XXVII. Encuentros indeseados.

La luz se precipitaba a través de los pliegues de la cortina, apenas un rayo de luz amarillo bastó para iluminar la mitad de la pequeña habitación, el rayo caía directamente sobre mis ojos abiertos, totalmente dorados y fijos en la mohosa viga que amenazaba con caer en cualquier momento. Los ojos me ardían debido a la luz directa que recibían pero yo no podía parpadear, ni siquiera moverme.

En las últimas semanas tenía algunos días de letargo extremo dónde las emociones de los recientes acontecimientos sobrevenían a mi mente y la colapsaban de malos pensamientos y terribles augurios, se me desencajaba el alma y la sensación de estar cada vez más cerca del final me empequeñecía a tal punto que me sentía morir entre los labios de un dementor. En días como este, solo podía permanecer con los ojos abiertos fijos en la nada, rememorando una y otra vez el terrible destino que se acercaba inexorable hasta llevarnos al final.

¿Qué vendrá después?- me pregunté, reprimiendo las lágrimas.

La melodía de un ruiseñor llamó mi atención y viré la cabeza hacia la ventana, no podía verlo a través de la cortina cubierta de polvo pero escuchaba su canto, de repente lúgubre, y supe que todo se vería gris de ahora en adelante.

- Debemos prepararnos para lo que vendrá, será un año difícil- dije en voz alta, recordando las palabras que Dumbledore dijo en su despacho ese día, el día en el que la realidad se nos vino encima.

Recordaba perfectamente lo que sentí en el mismo instante en que la visión vino a mí, sin quererla, caprichosa como siempre ha sido esta habilidad.

Vigilaba a Harry, como siempre, mientras permaneció con sus tíos en Privet Drive, le seguía desde la distancia siempre al tanto de que auras mal intencionadas no se acercaran más de la cuenta, pasaba el día entero en constante vigilia escondida en las sombras, descansaba solo unas horas en la casa de la señora Figg, la squib que se encarga de vigilar a Harry durante el verano, una tarea más peligrosa que nunca para ella que no posee ningún poder mágico., luego volvía durante la noche para continuar con mi rutina.

Todavía podía sentir la cálida brisa de la noche veraniega alborotando los pocos rizos de mi cabello que lograban escapar de la capucha que me cubría la cabeza, el olor a estofado que venía a mi desde la distancia y el cansancio encoger mis hombros, ese día había sido pesado y caluroso; me senté sobre las raíces del árbol que me escondía y justo cuando descansé mi espalda en el rugoso tronco una poderosa imagen se formó en mi cabeza.

Era la mano de Snape, de eso no había duda, la conocía tan bien a como a las mías y esos dedos gruesos llenos de pliegues engañosos, su muñeca ataviada en la túnica manga larga era inconfundiblemente suya, su mano sujetaba firmemente a otra mano más delicada, aristócrata que temblaba ligeramente. Me sorprendió la rudeza con la que Severus sostenía aquella manito menuda cuando siempre había sido delicado al tomar las mías o al recorrerme con ellas. De pronto, un hilo color plata apareció danzando con sigilo, bailando alrededor de las manos unidas mientras una voz desconocida susurró las palabras que jamás olvidaría:

- ¿Juras que, en caso de que Draco no pueda seguir su misión, tú la completarás en su lugar?- preguntó la voz, con cierta ansiedad; y luego, la profunda e inexpresiva voz de Snape:

- Acepto.

- ¡No!- grité en cuanto pude librarme de aquella imagen desgarradora. Se me aceleró el corazón y sin quererlo un par de lágrimas resbalaban por mis mejillas, hirviendo de dolor, correspondiendo al mal presentimiento que se instaló en mí.

Luego, sucedió algo que jamás había experimentado antes, mi cabeza se llenó de otras imágenes muy diferentes pero igual de angustiantes.

Dumbledore se retorcía del dolor que su mano en llamas le producía, recitaba encantamientos, uno tras otro sin éxito mientras caía de rodillas y el sudor perlaba su frente.

¿Qué era todo eso? ¿Qué significaba?

Mis ojos recuperaron la visibilidad y recordé que estaba de pie, en mitad de un parque cerca del número 4 de Privet Drive, sudando a mares y llorando desconsolada sintiendo que la vida se me iba en las exhalaciones de mi respiración agitada. La opresión que martirizaba mi pecho y el temblor que me hacía sacudirme violentamente no disminuían la necesidad de ir a verles y comprobar que todo estaba bien, aun cuando sabía que no era así, no cuando el mal augurio se había mezclado con la enloquecedora sensación de tenerlo todo perdido.

