XXIV Entre el fuego y el velo.

La corriente fría refrescaba la ardiente temperatura de mi piel, que descendió un par de grados y mantuvo su índice en unos frescos treinta y ocho grados, me espabilaba aún más.

Los chicos observaban la estancia con curiosidad y alarma, nos encontrábamos en el sitio correcto con los enormes y altos estantes llenos de perladas esferas que iluminaban ligeramente el espacio. El aura de ocultismo se sentía como una capa de bruma muy espesa y helada imposible de disipar. Avanzamos lentamente entre las ordenadas hileras de estantes hasta que Hermione habló.

- Dijiste que era la fila noventa y siete-susurró con temor a que se voz recorriera toda la estancia.

- Sí-respondió Harry ensimismado unos metros alejado de nosotros.

Yo no le perdía el rastro. Mis orbes amarillos se enfocaban en él y en cada uno de los centímetros que movía su cuerpo lejos de mi figura ansiosa. Aún tenía los vellos erizados y una constante corriente iba y venía rápidamente desde la base de mi columna hasta la coronilla manteniéndome a la defensiva, despierta, alerta.

- Pienso que debemos ir hacia la derecha- volvió a hablar Hermione y todos le seguimos. No participaba en sus conversaciones, me mantenía lo más distante que pudiese de ellos, no quería ser una ficha del tablero presente y asequible sino una sombra apenas perceptible. No pretendía llamar su atención, mi único deber era proteger a Harry a quién le pisé los talones mientras zigzagueábamos entre los altos estantes con sus borlas plateadas. La luz azulada de las velas esparcidas por el lugar daban un aspecto de catacumba medieval que me producía escalofríos angustiosos. Sentía el peligro latir suavemente como el acompasado pulso de un niño durmiente mientras nos acercábamos a la fila noventa y siete.

La ansiedad de Harry emanaba de su cuerpo como una esencia floral lo hacía del cuello de una jovencita. Un pequeño sudor perlaba su frente y brillaba repulsivamente bajo la luz azulada de la estancia, él parecía no notarlo en lo absoluto pero sus ojos se desorbitaron y la expresión de su rostros era tal que la locura parecía asomar entre su ceño fruncido y la línea arrugada de su boca.

Finalmente, llegamos a la buscada fila noventa y siete. Para ese momento tenía todos mis sentidos agudizados con los ojos abiertos en toda su amplitud y las manos ligeramente crispadas, listas para arremeter en contra de cualquiera que se atreviera a desafiarnos. Sin embargo, allí en el pasillo no había nadie. Recordé entonces que el propósito de esta misión suicida era rescatar a Sirius, el padrino de Harry. Pero ese pasillo estaba desierto, no sentía la presencia de ninguna criatura aparte de nosotros, tampoco el aura perversa y maloliente del Señor Tenebroso pero Harry estaba renuente a entender aquella realidad.

Un latido errático me sacudió el pecho, seguido de otro y de otro zarandeándome brutalmente el corazón contra las costillas. Algo que sucedía cuando una irrevocable situación de peligro estaba por ocurrir.

Si Voldemort no está aquí, entonces por qué…

No prestaba atención a los chicos, sabía que se habían agrupado sobre la estantería observando algo con mucho interés y susurrando con preocupación acerca de algo pero yo no podía centrar mi atención en ellos. Una ola de calor me inundó completamente, extendiéndose desde las uñas de mis pies hasta la punta de mis cabellos naranja que se alisaron en punta percibiendo el inminente peligro que se avecinaba. El corazón se me desbocó desenfrenado, enloquecido y mis pulmones se tornaron rígidos, inflexibles impidiéndome tomar aire. Algo estaba por suceder, algo se aproximaba a toda prisa hasta nuestra posición.

Flexioné las rodillas un poco y levanté ambas manos a la altura de mi pecho a la vez que miraba en todas las direcciones enfocando la vista hasta donde la azulada luz de las velas dispersas entre los pasillos me permitía ver. El aire frío de la estancia se detuvo, quedando suspendido junto a las partículas de polvo por unos segundos para luego reanudar su marcha deslizándose entre las hebras de mis cabellos crispados.

Los chicos seguían discutiendo a mis espaldas alzando el timbre de sus voces sin siquiera notarlo mientras yo intentaba no colapsar de un ataque de ansiedad. Con el corazón galopando descontrolado y la respiración pesada.

Sentía el aura oscura, revuelta y excitada de unos seres que se encontraban cerca pero no podía verlos.

Estaban allí en las sombras al asecho, a la espera de algún acontecimiento pero no podía captar su posición.

