XVII Acorralada

La luz era tenue, provenía de las antorchas que guindaban de las paredes amuralladas del fondo. El halo de luz arropaba ligeramente la piedra expuesta del muro y un poco más allá, donde se extendían los límites de su poder no había más que espacio vacío. Un Haz de luz platinado se colaba por diversos agujeros, dispersos a lo largo del tejado, escudriñando el pequeño espacio y llegando victorioso al empedrado gélido y gris. No existía ninguna otra fuente que iluminara la estancia, amplia e impersonal, tan vacía de nada y tan llena de gemidos. Puros y salvajes.

En el centro de la erótica cacofonía, dos cuerpos sudaban al ritmo de una danza frenética, hambrienta, urgente, desesperada por un liberación que se daba largas. Ambas criaturas, pálidas como el más puro Iceberg, se retorcían sobre una capa negra, extendida sobre el suelo a modo de lecho, amplia como las alas de un murciélago. Sobre ella, el desembocado desenfreno de la sensualidad se elevaba sobre la pobre luminosidad del espacio vacío y regresaba en forma de eróticas ondas a través del eco que chocaba contra las paredes amuralladas. La temperatura se precipitaba a través de sus pieles en forma de gotas ardientes, que se deslizaban con apremio y morían al estrellarse inexorablemente sobre la capa negra y el enlosado frío como un témpano de hielo.

El final era inevitable.

El inicio del fin comenzó y el ritmo de la danza se volvió desesperado, desenfrenado. El baile se tornó violento y los gemidos se alzaron feroces por sobre el haz de luz y el halo de las antorchas sostenidas sobre los muros. Manos grandes, gruesas y cálidas sostenían con fuerza los muslos suntuosos de la joven y las uñas largas y filosas se enterraban en la carne de la ancha espalda del moreno. El fin no tenía retorno para el momento en que no lograron abrir los ojos y tras el bullicioso estallido surgido en sus sexos y expelidos por sus bocas el silencio se apoderó de la estancia. Paulatinamente, las antorchas perdieron su brillo y el haz de luz se apagó totalmente.

Abrí los ojos y los bastos terrenos de Hogwarts se apoderaron de mi visión. La luz del sol se asomó sobre el horizonte hace unos minutos y bañó el paisaje casi de inmediato. No pude observar el maravilloso espectáculo del amanecer como cada madrugada que pasaba en lo alto de la torre de astronomía. Esta mañana mis ojos y mi mente se empaparon con el sueño que me mantuvo en vela durante toda la noche. Cuerpos sudorosos, luces tenues, gemidos ahogados, capas extendidas sobre el suelo.

Tragué en seco.

La temperatura de mi cuerpo se mantuvo en la cúspide de mi tolerancia mientras permanecí en vela. El imborrable recuerdo de aquel sueño que no desaparecía me atacaba en cuanto bajaba la guardia y, una vez que la película comenzaba a rodar era imposible detenerla. Las mejillas arreboladas y la oscura turbulencia de mis ojos amarillos permanecieron perennes desde que desperté. Sucumbía a la necesidad de mi cuerpo por llegar al desbordante final impregnado de pasión desenfrenada. Una pasión que solo podía existir dentro de aquella ilusoria visión sin sentido. Una que jamás se llevaría a cabo.

La discusión desarrollada en el despacho de Snape desencadenó aquel sueño, impregnado de erotismo y pasión desenfrenada. Desde la noche de aquel día, despertaba exaltada, con el camisón totalmente empapado en sudor y con el inconfundible dolor en la garganta tras haber gritado en sueños - o gemido - .

Me llevé la mano con la palma abierta hasta la frente y me sostuve con fuerza del barandal de la torre de astronomía con la otra. La frente estaba caliente, por sobre los cuarenta grados. Suspiré y con el suave resoplido expelí una parte del peso que llevaba dentro, una carga que portaba sobre la espalda cuesta arriba. Debía detener a toda costa los sueños que invadían mi mente cuando bajaba las defensas. Más que extasiada me encontraba en estado de pánico, temor. Jamás, en ninguna de mis vidas, había experimentado la intensidad del deseo como lo he hecho durante estas noches de locura irremediable. Sólo con soñarle.

