XVI Seducción

El sol, como todo buen proveedor, asomó sus pestañas doradas justo a la hora exacta de cada día. Como un gran ojo abrió los párpados y tras mostrar el resplandeciente iris lleno de luz amarilla, el brillo de éste arropó todo alrededor. Comenzó por las tupidas copas de los árboles, expuestos a la adversidad de la noche durante horas; recibieron a su cálido amigo con gusto. Junto a la suave brisa del alba vistieron las vivas hojas verdes y siguieron su curso hasta el linde del bosque, donde el césped esperaba gozoso su venida. Allí en el suelo se apreciaba la lucha que la oscuridad perdía cada amanecer, la sombra era arrastrada hacia atrás, donde quiera que el sol posara sus rayos y la brisa le acompañara. Finalmente, alcanzó el pie de la torre de astronomía y se deslizó despacio y sin prisa acariciando cada ladrillo hasta llegar al antiguo barandal situado en el tope de la torre, donde yo me encontraba totalmente recostada, con la túnica cayendo despreocupadamente hacia los lados, exponiendo la blanquecina piel de mi cuerpo que últimamente deseaba llenarse de calor en lugar de bajar su temperatura hasta que la piel perdiera su brillo sobrehumano. Mis ojos veían el bello escenario de los terrenos de Hogwarts en su recién despertar, pero no se llenaban de la hermosura que emanaba.

La llama se había extinguido. El calor abrasador que consumía sin clemencia cada fibra de mi organismo sobrenatural y se apoderaba sin pudor alguno de cada parte de mi cuerpo ya no existía. Por primera vez, en los años que he acumulado a lo largo de mis tortuosas vidas me sentía helada, hasta el tuétano. La parsimonia se apoderó de mí desde aquel día en el que Dumbledore nos dejó y Hogwarts se fue a la mierda.

Umbridge, logró alcanzar el objetivo por el cual tanto había luchado. Logró, con éxito arrasador, desplazar al mago más influyente de todos los tiempos de su silla de roble y sentarse en ella. Con su cara sonriente y sus elaborados rizos de diablillo sostenía su varita firmemente a la vez que barría toda la extensión del Gran Comedor con su vista de asqueroso anfibio que denotaba todo el desprecio que sentía por el centenar de párvulos inocentes. Una mirada desbordada de ambición y superioridad que no lograba ocultar con éxito detrás de la hipócrita sonrisa y la fingida voz de niña que utilizaba para hablar con desprecio como si se tratase del clima. Su reinado inició el día siguiente de la partida de Dumbledore, cuando sus posaderas ocuparon el trono del auténtico director en la mesa de profesores, en el Gran Comedor. No saboreó la felicidad de su ascenso lo que hubiera deseado ya que los gemelos Weasley se encargaron de darle una bienvenida digna de su maléfico ser. No contenta con su recibimiento honorífico las cosas se tornaron más grises.

Yo permanecía con mi libertad intacta. Al poder desaparecer y aparecerme dentro de las paredes del castillo manejaba el tiempo a mi antojo, pero los pequeños estudiantes permanecían presos bajo la mano opresiva de una reina negra y desequilibrada que pretendía imponer la disciplina con los más terribles e inapropiados castigos para niños como ellos. El bajo perfil que mantenía en cada clase me permitía pasar desapercibida cada día. Incluso Harry, que algunas veces posaba su mirada en mí, no lograba ver más allá de la reservada chica de cabellera naranja y ojos amarillos que se sentaba al final del salón, en las esquinas. No sospechaba que desde esos ángulos podía verle perfectamente y notar cuando fruncía el ceño, dormitaba en su pupitre o tenía problemas para elaborar alguna poción. Le vigilaba como un halcón y notaba como su semblante pasaba de vivaz a lleno de tristeza y pesadumbre.

Debe haber una manera de contactar a Dumbledore.

No puedo verlo en mis visiones, el sueño del Fawkes sobrevolando el cielo con el director a cuestas se repetía una y otra vez sin cesar. Algo no me dejaba ver más allá. Algo se interpone.