Las voces chirriantes de los chicos se apagaron, lo cual me alarmó más y justo cuando pensaba girarme para comprobar que se encontrara en perfecto estado una voz diferente se alzó entre el momentáneo silencio de la sala llena de estantes.

- Muy bien, Potter. Ahora date la vuelta, tranquila y lentamente, y entrégame eso.

Estábamos rodeados. Aún no podía ver cuantos era pero sin duda alguna se trataba de mortífagos, hambrientos y deseosos por derramar sangre, dispuestos a todo.

Mi corazón se cansó de bombear con fuerza y rapidez, de a poco su ritmo disminuía produciéndome un mareo por el repentino cambio. Mantuve mi posición agazapada delante del grupo pero era inútil, no podía cuidar su retaguardia y escapar de aquí sería una tragedia que podía terminar con alguno de los chicos tendidos y tiesos en el suelo. Podía ser Harry, y eso no lo permitiría, tenía una promesa en pie grabada a fuego dentro de mi cabeza y la cumpliría a como diera lugar. Harry saldría sano y salvo del departamento de misterios, fuera como fuera.

- Dámela, Potter- repitió el mortifago que había hablado antes, su rostro estaba descubierto dejando ver claramente su tez pálida y su cabello rubio casi platinado. Sus facciones eran tan similares a las de Draco Malfoy que no me cupo dudo alguna de que se trataba de un familiar directo de él, no me sorprendí al saber que semejante criatura malcriada estuviese envuelta entre las oscuras fuerzas del señor tenebroso. - Dámela, Potter.

Hizo un ademán para acercarse, sus ojos gritaban que deseaba lo que sea que Harry tuviera en las manos pero se lo impedí. Con un paso corto y ligero le corté el paso y desvié su atención hacia mí. Mantuve la mirada iracunda y desbordada de rabia sobre él. Su mano extendida vaciló un poco al encontrarse frente a frente a mis ojos dorados innaturalmente moteados de manchas negras que danzaban fieramente en las irises. Mi postura agazapada indicaba ataque y peligro, era imposible que no se intimidara. Sin embargo, su vista no se apartó de mi rostro a pesar de su miedo. Mi movimiento, a pesar de haber sido ligero, alertó al resto de las figuras oscuras incrementando su tensión, podía sentir las fuertes auras revueltas, nerviosas y otras tantas deseosas por aniquilar, aquella oleada de agresividad no hizo más que tensarme el cuerpo crispándome más sobre mi misma, afilando los dedos de las manos lista para arremeter en cualquier momento.

Maldita sea la hora en la que decidiste entrar a mi casa y matar a mi esposo, Lord Voldemort.

Era aquello lo que me tenía aquí, de frente a la muerte inminente de nuevo, totalmente segura que esta vez mi cuerpo no ardería hasta hacerse cenizas y salvarme de la oscuridad del más allá.

No te arrepientas, Sérène es la vida que te ha tocado vivir. Estás aquí ahora y no hay marcha atrás.

A pesar de mi actitud defensiva y de mi posición de ataque nadie se movió, incluso aquellos que los deseaban permanecieron en sus lugares. Harry, quién parecía ajeno a lo que mudamente acababa de suceder decidió hablar.

- ¿Dónde está Sirius?

Las palabras de Harry desataron carcajadas que volaron entre los estantes y producían un estridente y desagradable sonido. Yo quería gruñir como una leona en actitud defensiva.

- El Señor Tenebroso siempre sabe.- canturreó con orgullo una voz claramente femenina, con un deje de locura tan evidente que no cabría duda para nadie que estaba loca. No pude ver su rostro pero supe que estaba detrás y a la derecha del rubio. Sin ellos saberlo, sus risas advirtieron sus posiciones y corroboré lo que suponía, estábamos rodeados.

Y ahora… ¿Cómo salir de aquí con este grupo de chiquillos?

Sabía que Harry mantenía un conversación ridícula con el rubio y la mujer de la risa desquiciada que dejó ver su rostro tras acercarse y bajar la capucha que cubría los enmarañados cabellos; su cara reflejaba perfectamente el brillo enloquecido de sus ojos incrustados en un rostro demacrado pero su cuerpo, aunque maltrecho y esquelético, soportaba muy bien el deseo ferviente de vivir para matar.

Me sentía prisionera de nuevo, encerrada en una jaula donde los garrotes eran tan altos y luminosos que apenas podías ver más que su azulado brillo y los guardianes un grupo de dementores hambrientos, dispuestos a dar el beso. ¿Cómo escapar? Miraba con disimulo en todas las direcciones, escaneando las auras de los mortífagos ocultos en la densa oscuridad de la cámara para saber sus posiciones, en busca de un agujero, alguna vía de escape en medio de ese mar de estantes.

