XXII Plan imperfecto
La tenue luz de las mazmorras me envolvía cadenciosamente. El viento ululaba ferozmente entre el largo corredor, iba y venía cada vez más gélido como probando mi resistencia, mientras yo, permanecía de pie en mitad del pasillo desbordada de una emoción ambivalente y un temor tan real, tan racional que me mantenía al borde del colapso.
¿Eres idiota, Sérène? ¡Ve en busca de Harry!
Como una presa a punto de escapar de su cazador, di media vuelta y caminéfuera de las mazmorras. Pensaba desaparecerme allí mismo pero los vellos erizados de mi nuca me alertaron de la presencia de otro ser en el corredor.
- ¡Hey!- gritaron a mis espaldas. Me detuve al instante reconociendo la voz de Malfoy. Giré lentamente, respirando profundo tratando de menguar mi temperatura de modo que mis ojos volvieran a su natural color dorado. – Eres tú. La chica rara de Gryffindor.- dijo sonriendo- ¿Qué hace una perdedora como tú en territorio de las serpientes?
Me relajé de inmediato, Draco era solo un niño mimado que no representaba peligro alguno más que para su propio ego. Debía recordar eso.
- ¿Es en serio?- dije encogiéndome de hombros como quien no quiere la cosa- ¿Esa es la brillante pregunta de un Malfoy?
Sonreí socarrona. Draco borró todo atisbo de burla de su rostro y una mueca infantil de descontento se apoderó de sus facciones.
- ¿Cómo te atreves a…?
- Malfoy, escucha. – le interrumpí sin miramientos. El acalló su réplica y entrecerró los ojos tratando de mantener la postura de autoridad que no tenía.- Tengo prisa, así que diré esto una vez y solo una vez- dije despacio, con mis ojos moteados fijos en los suyos, mientras me acercaba sigilosamente- Espero no tener que repetirlo.
Draco frunció el ceño y dio un paso atrás atemorizado por el tono de mi voz.
- ¡Confundus!- susurré sin pestañar. Draco salió disparado hacia atrás y cayó al suelo pesadamente permaneciendo estático por unos segundos.
Eso le dolerá en un rato.
Di media vuelta y a paso rápido doble la esquina del pasillo, cortando el viento a toda velocidad. Sin pensarlo demasiado desaparecí con un ¡PLOP!
Aparecí a unos metros del despacho de Umbridge. Caminé directamente a la puerta de madera, dispuesta a sacar a Harry de allí de la manera que fuera necesaria. Un ruido metálico chilló a través del aire y me oculté tras una armadura oxidada, más por instinto que por miedo. Desde mi escondite vi al grupo de Slytherin salir con los miembros del Ejército de Dumbledore a cuestas. Una caravana de insultos y forcejeos. Pero Harry no se encontraba entre ellos.
¿Dónde estaba Harry? Una visión justo ahora me sería de gran ayuda.
De repente, un escalofrío recorrió mi cuerpo como un rayo, duró una fracción de segundo pero fue suficiente para prevenirme, hacerme girar sobre mis talones y encarar a quien me amenazaba. La punta redondeada de una varita negra como el ébano se apoderó de mi campo de visión.
- Snape, baja la varita- dije entre dientes. Sorpresivamente enojada por su atrevimiento.
- Creí haber mencionado que te quedaras en las mazmorras.- susurró entre dientes. Apretándolos fuertemente.
- No creí haber dicho que me quedaría. – Snape bajó la varita a su costado con exasperación. Tomando profundas bocanadas de aire- ¿Dónde está Harry?
- Se lo han llevado de aquí.- dijo haciendo un extraño movimiento con su cabeza para luego seguir su camino. Pasando sobre mí figura confundida.
Su aura se estremecía de furia. Danzaba fieramente a su alrededor, como una aurora negra surcando la extensión de su cuerpo. Se vigorizaba con cada paso que el daba sobre el adoquinado.
- ¿A dónde, Severus? – continuó su camino sin vacilar. Estaba ignorándome.
Lo hace adrede. No me dejarás así.
- ¡Severus Snape!- grité mientras alcanzaba su altura. – Soy miembro de la Orden del Fénix, te exijo que me digas dónde está Harry.
