XIX Humillación deseada

Tenía los ojos cerrados, de eso no había duda alguna. A pesar de la nula visibilidad, no me importaba mantener los párpados arropando mis ojos, porque algo más captaba mi atención. Una sensación, una gloriosa y penetrante sensación de éxtasis. A través de mi piel, un húmedo camino se abría paso entre el inexplorado valle de mi cuerpo juvenil. Descendía delicadamente por cada curva y escalaba con apremio y decisión las fuertes pendientes que las contorsiones de mi espalda formaban al arquearse de gusto. El camino continuaba extendiéndose, dibujando un trazo desigual que no llegaba a ningún lugar en particular, no poseía una ruta predecible, pero se encontraba decidido a abarcar todos los espacios vacíos, donde su humedad no había llegado aún. Poco a poco, lentamente, unas suaves manos calientes se deslizaban firmemente por mis piernas. Desde el talón, recorriendo sin pudor alguno toda su extensión, hasta las caderas. Gemí.

Todo se detuvo.

Esperé, pero la gloria que desembocó aquellas sensaciones enloquecedoras no volvía. Así que abrí los ojos. Con parsimonia, sin querer perder los vestigios de las caricias dejé que la luz entrara por el iris amarillo. Me sobresalté al encontrarme cara a cara con el causante del éxtasis embriagador de hace unos momentos.

Frente a mí, al acecho, un par de ojos negros y profundos como un túnel me devolvían una mirada desbordada de lujuria y fuego.

No estaba segura si había gritado o simplemente me desperté desahogando mis temores en un ataque de tos irremediable. Me senté en la cama a la vez que corría el pesado dosel escarlata. Eché un vistazo rápido alrededor de la habitación. Todas dormían, algunas envueltas como un capullo entre las sábanas y otras con las cortinas cerradas. La habitación se encontraba en silencio. La luz del alba apenas asomaba su brillo por la ventana de la torre, iluminaba toda la estancia, bañando con su luz los doseles, las camas, los baúles al pie de estas, la alfombra dorada y las paredes de piedra inamovibles con los siglos. La temperatura había subido apenas un par de grados en la habitación, sin embargo, yo me sofocaba.

Bajé de la cama en cuanto el ataque de tos menguó, totalmente orgullosa de la eficacia de mis hechizos silenciadores, sin producir ruido coloqué mis pies desnudos sobre el frío adoquinado. Me dio un escalofrío que erizó los vellos de mi brazo. Corrí el pesado dosel, no quería que repararan mi ausencia. Levanté del suelo la capa negra, sin distintivo y me la enfundé en los brazos, alcé la capucha sobre mi cabeza cubriendo los llamativos rizos naranja. Protegida por la nula visibilidad que proporcionaban los gruesos doseles de la cama, desaparecí haciendo apenas ruido, con un ¡PLOP! imperceptible. Aparecí en el pasillo abandonado del séptimo piso, donde nadie deambula a la hora del alba, ni siquiera los fantasmas del castillo asoman su transparente existencia entre las paredes amuralladas de las aulas.

Caminé sin rumbo fijo a lo largo y ancho de la extensión del pasillo, sintiendo las grietas milenarias del helado suelo de piedra. El frío punzante despertaba mi cerebro, pero no me ayudaba a despejar los vestigios de aquel sueño recurrente.

Los profundos ojos negros de aquel sueño me perseguían constantemente durante la noche, e incluso durante el día. Cuando mi mente divagaba brevemente entre una cosa y otra, esas perlas negras inundadas de lujuria hallaban la manera de colarse en mi consciente y atormentarme durante horas. Jamás pensé que este absurdo sentimiento de bizarra empatía hacia Snape, se convirtiera en una desbordante sensación de necesidad. Una necesidad creciente que hace palpitar mi vientre y comienza a impacientarme.

Estaba enamorada de Snape, el antipático, arrogante, estoico, prepotente y entrometido Severus Snape. Censurar aquel hecho me daba una seguridad ilusoria que me mantenía enfocada en mis propósitos. Llegué a pensar en ese sentimiento como una complicación y nada más. Ahora, los sueños recurrentes donde él y yo somos los protagonistas de escenas subidas de todo comienzan a ponerme de los nervios. Enloqueciendo mis sentidos y obstruyendo mis propósitos. Su voz me distrae, su caminar me hipnotiza, el recuerdo de las sesiones en el aula abandonada del séptimo piso, nuestros encuentros furtivos en el Bosque Prohibido, las veces que he tenido sus labios abiertos, dispuestos. Todo aquello era una fastidiosa piedra en el zapato. Una muy grande.

