XXVI Después de la tormenta.

El castillo estaba vacío. Los alumnos habían abandonado Hogwarts hace solo unas horas y el vacío de las aulas y los dormitorios se sentía desde el minuto siguiente que la locomotora escarlata abandonó la estación de Hogsmeade, expulsando el denso humo negro de sus chimeneas, chirriando escandalosamente al arrancar y recordándome dónde me encontraba hace un año atrás.

No pude evitar evocar el momento en el que, sosteniendo sobre mis manos la carta que Nicolas Flamel escribió para Dumbledore, arrojé mis miedos y mis memorias a las vías del tren y me aferré con fuerza al sentimiento que carcomía mi corazón día tras día, sacudiéndolo fieramente. Una sed que no saciaría hasta que Lord Voldemort desapareciera de la faz de la tierra.

Ahora, sentada en el desolador vacío del Gran Comedor miro fijamente el haz de luz que se cuela por los ventanales, las partículas de polvo suspendidas en el rayo de sol que atreviera la estancia y muere esparciendo su sangre dorada sobre el suelo. Siento un vacío desesperanzador, un vacío casi tan grande como la habitación dónde me encuentro, un vacío que solo sentí en el momento que supe, con total firmeza, que ya no había marcha atrás.

¿Acaso deseaba regresar?

No cabía duda que extrañaba cada vez más corretear despreocupadamente por la selva en Sudamérica, esquivar los árboles y practicar Oclumancia con el anciano curandero del pueblo, el haz de luz dorada me recordaba cómo se filtraban los rayos de sol por entre la copa de los árboles, atravesando como una daga de oro las hojas verdes y muriendo en el suelo alfombrado de hojas secas.

Pero eran tiempos diferentes, tiempos pasados y ahora solo podía caminar hacia adelante.

Ya no hay marcha atrás.

- ¿Interrumpo?- preguntó una voz sutil, gentil y supe exactamente quién era. Le había estado evitando a conciencia desde hace unas semanas.

- No exactamente.- dije sin mirarle, concentrada en el polvo danzando dentro del rayo de sol.

Le sentí sentarse a mi lado, sus ropas producían un sonido suave cuando se deslizaba sobre el banco de madera y me recordó el sonido de un mosquitero al ser cerrado.

- Así que, has decidido no irte, Sérène – dijo, sin demasiado preámbulo.

Aparté la vista del rayo de sol y miré mis manos, entrelazadas gentilmente sobre la mesa. Suspiré. Si, había decidido no irme, y contra todo pronóstico, contra todo deseo me sentencié a mí misma a quedarme.

No tenía opción. Ya no.

- Soy un miembro de la Orden del Fénix, Albus- le recordé, mientras cerraba los ojos- mi función se ha limitado a ciertas sesiones que deseo no recordar y me parece que es hora de ir más allá. Además, es demasiado tarde para volver. – agregué melancólica.

- Comprendo- respondió, después de un pequeño silencio en el que sopesaba mis palabras.- Debo decir que estoy de acuerdo contigo, Sérène. La situación se ha tornado más compleja de lo que creía posible y necesitamos de la colaboración de todos los miembros de la orden.

Alcé la vista de mis nudillos y le miré directamente a los ojos, vislumbrando esas pupilas azules amables y serias a la vez, mirándome fijamente medio escondidas tras sus lentes de medialuna. Estaba serio y yo sentí que se me detenía el corazón por un segundo. Dumbledore tenía algo importante para decirme, lo podía ver en su ceño fruncido y sus labios finos.

- Le escucho.- dije, para instarle a continuar.

- Como sabes, Harry pasará el verano con sus tíos muggles en Privet Drive. No es un lugar seguro para él, al menos no por el momento, pero es necesario que permanezca allí al menos un par de semanas antes de poder trasladarlo a La Madriguera.

- ¿La Madriguera?- pregunté extrañada. - ¿Qué clase de lugar es ese?

- Es la casa de los Weasley, - aclaró con una sonrisa triste- Arthur y Molly aceptaron acogerlo en su casa hasta que comience el siguiente año aquí en Hogwarts.

Mejor una casa de magos a una casa llena de muggles.

- Comprendo. ¿Qué debo hacer?

- Vigilarlo.- escupió sin complicaciones, solo de la manera en que Dumbledore podía hacerlo. – no pretendemos dejar a Harry sin escolta durante esas dos semanas, aun cuando está más seguro en el mundo muggle que en mundo mágico, no podemos correr ningún riesgo.

Estaba completamente de acuerdo con ello, de hecho, era un plan que había trazado en mente durante la última semana. Con Voldemort en pleno uso de sus facultades y con una libertad tan plena no permitiría que Harry anduviera solo sin ninguna protección.

- Estoy de acuerdo- acepté- Tampoco pretendía dejarle solo durante el verano.

