XXIII Invisibilidad al descubierto.
El helado ventarrón seguía su curso, alborotando todo a su paso. Desde los árboles hasta las finas hebras de cabello. Los chicos discutían a unos metros de distancia de mí, reunidos y concentrados en su discusión. Ignorándome, mientras yo reparaba en el daño que había causado en mi misión. Clavada en el césped como una estaca. Yo estaba aquí para vengarme y proteger a Harry, no para interferir en su vida o cambiarla de alguna manera.
Una promesa a la persona menos conveniente, una venganza que llevaría a cabo sin importar quién muriera en el camino y una razón que me impulsaba. Esos eran mis motivos.
Pero, ¿Acaso protegerle a la distancia no es interferir?
No podía estar completamente segura de que problemas acarrearía la decisión que he tomado. Exponiéndome a su conocimiento, haciéndome visible e irrevocablemente corpórea ante Harry y sus compañeros. Yo misma me he colocado en el centro del blanco esperando pacientemente por la flecha que atravesará mi cabeza. ¿Es posible ser más estúpida? Sin embargo, en aquel momento fui presa de un pánico terrible que me cubría como un velo a un espejo viejo. No podía, ni pretendía, dejarle solo en mitad de una horda de centauros armados mientras ellos, desprovistos de cualquier tipo de acción defensiva esperaban pacientes a que no decidieran hacerles daño.
Un movimiento pausado captó mi atención. Del bosque, a paso cansado unas criaturas aladas se acercaban sin prisa y sin pausa hacia nosotros. Unos caballos huesudos, casi moribundos con alas traslúcidas como las de un murciélago al borde de la muerte. Mantenían el hocico mirando hacia arriba, olfateando el aire del ocaso.
Thestrals.
De pronto, como si ver aquellas criaturas me despertaran de un sopor no previsto sentí el olor. Sangre pensé. Mire mis ropas y la túnica estaba cubierta de ella. Giré en dirección al grupo de chicos y noté que Harry y Hermione se encontraba bañados en manchas oscuras, casi negras a la vista. Estaba plenamente segura que ninguna flecha nos había alcanzado, entonces me di cuenta. Es la sangre del gigante.
Arriba, en el firmamento aparecían las primeras estrellas, colgadas del cielo como pequeñas esferas sobre la cuna de un bebé. Los matices pardos y naranjas del ocaso perecían en una lucha que la oscuridad estaba ganando. La luna, apenas visible a lo lejos impaciente por brillar era menguante y en cierto modo, eso no era bueno. El crepúsculo era hermoso desde los terrenos, pero aquello carecía de importancia. Volví la vista al reducido ejército y observé alarmada lo que acontecía.
Harry y el resto del grupo se asían a los thestrals como si fueran caballos de equitación.
- No- grité horrorizada cuando caí en cuanta de sus intenciones. Me acerqué corriendo hasta ellos, con el viento aguijoneándome el rostro.
- Bajen de esas criaturas, ahora- reclamé con voz firme. Todos los chicos voltearon a verme con el rostro contrariado, incluso Ron, con los pies a medio camino del lomo del thestral donde pretendía subir ayudado por la chica de cabello rubio y mirada perdida. Un silencio sepulcral se alzó en el terreno, cada par de ojos enfocados en mi figura menuda y encolerizada. Luego reparé en que debía sonar como una madre alterada y no como una chica de diecisiete años. Suavicé mi mirada entonces, recorriendo el rostro de cada uno y relajando mis hombros los más que permitían mis nervios.- ¿A dónde creen que van montados sobre esas cosas?
Nadie respondió al instante. Harry frunció el ceño enojado, Hermione tenía una mirada de suspicacia y Ron una mueca que iba entre la burla y el asombro. La chica rubia seguía con la mirada extrañamente perdida y fija en mí y el chico restante se limitó a arrugar el rostro en desconcierto.
- ¿Y tú quién eres?- dijo Ron bajando por fin sus pies al suelo, pero con la mano asida firmemente al cabello del lomo del thestral, como si temiera perderlo de vista.
