PALABRAS

VIÑETA III

GUSTOS PECULIARES

A Kagome le gustaba mucho el anime y manga; por supuesto, también las películas de terror.

Pero ese era un gusto normal entre las adolescentes de quince años del Siglo XXI.

Todavía recuerda la primera vez que llegó a la era Sengoku con un manga en la mochila. Al principio, todos se mostraron algo reticentes con ese pequeño librillo con figuras que hablaban a través de una nubecita. Luego llevó un DVD portátil, así las noches en donde no había ningún monstruo que quisiera aplastar a todos lo que se moviera sobre la tierra, podían relajarse viendo los preciosos animes de Kagome.

Así pues, Shippo disfrutaba que la miko del futuro le leyera entre risas el manga de Doraemon; Miroku sangraba descaradamente por la nariz cuando veía una chica guapa (especialmente Lucy, la de Elfen Lied), pero salió corriendo asustado cuándo la chica de pelo rosa le voló la cabeza a un poco respetuoso profesor. Sango, por su parte, amaba los manga shojo; le encantaba la historia de Kenshin y Tomoe de Rurouni Kenshin y sentía que el profesor pervertido del Dorama GTO, estaba leventemente inspirado en Miroku.

Pero InuYasha encontraba bastante molesto y confuso, el peculiar gusto de Kagome —y también el de sus amigos—, por esos dibujitos que parecían tener vida propia desde una minúscula pantallita.

Demasiado peculiar para su gusto. Demasiada pérdida de tiempo habiendo monstruos que liquidar, fragmentos que recolectar y engendros de Naraku que exterminar, refunfuñaba sin éxito.

.

.

InuYasha estaba inquieto. Kagome les había dicho que no tardaría más de tres días en regresar, pero ya iba por el cuarto día, ¡EL CUARTO! Caminaba como un león enjaulado alrededor de la aldea de la anciana Kaede. Sus amigos lo miraban suspicaces y la anciana sacerdotisa ya estaba de nervios por culpa suya.

—¡Solo ve a buscarla, inútil! —le dijo Shippo, exasperado por la actitud del híbrido.

—¡Cállate mosca peluda!, no eres quien para ordenarme nada —ladró InuYasha.

—Solo admite que la extrañas —respondió el pequeño Kitsune moviendo las pequeñas manos.

—¡Keh! —Intentó parecer indignado, pero su sonrojo le delataba—, yo solo...

—¡Basta! —La voz molesta de Sango se hizo escuchar— Ve a buscarle de una vez, InuYasha —En el fondo, la exterminadora quería saber qué nueva novedad traería Kagome de su época.

Miroku se limitó a menear la cabeza. Todavía le dolía el tremendo "cucharonazo" que la joven le había propinado días atrás. Era mejor que el peliplateado de marchase lo antes posible si no quería sufrir un ataque de ira asesina.

.

.

Cuando InuYasha asomó la nariz a través del pozo, pudo oler claramente el aroma a ella. De un salto, salió del pozo y se dirigió a la casa de la chica.

—¡Hey, Chico Perro! —Claro, no contaba con Sota.

—Hola, Sota, ¿y Kagome? —inquirió.

El pequeño lo jaló de la manga de su vestimenta mientras le hablaba.

—Está en su cuarto, preparando su mochila de viaje. No le ha ido bien en su examen de álgebra, así que está de mal humor.

"Algo rarísimo en ella", pensó con ironía el Hanyo.

El chico lo guió hasta el cuarto de su hermana y salió corriendo, como si temiera que una bomba estallara. Inuyasha abrió con cuidado la puerta y la encontró de espadas, pero reconoció aquella cosita gris que la miko estaba empacando.

Ay, no!" pensó con desgano "¿Otra vez esa cosa?"

—¡InuYasha! —Kagome gritó al percatarse de la presencia del joven es su habitación —¿Qué estás haciendo aquí? —En su rostro se veía molestia y enfado. Ciertamente, Sota tenía razón al alejarse de la muchacha como alma que el diablo lleva.

—Vine a buscarte, ¿qué más sino? ¡Debías haber llegado ayer!

Kagome siquiera inspiró para responder.

—¡Siéntate!

—¡¿Pero qué mierda hacer?! —gruñó Inuyasha, indignado y de cara al suelo.

—Lo siento —Kagome suspiró —. Necesitaba descargarme.

—¿Y tenía que ser conmigo? —saltó en joven.

—¡Sient…!

—Está bien, Kagome —Se apresuró en añadir el hanyo —. ¿Nos vamos?

—Espera —Kagome lo paró antes que tomase su pesada mochila de viaje —, falta algo.

Se puso a buscar con rapidez algo en sus gavetas. InuYasha suspiró cuando la vio con expresión de triunfo y una cajita que decía Tiburón en la mano.

—He rendido muy mal mi examen —Kagome bajó la cabeza —. Con una noche de películas, se me pasará el mal sabor en la boca.

InuYasha no dijo nada. Se limitó a cargar la mochila de la miko mientras se preguntaba cual era la razón de que la chica se comportase como si fuera dos personas.

.

.

.

La noche ya había llegado en el Sengoku. La anciana Kaede había cenado con todos pero se había retirado temprano a dormir. Los demás se quedaron expectantes mientras que Kagome alistaba su DVD portátil diciendo que verían una película con gente, según había explicado. Todos se preguntaban, sin embargo, qué tenía que ver un tiburón con una película así.

Cuando los créditos de la película habían empezado, todos, hasta Shippo, habían quedado en silencio. Luego, una aterradora música de fondo les puso los pelos de punta. Todos estaban atentos a la pantalla. Todo parecía normal, excepto que la gente el la playa desparecía y todos acusaban a un tiburón asesino. InuYasha se inquietó un poco, ¿también en la época de Kagome había demonios come-hombres?

Luego, se formó un grupo de hombres y mujeres valientes, prestos a atrapar al tiburón.

"Tal Y como nosotros", pensó Miroku, quien había aprovechado la oportunidad para abrazar a Sango en la oscuridad.

Pero luego…

—¡Ahhh! —gritaron Shippo y las chicas al mismo tiempo. Kagome apretó tan fuerte la mano del hibrido que casi le hundió las uñas. Sango apretó a Kirara demasiado fuerte contra su pecho y esta bufó indignada, al igual que Miroku, quien esperaba que la exterminadora lo abrazase a él.

Poco a poco el tiburón demonio se iba comiendo a los protagonistas. Hasta que —al final—, lo atraparon solo los dos supervivientes. Todo el grupo estaba asustado. Están lejos del mar, cierto, pero hasta el viento que se oía entre los arboles que rodeaban a la cabaña, parecían tenebrosos. Kagome apagó el portátil con las manos temblorosas. Guardó sus cosas en la mochila y miró indecisa el futón de paja en donde dormiría. Con las piernas temblando, se juró que nunca más vería una película así de horrorosa.

Caminó hasta el hanyo, quien dormía sentado. Se había portado mal con él al sentarlo esa mañana, pero él era ahora su tabla de salvación.

—¿InuYasha? —Kagome le llamó con voz queda.

El aludido abrió un ojo dorado, y, medio dormido, le preguntó.

—¿Qué quieres, Kagome?

—Tengo miedo —La chica admitió avergonzada.

—Tonta —gruñó en chico perro— ven acá.

Ella se acercó con timidez al lado del chico. Con suavidad posó su cabeza azabache sobre el hombro de él. Escuchó un bufido que no logró entender antes de quedarse dormida.

Inuyasha sonrió.

Era la primera vez que le agradaban los peculiares gustos de la joven.

.

.

.

.