La tensión subía a medida que Harry charlaba con el mortifago, lo hacía para distraerlo, de eso no cabía duda pero no podría distraerle por siempre y yo no disponía de tiempo suficiente para sacarlos de aquí

¿Y si levanto una barrera de fuego? O, ¿Un encantamiento protector? ¿Un ataque frontal?

No podía decidirme, cada plan tenía una falla en común: ellos conocen nuestra posición. Y sin importar que encantamiento levantara o cual hechizo invocara nos tenían rodeados y un solo rayo de luz verde perdido entre las estanterías y las esferas luminosas podría matar a cualquiera de los chicos.

Incluyendo a Harry.

La presión en mi pecho aumento, aunado a la insistente corriente que no dejaba de viajar por mi espalda y crispar mis vellos, comenzaron a temblarme las piernas y temí colapsar allí mismo entre Harry y el rubio que podría convertirse en su verdugo.

Resiste, Sérène.

De pronto, los mortífagos se acercaron más. El movimiento me sacó de mis cavilaciones y me mantuve alerta.

- Ni se te ocurra,- susurré bajo mi aliento- dar un paso más.

El silencio cubrió la estancia como un manto de lana pesado y caliente. El rubio me miró curioso pero la enloquecida mirada de Bellatrix se burlaba por ella.

- Vaya, así que Potter tiene un perrito guardián. – se mofó blandiendo su varita con despreocupación.

- Llámame como desees querida Bellatrix- sonreí maliciosa- tu humor caerá bien a los muertos

La cara de estupefacción de la mortifaga no tenía precio alguno, su rostro se escandalizó con un rubor fuerte y le temblaban las manos de la rabia. A mis espaldas percibí el movimiento de los chicos con varita en mano.

- ¡Te atreves a amenazarme! Sucia mocosa- gritó encolerizada- Avada ke…

- ¡Ahora!- escuché gritar a Harry y una lluvia de hechizos se precipitó sobre los mortífagos. Las estanterías cedieron ante los hechizos y las esferas azuladas caían estrepitosamente en el suelo, sobre los mortífagos y sobre nosotros.

El resto fue un caos, el grupo se dividió y nada podía distinguirse entre las luces rojas, verdes y blancas que volaban de un lado a otro esquivando las profecías para alcanzar a cualquier cuerpo que se atravesara, encontré a Harry corriendo junto a Neville y Hermione a mi derecha, y les seguí entre los pasillos. Un mortífago les perseguía y estuvo a punto de alcanzarlos.

- Expelliarmus- grité y agité la mano en esa dirección hasta que el mortífago voló por los aires y aterrizó sobre más estanterías que se hicieron añicos.

Más adelante, en una intercepción, me uní a Harry a su grupo. Hermione chilló asustada pero al darse cuenta que era yo bajó su varita, en ese momento otro mortífago sostenía a Harry por el hombro y sin pensarlo ambas gritamos a unísono.

- Desmaius – el mortífago voló a una distancia sorprendente, producto de ambos hechizos que le dieron directamente en el pecho. Si no moría sería un milagro. Pero el grupo enemigo era demasiado numeroso y tras nosotros tres mortífagos nos daban alcance a toda velocidad, miré al frente y pude ver la puerta de salida a escasos metros, sin embargo, no alcanzaríamos a llegar Hermione, Harry y Neville lanzaban hechizos pero nunca lograron alcanzar a los mortífagos que los esquivaron con habilidad.

Esto no va a funcionar.

Sin premeditarlo ni por un segundo, me paré en seco.

- ¡Sigan corriendo!- grité, alcé las manos al frente, canalizando la magia a través de mis dedos – ¡Incendio!

Los tres mortífagos ardieron en llamas al mismo tiempo, el fuego se elevaba al menos tres metros consumiendo todo lo que se encontrara a su paso, los cuerpos encendidos corrían y saltaban buscando extinguir el fuego, pero era inútil jamás lograrían hacerlo. Las esferas caían sobre los cuerpos en llamas y explotaban sonoramente dejando salir un humo blanco que se consumía junto a las túnicas y cabellos de los mortífagos que seguían agitándose tumbando todo a su alrededor.

De repente, un golpe seco me sacó el aire haciéndome abrir los labios en busca de oxígeno, inútilmente, nada entraba a mis pulmones más que el humo ennegrecido que producían las antorchas humanas, el corazón golpeteó frenético para mantenerme alerta, sin embargo, no fue suficiente y sin quererlo siquiera colapsé sobre mis rodillas y luego mi mejilla izquierda sentía el frío contacto con una superficie sólida mientras que mis ojos, poco a poco, perdían luz y la imagen de los mortífagos danzando encendidos en llamas no fue visible nunca más.