Snape detuvo su andar y se viró rápidamente en mi dirección. Su furia flameó como una llama avivada por un leño. Me miró a los ojos con un deje de descontento tatuado en sus pupilas. Aún estaba enojado.
- No eres un miembro activo muy eficiente, Boissieu. – recriminó con el rostro serio. – Entorpeces mis funciones.
- Y tú las mías, Snape.- el arrugó el ceño mientras me miraba, luego decidió retomar el paso apresurado de hace unos momentos.
¿Por qué Severus está tan enojado? Se comporta como un niño malhumorado.
Snape continuaba su andar rápido sin detenerse, con paso firme había alcanzado el borde de las escaleras. Pero yo no estaba lista para dejarle ir. No cuando me encontraba plenamente segura de que él conocía el paradero de Harry. Así que desaparecí de nuevo con un ¡PLOP! y aparecí en el primer escalón del tramo de escaleras. Sin embargo, mis cálculos de la distancia y el tiempo no fueron demasiado precisos.
Aparecí sobre el primer escalón de mármol al tiempo que Snape se disponía a pisarlo. Al verme allí de un momento a otro trató de retroceder pero casi pierde el equilibrio, balanceándose junto a su capa, formando un baile desenfrenado como unas puertas de vaivén empujadas con fuerza. Reaccioné por instinto, tomándolo de las mangas de su brazo mientras él, a fin de no caer de espaldas sobre el duro y frío enladrillado se sujetó con firmeza de mis antebrazos. Recuperando el firme y seguro equilibrio sobre sus pies y evitando que yo también cayera.
Le miré a los ojos horrorizada por la estupidez que había cometido en mi afán de sonsacarle el paradero de Harry. Sus pupilas negras estaban dilatadas y llenas de flameantes llamas de furia. Sin embargo, aquella atemorizante mirada solo pudo producirme un divino estremecimiento en mi vientre. Sus mejillas, tenuemente coloradas me hicieron tragar en seco y casi por arte de magia mi temperatura se elevó a la cúspide de mi tolerancia. El corazón se me aceleró y adoptó un ritmo incontrolable que arreboló mi cara e hizo que mis ojos se tornaran de un dorado tostado tremendamente extraño. Tenerlo así, tan cerca sujetándose con fuerza de mí, alteraba la cordura de mis sentidos traicioneros.
Maldito y sensual Severus Snape.
De repente, una imagen se apoderó de mi campo de visión. Desapareciendo al enojado hombre de negro que tenía frente a mí, sustituyéndolo por una segadora luz rosácea.
La luz menguó y pude identificar el ridículamente decorado despacho de Umbridge, con los gatos ronroneando desde sus puestos en la pared y el exceso de bordados y encajes en los manteles sobre los muebles. La ridícula cara de anfibio se encontraba frente a un desconcertado Harry Potter. El rostro de Umbridge estaba arrugado, como si algo le molestara a sobremanera. Snape se encontraba en la entrada del despacho dispuesto a irse.
- Tiene a Canuto- gritó Harry a la vez que Snape se detuvo con la mano en la perilla de la puerta- Tiene a Canuto en el lugar dónde está escondido.
El despacho de Umbridge desapareció, difuminándose lentamente hasta convertirse en una masa negra y cetrina. Tras parpadear varias veces vislumbré de nuevo el rostro contrariado de Snape. Evidentemente curioso por saber que había visto.
- ¿Quién es Canuto?- pregunté de repente sin soltar el agarre.- ¿Por qué Harry está tan preocupado al respecto?
Severus arrugó más su entrecejo e hizo una mueca de repulsión tan marcada que pensé que su rostro quedaría de aquella manera por un largo rato. Como si algo oliera realmente mal en el lugar.
- Para ser una criatura con tan extraordinario poder… eres realmente inútil, Boissieu- dijo soltando delicadamente el agarre. Y siguiendo su camino escaleras abajo. Retomando el paso apresurado de hace unos momentos.
Me quedé allí, plantada en el primer escalón del tramo de escaleras. Sintiéndome más que ofendida. Ese hombre tenía la extraordinaria facultad de petrificarme con sus palabras.
Le das importancia sólo porque le amas.
- No- dije a la vez que daba un salto- Eso no es cierto.
Sacudí mi cabeza fuertemente para despejarla de la horrible vocecilla que perturbaba mi cordura, y bajé las escaleras rápidamente dispuesta a encontrar a Harry a como diera lugar. Con una visión o no, llegaría hasta él y hasta Umbridge.
