X Sorpresas desagradables.

Sostenía la mano de Snape entre la mía. Y, aunque parezca sorprendente, sus pliegues se amoldaban perfectamente a los menuditos dedos de mi mano delgada. El apretón de Snape siempre era gentil, en ese instante nuestras diferencias se volvían irrelevantes, pasando a un segundo plano. Siendo el primero ocupado por una emoción que asomaba por el minuto entero en el cual nos sosteníamos las manos. Una sincronía armónica prevalecía durante esos encuentros y tras deshacer la unión se esfumaba inmediatamente. Al mantener tan íntimo contacto con él me percaté que le había extrañado. Su tacto frecuente en las sesiones se convirtió en una rutina deseable, la cual yo esperaba con fervor sin siquiera darme por enterada.

Las imágenes eran cada vez más difíciles de evocar. No siempre lograba alcanzar el nivel de concentración que requería verlas con atención. Ahora, no había deferencia alguna pero cuando vislumbré la primera imagen cerré los ojos y olvidé todo alrededor; que la enorme y cálida mano de Snape se encontraba entrelazada a mí o que Dumbledore esperaba paciente sentado tras su escritorio de roble a la expectativa de algún dato nuevo que nos ayudase a estar siempre al frente del Señor Tenebroso.

Lord Voldemort estaba contento, sonreía ampliamente mostrando la horrible dentadura con una hilera de puntiagudos dientes podridos. Se regocijaba en el triunfo adquirido. Sonreía porque al fin su plan se encaminaba por buena carretera. Me concentré en adquirir más información de la imagen pero cambió abruptamente en cuestión de un chasquido mostrando a Harry, de rodillas en el suelo empedrado de una habitación en penumbras. Sudaba a mares y por la expresión contraída de su rostro sentía dolor. Repentinamente se levantó y miró al frente a una figura oscura que no había percibido antes.

- ¿Qué pasó, Potter?-preguntó mirando a Harry fijamente.

-Ví... Recordé...-Harry jadeó he dado cuenta…

-¿Cuenta de qué?-preguntó Snape cortante.

-¿Qué hay en el Departamento de Misterios? Soltó Harry.

Abrí los ojos y como si se tratase de un hechizo la temperatura de mi cuerpo descendió en picada, bajando tanto que se me helaron las manos. Snape percibió aquello y apretó con mayor fuerza su mano.

- Sérène. Susurró distraído, por debajo de su respiración.

No moví ningún músculo hasta que logré estabilizar mi temperatura. Dumbledore se percató de que la sesión no transcurría con normalidad y dejó su asiento detrás del escritorio. Caminó con el ceño fruncido a través de la habitación circular y se posó cerca de mí para colocar su mano en mi hombro izquierdo. Todo comenzó a dar vueltas estrepitosas, flashes de colores difusos se cernían en todas las paredes de la habitación circular.

- ¿Todo en orden? ¿Qué ha visto, Srta. Boissieu?- preguntó con urgencia.

- Harry lo sabe.- dije alarmada- Por amor a Merlín y todo su maldito séquito de magos y brujas. Harry se enterará sobre el Departamento de Misterios.

Albus y Snape quedaron de piedra, congelados durante segundos antes de recobrar la compostura nuevamente. Comencé a temblar ligeramente y a transpirar, igual que en nuestra última reunión en las navidades donde descubrimos la conexión entre Harry y el Señor Tenebroso, una situación alarmante que se convertía en costumbre.

- ¿Cómo?- soltó Dumbledore intrigado.

- Las clases de oclumancia con Snape. Él simplemente le pregunta a Severus: ¿Qué hay en el departamento de misterios? No sé cómo ha logrado enterarse de ello, pero debemos impedir que conozca detalles. Severus, no puedes responder a sus preguntas.

Él bajó la mirada a mi altura y me penetró con sus ojos negros y profundos como los pozos de agua escondidos entre afloramientos de rocas antiguas. Escudriñó mi rostro durante efímeros segundos y luego respondió:

- Jamás le he concedido a Potter más de lo que merece un chiquillo arrogante.

Las palabras envenenadas de Severus debieron enojarme, después de todo esa era su intención al proferirlas, pero me encontraba en tal estado de Shock que no pensé en ninguna represalia para repicarle su mala elección de palabras y su falta de tacto. Sólo asentí, envuelta por el estupor del momento.

Solo por unos segundos sentí otro apretón de mano y caí en cuenta que aún sostenía la de Severus en la mía. Un cosquilleo me recorrió entera, el cual no pasó desapercibido por él. Una extraña expresión asomó en sus facciones cetrinas y al escudriñar sus emociones pude notar que estaba confundido, irritado consigo mismo, debatiendo con un dilema. La temperatura volvió a subirse por sobre los treinta y ocho grados. De nuevo, pensé que Severus retiraría su mano al sentir el abrazante calor de mi piel. De nuevo, me equivoqué porque permaneció inamovible al tiempo que nos mirábamos a los ojos insistentemente. No había soltado su mano, ninguno parecía tener ganas de romper el lazo que nos unía momentáneamente.

En ese instante, en ese preciso momento chispeó la comprensión en mi mente.

El motivo por el cual, sin notarlo, me esperanzaba a la espera de otro encuentro o, por qué la calidez de mi pecho prevalecía por horas después de ellos o, porque me sentía nerviosa y perturbada antes de ver a Severus después de unas largas semanas en Sudamérica, lejos de él; por qué su voz vibraba sensualmente a través del aire llegando a mis oídos en forma de ola; por qué sus ojos eran para mí la entrada a una cámara oscura llena de atrayentes secretos.

