XXI Cuesta arriba.
¿Quién diría que Severus fuera tan apasionado al besar?
Sentía el cerebro tan apabullado de ironías que me era imposible continuar rasgando el pergamino con la pluma. La semana había pasado rápidamente, como un buscador sobre la escoba en busca de la Snitch. Los días y los exámenes se quedaban en el pasado y la monotonía tensa y densa que se respiraba entre las murallas de Hogwarts no llegaba a tocarme en lo absoluto. Mi mente solo podía llenarse de un acontecimiento atroz y catastrófico que ha permanecido haciendo estragos devastadores a mi cordura.
¿Quién diría que fuera tan estúpida como para besarle? Me reproché durante el examen de astronomía. Miré a través del telescopio y enfoqué con rapidez a venus le miré unos segundos y anoté su posición en la carta que tenía sobre una mesa pequeña frente a mí, sin prestar demasiada atención a lo que hacía. No estás aquí para divertirte jugando al gato y al ratón, Sérène. Piensa en todas las cosas que pudieron salir mal ese día. Me estremezco visiblemente con el pensamiento, pero nadie parece notarlo.
Todos los estudiantes permanecen sumidos en sus telescopios dorados, mirando las estrellas en el firmamento, con el entrecejo fruncido, rascándose la nuca y garabateando sobre la carta la posición de los planetas. Acercándose a ella porque la tenue luz de las lámparas no es suficiente para menguar la oscuridad de la noche en lo alto de la torre de astronomía. Miré a Harry por un momento, su cabello desaliñado y esos ojitos verdes perdidos y desamparados. Recordé entonces que debía mantener la compostura mientras permanezca en Hogwarts.
Debes evitar a Snape, cómo los has estado haciendo hasta ahora.
Debía evitar cruzarme en su camino, evitar su fragancia a humo y hierbas aromáticas, su estoicismo atrapante, la sensualidad de su porte, el fruncimiento de sus labios, la sonrisa socarrona, su expresión dura de temple de acero.
La deliciosa forma de humillarme.
Besarle había sido un error, uno muy grande. Sólo alborotaba y mantenía in crescendo la euforia por probar sus labios delgados y burlones.
Un grito atroz me sacó de mis pensamientos, seguía con los ojos en Harry que elevó su vista de la carta y abandonó la pluma para dirigir su mirada a los bastos terrenos de Hogwarts, de donde profería la cacofonía.
Me acerqué al barandal y miré hacia abajo, donde sombras y luces luchaban, gritos se alzaban por sobre el silencio de la noche llegando hasta lo alto de la torre, donde los pequeñuelos del colegio las recibían horrorizados. Hagrid luchaba con la fuerza de su sangre gigante mientras que Umbridge y su apestoso séquito de lambe botas atizaban hechizos en su contra. Un minuto más tarde McGonagall corría en dirección al lugar de la batalla, vociferando improperios y defendiendo a Hagrid, que parecía no mantener control sobre sus actos. Umbridge estaba cabreada y loca, hasta lo inverosímil y lo demostró en abundancia cuando ella y su séquito derribaron a McGonagall con tres hechizos de lleno en su pecho, dejándole inconsciente sobre la hierba oscura de los terrenos.
Miré a Harry por instinto, sus ojos desorbitados y su boca fruncida por la rabia; Hermione contenía las lágrimas, sin mucho éxito y la expresión horrorizada de Ron no tenía precedentes. Quise interponerme entre ellos, entre Harry y la maldad desmedida de todo lo que se cernía sobre él. Recordé a Lily y a la promesa que le hice. Quería proteger a Harry en ese entonces, y lo deseo ahora. ¿Cómo puedo protegerle de esto? De la terrible visión de la maldad hecha carne.
Abajo, en los terrenos, todo había terminado. McGonagall tendida en el suelo como un harapo viejo y maltrecho sobre la hierba, Hagrid huyendo entre la espesura del bosque prohibido con su perro gigante sobre los hombros y Umbridge, maldita perra, imaginaba su cara de satisfacción y regocijo ante aquello. Sádica.
El profesor Tofty llamó a la atención y sin mucho más que decir indicó el tiempo restante para culminar el examen. Llevé mi atención a Harry de nuevo, su cara de desconcierto y rabia me llegaba al corazón de una manera intensa. Maldita Umbridge. Me pagarás todas las que has hecho.