- Sérène Boissieu- dijo Harry entre dientes, visiblemente enojado desde su lugar sobre la criatura. – está en todas nuestras clases.
Ron juntó las cejas tratando de recordar haberme visto rondando por allí.
- ¿Puedes ver a los thestrals?- preguntó la pequeña rubia ladeando la cabeza como si aquel gesto acentuara su inocencia. Hermione hizo un movimiento con su cabeza como si ella hubiera estado pensando en aquello desde hace un rato sin atreverse a preguntarlo en voz alta.
Los thestrals son criaturas que solo las personas que han visto la muerte pueden ver.
¡Mierda!
- Eso es irrelevante- dije restándole importancia- ¿A dónde van?
- Si no te importa- dijo Harry, irritado desde su asiento sobre el animal- tenemos prisa. Ron sube al thestral y vámonos.
Por alguna razón, Harry pretendía salir de la protección del castillo de la forma menos convencional y más peligrosa: volando sobre una criatura huesuda, pero… ¿Por qué?
Entonces, una voz se alzó sobre el ulular del viento y el aleteo de las alas de los thestrals.
Tiene a Canuto. Tiene a Canuto en el lugar dónde está escondido.
Irá tras Canuto.
- Harry… no creo que sea conveniente que salgas del castillo. No es seguro. – dije en voz baja. Los chicos sabían aquello. A juzgar por sus miradas de ansiedad y determinación. Estaba dispuestos a ir a dónde sea que fuera.
- Tenemos prisa, hemos perdido mucho tiempo ya. Será demasiado tarde. Debemos ir a por Sirius.
- ¿Sirius…?- interrogué frunciendo el ceño. Harry resopló frustrado.
La chica de cabello rubio, se acercó a mí. Iba montada sobre un thestral pequeño. Alcé la mirada a su altura y con una sonrisa serena me dijo:
- Es el padrino de Harry. Está en problemas.
Escuché que Harry reprendía a la chica por revelar aquella información. Pero no le presté atención. Miraba dentro de sus ojos perdidos pero presentes al mismo tiempo, ladeó la cabeza de nuevo como si pretendiera darme acceso a lo que fuera que estaba pensando. El viento soplo suave y meció sus rizos dorados. De pronto caí en cuenta.
Ella sabe algo. Sobre mí.
Luego recordé el nombre de la pequeña: Luna. Luna Lovegood.
- Iré con ustedes- susurré sin apartar la vista de ella.
- Ni hablar.- dijo Ron indignado.
- Les salvé a ustedes dos en el bosque. Has visto lo que puedo hacer.
Regresé la mirada a Harry, pasando de largo a Ron y le miré directo a los ojos. Sabiendo que seguramente pequeñas motas negras aparecían en mis pupilas. Me acerqué sigilosamente hasta él, de forma depredadora, pausadamente y sin apartar la mirada. De modo que el resto del grupo se tensó, listos para arremeter en mi contra si intentaba algún ataque.
- ¿Qué es lo que puedes hacer?- preguntó el chico de cabello negro. Es Neville. Pensé para luego ignorarlo.
- Si vas en busca de tu padrino, Harry- comencé sin dejar de avanzar- y se trata de lo que estoy pensando. Créeme, también iré.
Un presentimiento se alzaba voraz en mis entrañas quemándolo todo desde adentro y una furia alimentaba aquel fuego encendido. Si se trataba de lo que presentía.
- No es una opción, es un hecho.- continué sin pestañar.- sobre todo si Voldemort tiene algo que ver.
Entonces, un clic resonó dentro de mi cabeza, haciendo eco en el espacio vacío de mi pensamiento. Todo encajó perfectamente una vez que pronuncié aquellas palabras, como si mi subconsciente liberara la información que retenía con la mención de esa frase.
