XXXI Fortaleciendo sospechas
El pasto tenía una tonalidad otoñal, no por la estación del año, sino por la tostada luz del sol que arropada delicadamente el paisaje bajo su manto, como una tela de seda color ocre vistiendo un cuerpo juvenil lleno de verdes matices. El sol bajaba por las colinas que apenas se vislumbran en la distancia, cayendo detrás de ellas, ocultándose para dormir. Una suave brisa acarició mis cabellos, enredándolos todavía más y secando la solitaria lágrima que corría cuesta abajo por mi rostro sucio.
Me sostenía precariamente de la baranda de la torre de astronomía, mis pies oscilaban como un péndulo sobre el abismo debajo de ellos, ignorantes del peligro que corrían. Suspiré, en un intento fallido de llenar el agujero de mi pecho, aunque fuera con aire, me resultaba increíble como el tostado paisaje al anochecer me era indiferente, entraba a través de mis ojos amarillos y podía percibirlo en cierta medida, pero mi cerebro no registraba la hermosura de la muerte del sol, quizás porque, en cierto modo, mi percepción de la belleza había muerto también.
Desde anoche.
No podía evitar sentirme humillada hasta la médula, nunca pensé que mis sentimientos por Snape me hicieran caer tan bajo, tan ridículamente bajo.
Después de su arremetida contra mi orgullo y la violenta respuesta a su humillación, desaparecí de allí, dejando detrás de mí la túnica negra, aparecí en un aula desocupada del cuarto piso y para mi vergüenza y desesperación lloré. Lloré de la manera en la que nunca pensé que lo haría. Por la humillación, por mi amor no correspondido, por Esteban y su estancia en Hogwarts, por el juramento inquebrantable, por Harry y su maldita suerte, por esta venganza cuyo fin veía cada vez más distante.
Lo merecía.
Por consentir que mi camino se desviara gracias a este sentimiento que no podía permitirme sentir. No importa cuán fuerte sea, debía mantenerlo a raya y ocuparme de mis asuntos de ahora en más.
Organiza tus prioridades y mantenlas firmes. Pensé
Sentí sus brazos rodearme casi al instante de sentir su presencia. La calidez de su cuerpo cobijó mi piel a la vez que la calidez de su beso en mi coronilla derritió el hielo de mi corazón. Conocía muy bien ese delicado abrazo de apoyo.
- Estas perdiendo el toque- dijo, sonriendo contra mi cabello- no sentiste mi presencia.
Ciertamente, era una de las tantas consecuencias de estar estúpidamente enamorada.
- Me he equivocado- respondí, incapaz de sostener las palabras en mi lengua. Necesitaba su apoyo, su consuelo. De alguna manera necesitaba sentirme unida y fuerte de nuevo.
- No sería la primera vez- me recordó, negó con la cabeza y luego deshizo el abrazo. Cogió mis cabellos entre sus dedos largos y lo cepilló con ellos. Siempre hacía eso cuando me pillaba con la guardia baja y la mente perdida entre la bruma, era su manera de hacerme sentir anclada a la realidad sin halarme bruscamente.
- Perdí el horizonte y lo pagué con creces. Debo recordar que estoy aquí para vengarme. No más, no menos.
Sus manos se congelaron. Lo sentí soltar el aire de sus pulmones con brusquedad, alborotando los cabellos en mi coronilla. Me quedé mirando a lo lejos, donde el sol ya se había escondido y los últimos vestigios de su luz luchaban por no perder la batalla contra la oscuridad. Mis palabras le enojaron, su aura revuelta lo demostraba.
- No tienes por qué continuar con esto y lo sabes- dijo, apretando los dientes. Resopló de nuevo y reinició sus caricias a mi cabello- es absurdo lo que haces.
- ¿Te parece absurdo?- repiqué enojada, viré mi cabeza a un costado para mirarle sobre mi hombro. Sus ojos azules estaban oscuros producto de su disgusto, su boca era una línea recta y apretada, su ceño fruncido.- Después de todo lo que hemos pasado por su culpa, te parece que es absurda esta venganza.
Profundizó su ceño fruncido.
- Esto no lo haces para vengarte por lo que pasó- dijo, sin apartar su mirada severa de mis ojos opacos- lo haces por orgullo.
La sentencia de sus palabras hirió mis sentimientos.
Aparté la mirada.
La tensión que produjo sus palabras era densa y asfixiante. Permanecí con los ojos pegados a los últimos rayos de sol que se dejaban ver antes de morir consumidos por la oscuridad de la noche. En algún punto reanudó sus caricias a mi cabello, lentas y automáticas, de forma ausente, como perdido entre sus pensamientos. De pronto se detuvo.
