VII El colofón de la espera.
Las cosas se complicaron un poco, debo decir. Harry y sus amigos mantenían una actitud distante, ajena a lo sucedía a su alrededor durante las clases. Cuchicheaban la mayor parte del tiempo y la única que realmente parecía avanzar en los hechizos era Hermione. Entre tanto y tanto se les notaba nerviosos y otras veces excitados, con un brillo en el rostro que solo podía ser producto de una travesura premeditada. Esos pupilos tramaban algo. Deseaba saber en qué embrollo se encontraba metido ese trío. Las visiones no ayudaban en absoluto, por las noches se repetía el mismo sueño de los mortífagos en la orilla del puente. Si no soñaba con la resplandeciente sonrisa de Snape en medio de la noche oscura mientras mostraba su marca tenebrosa, entonces, aparecía constantemente la fachada de las casas número 11 y número 13 de Grimmauld Place. No podía provocar las visiones a voluntad, un caso completamente perdido si vamos a ello. Necesitaba tocar a Harry para saber que estaban tramando y asegurarme de que ello no fuera peligroso para él.
La situación no pasó a mejor cuando me topé con Dumbledore en el camino de las escaleras movedizas. Sabía de antemano que en el momento que él tomara una decisión me buscaría para mantener otra conversación tensa. Sonrió cálidamente, como siempre, y me guiñó un ojo después. Comprendí totalmente el mensaje. No he decidido nada aún. La actitud despreocupada de Dumbledore llevaba mis ansias in crescendo. Sin embargo, pese a mi deseo ferviente de entrar a la orden y saborear toda la información sobre Voldemort que ella puede ofrecerme, atendería un asunto primero: averiguar la fechoría en la cual se estaba metiendo Harry. Porque el instinto me lo decía, ese trío estaba en algo y tenía que ver con la estimada profesora Umbridge.
Por la noche, en el Gran Comedor, sentada justo al final de la mesa de Gryffindor, avisté lo que podía ser el primer indicio de que esa noche saldría a la luz lo que me mantenía en ascuas. A través de la larga mesa, de los utensilios de oro, los pavos rellenos en el centro de la mesa, las papas hirviendo, las copas bailando y las velas flotando alrededor, el trío se excitaba a sobremanera, podía sentir a través del aire como ellos poseían un estrecho lazo de confianza y que éste era alimentado por un secreto o más bien por una aventura. Al final de la cena, los tres se levantaron de los asientos que habían ocupado durante la velada y se dirigían directamente a las puertas dobles del Gran Comedor, se dirigían hacia mí. Aparté la vista de ellos y me levanté con cuidado cogiendo una de las copas en mi mano, estaba vacía, así que la llene de jugo de calabaza con un despreocupado movimiento de muñeca completamente imperceptible. Carlina y Larry, quienes se mantenían a cierta distancia de mí y no me obligaban a participar en sus absurdas conversaciones sobre tópicos ridículos levantaron sus cabezas.
- ¿A dónde vas? – dijo Carlina.- ¿Ya has terminado?
- No.- respondí- sólo quiero estirar las piernas, he permanecido mucho tiempo sentada.
Aproveché el efímero intercambio de palabras y caminé de espaldas hacia el grupo hasta que choqué con un cuerpo alto, viré de inmediato y el jugo de calabaza de la copa se derramó en la túnica negra de un Gryffindor. Por desgracia no era Harry, sino el pelirrojo Weasley.
- Lo siento-le dije- disculpa no estaba atenta a donde iba.
Inmediatamente comencé a quitarle la humedad del jugo de calabaza con las manos, Ron lucía incómodo. Harry y Hermione mantenía dos pasos de distancia de nosotros, algo desconcertados con el pequeño accidente.
- No te preocupes,-dijo- ya está. Y me cogió la mano para retirarla de su túnica manchada. – la secaré
- Lo siento- repetí fingiendo pena. Ron caminó fuera del Gran Comedor, Harry y Hermione le siguieron. Por unos segundos Harry me sostuvo la mirada y yo sonreí. Estos chicos eran temerarios.