Quizás fue el destino, la suerte. Por Merlín, debe existir una fuerza que controla todas nuestras afortunadas casualidades. Al pasar frente a una de las ventanas al bajar por las escaleras el movimiento de tres sombras negras, deslizándose apresuradamente por los terrenos de Hogwarts se apoderó de mi campo de visión. Los miré caminar rápidamente sobre el pasto hacia el linde del Bosque Prohibido, el viento parecía hacerles resistencia allá en la intemperie, mientras que acá arriba, un pequeño atisbo de su gélida fuerza alborotaba mis cabellos color naranja. Al mirarles recorrer el camino hacia el bosque, sentí que aquello era más que un simple golpe de suerte.
Debes apresurarte, Sérène
Para el momento en el que atravesé las descomunales puertas principales del castillo aquellas sombras se habían integrado con el oscuro matiz del Bosque Prohibido. Corrí desesperadamente sintiendo la fuerza del viento gélido arañándome el rostro y alborotando mis cabellos, enredándolos en una compleja maraña. Comprobé entonces aquello que pensé desde arriba, el viento era más fuerte en la intemperie. Aquí en el campo, soplaba con bravura y se internaba bajo la piel congelando la sangre en las venas y secando los ojos.
Tan pronto como el viento dejó de lastimarme el rostro supe que había alcanzado el bosque y que me adentraba en sus hediondas fauces. Por un momento, la negrura se apoderó de todo pero cuando mis ojos se acostumbraron a la poca luz que se colaba entre los topes de los árboles pude ver con claridad. A pocos metros delante de mí, la figura menudita de Hermione, los tensos hombros de Harry y el regordete cuerpo de Umbridge evadían las ramas y troncos caídos. Sus pisadas resonaban en cada hoja quebrada por el peso de sus cuerpos sobre ellas y su apresurado avance los hacía tambalearse torpemente entre los obstáculos de la naturaleza.
No podía oírles hablar, pero sabía que lo hacían por la manera en como sus cuerpos interactuaban entre sí. Rígidos y tensos. Nerviosos. No sería una charla demasiado agradable si Umbridge era una de las participantes. De pronto, Hermione movía la cabeza de lado y lado, moviendo su melena de hombro a hombro, como si buscara algo con desesperación. Fue allí, en ese instante, cuando su silueta oscura comenzó a temblar caí en cuenta.
Hermione y yo habíamos pensado en el mismo plan.
Si darse cuenta, ella me había dado lo que me hacía falta para enviar al anfibio al Bosque Prohibido. Sabía perfectamente lo que la castaña estaba buscando y al igual que ella, me sorprendí al no verle allí.
Tengo que encontrarle, antes de que Umbridge haga alguna locura.
Me disponía a usar toda mi magia para encontrarle cuando una cacofonía se alzó sobre el silencio del bosque. Una rítmica percusión aumentaba su nivel a medida que avanzaba hasta nosotros. Se me erizaron los vellos de nuevo y supe entonces que esto no era bueno. Estaba a punto de salir de mi escondite e interponerme entre los chicos y aquello que traqueteaba con fiereza, claramente denotando peligro, cuando un picor se apoderó del centro de mi espalda.
- Detente allí.- clamó una voz gruesa y resentida. Se me detuvo el corazón e instintivamente alcé la vista hacia Harry que se encontraba rodeado por más de unas cuantas decenas de centauros con arco y flechas en mano. Tensándolos. Entonces supe lo que producía aquel picor en mi espalda.
La afilada punta de una flecha.
Entre los centauros y el trío desarmado se produjo una disputa casi de inmediato. Mientras yo era presa de una flecha aguijoneándome la columna. No sabía qué hacer, por ver primera no supe cómo actuar.
- Date vuelta, humana. – ordenó de nuevo aquella voz. Sabía de sobra que los centauros eran seres territoriales y orgullosos. Era mejor seguirles la corriente, aunque aquello significase apartar la vista de Harry y Hermione.
Despacio, sin producir mayor sonido me di la vuelta. Respiré profundo a medida que giraba 180 grados y posicioné mis ojos moteados en las oscuras esferas negras de aquella criatura. Sin parpadear, le deje claro que no podía intimidarme en lo absoluto.
