V La historia del fénix.

El sol bañó la torre de astronomía. La tiñó de un dorado quemado muy hermoso, ligeramente parecido al naranja de mis cabellos. Dumbledore resaltaba con su túnica verde y yo mantenía mi postura erguida envuelta en la túnica negra. El viento aun soplaba fuerte y se mantenía levemente frío. Dumbledore pasó sus manos a la espalda y esperó. Ya no había prorroga.

- Cómo sabrá, gracias a nuestro amigo Nicolás Flamel, mi familia materna proviene de Sudamérica donde se practica la magia negra y se veneran las criaturas míticas.- Dumbledore asintió- como el fénix, por ejemplo. Comencé a caminar en círculos, los trazaba lentamente a medida que pensaba como continuar.- Mi madre, una mujer nativa de la selva, poseía un fénix que había heredado de su padre. Una criatura hermosa que pasaba de generación en generación en la familia. Mi madre amaba al fénix como a su vida.

Hice una pausa. Luego detuve mi andar. Me encontré repentinamente agitada. Esta era una historia que no podía contarse más de una vez.

- Debo asumir que el fénix es relevante en la historia.

Lo miré algo exasperada.

- El fénix lo es todo en esta historia, profesor Dumbledore. – espeté rudamente. – mi madre casi muere al darme a luz, el fénix la salvó de morir sacrificándose a sí mismo. Todos sabemos que estas aves tienen poderes sorprendentes e ignoramos cuan poderosos pueden llegar a ser. Nadie ha logrado explicarse cómo o por qué, pero el fénix nunca renació de sus cenizas y mi madre se había salvado de la muerte. Por supuesto, yo me salvé con ella.

- Un dato sorprendente, Srta. Boissieu.- dijo Dumbledore fascinado- está claro que nuestro entendimiento referente al fénix es pobre.

- ¿Pobre?-interrogué- es insignificante. Lo sorprendente, profesor, no es el hecho de que el ave se haya sacrificado por nosotras. Sino, lo que sucedió después.

Volvimos a quedarnos quietos. Dumbledore mostraba una sonrisa pequeña y una mirada más suave. Sin duda pensaba en Fawkes.

- Mi magia, profesor.- dije lentamente sin quitarlo los ojos de su rostro.- se vio afectada por el sacrificio de Aurum. Digamos que… con su sacrificio me legó su poder mágico.

- Las visiones-dijo Dumbledore asombrado- la forma en que tus ojos se vuelve turbios cuando te exaltas.

- La temperatura corporal siempre alta, el agudo instinto que me permite saber quién anda rondando cerca de mí.-continué yo. – son dotes que un mago o bruja común no posee.

- Extraordinario- dijo el profesor Dumbledore acercándose, fuertemente atraído por el misterio. Me examinaba como si pudiese obtener más de mí con solo mirarme.

Había captado su atención como quería. Ahora me deseaba. Viejo curioso.

- Profesor, Permítame hacer un salto en la cronología y llegar al punto de la historia que nos interesa.- espeté haciendo que Dumbledore se detuviera y recobrara el semblante serio de hace unos momentos.- me encontraba en Inglaterra para aquellos tiempos, mi padre había migrado nuevamente y me trajo con él a Europa. Así que pasé una temporada en Londres junto a él. Comenzaba el otoño cuando conocí a Melquíades, mi esposo.

Tuve que girarme para no mirar como Dumbledore intensificaba su escrutinio, me dirigí al barandal y me sostuve de el con fuerza, el viento seguía soplando fuerte y había más luz. Si miraba directamente a mis ojos, los vería revueltos y oscuros como el agua de un río en medio de un monzón. Así que permanecí allí apoyada del barandal y viendo como el verde de los árboles perdía su color y se matizaba con tonos ocres característicos del otoño.

- Sérène…

- Yo no sabía cuan peligroso podía ser Voldemort- continué sin voltear, no dejaría que opinara nada- hasta que tocó las puertas mi casa reclamando a Melquíades. Voldemort le mató- dije en un susurro- frente a mis ojos.

Hice una pausa, encontrándome conmocionada por recordar aquellas imágenes nítidamente. Se proyectaban en mi mente como una película, había tanto detalle en esos recuerdos que era imposible para mí decir que aquello había pasado hace tantos años. El cuerpo inerte de Melquíades a mis pies era una escena que jamás olvidaría, la última vez que le vi. No pierdas la concentración Dumbledore está esperando.

