VI No debo decir mentiras
Logré bajar de la torre de astronomía con tiempo suficiente para tomar las tediosas clases que aguardaban ese día. Me salté el desayuno en el Gran Comedor, no pretendía quedarme sentada durante toda la hora pretendiendo que nada ocurría mientras Dumbledore permanecía indiferente desde la mesa de profesores y Snape mantuviera su estoica postura referente a mí. Por alguna razón, el hecho de que volviera a mirarme con el acostumbrado desprecio y la suspicacia inagotable en sus ojos pasaba a ser una espina que me atragantaba. La mirada absorta que mostró en ese efímero momento donde me observaba fijamente sin altivo alguno, meramente concentrado en sus pensamientos, era una imagen que deseaba portar conmigo durante todo el tiempo que fuera posible. No le vería hasta las clases de pociones de ese día, así que rememoraría el momento las veces necesarias hasta que quede plasmado en mi memoria.
No obstante, existía una tarea que había estado descuidando desde hace un mes: Harry Potter. Compartía todas las clases con el pequeño Gryffindor y sus inseparables amigos. Me mantenía tranquila el saber que a pesar de sus bizarras relaciones con los profesores, no le iba tan mal con sus compañeros de curso, siempre y cuando no se tratara de Slytherins. Se metía en algunos problemas y su mal genio relucía de vez en cuando en momentos menos propicios para ello. A pesar de todo, su vida transcurría con total normalidad entre los muros del castillo. No había mucho de lo que preocuparse, exceptuando sus relaciones con Umbridge y Snape que no parecían mejorar con el tiempo. Umbridge sentía un profundo desprecio por Harry, aunque aparentara ser diplomática con respecto a todos los alumnos, yo sabía que no era así. Y Snape… el simplemente despreciaba a Harry. Sus emociones fluctuaban constantemente cuando Snape daba clases a los Gryffindor pero mantenía una postura firme la mayoría de las veces. Yo lograba pasar desapercibida por todos, me sentaba en los asientos más alejados y no hablaba con nadie a excepción de Carlina, a quien no podía quitarme de encima, y Larry que permanecía a mi lado cuando sus amigos se iban a la práctica de Quidditch. Ningún profesor se dirigía a mí directamente, ni siquiera Snape quién siempre lograba encontrar dos segundos de su tiempo para mirarme despectivamente desde su trono de roble en la clase de pociones. Ciertamente, no advertía que algo pudiera estar mal con Harry desde el chocante encuentro con Umbridge hasta ese día, en Historia de la magia.
El señor Binns, el único fantasma en Hogwarts decidido a hacer una actividad productiva, leía sus apuntes de una forma mecánica. La historia mágica de Inglaterra era fascinante. Sin embargo, el letargo envolvía a cada alumno durante su clase. La parsimonia del profesor se convertía en una bruma cegadora que nublaba los sentidos y te sumergía en un oscuro pozo lleno de aburrimiento letal. Las partículas de polvo visibles en los rayos de luz se convertían en un espectáculo irresistible a los ojos de quien pudiera observarlas. Sentía pena por esos pequeños que habían lidiado con la clase desde su primer año, incluso llegué a sentir pena por mí misma en alguna ocasión. Realmente, estaba perdiendo todo interés en cualquier cosa que sucediese dentro del aula hasta que algunos cuchicheos se alzaron sobre la voz del señor Binns. No reparé de lo que se trataba hasta que Harry se levantó de su asiento y abrió la ventana. Una lechuza blanca como la nieve entró a través de ella, lucía mal herida con las plumas un poco chamuscadas y el ala en un ángulo innatural. Harry salió del aula con la lechuza en el hombro visiblemente preocupado. Por supuesto, no seguiría a Harry, esa no era mi labor, de cualquier manera ver la lechuza herida del pequeño Harry hizo crecer un sentimiento de mal agüero.
Me encargaré de ello después.