Algo…

Salté desde el grueso barandal de la torre hasta el firme enlosado lleno de patrones irregulares, los pies se acoplaron delicadamente sobre la piedra sin hacer ruido alguno. Lo que realmente centelló en el espacio fue el hechizo que convoqué después. Rápida como un mago en un club de duelo, levanté las manos y sin abrir los labios evoqué un Expelliarmus, la roca de la entrada de la torre se estremeció vigorosamente y tras el silencio del ataque inicial unos pasos repiquetearon ligeramente bajando cada escalón con apremio.

Desde aquel amanecer en que cual destruí el preciado tesoro que celosamente almacenaba dentro del cofre de plata, sentía un par de luces oscuras vigilándome a la distancia, en la intimidad de su escondite contemplaba mi figura desnuda sentada sobre el barandal, con los pies colgando en el vacío entre el suelo y la cúspide de la torre y otras veces, recostada por completo sobre él, con la piel expuesta al escrutinio de esos observadores silencioso. En incontables ocasiones busqué con la mirada el punto del grueso muro tras el cual se refugiaba el aura revuelta, inquieta, casi endemoniada. Pero jamás le vi. A pesar de que mis ojos no podían verle, en mi cuerpo residía la certeza de que aquella energía turbulenta provenía de un par de ojos negros que conocía muy bien.

Conozco esa aura torturada y confundida.

Decidí que era hora de bajar de la torre de astronomía y enfrentar la triste realidad que moraba en las tierras olvidadas de Merlín. El sol apenas había asomado su brillo sobre el horizonte. Nadie estaría fuera de las cómodas y ornamentadas camas de Hogwarts, por lo tanto, no sería un problema transitar sin prisa y sin pausa por los corredores desiertos del castillo, incluso los personajes de los cuadros estarían dormitando recostados de los marcos, hasta la torre de Gryffindor.

Cerré la túnica negra que religiosamente portaba sobre los hombros cada amanecer y bajé con parsimonia escalón por escalón sintiendo en el aire el suave aroma a humo y hierbas.

Los libros volaban de un lado a otro, deslizándose apresuradamente entre estante y estante tratando de hallar el lugar correcto donde se acoplaban perfectamente y reposar tras pasar el día bajo las yemas sudorosas de los imberbes y las manchas de tinta desparramadas sobre las mesas de la biblioteca, producto de uno que otro accidente con el tintero. Las plumas garabateaban con desenfreno sobre las hojas de pergamino, las charlas susurradas se volvían frenéticas y luego disminuían su intensidad para volver a elevar los decibeles un poco tras el emocionante desarrollo del chismorreo, las velas luchaban por mantener la llama encendida al final de sus vidas, cuando el cuerpo de cera no era más que un taquito nimio flotando suavemente sobre el pergamino. Ciertamente, la biblioteca no era el lugar idóneo para pasar el rato en serenidad durante la noche en Hogwarts.

¿Qué otra cosa puedes hacer, Sérène?

Hacía una hora que los deberes de las clases estaban hechos, las hojas de pergamino perfectamente enrolladas, clasificadas y rotulada con nombre y fecha y la asignatura a la cual pertenecían. Incluso los deberes de la semana siguiente se encontraba en otra pila, totalmente resueltos, esperando que el trascurrir de los días volara como jugador de Quiddich en escoba y la espera no fuera tortuosa. Hasta los deberes de pociones están resueltos. Pensé con orgullo. Era inevitable asociar aquella asignatura con el huraño profesor que la impartía con singular particularidad.

¿Qué estará haciendo el antipático de Snape?

Parpadeé ante la pregunta que acababa de formularme a mí misma.

¿Qué estará haciendo? ¿Y a ti que te importa, Sérène? Me reprendí.