- ¿Quién te ha hecho esto?- preguntó repentinamente ácido, respirando con dificultad.
- Voldemort- respondí de inmediato.
- No estoy hablando de tu ego herido- repicó con mayor enojo, sosteniendo mi cabello en una coleta alta con una de sus manos, apretando demasiado fuerte y presionando uno de sus dedos sobre un punto en mi cuello hundiéndolo bruscamente.
- ¿Quién carajos te hizo esto?- enfatizó profundizando el toque.
- ¿De qué hablas?- pregunté desconcertada por su actitud.
Soltó mi cabello y retrocedió unos pasos, me bajé de la barandilla y le enfrenté en cuanto mis pies tocaron el adoquinado en un ruido suave. Sus ojos destellaban de furia y su respiración era profunda, su aura revoloteaba como las llamas de una hoguera avivada.
- Ya no tengo doce años, sé perfectamente lo que significa ese moretón en tu cuello.
Mierda pensé cuando flashes de la noche anterior vinieron a mi cabeza.
¿Qué debía hacer? No podía responder a su pregunta, definitivamente no, pero él no se iría sin ninguna respuesta. Estaba en un aprieto.
- Esteban…
Estaba enojado. Su aura flameaba descontrolada a su alrededor, sus ojos oscurecidos por la fuerte emoción que sentía, sus dientes apretados y a la vista, sus cejas juntas, acusadoras, una visión casi diabólica.
Permanecimos en silencio durante un par de minutos, enfrentándonos con la mirada. Yo no sabía que responderle y solo por si las dudas cerré mi mente, no podía permitirle entrar y averiguar lo que he estado guardando de todos. Me avergonzaba ser tan débil ante Snape y demostrarle que soy solo un alma vieja encarnada en un cuerpo adolescente difícil de controlar. Una debilidad que no podía mostrar.
- ¿Te acuestas con un párvulo de Hogwarts?- espetó respirando profundo, controlando su ira.
Me mantuve firme en mi posición, con mis ojos amarillos fijos en los suyos y la expresión inescrutable, tanto como podía. Sin embargo, mi corazón me delataba, si colocara su palma en mi pecho ahora, podría sentir la fuerte agitación de los latidos de mi corazón desbocados, esforzándose por mantenerme despierta y firme en mi resolución de no ser descubierta.
- No seas impertinente conmigo, Esteban. No puedes hablarme en ese tono- le recordé, sin perder la compostura.
- No seas ridícula. Dime quién te ha hecho eso.
- No es un asunto que te incumba- le dije en un tono más alto. Invitándole a callar.
Resopló con fuerza, desesperado. Pasó sus delgados dedos por su cabello color arena. Un claro signo de que perdía la paciencia.
- ¿Con quién te estás acostando?- gritó, perdiendo el control- Si es uno de los alumnos imbéciles te juro que…
- ¡No me estoy acostando con nadie, Esteban! ¡Por Merlín! – le grité de vuelta, gesticulando en su dirección. Que en teoría era cierto. Nada que llegara demasiado lejos. Además, ¿Quién se creía para reprocharme lo que hiciera con mi cuerpo? No tenía derecho alguno.
Sin embargo, allí estaba, hecho una furia tratando de averiguar quién me había tocado más de lo debido. En cierto modo, le entendía. Si yo estuviera en su lugar… estaría enojada, mucho, pero él está haciendo un alboroto mayor al necesario.
- Es Snape, ¿No es así? – su susurro apretado me dejó helada. Por un momento sentí un líquido frío recorrer mis huesos, mi corazón se detuvo un segundo solo para reanudar su marcha frenética y bombear ese helado líquido hasta mi cerebro congelando mis pensamientos.
¿Cómo...?
Fruncí el ceño mirándolo confundida. ¿Cómo llegó a esa conclusión? ¿Nos habrá visto? ¿Desde cuándo sospecha?
- ¿De qué…?- comencé pero no pude terminar. Desconcertada, perdida. ¿En qué momento se enteró él de eso? ¿En qué momento perdí las palabras para enfrentarle y negar aquella acusación?
- Lo sabía.- susurró negando con la cabeza- Lo sabía, ¡Lo sabía!
Su grito me sacó de mi estupor
- Esteban, por favor, cálmate. – dije en su dirección- ¿Qué te hace pensar esa ridiculez?
- ¡Todo!- exclamó, levantando los brazos y haciendo un gesto exasperado- ¡Absolutamente todo!
Comenzó a caminar en círculos resoplando, mordiéndose el labio.
