XXV Desborde de pasión.
Hacía mucho tiempo que no entraba al despacho de Snape o, quizás, todo me parecía tan lejano ahora que los días se me han hecho años en una sola noche.
No podía dejar de pensar en Harry y lo dolorosa que ha sido la travesía de esta madrugada con más pérdidas que ganancias, más angustias que ayer y más dolor del que se puede soportar. Harry había perdido a la única familia que le quedaba, estaba solo y yo sabía exactamente como se sentía aquello.
El ruido de frascos chocando entre sí me sacó de los dolorosos pensamientos. Alcé la vista y vi la figura de Snape, con su acostumbrado andar pausado, ondeando suavemente su capa y acercándose a mí con un par de frascos en mano.
Yo estaba sentada sobre su escritorio, aquello no le gustó, que utilizara su mesa de trabajo como asiento pero no dijo nada en lo absoluto y yo pasé de él, estaba tan cansada. Llegó a mi altura y me sostuvo la mirada, con sus ojos negros llenos de angustia. No había soltado ni un monosílabo desde que me sacó de la torre del director y le agradecía por eso, no tenía fuerzas para discutir.
Dejó los frascos sobre la superficie de madera y volvió a mirarme, esta vez más intensamente, clavando como cuchillas esas borlas azabaches, su ceño fruncido y su respiración profunda me alertaron. Él me examinaba con cautela, midiendo sus pensamientos.
- Quítate la túnica- ordenó, sin reparos.
Abrí los ojos a más no poder y se me desencajó la mandíbula a la vez que sentía a mi corazón descolocarse. Snape se coloreó escandalosamente y carrasqueó. Cerré la boca al caer en cuenta de mi reacción estúpida y aparté la vista de él, preocupada de que pudiera ver en mis ojos la flama de deseo que bramó con intensidad al escuchar sus palabras.
- Untaré este ungüento sobre el golpe de tu espalda. – dijo. Volví a posar mis ojos sorprendidos sobre él.
Se colocó la máscara de la indiferencia de nuevo, tenía la ceja alzada y una burla dispuesta a salir en cualquier momento. En sus manos sostenía uno de los frascos con ungüento que había traído consigo. Su porte aristócrata era tan autoritario.
Caí en cuenta que Snape solo quería sanar mis heridas y yo había mal interpretado todo.
¿Quítate la túnica? Por Dios santo, Severus debería pensar las cosas antes de decirlas. Pensé a la vez que bajaba del escritorio y dejaba caer la túnica al suelo.
Me volteé dándole la espalda y desabroché los primeros botones del uniforme. Recordé sonrojada la primera vez que estuve desnuda y expuesta ante Severus, en la torre de astronomía mientras observaba al sol alcanzar todo a su paso durante el amanecer, portaba la túnica negra sobre mis hombros, abierta en la parte delantera, dándole la espalda como ahora. ¿Cuánto habría visto Snape?
No bajé demasiado la camisa del uniforme, solo lo necesario para que untara el medicamento, con los hombros desnudos ante la merced de su mirada. Luego, recordé que Madame Pomfrey podía atenderme en la enfermería y el resultado sería el mismo pero todo pensamiento coherente se borró de mi cabeza en cuanto Severus Snape me tocó.
Había olvidado como se sentían sus manos, grandes y fuertes, precisas y suaves. Con la presión exacta para no lastimarme acarició mi espalda a la altura de los pulmones. Su toque se sentía frío pero no por ello dejó de producirme una ola de placer indescriptible. Solté un suspiro que, por Merlín, deseaba que hubiera sido silencioso. No pude evitar cerrar los ojos ante el placer de su toque suave y debí no hacerlo porque mis sentidos se agudizaron y pude percibir con mayor intensidad todo alrededor. El olor mentolado del ungüento mezclado con el delicioso y atrapante olor a humo y hierbas de Severus, el sonido burbujeante proveniente de los frascos en las estanterías y sobre todo, se intensificó el pálpito descontrolado de mi sexo al sentir las cálidas, suaves y estimulantes manos de Snape sobre m piel que ardía como una hoguera.