Hasta he tenido que reforzar el encantamiento silenciador, y colocar otros hechizos de protección.

Te has desquiciado, Sérène. No puedes permitirlo.

Levanté la vista hacia los terrenos de Hogwarts. Observé el linde del bosque prohibido, durante el día su follaje lucía menos escalofriante y la copa de sus árboles un poco más vivas que durante la noche. Pensé en el cofre de plata con el sonajero, el pergamino y la pluma. Pensé en Esteban.

Cómo necesito escribirle. Debo hallar la manera.

Un crujido se alzó repentinamente sobre el silencio de las primeras horas de la mañana. Volteé instintivamente hacia la izquierda con las manos en alto, alerta. Un pequeño roedor corrió entre una pared y otra, escondiéndose en las hendijas de los muros, recorriendo la torre desde su interior. Bajé la guardia entonces. Desde aquel día de discusiones, la presencia del alma revuelta y atormentada que me hacía compañía no volvió a pasar por aquí. Su presencia no se sentía tras el muro que daba a las escaleras.

El alivio ante aquello me invadió, pero solo duró unos segundos. Necesitaba sentirme liberada de la inquisidora mirada oscura, sin embargo, no era esa la sensación que me invadía en aquel momento.

Extrañamente, preocupantemente me sentía desamparada, vacía, nostálgica.

Preocupante, preocupante.

¿Por qué permites qué te afecte, Sérène?

El fuego de las antorchas que guindaba del muro del pasillo ahora se encontraban extintos, el humo gris se crispaba sobre ellas dejando ver que su luz brillaba hasta hace unos pocos minutos. Ahora, el corredor era iluminado por los fuertes rayos del sol que se colaban a través de las escasas ventanas. Los cuadros apenas se desperezaban y otros aún dormitaban recostados del marco. Me dirigía a paso lento hasta el despacho de MacGonagall, consciente de que a estas horas se encontraría disfrutando de los suculentos manjares en el Gran Comedor, junto al resto del profesorado y los ruidosos párvulos, el aleteo de las lechuzas con cartas y ejemplares del profeta, el sonido metálico de los cubiertos chocando unos contra otros y las conversaciones que se desarrollan en la mesa. Esta mañana no me apetecía probar bocado, tenía el estómago cerrado producto de los nervios que mantenían mis sentidos a flor de piel.

Producto del sueño que martirizó mi conciencia durante toda la noche.

Sacudí mi cabeza y empujé atrás el recuerdo de aquel acontecimiento, no deseaba rodar la película de nuevo. Ya no tenía fuerzas para eso.

La orientación vocacional para los alumnos de quinto curso tomaba lugar hoy, durante todo el día, y mi cita estaba pautada con las primeras luces de la mañana. Saltaba a la vista, sólo para los pocos conocedores, que yo jamás desarrollaría una carrera mágica en Inglaterra, mis propósitos aquí eran otros y una vez que Voldemort haya sido borrado de la faz de la tierra, mi venganza satisfecha con la sangre que reclama, regresaría a Sudamérica junto a Esteban, donde realmente pertenezco.

De cualquier manera, ante los ojos de los profesores de Hogwarts yo era una estudiante más. Retraída y solitaria, con calificaciones excelentes y un sinfín de posibilidades a la palma de la mano. Así que necesitaba una trama y un guión que seguir. Un historia que satisfaga a todos y los mantenga con el velo sobre los ojos. Al menos a la mayoría de ellos.