El centauro, de pelaje oscuro, un marrón casi negro, con el pecho lampiño y unas cejas pobladas me observaba con detenimiento mientras la tensión en el arco vacilaba. Me escrutó por un instante, hasta que decidió rendirse y dejarse llevar por la fuerte emoción de confusión que le embargaba. El arco ya no estaba tenso como en un principio pero no bajó la flecha por nada.
- Tú, criatura.- comenzó, pero se detuvo para fruncir el ceño.- No eres humana.
Abrí los ojos a más no poder. Pero me recompuse en cuanto advertí que aquel estado no me ayudaría en nada a salir de esta situación. No eres humana. Dijo. Jamás alguien había cuestionado mi sangre humana antes. Ni siquiera en mi otra vida, con Melquiades. Nadie nunca dudó el hecho de que mi carne y mis huesos eran tan frágiles y mortales como el de cualquier otro. Incluso, nunca yo misma llegué a pensar en mí como algo no humano. Si como un ser sobrenatural, pero jamás dudé de mi condición humana en lo absoluto. Nunca.
De cualquier manera, aquellas palabras abrieron un cajón de mi mente, uno que en el fondo de forma inconsciente se preguntaba si aquello era posible. Mi concepción fue humana, mi desarrollo fue humano pero mi nacimiento… aun cuando provine del vientre de una bruja sudamericana, no pudo ser más que un milagro sobrenatural. De alguna manera, el fénix de mi madre se había fusionado conmigo en algún punto. Pero, ¿Me convertía eso en otro ser que no fuera humano en lo absoluto?
Se me agotaba el tiempo y debía responder. No puedes dejar a un centauro sin respuestas.
- No- dije firmemente, aun cuando no creía realmente aquello. Pero mi instinto me advirtió y preferí seguirle. Sabía que si me ponía a su nivel, no habría mayor peligro.
El centauro bajó el arco y la flecha. Me examinó por unos instantes y luego alzó la barbilla, haciendo notar su prominente estatura en comparación a la mía. Quería intimidarme, pero él no sabía cuánto poder encerraba esta figura menudita.
- ¿Vienes con ellos?- preguntó haciendo un gesto a mis espaldas.
- Sí. Vienen conmigo.- respondí calmada, sin dar a ver cuán desbocado se encontraba mi corazón. – preferiría unirme a ellos si no te importa.
Era una decisión estúpida. Eso estaba claro.
Prometí a Lily proteger a Harry desde la distancia, sin interferir en su vida o en sus acciones pero no podía evitar el miedo in crescendo que se apoderaba de mí y hacía temblar mis piernas. No solo Umbridge amenazaba a Harry, sino también una manada de centauros molestos. Sabía que podía derribar a este centauro por mi cuenta y alejar al resto de las criaturas de los chicos sin problema alguno pero aquello solo complicaría más las cosas y saltaría a la vista aquello que estoy tratando de ocultar.
Toqué la pluma que oscilaba como un péndulo de mi oreja derecha.
No, Sérène. No puedes hacer eso.
El centauro pensó con detenimiento aquello que le había pedido. Clavé mis ojos cambiantes en los de él. Sabía a la perfección que ahora, deben lucir como la más feroz tormenta solar con el negro moteando el iris dorado que perdía la batalla contra el miedo y la rabia. Él no se dejó intimidar pero podía ver con claridad que sopesaba sus opciones.
Se encontraba solo conmigo, a una pequeña distancia del resto que vociferaba a mis espaldas. Él no sabe qué clase de criatura soy y que tan peligrosa puedo llegar a ser. Un encuentro uno a uno, entre una criatura sin mayores poderes mágicos y una menuda bruja no humana sería sin duda una batalla interesante. Pero él no se encontraba dispuesto a aventurarse.
Después de todo era un centauro, y ellos viven en manadas. Un encuentro en solitario jamás será cómodo para él .Miró sobre mí hacia mis espaldas y luego alzó el arco con la flecha, mantuvo el arco tenso mientras me escrutaba el rostro.
- Camina - dijo sin apartar su vista de las flamas de mis ojos.
Respiré hondo y sin soltar el aire, me encaminé hacia el centro del encuentro. Esquivando ramas y hojas secas para no hacerlas crujir. Lo hacía adrede, de modo que los demás no advirtieran mi presencia. Pero era un acto vacío, ya que solo prolongaba unos segundos en nada al inevitable desenlace.
