VIII Sesión del corazón desbocado

Las semanas habían transcurrido tan rápidamente que me era difícil seguir el ritmo de los acontecimientos recientes. Me sentía perdida en las entrañas de un bosque brumoso en plena temporada de monzones. No ves nada entre la niebla, la oscuridad y la densidad de las gotas de lluvia. El invierno cayó sobre Hogwarts y la nieve coronaba las copas de las montañas e incluso el Sauce boxeador se escondía bajo un manto blancuzco. Lo único que amaba del invierno era el frío enloquecedor que traspasa la piel y se interna en el tuétano de los huesos. En el invierno mi cuerpo encontraba la satisfacción en las bajas temperaturas, los labios y las mejillas permanecían en un neutro color carne y aunque en primera instancia parezca un pálido fantasma de ojos amarillos y cabello naranja, era medianamente feliz ante aquello.

El amanecer se acercaba, podía sentir que la temperatura ascendía apenas un grado anunciando la cercanía de los primeros rayos de sol. Fiel a mi costumbre pasaba la madrugada en la torre de astronomía, portando sobre mi piel la acostumbrada túnica negra sin distintivo y carente de ropa bajo ella. La soledad de la torre me confiaba la libertad de permanecer allí, sentada sobre el barandal con las piernas meciéndose en el vacío, disfrutando del viento gélido que volvía una maraña mis cabellos naranjas. Me encantaba tener la túnica abierta para recibir en cada poro de mi piel la ventisca invernal. Cada madrugada mis pensamientos iban y venían sobre los acontecimientos tratando con esfuerzo de llevarles el ritmo, había tantas cosas que ver en Hogwarts.

Mis pensamientos vagaron entre el plan perfecto para joder a Umbridge y el desafortunado castigo de Harry, no solo había tatuado su piel con palabras carentes de peso sino que ahora le suspendía del equipo de Quidditch, cada día odiaba más a Umbridge y su empalagosa vestimenta de caramelo, su sombrero ridículo y la sonrisa estúpida que forzaba cada día en las clases de DCAO. Ella pagaría pronto. Harry, por otro lado lucía contento con el regreso de cierto semi-gigante a Hogwarts, estuvo de buen humor durante unas horas luego de la llegada de Hagrid y me dio gusto saber que a pesar de las adversidades y las injusticias que iban en contra de Harry, él siempre tendría motivos para sonreír. Dumbledore se encontraba más atareado que nunca y desaparecía de vez en cuando durante unas horas para volver afanado y frustrado, algunas veces enojado y por supuesto, agotado. No hice preguntas al respecto, aunque lo desease a sobremanera. Aprendí de Dumbledore que él acudía a ti cuando lo viese oportuno y que sonsacarle información solo podía crear desconfianza entre ambos. Fuese lo que fuera, presentía que sus pesquisas ayudarían más a la Orden y por lo tanto, a mí. Le dejé estar. Por otro lado, ocupé gran parte de mi estancia en la torre de astronomía a repasar un acontecimiento que no dejaba de bailar en mis pensamientos y se colaba entre idea e idea tan insistentemente que terminaba por rendirme a el y dejarlo ocupar a su antojo todo el largo y ancho de mi mente. El recuerdo de la primera sesión con Severus Snape.

Nos sentamos en un aula vacía del séptimo piso, al final de un largo pasillo oscuro cuyas aulas eran ocupadas por mobiliario destartalado y en desuso. El polvo cubría todas las superficies, al caminar sobre el empedrado del aula las huellas de los zapatos se plasmaban en él, imprimiendo una copia de la suela. Dumbledore daba vueltas por la estancia, lentamente, así que pronto sus huellas eran borradas por la cola de su túnica que barría gran parte del polvo ensuciándole al menos un palmo de la túnica. Odiaba el polvo, el desorden y las cosas arrugadas, me recordaban a la suciedad de la selva Sudamericana y me hacían sentir nostalgia de mi infancia. Moví las manos un poco e hice desaparecer el polvo, con otro movimiento casual apilé todo el mobiliario en desuso a la pared del fondo y arrastré un par de sillas al centro, creando un sonido que se alzaba sobre el silencio y perturbaba los oídos.

Dumbledore detuvo su andar y miró alrededor como quien se acaba de dar cuenta de que algo ocurría. Estaba sonriendo. La puerta se abrió de repente y apareció en el umbral un Severus Snape con cara de fastidio. Las luces de las velas que flotaban por todo el lugar le alumbraron el rostro y el cabello que había crecido un centímetro imperceptible pero que hacía una diferencia notable.