No estaba segura de sí había gemido pero si fui consciente de la cercanía de Severus, su calor corporal lo sentí en toda la espalda, sus caricias ahora eran más lentas y minuciosas, recorriendo con ternura y curiosidad el mapa de mi piel pálida y malherida. Dudaba que realmente tratara de aplicarme la crema sanadora.
Le escuché tragar en seco y luego carrasquear ruidosamente.
- Al fin muestra su varita, Boissieu- dijo en tono seco, sin dejar de acariciar mi espalda cuidadosamente. Ambas acciones diferían una de la otra.
Sonreí.
- Como dije que haría, cuando el mismísimo Voldemort estuviese frente a mí. – susurré con furia.
Severus detuvo su masaje y yo abrí los ojos lentamente, aletargada.
- ¿Te has enfrentado al Señor tenebroso?- preguntó desconcertado.
- No ha sido nada- le dije sin darle importancia.
El permaneció en silencio, sin tocarme y sentí su mirada negra clavada en mi espalda haciéndose una interrogante muda.
- No fue Voldemort- aseguré tranquila- No llegamos a ese punto, por mucho que lo hubiera deseado.
- Sus palabras son tan insensatas como sus acciones, supongo que su personalidad irreverente le hace cometer idioteces, ¿Me equivoco Srta. Boissieu? - Dijo con amargura y acidez.
Ese era el Severus Snape de siempre, el que me parecía tan sensual y atrayente.
- Tengo una venganza que llevaré a cabo, Snape- dije con amargura, más por la ausencia de su toque que por el recuerdo de mi pérdida- No vacilaré frente a Voldemort en ningún momento y créeme, me importa poco lo poderoso que es o si llega a matarme, siempre que me lo lleve conmigo al infierno.
Estaba enojada. Esa noche había estado muy cerca de matarle, muy cerca de llevar a cabo mi venganza pero Dumbledore, ese viejo me iba a escuchar.
Snape no se movía seguía parado a escasos centímetros de mí, con el aura revuelta pero no comentó nada al respecto. No me tocó de nuevo y me alarmé al notar que ya extrañaba sus manos. Tenía que distraerme, su cercanía me distraía y montaba a mis emociones en un vagón sin frenos.
- Es de alerce- dije, más para infundirme el valor de vestir mis hombros que para alejar la peligrosa conversación que teníamos.- el núcleo es de corazón de fénix- continué mientras me vestía.
Unos dedos en cancho detuvieron mi camisa a mitad de camino, sosteniéndola del cuello.
El corazón se me detuvo unos segundos y sentí que mis mejillas se enrojecieron furiosamente.
- Aún no hemos terminado, Boissieu- susurró sensualmente con la voz ronca, pero con el mismo tono indiferente de siempre. Su voz era tan intoxicante, tan sensual.
Yo me paralicé y perdí la fuerza. Le dejé bajar el cuello de la camisa desnudando mis hombros de nuevo, exponiéndolos a su mirada negra y dura.
- Mi padre mandó a hacerla cuando tenía once años- proseguí dejándome llevar por sus caricias sin saber exactamente que decía- del corazón del fénix que perteneció a la familia de mi madre y que murió el mismo día en que nací.
No estaba segura si Severus me prestaba atención pero sus dedos gruesos me acariciaban la espalda untando la crema, poco a poco fue subiendo hasta la curva de mi cuello, delineándola con la yema de los dedos y bajando nuevamente, con parsimonia y cautela, como examinando mis reacciones ante su descarada exploración.
Él no podía verme el rostro y estaba gradecida por ello, así no lograría ver la cara de éxtasis que se negaba a abandonar mis facciones doblegadas ante el placer. El fuego de mi cuerpo estaba encendido y se elevaba hasta los cielos como una llamarada hambrienta por más leña.
¿Por qué he tenido que dejarle traerme? ¿Por qué le permito encenderme de esa manera?
Tragué de nuevo, tratando de mantener el tono neutral e indiferente.
- Tenemos una conexión esp…- especial, traté de decir pero Severus extendió el recorrido de su mano hasta la base de mi oreja llenándome el cuerpo de un delicioso cosquilleo que despertó partes de cuerpo adormecidos con los años.
