XX Revancha

En toda la estancia solo podía oírse el inconfundible sonido de la osca punta de la pluma rasguñando el grueso papel de pergamino. Algunas veces, una que otra pluma se sumergía en un tintero con rapidez, provocando un burbujeo y luego gotas cayendo sobre las mesas individuales de los alumnos de quinto curso que ocupaban el Gran Comedor en esos momentos. Los temidos TIMOS tenían a todos los pequeñuelos de los nervios. Mantenían sus narices a centímetros del papel, concentrados en responder las preguntas del examen, otros se rascaban la nuca y fruncían el ceño, totalmente perdidos entre las interrogantes. El Gran Comedor olía a pergamino nuevo y a tinta, a nervios y cansancio.

Sin embargo, no podía compenetrarme con el ambiente ansioso que se respiraba en la estancia. No podía concentrarme en responder la estúpida pregunta sobre el hechizo de levitación por culpa de cierto mortífago con unos labios extremadamente tentadores y una maldita manera de humillarme tan erótica.

El ofuscado, desenfrenado y ardiente beso de esta mañana en el pasillo del séptimo piso no le permitía a mi cerebro arrancar de una vez por todas y funcionar coherentemente como es debido. Pretendía no dejarme correr el asunto del beso y concentrarme en lo realmente importante, como Harry haciendo gala de su genio, porque escribía frenéticamente sobre el pergamino, sin despegar la vista de este. Casi tan rápido como Hermione, que no daba tregua a su mano ni a la pluma que sostenía; O, en responder la estúpida pregunta del examen: diga el encantamiento y describa el movimiento de la varita necesario para hacer volar los objetos.

Wingardium Leviosa, Wingardium Leviosa. Sérène, escríbelo.

Mire rápidamente la punta de la pluma y noté que la tinta en ella estaba seca, hecha una costra gruesa sobre el lado afilado de esta. Llevé la pluma al tintero y la mojé con la tinta negra, produciendo el mismo sonido burbujeante que creaban el resto de los párvulos, la sacudí en la orilla del frasco haciendo tintinear el vidrio. Un par de gotas cayeron sobre la mesa, muy cerca del pergamino, extendiéndose perezosamente sobre la madera oscura y con parsimonia plasmé, letra por letra, el nombre del encantamiento.

El recuerdo de las caderas de Snape empujando mi vientre contra la pared de ladrillo me azotó con brusquedad.

Resoplé con fuerza a la vez que cerraba los ojos, sacudí la cabeza para alejar las imágenes que arremetían contra mi buen juicio. Carlina, que se sentaba a mi lado a un par de palmos de distancia, dejó su pergamino por un momento y me miró con la curiosidad bailando en sus ojos. Le hice un rápido movimiento de cabeza, dándole a entender que todo se encontraba en orden. Extendió el escrutinio por unos segundos hasta que decidió volver su atención donde debía. En el examen.

Miré el pergamino de nuevo leyendo la segunda pregunta sin comprender nada. Las palabras saltaban del papel y llegaban a mis ojos que las recibían pero no las registraban. Concéntrate. Mojé de nuevo la pluma en la tinta, golpeteé el borde del tintero con la pluma produciendo el tintineo del vidrio, manché la vieja mesa nuevamente y respondí la pregunta siguiente. No pretendía dejarme ganar por el recuerdo de un segundo alocado y humillante en el séptimo piso. Existían situaciones que ameritaban mi atención inmediata. Debía permanecer fría y distante, enfocada, sumergida en mis metas y la promesa que había hecho aquel invierno en Godric´s Hollow. Necesitaba pasar el examen si quería permanecer en el mismo curso que Harry, así que manteniendo el ritmo: mojando, golpeteando, tintineando y manchando continué sin prisa pero sin pausa, hasta culminar aquel suplicio enloquecedor.

Las cosas fueron bien por la mañana, logré terminar el ridículo examen a tiempo a pesar de los tormentosos recuerdos que se colaban descaradamente en mi consciente. Al salir del Gran Comedor solo podía pensar en lo idiota que había sido al dejarme llevar por Snape y su enloquecedora fragancia, la estoica mirada de sus ojos negros y el febril movimiento de su cuerpo contra el mío. Me sentía débil ante aquello, era un ser sobrenatural en busca de sangre y venganza. ¡Por Merlín! Jamás pensé toparme con un desquiciado exmortífago con tendencias sutilmente crueles.

