PALABRAS
VIÑETA II
EL CUCHARÓN SIEMPRE PUEDE SER UN BUEN BOOMERANG
¿Quién dice que Sango es irritable?
¡Cielos, pero qué concepto tienen de ella!
Uno errado, obviamente.
Educada desde niña como una verdadera guerrera, Sango tiene carácter. Mucho, pero decir que es una irritable sin remedio… eso ya es abusar.
No. Ella no es así. Aparte de ser una gran guerrera es una dama con todas las de la ley.
Recuerda todavía que, aún siendo una niña, llegó a casa con la piel bronceada por el sol y las sienes chorreando de sudor; el entrenamiento había sido duro ese día. Entonces vio a su madre menear con el cucharón el estofado.
—¿Cómo lo haces? —Le preguntó a su madre, maravillada por el olor que se mezclaba con las espirales de humo que salía de la olla— ¿Cómo es que huele tan bien?
Su madre sonrió. No es que la niña nunca le haya preguntado nada, sino que le hacía gracia la manera en que lo hacía.
—Sango, ven acá —Con esa corta frase inició a la niña en la ciencia exacta más antigua sobre la tierra: la cocina. Al tiempo que la niña entrenaba frenéticamente con su padre y le enseñaba a su hermanito a caminar sin tropezones, aprendía la diferencia entre el azúcar y la sal; entre cortar en trocitos finos o hacer puré las papas.
También, en medio del "entrenamiento culinario"; mamá le enseñaba —siempre guiñándole un ojo cómplice— como atraer al chico de sus sueños. Siempre acababa esas "sesiones" con la cara roja murmurando cosas en un idioma extraño.
Sin embargo…
Cuando llegó al grupo comandado por InuYasha, entendió que las cosas que su madre le había enseñado valían la pena. Especialmente las que concernían a la cocina. Generalmente ella consentía al grupo con algunos platillos que había aprendido de su madre; para alegría del híbrido y la sonrisa del pequeño Shippo.
Pero ese monje.
Le desesperaba su maña de ofrecerse como semental a cuanta fémina pasaba cerca de su pervertida nariz. Peor aún, cuando le había dicho a ella, que cuando el asunto de Naraku terminase, se casarían y tendrían "diez o veinte hijos". Vale, no le había dicho explícitamente que le sería fiel, pero que coqueteara con otras delante de ella. ¡Mierda!, ¡eso ya era el jodido colmo!
Se contentaba con dejarle la firma en la cara cuando se pasada con ella e intentaba sobarle el trasero.
—¡Pero qué irritable eres, Sanguito! —lloriqueaba cínicamente el monje.
¿Irritable ella? ¡Ja! Con el perdón de su amiga Kagome, ella no se pasaba sentando al monje —por mucho que secretamente lo deseara—. Ciertamente sentía algo de pena por el pobre chicho perro al verlo estampado al suelo, aunque la mayor parte del tiempo se mordía los labios aguantando la risa.
Irritable. No, nada de eso. Solo que el monje le ponía los nervios de punta…
Aquella tarde, Sango estaba enfrascada en su labor de preparar estofado de carne silvestre. No quería ofender a Kagome diciéndole que estaba un poco cansada su ramén y sopas instantáneas; así que, sutilmente, le había sugerido cambiar de menú. Para su agradable sorpresa, la miko del futuro, le dijo que ella estaba de acuerdo.
Kagome e InuYasha fueron a recolectar hierbas medicinales para la anciana Kaede, no sin antes que Kagome se sonrojara e InuYasha ladrara un "¡Keh!" entre ofendido y avergonzado ante la clara insinuación del Kitsune. Prometieron volver para la cena.
Tatareaba una canción ininteligible en compañía del zorrito y Kirara cuando lo oyó venir. Pero no estaba solo. Una vena palpitó en su sien cuando oyó una voz femenina acompañar las risas del monje.
—¿Ha hecho todo eso? ¿De verdad? —preguntaba una voz joven y dulce.
—Obviamente —asintió Miroku —. Querida mía —la voz del monje se puso súbitamente melosa —, he estado tan cerca de la muerte y me preguntaba sí... ¿Desearías tener un hijo conmigo?
Sango gruñó una palabrota y salió blandiendo el cucharón amenazadoramente.
—¡Ah, Sanguito! —La cara del monje se puso morada al ver la expresión furibunda de la exterminadora— ¿Cómo est…?
No terminó la frase ya que ella le lanzó el cucharón directo a la cabeza. Éste le dio limpiamente en la frente; giró sobre sí mismo, cual boomerang y volvió con gracia a las manos de la castaña.
La chiquilla que acompañaba al monje, salió corriendo levantando polvo con los pies, temerosa de ser la próxima.
Sango entró de nuevo al refugio. El monje se quedó ahí murmurando "San-go-Irri-ta-ble" como una letanía.
¿Irritable?, ¿ella? Sango chascó la lengua, molesta ¡Pero qué concepto tienen de ella! Especialmente ese monje.
Ella es una dama. Una dama guerrera, por supuesto. Una mujer con carácter.
Pero a veces, ese monje la saca de sus casillas y la hace parecer un "monstruo".
Demás está decir que esa noche, alguien dormiría fuera y sin cenar. Y no sería exactamente ella…