Y no me equivocaba, en cuando aparecí en mitad de la oficina de Dumbledore me di cuenta que las visiones habían llegado tarde.

Severus estaba con Dumbledore, su mano ennegrecida sobre el escritorio de madera era examinada por un malhumorado Snape. Ambos se percataron de mi presencia de inmediato y me miraron iracundos por haber irrumpido en la privacidad de la oficina del director, algo que jamás había hecho antes, per que me valía poco debido a las circunstancias.

Ninguno dijo nada, mientras la tensión nos envolvía a los tres, pero bastó el lenguaje que mi rostro gritaba a voces para que ellos comprendieran mi preocupación. Dumbledore y Snape suavizaron sus ceños fruncidos en cuanto las lágrimas comenzaron de nuevo su recorrido por mis mejillas hasta morir en el suelo. Albus se levantó delicadamente de su asiento y se acercó a mí, pausadamente, ligeramente encorvado y con una tierna expresión de simpatía que me atormentaría hasta el final de mis días. El comprendía que lloraba por ellos.

Detrás de él, Snape me miraba curioso, con sus ojos negros fijos en las lágrimas que resbalaban desde la comisura de mis ojos hasta la alfombra del despacho de Dumbledore.

¿En qué momento este par de extraños se convirtieron en personajes importantes en mi vida? ¿Desde cuándo me duele su mala fortuna? Yo no estaba en Hogwarts para simpatizar.

- Sérène- susurró Dumbledore, con tristeza.

- No lo comprendo- dije, con la voz rota- ¿Qué sucedió? ¿Qué clase de maldición es esa? – concluía señalando su mano negra y esquelética. Sin pensar en mis acciones, me acerqué a él y le cogí del brazo izquierdo para alzar su mano y examinarla de cerca.

En ese instante, vi mucho más allá. Vi lo que jamás imaginé, una magia tan oscura y poderosa que era difícil figurarse a un mago o a una bruja practicándola. Incluso la magia más oscura de Sudamérica, que yo practicaba, no se comparaba con la maldad de esta magia.

- ¡No! No puede ser, Albus- susurré atónita a la vez que lo soltaba, llevé mi mano a la boca para ahogar el gemido que venía subiendo la garganta, más lágrimas bajaron de mis ojos, me sentía horrible, aquello era espeluznante y oscuro.

Dumbledore cambió de semblante, me miró con dureza desde su altura suponiendo lo que yo había visto.

- Ese monstruo, es capaz de hacer lo más cruel con tal de vivir para siempre- susurré sin poder creerlo.

Nadie dijo nada, pero en el silencio que reinaba en la habitación fue suficiente para aclarar las dudas.

Voldemort había encontrado la manera de vivir eternamente, y entonces supe que esta venganza no se llevaría a cabo solo jugando con fuego.

Aún me dolía el pecho y se nublaba mi vista cuando pensaba en ello, el preciso instante dónde supe que las cosas serían más complicadas de lo que asumí en primera instancia, cuando abordé el expreso de Hogwarts camino a obtener mi venganza.

Días después, Dumbledore recogió a Harry en casa de sus tíos para llevarlo a La Madriguera, con ello mi parte del trabajo culminaba, sólo podía esperar pacientemente a que el verano terminara y volver a Hogwarts dónde discutiríamos que hacer.

Pasé el resto de mis días sin demasiada novedad en una de las peores habitaciones del caldero chorreante, era todo lo que los pocos galeones que me quedaban me permitían pagar, Albus se ofreció amablemente en pagar una habitación más cómoda peor yo no estaba de ánimos para contestarle así que me quedé en la pequeña, oscura, fría y tenebrosa habitación que ahora ocupaba mientras miraba la sucia cortina que tapaba al ruiseñor. Mi baúl estaba abierto y todas las cosas esparcidas por el suelo, sobre la cama, el pequeño guardarropas de puertas rotas, faltaban solo minutos para irme a Hogwarts y el desconcierto de los últimos meses hacía mella en mí, sentía que taladraba constantemente mi subconsciente, como un pájaro carpintero demasiado insistente.

Un mal presagio que no desaparecía y recurrentes pesadillas solo podían significar algo: la muerte acechaba a Hogwarts, y cada vez que esa molesta sensación aparecía pensaba en Snape. En Severus y el ridículo juramento que no podía quebrantar.

