XV Plumas al viento.

Sala de los menesteres. Jamás había visto con mis propios ojos amarillos las maravillas de ese lugar mágico, metamórfico. En ese momento, la sala se encontraba completamente vacía. Las pocas antorchas que reposaban perezosas en las paredes crepitaban con un tenue fuego encendido en cada una. Lejos de su halo de luz nada era visible. El espacio, amplio y limpio profería palabras ininteligibles que sonaban a urgencia. No podía escucharla con claridad en mis tímpanos, sin embargo, sabía de antemano que estaban allí. Flotando deliberadamente entre el espacio vacío y la sólida entidad que formaba mi cuerpo en el centro exacto de aquel lugar. Captaba la enérgica vibración de su bramido exaltado aun cuando no le oía. Repentinamente, como el sonido de un volcán en erupción el golpe seco de un muro hizo temblar todo el lugar, el fuego vaciló ante el sorpresivo estruendo del golpe. El fuego palpitó de nuevo, víctima del siguiente temblor que desprendió partículas de polvo que cayeron en cascada hacia el suelo. La crepitante luz del fuego se extinguió entonces, y una explosión hizo que las enérgicas vibraciones de aquellas voces antes inaudibles se convirtieran en el más nítido sonido en todo el lugar. Por sobre las explosiones y la grava desmoronándose los gritos urgentes se alzaron acalorados. Comprendí de inmediato que debía acudir a su llamado…

- ¡HARRY!

De un salto salí de entre las vaporosas sábanas de seda roja, ante el suave tacto de aquel material solo podía sentirme asfixiada. La terrible sacudida de la premonición seguía estremeciéndome sin control. No reparé en nada alrededor, si las chicas dormían o permanecían en vela, si la sala común se encontraba llena de párvulos ociosos o si las escaleras movedizas me conducían al lugar indicado. Simplemente corrí y di tumbos a una velocidad que no me permitía ver nada a los costados, cada cuadro se esfumaba velozmente, a la vez que pasaba como alma que lleva el diablo por los corredores abovedados del castillo. Sin freno alguno salté, tropecé y corrí con apremio antes de caer en cuenta de lo idiota que había llegado a ser. Presa de la urgencia y la desesperación olvidé por completo que los hechizos protectores de Hogwarts no impedían que mi condición sobrenatural actuara con eficacia. Me detuve ipso facto frente al cuadro de magnolias que se mecían con la cálida brisa de verano y sin premeditarlo siquiera desaparecí.

No pensaba con la claridad propia de una criatura vengativa y altanera como yo lo era. Simplemente me dejé guiar por el insufrible instinto protector que me impulsaba a saltar de la orilla del acantilado tras la indefensa cría de threstal. Aparecí en el dobles de la esquina y tras vislumbrar la primera nube de escombros, solo por instinto y no por deseo me arrinconé a la pared. Oculta tras el pasillo observé con horror que era demasiado tarde. Tarde para salvar a Harry del temible capricho de Umbridge. La insufrible cara-de-anfibio salía del desproporcionado agujero de la pared, arrastrando entre sus pestilentes ancas al pequeño Potter. Tras ella, el séquito de descerebrados Slytherin escoltaba al resto de los miembros del Ejército de Dumbledore.

Por Merlín. ¿Qué hago? ¿Qué hago?

Completamente envuelta en pánico, crucé el pasillo a zancadas. La figura de Umbridge parecía ampliarse hacia los costados en vez de elevarse a la altura de una mujer adulta y recordé lo pequeño de su tamaño, lo ínfimo de su poder superpuesto al mío. Sostuve la pluma dorada que guindaba anhelante de mi oreja derecha. No te salvarás Umbridge. Sólo tenía que alcanzarla y sacudirla como a una rata sarnosa hasta que saltaran de pavor las pulgas que portaba en su lomo maloliente.

No lo hagas, Sérène. No es conveniente para Harry.

Paré en seco a mitad del camino entre Umbridge y la cordura. Me negaba a admitir que la asquerosa pequeñuela tenía a Harry en su poder, tenerlo a él era tenerme a mí. No podía simplemente herirle y pensar que me salvaría de reprimendas e investigaciones. Ella trabaja para el ministro, Sérène. No seas estúpida, piensa.

- Dumbledore. – susurré agitada- tiene que ayudarle.

Casi al instante me encontraba frente a la majestuosidad de la gárgola tallada. Expelí las palabras claves tan rápidamente que no pensé que la estatua se moviese. Sin embargo, comenzó a rotar y los primeros escalones aparecieron frente a mí. No perdí tiempo para abordarlos y tras subir el primer par se escalones desparecí de nuevo en un intento de ganar el mayor tiempo posible y advertir a Dumbledore de la situación antes de que Umbridge tatuara la piel de Harry con otra horrorosa frase sin fundamento. Pensé que era un buen momento para saltarme las buenas maneras y entrar deliberadamente a la oficina del director pero el siseo frenético de diversas voces llegó tras la puerta donde me encontraba de pie, deseosa por entrar. Albus no estaba solo. El sonido del bullicio me desesperó a sobremanera.

Con el corazón acelerado y la respiración pesada caí presa del pánico. No había manera de entrar al despacho de forma fortuita y salir de allí escoltada por el mismísimo director de Hogwarts en dirección a la oficina de Umbridge sin antes perder preciosos minutos que definirían la suerte de Harry.

Por alguna razón, temía. El negativo presentimiento de que algo terrible sucedería esa noche aumentaba sus fuerzas, y también su tamaño que parecía abarcar cada vez mayor espacio en mi consciente. Tenía que pensar y rápido.

Otras voces distintas se elevaron en el corredor, subían por las escaleras. Casi al instante una luz parpadeó frente a mis ojos y vislumbre unas figuras borrosas entre ellas.