- Severus, al fin llegas- sonrió Dumbledore- No contamos con mucho tiempo. Ya que estás aquí prosigamos. Srta. Boissieu. Apremió.

Snape caminó lentamente en mi dirección sin apartar su mirada de mí, contrario a lo que pensé, no intentó penetrar en mi mente en ningún momento y la pasividad de su expresión indicaba que no lo intentaría la noche de hoy. Se mostraba tranquilo y seguro, en cierta forma, aburrido.

Pero yo sé lo que se siente cuando estoy cerca de ti, Severus. ¡No!, no es así… Yo sé lo que sientes cuando estás cerca de mí. ¡Sí, así es!

Severus notó el cambio de mi expresión ante la confusión de mi pensamiento, que se había adquirido la costumbre de alterarse y descontrolarse cuando me encontraba cerca de él. De inmediato, recobré la compostura y di unos pasos hacia él, cortando el camino entre ambos. Al encontrarnos en medio de la estancia, pobremente iluminada, pude ver mejor sus pupilas negras y profundas como un túnel y sentí que su inseguridad bramaba. Me sorprendí al descubrir aquello de Severus, que un hombre con tanto temple sucumbiera ante el temor de ser sometido al escrutinio de otro mago. Entonces, concluí que al tocarle podía ver lo que se antojase, o al menos, ese era el pensamiento de Snape. Yo había visto la ubicación del cuartel general de la orden al tocar a Dumbledore, pero no fue algo voluntario, solo podía escudriñar su mente usando legeremancia. Eso Snape no lo sabía.

- Necesito que se relaje, Severus.-susurré sonriendo- puede cerrar los ojos si eso le ayuda.

Hizo una mueca con desdén y no agregó nada más.

- Bien, solo debe darme su mano. Concéntrese en Voldemort, eso ayudará con las premoniciones. El resto queda de mi parte.

Snape se acercó más, decidido, y extendió la mano en mi dirección esperando a que la estrechara. Recordé el día en que nos conocimos, él se negó a estrechar su mano con la mía, obviando las buenas maneras. Supongo que el Karma es una energía inevitable que alcanza incluso a los magos. No pude evitar sonreír al caer en la cuenta de ello. La emoción no duró demasiado porque caí en cuenta de otra cosa: era la primera vez que tocaba a Severus Snape. Pasé a sentirme repentinamente agitada, nerviosa. Un temblor ligero recorrió toda la extensión de mi columna. Mantuve la mirada en la mano extendida de Severus por temor a que descubrieran la turbulencia de mis ojos bajo la tenue luz del aula.

- Srta. Boissieu, esperamos por usted.- exclamó Dumbledore, con un toque de ansiedad en la voz y un aura un poco revuelta. Había olvidado su presencia.

Lentamente, levanté mi mano y la deslicé entre el hueco de la palma de Severus, rozando ligeramente sus dedos y las líneas fuertemente marcadas de su palma hasta tener mi pequeña mano entre la suya que se cernió a mí con fuerza, casi tapándola por completo. Al contrario de lo que esperaba, las manos de Snape no era robustas y callosas como las imaginé, eran suaves y varoniles con un indudable encanto británico. Al cerrar los ojos el sentido del tacto se agudizó y reparé entonces que sus músculos eran fuertes y que la energía mágica tenía gran potencia allí. Una magia poderosa corría en sus venas. Volví a sentir un temblor en la espina dorsal y esta vez se me erizó el vello de la piel.

Severus me soltó con brusquedad en ese momento. Le miré sorprendida, volviendo abruptamente a la realidad.

- ¿Ha conseguido ver algo? Srta. Boissieu- preguntó alzando las cejas. Yo me encontraba en un estado de ligero éxtasis y no sentía las piernas, solo el vello erizado de los brazos. Tragué grueso y aclaré mi garganta.

No seas estúpida Sérène, concéntrate. Es tu única labor en la orden del fénix. No lo arruines.

- Lo lamento, Snape.- dije con calma- no he conseguido ver nada. Permíteme tu mano de nuevo.

Snape hizo una mueca de fastidio y luego miró a Dumbledore que le instó a obedecer. Extendió su mano de nuevo y yo evité mirarla. La estreché sin miramientos ni vacilaciones antes de que pudiese distraerme con algo más. Cerré los ojos y me concentré. No tardé más que unos segundos en vislumbrar las primeras imágenes.