Un único pensamiento cruzó por mi mente, efímero pero poderoso, antes de sucumbir a las sombras de la inconciencia.

Sentía calor, abrazaba mis brazos y no me dejaba respirar. Me removí inquieta al darme cuenta que sudaba, algo que no sucede con facilidad y traté de abrir los ojos sin éxito. Estaban pesados y poco dispuestos a obedecer. Me dolía la espalda, a la altura de los pulmones y removerme no me hacía nada bien.

Por merlín, ¡Qué dolor!

Olía a incienso, una esencia que llenó mi nariz de repente como si mi sentido del olfato no estuviese activado sino hasta ese instante. Me llenó las fosas nasales y me ahogó, era un olor desagradable como el de un pozo de desechos encendido en llamas.

¿Llamas? ¡Los mortífagos!

Mis ojos se abrieron, seguían pesados pero la alarma se apoderó de mis acciones y me liberó del ensimismamiento que mantenía mi cuerpo estático, fui consciente de todas mis extremidades y que, en efecto, estaba empapada en sudor. Desde mi altura, sentí la mejilla pegada al suelo ahora caliente y una sala con el techo despejado, podía ver claramente a través del espacio ya que la mayoría de los estantes habían sucumbido a la fuerza de los hechizos y las maldiciones. Moví la cabeza y encontré un trío de cuerpos calcinados, con un denso humo negro crispándose sobre los restos de túnicas y cristal, el incendio fue apagado eso se veía claro porque de haber continuado encendido les hubiera consumido hasta el tuétano.

Me apoyé en las rodillas, sintiendo un terrible mareo. El aire llenaba dolorosamente mis pulmones maltratados, los brazos me temblaban sin control así que cambié de posición y me senté sobre mis talones, jorobada, adolorida, frustrada, con los ojos perdidos y el terrible olor a carne quemada que no ayudaba a las náuseas. La estancia ahora era más oscura, sin el ligero brillo de las millones de esferas dispersas en los estantes, la luz no ayudaba a enfocar más allá de unos cuantos metros.

¡Harry! ¡Por las sucias barbas de Merlín!

Me levanté de sopetón y casi caído al suelo de nuevo, trastabillé como un bebé en sus primeros pasos pero logré estabilizarme, respiré profundo varias veces a pesar del dolor y tras los primeros segundos de estabilidad caminé tan rápido como me permitió el mareo hacia la salida. Recordaba claramente dónde estaba y a medida que me acercaba la ansiedad estiraba mi pecho incómodamente. El corazón se me desbocó por enésima vez el día de hoy y pensé que podría sucumbir a un ataque cardiaco en cualquier momento.

Hallé la puerta y la abrí, salí de la estancia y la puerta negra se cerró con un estrepitoso estruendo, la sala comenzó a girar y cerré los ojos fuertemente,

¡Para! Por favor, por favor, por favor, por favor. ¡Para!

Vislumbrar el giro rápido de las puertas me descolocó, tuve que mantener las inhalaciones profundas y acompasadas para no caer presa del mareo. Cuando todo se detuvo y abrí los ojos la duda me asaltó. ¿A dónde debo dirigirme? ¿Dónde está Harry? Y como respuesta a mis preguntas gritos desesperados llegaron a mis oídos. Era la voz de Harry.

De pronto, la desquiciada mortífaga de pelo rizado salió a toda prisa de una de las puertas marcada con la enorme X. Harry le pisaba los talones.

Por instinto, conjuré un hechizo.

- Petrificus totalus- grité en dirección a Bellatrix pero fallé y el hechizo dio con una de las puertas que se abolló solo un poco. Caí de rodillas al suelo, agotada y mareada producto del esfuerzo. Ese golpe directo a los pulmones me había afectado más de lo que imaginada.

Harry pasó de largo sobre mi figura indispuesta y corrió tras Bellatrix que se mofaba de él. Dejé de perder el tiempo allí y me levanté, haciendo caso omiso a las quejas de mis huesos. Les seguí hasta que Harry tomó el ascensor, lo cerró a la vez que me miraba con los ojos desorbitados y enloquecidos por la rabia que flameaba indecorosamente dentro de él. Me miraba sin mirar, poco consciente de que estaba allí, al otro lado de las puertas del ascensor gritándole que se detuviera y me dejara ir con él. Bellatrix le había hecho algo a Harry, algo lo bastante malo como para que su mente se nublara de esa forma. Me pregunté si estarían bien los demás.