Me resultaba antinatural detener mi pensamiento una vez que Severus aparecía deliberadamente para recordarme que el sentimiento que me embargaba debido a su causa tomaba mayor fuerza. Se apoderaba de gran parte de mi consciente y permanecía inmutable durante minutos enteros e incluso horas completas en las cuales era inútil tratar de expulsarlo de mis pensamientos. Entre tanto más lo intentaba la situación se tornaba torturadora, como si solo intentarlo provocara una terrible sacudida interna que alteraba mis sentidos, elevaba mi temperatura y volvía mis ojos turbios como el cauce embravecido de un río crecido. En conclusión, luchar contra el sentimiento y el pensamiento era perderse entre la locura de las emociones que no podré desterrar.

Maldito y sensual Severus Snape.

No me cansaré de repetirlo. Emularlo era tenerlo presente durante un tiempo tan largo que el día perdía el sol y la noche se transformaba en el Bosque Prohibido, ramas rompiéndose bajo los pies, respiraciones agitadas, ambos cuerpos tremendamente cerca y la negación de una realidad tan veraz que no podía existir otro presente que éste. Ocultar lo que sentía se volvía cada vez más difícil, en la misma medida que tenerlo presente se convertía en una acción ridículamente fácil de llevar a cabo.

Ridículamente fácil soñarlo

Ridículamente fácil sentir su olor.

Ridículamente fácil…

Repentinamente una sacudida me invadió y unas imágenes difusas en los bordes surgieron. Objetos chocando contra las paredes, Harry huyendo despavorido entre pasillo abovedados, poco iluminados y un iracundo Severus Snape con la cara escarlata y las facciones distorsionadas de la furia que contenía.

Maldito y sensual Severus Snape.

No le permitiré hacer eso.

Rápida como la más ágil de las gacelas, salté de mi asiento en la parte más alejada de la biblioteca, caminando a paso apresurado entre los imberbes, las plumas aceleradas, el susurrado chismorreo y las velas a punto de extinguirse. Abandonando la pila de deberes. Las miradas se elevaban pobremente del pergamino para vislumbrar a la joven de cabellos naranjas que trotaba a través de las mesas a paso desmesurado y volvían a sus tareas luego de satisfacer su curiosidad. Aún era temprano así que los párvulos transitaban por los pasillos del castillo y aparecerse resultaba peligroso a estas horas. No tenía más alternativa que caminar a paso apretado hasta las mazmorras y rogar que los insufribles Slytherin prefirieran las noches tempranas. Salí de la biblioteca y atravesé como alma que lleva el diablo el vestíbulo del castillo, luego de pasar las escaleras movedizas, finalmente bajé a las mazmorras, donde me topé con un par de Slytherin de miradas enfurruñadas y modales poco propios de unos jovencitos decentes. Les ignoré de cualquier manera y luego de conjurar un hechizo en la entrada del pasillo abovedado para bloquearles el paso seguí a trote rápido hasta el despacho de Severus.

Ese hombre va a escucharme.

Llegué hasta su despacho y, aunque Severus jamás lo hubiese mencionado, era tremendamente obvio que él protegería sus pertenencias con algún hechizo protector. No me atrevía a abrir la puerta, aunque el hechizo fuera incapaz de producirme daño alguno prefería que fuera el mismo Severus quien me recibiera en ese momento.

No había notado lo irritada que me encontraba hasta que toqué la puerta con tal violencia que me dolieron los nudillos y una tonalidad roja se apoderó de ellos. Caí entonces, que resoplaba constantemente y no podía alisar las arrugas del entrecejo. El ardor de las mejillas arreboló mi cara y la ansiedad me hacía zapatear contra el adoquinado irregular del pasillo. A la espera de una respuesta me estaba desesperando y la paciencia se me escurría de las manos. Entre más pensaba en la impulsividad de Severus que vislumbré en la visión, mayor era el incremento de mi temperatura corporal. Toqué de nuevo, con mayor insistencia durante un tiempo más largo y con un golpeteo más fuerte. Nadie respondía.

- Severus Snape, abre la maldita puerta o me veré en la necesidad de volarla en pedazos. – grité sin apartarme un segundo y el esfuerzo de aquella vociferación me irritó la garganta.

