XIII Inestabilidad.

La brisa se arremolinaba, entraba y salía de cada rincón que pudiese explorar, entre las hojas de los árboles, las raíces de estos, los agujeros en la tierra, las cuevas en las rocas. Era una brisa fría, tremendamente fría. Danzaba bruscamente alrededor enredando mis cabellos, formando una maraña naranja. Por vez primera, la sentía lacerar la carne de mis brazos y piernas, totalmente expuestos a la adversidad del exterior, los labios cuarteados y secos. Con los pies descalzos, lleno de llagas sentí la superficie de roca y moho que pisaba y, al frente justo delante de mí, el vacío se apoderó del paisaje. Desde el acantilado, bajo el cielo refulgente de estrellas el lago de aguas negras reflejaba cual copia cada punto de luz, cada palpito del firmamento, la luna estaba en lo alto, de cachos arriba, sonreía maliciosamente al contemplar el espectáculo que se llevaba a cabo bajo ella, el reflejo de esta sobre el lago aumentaba su escalofriante belleza a la vez que el viento producía surcos en la superficie. La noche era mágica, hipnotizante, tremendamente peligrosa.

No podía alzar la vista, el viento helado lastimaba mis ojos ennegrecidos que habían consumido la oscuridad de la noche. Posé la vista en el lago, los suaves surcos atravesaban la superficie perezosos mientras las estrellas titulaban y la luna se burlaba perversa. Quise dar un paso al frente, pero me dolían los pies y tras mirar a ellos me di cuenta que me encontraba de pie en el borde mohecido y baboso del acantilado, con los pies llenos de llaga y pus. En el fondo, la espuma del lago bañaba suavemente las rocas del acantilado. Mi vida pendía de mi equilibrio sobrenatural.

De repente la brisa fría se detuvo. Todo alrededor se paralizó en un instante. Las hojas de los gigantescos árboles, los surcos del lago, la espuma bañando las rocas y el titilar de las estrellas, hasta mi cabello se había congelado en el momento quedando una corona de maleza sobre mi cabeza. Nada se movía, excepto…

Fawkes, cruzaba velozmente el firmamento, aleteando suavemente a través del cielo. Chillaba con fuerza y apremiaba el paso cuanto podía. Llevaba consigo una carga, pesada, valiosa, ansiosa.

De un salto me encontraba fuera de la cama, tras retirar el pesado dosel y enfundarme la capa negra de siempre. Observé a las chicas dormir, Carlina dormía con las cortinas abiertas y uno de sus brazos colgaba de un costado de la cama, la chica a su lado roncaba sutilmente, la chica restante se acurrucada entre las sábanas, envuelta como un bollo entre las cobijas. Ninguna de ellas se inmutó ante mi sobresalto. El hechizo silenciador todavía funciona muy bien. Una vez más, sin calzarme nada a los pies, desaparecí de la habitación.

Con un ligero ¡PLOP! reaparecí frente a la preciosa gárgola, con sus vastas alas cuidadosamente tallada. "Frizzing Whizzbee" susurré y la estatua dejó entre ver los primeros escalones. El silencio en el castillo era sobrecogedor, alrededor escuchabas los ronquidos provenientes de los cuadros colgados en el pasillo e incluso, el crepitar del fuego de las antorchas, las pocas que aún permanecían encendidas. De fondo, unas leves risas y pisoteos se escuchaban amortiguados por las paredes de piedra del castillo. Sin embargo, podía escucharlas con claridad aunque fueran leves. Los chicos volvían a sus habitaciones a través de las escaleras movedizas, luego de culminar su clase en la torre de astronomía. Era pasada la medianoche. Sin más distracciones me posicioné en el primer escalón y tras sentir una ola de impaciencia volví a desaparecer. Aparecí frente a la pesada puerta del despacho de Dumbledore. Toqué un par de veces, sin tomar en cuenta si Dumbledore ya no estaba allí o no, por alguna razón nunca abandonaba su oficina y me pregunté si realmente se toma la molestia de dormir un poco durante la noche. Recordé que yo misma no necesitaba demasiadas horas de sueño.

- Adelante- llegó una voz a través de la puerta y sin ningún protocolo entré.