Cuando salimos de entre los matorrales y los árboles. El resto de los centauros voltearon a vernos, con sus ojos llenos de una peligrosa curiosidad. El silencio reinó nuevamente, ni el ulular del viento se atrevía a romper aquel sepulcral evento. Mantuvieron los arcos y las flechas en lo alto y tensadas. Como si desearan con ansias cortar el aire con ellas. Pero no fue aquello lo que me tenía con el corazón saltando famélico en la garganta y la temperatura tan alta que incluso la piel de mis brazos se enrojeció, era Harry, que con sus ojos verdes me escrutaba penetrantemente.
Los tres humanos dirigieron sus miradas a mí, que me acercaba sin prisa y sin pausa en su dirección. Sin miedo y sin reproches. A paso seguro llegué a su altura, dejándoles examinarme lentamente con sus ojos desorbitados. Umbridge gruñó de manera extraña, no podría decir si de rabia o de sorpresa; Hermione tenía los ojos y la boca abiertos hasta su máximo y jadeaba constantemente como un cachorro sediento y Harry, él fruncía el ceño fuertemente, mirando mi rostro colorado posiblemente pensando que era una ilusión.
Me tensé de inmediato, pero no permití que aquello llegara a mis facciones. Estaba interpretando un papel, uno que nos salvaría o nos hundiría más. Preferí mantenerme ilegible, como Severus lo hace cuando se encuentra frente a todos. Respiraba profundo y soltaba el aire suavemente en un intento desesperado por bajar mi temperatura y colorear mis ojos del bello dorado original.
- Boissieu- espetó Umbridge con arrogancia y asco- así que este era su plan: Una emboscada. Pretendía atacar a un trabajador del Ministerio de Magia. Ustedes…
- Silencio- gritó la criatura más próxima a Harry. Umbridge tembló del susto pero recuperó la compostura de inmediato.
Posé mis ojos en Harry que no dudó en devolverme la mirada con dureza. Estaba segura que recordaba con claridad la vez que me acerqué a él durante el examen y en cómo le acompañé a la enfermería. Él no tenía idea de que pintaba yo en este cuadro gris y negro pero por alguna razón no sentía gusto al verme allí plantada. Se encontraba enojado y nervioso.
El ambiente se tornó tenso, denso. Cómo si una capa húmeda y pesada nos cobijara de repente.
- ¿Y esta? ¿Quién es?- pregunto ferozmente de nuevo. – No es humana, no es estudiante. ¿Qué haces en el Bosque?
Ante aquel comentario Harry profundizó su escrutinio, como tratando de hallar algún indicio de que aquello fuera cierto.
Cómo si el extravagante color de mis ojos no fuera suficiente.
Umbridge se dirigió de nuevo a mí y una mueca de rabia se apoderó de sus regordetas facciones. Y Hermione frunció el ceño, analizándolo todo. Sabía que si no jugaba bien mis cartas la situación se saldría de control. Después de todo, los centauros son excesivamente territoriales.
El centauro detrás de mí, mantenía su flecha en alto y parecía querer contestar, pero no dijo nada en lo absoluto. En ese momento, recurrí al arma que nunca me había fallado antes.
Aparté mis ojos de los de Harry, sintiendo que un peso bajaba de mis hombros hasta el suelo. Y los posicioné sobre el centauro. Él esperaba expectante por una respuesta.
Sonreí de lado y abrí más los ojos.
- Soy estudiante de Hogwarts. – dije sin borrar mi sonrisa peligrosa.- He venido a buscar a estos chicos que han estado perdidos por un tiempo.
Me giré hacia el anfibio cuya piel se coloró fuertemente. Iba a contraatacar aquello, pero un movimiento brusco de los árboles nos hizo desviar la atención al fondo del lugar. Todos desviaron la mirada en aquella dirección. Un temblor sacudió la tierra y los arbustos sucumbieron en una convulsión. Algo enorme se movía entre los árboles vociferando incoherencias y por la cara de los chicos ellos sabían tanto como yo de qué se trataba.
La tensión del ambiente se cortó y fue reemplazada por unas insistentes ganas de sobrevivir.