- Tendrás que ser más específico si realmente quieres darme una explicación respecto a tu absurda teoría.
Pasó las manos por la cara, como si con ese gesto lograra quitarse la máscara enojada.
- Te sigue a todas partes, te observa todo el tiempo, incluso desde la mesa de profesores, la forma en la que se comporta a tu alrededor- Esteban enumeraba sus puntos con los dedos- la forma en la que te mira- dijo esto en un susurro apretado.
Esas razones eran ridículas. Era evidente el por qué Snape hacía todas esas cosas que para él no tenía sentido mayor al que sospechaba.
- Snape no confía en mí. Desde el día que llegué a Hogwarts en circunstancias sospechosas, me observa con detenimiento, me sigue a todas partes y me mira como si pudiera descubrir lo que estoy tramando. – Esteban no suaviza las arrugas de su rostro- Él es un hombre curioso, calculador, está bajo las órdenes de Dumbledore y le es fiel hasta la médula, ¿No querría saber por qué estoy aquí? Piensa que para descubrirlo tiene que hacer todas esas cosas que mencionaste en primer lugar. Es un espía y esa es la manera en la que los espías se comportan.
Para mi sorpresa, la última frase caló profundo en mi mente.
- Posiblemente- dice- pero soy un hombre al igual que Snape y créeme, no hace lo que hace para pasar información a Dumbledore.
- Esteban… no estás pensando con claridad. Los celos no te permiten hacer un juicio justo de…
- ¿Celos?- me interrumpió sarcástico- Celos es lo que siente Snape cuando hablo sobre ti, cuando estoy a tu alrededor.
- ¡No seas ridículo!- exclamo, mientras empujo a lo profundo una cálida sensación que emerge en mi pecho- él…
Me quedo muda de repente sintiéndome abrumada. No puedo permitirme sentir esperanzas.
- No, no lo es. – refuta alzando una ceja, aún enojado- ha estado tratando de entrar a mi mente desde que pisé el castillo, al principio pensé que quería medirme, saber por qué estaba aquí pero luego, comencé a notar que te miraba, observaba tus movimientos como si deseara grabárselos en la memoria. Me dio curiosidad saber la clase de cosas buscaría en mi mente si pudiera acceder a ella, así que le dejé entrar. Al principio me sorprendí al saber que solo buscaba información de ti, fue directo hasta allí, a que tipo de relación teníamos. Luego me pareció lógico.
Mi respiración en este punto era profunda, tensa. Las palabras de Esteban se calaban en mis huesos, tratando de dejar una marca permanente en ellos, para no ser olvidadas.
No seas tonta, él no está asociando los eventos como deben ser.
- No veo la lógica en todo el asunto- respondí inquieta- Sigo pensando que Snape solo quiere averiguar quién soy y qué hago aquí.
Enmudeció por unos segundos, respiró y luego suavizó la mirada. Una pequeña sonrisa adornó sus labios antes apretados y un brillo en sus ojos iluminó su rostro, solo que, no era un brillo alegre, sino un brillo de suspicacia.
- Supongo, que eso explica el por qué aprieta sus dientes cuando hablo maravillas de ti en la sala de profesores, o el por qué sus ojos arden cada vez que menciono tu suave piel o tu bella sonrisa.
Fruncí el ceño una mueca inútil para tratar de ocultar la emoción embriagante que produjo sus palabras. Me sentía… esperanzada. Creo que era la mejor palabra para describir el latido errático de mi corazón, el fuego ardiente de mi pecho, el arrebol descarado de mis mejillas y el negro profundo de mis ojos sobrenaturales. Sabía, que sobre todas las personas, Esteban era al único al que no podía engañar. Me conocía demasiado bien, lo suficiente para saber que no era enojo lo que mi cuerpo mostraba sino excitación ante sus palabras.
- ¿Has estado provocando a Snape?- pregunté con cautela, midiendo mis movimientos. Aunque él pudiera ver más allá de mi expresión indudablemente falsa, no podía dejar de intentar engañarlo.
- ¡Por supuesto!- exclamó alegre, demasiado alegre. Me había descubierto- Después de que entrara en mi mente, cada vez que puedo. Sé cuándo está solo en la sala de profesores, así que le hago compañía por un rato. Le pregunto sobre ti, cómo te va en sus clases, le hablo maravillas de tus habilidades y de lo bella que eres.
Esteban sonrió con malicia, era una expresión maquiavélica que yo odiaba a sobremanera.
- Es un espectáculo digno de ver. Su rostro ruborizado por la rabia, sus dientes apretados y esa mirada iracunda.- Esteban se acercó a mí y bajó su cabeza a mi altura para susurrarme: - El siente una fuerte atracción por ti.