Me la pagaras Snape, me la pagarás.

Durante el almuerzo evité entrar al Gran Comedor con el resto de los imberbes de Hogwarts. No pretendía ver a Snape sonriendo malévolamente desde la mesa de los profesores, a través de los candelabros, los cubiertos de oro, el pavo y el chirriante sonido de los metales chocando contra la porcelana, recordándome lo predispuesta que estoy a caer en sus terribles garras de dragón. Así que vagué sin rumbo fijo de un pasillo a otro, traqueteando mis zapatos sobre el adoquinado frío y sucio, observando a los personajes de los cuadros moverse perezosamente de un paisaje a otro, conversando entre ellos. A pesar de no poseer un rumbo fijo, evité llegar al séptimo piso que parecía ser el punto exacto de encuentro para el desastre. La hora del almuerzo pasaba enloquecedoramente lenta y dejé a mi estómago rugir descontroladamente hasta la hora del examen práctico de Encantamientos.

Llegada la hora, anduve sobre mis pasos y me detuve frente al aula donde se llevaría a cabo el examen. Un grupo de pequeños se encontraba allí, agitando sus manos y rascándose las cabezas esperando nerviosamente que la prueba diera inicio. Harry, Ron y Hermione llegaron un par de minutos después. Se encontraban nerviosos e inquietos, no conversaban mucho entre sí pero la armonía que formaba ese trío cuando se encontraban juntos era indudable. Incluso en silencio podía notarse que su vínculo iba más allá de las palabras. Cuando se movieron de lugar llegando a mi altura me alejé un poco al final del pasillo. No quería mantener contacto directo con Harry o alguno de sus amigos, protegerle no implicaba asfixiarle o mantenerme sobre él como un guardián celoso y sobreprotector. Prefería la comodidad y la perspectiva de la distancia, donde al observarle podría captar mejor el entorno en el cual se desenvolvía el pequeño de ojos verdes y cabellos alborotados.

Pronto, el profesor Flitwick salió del aula, caminando pacientemente y llamó a los primeros alumnos para presentar la prueba. Yo me encontraba entre ellos así que me dirigí al interior del aula sin prisa, manteniendo el paso pausado a pesar del terrible malestar que me producía presentar aquella prueba. En Sudamérica, jamás tuve que ser evaluada por nadie. Todos daban por hecho que no lo necesitaba, incluso yo. Durante mi estancia en Londres, junto a Melquiades, nunca debí probar nada a nadie. Mi poder era absoluto y mi dominio sobre él era total. Pretender que aquello no me incomodaba era una causa perdida.

Todo sea por Harry, Sérène.

Pasé frente a Harry en ese instante, quien me miró a los ojos por una fracción de segundo, con una mueca llena de curiosidad en su rostro juvenil. No pude evitar ver los bellos ojos amables de Lily reflejados en los suyos y la fuerza de las facciones de James en la forma de su rostro. Fue imposible no sonreírle con calidez antes de darme cuenta que aquello no era apropiado del todo. Le di la espalda rápidamente, antes de que el contacto se prolongara y Harry registrara en su memoria mis facciones y mi expresión, mi cabello naranja y mis ojos amarillos como el sol. Entré al aula deprisa, sin mirar atrás dejándole algo confundido a mis espaldas.

Dentro del aula, extrañamente llena de luz que entraba de lleno a través de los enormes ventanales de cristal, se encontraba el profesor Tofty, un hombrecillo viejo y calvo. Sentado frente a una pequeña mesa, quién se encargaría de evaluar el desempeño de los alumnos de quinto curso y una mesa larga a la derecha, repleta con una serie de objetos variados: Velas, candelabros, jaulas doradas, utensilios de cocina, libros de anotaciones enormes, plumas, una altísima pila de platos rotos o agrietados, sombreros de bruja e incluso relojes de arena. El profesor Tofty se acercó a la mesa, que brillaba debido a la cantidad de objetos metálicos que se encontraban sobre ella y cogió entre sus manos un pequeño candelabro de bronce, algo golpeado y sucio. Lo colocó frente a su escritorio y sonrió cálidamente en mi dirección.