Estoy enamorada de Severus, pero, ¿Lo amo? ¿Le amo tanto como para permitir que tenga tal poder sobre mí?

No

La respuesta era no. Había venido a Hogwarts a cumplir mi promesa a Lily Evans y a llevar a cabo la venganza que tanto clama mi alma sobrenatural. Una venganza entorpecida, entre otras cosas, por la falta de información de la Orden del Fénix. Dumbledore no estaba, al marcharse, dejó tras de sí un sinfín de asuntos pendientes. Me ha dejado a mí fuera de todo. Sin embargo, me encontraba plenamente segura que alguien poseía conocimientos del paradero de Dumbledore. La única persona a la que deseaba evitar.

Severus.

Me detuve a la mitad del pasillo, frente al aula abandonada donde se llevaban a cabo las sesiones con Snape, aquellas que provocaban en mí una revolución efervescente, debilitaban mi raciocinio y alborotaba los poros de mi piel. Ni un alma transitaba, hasta el viento se olvidó de refrescar el ambiente y renovar el aire de la estancia.

Miré fijamente la pesada puerta de madera, sintiendo de pronto una inexplicable sensación de aturdimiento y descontento. Me encontraba semi-perdida entre una interrogante molesta y una respuesta esquiva.

¿Por qué todos los caminos deben llevarme hasta él?

No importaba el motivo, la razón o la situación. Cada vez que una encrucijada bifurcaba el camino, él era la respuesta. Él, solamente él se erguía en mitad de la bifurcación y no daba paso a un lado para permitirme continuar. Como si ir de su mano fuera el único camino a seguir.

¡Por Merlín, ¿Por qué?!

Cuando finalmente me di cuenta que los ojos de Snape era más que un par de globos color oscuridad, y que su presencia repercutía en mis sentidos de una forma enloquecedora y molesta, jamás pensé que aquello me afectaría hasta el punto de perderme en esas sensaciones, o que mi cuerpo despertara del letargo auto inducido solo con soñarle. Que, al mirarlo, el calor en mi vientre hiciera palpitar descontroladamente el resto de mi cuerpo y que la fiesta de hormonas incitara a mi sexo a embriagarse en él.

Amor no era lo que esperaba encontrar en Hogwarts, amor no es lo que espero obtener aquí. No después de la tragedia de mi vida anterior. No después de todo.

Llevé la mano derecha hasta la frente, comprobando lo que ya sabía., la temperatura había aumentado hasta el linde de lo normal, debía tener las mejillas fuertemente arreboladas, los labios color carmín y ¿Por qué no?, los ojos manchados de pintas negras. Un sobrenatural sufriendo por un simple mortal.

Repentinamente sentí la presencia de alguien más, los vellos de la nuca se erizaron y de inmediato supe que estaba siendo observada. Giré lentamente a la derecha, bajando la mano hacia mi costado. Cogí aire lentamente tratando de regular los latidos de mi corazón.

¿Por qué el destino se empeña en hacerme esto?

Severus se encontraba de pie, recto, frente a mí. Con el ceño fruncido y la mirada dura, los brazos cruzados a la altura de su pecho, la estoica posición por excelencia. Llevaba la capa negra.

¿Cómo lo hace? ¿Cómo me encuentra?

Casi hago la pregunta en voz alta. Pero me contuve, conocedora de que aquella no tendría un respuesta. Al menos no una satisfactoria.

Snape se encontraba molesto, podía verlo debajo de la expresión severa de su rostro que portaba como una máscara incambiable. Dio un paso rígido hasta mí y yo retrocedí.

Se detuvo y mantuvo la expresión serena. Pero aun así pude notar que me analizaba. Sus ojos paseaban por mi rostro con detenimiento, sin perder ningún detalle.

Fue un movimiento involuntario. Me sentía acechada, terriblemente vulnerable por culpa de los vestigios del sueño de esta mañana. Era la presa que él tanto ansiaba atrapar.

Tú se lo permites, Sérène

Debía mantener la postura firme delante de él. No permitir que viera lo mucho que me enloquecía su presencia.

- Justo pensaba en ti- dije aparentando tranquilidad, uno que en realidad no tenía- necesito hablar contigo, Severus.

El aludido frunció el ceño y parecía sopesar mis palabras con mucho cuidado, como si ellas no fueran de fiar.