- Bien, eso me alegra. Es importante que sepas que no debes ser vista por Harry.

- Lo sé, no es mi estilo hacer visitas amistosas.

Sonreí ante mi propio comentario, aunque la alegría no llegó a mis ojos. Dumbledore hizo lo mismo.

- Excelente, entonces todo listo.- dijo mientras se levantaba de la mesa- Debo avisarte que tenemos una pequeña reunión en mi despacho esta noche, antes de que te marches. Es importante que asistas.

- ¿Tenemos?- pregunté advirtiendo el plural y sintiendo un pequeño espasmo- ¿Quiénes?

- El profesor Snape, tú y yo por supuesto.

Me tensé de inmediato, Snape había sido otro ser al que evité con éxito después de nuestro último encuentro en el vestíbulo del castillo. No quería verle, no todavía, no cuando seguía sintiendo sus labios devorando los míos, sus manos avariciosas recorriéndome entera y sus caderas embistiéndome como si no existiera nada de por medio.

Me coloré solo de pensar el volver a verle en una reunión tan íntima, tan cercana. No pude evitar que palpitaran partes de mi cuerpo que preferiría que estuvieran dormidas.

- Sérène – advirtió Dumbledore al ver mi expresión- entiendo que entre tú y el profesor Snape hay cierta… tensión… - dijo al fin alzando la comisura de sus labios y dejando ver un brillo de picardía en sus ojos azules.

Él lo sabía.

Oh, Merlín, gracias por decirlo tan delicadamente.

- Pero, es importante que asistas. Es una reunión que te compete a ti más que a nadie.

Eso me intrigó

- ¿Sobre qué tema en particular?

Dumbledore no dijo nada por unos segundos y luego se dio media vuelta para caminar hasta la salida. Por un momento pensé que me dejaría con la pregunta en el aire pero no fue así.

- Es mejor hablarlo en privado. Las paredes tienen ojos y oídos.

- Supongo que las suyas se tapan ambos cuando conversamos.- dije sin alzar la voz, pero Dumbledore escuchó el mensaje y pude oír una risita ligera acompañada de un asentamiento suave de su cabeza.

Albus me había condenado. Y, aunque sabía que con mi decisión de permanecer en el castillo tendría que verle en algún momento no me sentía preparada para hacerlo en un espacio tan confinado, tan cómodo, tan íntimo. Agradecí que Dumbledore fuera a estar en aquella reunión y rogué a Merlín que no se le ocurriera dejarnos solos o encomendarnos una misión… juntos.

Hacía mucho que el sol se arropó con el horizonte. Permanecía sentada sobre la baranda de la torre de astronomía, con los pies balanceándose como péndulos en el vacío. ¿Hace cuánto no venía aquí? Extrañaba empaparme con el brillante amarillo del amanecer y el delicioso tostado del atardecer abandonando los terrenos de Hogwarts, más allá de la copa de los árboles del bosque prohibido. Su muerte inminente me recordaba que cada día era capaz de renacer con mayor fuerza y brillo como el fénix. Y que, durante los periodos de oscuridad, la tregua llegaba solo para darle fuerzas.

Y yo necesitaba una tregua mucho más larga.

Estaba evadiendo la reunión de esta noche. No quería verle, no ahora. No por vergüenza o por orgullo, como trataba de hacerme creer a mí misma, era debilidad. Mi debilidad sellada por sus besos y por esas manos grandes tan incitadoras.

¿Desde hace cuánto soy tan débil?

¿Desde hace cuánto el fénix fuerte y orgulloso se convirtió en un pichón desarmado?

Tenía miedo, era eso. Jamás había sentido una magia tan atrayente y engatusadora como esta. El miedo de que Snape me utilizara a su antojo ahora que sabe, con toda certeza, que me tiene comiendo de su boca me paralizaba.

Tienes que ser fuerte, Sérène. Mantén en mente tus objetivos y nada pasará.

Nada pasará, por qué no podía permitirlo. Entre Severus Snape y Sérène Boissieu no podía pasar nada más. ¡Nada! De lo contrario, corría el riesgo de perder todo el camino que he avanzado y las faltas de ese tipo no están permitidas.

Pasé mis pies sobre la baranda y bajé de ella con un suave movimiento, mis zapatos tocaron el suelo acariciándolo, apenas haciendo ruido y tomando aire, aferrándome a la poca determinación que amenazaba con irse desaparecí con un ¡PLOP!

En el momento que aparecí frente a la puerta del despacho de Dumbledore, la encontré abierta y de pronto sentí que era una especie de analogía. En donde la puerta abierta representaba a mi corazón demasiado dispuesto a dejar a entrar a cualquiera.

Deseché el pensamiento y entré sin anunciarme ignorando el frenético danzar de mi corazón.