Las visiones de Harry que jamás se detuvieron y que Snape nunca quiso ayudar a bloquear luego del pequeño incidente, la desesperación de Harry en el despacho de Umbridge por Canuto y la reciente revelación del padrino de Harry en problemas. Voldemort tenía en sus garras asquerosas a Sirius, Canuto. El padrino de Harry Potter.
Una promesa a la persona menos conveniente, una venganza que llevaría a cabo sin importar quién muriera en el camino y una razón que me impulsaba.
Las palabras se alzaron voraces enmudeciendo el ruido de la sangre golpeteando mis oídos. Mi mantra. Mi destino. El por qué estoy aquí en Hogwarts. Si Harry iba en busca de Voldemort, eso suponía que mi misión esta noche era doble: proteger a Harry del monstruo que mató a sus padres, Una promesa a la persona menos conveniente. Y hacer correr la asquerosa sangre del terrible mago que asesinó a mi esposo a sangre fría, una venganza que llevaría a cabo sin importar quién muriera en el camino.
Un gritillo ahogado se alzó y supe de inmediato que era Ron. Hermione contenía el aliento. Harry permaneció con la mirada dura.
- Esto no es asunto tuyo- replicó con la poca paciencia que parecía quedarle.
- Lo es. Voldemort también me ha quitado lo que amaba.- dije sin apartar la mirada turbia de la suya- si vas a por él. Entonces, yo iré.
Tengo que protegerte Harry, entiéndelo.
Harry se sumió en sus pensamientos. Podía ver la batalla que se libraba en sus ojos decidiendo si aceptarme o dejarme aquí. Luego de unos segundos, habló:
- No puedo garantizar tu seguridad- dijo a la vez que se miraba al resto de los chicos. Sus caras de desconcierto rayaban en lo absurdo. Nadie quería que fuera con ellos. Excepto Luna, cuya mirada transparente gritaba cosas que nadie podía escuchar.
- No creo necesitar esa garantía, Harry.- No quise sonar petulante, pero no creo haber lo logrado.
Sin dudarlo más, subí hábilmente al Thestral más cercano, bajo la mirada de desconcierto del grupo. Claro que puedo verlos. Mataron a mi esposo en mis narices. Pensé repentinamente acongojada.
Después de unos largos segundo de silencio Harry murmuró algo sobre el Ministerio de Magia y tras una efímera espera los Thestrals alzaron al vuelo con una fuerza que jamás imaginé que tendrían.
¿El Ministerio de Magia? Esto no era solo una misión de rescate, también una misión suicida. Era imposible que Harry y su grupo salieran airosos de todo este embrollo, mucho menos frente a Voldemort.
Aquella afirmación agitó mi corazón. Una punzaba aguda en el pecho me advirtió que quizás nos encontrábamos en camino a la tierra de la muerte. Entonces, mis instintos surgieron más voraces que nunca. Reverberando en mi interior, inundando todo mi cuerpo tenso, dilatando mis pupilas y profundizando las inhalaciones, aumentando mi temperatura, agudizando mi oído. Jamás permitiría que Harry saliera herido. Haz hecho bien en venir, Sérène.
Debajo de nosotros extensiones de tierra quedaban atrás, con sus bombillas encendidas y sus peatones disfrutando de las últimas luces del ocaso. Los autos dirigiéndose a casa. La tranquilidad del mundo muggle pasada debajo de nosotros como un cuento de hadas. Mientras que los thestrals nos transportaban a una batalla segura contra la muerte.
Me preguntaba si Harry estaba consciente de lo que se avecinaba y si en realidad Voldemort estaría en el Ministerio. Alcé los ojos, desviándolos del paisaje y posándolos en Harry que iba delante de mí. Yo le seguía muy de cerca, iba firmemente aferrado al lomo del thestral, observando las luces desaparecer a medida que nos alejábamos de Hogwarts y de Hogsmeade.