- Creo que he llegado en el momento propicio, entonces. – dijo lentamente, pronunciando cada palabra remarcando un significado de trasfondo. – Boissieu- culminó en susurro sensual.

¿Acaso lo hace adrede?

Lo capté al instante. Severus pensaba que estaba a punto a atraparme con las manos en la masa. Tratando se huir en un traslador para verme con Esteban. No podía seguir pensando en que cometería la misma estupidez de nuevo. Sin embargo, no era el momento para discutir con él. Existían asuntos más importantes.

Aclaré mi garganta, tratando de despojarme del temblor de mi voz y el terrible nerviosismo que luchaba por ocultar tras unas facciones tranquilas.

- Hace meses que no sé nada de Dumbledore- dije sin preámbulos- la espera me pone de los nervios, Severus. Sin embargo… a ti se te ve muy sereno.

Le miré con los ojos estrechos y el ceño fruncido. Snape no inmutó su semblante en ningún momento. Con tranquilidad se dispuso a hablar.

- Debo decirle, Srta Boissieu, que a pesar de lo que parece- dijo con calma-no sé dónde se encuentra el Profesor Dumbledore. Culminó negando ligeramente con la cabeza.

- Ya temía yo que no quisieras contarme nada, Snape- solté con arrogancia.- pero si no deseas contarme dónde se encuentra Dumbledore, al menos no mientas. Pensé que eras más… honesto.

Snape hizo un mohín de disgusto, arrugando la comisura de sus labios con desagrado. Dio un paso hacia mí y sus zapatos crearon un sonido seco al tocar el adoquinado. Esta vez no retrocedí. Dispuesta a no acobardarme como la última vez.

- ¿Cree que mentiría solo para librarme de usted?- preguntó alzando la ceja.

No, Snape no era así

- ¿Francamente? No, no lo creo. Estoy segura que diría la verdad y que jugaría diestramente con las palabras para humillarme, cosa que es de su disfrute. – Snape sonrió socarrón- Es lo que me preocupa, que no ha aprovechado el momento para herirme.

Se detuvo frente a mí con la calma de siempre. Arrugó la frente un poco, analizando lo que decía.

- Usted es su sombra, Snape.- agregué un minuto después- Conforman una entidad ¿recuerda? Sé que lo sabes.

Snape pareció pensarlo detenidamente durante un tiempo largo, ninguno de los dos se apresuró a decir una palabra. Esperaba expectante una respuesta mientras estudiaba sus facciones que no pretendían develar nada.

- Dumbledore se ha comunicado conmigo, eventualmente- dijo muy lentamente sopesando las palabras, midiendo el tono de su respuesta.- pero no me ha revelado su ubicación.

Eventualmente, el rostro de Snape no develaba indicios de que mintiera, al tantear sus emociones descubrí que, por alguna extraña razón, él se sentía ligeramente gozoso después de haber soltado aquello. Repentinamente, sus emociones cambiaron y el gozo y la ligereza que Snape experimentaba se transformaron en un manojo de rabia y sospecha. Frunció el ceño hasta que sus cejas se juntaron y sus labios formaron una rígida línea recta.

El sol de la mañana se había colado por la cornisa de las ventanas, el adoquinado ya no estaba frío y las paredes se destiñeron, cambiando el gris plomo oscuro y húmedo por una tonalidad más suave parecida a la plata. La candidez agradable del sol mañanero se mezcló con el aire matutino que comenzó a ventilar el corredor, renovando el aire de la noche. La luz del sol nos alcanzó, bañándonos completamente con su resplandor y realzando el mohín furioso que adoptó Severus en menos de unos segundos.

Snape paseaba sus ojos por mi rostro enmascarado con cautela, mantuve los ojos estrechos y la determinación en ellos. A pesar de que por dentro me encontraba confundida.

- Mejillas sonrosadas, labios carmín…ojos turbios- susurró despacio, como saboreando la evidencia.- vienes de verle- concluyó aumentando los decibeles de su voz.

No dije nada, atontada por el brusco giro de había dado la conversación. Por un momento me sorprendió el hecho de que llegara a esa conclusión, pero luego pude ver que sus pesquisas no eran tan descabelladas. Después de todo, ya lo había hecho con anterioridad.

- ¿Qué te hace pensarlo, Severus?- pregunté con cautela.

Pareció pensar un poco la respuesta, entrecerró los ojos y luego habló con una determinación firme.