En cuanto el ascensor volvió, me subí en él y me dirigí directamente al vestíbulo. Si la mortífaga deseaba salir del Ministerio lo haría desde allí, era la única manera. El ascenso fue tortuosamente lento, agonizante, el corazón se me salía por la garganta de la angustia y el mareo no cesaba para nada. Me sentía al borde del colapso, pero no, debía mantenerme en pie, Harry se encontraba a solas con una desquiciada mortífaga capaz de aniquilar sin miramientos y sin piedad. El pequeño Potter tenía todas las de perder.

Salí del ascensor mirando en todas las direcciones para encontrarme con Harry y Bellatrix suplicando piedad.

¿Qué pasa aquí?

Corrí en su dirección tan rápido como mi condición me lo permitió pero paré en seco en cuanto mis ojos captaron una imagen más amplia, más aterradora. Unos ojos escarlata incrustados en una piel pálida, blanca, impávido y nauseabundo, ataviado con una capa negra y un maloliente olor que vagaba por la sala, al igual que la primera vez que le vi.

No soporté aquella visión tan asquerosa de su figura inhumana caminando delicadamente en la estancia. Un montón de recuerdos se apretujaron en mi cabeza y desfilaban desordenadamente uno tras otro:

Voldemort levantando su varita, el sonido del timbre de la entrada, Melquiades corriendo escaleras arriba, Voldemort reclamando a mi esposo, gritos por toda la casa, mi figura encolerizada corriendo hacia Voldemort, el rayo de luz verde derribando a Melquiades, las lágrimas de mi rostro, mi cuerpo ardiendo en llamas, otro haz de luz verde dirigiéndose directamente a mi frente, mi piel quemándose dolorosamente, Voldemort riendo, el sonido de un traslador hecho añicos.

Rabia, no, no era eso. Algo más fuerte, más poderoso, indescriptible, incontenible. Bramó como las llamas enardecidas de un volcán en erupción. Veía rojo y mi cuerpo, presa de la emoción, tomó el control embargado por los impulsos que semejante imagen asquerosa me produjo. Sin pensarlo, sin contenerlo, solo sintiendo la sed de venganza secarme los sesos tiré con fuerza brutal de la pluma dorada que oscilaba como un péndulo en mi oreja. Me rompí el lóbulo pero no sentía dolor, ni escozor, ni la sangre roja y caliente burbujear hasta mi hombro, manchando la túnica.

De inmediato, la pluma se transfiguró en una larga y esbelta varita de madera de alerce tallada con delicadas barbas similares a las plumas de un fénix. Una ráfaga de aire fresco se arremolinó a mí alrededor alborotando mis cabellos pero sin éxito al tratar de menguar mi temperatura alarmantemente alta. Sentí a la varita conectándose fuertemente con mi magia, mi cuerpo, mis emociones y mi mente; restableciendo la tan ansiada conexión que tanto esperó por volver a suceder. El poder inagotable viajaba por mis venas y les hacía palpitar enérgicamente. Mis ojos se tornaron negros como el carbón más puro y virgen y de pronto no me sentí humana, sino sobrenatural, me sentí tal y como he sido desde mi nacimiento.

Un fénix encolerizado.

Alcé la varita y la ráfaga de viento se extendió más allá alcanzando a Bellatrix que miraba a Voldemort con súplica. Ella se volteó y su rostro se contorsionó grotescamente al verme allí de piel, con varita en mano, los ojos totalmente negros y el cabello volando de un lado a otro, sonriendo maliciosamente como un demonio recién salido del infierno. Hice un movimiento ligero y poco perceptible y ella voló por los aires hasta estrellarse con una de las chimeneas y cayó inconsciente sobre el duro suelo.

Harry me miró estupefacto y Voldemort, con sus horribles ojos me observó curioso, con una sonrisa complacida que dejaba ver sus dientes ennegrecidos.

Voldemort posó su atención en mí, de las rendijas borgoña de sus ojos no había nada más que interés morboso. Se giró completamente hacia mí, sin dejar de sonreír.

Caminé lentamente hacia él, arrastrando conmigo la ráfaga de viento que desató la conexión entre mi magia y la varita, recogiendo polvo y escombros que se sumaban al torbellino. Casi había olvidado por completo como se sentía el poder recorriendo todo mi cuerpo. La venganza se llevaría a cabo esa misma noche y el fuego de la sed de sangre se extinguiría por fin.

Con otro movimiento de varita lancé un hechizo directamente a Voldemort, pero este lo desvió a tiempo con total elegancia. El hechizo dio con uno de los elevadores del fondo y destrozó por completo las rejas.

Sonreí.

- ¡Mi señor!- escuché débilmente, Bellatrix había despertado demasiado pronto.