Me alejé de repente con un respingo. Me subí la prenda hasta los hombros y me giré en su dirección, frente a él.
Las mejillas de Severus estaban encendidas, arreboladas y aunque sus facciones seguían portando la máscara de indiferencia tan característica de él, sus ojos, esos pozos oscuros eran unos traidores, brillaban fuertemente y el deseo reverberaba incitador en ellos.
Me sentía desnuda e indefensa ante él, aun cuando estaba completamente vestida.
No podía soportarlo más, no quería soportarlo más.
Sin apartar la vista de sus ojos ardientes me lancé a su cuello, rodeándolo con mis manos, el no opuso resistencia y no me empujó de vuelta. Posó su mirada en mis labios y yo no necesité más incentivos, los atrapé con mi boca, caliente, hambrienta, deseosa, necesitada y sobre todo enloquecida. Severus no perdió el tiempo y soltó el frasco que se estrelló en el suelo esparciendo los trozos de cristal por todas partes y se aferró a mi cintura con fuerza. Eso pareció no satisfacerle porque rápidamente llevó su palma abierta a mi cintura para empujarme contra su cuerpo como tratando de fundirnos en uno y, con la otra mano sostuvo mi cabeza en su lugar, enredando sus dedos entre mis rizos alborotados incapacitándome para escapar.
Nos devoramos con hambre, con necesidad, desenfreno y locura. Fue un beso intenso que clamaba por más.
No podía pensar en nada coherente, me valió un carajo la rivalidad que silenciosamente nos juramos desde que nos conocimos, nuestras irrefutables diferencias, su desconfianza en mí y por sobre todo, me valía mierda que descubriera cuanto le amaba.
Porque esa noche había sido la noche de las revelaciones, dónde no solo me enteré de cosas que no sabía sobre Voldemort, sobre Harry, Dumbledore y Snape, con el último pensamiento antes de perder la conciencia en el departamento de misterios me di cuenta que realmente amaba a Severus Snape. Todos mis esfuerzos por mantener el sentimiento a raya, que no pasara mayores eran desde el principio, energía mal invertida.
Mi corazón lo había decidido así y yo no podía, ni quería que sucediera lo contrario.
No estaba segura de lo que sucedía alrededor, o a donde se dirigía mi cuerpo, solo podía sentir los finos labios de Snape devorándose con hambre los míos, inflamados por la pasión desbordante que jamás imaginé que él retuviera dentro de sí. Fui consiente, solo por unos segundos, que mi espalda se acomodó sobre una superficie pulida pero no pude apreciar nada más porque mi consciencia se fue a la mierda cuando Severus se acomodó entre mis piernas, rozando sus caderas con las mías, sus manos que viajaban desde mi cintura a mi rostro y los jadeos de ambos aumentando de intensidad.
¡Por Merlín!
Hace unas horas fui derribaba por un hechizo y pensé que había muerto para no volver y luego el enfrentamiento con Voldemort subió la adrenalina que aún no abandonaba mis venas, las mantenía ardiendo y eso aumentaba el deseo de sentir y de vivir; de perderme en Severus y saber que estaba viva.
Severus metió su mano entre la camisa desabotonada y rodeó mi cuello con sus largos dedos, sin tocarme el pecho y eso me exasperó, quería que me tocara, quería todo. Gemí en protesta y sentí sus labios curvarse en una sonrisa socarrona, arrogante. Con rapidez se aferró a mi muslo inmovilizándome un poco y aprovechó el momento para intensificar el vaivén de sus caderas sobre las mías.
Gemí ruidosamente.
¡Me estoy quemando! – grité en mis adentros.
Por primera vez en mi vida me sentí sofocada, me sentí fuera de los límites de mi tolerancia, sudaba a mares y por un segundo me pregunté si a Severus no le escocían las manos al tocar directamente mi piel. Entendí que no me importaba siempre y cuando no dejara de tocarme.
Los gemidos que Severus ya no podía controlar llenaban mis oídos y hacía que mis caderas aceleraran su ritmo, estábamos tan cerca, tan a punto…
El sonido de unos golpes en la puerta disipó la bruma.
