PALABRAS
VIÑETA IV
OTOÑO DE ESPERANZA Y RECUERDOS
Miroku observaba tranquilo el paisaje rojizo que frente a él se desplegaba. Sus ojos azules, perdidos en medio del horizonte, parecían pensativos.
Kagome se había marchado hacía ya un largo año. No podía negar que extrañaba a morir a su amiga del futuro.
Aquello fue tan inesperado que todos pensaron que solo sería por un tiempo. Que pronto la miko estaría ahí sentando a InuYasha y cargando al pequeño Shippo en sus hombros.
Pero nada de eso ocurrió.
Sango había llorado de tristeza el día de su boda murmurando que quería a su amiga allí. Shippo se había marchado de la aldea a entrenar y volvía solo en ciertas ocasiones a visitarlos. Al parecer la aldea le traía demasiados recuerdos de su madre adoptiva.
Y, entre todos, era InuYasha quien más extrañaba a la miko.
Miroku reconoció que le había molestado un poco el exabrupto del hanyo en su boda. Borracho y lamentando que Kagome no estaba ahí, con ellos, se había puesto de pie con el caminar tambaleante producto del exceso de sake hasta él y Sango, quien, roja como un tomate, agradeció el "regalito" del joven.
Miroku no podía culparlo. Sabía que era él quien más sufría por la partida de la miko.
Todos lo sabían. No había necesidad de ser un genio para intuirlo.
Pero la vida seguía. Y ellos debían seguirle el ritmo.
Él y Sango habían tenido un par de bellas gemelas. Miroku recordó con una sonrisa, la promesa que le hizo a su esposa de serle fiel —claro, a veces cuando veía a alguna bella muchacha, la costumbre le hacía olvidar sus propias palabras pero la amenaza del hiraikotsu sobre su cabeza, le hacía cerrar el pico—.
Incluso InuYasha había intentado continuar con su vida. Le acompañaba en la tarea de exorcizar demonios, y, a veces, su eterno mal humor se aplacaba un poco cuando veía a las niñas. Incluso había días en que se metía con el kitsune, solo por diversión
Pero había cambiado. Eso se notaba a luz y sombras. No había día en que no pasase frente al pozo esperando que por un milagro se abriese de nuevo. Incluso había intentado saltar a través de él, en los primeros tiempos, pero solo se ganó un chinchón y, desde ese día, solo lo miraba circunspecto.
Shippo venía a jugar con las niñas y a visitar a Rin y Kohaku; a veces, la anciana Kaede lograba reunirlos para la cena. Ni siquiera InuYasha se resistía a la sazón de la anciana.
En esas veladas nocturnas, recordando noches de películas en una época en donde la electricidad estaba a siglos de ser inventadas. De Mangas que contaban historias asombrosas y de abrazos furtivos por parte de una chica asustada, recordaban los buenos tiempos. Y todos reían a carcajadas, relajados por saber que la perla ya no estaba, que Naraku se había ido. Que ya no había amenaza.
Pero con cierto peso en el estomago.
Producido por la ausencia de un miembro en el grupo: Kagome.
—¿Miroku? —La voz de Sango lo sacó de su ensimismamiento. Llevaba a una de las niñas en el brazo, y la otra tomada de la mano —¿Qué haces?
—Lo que todo monje, Sanguito —Miroku la miró—. Medito.
Sango rio bajito y sentó a las niñas en el regazo de su padre.
—¿Sabes una cosa? —Miroku susurró la pregunta — Desde que Kagome – sama se fue, parece que el otoño se hizo eterno.
Sango negó con la cabeza.
—Ella está viva en su época. Quizás ahora mismo está pensando en nosotros. El otoño no es eterno. Pronto viene el invierno.
Miroku parpadeó confundido.
—Todo es un ciclo, ¿no? —Acotó Sango— Eso quiere decir que el otoño tiene que terminar, el invierno llegar y la nieve derretirse. Ella volverá de su época, con ella volverá la primavera y los "¡Siéntate!" a InuYasha —Los ojos de la exterminadora brillaron al final de la frase.
Miroku entendió la lógica de su mujer y sonrió. Sango tenía razón: Ella volvería.
A unos metros de allí, sentado en la copa de un árbol, un joven de ojos ambarinos sonrió. Sango, sin saberlo, le dio un halo de esperanza.
Y quinientos años más allá, en el futuro, una joven de cabellos de ébano, que observaba sentada el horizonte cobrizo que frente a ella se extendía; sintió un suave calor en su pecho.
Kagome pensó en sus amigos.
Y sonrió.