Una sala oscura, con miles y miles de pasillos levemente iluminados por luces plateadas, estantes de alturas y longitudes impresionantes se erguían sobre la cabeza. El misterio asechaba allí. No había más que ver, sólo una imagen que se repetía a lo largo y ancho de la visión. Sin embargo…

La realidad me abofeteó entonces, abrí los ojos sin recordar que sostenía entre mis dedos la mano de Severus, no fue hasta que sentí su tacto y percibí un tenue olor a menta y humo que aprecié la robusta mano de Snape, tangible, real. Alcé la vista, él tenía los ojos negros muy abiertos y se encontraba mirándome fijamente con mucha curiosidad bailando allí en sus pupilas, se encontraba nervioso, aunque él no supiese que yo advertía eso. Repentinamente yo me encontré en ese estado, se me desbocó el corazón, latiendo frenéticamente, acelerado. Sabía de antemano que las palmas comenzaban a calentarse, elevando su temperatura peligrosamente y que Severus se alejaría al sentir su mano arder entre la mía, pero nunca se apartó. Yo no estaba respirando con normalidad y me preocupé ante ello. Me dije que era suficiente cuando una sensación cálida se apoderó de mi pecho. No permitiría que esto pasara.

Lo solté sin más. Aparté la vista de sus peligrosos ojos negros y busqué a Dumbledore entre la tenue luz de la estancia para encontrarlo sentado en una de las sillas que dispuse en el centro del aula. Nos observaba por encima de los lentes de medialuna a la espera de que algo más sucediera, se concentró mucho en observarnos, alternaba su mirada entre Severus y yo.

- Ya sé que quiere Voldemort. – dije de inmediato, distrayéndolo de cualquier cosa que estuviese estar pensando- y está en el Ministerio.

Dumbledore y Snape parpadearon y recobraron la compostura. Ambos fruncieron el ceño. Albus, se acercó a mí con urgencia.

- ¿Y? ¿Qué hay en el Ministerio que Voldemort desea?

- Pues, una profecía. Está resguardada en el Ministerio de Magia. Realmente quiere llegar a ella.

Un silencio tenso siguió mis palabras. El aura de Snape de revolvió inquieta y una oscuridad densa la tiñó. Dumbledore le miró preocupado. Este par sabía algo.

- Albus- llamé- la profecía del niño que destruirá al Señor Tenebroso, él la quiere porque piensa que allí encontrará la respuesta, la solución a todos sus problemas. Piensa que con ella, puede eliminar a Harry de su camino.

Dumbledore asintió y Snape se apartó un poco más de nosotros, adentrándose a la penumbra del aula revolcándose en pena.

- Bien, informaremos a la orden y tomaremos las medidas necesarias para proteger la profecía. No sé qué pueda haber en ella que ponga en peligro la vida de Harry pero, es mejor prevenir una desgracia que vivirla. Estuve de acuerdo con Dumbledore. No permitiría que Harry estuviera en peligro.- ¿Algo más, Sérène?

- No, profesor Dumbledore. Eso es todo.

- Bien, entonces volvamos a nuestras habitaciones. Advertiré al resto de los miembros de la orden.

Dumbledore caminó lentamente hacia la salida y Snape le siguió a paso agitado ondeando su capa en el proceso. Por unos instantes se viró hacia mí. Por primera vez, contemplé su rostro distorsionado por la confusión.

No te preocupes Severus, todos cometemos errores.

Él abrió los ojos y se sintió vulnerable por unos instantes. Respiró hondo y se alejó rápidamente, adentrándose en la oscuridad del pasillo, el director le siguió y yo cerré la marcha. Para cuando alcanzamos las escaleras Severus Snape había desaparecido.

No podía, por más que intentara evitarlo, rememorar una y otra vez aquel encuentro. El sueño de los mortífagos ya no se presentaba, en cambio, los ojos negros de Severus Snape aparecían en mis sueños con el mismo matiz acongojado y distraído de ese momento, vulnerable ante la adversidad. Allí, sentada en el barandal de la torre de astronomía, con los pies suspendidos metros sobre el suelo me estremecía con solo rememorar aquella visión de su rostro nervioso y el tacto de su mano entre los dedos de la mía. Maldije mi suerte, más por orgullo que por malestar. No permitiría, bajo ninguna circunstancia que aquello volviera a ocurrir. Pensar en él me distraía de mis propósitos.

Estás en Hogwarts para cumplir una promesa y, vengarte. No lo olvides.

N/A:

Hola, a todos los lectores que pasan a leer la historia.

Primeramente, quiero agradecerles que se tomen la molestia de pasar a leer la historia y dejar sus reviews. No tengo palabras para describir lo gratificante que es para mí saber que les gusta la historia. Como escritora, me llena infinitamente. No saben cuanto.

Seguiré actualizando, esta historia apenas comienza y les aseguro que las cosas se pondrán mejores.

Nos veremos en el próximo capítulo.

Un millón de abrazos :* :* :*