Por un momento se me aceleró el corazón y mis ojos debieron cambiar del dorado al turbio escalofriante de las tormentas solares porque la sonrisa del profesor Tofty vaciló un instante, la comisura de sus labios bailaron de arriba a abajo, hasta que decidió mantenerla arriba, dibujando una sonrisa nerviosa. Se sentó frente a su escritorio y se acomodó en su silla, con movimientos torpes. Tanteé sus emociones, consciente de que no podía bajar la guardia ahora. El hombrecillo se sentía algo desconcertado.

- Bien, señorita… Boissieu- dijo luego de mirar el pergamino que tenía sobre su escritorio- Veo que tiene unas notas excelentes. Todas superan las expectativas.- hizo una pausa para mirarme por debajo de sus gafas cuadradas. Asentí- Y, dice el expediente que sabe usted canalizar la magia a través de sus manos, por lo que no ha usado la varita durante el curso.

Hubo una pausa incómoda donde nadie se atrevía a hablar. Maldita varita. Seguía al tanto de sus emociones y noté que la curiosidad de aquel individuo crecía conforme pasaban los minutos. No le veía como un ente peligroso, pero debía de ir con cuidado en esto.

- Si, profesor. – afirmé a la vez que le miraba a los ojos con expresión amable e inocente- He aprendido a hacer magia sin utilizar la varita.

- ¡Impresionante!- exclamó sinceramente sorprendido.- Me encantaría una demostración de sus habilidades señorita Boissieu. Sin embargo, es indispensable que utilice su varita para presentar la prueba.

Instintivamente, me llevé la mano a la pluma que guindaba de mi oreja derecha y que jamás me quitaba de encima. La temperatura corporal subió un par de grados y fruncí el ceño. Debía tener las mejillas arreboladas y los ojos salpicados de pintitas negras. Relájate, Sérène. Solté la pluma.

- Profesor, lamento informarle que eso no será posible.- el aludido estrechó sus ojos pequeños y ahora lucían como dos rendijas estrechas. – Mi varita sufrió un terrible accidente hace unos años atrás que la ha dejado desecha. Algo que me gustaría, permaneciera en el pasado- agregué antes de darle oportunidad de hacerme preguntas que no podría responder- He allí el motivo por el cual me vi forzada a canalizar la magia a través de mis manos.

El pequeño hombrecillo me miró a través de sus gafas, sabiendo que le mentía. Sin embargo, no aparté mi mirada, amplia, turbia pero inocente de sus ojos estrechos. Permaneció en silencio a la sospecha, hasta que decidió proceder con la prueba.

- Bien, señorita Boissieu.- dijo algo irritado. – podría hacer levitar este pequeño candelabro para mí.

Sonreí amablemente, dispuesta a mantener la fachada por unos minutos más. Posé la mirada sobre el candelabro y pronuncié el encantamiento.

- Wingardium Leviosa- dije lo suficientemente alto para asegurarme que él pudiese escuchar. Debía decir el encantamiento en voz alta, no quería darle motivos para interrogarme sobre mis habilidades mágicas y mi capacidad de realizar hechizos sin mover los labios. No pretendía que mi existencia se propagara más allá de las paredes amuralladas de Hogwarts.

El candelabro de bronce vaciló un momento antes de elevarse de la mesa, levitando precariamente a escasos centímetros del escritorio, al ritmo que mis manos pautaban. No daría espectáculos para la prueba, solo hice levitar el candelabro temblorosamente por escasos momentos, los suficientes para que el profesor decidiera evaluarme como se le diera la gana y dejara correr el asunto de la varita. Tampoco deseaba, bajo ningún motivo, que supiese que tan poderosa era. No pueden saber tu condición sobrenatural. Dejé descansar el candelabro erguido sobre el escritorio. Y bajé la mano, dejándola caer de cualquier manera a mi costado.

Regresé la vista al profesor que miraba el candelabro de una manera enigmática, totalmente concentrado en sus pensamientos.

- Bien- habló sin apartar la vista del objeto sobre su escritorio.- Lo has hecho excelente.

- Gracias- me apresuré a decir con una sonrisa falsa pintada en mi cara arrebolada. El profesor no decía nada. Se quedó observando el candelabro un momento más.