Snape parecía estar de un humor de perros ese día, luego de quitar injustamente puntos a Gryffindor por el pequeño altercado entre Neville y Harry contra los Slytherins, cerró la puerta del aula con un golpe seco que causó eco. Snape nos hizo notar la presencia de una persona extra en la sala. Umbridge. Verla no me causó más que nauseas. Pequeña mujer despreciable. Severus se encontraba lejos de estar complacido, el desprecio de su rostro lo dejaba en claro. Me hizo preguntarme como un hombre tan joven podía ser tan altivo y amargado. La clase transcurrió sin ninguna complicación hasta que Umbridge saltó de su silla y se dirigió a Snape para hacerle preguntas. Primeramente, me causó una gracia tremenda la serenidad que Severus mostraba en su rostro cuando yo sabía que realmente estaba hastiado de la mujer, se contenía de lanzarle una maldición delante de los estudiantes. Alternaba mi concentración entre la poción y la escena que se desarrollaba entre ambos profesores. Traté de contener la risa, todo el asunto de la evaluación por parte de Umbridge era una pantomima de lo más ridícula, hasta que se internó en terrenos peligrosos. Llamó a Snape fracasado frente a todos los alumnos y luego siguió con una perorata absurda sobre el puesto de DCAO, aquello no le hizo gracia a Snape que dejó atrás su máscara de indiferencia y se mostró visiblemente irritado. Realmente, no me importaba lo que la mujer cara-de-anfibio pudiese pensar del profesor de pociones pero había algo que Snape me había dejado claro en los pocos encuentros en los cuales cruzábamos palabras y lejos de todo el desprecio que pueda existir entre nosotros sabía de sobra que Severus Snape era un mago con cualidades extraordinarias, indiferentemente de que fueran oscuras en su mayoría. Toda aquella consideración de mi parte hacia Snape se esfumó cuando humilló a Harry, de nuevo. Me molestaba cuando dejaba fluir todo su desprecio hacia el pequeño Potter, quien no tenía opción alterna más que tragarse el orgullo y obedecer a Snape.
Maldito amargado de voz sensual.
- ¡¿Qué?!- grité de inmediato. Yo no había pensado en eso, definitivamente no.
Mi grito pareció ir unos pupitres más allá de mi puesto, alcanzando a Snape que rondaba las mesas con los calderos humeantes, algunos voltearon y otros permanecieron con la vista al frente por miedo a que Severus les reprobara si apartaban su atención de la poción. Severus me miró enojado. Yo tenía la temperatura unos grados por encima de lo normal y estaba completamente segura que mis ojos amarillos comenzaban a lucir turbios.
Yo no he pensado en ello. No lo hice.
Snape frunció el ceño. Yo aparté la mirada de inmediato y me concentré en agregar los últimos ingredientes de la poción. No levantaría la vista hasta salir de las mazmorras. De eso seguro. Milagrosamente, Snape no dijo nada más.
Trelawney estaba más irritada de lo normal en la clase de Adivinación, Umbridge y sus ridículas audiencias tenían a más de uno tirándose de los cabellos. Yo no necesitaba nada de la basura que ella impartía en esa clase, tenía premoniciones y visiones casi cada noche y algunas veces eran provocadas por estímulos externos, como la vez que toque a Dumbledore y vi el cuartel general de la orden en el número 12 de Grimmauld Place, sin contar con el molesto sexto sentido que me asechaba cada vez que algo no iba bien. Yo era una criatura de percepciones, para mí era natural. Las cosas no mejoraron en DCAO, cuando tuve que mirarle la cara a Umbridge de nuevo y recordé las palabras hirientes de ella hacia Snape.
¿Maldito amargado de voz sensual? ¿En qué estaba pensado?
El día pasó rápidamente, me sorprendí al darme cuenta que la noche había caído y pasaba media hora desde que se inició la cena en el Gran Comedor. Bajé desde la biblioteca paso a paso, la prisa del día me dejó increíblemente agotada. Desde la reveladora conversación con Dumbledore al amanecer hasta la última clase del día. Los acontecimientos en Hogwarts no transcurrían como yo deseaba, tenía presente que las cosas cambiarían innumerables veces al transcurrir el tiempo y se presentaran acontecimientos. Sin embargo, revelar el secreto de mi existencia a Dumbledore era una situación que me había tenido entre la espada y la pared, si no hubiera tocado al director aquella visión jamás habría tenido lugar y yo estaría a pasos luz de distancia de conocer los secretos de la Orden. No me sentía particularmente cerca de saber algo, pero logré despertar la fascinación en Dumbledore y la esperanza de que ello lo excitara lo suficiente para considerar mi ingreso a la Orden del Fénix se avivaba cada vez más. Él ahora sabía que no trataba con una niña herida, sino con un alma vieja en busca de venganza, una criatura antinatural con una historia tristemente ligada al Señor Oscuro y un dolor lacerante imposible de borrar. Estaba segura que ni la sangre derramada de Voldemort sanaría las heridas de mi corazón, pero aliviarían la sed de venganza que vivía en mí. Quizás en ese momento podía disfrutar de esta vida hasta que la muerte me llegue.