Sabía que debía hacerlo, no tenía escapatoria si quería permanecer entre las filas de Voldemort y no llevar a la basura todo el esfuerzo de tanto años viviendo como doble agente, pero no podía evitar sentirme profundamente preocupada por él. Necesitaba saberle a salvo, estoico, malhumorado, altivo, refunfuñón, enigmático, oscuro, desconfiado, agresivo, pero a salvo. Incluso sabiendo que mi amor por él era solo una metida de pata, una piedra en el zapato, era imposible para mi corazón detener los sentimientos que me impulsaban a pensar en él y su seguridad. Aunque tratara, no podía sacarme de la cabeza la vívida imagen de su mano estrechando firmemente la delicada mano aristócrata que pronunció las palabras que oía en sueños.

No pregunté nada sobre el juramento mientras le vi en el despacho de Dumbledore, me moría por acercarme, tocarle el rostro, mirar en los profundos pozos de sus ojos azabaches y decirle que todo estaría bien porque yo estaba allí para él, pero contuve el impulso de cometer una estupidez. No podía darle el poder para jugar conmigo a su antojo, no después de lo que había pasado entre nosotros, él no podía enterarse de mis sentimientos hacia él. Mi orgullo no lo permitía.

Decidí no abordar el expreso escarlata. Aunque deseaba con todas mis fuerzas volver a ver a Harry y verificar con mis propios ojos que se encontraba bien, no estaba de ánimos para afrontar el chirriar de la locomotora, el bullicio de las risas de aquellos niños viajando a través de los compartimientos del tren, las lechuzas ululando y los gatos ronroneando, los baúles ocupando los pasillos y las despedidas en la estación… yo no tendría a nadie que agitara la mano en mi dirección mientras el expreso avanzaba sus primeros metros fuera de la estación, nadie se despediría de mí.

Con un movimiento ligero de muñecas todas las cosas se acomodaron en los baúles, y con otro movimiento dejé en perfecto estado la habitación, tanto como podía estar. Era casi la hora de la cena de bienvenida y debía cambiarme antes de entrar al Gran Comedor con el resto. Me moría por ver de nuevo a Harry, y también por comprobar que Snape estaba bien, porque sí, incluso después de tanto tiempo seguía preocupada por él.

Desde que me enteré del juramento inquebrantable no había podido hacer otra cosa que soñar con que no era verdad. Temía por su vida, más que por la vida de Dumbledore y sus alocadas ideas de morir en manos de un hombre que le admira en demasía. Supongo que morir de esa manera, por una causa mayor, es de valientes; pero manipular a otro para hacerlo es demasiado. Lo había pensado mucho, durante mis tardes de ocio sentada en sucia la habitación del caldero chorreante, con la vista fija en la pared ennegrecida: debía encontrar la manera de no cumplir el mandamiento de Voldemort sin involucrar a Snape en ello y, sin ser descubierta. Solo debía pensar un poco más.

Con pensamientos lúgubres y un peso en los hombros cogí los baúles y desaparecí con un ¡PLOP! Aparecí en medio de mi habitación en Hogwarts, la que compartía con Carlina y un par de chicas más. Había calculado perfectamente la hora y ya todos estaban en el Gran Comedor, arrimé mis baúles a un lado de mi cama con dosel y me preparé para bajar colocándome la túnica negra, escarlata y dorado distintivo de Gryffindor.

Crucé las enormes puertas del Gran Comedor, y un fuerte bullicio se alzaba en él. Todos los chicos, a pesar de las terribles noticias del regreso de Voldemort, respiraban gozosos de poder verse nuevamente, no faltaron las risas resonantes que provenían de cada mesa y los abrazos largos y afectuosos de los mejores amigos. Pasé de largo a través de la mesa de Gryffindor, saludé a Carlina con un movimiento de manos, hacía mucho tiempo que nuestra amistad se reducía a asentamientos amistosos y charlas esporádicas antes de dormir. Avancé a paso rápido a través de la estancia y evité a conciencia mirar la mesa de profesores, no podía soportar verle allí sentado como si nada sucediera cuando sabía que las cosas se tornarían negras este año. Al fin llegué a la mitad de la mesa dónde Harry y sus amigos sonaban preocupados.

De inmediato supe por qué.

- ¿Por qué estás sangrando?- pregunté, preocupada al ver que Harry tenía sangre en la cara.

- Ah, Sérène, hola- dijo, Harry algo avergonzado- no es nada.

- ¿Seguro?- insistí, tenía la nariz algo hinchada.

- Seguro. – respondió antes de dedicarme una sonrisa. No me convenció con aquello, algo había pasado pero lo dejé correr.