De repente, tuve un toque de inspiración. Esas ideas brillantes que surgen de manera inesperada como los delfines al romper las barreras del agua y el aire.
Sonreí ampliamente, ganándome caras de incertidumbre a mí alrededor, pero las ignoré. Tomé la carta de la pequeña mesa de madera donde reposaba, apenas había logrado llenar algunos espacios vacíos ubicando un planeta aquí y otros allá. Al diablo el examen. Se la entregué a un muy trastornado profesor Tofty y salí disparada escaleras abajo, haciendo resonar mis pasos en los escalones de piedra.
Solo esperaba, de manera esperanzadora que esta idea no se volviera en mi contra de la forma en la que la última brillante luz de mi pensamiento lo hizo.
Los quejidos de angustia se elevaban sobre el rasgar de las plumas sobre el pergamino más blanco e inmaculado que he visto en ambas vidas. El Gran Comedor se encontraba repleto de mesas y sillas dispuestas a lo largo y ancho de su extensión, llenando el espacio con el montón de párvulos agotados. La luz entraba por los ventanales y el hechizo del techo que reflejaba el cielo claro y despejado del exterior, ambos cegaban los ojos de todos los ocupantes del Gran Salón. El Profesor Tofty volvía a ocupar su puesto de examinador paseando de un lugar a otro entre las mesas dispuestas ordenadamente en filas y columnas. No tenía mayor conocimiento sobre la Historia de la Magia pero a los placenteros pensamientos de tortura para Umbridge impedían que aquello me importara. Tenía un plan en mente que deseaba llevar a cabo lo antes posible, de esa manera sacaría a Umbridge fuera del camino de Harry, al menos por un tiempo. Pero aún faltaba afinar algunos detalles.
Distraigo mi atención a Harry, sentado un par de filas a la derecha y hacia el frente, quien se encuentra totalmente inmerso en el examen, paseando su pluma sobre el pergamino sin detenerse. Le estaba yendo muy bien en los exámenes, incluso en pociones se le vio destacar sobre algunos otros. Sin la mirada repelente de Snape y su presencia intimidante las cosas el día del TIMO de pociones fluyeron como agua en el cauce del río. No fue al único al que aquello le dio un respiro. De repente, un mal presagio me invade, me sacude las entrañas fuertemente produciéndome retorcijones en el estómago. Casi al instante, Harry vocifera un quejido de angustia. Cierra los ojos, como si algo le hiriera físicamente y de inmediato se lo que está pasando.
La conexión de Harry y Voldemort.
La afirmación de aquel pensamiento fue tan poderosa que no cabía duda alguna que mi instinto estaba en lo correcto.
Me levanté de mi asiento, caminé con los ojos fijos en Harry, quien estaba siendo socorrido por el profesor Tofty. No podía apartar la mirada de él ni controlar el profundo miedo que se asentaba pesadamente en la boca de mi estómago. Por alguna razón, aquella escena me erizaba los vellos de la nuca y extendía una corriente helada en el tuétano de mis huesos.
Un mal presagio, Sérène.
- ¿Harry?- susurré sin poder contenerme, deteniendo mi andar a su lado y de cara al profesor Tofty. – ¿Te encuentras bien?- Culminé haciendo un ademán para tocarle la frente, que se encontraba perlada por el sudor pero me detuve a tiempo, recordando que ya me había pasado de la raya.
Sus ojos verdes me miraba confusos a través de las gafas redondas, parpadeando varias veces como tratando de enfoca mejor.
El profesor Tofty permanecía a nuestro lado, parloteando acerca de llevar a Harry a la enfermería pero ninguna de los dos le prestaba atención al gorgoteo de sus palabras distantes. En aquel momento, mis ojos se perdieron en el intenso verde de los ojos de Harry, quien parecía estar bajo el mismo trance. Alrededor, se posó una bruma ligera, transparente que cubría delicadamente el escenario que compartíamos, aislándonos del rasgar del papel, las miradas curiosas y los resoplidos ahogados del exterior. Por un momento, aquella burbuja nos mantuvo conectados. Entrelazados entre el pequeño espacio en el que se expandió la bruma ligera. Se me aceleró el corazón una especie de latido frenético y pesado, diferente a cualquier otro que hubiese sentido antes, en ninguna vida. Como si a mi corazón sobrenatural le costara bombear con éxito una sangre extremadamente viscosa. Me dolía la cabeza y tras unos segundos en los que el resto del aula fuera de la burbuja pareció detenerse sentí una fuerte punzada sobre la frente.