Dentro, como siempre los cachivaches escandalosos resonaban por todo el lugar, durante la noche, tras la quietud del castillo se volvían más ruidosos. Fawkes se agitó al verme y soltó un chirrido de alegría, luego batió las alas y volvió a su posición original. Le alegraba verme. El chivatoscopio seguía en su lugar sobre la mesa de madera con tres patas. Tras el escritorio Dumbledore me miraba suspicaz, con un extraño fruncimiento de labios, sus ojos azules drenaban burla. De momento no me di cuenta, o al menos no quise darme cuenta. El profesor Severus Snape se ocupaba un asiento en la sala, cerca del director. Le miré enojada.

Maldito Snape.

Severus frunció el ceño y se levantó de su asiento visiblemente enojado. Había bajado la guardia de nuevo.

- ¿Debo resignarme a encontrarte aquí cada vez que vengo?- escruté enojada. O al menos, eso deseaba evidenciar. No me encontraba ofuscada del todo, no con Snape. No después de que mi corazón latiera sin control y pasara de calmo a feroz en cuestión de segundos, o que mis ojos se volvieran naranja oscuro con ligeras manchas negras como las tormentas del sol, o cuando el arrebol de mis mejillas se volvía cada vez más notorio a causa del calor efervescente que ascendía hasta hacer bullir la sangre. Todo, sólo con mirarlo.

Maldito Snape.

- Le recuerdo, Srta. Boissieu, que usted misma ha decidido interpretar mi presencia como una extensión de la compañía del director. Susurró desafiante, molesto, con el rostro contorsionado.- A estas alturas-continúo mientras se acercaba lentamente- debe encontrarse perfectamente adaptada, Srta. Boissieu.

Expelió mi nombre con rabia. Temblé imperceptiblemente como respuesta a ello.

¿Cuál es su problema?

Le miré de la misma manera. No permitiría que nadie, ni siquiera Severus Snape, me desafiara de esa manera.

- No juegue conmigo- contesté, abriendo los ojos para lucir desafiante.

Una risa leve se hizo paso a través del aire y rompió la burbuja donde nos encontrábamos. Desde su asiento, tras el escritorio de roble, Albus Dumbledore sonreían con un brillo en el rostro tan bello que lucía unos años más joven. Allí, escondidas entre sus pupilas, tras los anteojos de medialuna se carcajeaba. Se burlaba de mí.

- Me alegro que se lleven mejor que antes- dijo al momento que se levantaba de la silla y caminaba hacia nosotros. Clavó su mirada en mí y guiñó el ojo.

Snape bufó y yo me sonrojé más. Si es posible. El cuerpo me hervía y, aunque sólo portaba el camisón de dormir y la túnica negra encima, sentía un calor abrazador. Comencé a sudar.

Decidí que no debía soportar las burlas de Dumbledore, ni la turbadora presencia de Snape. Sobre todo la provocadora presencia de Snape.

- ¿Tiene planes de viaje, Dumbledore?- pregunté de pronto, caminando hacia la mesa redonda de tres patas al otro lado de la habitación, lejos del hombre de la capa negra. Dumbledore frunció el ceño, drenó su expresión de todo atisbo de burla. Severus se cruzó de brazos, activando de inmediato ese garbo estoico tan particular en él. – Planes de viaje, próximos. Tuve una visión, hace unos momentos. Te ibas.

Tras un momento, en el que no aparté la mirada del anciano, habló.

- No realmente, Srta. Boissieu. Me temo, que con Dolores alrededor no podré abandonar el castillo.

Lo miré un largo rato. Su cabello largo, los tiernos ojos azules que te incitan a confiar en él, los anteojos a mitad de su nariz, las arugas de su frente. No había atisbo en él que denotara que mentía. Su expresión era de sincero desconcierto.

- Lo harás. Y no precisamente por tomarte unas merecidas vacaciones.- dije visiblemente preocupada- no he podido verlo, el motivo por el que te ibas, pero lo harás. ¡No puedes hacerlo!- Le advertí de inmediato.- No puedes dejar a Harry a merced de Umbridge.

- Se cree lo bastante importante para dar órdenes, ¿No es así, Boissieu?- comentó Snape desde su altura, deslizándose a través del suelo, despacio, al asecho, tomándose su tiempo como las serpientes.

¿Por qué tiene que acercarse de esa manera tan… sensual?