- Hola, chicos. Ron, Hermione. ¿Cómo pasaron el verano?- pregunté, mirándoles. Obviando sus caras de desconcierto mientras me sentaba a su lado, como si fuera una vieja costumbre.

Ambos se miraron interrogantes y luego a Harry que se encogió de hombros, él era el menos renuente al dejarme entrar en su grupo. Al menos de momento.

- Estuvimos casi todo el verano en la casa de Ron- habló Hermione primero, saliendo de su estupor.

- ¿Todos ustedes? – pregunté, fingiendo asombro- Vaya, debes tener una casa enrome, Ron. Tu familia es numerosa y aun así recibir visitas durante todo el verano.

- Realmente no es tan grande, tiene algunas modificaciones pero es cómoda. Nos gusta tener visitas.

- Eso es bueno- contesté, con una sonrisa- Quizás decidas invitarme el año siguiente.

Abrió un poco los ojos, dejando ver su desconcierto y Hermione frunció el ceño, analizando.

- Ah… si, eso estará bien… creo.

Me reí de su expresión alarmada y dudosa.

- ¿Dónde pasaste el verano, Sérène?- preguntó Hermione con una mirada suspicaz y llena de astucia. – estás bronceada, fuiste al mar.

Claro que estaba bronceada, pasé numerosas tardes bajo el sol veraniego de Privet Drive.

- Ah.. yo- comencé, tratando de pensar en algo y en ese momento. Debía tener una respuesta preparada para eso pero no podía pensar. Dumbledore llamó al silencio y todos pusimos atención en él.

Me salvó la campana- pensé, aliviada.

El sopor de mis últimos días no me dejó pensar en las posibles preguntas que los chicos me harían en cuanto regresara a Hogwarts y me esforzara por entrar a su grupo, debía ser cuidadosa con sus preguntas y mis respuestas.

Sin desearlo demasiado me giré en dirección al atril, dónde Dumbledore comenzaba a dar la bienvenida al nuevo curso. No había mirado a la mesa de los profesores adrede, no quería encontrarme con sus ojos negros y profundos mirándome a la distancia y sucumbir ante la preocupación que con dificultad mantenía a raya. El solo pensar en conectar mis pupilas doradas con el oscuro agujero de su mirada me estremecía, sabía que lloraría al verle, al saberle indefenso ante la petición de Dumbledore de quitarle la vida para salvar a Draco.

No soportaría mirarlo y saber que su destino estaba marcado por un juramento que no podía romper, aunque yo deseara quebrarlo en mil pedazos.

- Deseo anunciar a los nuevos profesores que se incorporarán a nuestro cuerpo docente. El profesor Slughorn, quién impartirá pociones este año.

Un hombre de edad se levantó de su asiento y saludó en dirección a los alumnos con su mano derecha mientras sonreía. Un gran murmullo su alzó en el gran comedor ante aquella noticia, incluso yo me encontraba desconcertada, si el anciano Slughorn impartiría pociones ¿Qué pasaba con Snape? Dumbledore no podía quitarse su puesto de profesor de pociones y mantenerlo recluido o peor, preparándose para matarle ¿o sí?

- Mientras que el profesor Snape, se hará cargo de la asignatura Defensa contra las artes oscuras.

Inmediatamente, en un acto reflejo Harry gritó una enfurecida negativa que todos los chicos escucharon. Sabía muy bien que la relación entre Harry y Snape era tan mala como cualquier maldición imperdonable, pero tenerle como profesor de DCAO no era la gran cosa después de haber impartido pociones durante años. No veía nada malo en aquello. A menos que… Snape se atreviera a bajar las notas de Harry, que ha sido muy bueno en esa asignatura.

Harry no fue el único que protestó ante aquello, a diferencia de la mesa de Slytherin, que festejaba y aplaudía, el resto de las casas cuchicheaban enojados y asustados por el cambio.

- Por último, el profesor Esteban Collingwood, que impartirá runas antiguas este año.

Me quedé paralizada por un momento. La estancia se sumió en un vórtice atemporal que desaceleró todo alrededor, las velas flotaban con flojera desmedida y los movimientos de los chicos eran lentos y pausados, los sonidos llegaban a mis oídos distorsionados, bostezados.

¿Esteban Collingwood? – su nombre hizo eco en mis oídos y erizaba los vellos de mi piel mientras me perdía en un abismo oscuro.