De pronto, de forma abrupta, los thestrals comenzaron a descender rápidamente. Casi con violencia, haciendo que el viento nos lastimara los ojos. Me aferré con mayor fuerza al lomo velludo del animal y entre escondí la cara allí. En un abrir y cerrar de ojos todo se detuvo. En cuestión de segundos tocamos el suelo, ligeros y ágiles como aves de rapiña los thestrals aterrizaron hábilmente, apenas haciendo ruido. Y pronto, nuestros pies tocaron la tierra firme y sólida. Más que agradecidos por aquello.
Ron saltó al suelo cayendo estrepitosamente, ansioso por bajarse del animal que supuse, era invisible a sus ojos. El resto descendió con la bilis en la garganta y comprendí exactamente como se sentían. Mi estómago no se encontraba revuelto pero la sensación de estar cortando el viento con cada parte de mi cuerpo no se desvanecía. Tenía los huesos helados y eso lo agradecía. Después de todo, mi sangre sobrenaturalmente caliente solo lograba hacer arder mi cuerpo de manera incómoda. Recibí con agrado el aire gélido de las alturas.
Los thestrals se arrinconaron en un contenedor de basura, husmeando por comida en descomposición o carne cruda. Otros olisqueaban el aire y el suelo y caminaban de un lugar a otro distraídos.
- Y, ¿A dónde vamos ahora?- preguntó Luna risueña.
- Aquí, entren. – dijo Harry abriendo las puertas de una caseta telefónica roja escarlata.
No me detuve a pensar porque exactamente la entrada al Ministerio de Magia era a través de una caseta telefónica en mitad de una calle, solo obedecí. Al igual que el resto del grupo. Todos nos acomodamos terriblemente apretujados dentro de la caseta. Yo quedé casi al fondo con el rostro aplastado sobre el vidrio y los brazos tendidos en toda su extensión a cada lado del cuerpo. Era una suerte tener el vientre plano en este cuerpo juvenil.
- Quien esté cerca del teléfono marque seis, dos, cuatro, cuatro, dos.
Ron hizo un esfuerzo descomunal para llegar al teléfono. Se contorsionó de tal manera que su cuerpo lucía deforme. Una voz habló pidiendo unas indicaciones ridículas, luego un sonido tintineante se alzó y Ron cogió unas chapas que arrojó el teléfono. Las distribuyeron en el grupo. Yo cogí la mía y la envolví en mi puño sin mirarla. La voz en la cabina hizo otras sugerencias y Harry contestaba como si hubiera perdido la cabeza. La paciencia que le quedaba solo era comparable con un pequeño frasco de veneno. Finalmente, comenzamos a descender y se me ocurrió que hacer dos grupos y dos viajes en la caseta era más conveniente y cómodo que la lenta tortura de descender todos juntos en un espacio reducido con poco oxígeno. Luego noté que no podía siquiera expandir mis pulmones de forma normal.
Tampoco necesitas demasiado oxígeno. Es un viaje corto.
Luego, tarde, muy tarde. Recordé que mi cuerpo debería estar ardiendo como los mil demonios. Y que todos en este pequeño espacio podían sentir el inevitable sofocón que la alta temperatura produciría. El gélido viento había enfriado un poco mi piel, dándole alivio a mi cuerpo. Pero era una sensación efímera. Nunca duraba lo suficiente como para engañar a los idiotas.
Moví la cara un poco, todo lo que pude y arrinconé mi pupila en el borde del ojo para examinar la cabina a mis espaldas. Luna era la más pegada a mi cuerpo y ella portaba una máscara risueña, como si no pasara nada fuera de lo normal. Sin embargo, una gota traicionera comenzó a formarse en su patilla pronto se deslizaría en un viaje rápido hasta el suelo de la cabina. A mi lado, Ron parecía comenzar a sufrir los síntomas del sofocón. Respiraba profundo, tanto como el espacio le permitía expandir el pecho, y lucía como si tuviera la urgencia de pasar sus manos sobre la frente perlada.
El viaje al ministerio era tortuosamente lento.
¡Mierda!