Decidí que debía retirarme antes de que el hombrecillo recobrara el sentido y posara sus ojos y su atención en mí e hiciera preguntas que me llevaría a hacer de esta farsa una inmensa bola de nieve que crecerá sin control. Así que sin hacer mayor ruido que el de mis zapatos golpeando el adoquinado. Salí lo más rápido que pude de la estancia, sintiendo los ojos del resto de los ocupantes del aula taladrándome la espalda.

Las lechuzas ululaban frenéticas desde sus puestos en la lechucería. Batían sus alas delirantes y otras pocas volaban en círculos sobre mí, que me encontraba sentada en el último escalón del tramo de escaleras que asomaba su extensión al área de las lechuzas. Tenía una pluma y un trozo pequeño de pergamino que había sacado del bolsillo de mi túnica de Gryffindor. El ulular se volvía cada vez más fuerte, incluso mayor que el rumor del viento que entraba y salía de la torre. Las pequeñas bestias se encontraban ansiosas por realizar un viaje, tener la vasta extensión del cielo y kilómetros para volar, pero yo no podía plasmar una sola palabra en el pergamino.

La tentación de escribirle unas líneas me arrastró sin premura hasta la lechucería, que estaba vacía, ya que todos los chiquillos se encontraban sentados oyendo sus clases, o presentando las pruebas de quinto y séptimo curso. Sin embargo, sería una locura enviar aquella carta no escrita con una lechuza, ridículamente fácil de interceptar. Así que, me quedé allí con la pluma y el pergamino en mi regazo, gritándome que los utilizara y mi consciencia batallando para que no lo hiciera.

Hasta que un pensamiento cruzó veloz por mi cabeza.

El expediente.

Había algo tremendamente enigmático en aquello, algo que había pasado por alto en el momento y que ahora surgía como una idea superflua que resonaba en mi cabeza cada vez con mayor estruendo.

El profesor Tofty, tenía en sus manos un expediente en el cual estaba plasmado el hecho irrefutable de mi falta de varita, y de la actividad innegable del uso de mi magia sin ella. Pero, ¿Dónde ha estado ese expediente todo este tiempo? Con Umbridge, la suprema santa inquisidora y directora- prontamente destituida - de Hogwarts, indagando en la vida y el árbol genealógico de todos los estudiantes de la escuela de magia y hechicería ¿Cómo no había dado con el expediente de Sérène Boissieu? La extraña criatura de cabellos naranjas, ojos manchados y una extraordinaria habilidad de control sobre su magia.

¿Dónde ha estado el condenado expediente todo este tiempo? ¿De dónde lo ha sacado Tofty? ¿Por qué Umbridge no me ha jodido la vida aún?

El sonido de unas suelas golpeteando fuertemente los escalones me sacaron de la ensoñación.

Me levanté rápidamente del escalón, guardando la pluma y el pequeño pedazo de pergamino entre los pliegues de mi túnica. Me erguí y esos fueron los únicos movimientos que pude realizar, justo antes de que un figura oscura surgiera en el dobles de la escalera y se posada frente a mí.

Severus Snape se paró en seco unos cuatro escalones por debajo de mí. Con las cejas tremendamente cerca, los labios fruncidos y los hombros agitándose bajo su cabeza, casi sin aire por el esfuerzo de subir los escalones a toda prisa.

Nos quedamos allí, estáticos, mirándonos. Él con un deje de sospecha y enojo que fue repentinamente bañado por el tostado dorado de los rayos del sol de la tarde, que se colaron por las aberturas de la lechucería y llegaron a las escaleras. Su cabello negro absorbía la luminosidad de los rayos, sin posibilidad de reflejarlos, así que seguía tan azabache como siempre. Y su capa, cubría la levita bajo ella. Ni siquiera su rostro cetrino absorbió el matiz crujiente de la tarde, ni siquiera inmutó la expresión de su rostro.

Tanteé sus emociones y solo comprobé lo que mis ojos veían.

Severus estaba cabreado.

Sensualmente cabreado.

- ¿Tratando de enviar una lechuza, Boissieu?- acusó a la vez que subía un escalón, articulando los vocablos bajo su respiración.