Transcurrieron unos escasos segundos, aparentemente interminables, donde el repiqueteo de mis zapatos se volvía frenético y desesperado, hasta que el chirrido de los goznes se alzó y produjo un eco terrible en todo el pasillo. La puerta se abrió de par en par chocando con la pared de piedra tras ella, mostrando en todo su gótico esplendor a un colorado Snape a punto de colapsar de la rabia.

Nos miramos a los ojos durante unos segundos incomodos envueltos en un silencio de ultratumba. Sus preciosas perlas negras brillaban de rencor y cólera. No por ello, dejaban de ser enigmáticas y atrayentes, sensuales y atractivas, seductoras y perfectas, llenas de misterio y poco dispuestas a revelarlos. Me estaba perdiendo en ellas y el enojo hacia él perdía intensidad con cada segundo transcurrido, me internaba en un peligroso olvido de todo. Por suerte, Severus rompió el silencio.

- Y, ¿Con cuál varita pretendías derribar esta puerta, Boissieu?- expelió agrio, airado, con la cólera contenida.

- No la necesito. Como he demostrado, Snape.- contraataqué envenenada de furia. Él no respondió aquello y pronto nos vimos sumergidos en el silencio nuevamente. Un silencio peligroso donde el juego de miradas se convertía en una lucha, y yo tenía todas las de perder. No permitiría aquello. - ¿Cómo te atreves?- acusé y sus cejas se juntaron aún más.- ¿Pretendes que Harry se defienda sólo del Señor Tenebroso? ¿Cómo se te ocurre detener las clases de Oclumancia de esa manera tan abrupta? Harry está en peligro y tú le abandonas cuando más te necesita.

Severus apretó los dientes y sus emociones se alzaron a la cúspide como una llamarada alimentada con combustible. Su rostro se tornó más rojo, si es posible decirlo y tomó aire profundamente antes de realizar un movimiento que no preví en lo absoluto.

Me jaló del antebrazo con fuerza desmedida y me arrastró con facilidad dentro del despacho, como a un saco de plumas. El movimiento fue tan rápido que solo pude percatarme del sonido estruendoso de la pesada puerta arremetida contra el marco de piedra de la entrada. Lo siguiente que supe era que me encontraba acorralada entre el único escape posible y el cuerpo colérico de Severus Snape.

Su mirada negra y profunda no tenía fin alguno en aquel momento, su mandíbula increíblemente tensa y el entrecejo fruncido le hacían lucir como una peligrosa bestia a punto de atacar a una débil presa. Me sentía al borde del abismo, entre el verdugo y la muerte. Jamás le había sentido tan iracundo y bestial. Sorpresivamente, Increíblemente jamás me sentí tan atraída hacia él como ahora. Descolocado, irascible, febril, exaltado. El popurrí le daba un atractivo tan sensual y atrapante. Me di cuenta que me encantaba tenerle así, arrinconándome mientras la rabia hervía dentro de él y la expresión de sus ojos me consumían con el fuego negro de ese infierno.

El enojado y sensual Severus Snape.

Detuve mis pensamientos allí. No quería que, ahora que me veía a los ojos, descubriera en ellos los destellos de deseo que comenzaron a aflorar en mi vientre y subían desenfrenados y sin pudor por todo mi cuerpo hasta erizarme el vello de la nuca.

- ¿Preocupada por el Señor Potter?-expelió acercando su rostro al mío, completamente ajeno a la ardiente punzada que su cercanía produjo en mi bajo vientre.

- Tremendamente- dije apenas audible, bajo mi respiración. Aclaré la garganta y recobré la compostura. El frunció el cenó y se alejó un poco, sin dejar de acecharme.- Habíamos acordado que Harry necesitaba de las clases de Oclumancia para frenar la conexión que tiene con Voldemort. Es imperante que continúe.

Pensó un momento en mis palabras, sin dejar de escudriñar mi rostro ruborizado y mis labios entreabiertos incapaces de contenerse. Siempre se ve tan provocativo cuando se sumerge en sus propios pensamientos.