Era de esperarse que todos sintieran abrasar sus pieles al estar tan cerca de mí en esta pequeña cápsula escarlata. Nadie era lo bastante fuerte como para soportar la elevada temperatura de mi cuerpo. Hasta mi esposo tuvo problemas con eso. Solo una persona en todas mis vidas había logrado aferrarse a mi piel sin inmutarse un ápice: Severus Snape.
¿Dónde estará? Tenía prisa la última vez que le vi. Sin mencionar lo inusualmente enojado que estaba.
Severus… quien elevaba mi temperatura aún más y sin embargo, nunca se apartaba de mis manos y mis brazos ardiendo, o de mi cintura encendida en fuego.
Una sacudida detuvo mis pensamientos incoherentes. Y miré alrededor alarmada, en busca de algún indicio de que alguien haya notado mis estúpidas cavilaciones. Como si esta cuerda de chiquillos pudieran leer la mente. En vez de eso, el grupo salió disparado de la caseta cayendo todos al suelo sobre Harry. Ron y yo tambaleamos un poco pero logramos sostenernos en pie sin dañar a nadie.
Al estabilizarnos, noté el suave rumor del agua golpeteando constantemente. Como un chorro eterno cayendo en cascada. Levanté la vista y me topé con una enorme fuente en el centro. Estaba constituida por una bruja y un mago, un centauro con arco y flecha en mano, un duende y un elfo-doméstico. Los chorros de agua salían de todos los personajes de piedra. Era una cosa extraña para ver.
- Vamos- dijo Harry al moverse y todos le seguimos de forma automática. Él tenía el mando. Esa afirmación me causó gracia e intenté contener la sonrisa. Harry era solo un pequeño de quince años.
Rodeamos la fuente y nos dirigimos directo a los elevadores. Esta vez el espacio era suficiente para albergar a un grupo numeroso de personas en una misión suicida, agradecí aquello. Al menos en ese amplio espacio tardarían más tiempo en sentir la ola de calor que emanaba de mi cuerpo. El elevador se detuvo pronto. La voz rechinó nuevamente anunciando el Departamento de Misterios y todos salimos al corredor sin decir palabra. Nos detuvimos en cuanto Harry lo hizo, frente a una puerta negra sin nada en especial. Harry posó su vista sobre la entrada y la expresión de su rostro pálido denotaba unas ansias que llegaban a su fin. Sus facciones reflejaban una satisfacción excitante como si hubiese esperado demasiado por este momento.
Su expresión me alarmó y encendió la luz roja del peligro. Se me erizaron los vellos de la nuca y eso nunca era bueno.
Harry sugirió que se quedara un par en la entrada para vigilar pero nadie estaba dispuesto a abandonarle. Yo no era la excepción. Una idea ridícula dividirnos cuando necesitaremos más varitas allí dentro que acá afuera. Después de todo, por algo se llamaba el departamento de misterios. Avanzamos hacia la puerta negra y ésta se abrió. Al pasar el umbral nos encontramos en una cámara circular totalmente negra, desde el techo al suelo. Me invadió una ola de calor que le siguió otra ola fría. Jamás me había pasado tal cosa y me asusté por un momento. Luego, me recompuse y me mantuve alerta. Debía cuidar las espaldas de Harry.
Harry dio la orden de cerrar la puerta y todo quedó sumido en una oscuridad tenue y misteriosa. De repente, las paredes comenzaron a moverse. Giraban frenéticamente alrededor de nosotros. Yo tensé mi cuerpo como si eso fuera necesario para mantenerme anclada en el suelo y no moverme junto a las paredes. Un gesto inútil, el suelo ni siquiera tembló bajo mis pies.
Cuando el rápido movimiento se detuvo me encontré aturdida y desorientada. Supongo que ese es el propósito de tanto ajetreo. Todos sostuvieron sus varitas firmemente en sus manos. Yo no necesitaba hacer tal cosa, con un movimiento de muñeca podía aturdir a cualquiera, pero necesitaba mantener la concentración. Algo que se me dificultaba por el repentino dolor de cabeza que me pinchaba lo sesos sin piedad. Los chicos mantuvieron una charla corta, algo sobre salir de allí pero no pude seguirla con detenimiento debido al dolor punzante en las sienes.