De repente, Harry corría en mi dirección. En sus ojos se veía la determinación de luchar a mi lado en contra de él pero no se lo permitiría.

Yo no olvido mis promesas.

- No lo harás- susurré mirándole. Con un despreocupado movimiento de mi muñeca izquierda le hice patinar por el suelo hasta que cayó sobre su trasero varios metros alejado de nosotros. – Esto es entre tú y yo, Voldemort.

Sin dejarle responder o reaccionar conjuré varios hechizos y este lo esquivó con habilidad. Podía ver cómo le costaba desviarlos, debido a la fuerza con la cual eran conjurados, pero a la final lograba salir ileso.

Eso elevó mi rabia.

- Basta, Voldemort- y solté el hechizo que deseaba desde hacía mucho tiempo- ¡Avada Kedabra!

Luego, todo pasó muy rápido.

Harry se vio acorralado por una enorme masa de piedra, mi cuerpo fue presionado sobre el suelo con agresividad por otra y Bellatrix a lo lejos luchaba con una enorme masa.

¿Qué?

Eran las estatuas de la fuente. Nos mantenían prisioneros mientras Dumbledore luchaba con Voldmeort.

- ¡No!- grité desesperada, no podía respirar normalmente debido a lo agitada que estaba. Necesitaba mi venganza la necesitaba tanto como el agua o el oxígeno. Voldemort tenía que morir, tenía que pagar.

Busqué con la vista mi varita que había salido disparada de mi mano en el momento que la roca me presionó contra el suelo para hallarla a unos metros más allá, lo bastante lejos como para que mis dedos largos no le alcanzaran. Alrededor, se escuchaba la batalla que sostenían Dumbledore y el señor tenebroso, destrozando todo lo que se encontraba en la estancia.

- Accio, varita- dije, estirando las manos en esa dirección y de inmediato la tuve entre mis dedos. La conexión volvió con fuerza y la ráfaga de viento arrojó la estatua lejos de mí. Me levanté se sopetón y lo que vi no me gustó en lo absoluto.

Harry gritaba, desesperado. Parecía sentir tanto dolor mientras una horrible criatura lo sostenía con sus tentáculos. Sus alaridos eran tan desgarradores que me produjeron una sensación física desagradable, la rabia se drenó a través de un desagüe invisible y fue reemplazada por una preocupación tan grande que me producía escozor en los ojos.

- ¡No, Harry!- grité corriendo hacia él, pero Dumbledore me detuvo.

- Mátame ahora, Dumbledore- salió de la boca de Harry. – Si dices que la muerte no es nada, Dumbledore, mata al muchacho.

Unas llamaradas verdes se alzaron en las chimeneas y varios magos y brujas entraron en la estancia con varita en mano. La horrorosa criatura soltó a Harry. Voldemort escapó cobardemente con Bellatrix mientras Dumbledore y yo corríamos hacia Harry, que estaba tirado de bruces sobre el suelo.

- ¿Estás bien, Harry?- preguntó Dumbledore. Yo apenas era capaz de digerir lo que había pasado. Harry estaba balbuceando incoherencias y yo sonreí preocupada.

Varias voces se alzaron entre las demás y al mirar sobre mi hombro vi al mismísimo ministro de magia vestido de pijama sobre la cual se colocó una túnica elegante que no disimulaba nada su atuendo improvisado. Dumbledore se levantó lentamente mientras me sostenía la mirada, su mensaje era claro: ¡Quédate con Harry!

Asentí y él se alejó hacia el centro del atrio.

Posé toda mi atención en Harry, que tenía la frente perlada y los ojos desorbitados. Le alcancé sus gafas que había quedado lejos de su alcance y arrodillada junto a él se las ofrecí. Él miró mi mano sosteniendo sus lentes y luego la otra sosteniendo la varita de alerce, luego elevó su mirada a mis ojos y los examinó con el ceño fruncido, estaba confundido y alarmado, inquieto. No sabía con exactitud qué tan oscuros estarían mis ojos ahora, pero si sostenía mi varita en la mano dudaba que mantuvieran el matiz dorados como de costumbre. Le sonreí para tranquilizarlo.

- Después, Harry- le dije, sabiendo que ya no podría ocultarme por mucho tiempo más, había puesto en evidencia a mi persona desde el momento en que les salvé en el bosque prohibido.- ¿Crees que podrás levantarte?

El asintió lentamente, dudoso, aún con el ceño fruncido. Nos levantamos al mismo tiempo y en ese momento sentí las secuelas del hechizo que me dio en la espalda a la altura de mis pulmones. Me encorvé con dolor y Harry me sostuvo para que no cayera. Le miré sonriendo.