El dolor fue breve pero intenso y bastó con entrecerrar los ojos para perder la ilusión que se había creado. El sonido y el movimiento del aula de clases invadieron de nuevo mis oídos y acentuó el dolor de cabeza.
- … Y ya que usted parece haber terminado su examen, acompañe al Señor Potter hasta la enfermería.- escuché decir al profesor. Le miré con desconcierto, conocedora de que había perdido gran parte de la reprimenda de Tofty. Comprendí de inmediato lo que debía hacer. Así que ordené con la mirada a Harry que se levantara de su asiento.
Harry hizo un mohín de molestia, pero sus ojos desorbitados y el fruncimiento profundo de su ceño confirmaban que el malestar seguía allí. Sin embargo, lucía extremadamente ansioso por salir del Gran Comedor. Me dedicó una mirada confundida y se dirigió a la salida.
Dejé que caminara delante de mí y le seguí sin decir palabra. Me limité a mirar su espalda encorvada, y mantener a distancia el caminar apresurado de sus piernas. Había sido tan estúpida al levantarme y dirigirle la palabra.
Él no te conoce de nada, Sérène. Eres solo la compañera extraña que se sienta al fondo del salón en todas las clases.
Sin embargo, la preocupación que me invadió en aquel instante me hizo levantarme del asiento como un resorte y dirigirme a él sin reparos. Estar consciente de que la conexión de Harry y Voldemort seguía perenne y fuerte después de tanto tiempo me descontroló los nervios.
Snape no debió detener las clases de Oclumancia por aquella tontería.
¡Eso era! Snape, era capaz de averiguar de qué se trataba aquella visión y que cosa terrible traía consigo. Debía saberlo cuanto antes, la pesadez sofocadora del mal presagio no desaparecía y aquello difícilmente podía ser algo que pasar por alto sin más.
Detuvimos nuestros pasos en la enfermería, Harry se dio la vuelta para mirarme aún con los ojos un poco fuera de órbita y con el pestañeo frecuente. No dijo nada, pero supe que deseaba no tenerme allí parada frente a él con una preocupación inexplicable en el rostro. Estaba confundido.
Quise tocarle la frente, comprobar que aquellas gotas de sudor eran solo producto de mi imaginación y que su piel no se encontraba tan caliente y áspera como lucía desde mi altura. Casi lo hago, pero detuve mi mano a mitad de camino la dejé caer al costado del cuerpo. Harry frunció el ceño. Tragué en seco y respiré profundo, recordando que no podía comportarme de esa manera.
Debes cuidarle, pero no eres su madre. Deja que entre a la enfermería y ve por Snape.
- Eh…- dijo el pequeño con esfuerzo- puedo quedarme solo a partir de aquí. Gracias.-agregó al término de unos segundos, un poco dubitativo.
No dije nada, pero sabía que debía irme. No era útil si me quedaba a su lado velando por él. Serás de mejor ayuda si buscas una solución aparte. Él no debe saber que eres miembro de la orden.
- Harry- susurré endureciendo mi semblante, recobrando la compostura.- Que te mejores.
Di media vuelta y anduve lo más rápido que pude lejos de la enfermería, lejos de su presencia. Si me quedaba más tiempo querría acompañarle durante su chequeo y su recuperación. Un deseo que no podía satisfacer a mis anchas.
Se supone que debes ser invisible para él, Sérène
Doblé la esquina y eché a trotar, alejándome tan rápido como podía sin levantar sospechas de nada. En un momento como este, donde las cosas se ponían tensas y peligrosas habría acudido con Dumbledore, pero él no se encontraba aquí. Así que debía optar por dejar de lado las diferencias y las batallas de ego para ayudar a Harry.
Todo sea por su bien.