Aquella visión de Severus desencajado por la rabia, no hizo más que desenfrenar mi corazón. Se disparó mi pulso produciendo un intenso arrebol en mis mejillas y los ojos comenzaron a perder el color dorado para darle espacio a los cúmulos negros producto de mi condición sobrenatural, la temperatura de mi cuerpo se descontroló y por una fracción de segundo me sentí envuelta en el aura erótica del acontecimiento de esta mañana en el séptimo piso.

Por Merlín, Sérène. Estás alucinando.

Severus dio otro paso, subiendo el siguiente escalón. Situándose más cerca de mí, cerca del torbellino de emociones en el que me estaba perdiendo.

- ¿Cómo lo hace? – pensé en voz alta. Dándome cuenta, terriblemente tarde, que las palabras habían salido de mi boca sin previo aviso.

Snape frunció más el ceño.

- ¿Hacer qué?- interrogó osco, desconcertado.

Me di cuenta que había cometido un error al dejarme llevar por las emociones que él producía en mí, por el recuerdo del tormento de esta mañana. Me obligué a retomar la compostura.

- ¡Encontrarme!- exclamé molesta, no con él, sino conmigo. Molesta por permitirle descontrolarme de esa manera- ¿Cómo haces para dar con mi ubicación cada vez que se te antoja? ¿Me has hechizado, Snape? - Pregunté temiendo que aquella posibilidad fuera cierta.

Snape lo pensó unos minutos, sin moverse de su lugar, dos escalones por debajo de mí.

- Es usted una despistada, Boissieu- dijo sacudiendo la cabeza lentamente sin apartar su mirada de ave de rapiña de mi rostro arrebolado.

Sus palabras hicieron que hirviera mi sangre.

- Lamento decirle Snape, que no tengo tiempo para invertirlo en usted, ni en lo que pasa alrededor. – grité en su cara- Mis ocupaciones no me permiten mantener un ojo sobre sus pasos. Tristemente no poseo el tiempo libre que usted, al parecer, si tiene.

Severus dio una zancada en mi dirección que abarcó el único par de escalones que nos separaban y se llegó a mi posición, con su rostro a mi altura. Desafiándome.

- Por supuesto que carece de tiempo, Boissieu- dijo cambiando su expresión a una mueca burlesca- ¿Cómo podría tenerlo si lo ha invertido en soñar con imposibles?

Mis ojos se abrieron desproporcionadamente. No pude evitar que toda mi piel se tornara roja como la piel de un tomate y que mis irises se volvieran negros como el azabache del cabello de Snape. La furia bramó enloquecida dentro de mí, arremolinándose con la indignación que aquellas palabras produjeron. Apreté los puños con fuerza, clavándome las uñas en las palmas de las manos.

Las cacetas donde las lechuzas reposaban mientras permanecían en Hogwarts temblaron ligeramente y las aves proferían chirridos de angustias al sentir mi magia descontrolarse debido a la furia que trataba de contener, sin mucho éxito. Comenzaron a volar en diferentes direcciones, agitadas por el tosco ambiente y otras salían volando a través de las ventanas, mezclándose con el tostado sol de la tarde. Escapando de mi furia desmedida.

Snape no movió su posición. En su rostro, a escasos centímetros del mío, bailaban la burla y la victoria de haber conseguido lo que deseaba: Sacarme fuera de sí, humillarme.

Humillarme como esta mañana.

Y de pronto, una idea cruzó fugaz por mi cabeza. De la forma en la que solo las ideas brillantemente estúpidas saben hacerlo.

Cambié por completo la expresión de mi rostro. De la furia embravecida a una sonrisa malévola que me fue imposible contener. Las cacetas dejaron de temblar y las lechuzas, poco a poco dejaron de agitarse y ulular descontroladas. Snape arrugó el entrecejo totalmente extrañado, sin moverse de su lugar, sin dejar de desafiarme.

- ¿Eso es lo que crees, Severus?- susurré la pregunta acercándome a él. Quién no desistió de su posición. – ¿Acaso no eres tú el que le da a esos sueños mayor importancia que yo?- Snape respiró profundo, visiblemente incómodo pero permaneció orgulloso frente a mí.- ¿No eres tú el que me recuerda siempre sobre ellos? Y el que me acorrala sin escape. El que me busca desesperadamente por todo el castillo para que no le envíe cartas a un hombre que no eres tú.