- Gracias, Harry.- el no dijo nada.- Puedes soltarme, estoy bien. Sé que te escoce la piel, la mía no debe estar muy fresca, ¿no? – añadí para que me soltara, ya no tenía sentido ocultar lo evidente.

Dumbledore se acercó a nosotros con un traslador que había conjurado en una cabeza dorada. Volveríamos a Hogwarts, dónde Harry estaría a salvo.

Aterrizamos suavemente en medio de la oficina del director. Los cuadros de los antiguos directores de Hogwarts dormitaban y los curiosos artefactos del director haciendo suaves ruidos por toda la habitación. Yo me apoyé de inmediato en el escritorio de Dumbledore, menos adolorida que hace un rato pero más cansada que nunca. Jamás había sentido tal agotamiento en mi vida, sabía de antemano que era algo emocional, cansada por la montaña rusa de emociones que tuvieron lugar esta noche.

Harry caminó hacia la puerta y giró el pomo pero no se abrió. Los personajes de los cuadros se espabilaron y comenzaron a preguntar sobre Dumbledore y su regreso, pero yo no prestaba atención a los cuadros sino al aura oscura, pesada, densa, revuelta y acongojada de Harry. Algo malo había pasado.

- ¿Ocurre algo, Harry?- una pregunta estúpida, ocurría de todo, pero fue lo primero que pude articular. Él no se volteó a mirarme y supe que algo terrible había sucedido con él.

Antes de que pudiera interrogarle más, Dumbledore apareció en la chimenea, los cuadros formaron un alboroto dándole la bienvenida mientras este depositaba a una cría de fénix en su pedestal, Fawkes había renacido de sus cenizas. No miró a Harry directamente por un momento, al contrario, se centró en mí y con un leve suspiro me pidió que les dejara a solas.

Fruncí el ceño. Él no era el único que se preocupaba por Harry y yo no quería dejarle allí mientras su aura estuviera tan negra como el humo de un incendio forestal.

- Podrán hablar ustedes dos luego, Sérène- me dijo tranquilo. – Necesito hablar con Harry a solas.

Le sostuve la mirada por unos segundos. No me gustaba como sonaba aquello, pero sus ojos celestes me suplicaban privacidad y unos minutos a solas con él, como si deseara decirle cosas importantes y privadas.

A regañadientes salí del despacho, la puerta cedió ante el giro de la manilla y en cuanto la cerré escuché el seguro bloquear la puerta automáticamente. No di un paso más, me quedé allí recostada de la puerta. Dumbledore me había pedido salir de su despacho pero no que me alejara de la torre y yo, necesitaba saber, necesitaba enterarme de lo que había pasado, el por qué Harry estaba tan alterado y oscuro, tan triste, acongojado y exaltado a la vez.

Mi instinto protector era lo que me mantenía con la espalda recostada a la puerta, escuchando cosas caer al suelo y quebrarse en pedazos, a Harry gritándole a Dumbledore de una manera en la que nunca pensé que alguien se atreviera a hacerlo, fue por mi atrevimiento que me enteré sobre la muerte de Sirius, el padrino de Harry; de la lealtad e inteligencia de Snape, el poderoso hechizo que protegía a Harry de Voldemort gracias al sacrifico de su madre, lo valiente que había sido Harry durante todos sus años en Hogwarts y de lo tarde que llegué al colegio para defenderle, de todo lo que pasó durante sus años de vida con sus tíos, los temores de Dumbledore y de que éste le amaba como a un hijo pero, lo que más me aterró de todo eso fue enterarme del contenido de la profecía que tanto ansiaba Voldemort.

En ese instante fue cuando comprendí que mi promesa sobre la tumba de Lily Potter sería más difícil de cumplir de lo que alguna vez imaginé. Una lágrima solitaria rodó sobre mi mejilla sucia y adolorida para aterrizar sordamente sobre el enlosado milenario.

Ninguno puede morir mientras el otro sobreviva.

- Pero, ¡Qué mierda!- exclamé, mientras soltaba el aire que había contenido. A pesar de tener los pulmones vacíos los sentía pesados.

Un repiqueteo rápido provenía de las escaleras de caracol, alguien subía los peldaños a toda prisa. Reconocí esa urgencia y ese sonido.

Mi corazón se desbocó y las mejillas se tornaron carmín en cuanto una figura oscura y altiva se plantó en el último escalón, mirándome con su acostumbrado ceño fruncido y expresión colérica.