De pronto, los chicos se movieron de su lugar y comenzaron a avanzar. Por instinto me apegué a Harry y me mantuve en su costado derecho a poca distancia de él. Pretendía abrir la puerta frente a nosotros. La empujó dubitativo. Cuando la puerta estuvo abierta de par en par una luz encendió el lugar, iluminándolo todo. Dentro una habitación enorme se expandió llena de escritorios y una enorme pecera llena de criaturas flotando perezosas en el espacio.
No le presté atención a nada, solo a Harry y su espalda, las cuales mantenía cubiertas a cada momento. El grupo de chiquillos se distraía con facilidad, admirando todas las cosas extrañas a su alrededor. No podía culparles, eran solo unos adolescentes curiosos e inexpertos. Sin embargo, yo había vivido lo suficiente para saber que bajar la guardia era un error tremendo.
Los vellos de mi nuca permanecían erizados. La perpetuidad de aquella sensación me producía mucho malestar. Me mantenía alerta, con los ojos abiertos, las pupilas dilatadas, las manos en alto y la espalda tensa. Miraba en todas las direcciones sin mirar nada en realidad, solo escaneaba el lugar en busca de peligro sin apartar mi atención de Harry. Si algo surgía de improvisto, estaría preparada para atacar.
Afortunadamente, salimos pronto de aquel lugar.
Al llegar de nuevo a la sala oscura Hermione hizo gala de su extraordinaria inteligencia.
- Flagrate - gritó al momento que agitaba la varita y una enorme X se tatuó en por la puerta de donde salimos hace unos segundos antes de que esta se cerrada estrepitosamente y los muros comenzaron a danzar rápidamente a nuestro alrededor. Cerré los ojos un momento para evitar que el punzante dolor de mi cabeza se acrecentara.
Cuando el entorno volvió a su estado de inamovilidad abrí los ojos y vi a Harry dirigiéndose nuevamente a la puerta justo frente a él. Le seguí de nuevo, pisándole los talones. Alerta. Harry abrió la puerta y frente a nosotros un enorme anfiteatro lleno de escalones y un profundo centro apareció.
- Por Merlín- dije en voz baja- este lugar es descomunal.
Nadie dijo nada ante aquel comentario, pero me pareció ver a los chicos asintiendo de manera ausente.
En el centro del anfiteatro un arco de piedra se erguía precariamente, estaba tan deteriorado que en cualquier momento caería en mil pedazos que se esparcirían por el suelo. En el centro del arco un velo ondeaba ligeramente como una cortina finísima que dejaba pasar la luz. Entramos al lugar y bajamos los escalones despacio, uno a uno. De repente, noté algo. El lugar estaba completamente aislado, sin cámaras de ventilación. No había ninguna corriente de aire que agitara nuestros cabellos y mucho menos el velo que danzaba perezosamente en medio del arco. Luego, sentí como si alguien estuviese del otro lado del velo. Había una presencia allí.
- ¿Sirius?- susurró Harry, desconcertado.
De pronto, la vista se me nubló y frente a mí estaba el arco. El arco con un cuerpo desvaneciéndose lentamente entre los suaves pliegues del velo. Un cuerpo con los ojos perdidos en el vacío enroscados en unas cuencas profundas y aterradoras y las manos lánguidas a los costados. La visión más espeluznante que he tenido jamás.
Cuando regresé a la realidad, en el velo no había ningún cuerpo flotando. Pero supe que era una advertencia.
Se me aceleró el corazón y respirar se me hizo pesado y urgente. Me espabilé al instante
El dolor de cabeza había desaparecido de sopetón y mis sentidos ya no se encontraban adormilados como antes. La constante tensión de mi cuerpo permanecía perenne pero por alguna razón sentí que salía de un letargo auto inducido y me encontraba más despierta que nunca. Más alerta de lo que he estado jamás.