Baje rápidamente a las mazmorras, cuyos pasillos fríos y sus muros opacos conformaban un ambiente inhóspito y tétrico. Aceleré el paso a través de la penumbra y me detuve de golpe frente a una puerta negra, pesada y que por alguna razón parecía burlarse de mí. Entonces reparé en algo que conscientemente o no, pasaba por alto.
Maldito Snape, tengo que hablarte.
Permanecí plantada frente a la puerta negra del despacho de Snape, sintiendo el aire helado de las mazmorras silbando débilmente al colarse entre las ranuras de la piedra recorriendo sin esfuerzo los pasillos. Evitaba deliberadamente a Snape desde que llevé a cabo la última brillante idea en la lechucería. No sentía vergüenza alguna de lo que hice en ese momento para obtener la merecida revancha. Sin embargo, dentro, muy dentro de mí una vocecilla parloteaba sin cesar que debía permanecer alejada antes de que algunos de mis arrebatos llevaran las cosas por un camino sin retorno del cual me arrepentiría de seguir. Sabía que Severus me evitaba también, herí su ego al conocerlo débil y completamente entregado ante el beso desesperado que le di. Su dignidad había sido herida y eso para él significaba el veto permanente.
Continué de pie mientras duraba el debate. Hacerlo por Harry o darme la vuelta e ignorarle. Dejar pasar todo por alto y arreglar las cosas por cuenta propia. Enfrentarme a los maliciosos ojos de Snape y el recuerdo de sus caderas arremetiendo contra mi menuda figura o darme la vuelta y resolver todo por mi propia mano. Jamás había dudado durante tanto tiempo al tomar una decisión, siempre era concisa y rápida pero ahora, de frente al armazón que me separaba de la integridad de mi dignidad y la seguridad de Harry, dudaba.
De golpe, sin premeditarlo debido al debate interno que se llevaba a cabo en mi mente, la puerta negra de madera se abrió. Un golpe sordo resonó en el pasillo y chillaron los goznes oxidados. Me sobresalté por la sorpresa y mi corazón se detuvo por un segundo, antes de reanudar una marcha frenética.
Snape se detuvo en el umbral, con el rostro pasmado por la sorpresa de verme allí, de frente a él con el rostro contraído y la duda bailando en mis moteados ojos amarillos. Frunció el ceño mientras se sonrojaba débilmente, un arrebol apenas perceptible bajo la sombría luz de las mazmorras, pero luego bajó la cortina sobre su rostro y disfrazó con indiferencia las facciones cetrinas. Alzó la barbilla y adoptó ese porte altivo y estoico que le caracteriza tanto.
Ese porte que te parece ridículamente sensual.
Aparté la vista de él. Preocupada por que pudiese penetrar en mi mente y enterarse de los inapropiados pensamientos. Cuando volví la cabeza de frente, miré su cuello, oculto bajo la levita negra. Una posición segura.
- ¿Boissieu?- interrogó a secas, con un deje de desprecio en su voz susurrante.
No dije nada. Por alguna razón desconocida permanecí con la vista insistente en su cuello y la boca cerrada. El corazón continuaba con su marcha frenética producto de la adrenalina lo cual calentó mis mejillas he hizo que se tornaran de un rojo intenso. No podía moverme, ni un músculo.
- ¿Alguna razón por la cual reciba su desagradable visita a estas horas del día, Boissieu?- espetó con la burla escondida tras sus palabras.
Vamos reacciona, estúpida.
Fruncí el ceño y levanté la vista, enfocando mis ojos turbios en sus orbes negrísimas como el azabache. Brillaban como el ónix y tras ellas se ocultaban un sinfín de emociones indescifrables. Disfrazaba de maravilla las emociones en su rostro pero al mirar sus ojos detenidamente podía entrever que allí, escondidos tras la pupila oscura se llevaba a cabo un debate reñido entre ellas.
- Es Harry – dije al fin, aliviada por haber dicho algo coherente. – No se encuentra bien.
Severus alzó una ceja.
- Si el Señor Potter tiene problemas de salud debe acudir a la enfermería. Madame Pomfrey lo atenderá como es debido.- concluyó dando un paso al frente. Haciendo el además de retirarse de su despacho.
Retrocedí un par de pasos instintivamente. De repente, el temor de ser acorralada entre el muro y su cuerpo se hizo presente. Si Snape volvía a tocarme, me encontraría de frente con los pedazos esparcidos de mi dignidad hecha trizas.