Jadeé de estupefacción.

- Maldita Umbridge. – dije apretando los dientes. Ascendía por el tramo de escaleras de caracol aun con Harry a rastras.

Debo hacer algo, otra cosa. Por los calzones de Merlín, cualquier otra cosa.

No lo pensé, no lo deduje. Simplemente lo hice. Como si mi subconsciente supiese el lugar exacto al cual debía dirigirse, aparecí en las mazmorras. Jamás había estado en aquel lugar apartado y frío del castillo, donde el viento silbaba a la vez que se colaba en las rendijas y las grietas de las paredes y el techo acorazado. La humedad no mejoraba su aspecto de calabozo y la oscuridad absorbía el fuego de las antorchas que luchaban en vano por mantener viva su luz. Hacía frío, estaba helado, y por un momento pensé en que aquel lugar bajaría de sopetón la intensa temperatura que permanecía elevada hasta lo inverosímil. Sólo un par de veces sentí semejante subidón y en ambas se encontraba involucrada la misma persona.

Severus Snape.

Nuestro acalorado encuentro anterior había creado un extenso y profundo abismos entre ambos. Imposibilitando toda esperanza de comunicación futura, ahora el terrible destino de Harry me obligaba a buscarle y pedirle socorro. Todo sea por tu bien, Harry. Dumbledore confiaba ciegamente en él, muy a mi pesar, eso contaba para mí. Al menos en los momentos de impetuosa necesidad. Snape poseía la potestad necesaria para irrumpir en aquella habitación y ganar los minutos suficientes para sacar a Harry de entre las ancas de esa rana pestilente.

El repiqueteo pausado de unos pies sobre el adoquinado llamó a la alerta. Conocía a la perfección ese sigilo gatuno y la elegancia felina de aquellos pasos regulares y calmos. Severus. Recordar el ondear de su capa negra me produjo un temblor ligero en el espinazo. Ignoré aquello que me hacía sentir y caminé en dirección al sonido de sus zapatos negro funeral, a su encuentro. Siempre a su encuentro.

No importa si huyes, como en el Bosque Prohibido; o si te acercas, como ahora. Siempre iras en dirección a su encuentro. Siempre.

Severus Snape apareció en el dobles de la esquina, al final del pasillo oscuro y húmedo. Frunció el ceño ligeramente al verme allí, estática en mitad del pasillo con los cabellos naranjas hechos una maraña confusa y los ojos casi negros por la turbulencia que había en ellos. Miró altivamente desde allí y apresuró su andar con enojo, machacando con la suela de sus zapatos negros el fuerte enlosado del suelo, elevando por sobre el crepitar de las antorchas el eco que sus pisadas producían. Estaba enojado, no le complacía en lo absoluto verme invadir su territorio.

- Un león perdido en las mazmorras.- susurró por lo bajo a la vez que juntaba todos sus dedos. Con el cabello flanqueando los lados de su rostro y los ojos profundos llenos de rabia. Sus facciones expuestas a la mediana penumbra del pasillo incrementaban ese aire enigmático y estoico de Severus.

No te distraigas, Sérène. Recuerda que Harry está en aprietos.

Sacudí la cabeza con energía y me acerqué más a él, con los ojos muy abiertos desafiando su afilado temperamento. Arrastraría a Severus Snape hasta la torre del director y sacaría a Harry de allí, aunque tuviera que utilizar una maldición imperdonable en él. Fuera cual fuera.

¿Qué?

Me detuve en seco frente a Snape. Unas imágenes difusas latían en el borde de mi consciente.

Fawkes, cruzaba velozmente el firmamento, aleteando suavemente a través del cielo. Chillaba con fuerza y apremiaba el paso cuanto podía. Llevaba consigo una carga, pesada, valiosa, ansiosa. Llevaba consigo a Dumbledore.

El mundo se sacudió un instante, con fuerza zarandeó de nuevo mi cuerpo. Para cuando volví a la realidad, Severus me tomaba por los brazos, con sus manos grandes y cálidas se aferraba con firmeza a ellos y me sacudía ligeramente para volverme a la realidad. Sus ojos negros tenían un brillo perlado, el color de la angustia y la ansiedad. Al tantear sus emociones descubrí que sus cejas casi juntas concordaban con el exterior preocupado. También descubrí que le tenía cerca, demasiado cerca.

No pude evitar la ola de calor en mi cuerpo y el frenético palpitar de mi corazón idiotizado.

- Boissieu- expelió severo entre dientes. Quizás, al verme durante las sesiones dónde buscaba vislumbrar los siguientes pasos del Señor tenebroso se hizo conocedor de que el color dorado traslúcido de mis ojos y la mirada de cordero perdido significaban sólo una cosa.

- Se ha ido- fue lo único que pude articular, en un bajo susurro de congoja. Severus juntó mucho más sus cejas. – Dumbledore, se fue.

A esas alturas, en las cámaras abovedadas de Hogwarts ya no había remedio que curara aquel mal. Yo lo había vislumbrado con anterioridad en una visión.

Dumbledore abandonó el castillo, dejándonos a todos a merced de la reina de los dementores.


Hola de nuevo, ¿Cómo han estado? Lamento que este capítulo sea tan corto, sé que les prometí uno más largo pero no me ha salido de esa manera ;(

Lo que sí les puedo prometer (y porque ya está escrito), es que el siguiente será una capítulo extra-largo. Cómo no lo han leído nunca jajajaja

Gracias a todos los que pasan a dejar sus reviews, son lo más importante para mí. Keyhlan, eres un amor. Gracias por estar presente.

A todos los demás, también son super importantes. Espero que disfruten mi trabajo, tanto como yo lo disfruto al escribir.

Un millón de abrazos ;* ;*