Severus se elevó sobre mí sosteniéndose con sus brazos. Escuché con claridad como nuestros corazones se detuvieron un instante para retomar un galope frenético.
Observé a Severus con los ojos abiertos y desorbitados.
Sus mejillas estaban color borgoña y sus labios hinchados a más no poder, como evidencia del desenfreno de nuestros besos, sus perlas negras brillaban misteriosamente embargadas por el deseo y su cabello, antes liso ahora estaba revuelto y enredado ¿En qué momento enterré mis dedos en su cabello?
Los golpes sonaron de nuevo y él se alejó como un resorte. Me miró con el ceño frunció, confundido, interrogante, culpable como si no creyera en lo que acaba de ocurrir, como si acabara de despertar de una pesadilla. Me dio la espalda y pasó las manos por el cabello tratando de arreglar la maraña que tenía en ellos.
Aproveché la oportunidad para sentarme, ahora podía ver con claridad que estaba sobre el escritorio. Examiné los daños, tenía la falda arriba de la cintura con los muslos expuestos; la camisa entreabierta totalmente arrugada y mi túnica seguía en el suelo.
Me sentí mareada.
Salté del escritorio y me atavié en la túnica con un movimiento de muñeca hice que se abotonara y tomé mi varita para luego pasarme las manos por el cabello, tratando de alisar el desastre que tenía sobre la cabeza. Estaba roja, rojísima lo podía sentir en el ardor que no abandonaba mis facciones.
Los golpes en la puerta no volvieron pero quien sea que estuviese detrás de ella no se había marchado, su sombra se colaba por la rendija de la puerta. Severus se acercó y abrió la puerta lentamente, sin voltear en mi dirección. Una vez abierta, la figura de Albus Dumbledore apareció en el umbral. Con la barba plateada colgando lánguidamente y los ojos ojerosos y tristes detrás de las gafas de medialuna. Su expresión era devastadora.
Alzó los ojos y le dedicó a Snape una mirada profunda, llena de significado llena de palabras no dichas. Al mirar sobre su hombro me encontró de pie en mitad del despacho seguramente con las pupilas nadando en lujuria y los pómulos encendidos. Su expresión cambió a la sorpresa y luego a una sonrisa compresiva, confirmando una sospecha que tenía desde hace un tiempo.
- Necesito hablar contigo, Severus- susurró Dumbledore, sin apartar su mirada satisfecha de mí.- Lo siento, Sérène pero creo que Harry ha estado esperando para hablar contigo.
Respiré profundo y asentí. No esperé más para salir despavorida de ese lugar. Acababa de cometer una locura una enorme, gigantesca, monumental idiotez: entregarme a los brazos de Severus Snape en bandeja de plata. Y, a pesar de eso, a pesar de que él podía utilizarme a su antojo después de esto no podía arrepentirme. Habían sido los minutos más gloriosos de mi existencia, tan especiales y profundos que todavía me sentía flotar suavemente sobre una nube.
Evité ir con Harry durante ese día. Sabía que él buscaría a sus amigos y confiaba en que aquello lo mantuviera entretenido. No deseaba enfrentarme a él, no ahora, cuando tenía la guardia baja y la mente nublada. Me encontraba en el baño del segundo piso, sola, sumergida en las profundidades del agua fría como un glaciar. Necesitaba despejar la mente y despertar mi cuerpo perdido entre las olas de lujuria.
No veía más que las difusas figuras a través del manto de agua que me envolvía de pies a cabeza, refrescando hasta el tuétano de mis huesos, hasta el más escondido recoveco de mi mente atolondrada por los recientes besos de Severus.
¿Qué le diré a Harry? – pensé, nerviosa.
Revelar mi pasado no ha sido la mejor de mis habilidades y, aunque quizás Harry necesitaba oír de mí alguna explicación, yo no estaba segura que podría dársela. Al menos no la versión real.
Salí de las profundidades, goteando agua del cabello, albergando aire en mis pulmones agradeciendo que este continuara tan frío como en las madrugadas.