Severus lo notó, mi nerviosismo. La manera en como evitaba mirarle directamente a los ojos por mucho tiempo, la exagerada distancia entre nosotros y el ligero temblor de mis manos, fuertemente aprisionadas a mi costado.
Aterrada como una niña estúpida, Sérène
Snape era un hombre brillante y calculador, a estas alturas debió notar que aquella revancha en la lechucería había hecho estragos en mí hasta el punto de comportarme como una colegiala infantil.
Sonrió socarronamente, complacido y se apresuró a despegar sus labios para pronunciar palaras que seguramente formarían una oración tan humillante como devastadora. Pero este no era el momento para jugar.
- La conexión- dije antes de que pudiera proferir vocablo alguno- Harry no ha bloqueado la conexión. Está teniendo visiones de nuevo.
Le sostuve la mirada esta vez. Su expresión aburrida no reflejaba ademán de preocupación pero de nuevo el ónix de sus ojos destelló débilmente.
¿Lord Voldemort jamás ha visto ese destello antes?
No dijo nada por varios segundos.
De pronto, unos pasos repiquetearon fuertemente sobre el adoquinado. Un galope rápido que se aproximaba a juzgar por lo fuerte que se tornaba el sonido con el pasar de los segundos. Ambos ladeamos la cabeza en dirección al repiqueteo y tras el dobles del pasillo una figura oscura se acercaba con rapidez a nosotros. Su capa con el escudo esmeralda ondeaba al ritmo que marcaba su trote hasta que nos alcanzó frente a la puerta negra del despacho de Snape.
El joven rubio detuvo su andar y fijó su mirada en mi acompañante.
- Profesor Snape- dijo sin mirarme- La directora Umbridge desea verlo en su despacho. Ha cogido a Potter metido en su chimenea.
- ¿Harry?- interrogué sin poder contenerme. Con los ojos negros y desorbitados debido a la furia que me produjo tal impresión. La idiota de Umbridge tenía a Harry en sus garras mientras yo perdía el tiempo tonteando con Snape.
Draco reparó en mi entonces. Posando sus ojos claros sobre mí figura menuda. Observando como quien se acaba de dar cuenta de algo, que los colores dorado y escarlata de mi uniforme diferían del plateado y verde esmeralda del suyo.
- Vaya, un león en las mazmorras- dijo burlón, recordándome la vez que Snape había usado una frase muy similar la primera vez que me vio allí.
- Gracias, Draco.- susurró Snape con aburrimiento. El aludido no apartó su mirada de mí.
No podía quedarme allí esperando a que Umbridge decidiera que hacer con Harry, después de la horrible marca en su piel y la terrorífica escena en los terrenos de Hogwarts no podía darme el lujo de perder el tiempo en las mazmorras. Así que, ignorando a ambos salí disparada hasta el final del pasillo a toda velocidad.
- ¡Boissieu!- escuché vociferar a Snape, pero no le presté atención. Caminando rápidamente hacia el dobles del pasillo, viendo cómo se alargaba más y más sin poder llegar al final.
- Draco, ve en busca de Filch. Lo necesitaré- dijo Snape con fuerza- Está en el aula de pociones.
No supe que sucedió luego, solo doblé la esquina y eché a correr a todo lo que daban mis piernas. Hasta que me detuve en mirad de las escaleras.
Desaparécete, tonta.
Y estuve a punto de hacerlo, si no fuera el fuerte apretón de una mano grande y robusta en mi antebrazo derecho. Me giré rápidamente, dispuesta a petrificar a cualquiera que se interpusiera en mi propósito de salvar a Harry. Levanté el brazo que tenía libre pero Snape fue más rápido que yo sosteniendo mi otro antebrazo con firmeza. Me miró a los ojos y clavó esa mirada profunda y fría en la turbulenta tormenta de la mía.
- Quédate aquí, Boissieu- espeto con las facciones cetrinas totalmente serias.
- ¡No!- respondí de inmediato, alzando la voz.- Harry me necesita, debo ir a por él. Umbridge puede hacerle cualquier cosa, Severus. ¡Cualquier cosa!- vociferé desesperada por huir de su agarre.