- Es el mismo semblante cada vez que vienes de verle- espetó a medida que avanzaba abriéndose paso entre la luz solar, acercándose aún más- tus ojos brillan como los de una colegiala estúpida.

Por un momento me sentí intimidada, no por las palabras de Snape, sino por el sensual caminar pausado y la mirada acechante con la cual se acercaba a mi altura. Su capa ondeaba suavemente ante el estímulo de la brisa matinal, acentuando la mística sensualidad de su andar. Se me disparó el corazón, alcanzando un desbocado ritmo frenético.

- Soy una colegiala, Severus- repliqué- pero no estúpida. De cualquier manera estás equivocado.

Frunció el ceño frente a mí. Se agazapó sobre mi menuda y temblorosa figura mirándome como una serpiente a punto de estilar su veneno. Por un momento pensé que intentaría penetrar en mi mente, como la última vez que tuvimos un encuentro, pero no lo hizo. Se quedó allí, rabioso y a la sospecha, analizando los rasgos alterados y nerviosos de mi rostro carmesí. Lo tenía tan cerca, percibía su olor a humo y hierbas y ese garbo estoico, feroz, sensual de él me produjo una corriente fría a lo largo del espinazo. Mantuve la vista fija en sus ojos, sin importar lo nerviosos y revueltos que pudiesen estar no cedería al fuerte impulso de ver sus labios, delgados, firmes y apetecibles. Severus no se movió de su posición, se concentraba en sus pensamientos, pero no de la manera perdida en que lo hizo aquella vez sentado en la mesa de profesores, sino de una manera distinta. Luchando internamente contra algo invisible.

Miré sus ojos negros y aunque ellos parecían gritar un millón de cosas, yo no podía descifrar que era.

De repente, un impulso descontrolado se apoderó de mí, no supe exactamente que era, pero tras temblar a causa de un escalofrío las palabras salieron de mi boca apresurada y sin control. Sin darme oportunidad alguna de frenarlas.

- Tuve otro sueño- susurré rápidamente entre dientes. Y de inmediato me arrepentí de haberlo hecho. Me mordí el labio inferior fuertemente como si aquel acto pudiera recoger de vuelta las palabras que había soltado con fervor. Snape, comprendió el mensaje de inmediato. Abrió los ojos y se alejó lentamente, volviendo a su posición erguida, los hombros los tenía tensos y un rubor extraño le dio vida a su rostro cetrino.

Se quedó en silencio e inmediatamente cambió su expresión, volviendo a la máscara regia. Sin embargo, el rubor que se apoderó de sus mejillas no desapareció y un extraño brillo se asomó traicionero a través de las pupilas azabaches. Convirtió sus ojos en perlas refulgentes. El aire se volvió denso, pesado como la bruma en mitad del bosque y una nube impidió a los rayos del sol bañar el corredor, sumiéndolo en una momentánea atmósfera gris. De pronto, cambió la expresión de su rostro, tornándose socarrona, burlesca y un deje despiadado se apoderó de su postura.

Sin previo aviso, jaló de mi brazo derecho y sin delicadeza estampó mi figura contra la pared de piedra. Se abalanzó sobre mí como un ave de rapiña y con los ágiles movimientos de un cazador me mantuvo presa en el espacio confinado que formaba el muro de piedra sólida y su aromático cuerpo viril.

Me arrinconaba a su antojo cada vez que le placía la gana. Jugaba conmigo como si de una muñeca de trapo se tratase. La rabia reverberó dentro de mí. Al mirarlo con la furia destilando por cada poro de mi piel, y los ojos revueltos como el cauce de un río crecido me di cuenta que aquello que se avecinaba dejaría una marca terriblemente profunda en mí.

Severus acopló su cuerpo entero sobre mi cuerpo, su figura se amoldó a cada curva de mis formas e hizo que mi vientre palpitara frenético, sin control. Me sujetó las manos por sobre mi cabeza provocando que me lastimara los nudillos con la fría piedra. La temperatura de mi cuerpo flameó. Acto seguido, estampó su boca con la mía, con furia desmedida sus labios se juntaron la fogosa y carnosa piel de mi boca provocando un delicioso ardor que subió desde mi sexo hasta los vellos de la nuca, que se erizaron como respuesta. Con desenfreno se abrió paso a través de mis labios y sin premura adentró su lengua en la cavidad de mi boca, recorrió con feroz afán cada centímetro a la vez que nuestros cuerpos comenzaban a danzar, contorsionándose, e incitándose. Lo sentía en todas partes, incluso en aquellas que había olvidado poseer y que ahora despertaba en medio de convulsiones gracias a la sobredosis de placer.