La paredes amuralladas de Hogwarts escondían más que secretos atrayentes para quienes sueñan con descubrir misterios que van más allá de la imaginación, era ciertamente, el hogar de jóvenes que contaban con valores y destrezas que elevaban el valor de esta escuela de magia. La ambición, la inteligencia, el valor de los habitantes del castillo sobrepasaban los estándares de cualquiera. Reunirse a escondidas para practicar hechizos que eran negados en las aulas de clases, guiados por un joven mago experto en atraer a hechiceros malignos y luchar con ellos. Sus espíritus eran fuertes. No me preocupaba que Harry, o alguno de los jóvenes, se lastimara en lo absoluto. Mientras Harry se mantuviera lejos de los seres que pudieran hacerle daño él era libre de hacer lo que quisiese. Admiraba su valor y fuerza.
Sentí, por un breve instante, que alguien me observaba con atención. Viré a la mesa de profesores, convencida de que aquella aura fría y oscura que me causó un escalofrío pertenecía a cierta persona inclinada a entrometerse en asuntos que no le atañen. Snape mantenía su mirada en mí con el ceño fruncido y una suspicacia bailando en medio de las pupilas negras. Un tirón casi me saca los ojos.
Tratando de entrar en mi mente de nuevo, ¿No, Severus? El aludido se enojó ante ello y yo aparté la mirada volviendo mi atención a la mesa de Gryffindor. Carlina y Larry me estaban mirando. Les sonreí de manera socarrona y me retiré sin mediar palabra con ellos.
Se acercaba la hora de dormir, me encontraba en la biblioteca simulando ser una estudiante dedicada. Moría de cansancio y deseaba dormir unas horas antes de salir a la torre de astronomía en mi acostumbrada escapada nocturna. Camino a la torre de Gryffindor me topé con el viejo Profesor Dumbledore. Su mirada azul se mantenía serena pero por dentro se encontraba algo intranquilo. Se acercó con parsimonia, ondeando su túnica morada, las manos permanecían ocultas tras su espalda y paso a paso se acercó a mí sin dejar de sonreír.
- Debo darle noticias Srta. Boissieu- dijo con calma- me gustaría que me acompañara a la torre del director si no tiene deberes que atender.
No respondí de inmediato. Presentía que aquella conversación no iba a gustarme.
- Por supuesto, profesor. Iré.
Tras subir por las escaleras movedizas y pasar a través de la gárgola entramos en la oficina del profesor Dumbledore. Se encontraba tenuemente iluminada por el resplandor de las velas que flotaban alrededor de la habitación, había un pequeño olor a whiskey de fuego, al igual que la primera vez que estuve aquí. No le permití cederme el asiento, me dirigí directamente a la silla que descansaba frente al escritorio y me senté aguardando por él. Se tomó su tiempo, caminó alrededor de la estancia unos momentos hasta caer en su silla tras el escritorio de madera, frente a mí. Se recostó y mantuvo la mirada fija en mis ojos. Esto no iba a ser bueno.
- Sérène, me temo que ha llegado el momento de que tengamos La charla. Una sonrisa se asomó en los ojos de Dumbledore.
- Me temo que sí. Respondí con un humor ligeramente más negro del que él pudiese llegar a usar alguna vez. – Presiento, y permítame presumir de ello, que las noticias que tiene para mí son menos que alentadoras.
Dumbledore mostró un semblante más sombrío entonces. Arrugué el ceño.
- Tengo entendido que a usted le complace la charla directa, Srta. Boissieu, así que tendré la delicadeza de ir al grano. Como dicen los jóvenes.
- Adelante.
- Usted, Srta. Boissieu posee una fuerza mágica extraordinaria, y confío en que los motivos que la llevan en contra de Lord Voldemort son más que verdaderos. Sin duda, una razón valedera. Bien sabe que la Orden fue fundada para combatir la fuerza oscura del Señor Tenebroso y ponerle fin a las barbaries que se cometen en nombre de la pureza de la sangre. –hizo una pausa, en el cual sopesaba las siguientes palabras que diría. Dumbledore logró ponerme de los nervios. Mis ojos amarillos ahora estaban turbios, revueltos. La temperatura subió un grado y gracias a ellos tenía las mejillas ardiendo.- no puedo ignorar, Srta. Boissieu, que compartimos el mismo objetivos. – tragué grueso- he decidido que tenerla a usted como miembro de la orden del Fénix será un honor.
Y allí quedaba todo. Mi cuerpo volvió a la normalidad después de ello. Suspiré soltando la tensión y cerré los ojos un momento para llevarlos al amarillo-dorado que debían mantener. Sin embargo, algo estaba fuera de lugar. Las malas noticias aún no habían sido dadas.