- Potter, no correrá mayor peligro. Es un indolente como su padre, que siempre sale airoso, como su padre.-irónicamente, aquellas palabras fueron formuladas con amargura y recelo. – Además, ha sobrepasado los límites de mi confianza. Aparentemente, se cree lo bastante superior para tomar decisiones impulsivas que perjudican a otros.

Sabía a lo que Severus se refería con aquello. Lo vi en la visión que me hizo dejar el asiento de la biblioteca donde me encontraba sentada taciturna para llegar a las mazmorras, totalmente airada y descolocada, furibunda y enfrentar cara a cara a Snape y su arrogante ego.

- Harry es sólo un chiquillo- dije algo más furiosa con él, por tomarse las cosas tan a pecho y pagarlas con un ser indefenso y dejarlo a merced del mago más oscuro que ha existido- está en edad de hacer travesuras, es un adolescente no era necesario lo que has hecho. Y menos ahora, que Dumbledore se ha ido a Merlín sabe dónde y no puede protegerle.

- ¡Qué maternal, Boissieu!- dijo con sarcasmo. Yo me enfurecí por aquello.- Cualquiera diría que usted misma has empollado ese huevo. Sin embargo, me veo en la penosa obligación de recordarle que usted es una chiquilla entrometida, al igual que el Señor Potter. No me parece apropiado dejar grandes decisiones en manos tan pequeñas, Boissieu.

Y esa era, la gota que de desliza por el borde exterior del vaso. ¿Cómo se atreve? ¿Cómo se atreve a disminuirme de esa manera? Yo soy un ser sobrenatural, infinitamente más poderoso que cualquier mago ordinario, más poderosa que Severus Snape.

La temperatura de mi cuerpo subió hasta la cúspide, me encontraba tan rabiosa que toda mi piel se tornó roja y mis ojos amarillos eran casi negros debido a la turbulenta guerra que se desató en ellos. Incluso el aire que expelía por la nariz se encontraba a una temperatura desmedida. Snape me había hecho enojar. Enojar de verdad.

Entrecerré los ojos y Snape retrocedió un par de pasos empujado por una fuerza invisible, las luces de las velas que flotaban suavemente en el despacho parpadearon dudosas, entre extinguirse o proseguir ardiendo. Severus se preocupó por aquello, no tenía miedo pero su mirada se volvió más precavida y sin pensarlo demasiado sacó su varita. No me apuntó con ella pero la sostuvo firme entre sus dedos listo para cualquier cosa.

- No soy una chiquilla, Severus- dije despacio acercándome a él. Las luces seguían parpadeando descontroladas- jamás volveré a serlo, no importa que esto pase de nuevo.- Snape me miró inquisidor pero no respondí la pregunta que hacían sus ojos cautelosos.- Estoy aquí para proteger a Harry, porque he hecho una promesa y no pretendo romperla, sin importar lo que pase.

Repentinamente, el silencio se apoderó del lugar. El crepitar de las velas sonaba lejano, ajeno a todo. El fuego menguó y la penumbra se apoderó de la habitación. Severus seguía sosteniendo su varita firmemente pero en su rostro ya no existía la expresión furibunda de antes, estaba preocupado por algo, se debatía internamente entre un dilema y la máscara que siempre portaba. Presentía que diría algo importante. Sus emociones concordaban perfectamente con el atisbo de duda que reflejaba su rostro cetrino bajo esas cortinas negras.

- También lo he jurado, Boissieu.- dijo cuidadosamente, con sus ojos negrísimos clavados en los míos que hasta ese momento se encontraban casi del mismo color que los de él, producto de la furia. Una rabia que se disipó inmediatamente después de que él pronunciara aquellas palabras. Percibió como mis ojos se tornaban cada vez más amarillos y mi color volvía a ser pálido e insípido. Guardó la varita.