- Mantén la cabeza fría- respondió sacudiéndome ligeramente- Si entras en esa habitación Umbridge no dudará en retenerte también. Serás una prisionera. Si lo hace, no habrá manera de que ayudes a Potter.
Dejé de forcejear y le miré con súplica. Tenía el cuerpo extremadamente caliente y los ojos negrísimos debido a la furia y la desesperación. No entendía como Snape no se alejaba de mi toque, sabía que las manos debían estar escociéndoles por la elevada temperatura.
- No puedo permitir que le haga daño, Severus.-respondí en susurros- lo he prometido. Se lo juré a Lily.
- Yo también- dijo Snape, con el ceño fruncido y un tono determinado y profundo impregnado de sentimientos arraigados y vivos.
Abrí los ojos a más no poder. ¿Severus, se lo prometió a Lily? La revelación de aquella información me dejó petrificada, con un malestar helado en el pecho, como si mis pulmones se cristalizaran lentamente. Aquello me produjo un mareo extraño. Un mal presentimiento.
¿Acaso los malos presagios no van a acabarse?
- Te haré saber si la situación se sale de control- profirió solemne, de una manera en la que jamás prensé se dirigiría a mí. Ni en un millón de siglos. Estaba siendo considerado. – No te muevas de aquí, Sérène. Susurró mientras me sostenía la mirada con una intensidad desmedida. Como si suplicara que le hiciera caso.
Yo no podía responderle, el arrebol de mis mejillas se agravó y mi temperatura flameó incontrolablemente. Era la segunda vez que susurraba mi nombre. Esta vez impregnado de un sentimiento embriagador, hipnotizante.
Me sostuvo la mirada un momento más y luego me soltó, dejándome repentinamente vacía. Caminó a paso rápido hasta las escaleras sin mirar atrás. Dejándome allí, plantada con el corazón frenético en la garganta y los pulmones hechos hielo, la tormenta solar en mis ojos amarillos y la respiración densa como el aceite.
Con la mirada fija en el muro de piedra color gris plomo, triste y avejentado con signos de moho aquí y allá. Con un huracán de emociones haciendo estragos en mi interior. Totalmente indecisa, si saber por cual sentimiento dejarme embargar: el frío cortante que produjo la revelación de su promesa a Lily Evans, la furia incontrolable hacia Umbridge, la urgencia impaciente por salvar a Harry o el cosquilleo in crescendo que recorre mi cuerpo al escucharle susurrar mi nombre de esa manera tan intensa.
¿Por qué me produce todas estas sensaciones? ¿Por qué me detengo aquí y le obedezco como un perrito entrenado?
Bajé la cabeza, con la mirada fija en las grietas milenarias del adoquinado. Sintiéndome completamente rota en pedazos, atrapada en un laberinto alto y espeso, aceptando finalmente que Severus Snape se había adentrado en mi ser tan profundamente que era capaz de descontrolarme incluso sin desearlo.
Estas tontamente enamorada de Severus Snape, Sérène. Completamente jodida.
Mis amores, lo lamento tanto por la tardanza. Este último mes ha sido una locura :o ya quiero terminar la tesis, el calvario de mi vida. :s.
Quiero aclararles que no dejaré la historia de lado. Sin importar lo mucho que tarde siempre habrá un nuevo capítulo para ustedes :p Aún hay mucho que explotar en la historia de estos dos. Ya estoy impaciente por escribirlo y eso no me permite abandonarla :D
Lo que viene es la recta final del quinto año de Harry y Sérène en Hogwarts. Quiero escribir algo espectacular que los deje boca abiertos jajajajaa. Pero vamos a ver cómo va todo.
Disfruten este capítulo. Por favor, sean pacientes conmigo trataré de no tardar tanto con la siguiente actualización. :s
Háganme saber si les ha gustado. En los comentarios o en mi Facebook ( . .75 ), dónde publico el progreso de la historia y comenzaré a publicar algunas anécdotas de mi proceso de aprendizaje en la escritura. suena algo aburrido pero quiero compartirlo con ustedes con la esperanza de que se nutran y si alguien aún no se ha a animado a escribir quizas siembre las ganas en él o ella. ;p
Nos leemos pronto.
UN millón de abrazos :* :* :*