Snape paró en seco y bajó sus brazos. Se ruborizó fuertemente. Aún con el rostro completamente exento de emociones su sangre le traicionaba, llenando sus cetrinas mejillas con un flujo arrebolado. Al tantear sus emociones encontré que estaba sorprendido y avergonzado. Ligeramente emocionado y luego furioso. Yo, por otro lado, aparté la mirada. La cercanía de Severus volvía mi mente débil, inestable. No podía controlar nada, las defensas de mi mente disminuían considerablemente. Recuerda no mirarle a los ojos.

- No tengo planes de viaje próximo- dijo Dumbledore, posé mis ojos en él. Sus labios permanecían rectos, esforzándolos a mantenerse así sin formar una sonrisa burlesca. Estaba gratamente divertido.

- Quizás no sea nada- solté bruscamente. Harta de que Dumbledore y su agudo sentido de la percepción me hicieran blanco de sus atenciones.- De cualquier manera, avíseme en cuanto cambie sus planes, no sería mala idea hacer un chequeo antes de que marches. Sólo por asegurarnos de que no afectará a Harry.

El humor de Severus fluctuó, se volvió más denso y oscuro. Al pronunciar a Harry en todas sus letras le enojó a sobremanera. Le miré por un instante. Ya no miraba la escena que Albus y yo compartíamos en medio de la estancia, su mirada se encontraba taladrando fuertemente la puerta de entrada. No prestaba la mínima atención en lo que ocurría entre los cachivaches y el escritorio, y si he aprendido algo de Severus Snape, es que nunca se muestra ausente, siempre mantenía sus agudos sentidos en alerta. Está en todo, lo deduce todo, lo sabe todo. ¿Qué le pasará?

- Le informaré- prometió el director, utilizando un tono de despedida firme. Al escucharle, caía en cuenta que yo también me encontraba cansada. Hasta el inmortal Fénix debe tomar una siesta. - Srta. Boissieu- llamó- me gustaría recordarle que tenemos una sesión pendiente.

Inmediatamente abrí los ojos, se tensó mi cuerpo y una llamarada me recorrió entera. Por Merlín. Había estado evadiendo la situación durante un tiempo. Mi deber como miembro de la orden del Fénix consistía en predecir el siguiente paso del señor tenebroso. Mi único deber. Pero sólo en pensar tocar de nuevo a Snape me producía un escalofrío en el espinazo y un anhelo efervescente por tocarle. La mano comenzó a cosquillearme, quizás de alguna forma, mi cuerpo le extrañaba. Inconscientemente, sin desearlo, mis ojos se posaron en las enormes manos de Severus, justo al tiempo que este la volvía un puño y luego soltaba el agarre. De alguna manera, por extraño que parezca sentí la imperante necesidad de cogerle la mano y disfrutar del perfecto acople de mis dedos entre los suyos. Me está volviendo loca.

Estás aquí para cumplir una meta, Sérène. Una promesa a la persona menos conveniente, una venganza que llevaría a cabo sin importar quién muriera en el camino y una razón que me impulsaba. No lo olvides.

- Cuando… quieras- respondí lentamente, empujando las palabras fuera de mi boca. No convencida de que mi deber predominara en las palabras.

Salí de la habitación en seguida, antes de que la expresión risueña de Dumbledore quedara grabada por siempre en mi traicionero subconsciente y apareciera repetidas veces durante las noches. Bajé las escaleras a toda prisa y caminé por los corredores del castillo a tientas, las antorchas encendidas volaban intermitentes a ambos lados de los muros, los cuadros bufaban molestos al verme pasar y descubrir que una Gryffindor paseaba por los corredores a deshoras, otros roncaban y el resto solo ignoraba el hecho. La noche apenas comenzaba, era demasiado pronto para subir a la torre de astronomía y demasiado tarde para volver a los dormitorios de chicas en la torre de Gryffindor. Simplemente no deseaba permanecer estática. Mi cuerpo se había encendido ante la mirada de cierto hombre oscuro y no podía detenerse. Aquella adrenalina debía ser drenada a como diera lugar. Bajé las escaleras movedizas a todo dar y me encontré en mitad del vestíbulo. Me detuve en seco.

- Boissieu. – susurró una voz tenue a mis espalda. El corazón me dio un vuelco brusco – Tomando un paseo nocturno.- No era una pregunta.

