, porque estaba claro que no podía permanecer allí sabiendo tanto. Dumbledore era un hombre tremendamente curioso que apreciaba las habilidades especiales de los magos y brujas a su alrededor. Él no podía ver en mí el poder que poseía más allá de la turbulencia que se presentaba en mis ojos amarillos cada vez que me enfadaba o el arrebol de mis mejillas cuando la temperatura alcanzaba los niveles críticos de tolerancia. Por ello el viejo director no había dado respuesta de su decisión. Él simplemente no me deseaba. Y allí, estaba el centro del meollo. Debía probarle a Albus Dumbledore que hay un diamante escondido en la mina de carbón. Hacerle desear tenerme entre sus filas. No era un asunto de querer unirse por una causa justa, era un grupo selecto de magos y brujas inteligentes y poderosos. Con habilidades inigualables en el combate, astutos y dispuestos a dar sus vidas en esta guerra a muerte. Así es como lo ve Dumbledore, aprecia a cada miembro por su historia ligada al mago más oscuro de todos los tiempos y la determinación de cada uno por acabarle a cualquier precio. No eran principiantes, habían luchado en la primera guerra.
La dulce sonrisa del director escondía algo más que un tierno carácter. Dumbledore, a pesar de lo que se pudiese pensar de él y de su magnificencia en el mundo de la magia, era un mago calculador. Extremadamente frío a la hora de hacer movimientos en el tablero. Bajo esa barba blanca y detrás de los anteojos de media luna albergaba un estratega. El jugador que mueve las piezas en el tablero de ajedrez.
El tiempo pasa volando sobre una escoba muy rápida aquí, en Hogwarts. Un mes y unos días han pasado desde que estoy atascada aquí, sin respuesta alguna por parte de Dumbledore.
Carlina y Larry, mantenían una charla muy animada sobre los prejuicios de los muggles hacia los hechiceros en la antigüedad, una conversación que comenzó como un tópico sofisticado acerca de la evolución psíquica de los muggles a través de los años y se convertía a media que agregaban elementos, en una perorata absurda sobre ningún tema en especial que no lleva a ninguna conclusión en particular. Salí de la conversación casi al instante de haberla comenzado. Dejé a ambos nadando en un lago oscuro. Tenía cosas importantes en que pensar. No presioné al director en ningún momento durante el mes siguiente a nuestra conversación. Más por el hecho de que no sabía cómo transmitirle la conmovedora historia de mi vida hecha trisas que por no tener el valor de hacerlo. Yo era una persona insistente, tremendamente persuasiva cuando no se trataba de mis asuntos personales saliendo a flote bajo la mirada despectiva de personas tremendamente oscura. Unos ojos desafiantes. Y, yo no me encontraba de ánimos para tratar con Snape más allá del aula de clases, donde hacía gala de mi arrogancia y él de la suya. Era una especie de competencia.
Durante todo el rato mantuve firme a mi predisposición de no mirar a la mesa de profesores, en el otro extremo del Gran Comedor. Sin embargo, mi paciencia estaba llegando al límite. Me sentía particularmente egoísta al enredar a Dumbledore en esta situación comprometedora pero necesitaba una respuesta, necesitaba pertenecer a la orden. Ésta noche se resolvería todo, esta noche haría que Albus Dumbledore deseará tener a un ser poderoso en sus filas. Porque hoy el recibiría una invitación. Me sentía ansiosa al respecto, no por ello menos confiada. No lo soporté más y giré a la mesa de profesores, allí estaba él conversando con McGonagall como si éste fuera un día cualquiera en una escuela de magia y hechicería cualquiera, con las velas flotando sobre los platos y los utensilios chocando unos contra otros provocando un sonido metálico, las risas por doquier y una que otra discusión entre enamorados. Casi me sentí envuelta en una bruma de tranquilidad como si nada estuviera pasando. Hasta que le vi a él. Me estaba mirando, de una forma distinta a la que me miraba todos los días en el aula de pociones, o en los pasillos del castillo, camino al Gran Comedor o en las tribunas del campo de Quidditch. No había rastro de esa arrogancia que lo coronaba como el príncipe de los desdeñosos. El entrecejo débilmente fruncido y los labios ligeramente separados, estaba absorto mirándome desde su silla en la mesa de los profesores. Recordé la vez que pensé sobre su sonrisa y lo bella que era, ahora no estaba sonriendo, pero su rostro tenía ese matiz que adoptó cuando descubrió que había logrado entrar en mi mente y que esos eran mis pensamientos. Levemente avergonzado, como un adolescente. Definitivamente era un hombre fascinante, nada temible cuando se encontraba perdido en sus propios pensamientos y no tratando de inmiscuirse en los míos.