McGonagall apareció en el fondo del pasillo veinte minutos después, vestía una pesada túnica negra nada moderna, el sombrero a juego y unas gafas que se deslizaban por su nariz al compás de su andar. El repiqueteo de sus zapatos era fuerte y constante, no perdía el ritmo y sonaba severo, como su carácter. Arrugó el ceño en cuanto me vio, recostada del muro esperando pacientemente a su llegada. No dijo una palabra hasta llegar a mi altura y quedar frente a mí.

- No la hemos visto durante el desayuno Srta. Boissieu- dijo a modo de reprimenda- y aún es un poco temprano para su entrevista.

- Lo lamento, profesora- respondí alicaída, pretendiendo inocencia- me encuentro indispuesta, incluso para probar bocado. Pero, he decidido venir a la orientación vocacional cuanto antes y luego descansar en mi habitación.

McGonagall abrió la puerta del despacho con un ligero movimiento de varita e inmediatamente un olor a galletas recién horneadas salió entre la hendija creciente. Se detuvo para examinarme.

- Si se encuentra mal de salud debe ir inmediatamente a la enfermería, Srta. Boissieu. La entrevista puede esperar un par de horas. Su voz fue recia al decirlo, una mezcla en proporciones exactas de preocupación y disciplina.

- Sólo me encuentro algo indispuesta, profesora McGonagall. – insistí un poco, solo quería terminar con ello antes de esconderme en el aula abandonada del séptimo piso.- estoy segura que podré realizar la orientación vocacional, luego me pasaré por la enfermería.

- Seremos breves, entonces- respondió después de unos minutos en los cuales me examinó por sobre sus anteojos. Seguimos al despacho y sin preámbulo alguno, sentadas frente a frente, McGonagall comenzó con el interrogatorio. Respondió mis preguntas y quince minutos después salí de su despacho directo al séptimo piso con dos folletos en mano, uno de San Mungo y otro del Ministerio de Magia, que perderían su valor en cuanto conociera las asignaturas que Harry cursará el año siguiente.

La enfermería podía esperar. Justo ahora, mis entrañas rogaban por plasmar en pergamino la terrible agonía que vivía entre las paredes de Hogwarts.

Caminé despacio entre los pasillos que comenzaban a llenarse de pequeños y jóvenes magos dispuestos a entrar a su primera hora de clase, totalmente ajenos a la realidad. Iba a paso lento y la ansiedad rogaba por apresurar el paso. Cuando encontré una armadura, en mitad del pasillo del segundo piso, me escondía tras ella y sin premeditarlo siquiera desaparecí con un ¡PLOP! aparecí en el séptimo piso, frente al aula polvorienta donde toqué por primera vez a Snape, deslizando mis dedos entre el hueco de su mano y sujetándome firmemente a su agarre. El pensamiento me hizo estremecer, así que lo deseché de inmediato. Al cruzar el umbral, me encontré con la estancia en las mismas condiciones en las cuales le habíamos dejado la última vez, con las mesas pegadas al muro del fondo. Una renovada capa de polvo, grueso y espeso cubrió las huellas de Dumbledore. Arrastré una silla al centro del aula, saqué de mi túnica una pluma y un trozo pequeño de pergamino un poco arrugado, y proseguí a escribir en él.

Lamento la espera. Las cosas se han tornado algo oscuras por aquí. Inglaterra no es segura, así que quédate donde estás. Aún no hay avances pero presiento que todo cambiará en cualquier momento así que NO TE MUEVAS. No sé cuándo pueda volver a escribir, por ahora es lo que puedo hacer. Te mando todo mi amor desde aquí. Saluda a Elbe de mi parte.

Te ama, S.