Dumbledore conocía parte de la verdad, una verdad que quizás podría permanecer a salvo un poco más hasta que fuera el momento oportuno para develar el resto. Debía tener mucho cuidado con Harry y medir mis palabras, no quería sacar a flote el barco entero, solo las piezas necesarias para el reconocimiento del naufragio.
Si no hubiera tanto en juego quizás podría revelarle todo, pero no era así, no sería fácil.
Encontré a Harry en la enfermería, de visita a sus amigos quienes sufrían de extraños males contagiados en el departamento de misterios. Ron no paraba de decir idioteces y Hermione reposaba calmadamente entre las sábanas blancas de una de las camas, no tenía buen aspecto a pesar del débil color de su boca y pómulos. Neville ya no se encontraba en la enfermería, el remedio para sus lesiones hizo efecto de inmediato e incluso Luna y Giny se recuperaron con rapidez.
Miraba su espalda, más ancha que a principio de año, un indicio claro de que se convertía en un hombre fuerte y eso me emocionó, sus rizos rebeldes iban en todas las direcciones y aunque él no pudiera verme sabía que la preocupación ocupaba su rostro en estos momentos. Harry no notó mi presencia hasta que me senté a su lado, observando a Hermione dormir. No se volteó a verme pero supe que me reconoció porque se puso ansioso de inmediato. Él había estado esperando este momento.
- Hola- dije bajo mi aliento, sin apartar la mirada de Hermione.
- Hola- respondió sin mirarme. El ambiente estaba tenso y yo odiaba darle vueltas a los asuntos importantes. Harry era solo un chiquillo y yo quería protegerle a como diera lugar, pero él no podía saber aquello. Tenía un plan en mente, y deseaba por Merlín que funcionara: Desviar su atención.
- Lo siento, Harry. – comencé, tomé aire y continué- sé lo que sucedió en el Ministerio anoche.
No dijo nada, en un instante su espalda se tensó tanto como su mandíbula que permanecía apretada fuertemente, sus ojos al borde de las lágrimas y esa ira enloquecida brillaba de nuevo en sus ojos. Odiaba verle así, furioso e indefenso como un cordero enojado.
- Sé lo que sientes- continué, pero esas no eran las palabras que Harry deseaba oír.
- ¡No!- gritó- ¡No lo sabes! Estoy cansado de que me digan que saben lo que siento porque no lo saben. No tienen idea.
Harry se levantó de su lugar y caminó todo el pasillo, de arriba abajo, con el ceño fruncido y el espíritu decaído. ¿Cuántas veces había escuchado esa frase ya? ¿De cuántas bocas? Entendí perfectamente su dolor el estar descolocado, impotente, perdido entre un oscuro bosque de desesperación; Harry se equivocaba en algo, yo si sabía que se sentía.
- Te equivocas- le dije, sin dejar de mirar su desenfrenada carrera a ningún lugar- También me han quitado a la única familia que tenía. Créeme, se lo que se siente.
Harry detuvo su marcha y giró con violencia en mi dirección. Aún tenía el ceño fruncido pero su postura tensa se aligeraba a medida que luchaba por respirar con normalidad. No apartó la vista de mí en espera de una explicación, una mucho mejor que esa.
Me sentí acorralada. Respiré profundo y me preparé para decir aquello no quería decir.
- Hace mucho tiempo, cuando vivía con mi familia en Londres- comencé apartando la mirada de él, temerosa de que pudiera leer mi mente- No diré que las cosas eran tranquilas en ese entonces pero pensamos que estábamos seguros en casa. Hasta que… Voldemort apareció en el umbral de nuestra puerta. – Harry me miraba intrigado, sin interrumpirme- Quería, bueno ya sabes...
Reclutar a mi esposo- quería decirlo, necesitaba hacerlo y que la herida escociera para mantenerme alerta y en el presente, sin emabrgo, hacerlo no era lo apropiado.
- Todos se negaron- logre decir después de carrasquear. No era la explicación más coherente pero tenía la esperanza de que comprendiera. Notaba como la temperatura iba en aumento y me escocían los ojos.- No quedó nadie, excepto…– susurré.