Dumbledore me esperaba.

- Oh, Sérène- dijo Dumbledore, con una efusividad renovada.- estábamos esperándote.

No dije nada. Desde mi posición solo podía ver a Albus, sentado en su escritorio. Sin embargo, podía sentir la familiar presencia de Severus en la estancia. Sabía exactamente dónde estaba. Parado justo al lado de la mesilla de tres patas dónde reposa inamovible el chivatoscopio que me hizo confesar hace un año atrás.

Tragué en seco y me enfundé una máscara de serenidad en el rostro, un sentimiento que no sentía en lo absoluto ya que mis pómulos comenzaron a arder en el mismo instante que sentí el aura de Snape. En mis ojos unas motitas negras comenzaba a agitarse como la danza de las machas del sol y el vello de los brazos se me erizó buscando su calor, su contacto.

¡Qué ridícula eres, Sérène!

- Por favor, siéntate- me instó Albus- ¿Caramelos de limón?- ofreció amablemente

- No, gracias Albus.- dije mientras me sentaba imitando el garbo estoico de Snape.

- Bien- dijo mirándome por sobre sus gafas. El aura de Dumbledore era todo gozo y diversión. Y no pude evitar pensar que se divertía con la incómoda situación en la Severus y yo nos encontrábamos.

Él lo sabe, lo sabe bien.

- Creo Sérène, que antes de marcharte el profesor Snape debe advertirte sobre un acontecimiento que dio lugar hace unos días y que te afecta de manera directa.

Fruncí el ceño.

- ¿Qué le ha pasado a Harry?- pregunté, sabiendo que él era lo único que podía afectar de forma directa.

- Harry se encuentra bien, físicamente al menos.- dijo en tono triste- esto se trata de ti únicamente.

Escuché el suave susurrar de una capa movida por el movimiento de unos pasos firmes y sigilosos. Podía vislumbrarla en mi mente con tanta claridad, ondeando libidinosa tras su cuerpo. Me puse nerviosa al instante, el golpeteo acelerado de mi corazón envió más sangre a mis mejillas traidoras y Albus lo notó. Aun cuando no moví ni un solo centímetro de mi cuerpo y no demostré rastro alguno de incomodidad mi piel me delataba. Los pequeños detalles eran grandes evidencias.

Por su parte, el aura de Severus se agitaba, con si tratara de gritar algo que no deseaba. Como torturada.

- El señor tenebroso- dijo Snape con su acostumbrada voz profunda y seductora.- ha notado tu interpretación en el Ministerio de Magia. Él y Bellatrix están muy interesados en saber más de ti.

No le miré mientras habló. Escuchar su voz tan envolvente me mareaba, fue todo un desafío mantenerme concentrada en solo el contenido de sus palabras.

- Era de esperarse- afirmé, sin más. No era estúpida y Voldemort tampoco ambos sabíamos que mi poder se igualaba al suyo y quizás…- tenía mi varita en las manos, era imposible que mi poder no se manifestara de esa manera.

Miré fijamente a Dumbledore mientras hablaba y un brillo especial, de suspicacia se asomó en sus ojos. Ahora, él sabía a lo que me refería cuando hablé de mi varita el año pasado.

- Fue un interpretación impresionante, Sérène.- dijo Albus intrigado.- impresionante, realmente majestuosa. Es imposible pasarla por alto y creo que Voldemort tendrá cierto interés en ti

- O, en eliminarme querrás decir- solté sin más. Eso ya lo había pensado antes.

- En efecto- intervino Snape, y me tensé de nuevo. Había olvidado su presencia en la estancia. Una ola suave de calor me recorrió deliciosamente- el señor tenebroso te ve como una amenaza y quiere sacarte del camino lo antes posible. Hay órdenes explícitas de matarte a como dé lugar.

En ese momento me viré a Snape, por el reflejo que se presenta al momento de recibir una noticia inesperada que por querer verle el rostro, aunque el motivo estuviese implícito en mis acciones.

Su rostro era de piedra, inexpresivo, su porte el mismo de siempre con los brazos cruzados sobre su pecho recostado sobre una pequeña estantería con su cabello a ambos lados de su rostro enmarcando sus facciones maduras. Aunque fuera difícil de notar un ligero, ligerísimo rubor teñía sus mejillas de rosa, era apenas visible y por un segundo me pregunté si él era capaz de sentir lo mismo que yo cuando le miraba. Las cosquillas en el estómago, la respiración pesada, los vellos erizados y el incontrolable pálpito de su sexo.

Deseché la idea de inmediato.

No pienses en eso.

Severus me sostuvo la mirada y por un rato efímero me perdí en sus orbes negras enfundadas en un ceño fruncido. La expresión de Snape era de duda, como si deseara descifrar algo, como si se preguntara que estaba sucediendo y su aura llena de incomodidad, concordaba con aquello.