- ¿A quién?- le pregunté impulsivamente al pasar un rato en silencio.- No creo que le hagas promesas fervientes a Dumbledore. – Estaba jugando con él, quería enfurecerlo de nuevo, por alguna razón el matiz sombrío de su mirada no me gustó en lo absoluto. Quería verlo rabiar.

No dijo nada. Su cuerpo estaba tenso, con los hombros rígidos y el debate que mantenía antes se intensificó dentro de él. También estaba nervioso. ¿Severus Snape está nervioso?

Comencé a alterarme, la respiración se tornó dificultosa. Repentinamente, me encontraba nerviosa por la respuesta a aquella pregunta. Severus cambió su expresión con rapidez y se acercó a mí en dos zancadas. Me cogió de ambos brazos y volvió a acorralarme entre la puerta del despacho, terriblemente fría, y su cuerpo, terriblemente atractivo.

Me miró con el ceño fruncido sin mediar palabra. Quería decirme algo, revelar algo importante. Por alguna razón se frenaba. Respiraba con dificultad producto de la lucha que mantenía consigo mismo. Deseaba responder mi pregunta y acabar de una vez por todas con esta discusión pero no podía, algo le retenía.

Los segundos pasaban, no podía percibir si con rapidez o lentitud. A cada momento, me encontraba cada vez más consciente de que Severus me tomaba firmemente de los brazos y que seguramente comenzaba a notar el calor sobrenatural de mi cuerpo, se apartaría cuando le ardieran las manos. Yo, era plenamente consciente de su cercanía y su olor a humo y hierbas. Tragué en seco y abrí la boca para poder respirar, sentía que me faltaba el aire. Una corriente volvió a recorrerme entera, desde mi sexo hasta el vello de la nuca.

Severus notó aquello y su mirada se fue a mis labios. Otra corriente nadó entre mis tripas, seguida de una fuerte sacudida. Sin premeditarlo, mis ojos también volaron a sus labios y los vi delgados, firmes, fruncidos y tentadores. Demasiado tentadores.

¡Por Merlín! Aléjate, Sérène, Aléjate de él.

Pero no podía, me encontraba atrapada y perdida entre él y la cordura, entre la lucidez y el incesante cosquilleo de mi sexo.

No seas una débil colegiada, Sérène. Maldita sea, aléjate.

- Sé lo que intentas hacer, Sérène. – pronunció sensualmente bajo su respiración. El hechizo en el que encontraba se rompió de inmediato, como al pinchar una pompa de jabón.

Le miré a los ojos con el ceño fruncido y las mejillas arreboladas. El pudor se hacía paso entre el desenfreno de mis hormonas, pero mi dignidad no le dejaba ir más allá. No le permitiría verme avergonzada.

- Estás tratando de seducirme.- pronunció después de unos segundos, lo dijo con una convicción que no llegó a la expresión de su rostro ni al brillo de sus ojos, ahora opacos.

Yo me enfurecí. Tremendamente. ¿Cómo se atrevía a acusarme de semejante disparate? Yo no había ido a Hogwarts a meterme a los hombres al bolsillo, ni siquiera había ido a enamorarme de él. Severus Snape era una piedra en el zapato que no hacía más que importunarme. Abrí los ojos rabiosa y en un impulso desenfrenado. Le cogí del brazo enterrándole las uñas y le acerqué más a mí. Retándolo.

Me la pagarás, Severus.

- No lo hago, Severus. – ronroneé amenazadora.- Tú buscas ser seducido, cada noche en lo alto de la torre de astronomía, cuando me contemplas desnuda desde tu escondite tras el muro que da a las escaleras.

Severus hace una mueca de horror, o de asombro. No puedo estar segura, no teniéndolo tan cerca y amenazándolo de esa forma, como toda una leona durante la cacería. Hay algo ridículamente sensual en todo esto, o soy yo quien mal interpreta la situación. De cualquier manera, no puedo evitar sentirme irresistiblemente extasiada mientras esté cerca de él.

Sérène, aléjate, es tu última advertencia. Aléjate de él. No estás aquí para eso. Piensa en Harry.