Hubo silencio por unos segundos. No me atreví a mirarle
- ¿Cómo escapaste?-preguntó, intrigado y yo me sentí aliviada de que haya mordido el anzuelo.
Improvisa.
- Teníamos un elfo doméstico, se llamaba Elbe. Ella me sacó de allí y me llevó a un lugar seguro.
- ¿A dónde?
- Harry, escucha- dije levantándome de la cama, exasperada porque todas sus preguntas solo podían ser respondidas con mentiras y nada más. – Es, demasiado doloroso, tú lo sabes. No es algo con lo que siento cómoda pero, supe que necesitabas una explicación. Sé que fue una situación muy extraña- me adelanté a decir, sin dejarle continuar. No podía permitirlo, seguiría haciendo preguntas que yo no quería responder y estaría obligada a mentir.- lo cierto es que tú y yo tenemos algo en común: Voldemort nos quitó todo lo que hemos amado, nos dejó solos en el mundo y no puede salir impune de eso.
Me acerqué a él con los ojos apasionados por el sentimiento de venganza.
- Estamos en esto juntos, Harry- le aseguré mirándole a los ojos- Encontraremos la manera de derrotarle y vengar a quienes amamos. No durará para siempre pero será duro el camino. Quiero que sepas que cuentas conmigo y que haré todo, lo que sea, para destruir a Lord Voldemort. Somos un equipo.
Harry parecía analizar mis palabras, su cuerpo poco a poco fue abandonando la tensión dejándola resbalar hasta sus pies. Entonces, el silencio vistió la sala. El viento que entraba por las ventanas ondeaba las cortinas inmaculadas y refrescaba ligeramente el ambiente, sin lograr llevarse consigo el tenso aroma de la duda.
- Entiendo- dijo al fin, después de un par de minutos divagando.- ¿Y… cómo es qué?
Sabía a qué se refería pero yo no tenía una respuesta clara para esa pregunta, no porque no supiera que pasaba conmigo sino porque me daba temor emular el hecho. No soy humana, había dicho en el bosque y no me sentí humana mientras sostenía mi varita en mitad del atrio en el ministerio de magia.
- Tiene que ver con mi familia, Harry.- solté sin pensar- Quizás con el tiempo, descubrirás que algunas familias de magos son excepcionales por ciertas razones. No le des demasiadas vueltas. Lo más seguro es que tenga a un hombre de fuego como antepasado y por eso mi piel arde de esa manera. Tampoco te sorprenda si algún día ardo en llamas por los pasillos de Hogwarts.
Harry se detuvo a mirarme dubitativo pero al final hizo algo que no me esperaba: Harry sonrió.
Le devolví la sonrisa en un acto reflejo. Por dentro, la culpa me consumía y llenaba mis entrañas con pesados bloques de plomo. Deseaba que todo aquello fuera verdad, pero la vida real no era tan simple y tampoco tan fuerte. Debía sostener los pedazos de mi realidad con la cinta de las mentiras hasta que estos fueran lo suficientemente fuerte por si solos y sostenerse a sí mismos sin causar daño a nadie.
Mirando a Harry, me di cuenta que mi red de mentiras y misterios se hacía cada vez más grande y compleja y sobre todo, más difícil de llevar pero era necesario si quería proteger lo que amaba.
¡Qué merlín me ayude a soportar!
Y, aunque por fuera recibía la cálida sonrisa de bienvenida de Harry, por dentro me sentía tan llena de culpas que fue imposible llevar la alegría de su amistad a mis ojos.
Había vuelto a la enfermería, esta vez Hermione estaba despierta un poco adolorida pero contenta de haber regresado a la realidad. El resto de los chicos, Ron, Neville, Giny y Luna le hacían compañía. Yo me senté junto a Harry, quien mantenía una conversación amena con el resto del grupo a quienes les intrigaba el que yo compartiera con ellos. Harry les explicó sobre nuestro pequeño encuentro que avivó entre nosotros una pequeña chispa de amistad y confianza. Los chicos dudaban un poco pero decidieron aceptarlo de todas maneras, aun cuando no decían más de la cuenta frente a mí aceptaban que pasara el rato con ellos durante las horas libres.