Aquella imagen era monstruosa, mucho más grande de lo que recordaba y mucho más peligrosa sin cadenas que le atasen a los árboles. Se acercaba lentamente gritando algo ininteligible a la vez que apartaba los árboles de su camino con tanta facilidad que podría haber estado retirando las cortinas de una ventana.
Los centauros se alebrestaron como cualquier bestia lo haría en presencia de peligro. Alzaron sus arcos y lanzaron sus flechas sin chistar.
Hermione gritaba desesperada por aquello, Harry lucía como si no creyera lo que estaba pasando y Umbridge era solo un actor secundario en el escenario. Al igual que yo.
Aunque no por mucho.
Aparté a los chicos y los coloqué detrás de mí haciéndoles tambalear. Inmediatamente el centauro más próximo cogió a Umbridge y la alzó del suelo para llevársela. Ella gritó desesperada pero jamás levantaría un dedo pro ayudarle. De inmediato, puse toda mi atención en los chicos que nerviosos se alejaban de mí y de los centauros que deseaban cogerles y llevárselos también.
No lo permitiré.
Sin pensarlo levanté los brazos y rápidamente vociferé encantamientos para apartar los centauros de lado.
- Expelliarmus. – grité y varios centauros salieron despedidos por los aires hasta chocar con el suelo.
Harry y Hermione se detuvieron de golpe y giraron de nuevo en mi dirección desconcertados, les hice unas señas y sin pensarlo demasiado regresaron a donde me encontraba plantada, sin moverme. Por alguna razón, quizás por miedo o porque estaba desarmados, decidieron quedarse a mi lado. Ellos sabían de antemano que podía hacer magia sin varita, canalizando la energía mágica a través de mis manos, pero jamás demostré cuáles era mis máximas capacidades. Y, no pretendía darlo a conocer tampoco.
Repentinamente, una lluvia de flechas se alzó por el bosque, como una densa lluvia ácida caían sobre todos los rincones posibles, los árboles y arbusto, el suelo forrado de podredumbre, los troncos mohosos y sobre nosotros. Afortunadamente, ninguna de ellas nos ha caído encima pero el gigante no tuvo la misma suerte que nosotros. Herido y sangrante, el gigante hizo sacudir el terrero y los árboles nuevamente, encolerizado por el dolor que le produjeron las flechas.
Los centauros, conmocionados por aquello decidieron retirarse. Si sus flechas no producían más que simples aruños en aquel monstruoso ser, no habría nada más que pudieran hacer.
El gigante posó su mirada tras mis hombros donde Harry y la castaña se mantenían muy juntos y de inmediato sentí pavor. Mi primera reacción fue querer derribar al monstruo, poseía la magia suficiente para hacer aquello, pero no podía. Un segundo de lucidez atravesó mi cabeza y sin pensarlo más cogí a los chicos de las manos y corrí en dirección al linde del bosque, hacia los amplios terrenos del castillo. Los centauros no nos siguieron, estaban ocupados salvando sus pellejos.
Corrimos juntos, yo sin soltarles las muñecas y ellos arrastrándose tras de mí, tratando de mantener el ritmo. Me encontraba desesperada por sacarles de allí cuanto antes. No me detuve hasta llegar a los terrenos y en cuanto alcanzamos la cabaña de Hagrid no me sentí realmente segura para soltarles.
Me recosté en una enorme maceta, dónde había escondido mis ropas una vez, y dejé que mi cuerpo recuperara todo el oxígeno que reclamaba después de aquel maratón desenfrenado. Recobrando mi temperatura normal.
En ese momento, algo en mi mente encajó perfectamente haciendo que mi corazón recobrara el ritmo frenético de antes.
Miré a Harry y a Hermione que tenían la respiración agitada pero mantenían su mirada posada en mí y en los extraños irises moteados en mis pupilas. Ambos se acariciaban las muñecas por donde les había traído a rastras fuera del bosque. Entonces, uno de mis temores más grandes hizo que una flama intensa recorriera mi cuerpo de pies a cabeza. Los chicos me miraban extrañados, sobre todo Harry que parecía estar debatiéndose sobre como sentirse si estupefacto o tremendamente enojado.
Me erguí nuevamente, con los ojos fijos en él. Me transmitían muchas cosas. Una de ellas era precaución. No pretendía dejarme acercarme demasiado.