Le observé intrigada, sintiendo que no le veía desde hace muchísimos años y que ahora que podía detallarlo todos sus recovecos me resultaban interesantes; ese garbo estoico, su cabello largo y revuelto por la carrera a través de las escaleras, sus mejillas apenas coloreadas con ligereza debido al esfuerzo, su boca de labios finos e incitadores, esos hombros anchos y sus brazos tendidos lánguidamente a ambos lados de su cuerpo que mantenían las manos en puños, ese aire enigmático y oscuro tan atractivo.

Aún no comprendía porque Severus Snape me parecía tan sensual y atrayente pero era así, no podía evitarlo ni modificarlo, de pronto me dije: es un axioma, una proposición evidente y debía aceptarla sin demostrar nada. Estaba demasiado agotada para pensar en nada más y decidí arreglarlo con ese pensamiento.

Me miraba desde su altura con esos ojos negros tan profundos e intensos, exquisitos. Me hizo sentir un respingo en la columna y un pálpito delicioso en el vientre.

Te estás volviendo loca, Sérène. ¡Loca!

- Estás enojado- le dije, y no era una pregunta. Sabía que era así porque su aura ardía de enojo.

No dijo nada, se limitó a observarme y se dio cuenta del bifurcado lóbulo de mi oreja con la sangre seca, mi rostro lleno de hollín y mi postura encorvada apenas en pie. El enojo se borró de sus orbes cansados, se acercó preocupado y cerró su mano en torno a mi brazo derecho, pensé que me halaría con fuerza pero me equivoqué, me aceró a su cuerpo con delicadeza para que me apoyara en él. Una onda de calor se extendió desde mi bajo vientre hasta el cuero cabelludo y súbitamente recordé ese último pensamiento que tuve antes de perder el conocimiento en el departamento de misterios.

Habían sido sus ojos, sus orbes azabache preocupados mirándome desde la distancia, observándome con cuidado desbordadas de un sentimiento de culpa al igual que ahora. Jamás pensé que pudiera verle a él en mis últimos momentos de conciencia cuando se supone que otros ojos deberían ocupar mis pensamientos, unos ojos más claros y más amables.

¿Qué has hecho conmigo, Severus Snape? Pensé mientras me dejaba llevar por su cuerpo rígido y atrapante a través de las escaleras.


Wow, finalmente mis amores después de más de esperar casi dos meses al fin tenemos capítulo nuevo.

Quiero agradecerles por su paciencia y esperar este capítulo.

Primero, debo pedirles a las amantes de Sirius que por favor no me maten. En un principio, quería que Sirius viviera pero a medida que escribía me di cuenta que realmente debía morir. Esto es vital para la madurez de Harry y también para la historia, créanme que no morirá en vano. Ya verán por qué.

Segundo, un poco más del pasado de Sérène se revela aquí, no es mucho quizás pero les servirá para atar algunos cabos sueltos más adelante.

Tercero, vimos a Sérène haciendo gala de todo su poder y su capacidad, de su lado salvaje e incontrolable como un animal fuera de sí. Además, se develó el misterio de la varita, ¿Ven que si tenía una? Jajajaja, Me encantó escribir esa parte dónde se descontrola y al fin se muestra como ser sobrenatural que es. Tengo más sorpresas relacionadas a esto, así que esperen y verán :p

Cuarto, esa Sérène es una entrometida escuchando conversaciones ajenas, pero es importante que lo haya hecho.

Quinto, Snape es tan…. Quizás no le di la magnificencia que se merece el primer encuentro pero Sérène está agotada y eso es todo lo que su cansancio le permite sentir, aunque debo decirles que en el próximo capítulo Severus hace que se nos espabile. Me siento emocionada de solo pensar en lo que pasará *carita morbosa* jajajajaja

Sexto, les he dejado por allí una que otra pieza del rompecabezas del pasado de Sérène, espero que las hayan agarrado todas jajaja-

Séptimo, miles de abrazos a quienes dejan reviews porque sus palabras de aliento son mi gasolina y los que la tienen en sus favoritos también porque me dan más energía para continuar. Les adoro. Y, a los que aún no se animan a comentar ¡Vamos! Sin miedo, que acepto hasta tomatazos. Jajaja. Su opinión para mi es súper importante.

Y, finalmente, les quiero agradecer a todos ustedes por apoyar la historia y estar siempre pendiente de ella. Me divierto muchísimo escribiéndola. A mis lectores que tengo en Facebook, gracias por su apoyo (Haruka, Ana Von Slyth, Diana son especiales),. Y aquellos con los que aún no tengo el placer de conversar esta es mi pag de Facebook . .75 no duden en agregarme, amo la interacción con ustedes.

Gracias y nos vemos en el próximo capítulo.

Un millón de abrazos :* :* :*

P.D: Este es el capítulo más largo que he escrito hasta ahora. Me siento orgullosa jajaja.