Continuaba sin participar demasiado en sus conversaciones, solo reía cuando debía hacerlo y callaba la mayor parte del tiempo. Seguía asustándome el hecho de que pudieran descubrir más de mí, y eso no lo permitiría.
Umbridge había sido rescatada por Dumbledore, un gesto de lo más altruista considerando la desfachatez de la cara de sapo durante su estancia en Hogwarts, ahora descansaba en estado de shock en una de las camas de la enfermería. Los chicos no parecían sentirse contentos de las desgracias de otros pero yo nadaba en placer absoluto al verla en ese deplorable estado.
Bueno, tengo sentimientos humanos después de todo. – pensé, aliviada.
Harry, en un movimiento rápido de levantó de su asiento y dijo que iría a visitar a Hagrid. Yo no quería separarme de él, después de la vuelta de Voldemort, no me arriesgaría en absoluto.
- Te acompaño- dije, mientras me levantaba.
- No es necesario, Sérène – sonrió y no pude evitar sentirme complacida de escuchar mi nombre de sus labios infantiles.- iré a ver cómo está.
- Bien, te acompaño hasta la entrada del castillo, necesito ir a tomar aire, creo que iré al lago un rato.
Pareció complacido con que nuestro caminos se dividiera en algún punto y supe que querría estar solo con Hagrid. Nos despedimos del resto que nos miraban extrañados.
Bajamos en silencio por las escaleras hasta las puertas principales del castillo y una alarma se apoderó de mí en cuanto divisé la cabellera rubia de Draco Malfoy escoltado por sus secuaces.
Que niños tan patéticos.
Draco miró a Harry con odio pero en cuanto fijó su mirada en mí una chispa de reconocimiento surcó sus pupilas y supe que recordaba muy bien nuestro último encuentro.
- Vaya, Potter y su amiga fenómeno. – escupió con amargura.
- No tengo tiempo para ti, Malfoy- dijo tranquilamente. Me sorprendí de su actitud "No me importa lo que digas" y sonreí. Harry a veces podía ser tan hilarante.
Draco y Harry se enzarzaron en una discusión. Draco estaba molesto por el encarcelamiento de su padre y fue entonces cuando corroboré que el rubio de cabellos largos si era el padre de Malfoy. Harry se defendía muy bien de sus acusaciones pero no pude evitar entrometerme en sus asuntos, después de todo, Lucius malfoy era partícipe del Señor Tenebroso y eso le hacía mi enemigo a muerte.
- Creo, Draco-dije en voz alta para llamar su atención- que tu padre ha escogido mal sus jugadas. Para ser malvado debes ser astuto y esa es una cualidad de la que su sangre parece carecer…- culminé en forma venenosa con una sonrisa socarrona.
- Estúp- escupió Draco acercándose rápidamente cogiendo su varita, a lo que Harry respondió sacando la suya, pero una voz profunda y penetrante le detuvo.
De hecho, detuvo mi corazón.
- Potter, ¿Qué estás haciendo, Potter?- preguntó, fríamente.
Desvié la mirada hacia su voz que me atraía como un imán a los metales. Le vi sobre un escalón que conducía a las mazmorras. Altivo, serio, oscuro, sensual.
Tragué en seco.
Luego, la manera en la que Harry le habló a Snape me dejó alucinada
- Estaba tratando de decidir que maldición usar en Malfoy, señor.
Solté una pequeña risa de simpatía. Lo que desvió la atención de Snape hacia mí, en el momento en que nuestros ojos se encontraron, dorados y negros, una nube de vapor se apoderó de mi corriente sanguínea, los ojos se me dilataron y mis pómulos, ardieron en un arrebol escandaloso que Severus notó al instante.
Estaba expuesta, totalmente expuesta ante sus ojos profundos.
- Guarda esa varita de una vez- se dirigió a Harry, aunque Snape nunca dejó de mirarme con esos orbes azabache gritándome cosas. – Diez puntos menos para Gryff- luego, sonrió como si se acabara de dar cuenta de algo que le hacía mucha gracia. - Ah, no hay más puntos en el reloj de Gryffindor para sacar. En ese caso, Potter, tendremos que..