Doblé el pergamino en cuanto terminé y guardé la pluma entre los pliegues de mi túnica. Retrocedí un par de pasos y conjuré le hechizo que convirtió la silla en un traslador. Brilló unos segundos y luego volvió a su habitual tono marrón oscuro. No contaba con mucho tiempo, esta jugada debía ser rápida y en cuanto regresara destruir toda la evidencia. Tras tomar aire conté hasta tres y toqué la silla en cuanto estuve lista, totalmente determinada y el pergamino seguro en el agarre fuerte de mi mano pálida. Sentí el familiar tirón del ombligo, alrededor el escenario comenzó a dar vueltas, confundiéndose en un sinfín de colores y matices que se mezclaban desordenadamente entre sí. Cuando todo acabó, me encontré con el amplio salón a oscuras, con los libros, revistas, fotografías y hojas de pergamino en la pared del fondo, el fuego de la chimenea se había extinguido y el sillón borgoña permanecía erguido en su lugar de siempre. Me acerqué a él y dejé el trozo de pergamino sobre los cojines.

Miré el sillón por unos instantes, totalmente consciente que no podía satisfacer mi deseo de quedarme y hundirme entre los cojines y el afelpado respaldo a la vez que sostenía entre mis manos un grueso libro de magia antiguo. Recordé con nostalgia la última vez que descansé entre el relleno de aquel viejo sillón, ajena a las preocupaciones, y me sorprendí al darme cuenta que hacía años que no lo hacía. Resoplé resignada al deseo de mi espalda por liberar todo el peso de esta vida. Estiré la mano derecha hacia la mesa de madera de una sola pata y cogí una taza de té vacía, conjuré de nuevo el hechizo y sin pensarlo demasiado, completamente vencida y cerrando los ojos me dejé llevar por el tirón en mi ombligo.

Abrí los ojos en cuanto el silencio del aula vacía del séptimo piso envolvió todo alrededor, nada podía oírse en la habitación. La calma reinaba en el aula abandonaba del séptimo piso, donde la turbulencia del mundo real parecía no tener cabida y no surtir efecto, envolviéndome en una calma momentánea, etérea y poco real. Repentinamente, unas manos fuertes se ciernen alrededor de mi brazo, tirando de él con brutalidad y antes de poder reaccionar me encuentro de espaldas al frío muro y de frente a una sombra negra que se abalanza hasta mi cubriendo por completo mi visión del salón. No le había visto la cara, aún me encontraba aturdida por el fuerte tirón de hace unos segundos, pero reconocía la silueta de mi atacante, sus manos viriles y el suave aroma a humo y hierbas.

De inmediato se disparó mi pulso. Mi corazón palpitaba a miles de revoluciones por minuto y como si de un fuego ardiente se tratase, la temperatura de mi cuerpo se disparó in crescendo, arrebolando mis pálidas mejillas.

No le permitas hacerte esto, Sérène.

- ¿Por qué siempre me acorralas cómo si fuera tu presa?- exclamé ofuscada. Retorciéndome entre el fuerte agarre de sus manos.

- Porque lo eres, Boissieu- respondió acercándose más. Susurrando mi apellido entre sus dientes, un ronroneo sensual que me erizó los vellos de los brazos y envió una delicioso cosquilleo desde mi sexo hasta la coronilla. Levanté la cabeza y me encontré con sus ojos negros, profundos, amenazadores. Me examinaban regocijados, revolcándose en una satisfacción morbosa que no lograba comprender. Sus labios formaban una sonrisa socarrona. Su expresión era amenazante.

Se ve tan atractivo de esa manera. Tan apetecible.

- Esta vez te he atrapado en el acto.- continuó gozoso. Abrí los ojos comprendiendo la situación, supe entonces que no tenía escapatoria alguna. Severus Snape me había atrapado justo cuando regresaba del viaje en traslador.- Vienes de verle.- dijo. Y a pesar de la sonrisa burlona de su rostro se encontraba enojado, no era necesario tantear sus emociones para saberlo.

Como un relámpago el recuerdo del interrogatorio de Severus en el Bosque Prohibido atravesó mi consciente. Abrí los ojos completamente, sin poder ocultar la culpabilidad. Entre los viriles brazos de Severus y el olor de los fragmentos del sueño que me ha dejado en vela durante toda la noche, no podía erguir mi dura máscara de fortaleza. Decidí que no debía importarme lo que Severus pensara o lo que quisiera, simplemente no le daría explicaciones que no le debía.