Me recompuse de inmediato. Ignoré el ardor de mi piel a causa de la elevada temperatura. Debía continuar. Respiré hondo.

- Usted ha de suponer que Voldemort iría tras de mí una vez que acabara con Melquíades por resistirse a unírsele. Y lleva razón. Recuerdo perfectamente como la luz verde del Avada Kedavra se acercaba a mí, inexorable. Pensé que moriría en ese momento y que todo lo que amaba desaparecería por completo. Créame cuando le digo que esperar la muerte nunca fue tan agónico como en aquel momento. Fue tremendamente frustrante darme cuenta que la muerte no logró alcanzarme.- esta vez me giré, lo miré a los ojos sin importar que viera la turbulencia feroz en ellos- me consumía, ardía en llamas y mi cuerpo se hacía cenizas. La maldición no llegó a tocarme nunca, pero yo moría calcinada. ¿Comprende lo que le estoy diciendo, profesor?

Dumbledore tenía el ceño fruncido y los ojos azules le brillaban. Estaba intrigado en extremo, confundido. Hacía conjeturas. Asintió.

- Heme aquí-culminé alzando los brazos- diecisiete años después, contando mi historia a un viejo y loco director con la esperanza de que me permita participar en la batalla contra el ser más despiadado de todos los tiempos.

- Fascinante- opinó Dumbledore después de unos segundos. Se acercó a mi lado y posó sus manos sobre mis hombros, me miraba intensamente- ¿Te das cuenta del extraordinario poder que posees?

- Lo dudo, profesor- contradije- nadie es capaz de renacer de sus cenizas. Ni siquiera yo.

Se apartó confundido con la interrogante en la mirada.

- No piense que poseo el poder de renacer de mis cenizas cada vez que me consuma.- expliqué- lo que pasó hace diecisiete años fue un caso aislado. No creo poder a volver a vivir luego de morir así. Al menos, no es una condición por la cual desee volver a pasar.

Fue un proceso doloroso. Y luego, un renacer de lo más frustrante.

- Lo que dice, Srta. Boissieu, es que la muerte es para usted una puerta abierta. Un camino sin retorno.

- Exactamente. No soy inmortal, profesor. Es una condición que nadie puede ostentar, hasta el fénix de mi madre encontró una manera de morir. La existencia es finita, para todo ser.

Dumbledore asintió. Comenzó a caminar en círculos, como yo lo hice hace unos momentos, mantenía la mano en el mentón y la otra en la espalda.

- Por supuesto, eso no desvirtúa el resto de mis cualidades- continué antes de que pudiese pensar un poco más- fuera de las visiones y el resto de mis habilidades también poseo una fuerza mágica superior. En otras palabras, soy más fuerte en esta vida que en la anterior.

- Por ello no usas la varita.

- Profesor Dumbledore.- advertí- No hablaremos de la varita.

Quedó en silencio. Repasaba la conversación. La torre se encontraba perfectamente iluminada ahora, en pocos momentos el castillo se inundaría con risas y gritos de alumnos eufóricos, correteando de aquí para allá iniciando sus actividades. Ya no teníamos tiempo.

- Le confío todo esto para que reconsidere mi ingreso en la orden. Perseguimos el mismo objetivo: Voldemort y mantenemos el mismo propósito: destruirlo.

Palabras que salieron de mi boca con un fervor sulfurado. Dumbledore entendió perfectamente el mensaje y yo comprendí que no daría una respuesta inmediata. Sin embargo, había logrado encender la llama que necesitaba para que su deseo de reunir a los magos más poderosos en contra de Voldemort ardiera fuertemente. Se lo pensaría seriamente.

- Lo consideraré, por supuesto que sí, Srta. Boissieu. – me dijo antes de hacer el ademán de retirarse. Sólo debía dejar en claro una cosa más.

- Profesor Dumbledore- llamé antes de que girara por completo- esta charla, como especifiqué en la invitación, es privada. Por lo que me gustaría que nadie se entere de lo que hemos conversado aquí.

- Puede estar tranquila, Srta. Boissieu. El profesor Snape no sabrá nada referente a nuestra conversación.

- Gracias- espeté luego.

Me quedé un rato más en la torre de astronomía. Necesitaba la brisa fría para bajar mi temperatura. Acababa de sacar a la luz el terrible pasado que quería esconder. Ya no hay marcha atrás, el juego apenas comenzaba.