Jadeé ante la sorpresiva realidad y halé a Harry sin delicadeza. Él se sobresaltó visiblemente y yo le arrastré hasta los escalones.
- Nos vamos de aquí- grité- todos, afuera. ¡Ya!
Las expresiones desfiguradas de los chicos eran de asombro. Pero por sus pieles pálidas supe que estaban totalmente de acuerdo conmigo. Ese lugar no era un buen sitio para pasar el rato en compañía de los amigos. No era precisamente un parque recreacional. Obedecieron sin chistar. Pronto nos encontramos de nuevo en el salón circular. Hermione fue lo bastante rápida como para plasmar la enorme X sobre la puerta negra antes de que el salón volviera a girar.
Esta vez no cerré los ojos. Me encontraba alerta, espabilada. Algo en aquella habitación me introdujo a la realidad y borró todos los malestares que me aturdía. Excepto… el constante vello erizado y la tensión de mi cuerpo.
Sentí un forcejeo en mis manos. Y caí en cuenta que aún sostenía a Harry. Le solté de inmediato y le vi sobarse la muñeca. La temperatura de mi cuerpo era demasiado elevada en comparación con la suya y le aferré la muñeca con bastante fuerza. Le había lastimado.
- Lo siento, Harry- susurré frente a su expresión de sorpresa y sospecha contenida. Era imposible que no le ardiera la piel de la muñeca ante un tacto tan caliente.
Después de un breve segundo Harry se dirigió a la puerta que teníamos frente a nosotros. Esta no se abrió como el resto. Y permaneció de esa manera, cerrada, a pesar de los intentos del grupo por abrirla. Yo podía abrir la puerta conjurando cualquier hechizo explosivo pero mi instinto me advirtió que era mejor mantenerla cerrada. Nada de lo que se encontrara allí dentro nos incumbía. Hermione marcó de nuevo la puerta y todo comenzó a girar.
Cuando el movimiento se detuvo Harry empujó la puerta conmigo pisándole los talones. Por la expresión de su rostro supe que era la correcta y yo también. Sentía que había estado en ese lugar hace mucho, mucho tiempo y los vestigios de un recuerdo se alzaron entonces. Una sesión donde tuve el corazón desbocado la mayoría del tiempo una sesión donde vislumbré una sala oscura, con miles y miles de pasillos levemente iluminados por luces plateadas, estantes de alturas y longitudes impresionantes se erguían sobre la cabeza. El misterio asechaba allí. No había más que ver, sólo una imagen que se repetía a lo largo y ancho de la visión.
Al igual que ahora. Exactamente igual a lo que tenía frente a mis ojos.
En ese momento supe, que la profecía era lo que se escondía allí. La profecía era aquello que Voldemort buscaba y me sentí más acertada que nunca, mas confiada que nunca de que el mago más peligros que ha visto nacer el mundo se encontraba escondido entre los estantes y las luces parpadeantes.
Habíamos llegado al final del túnel, uno que se bifurcaba y no mostraba más que dos caminos, ambos peligrosos.
Hola, mis amores. Al fin, después de un mes de ausencia he logrado actualizar.
Debo decirles un par de cosas:
1._ He estado trabajando en otro proyecto, una historia original, y eso es lo que me mantiene ocupada durante el día. Es una de las razones por la cual no he actualizado antes.
2._ Sé que ustedes quieren más interacción entre Sérène y Severus, pero en esta parte de la historia no la veremos. Prometo que en los próximos capítulos la tendremos y será más intensa que nunca (quizás algo de acción entre estos dos). Es muy posible que interactúen en el siguiente capítulo.
Por ahora me despido.
Por favor, tengan un poco de paciencia conmigo ya que mi nuevo proyecto me ha consumido un poco. Pero la historia continúa, de eso seguro. No se detendrá. Iré a paso lento pero seguro.
Gracias por pasar a leer. Un millón de abrazos :* :* :*