- La última cosa que deseo hacer es seducirte, Severus- continúo relajando el agarre que tengo en su brazo, sintiéndome una mentirosa. - No está en mis propósitos.- concluyo apartando la mirada.

Suelto sus brazos, deshaciendo el agarre y me siento vacía, como si acabara de perder algo valioso de las manos

Piensa en Harry.

Snape no me suelta. Sus manos son suaves con mis brazos pero firmes. Totalmente decidas a no dejarme marchar a pesar de que deben estar escociéndole las palmas de las manos y las yemas de los dedos. La valentía de hace unos momentos, incluso la furia se fueron al trasto. Ahora sólo quería huir y refugiarme donde no pudiera sentir el embriagador perfume del cuerpo de Snape y su viril presencia, su sensual acorralada entre la puerta y él.

- Estás tramando algo, Boissieu- dice ignorando el pequeño episodio que compartimos hace segundos. Lo hace adrede y en cierta manera, le agradezco. – No confío en tus intenciones.

Me encontré aliviada de que ignorara por completo todo aquello. Me permitía mantener a raya el desastre hormonal de este cuerpo juvenil tan propenso a caer en tentaciones carnales.

- Claro que tramo algo, Severus- le digo sin mirarlo a la cara con la mirada clavada en su pecho.- ¿Por qué otra razón vendría una chica a Hogwarts pidiendo entrar a un curso cuyo nivel es demasiado bajo para el que ella posee, y haciendo lo que está en su mano para entrar a la Orden del Fénix? ¿Por qué protejo a Harry Potter aun cuando su seguridad no me incumbe? ¿Por qué te desafío cuando debería estar tranquilamente sentada bajo un árbol frutal en la Selva Sudamericana? ¿Por qué quiero matar a Voldemort con la varita que nunca has visto? – no veo su rostro pero sé que frunce el ceño, sé que se ha hecho todas esas interrogantes, desde mi llegada a Hogwarts.- Por supuesto que tramo algo, Severus.

Finalmente, respiro hondo recopilando valor donde solo hay hormonas y calor. Subo la mirada hasta sus ojos y la sostengo allí, evaluando la capa de indiferencia que ha colocado sobre sus facciones cetrinas, ecuánimes.

- No lo diré, no a ti. Lo sabes muy bien.

Severus mantiene su vista fija en mis ojos turbios, revueltos. Tras unos instantes de intensa expectación suelta su agarre y finalmente soy libre sus garras torturadoras. Su expresión no cambia mientras retroceden unos pasos.

- Lo descubriré, eventualmente.- Lo dijo con tono tan sereno y seguro.

Claro que lo descubrirá él es Severus Snape, el que todo lo intriga, todo lo deduce, todo lo sabe.

- Lo sé- dije- solo espero que para ese momento, ya sea demasiado tarde.

Bajó sus manos a su espalda a la vez que formulaba una pregunta en sus ojos profundos, sin luz. Esperando una explicación.

En ese momento, me acobardé. ¿Yo, Sérène Boissieu siendo cobarde? Sí. Quería huir, no darle la oportunidad de descubrir en ese mismo instante lo que tanto me ha costado esconder.

Sin mediar más palabras, di media vuelta con paso torpe y noté que tenía las piernas débiles, incontrolablemente temblorosas. Halé del pestillo de la puerta y salí disparada a la tranquilidad liberadora del pasillo lúgubre de las mazmorras, dejando a un desconcertado Severus Snape atrás.


Hola de nuevo, mis amores.

Aquí el capítulo extra-large que les prometí. A partir de ahora me concentraré en escribir capítulos largos para su disfrute :)

Espero que les emocione y les revuelva las entrañas como me ha pasado a mí cuando escribía. Me he divertido muchísimo.

Gracias a todos por sus reviews, son un gran incentivo para continuar escribiendo. Me recuerdan que tengo un compromiso ineludible con ustedes y debo cumplir ;)

Nos leemos en el próximo capítulo. Los adoro

Un millón de abrazos ;* ;*