De repente las cosas cambiaron, el estrado desde dónde Dumbledore daba su discurso se movía de arriba abajo, como llevado por el viento, los colores se hicieron más brillantes y me faltaba el aire, abría la boca en busca del codiciado oxígeno que no terminaba de llegar a mis pulmones, repentinamente pequeños. En ese momento, en ese preciso instante pensé que me estaba volviendo loca. No era cierto, no.

Escuchaste mal, Sérène. Has escuchado mal.

Me repetía una y otra vez mientras mis ojos trataban de enfocar las imágenes que se movían tras la cortina de agua que no me permitía ver con claridad. Se me subió la presión, logrando que un mareo se apoderara de mí, y también la temperatura, se dilataron mis pupilas haciendo ver mis ojos tan negros como una noche sin luna y estaba segura, que a pesar de mi elevado calor corporal, mis labios estaban tan pálidos como una lechuza albina.

Desde mi asiento, al borde del colapso y a través de la cortina que nublaba mi vista, una figura delgada se levantaba de su asiento en la mesa de los profesores, su melena dorada brillaba bajo las velas que flotaban sobre su cabeza, su sonrisa estaba coronada por sus preciosos ojos azules, su gesto era tan amable, tan risueño que combinaba perfectamente con el asentamiento de cabeza del que consistió su saludo. Escuché a muchas suspirar embelesadas.

-No- dije, sin creerlo- No es posible.

- ¿Sérène? ¿Estás bien?- preguntó Harry, girándose en mi dirección, frunciendo el ceño ante la visión de mi figura al borde del colapso.

-¡No!- fue mi turno de protestar.

Me levanté de mi asiento de un salto y todos posaron sus miradas curiosas en mí. Incluso él, incluso Esteban. La rabia reemplazó todo malestar y se apoderó de las facciones de mi rostro. Pude ver su sonrisa vacilar en cuanto esas perlas azules se encontraron con el ónix enfurecido de mi mirada. Tenía la respiración pesada y la rabia bullendo enérgicamente en mis venas. El notó al instante que se había metido en un lío enorme.

Me las pagaría, sin duda alguna. ¿Cómo se atrevía a venir hasta aquí? ¡Y matricularse en Hogwarts como profesor!

Me sentía traicionada y desecha, como si la muerte tocando las puertas de Severus y de Albus no fuera suficiente, él se atrevía a cruzar el atlántico para venir hasta aquí y seducir a la muerte para llevárselo.

En sus ojos podía ver la duda y también la rebeldía, el atrevimiento aún bailando victorioso, enfrentándome desde la mesa de profesores mientras las llamas de la furia me consumían en vida. Podía escuchar a los chicos hablando en la mesa, e incluso a los párvulos señalándome pero no entendía nada, solo tenía ojos para Esteban y su ceño fruncido, su expresión desafiante.

Un sutil movimiento llamó mi atención, justo a la derecha de Esteban, al fijar la vista en el lugar de dónde provenía noté que Snape estaba sentado junto a él, junto a Esteban. Me miraba iracundo.

Severus clavó sus ojos enfurecidos en mí y sus mejillas se coloraron tenuemente, un rubor que solo yo notaba a la distancia, no apartó su mirada hasta que yo, descubierta por la única persona que deseaba evitar en estos momentos, decidí marcharme de allí. Aparté mi vista, y como un huracán cobrando vida, salí disparada del Gran Comedor hacia el vestíbulo en buscar de una salida, en busca de aire.

Si antes pensaba que este año sería gris y triste, ahora podía estar segura que también sería un completo infierno.


Mis amores, ¡He vuelto! Si, después de un siglo sin publicar jajaja. Ahora soy una chica ocupada y, bueno me toca posponer las actualizaciones. :( Lo que me tiene muy mal.

Aquí les traigo el nuevo capítulo, espero les guste. Es un poco corto pero ya verán que se vienen cosas interesantes.

Un tercero en discordia no le hará fácil la vida a nuestro Severus, de aquí en adelante se nos complica todo para ambos y nuestra Sérène está un poco melancólica, ¿No les parece? Pero al final se nos enfurece. :s

Ya comencé el capítulo XXVIII así que lo tendré listo pronto.

Quiero agradecerles por su infinita paciencia y por esperar los nuevos capítulos, gracias también a los que dejan reviews y tienen la historia en sus favoritos, son un amor. Me motivan a continuar y es por ustedes que sigo escribiendo (claro, además de que amo escribir).

Nos leemos en el próximo capítulo.

Un millón de abrazos :* :* :*

P.D: ¿Se imaginan a Severus celoso?