Tremendamente distraída como estaba no reparé en que mis pies se detuvieron frente a las puertas del Gran Comedor, no quedaba mucho tiempo para cenar y repentinamente me hallé sin ganas de probar bocado. Hoy no es mi día. Y lo confirmé en ese mismo instante, cuando alguien tropezó conmigo. No tuve tiempo de reaccionar siquiera, no le miré en ningún momento pero supe de inmediato quien era. Lo supe por la visión de un niño despeinado con unos ojos verdes ocultos debajo de unas gafas redondas, escribía en un pergamino "No debo decir mentiras" a la vez que en la mano izquierda se transcribía el mensaje que relucía a carne viva.
- Lo siento- escuché que decía rápidamente. No era la primera vez que escuchaba su voz pero si era la primera vez que cruzábamos palabra. Yo no podía creer lo que había visto, me viré y miré su mano. Obviamente, no era necesario mirarla con detenimiento para saber que mi visión era verídica, tanto como el sol al alba. luego lo miré a él.
- ¿Harry?- estaba consciente que no sonó como la típica interrogante que buscaba confirmar que el nombre y el rostro coincidían, fue más bien un pequeño susurro de indignación.
Le tomé la mano de inmediato. Él se sorprendió al instante pero no la retiró. Lo miré a los ojos y vi a Lily en ellos. No podía creer lo que había pasado bajo mis narices. No estaba cumpliendo la promesa que hice. Él pareció cansarse de mi escrutinio y finalmente retiró la mano.
- Lo siento. – le dije un poco apenada. Ciertamente, la congoja me invadía. Caminé escaleras arriba, cruzando las escaleras movedizas como un rayo a través del cielo y entré rápidamente al dormitorio de las chicas en la torre de Gryffindor. Estaba desierto, todos aun cenaban.
- Umbridge- musité con desprecio- Vas a pagar esto. Y con aquella vehemente promesa jalé la túnica negra que me acompañaba cada noche en mis escapadas a la torre de astronomía y sin pensar en nada más que la furia enloquecedora que sentía, aparecí con un ¡PLOP! en los terrenos de Hogwarts, en el linde del Bosque Prohibido.
Furia no era una palabra que pudiese albergar toda la connotación de lo que deseaba expresar. Harry había dado señales de molestia, de que algo no andaba bien con él y Umbridge, pero yo me encontraba sumergida en mi anhelo de entrar a la Orden al precio que costara. Estaba molesta conmigo misma por no prestar atención a esas señales tan claras. La promesa que le hice a Lily no consistía en hostigar a su hijo único, sino saberle a salvo y saludable. Saber que no corría peligro mientras se encontrara dentro de los muros del castillo y que no se viera afectado de ninguna manera. Hasta el momento en que no pudiera protegerlo más. Sabía de sobra que Umbridge no era más que una regordeta insensible la cual gozaba del sufrimiento ajeno sin remordimiento alguno pero, crear un juego sádico y experimentar con los niños de Hogwarts tenía toda la pinta de ser un pasatiempo de lunáticos.
Vas a pagar Umbridge. Te va a doler.
Dejando el asunto de la regordeta a un lado, debía prestar mayor atención a Harry. No podía dejarlo a su suerte ahora que sabía cuan despiadada puede ser la suma Inquisidora de Hogwarts. Por un momento me pregunté si Snape y su repulsión por Harry llegaban a ese extremo y pedí a Merlín que no fuera así. Tendría otra razón para odiarle. Sin embargo, no advertía que él se rebajara a ese nivel. Snape era un hombre calculador, uno que no recurría a prácticas banales como aquellas, sino más elaboradas y con repercusiones que iban más allá de la piel. Temí por Harry.
No volverá a pasar, Lily. Lo siento
De ahora en más, Harry será el blanco de mis atenciones. A la distancia, claro está. No le dejaré solo de nuevo