Dumbledore carrasqueó.

Ambos le miramos.

Su rostro adoptó esa expresión de astucia y risueña de alguien que se confirma sospechas. Ya había visto esa expresión antes en Dumbledore, siempre que nos observaba a Severus y a mí.

Maldito Dumbledore

- Bien- dije adoptando una pose calmada- era de esperarse. No le temo, que venga cuando quiera.

Albus se ensombreció y Snape se enojó ante mis palabras.

- El señor tenebroso no actúa de esa manera, Boissieu- escupió enojado- me ha enviado a vigilarte.

Claro él deseaba saber mis debilidades. Lord Voldemort era un cobarde

- ¿Y te preocupa que tengas que tener un ojo encima de mí y otro encima de Harry todo el rato?

Snape no dijo nada, se limitó a mirarme con una furia contenida. Esos orbes azabaches brillaban de rabia y nada podía verse más sensual que Severus en esa condición.

Me obligué a mirarle sin mirar, captando su figura sin detallar sus facciones ariscas y su porte sensual pasando de él. No me permitiría sucumbir ante Dumbledore y tampoco ante él.

- Un trabajo nada deseable, Boissieu- pronunció lentamente enfatizando en deseable mientras una chispa de victoria se dejaba ver en sus ojos para luego escupir mi apellido con desprecio.

Me sonrojé escandalosamente ante su provocación. Trataba de humillarme y no se lo permitiría.

Me levanté de mi asiento y caminé a paso rápido hasta él quedando frente a frente. Su ceño fruncido su profundizó y se enderezó para hacer evidente la diferencia de estatura, Snape era tan alto. Su aura se removió ansiosa, enojada, deseosa. Sus emociones ambivalentes me confundían.

- No tiene que sentirse tan miserable, Snape- escupí en su cara- estoy segura que eso de meter sus manos en lugares indeseables es algo que en el fondo le gusta.

Severus se sonrojó escandalosamente, tiñendo sus mejillas de carmín y frunciendo los labios con furia. Se acercó a mi cara, encorvándose. Yo no me moví de mi lugar ni un milímetro no le dejaría ganar, no esta vez.

- Imagina cosas, Boissieu- dijo, al clavar su mirada profunda y llena de ira en mis ojos desafiantes- quizás ciertos deseos le hacen… alucinar. – susurró cerca de mis labios, para luego sacar esa sonrisa burlona que avivó mi rabia.

- Estoy segura que esos deseos se manifiestan mejor en otras formas- dije imitando su sonrisa socarrona y dando un paso adelante- hay cosas que no mienten- susurré cerca de su boca y deliberadamente bajé mi vista a su entrepierna para subirla con rapidez a sus ojos y alcé una ceja mientras me alejaba, victoriosa.

touché pensé al ver como se dilataban las aletas de su nariz y se desorbitaban sus ojos. Se coloró hasta cuero cabelludo y cerró sus puños con fuerza.

Sí, le he ganado a Severus Snape.

- Bueno…- escuché que decían y recordé la presencia de Albus en la estancia, recordé dónde estábamos- eso ha sido una conversación interesante. Absurda en lo que compete, pero reveladora.

El tono de la voz de Dumbledore era juguetón, alegre.

Se me aceleró el corazón y un subidón de temperatura calentó la tela de mi túnica. No pude evitar sentirme mareada, descubierta, como si una travesura me hubiera metido en serios problemas. Me tapé la boca mientras me viraba y posaba mis ojos negrísimos como el carbón sobre la pesada puerta de madera, el escape.

Había hablado de más. Como siempre me pasaba cuando Snape me sacaba de quicio.

- Debo irme. – dije de repente- si Harry está próximo a llegar a casa de su tíos es hora de que me vaya.

Y, sin darle tiempo de responder, sin mirar atrás y bloqueando las auras de los ocupantes de la estancia, desaparecí.

Me alejé tanto como pude de su presencia enloquecedora y de sus palabras incitadoras. No podía permanecer más tiempo en el castillo, no cuando él y su porte, su sonrisa burlona, sus cabellos, el olor a humo y hierbas me hacían caer en el más profundo éxtasis y me hacía rabiar a la vez.

Severus Snape era peligroso y, desde aquel día en su despacho, ahora era más que una amenaza. Era el boleto a la locura.

Mis amores, he vuelto. Les pido disculpas por la tardanza pero bueno aquí está el capítulo XXVI.

Les agradezco por su paciencia y también por continuar leyendo mi historia, son un amor.

A todos los que han dejados sus reviews, les adoro y aquellos que agregaron la historia a sus favoritos les dedico este capítulo.

Ustedes son mi mayor motivación.

Un millón de abrazos :* :* :*