- Eso no es de su incumbencia- espeté rabiosa. Sin mediar más palabras salí por la puerta principal y corrí a través de los terrenos de Hogwarts.

En medio de la noche, con la luna de cachos arriba, volví a desaparecer y aparecí en el linde del bosque prohibido, sin meditarlo me adentré en la oscuridad de su follaje. El frío del bosque me resultó tranquilizador, bajando mi temperatura considerablemente. La oscuridad de sus entrañas me hacían sentir protegida y aunque me lastimaba los pies mientras pisaba las hojas secas, las piedras angulosas y las raíces, no podía sentirme más aliviada. Necesitaba enviar una carta. Unos metros más y pronto me toparía con el faustoso árbol de cuyas ramas guindaban hilos de araña cayendo como cascada hacia el suelo lleno de hojas secas y malolientes. Un crujido resonó en la espesura del bosque. Me viré de inmediato, quizás tontamente. Instintivamente toqué la pluma que guindaba de mi oreja derecha. Otro crujido nació de la oscuridad del bosque y viré de nuevo en dirección a el.

- Boissieu- escuché y, de inmediato reconocí ese ronroneo sensual.- Hay un asunto que debo tratar con usted en privado.

No puede ser, no puede ser. ¿Cómo me ha encontrado Snape en medio del bosque?

No podía verlo. En primera instancia pensé que era un alivio pero luego, tras pensarlo mejor supe que era una terrible desventaja. ¿Cómo podré ver si hay maldad en sus ojos negros?

No pienses en sus ojos.

Lentamente, como un león al acecho le sentí quebrar las hojas secas que alfombraban el suelo del bosque. Lo percibí cerca y no pude evitar seguir sujetando la pluma de mi oreja derecha. Tienes que decir algo, Sérène.

- No creo que podamos estar más a solas que ahora.

Me arrepentí al instante de haberlas pronunciado. Reconocer aquel hecho produjo en mí una oleada de calor extremo. Jamás había quedado por encima de la cúspide de mi tolerancia. De pronto, el denso y lacerante frío del bosque ya no lo era. Y no importaba cuanto me esforzara por recurar mi temperatura normal, no podría apagar esta llama.

Estás a solas con él… Y nadie lo sabe. Se está acercando.

- ¡Basta! – inquirí bruscamente. Sus pasos dejaron de quebrar las hojas y el silencio volvió a llenar el espacio.

Severus se sentía ofuscado. Estaba enojado.

- Y bien- apremié- que es aquello que tanto le urge, profesor Snape. Debe tratarse de un tema sumamente importante para seguirme a la mitad del bosque.

Le hablé con arrogancia, quizás demasiada. Pero dentro de mí, funcionaba perfectamente como la barrera protectora que necesitaba para mantenerme fría, distante, centrada. Él, no dijo nada por un período de tiempo donde internamente se debatía, una lucha entre la curiosidad y la sensatez. No podía verle el rostro entre la espesa oscuridad del follaje, pero podía sentir sus emociones a flor de piel. Severus Snape era un hombre de emociones complejas que, por alguna razón lograba ocultar perfectamente tras la máscara de indiferencia que siempre llevaba consigo.

- Srta. Boissieu.- comenzó firmemente, aun cuando por dentro seguía el debate.- bien he sabido que usted posee preferencia por la charla directa.

- Sí, por favor. – interrumpí ansiosa, impaciente.

- En ese caso, comenzaré con una pregunta que espero sepa responder con inteligencia. – su voz dejó de ser sensual por unos momentos, tornándose repentinamente oscura y feroz. - ¿Quién es E.C?

¡No! La carta- recordé de inmediato- él tiene la carta.

- Le sugiero que escoja muy bien sus palabras, Boissieu.

Me congelé al instante, irónicamente aunque mi temperatura se encontraba en aumento mi cuerpo no podía moverse.


Hola de nuevo, aquí les dejo otro capítulo. Lamento la espera ;(

A ver, a ver.

¿Quién es E.C? ¿Alguien tiene una idea?

Este capítulo es muy interesante y se pondrá mejor en el siguiente. Lo que viene es candela, así que prepárense. Ajajaja

Gracias por los reviews del capítulo anterior, ustedes son un amor. Les agradezco todo el apoyo que le han dado a la historia. Leer sus reviews es para mí un gran incentivo para continuar escribiendo. Les adoro.

;* Un millón de abrazos.