- Agregué algunos- se escuchó desde la entrada. Era McGonagall, que entraba por las puertas principales del castillo ataviada en una túnica de viaje, recién salida de San Mungo. Ella sacudió rápidamente a los secuaces de Draco e hizo algo que quedaría grabado en mi memoria para siempre.
Dio cincuenta puntos a cada Gryffindor por advertir al mundo mágico sobre el regreso de Voldemort.
Snape no ocultaba su asombro ante tal acontecimiento, su rostro desfigurado por el disgusto de su plan frustrado fue un poema. No pude evitar sonreír, me causaba tanta gracia. Su rostro era como el de un niño que no pudo robarse las galletas, cerca del objetivo pero descubierto en el último minuto. Me causó una simpatía burlona.
McGonagall nombró a cada uno de los alumnos que recibiría los cincuenta puntos mientras el reloj de la pared sumaba rubíes. Cuando la profesora dijo mi nombre, las cejas de Snape se juntaron y me miró rabioso desde su altura. Indignado.
Y, aunque me miraba iracundo con su cara de pocos amigos yo no podía enojarme en ese momento, la situación era tan ridícula, la rivalidad entre Gryffindor y Slytherin entre McGonagall y Snape, entre Snape y yo.
No dejaba de sonreír, me era difícil contener la sonrisa ante la evidencia de los planes frustrados de Severus que se enojaba cada vez que yo apretaba los labios para no carcajearme. Una vez retirados los diez puntos de Gryffindor la profesora nos echó afuera. Y con una última mirada burlona a Severus, no pude evitar giñarle un ojo a escondidas.
Su rostro se coloró de la rabia.
Durante horas pensé en que nuestro siguiente encuentro sería a solas y que él aprovecharía de echarme en cara que lo seducía a propósito y luego me tacharía de vulgar, conspiradora y cualquier cosa que se le ocurriera. Jamás imaginé que la situación se tornara tan graciosa y preferí que fuera de esa manera.
Salí de allí junto a Harry sin darle oportunidad de reprocharme nada. Una vez afuera, Harry tomó su camino hacia el linde del bosque dónde lo esperaba la humeante cabaña de Hagrid. Me despedí de él, asegurándole que le vería después e hice mi camino hacia el lago. Realmente no quería estar allí, pero un momento a solas me permitiría aclarar mi mente.
Necesitaba pensar detenidamente el siguiente paso, después del verano ¿Cuál era el plan?
Soy una tonta despistada, el mes pasado se cumplió el primer aniversario de "La venganza del fuego" y yo despistada y fuera del planeta (pensando siempre en Severus), no lo recordé. Se me ha pasado tan rápido este año, ni siquiera puedo creer que haya trascurrido más de 365 días escribiendo esta historia, es todo un sueño, supongo que cuando haces lo que más amas el tiempo se vuelve solo un daño colateral.
Debo agradecer a todas/os los que me han acompañado desde el inicio dejando sus comentarios en cada capítulo y pasando a leer siempre. Gracias por compartir este año conmigo. A las bellas personas que me tienen entre sus favoritos y siguen la historia:
Aigo Snape
AlaskaDiehl
Alexza Snape
Ana Von Slyth
Aquellos Tiempos
DakuJoo-Hela
HarukaJKGG
Keyhlan
Kusama-Shiori
Martinikao Riddle
Miss Traductor
dana masen cullen
francaborioli
Ustedes son mi roca, sé que siempre leen aun cuando no dejen comentarios eso me motiva y mantiene a flote la historia.
Realmente no sé qué decirles sin sonar demasiado cursi o melodramática solo GRACIAS, MIL Y UN GRACIAS por estar allí y apoyarme. Significa mucho.
Dejando de lado el sentimentalismos, cuénteme ¿Les gustó el capítulo? ¿Alguna necesitó un ventilador? Espero que la temperatura no haya subido mucho ¿eh? Díganme si les gustó. La autora les manda a decir si así está bien de pasión o quieren más. Jajajaja
Se les quiere, mis amores.
Un millón de abrazos.