Abrí los ojos con mesura. Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo en mis pulmones y aparté la mirada de sus ojos azules. Fue un reflejo de protección, si él intentara entrar en mi mente en este momento, descubriría el secreto más oscuro.
Por alguna razón, no pude responderle, me había quedado sin voz y pensamiento. Atracción. La palabra apareció en mi cabeza de nuevo, atracción más no amor, estaban muy distantes la una de la otra para significar lo mismo. Entonces, la ridícula esperanza que sentía se desvaneció.
Te lo mereces, por estúpida.
Para cuando regresé a mirar a Esteban él ya estaba al tope de las escaleras, dispuesto a marcharse.
- Snape va a pagar con creces lo que hizo- sentenció con seriedad- No permitiré que vuelva a tocarte.
Le vi apretar la mandíbula pero supo controlar su ira. Dio media vuelta y comenzó a bajar las escaleras.
Respiré profundo para intentar calmar mi corazón quebrado. Me deslicé suavemente hasta caer de rodillas sobre el adoquinado incapaz de mantenerme en pie por más tiempo. Esa pequeña esperanza nacida y perdida con tanta rapidez drenó mis energías, drenó mis emociones, drenó ilusiones que ni siquiera sabía que albergaba dentro de mí.
Supe entonces que este sentimiento me hacía desear a Snape de una manera completa e incondicional, quería que él me amara tanto como yo le quiero, que sus sentimientos hacia mí fueran más allá de la burda atracción.
El amor es una mierda irracional. Irracional y estúpida.
Me limite a no guardar esperanzas en torno a mi situación con Snape. Sin embargo, había un asunto pendiente con Dumbledore. Sospechaba que el mismo no se hizo cargo de pautar una reunión esperando que fuera yo quien decidiera verle y hablar por las buenas. Una estrategia inteligente, además, suponía que me había estando observando lo suficiente para estudiar mi carácter y saber que tarde o temprano soltaría aquello que fuera necesario para su conocimiento. Eso, y que el compromiso de matrimonio con Esteban era una farsa.
Caminaba a paso firme entre el adoquinado camino a la gárgola. Hacía mucho tiempo que no venía a la torre del director. Casi olvido los exquisitos detalles de las plumas del ave que custodia con celo la entrada a la oficina. Me quedé de pie admirando la bellísima obra de arte y sobretodo escaneando algún aura que pudiera estar cerca.
Nada.
Dije la clave confiando en mi instinto. El ave se movió a un lado dejando entrever la escalera de caracol que ascendía automáticamente hasta lo alto de la torre. Di un paso y me situé sobre el escalón produciendo un sonido seco en la piedra. Cerré los ojos y respire profundo varias veces, cuando abrí los ojos mis orbes estaban negras y veía directamente a la pesada puerta de madera de la oficina de Albus.
Toqué y después de un ligero adelante abrí sin esfuerzo, solo empujando un poco.
La oficina estaba tal cual la recordaba, circular con un montón de estantes y cachivaches haciendo ruido. Su escritorio de roble frente a mí donde él estaba sentado con pluma en mano y Fawkes en su pequeño nido calvo y desplumado, arrugado y encorvado, recién renacido de las cenizas. Adorable.
Dumbledore despego la vista del pergamino que firmaba y me miró con una sonrisa complacida. Sabía que vendría, tarde o temprano, y me esperada. Eso me hacía admirar su paciencia.
- Sérène, que placer.-dijo, con un placer genuino.- Siéntate por favor. Estaré contigo en un minuto.
Me adentré en la oficina y me senté en una de las sillas frente a él. Le examiné con cuidado mientras terminaba de firmar sus documentos. Su mano ennegrecida reposaba delicadamente sobre el escritorio, no se movía en lo absoluto. Una punzada de dolor atravesó mi pecho, a pesar de todo Albus había ocupado un pequeño espacio en mi consciencia y eso me hacía preocuparme por el un poco. Escaneé su aura y encontré que estaba ansioso, entusiasmado por saber qué le diría. Mi presencia le excitaba como un juguete nuevo a un niño.
Dejó la pluma en el tintero y luego posó su mirada azulada en mí. Sus lentes de medialuna no eran lo suficientemente confiables para ocultar su emoción, brillaban como dos grageas.
- ¡Bien! Encantado de tenerte aquí, Sérène. Tenemos mucho de qué hablar.
Ni que lo digas.
- Sí, es cierto. Ambos tenemos mucho que decir. Me gustaría comenzar primero si no te molesta, Albus.