Una brisa helada meció la corta hierba del amplio terreno, las hojas de los tupidos árboles al linde del bosque y refrescó mi piel ardiente, pero aquello no arreglaría nada. El daño ya estaba hecho.
Entonces puse mi atención en las muñecas de Harry, no había demasiada luz en las afueras de la cabaña. No desde que Hagrid desapareció. Pero, la plateada luz de la luna me dejó ver aquello que temía. Una muñeca enrojecida con unos delgados dedos tatuados a fuego lento en ellas. Hermione nos miraba jadeante, como lista para abalanzarse sobre mí si fuera necesario.
- Tus manos- susurró Harry algo molesto mientras mantenía su muñeca arropada por su mano- están…
- Lo siento- dije sin apartar mis ojos de sus orbes verdes. No podía dejarle continuar con la frase. Si lo decía en voz alta, confirmaba aquel acontecimiento como un evento palpable y real.
Permanecimos en silencio mientras el viento frío de la noche nos alborotaba los cabellos y probaba la resistencia de los árboles y el césped. Harry no apartaba su mirada curiosa de la mía. Sin embargo, no fue él quien decidió dar la estocada final.
- Magorian…- susurró Hermione captando mi atención y haciendo que mi corazón saltara a mi garganta- dijo que no eras humana. – culminó frotándose la muñeca enardecida por mi toque sobrenatural. Relacionando ambos sucesos.
No puede esperarse más de una sabelotodo.
No dije nada, sopesando mis opciones. Pero no podía darle el lujo de tardar en responder. Ellos esperaban expectantes a una respuesta coherente pero no se me ocurría nada.
Durante años evité el contacto físico con otros por una razón simple: mi temperatura sobrepasaba el límite normal. Solo Melquiades lograba soportar mi lastimero toque sin protestar. Para él aquello era tan normal como el cambiante color de mis ojos que me delataban a cada momento.
Solo él lograba soportar mi temperatura sin apartarse. O eso pensaba yo.
Severus no se aparta de ti cuando tu piel hierve como el agua.
Tragué seco ante aquel repentino pensamiento y sacudí mi cabeza para alejarlo. Ganándome una miradas suspicaces de los chicos. No tenía más tiempo para perder pensando en una posible respuesta coherente a una realidad totalmente sólida y extraña. Miré a los chicos resignada, no sabría explicarles con claridad el aglomerado desorden que era mi cuerpo.
Me disponía a contestarles lo que siempre decía cuando una situación se resbalaba como el agua de mis mano cuando una voz alzó sus decibeles sobre el viento gélido de la noche,
- ¡Harry!- llegó a nuestros oídos casi distorsionados.
Volteamos hacia el castillo, de dónde provenía la voz y visualizamos unas figuras oscuras apresurando el paso en una carrera desesperada dirigiéndose a nosotros. Harry y Hermione se olvidaron de mí y corrieron al encuentro del resto de los chicos. No podía verles el rostro ante la distancia pero se distinguían claramente sus figuras. Inconfundiblemente eran miembros del Ejército de Dumbledore.
Me quedé allí sola, a la distancia. Observando cómo se reunían y entablaban una conversación acalorada mientras el viento hacía de las suyas por todo el terreno.
Por el momento me encontraba a salvo, pero una seguridad efímera, irreal. Solo había ganado un par de minutos más.
Tarde o temprano afrontaría las interrogantes de los chicos. Y debía estar preparada para ello.
Mis amores, por fin. La espera terminó.
Estaba tan angustiada por no poder actualizar. Entre la tesis, mis ocupaciones y el papeleo en la universidad la inspiración huía lejos de mí.
Me tomó más de un mes poder escribir este capítulo. Me ha sido particularmente difícil debido a la inconstancia al escribir. Pero bueno, aquí está. Me salí un poco de la historia original pero prometo que valdrá la pena.
En este capítulo pasa de todo, es demasiado. Sin duda el capítulo más largo que he escrito con siete páginas tipo carta, márgenes de 1cm y sin espacio entre párrafos. Es todo un monstruo de capítulo. Superando al capítulo XVI Seducción que había sido el más largo hasta ahora con seis páginas tipo carta, márgenes de 1cm y sin espacio entre párrafos.
Espero que les guste y que haberles hecho esperar valga la pena para ustedes.
Un millón de abrazos para todos, gracias por esperar. :* :* :*