- Ya te lo he dicho, Severus. Al igual que el asunto de la varita… No diré nada. – concluí después de una pausa en la cual no pude articular un pensamiento con mayor coherencia. Sin embargo, no aparté la mirada de sus ojos negros, que se estrecharon ligeramente ante mi respuesta. Ahora lucían más profundos y peligrosos que antes. Tremendamente peligrosos.

- Lo sé, Boissieu- susurró a la vez que tomaba fuertemente mi mentón y me obligaba a mantener la mirada en sus ojos. No pude evitar sentir un divino placer ante su toque, su piel ligeramente más fría que la ardiente piel de mi cuerpo.- Lo sé.

A continuación, su movimiento me tomó por sorpresa. Con rapidez un fuerte pinchazo en los ojos me distrajo del ardor de mi piel en contacto con la suya y sin poder defenderme de él, Severus Snape penetró en mi mente, derribando las barreras que meticulosa y con orgullo había erguido tanto tiempo atrás. Paseó sin vergüenza alguna por los rincones, desechando aquello que no satisfacía su curiosidad morbosa. No fue necesario escudriñar demasiado lejos ni demasiado profundo porque solo un recuerdo, un pensamiento había permanecido perenne, flotando descaradamente por toda la extensión infinita de mi consciente, como Peeves en los corredores del castillo, burlón e indomable.

Cuerpos carentes de vestimenta retorciéndose en el gozo del deseo, envueltos en la precipitación de su pasión, enarbolados con la tenue luminosidad de las antorchas guindadas en las paredes, gimiendo sobre una capa negra arrugada debido al desenfrenado movimiento de la sensual danza. Manos aferrándose desesperadamente en los suntuosos muslos de una joven de cabellos naranja y unas uñas filosas lacerando la carne de una fornida espalda pálida. Exclamaciones de amor elevándose sobre el silencio y una fuerte sacudida que culminaba en la exhausta sonrisa de ambos cómplices, satisfechos de pasión. Totalmente desfallecidos y llenos el uno del otro.

Severus retrocedió al instante.

Fui consciente de la realidad una vez más. Sus dedos apenas firmes sosteniendo mí mentón y su palma enrollada en mi antebrazo, como una serpiente sujetando a su presa. No se movió ni un centímetro, no frunció el ceño, ni sus ojos parpadearon, ni su boca de arrugó en ese gesto despectivo tan característico de él. Sin embargo, su rostro cetrino palideció todavía más y de su boca expelía un pesado aliento de asombro. Por primera vez, Severus Snape se había quedado sin habla, completamente paralizado por la visión de aquellas imágenes eróticas y funestas. Para él.

- Es sólo un sueño- me apresuré a susurrar antes de que pudiera sacar alguna conclusión errada. Severus pareció reaccionar ante esto, pestañeó un par de veces y aparentó recobrar la compostura. Pero yo sabía que sentía. Al tantear sus emociones descubro que más que alterado o asqueado, Snape se encuentra nervioso, tremendamente nervioso y emocionado.

El corazón se me dispara de nuevo y el ardor de mi cuerpo comienza a quemar desde dentro, el dorado turbulento de mis ojos pasa a ser una extraña confusión entre amarillo y negro como las manchas solares y no soporto más sostenerle la mirada ecuánime que mantiene en su rostro enmascarado con indiferencia. Alejo la mirada pero él me retiene, apretando los dedos alrededor de mi mentón acercándose peligrosamente a mi rostro ceniciento.

- ¿Estás segura?- pregunta alicaído, como si no desease que aquella afirmación fuera cierta.

No respondí

¿Me encontraba realmente segura de que aquellas sensuales imágenes eran sólo un sueño?

No lo sé. Quizás sí, quizás no.