Sonrió encantado.
- En lo absoluto.
Respiré hondo. Tenía planeado que iba a decirle pero la preparación no lo hacía más fácil de llevar a cabo.
- Bien. Te preguntarás que relación existe entre Esteban y yo.- hice una pausa y examiné su rostro, estaba calmo.- y, como habrás deducido ya, al igual que el asunto de la varita, no voy a decírtelo.
Su sonrisa se amplió más.
- Lo suponía. Creo que he llegado a conocerte un poco y, al igual que el asunto de la varita, saldrá a la luz tarde o temprano.- apreté los labios, Snape había hablado de más.- Comprendo que eres celosa con lo que amas y te importa.- Asentí una vez- Por lo que es más que obvio que el profesor Collingwood es alguien muy cercano a usted. Alguien a quien protegerá sin importar lo que suceda.
Allí estaba. El Dumbledore que conozco y que entendía.
- ¿Por qué le aceptaste?- pregunté, sin poder contenerme. Conocía la perfección las razones de Esteban para presentarse en Hogwarts y optar por una plaza como profesor. Pero... ¿Porque le acepto?
- No sabía que se conocían.
- ¿Seguro?- tuve que preguntar. Quizás Esteban haya usado un boleto de entrada al igual que lo hice yo con la carta de Nicolás Flamel.
- Te lo aseguro- prometió- Sin embargo, sospeché. Él, al igual que tú, pidió entrar al colegio de la manera más extraña. No me pareció que fuera mala persona, pero ciertamente su petición de que le aceptase era tan ferviente como la tuya.
- ¿Ha sido eso lo que te ha dado la pista?- pregunté, confundida.
- En cierta manera. – asintió, con los ojos azules perdidos en el recuerdo. - Ambos afirmaron tener una misión importante que cumplir aquí.- Por supuesto, yo venía a vengarme y él a joderme la vida.- Eso, y… que sus ojos azules se tornan oscuros ante la adversidad, como lo hacen los tuyos.
No dije nada ante el comentario. Dumbledore era una persona observadora, demasiado. Casi podía recrear aquel primer encuentro entre él y Esteban, y su expresión de asombro al ver aquellos pozos de agua tornarse negros. No es algo que magos y brujas puedan hacer.
- Entonces, en vista de que estamos de acuerdo en que no te diré nada y en que tú sabes algo, quedamos en la misma situación.
Dumbledore me miró intensamente unos instantes y luego asintió.
- Sí, solo espero que tus secretos no causen problemas en Hogwarts- aquellas palabras tenía una connotación oculta. Se sentía en la manera pausada como las pronunció.
- Eso lo dudo- aseguré, sin apartar mi vista de sus ojos- te contaré cuando sea el momento.
- Lo sé.- afirmó mientras asentía una vez.
El silencio se apoderó de la estancia. Los estantes abarrotados de cachivaches se encargaban de llenar de música todo el espacio vacío, una melodía sin precisión y encanto. Por un momento me dejé llevar por la abstracta fonética del sonido hasta que recordé algo que Dumbledore había mencionado antes.
Yo no era la única con cosas que decir y secretos que develar.
- Albus, creo que ha llegado tu turno.- espeté sin mirarlo. - ¿Qué es aquello que deseas decirme?
Dumbledore asintió y se levantó de su asiento tras el escritorio de roble, caminó unos pasos dándome la espalda y se apoyó en un estante cerca de Fawkes.
- Sérène, en vista de los últimos acontecimientos- comenzó, dudando un poco- y de todas las consecuencias que nuestras las malas decisiones han traído consigo- prosiguió observando su mano ennegrecida y maltrecha- Creo que ha llegado la hora de que te integres, oficialmente, a la Orden del fénix.
Mis amores, feliz año nuevo.
Como es costumbre adiciono mis disculpas por la tardanza. Este capítulo se hizo de rogar : s ya comencé a trabajar así que tengo menos tiempo para escribir pero siempre encuentro un espacio para hacerlo, así que avanzo poco a poco pero seguro.
Espero que les guste este capítulo y como siempre agradezco a todas esas personas que dejan sus reviews y siguen la historia o la agregan entre sus favoritas. Son muy importantes para mí en todos los sentidos. Gracias por estar allí.
Ahora, ¿Qué opinan de Esteban? ¿Está siendo un metiche o… les parece interesante lo que hace? ¿Será cierto lo que dice sobre Snape? ¿Les gustó el capítulo? Cuéntenme que opinan, para mí es muy importante saberlo.
Como siempre les dejo un millón de abrazos :* :* :*