Sabía que aquello no debía estar sucediendo, sin embargo, no hallaba la forma de conectar la mente con el cuerpo y obligarle a detener la terriblemente erótica situación.

¡Sácate esta piedra del zapato ya mismo, Sérène¡ – pensé en un momento mínimo de lucidez. Pero Severus mordió mi labio con tanta fuerza que estaba segura que sangraba, provocó una corriente fría que me distrajo por completo.

Las contorciones de su cuerpo me incitaban a dejarme llevar por el ritmo sensual que marcaba con tanta fiereza. Sus magníficas formas viriles dejaban huella en mi piel, traspasando el fino camisón de dormir que llevaba bajo la capa negra. Jamás pensé que el deseo de este cuerpo juvenil aflorara tan fervientemente tras tocar los codiciados labios finos de Severus. Aquellos que tanta veces estuvieron dispuestos para mí y que nunca me atreví a reclamar. Sentía la temperatura de mi cuerpo subir grado a grado, a la vez se descontrolaba mi respiración y sobre todo, sentía el creciente deseo de Severus en su entrepierna. Severus volvió a morderme y yo sólo gemí en respuesta.

Como un resorte, Severus se apartó por completo de mí colocando zancadas de distancia entre nosotros, llegando a la pared opuesta del pasillo.

Abrí los ojos completamente perdida. Estaba segura que serían negros azabache como los de él y que debía estar roja como los botones de rosas a estas alturas. Con cada fibra de mi ser despierta y revuelta, ardiendo. Jadeaba en busca de aire, el aire que Severus me había quitado.

Él, apoyado en la pared de piedra, con un brillo cándido adornando su rostro antes cetrino luchaba por controlar su respiración, jadeando como si acabara de culminar una carrera. Me observó a los ojos por un momento, y, alzó la comisura de su boca, apeteciblemente rosada, y formó una sonrisa burlona llena de victoria.

Una punzada de advertencia se abrió camino entre el mar de hormonas que se había desatado en mi cuerpo. Snape se recogió las mangas de su levita sin cambiar ese gesto socarrón de su rostro.

Fruncí el ceño aún sin poder controlar mi respiración.

- Espero que se haya servido bien, Srta. Boissieu- dijo pasándose el pulgar por los labios- Ahora, podrá tener los sueños sin remordimientos. Ya que serán provocados como respuesta a este momento. Siéntase libre de culpa.

Abrí los ojos completamente y un dolor agudo se instaló en mi pecho.

Maldita estúpida. Maldita idiota.

Snape amplió más su sonrisa y caminó a paso firme y seguro a través de la extensión del pasillo del séptimo piso, directo a las escaleras movedizas. Con su capa ondeando al ritmo burlesco que marcaba su andar victorioso. Dejándome sin habla y sin respiración. Hundida, por tercera vez, en el océano de idiotez en el cual había nadado.

Severus Snape me había humillado, usándome deliberadamente para su disfrute. Dejándome furiosa en mitad del pasillo pero, sobre todo, con el famélico deseo reverberando efervescente dentro de mí. Deseando, entre otras cosas menos agradables, perderme en él.


Hola, de nuevo. Aquí estoy con un nuevo capítulo de la historia. No tienen idea de lo mucho que me he divertido escribiendo este capítulo. Dios, fueron tantas emociones juntas.

Es complicado capturar la personalidad de un personaje como Severus Snape con solo palabras, pero espero que lo haya hecho bien. Ustedes dirán como lo he hecho.

Quiero agradecer encarecidamente a Aquellos Tiempos, HarukaJKGG, Ana Von Slyth, y Keyhlan por sus reviews. Es grato leer lo mucho que les ha gustado la historia, no existe premio que valga más para un escritor que ese.

A los visitantes que pasan por aquí a leer, un saludo especial. También espero que a ustedes les guste mucho.

Un millón de abrazos, nos leemos en el siguiente capítulo. ;* ;*

PD: Keyhlan, espero que esta sea la liberación para Snape que me pedías. jajajajajajajaja.

Aquí el link de mi facebook, para quien desee saludar. También pensé que si alguien desea pedir consejos sobre redacción, ortografía, estructura, narrativa o alguna otra cosa relacionada a la Escritura, no duden en escribir que con gusto les ayudaré.
;)

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