No podía hallar mi voz en medio del ardor de mi cuerpo y del reclamo de mi sexo que no encontraba alivio alguno al terrible tormento de su cercanía. Comencé a temblar sin control, a tomar y soltar bocanadas de aire caliente de entre mis labios abiertos. Tenerle así, extremadamente furioso, repentinamente emocionado, acorralándome, encendía en mí el fuego del fénix. Un fuego que consume lentamente hasta convertir la carne en cenizas. Ardía de deseos por quemarme en Severus.

Un cambio brusco en las emociones de Snape puso mis sentidos en alerta. Ya no se encontraba alterado y confundido, ni emocionado. La fluctuación de sus emociones divagaba entre los diferentes niveles e intensidades del deseo. Puro y carnal. Abrí los ojos ante eso, estaba segura que ahora su color era un negro azabache, dejando ver a simple vista mi condición sobrenatural. Severus, posó su mirada profunda en mis labios entreabiertos, totalmente amables, dispuestos y deseosos. No pude evitar mirar también sus labios, finos y severos y atrayentes, enigmáticamente atrayentes. Severus se inclinó un poco más, con el ceño ligeramente fruncido sin apartar la mirada de mi boca expectante, mojó sus labios y yo no pude contener más la espera. Levanté mi mentón buscando la comunión con sus labios, aún sujeto con sus dedos fuertes y viriles.

Él reaccionó, en ese momento sacudió su cabeza ligeramente y se alejó a zancadas de mí, completamente horrorizado de aquella escena. Sostuvo su mirada torturada sobre mi rostro lleno de asombro. Miró mis labios, luego mis ojos y de nuevo mis labios. Yo temblaba con cada movimiento de sus pupilas. El aire en el aula se tornó denso y cortante, incluso las partículas de polvo que flotaban en el aire se volvieron pesadas y caían con mayor rapidez sobre el suelo. Severus no soportó mirarme más y con un sentimiento de enojo y confusión me dio la espalda. Dio un par de zancadas larga y apresuradas, tensas. Queriendo huir de la terrible escena que había tenido lugar hace unos segundos atrás y que dejó mi cuerpo encendido y mi sexo en carne viva. Se detuvo en el umbral de la puerta. Mi corazón dejó de palpitar por un segundo y reanudó su marcha frenética en cuanto comprendí que no se daría la vuelta para mirarme.

- No volverás a verle, Sérène- dijo por lo bajo. Si la adrenalina no hubiera agudizado mis sentidos, estoy segura que no le habría escuchado. – Yo mismo me encargaré de ello.

Dicho eso Severus abandonó el aula. Su capa ondeó ante el fuerte movimiento de su cuerpo rígido y tras un fuerte portazo que resonó hasta el más recóndito espacio de mi consciente, todo alrededor quedó sumido en silencio. Sin mirar atrás la figura temblorosa de un Fénix encendido en llamas.


Hola mis amores. ¿Cómo han pasado las festividades navideñas? Quería traerles este capítulo antes de que finalizara el año, para que se despidan del 2013 con buen gusto. jajajaja

Quiero saber cuáles son sus teorías acerca de las cartas. ¿Alguna idea? ¿Quién será el destinatario? ¿Por qué envía esas cartas? ¡¿Qué carajo le pasa a Severus con Sérène?! Jajajajajajaja.

Espero que les haya gustado el capítulo, me he emocionado de muchas maneras diferentes mientras lo escribía, era casi vivir el momento y sobre todo, ansío que puedan sentir lo mismo que he sentido yo al escribirlo. Que aquellas emociones hayan quedado plasmadas en las palabras.

Por último, deseo que sus vidas en este año venidero se colmen de muchísimas bendiciones, aventuras, amor, amistad incondicional y sobre todo que se desborden de letras, porque leer y escribir es una pasión que nunca debe morir.

También deseo continuar con ustedes este 2014 y que vivamos juntos esta aventura en FanFiction. Y por supuesto, todas las que vendrán.

Felices fiestas y próspero año nuevo.

Un millón de abrazos ;* ;* ;*