El rostro de Severus se estaba colorando, dejando atrás el pálido matiz sin vida. Aún con el ceño fruncido, aparentando tener un temple de piedra. Pero sus emociones le traicionaban. Para un ser como yo, capaz de percibirlas, era ridículamente fácil saber que lo tenía en la palma de mi mano.

- Eres tú el que insiste en mantenerlos presentes, y el que pierde el control cada vez que lo menciono- dije rememorando los sucesos ocurridos en el aula abandonada del séptimo piso, dónde el deseo intenso se había instalado en su cuerpo y su mirada vagaba de mis ojos a mis labios.- ¿No eres tú el que sueña con imposibles?

- Eres una chiquilla insolente, Boissieu- bramó totalmente enfurecido, colorado de la rabia.

- Oh vamos, Severus- susurré sonriendo- ambos sabemos que esto no es un juego de niños.- culminé ampliando mi sonrisa.

Acto seguido, posé mi mano izquierda detrás de su nuca y sin previo a viso, sin darle oportunidad de defenderse, estampé mis labios contra los suyos. Tan salvajemente como pude.

Severus se sorprendió, abrió los ojos desmesuradamente, pero mantuvo sus brazos al costado de su cuerpo a la vez que yo insistía desesperada por producir una respuesta de su parte.

No tenía mucho tiempo para desarrollar sin prisa y sin pausa esta idea fugaz y peligrosa. Cualquiera podía salir de clases y tratar de enviar una carta vía lechuza. Así que hice lo único que quedaba por hacer.

Me estreché contra su cuerpo, de modo que cada curva del mío se amoldara perfectamente a sus contornos viriles, a la vez que mordía su labio inferior con delicadeza. Lentamente, sin apremio. Y él no pudo contenerse más. De un momento a otro, ya no era yo quien controlaba el beso, sino Snape que se apoderó de mis labios y de mi cintura, de la cual se guindó con ambos brazos, estrujándome en su cuerpo como una serpiente enroscada en torno a su presa. El calor comenzaba a huir de nuestros cuerpos en forma de precipitadas gotas saladas, deslizándose a través de nuestras túnicas, que eran traspasadas por el calor creciente de nuestra temperatura. No podía permanecer mucho tiempo más allí, entre sus brazos y atrapada por su boca. Debía desistir antes de que el inminente cosquilleo de mi sexo me hiciera perder el juicio y me entregara por completo al fogoso y apasionado beso de Snape.

Esto no podía continuar.

Me zafé de su boca con brusquedad y me alejé rápidamente de él, a solo centímetros. Dejándolo desconcertado y con el deseo ardiendo en sus ojos negros.

- ¿Lo ves, Snape?- pregunté alzando las cejas con burla- No eres el único que controla a los demás… a su antojo.- dije pasando mi pulgar por la comisura de mis labios, limpiando los vestigios de la pasión de hace unos segundos.

Severus abrió los ojos de la forma en que las personas que se dan cuenta de su grandísima idiotez lo hacen y su rostro se arreboló más de lo que alguna vez pude imaginar. Resopló con fuerza, visiblemente frustrado y enojado. Apretando los puños.

Pasé a su lado sin prisa, bajando los escalones uno a uno, dándole la espalda y sin oportunidad de hacer alguna réplica en mi contra. Dejándole enfurecido hasta el tuétano y con la indignación perenne en su cuerpo.

La revancha se dio más pronto de lo que había imaginado. – pensé victoriosa a medida que avanzaba por los pasillos del castillo, observando como los párvulos abandonaban las aulas de clases y se dirigían a sus casas a repasar para los exámenes finales.


Mis amores, he vuelto. Gracias por esperar tanto por este capítulo.

La tesis me ha consumido lentamente, creo que me volveré loca. :O Deseo más que anda escribir, es mi pasión, mi vida. Pero este mundo cruel me lo impide. ;( Dentro de un par de meses esta pesadilla acabará y estoy segura que podré traerles más capítulos con mayor frecuencia.

Espero que disfruten el capítulo, creo que Sérène se nos está poniendo un poco jfigfnf. Snape definitivamente es una mala influencia jajajaja.

Gracias también por todos sus reviews, son palabras de aliento para mí.

Les mando un millón de abrazos.

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