- Profesor, le insto a continuar. Sé que hay más que decir. Dumbledore se deshizo de la sonrisa en su rostro y adoptó una postura más seria. De hecho, se levantó de su asiento y revoloteó alrededor de mí.
- Debo suponer, Srta. Boissieu, que no es preciso perder el tiempo con explicaciones sobre la orden y todos sus objetivos. Tampoco, debo advertirle sobre los peligros que correrá su vida en las misiones de la orden o preguntarle si está dispuesta a arriesgar su vida por el bien de la comunidad mágica.- asentí- bien. Lo que quiero que haga, y es importante que comprenda muy bien la importancia de este trabajo, es mantener vigilado a Voldemort a través de sus visiones.
Hizo una pausa donde el ambiente se tornó tenso, extremadamente denso y pesado. Me sentía bajo una capa de brea caliente. Dumbledore era un mago brillante, pero se le escapaba un detalle importante.
- Profesor Dumbledore-susurré- comprendo la importancia del trabajo que está confiándome, vigilar los pasos de Voldemort a través de las visiones es una ventaja extraordinaria que podría prever innumerables situaciones y ayudarnos a actuar con anticipación. Es estar un paso adelante de él. Sin embargo, nunca he sido capaz de crear visiones a voluntad. Y esa es la razón por la que he venido a Inglaterra, es la razón por la que he decido entrar a Hogwarts y la razón por la cual deseaba entrar a la Orden. De poder usar la premonición a mi antojo Voldemort habría sido destruido hace mucho.
Dumbledore contempló mi semblante airado por unos instantes con una intensidad efervescente. Entonces, deduje que él eso ya lo sabía y que encontró la forma de provocar las premoniciones. Solo había escuchado mi perorata por mera cortesía.
- Déjeme adivinar, Profesor- proferí sarcástica- Usted conoce la forma de provocar que ello pase. ¿No es así?
Sonrió de inmediato y yo sólo enrojecí de la vergüenza, yo no estaba concentrada.
- Mi estimada Srta. Boissieu. – musitó con un deje de burla- Soy yo quien debe adivinar, suponer que usted conoce el pequeño secreto del Profesor Snape.
Maldito amargado de voz sensual.
- ¿Debe preocuparme que él profesor Snape esté involucrado en esto?- formulé cansada- atienda Profesor Dumbledore, ustedes conforman una entidad. Ya casi siento su presencia en la estancia. – sonrió-Y, respondiendo a su pregunta: sí, lo conozco.
El director no respondió de inmediato, dejándome pensar en el asunto. Me daba por enterada de que Snape era un mortífago, ligeramente reformado quizás. Acogido bajos las alas protectoras de Dumbledore y su infinita compasión por el prójimo. Y si Snape tenía que ver en el asunto de provocar las visiones…
- Snape…-comencé y Dumbledore se acercó más a mí- está en contacto con Voldemort. Si él conoce los planes de Voldemort entonces, al tocarle provocaré las visiones y así sabremos cual es el siguiente paso del Señor Tenebroso.
Dumbledore asintió.
- Snape trabaja como doble agente para la Orden.
- ¿Es confiable, Dumbledore?- pregunté intrigada, Snape estaba constantemente envuelto en un aura turbia, ligeramente oscura.
- Él tiene sus razones, Sérène. Al igual que tú.- respondió pasivo.
Asentí. Si Snape, como miembro activo de la Orden cooperaba con nosotros significaba que no hay nada que esconder y que su lealtad era firme. Nada que no pudiese aclararse con las visiones. Sin embargo…
- Profesor Dumbledore, hay un asunto que me preocupa y me lleva cuestionar su decisión de aceptarme en la Orden.
- ¿Ahora cuestionas?- interrogó Albus burlón.
- ¿No estará aceptando mi petición solo porque conozco la ubicación del cuartel de la orden?- pregunté ignorando su comentario.
- En parte. Dijo sonriente y volteó dirigiéndose a su trono.- pero no fue la razón definitiva.
- Entonces…
- Realmente atiendo sus razones, Sérène. Y todos en la orden tienen la suya.
- Bien, entonces solo me queda felicitarle profesor Dumbledore- el me miró extrañado a través de sus anteojos de medialuna- Ahora tiene usted a un fénix en la Orden del fénix.
Dumbledore sonrió ampliamente cayendo en la ironía del asunto.