Me he enamorado de Severus Snape.

Me encontraba temblando, con la temperatura en la cúspide de la tolerancia de mi cuerpo que se enrojecía completamente, desde la punta de los dedos hasta las raíces de mi cabello naranja. Cerré los ojos con fuerza. Y maldije toda mi suerte. Eres una estúpida. Repetía una y otra vez para mí.

- Sérène, ¿Te encuentras bien?- pregunto Albus, devolviéndome a la realidad. Aparté la vista del hombre sombrío a mi lado, y aún renuente a hacerlo solté su mano. El vacío vino al instante, rompiendo la armonía que a pesar de su insistencia por prevalecer, desapareció.

- Yo…- no podía creerlo, no quería aceptarlo. Retrocedí varios pasos, tambaleándome.

Ambos hombres se extrañaron por mi comportamiento anormal. Severus parecía querer hablar pero no le dejé. Escuchar su voz sensual después de aquel descubrimiento quebrantaría mis defensas y haría pedazos el temple que tanto me había costado armar en los últimos diecisiete años.

- Deben impedir que Harry se entere de la profecía y sacar de su mente el Departamento de Misterios. Profesor Dumbledore, Voldemort tiene un plan en marcha y estoy segura que funcionará a la perfección. Por favor, vigile a Harry.

- ¿Qué ha pasado? ¿Qué sucede?- preguntó conmocionado por el comportamiento que presentaba.

- Lo siento debo irme.

Y sin más que decir, salí despavorida a través de la puerta de la oficina del director y sin esperar a bajar por las escaleras de caracol desaparecí y aparecí con un ¡PLOP! en el linde del bosque prohibido. El viento me azotó el rostro y elevó mi túnica, mientras corría bosque adentro.

Maldita sea, Sérène. Esto es una venganza, no un parque de juegos. Eres una estúpida.

No tenía escapatoria, no importaba cuantos metros o kilómetros me adentrara en las profundidades del bosque prohibido jamás podría huir de la cruel situación que azotaba mi realidad. La oscuridad completa que se cernía bajo las copas tupidas de los árboles y la bruma condensada que se deslizaba a través de la espesura del bosque solo me refugiarían del mundo exterior por el momento efímero que pudiese pasar entre los peligros de su centro mágico. Merlín, me están castigando por mis pecados, pensé furiosa. Caminé dando tumbos a través de las raíces asomada de los árboles y los chillidos escalofriantes de las criaturas que allí habitaban. Nada de ello me importaba, solo podía pensar en lo idiota que había sido.

Enamorarme de Severus Snape. De sus ojos negros, su cabello largo, la sonrisa socarrona, su estoicismo. De todos los errores que podía cometer en esta nueva vida, el amor era uno de los que no debía darme el lujo. Un sentimiento que estorbaría a mis propósitos: Una promesa a la persona menos conveniente, una venganza que llevaría a cabo sin importar quién muriera en el camino y una razón que me impulsaba. No lo olvides. No pierdas la cordura Sérène.

Sérène. Había susurrado mi nombre hace unos instantes, por debajo de su respiración ronroneó cada sílaba con tal sensualidad que hirvió mi sangre. Recordé todas aquellas veces que le vi detenidamente y su garbo me pareció tan sensual en todas ellas. Su voz que volvía cada noche y los sueños que no me dejaban dormir.

¡No! No lo permitiría.

Me adentré más en la negrura del bosque, tropezando con las raíces y los helechos. Tras un árbol enorme de cuyas ramas guindaban hilos de araña cayendo como cascada hacia el suelo lleno de hojas secas y malolientes. Allí en medio de aquella maraña de animales chillones encontré lo que había estado buscando: el cofre. Le había dejado allí el día que volví a Hogwarts, me daba por enterada de que el correo en el colegio era requisado y revisado sin ningún pudor y yo no permitiría que mis secretos salieran a flote a través de una carta. El cofre contenía tinta negra, un rollo de pergamino que me encargaría de renovar con magia de vez en cuando y, un sonajero de plata con la forma de la cabeza de un fénix. Tomé rápidamente tinta y pergamino y me dispuse a escribir.

He llegado con bien pero lamento decir que no todo marcha a la perfección. No te preocupes no es nada grave. Quédate donde estas, recuerda lo que hablamos. Saluda a Elbe de mi parte,

Con amor S.

Cogí el sonajero de plata y conjuré un hechizo, el pequeño objeto brillo unos instantes y tras extinguirse la luz conté hasta tres y lo cogí. Sentí un fuerte tirón del ombligo y daba vueltas dentro de una botella de colores difusos que volaban a gran velocidad. Cuando todo acabó, me encontré de pie en el centro de un salón bien iluminado, con antorchas clavadas a la pared, una enorme estantería llena de libros, revistas, fotografías, y hojas de pergamino sueltas se erguía en la pared del fondo, el fuego de la chimenea crepitaba con fuerza al otro extremo. En un rincón descansaban un sillón de color borgoña y una mesa de madera fina de una sola pata. Me acerqué cautelosamente a ella y dejé el pergamino sobre la mesa.

Un crujido detrás de la puerta alertó de la presencia de alguien que se acercaba a paso rápido, casi al trote. Quedé helada unos instantes hasta que caí en cuenta que no disponía de mucho tiempo para salir de allí. En un abrir y cerrar de ojos, tomé un portarretratos del tramo de la estantería más cercano y procedí a conjurar el hechizo para transformar el objeto en un traslador, su brillo se esfumó y tras contar hasta tres desaparecí de la estancia apenas milisegundos después de que la puerta de la habitación fuera abierta estrepitosamente.