- Sérène, te estoy hablando.- Carlina solía ser tremendamente inoportuna, poseía un talento excepcional para joder en los momentos menos apropiados.
- ¡No tires de mi pluma!- le dije sobándome la oreja derecha.
- ¿A quién mirabas con esos ojos de niña tonta?- preguntó Larry sonriendo desde su asiento.
- No. Toques. La. Pluma. Sólo eso.- repetí mirándola a los ojos- No miraba a nadie Larry, estaba concentrada pensando. Enfaticé.
- Uuhh, si.- dijeron ambos.
- Cállense los dos.
Allí quedó todo, miré de soslayo a la mesa de profesores. Snape tomaba la copa frente a él y bebía un sorbo largo. Volví a sobar la pluma que colgaba de mi oreja derecha. No era momento de distraerse.
Se acercaba el alba, el cielo permanecía oscuro abarrotado de estrellas resplandecientes, unas titilantes otras estáticas pero todas relucientes en el firmamento. Me encontraba sentada sobre el barandal de la torre, con las piernas y pies colgando, meciéndose en el vacío. Llevaba la túnica negra puesta y la capucha abajo. Con la proximidad del amanecer la temperatura del ambiente incrementó un par de grados, el aire que soplaba aminoraba su fuerza y poco a poco el día se abría paso a través de las horas. Un momento precioso. La paz podía respirarse en ese instante.
- Un asiento peligroso, Srta. Boissieu- escuché decir. Me giré para verle y sonreír.
- No lo crea así. A mí me parece un asiento perfecto para admirar el espectáculo- respondí al tiempo que pasaba las piernas sobre el barandal y caía sobre mis pies en el sólido empedrado.- Pensé que no atendería la invitación de una alumna.
- Trato de no faltar a ninguna reunión si me es posible- dijo Dumbledore. Llevaba una túnica verde claro con detalles dorados sobre ella.
No formulamos palabras por un momento. El primer rayo de sol comenzó a subir por el horizonte, viajando con prisa sobre el suelo de los campos, trepándose sobre los árboles y alcanzando las torres más altas de Hogwarts, comenzaba el amanecer. Me concentré en tantear sus emociones. Estaba calmo, relajado y dispuesto a escuchar. Me encontré repentinamente nerviosa. No seas estúpida Dumbledore está solo. Volví la mirada a él.
- Lo siento. Sonreí.- le estoy causando problemas.
- ¿Llamarías a esta invitación una tregua? Atacó de repente.
- Difícilmente, profesor.
- Y bien…
- Profesor, me temo que el inicio de nuestra relación no fue el más alentador, debo decir. Sin embargo, a pesar de lo que pueda aparentar mi carácter o la ausencia de respuestas de Nicolás Flamel no soy una criatura particularmente malvada. Al menos no, si me lo propongo.
Hice una pausa antes de agregar algo más. Me estaba preparando para soltar parte importante de una historia vetada por su protagonista.
- Ha dicho en su invitación, Srta. Boissieu que son sus intenciones contarme lo acontecido con Lord Voldemort y usted. Sé que él le ha quitado a sus seres queridos, pero me temo que hay un motivo que va más allá del dolor.
- Lo hay. Y si me permite profesor le contaré todo.
