XXXIII Declaraciones ambiguas
Las cosas se habían puesto interesantes estos últimos días. Desde aquella noche en el número 12 de Grimmauld place mi determinación y orgullo se mantuvieron en la superficie de mi consciencia.
Eventualmente, interrogué a Dumbledore sobre su escapada con Harry pero me informó tanto como yo sobre el espectáculo en la sala de estar de los Black.
Esteban había estado armando su interrogatorio sobre esa noche, captó la llegada de Snape hecho una furia. Me preocupada que Esteban estuviera tan obsesionado con vigilar cada paso que Snape daba. Por ello, estaba en su despacho, recostada de su poco elegante escritorio y sintiéndome incómoda entre todo el montón de papeles, exámenes, plumas y objetos decorativos esparcidos por doquier. Esteban siempre ha sido desordenado y al parecer es un asunto que no pretende cambiar nunca.
- Entonces, ¿Nada de decirme sobre lo que hablaron esa noche?- preguntó mientras ajustaba una corbata en su cuello.
No tuve más remedio que decirle que estaba en una reunión de la Orden, después de todo él sabía de su existencia desde el año pasado.
- No. Es confidencial, querido. Solo miembros, lo siento.- Dije en tono de burla.
Esteban frunció los labios e hizo una mueca.
- Deberías aprender a hacer el nudo de la corbata si piensas utilizar prendas muggles todo el rato.- Le reprendí mientras me acercaba y corregía el desastre que había hecho. Esteban se dejó arreglar.
- No me digas que ahora eres una radical anti muggle.
- No estoy hablando de eso. Sé que te gusta llevar corbata pero debes aprender a hacer el nudo como se debe. Llevas años en esto, no puedo creer que no hayas aprendido aún.
- No me regañes- dijo con un puchero ofendido- Lo intento pero... creo que me gusta más que hagas tú el nudo- admitió vacilando un poco.- Me recuerda a cómo solían ser las cosas antes de... todo esto.
Nos quedamos en silencio un momento mirándonos el uno al otro. Sus ojos eran claros y calmos al igual que su aura impregnada con un poquitín de nostalgia en ella. Me sentí de la misma manera anhelante de un pasado que jamás volvería a oler, tocar, sentir y vivir.
- Las cosas se han ido de nuestras manos- dije.- también creo que es buena idea hacerte el nudo de la corbata. Me hace sentir un poco más humana de lo que soy. Como antes.
- Se quedó en silencio un momento sopesando lo que acababa de decir.
- Eres humana.
- Difícilmente, sobre todo en los últimos meses me siento... tan antinatural, como una bestia, un monstruo.
Acabé con el nudo y retrocedí un paso para observar lo que había hecho. Quedó perfecto. Le quite una pelusa del hombro y sonreí complacida
- Eres una bestia muy bonita- afirmó Esteban captando mi atención. Cuando subí la vista a sus ojos vi en ellos un millón de palabras reconfortantes.- Eso tiene que contar para algo.
Me reí de su ocurrencia.
- Si supongo- mofé alzando la ceja- Al menos eso engaña a la gente, o eso espero.
- Se de alguien más que piensa lo mismo. Ya sabes, que eres bonita- Le miré entrecerrando los ojos.- Aunque estoy seguro que él añadiría adjetivos como sensual y seductora, pero no quiero entrar en detalles.
Le propiné un manotazo en la cabeza que le hizo reír.
- ¡No digas bobadas, Esteban! - le regañé. No paraba de reír y sobarse la cabeza.
- Mira tu cara, estas sonrojada y tienes los ojos con motas negras.
Cerré los ojos y suspiré para calmarme. El corazón latía muy rápido ante la expectativa de que fuera hermosa y sensual para Snape, una esperanza que no me permitiría tener nunca más.
- No me faltes el respeto, señorito. Y deja de decir estupideces. ¿Cuántas veces te he dicho que no inventes cosas?
- No las invento- dijo en tono serio enderezándose y aclarando su garganta apretando los labios para contener la risa.
Nunca pensé que verme así le haría tanta gracia.
- Es cierto. No creas que me he olvidado de lo que te hizo ese patán en el cuello. Va a pagar el haberte tocado.
- No eres mi dueño Esteban Collingwood. Además, no volverá a pasar.- afirmé.
- ¡Aja! Entonces lo admites. Fue él.
Mierda.
- Deja tus payasadas de lado. Ve a dar tus clases.
Esteban me dio una sonrisa ladina, juguetona y salió de su despacho dejándome a solas en medio de sus macundales esparcidos por doquier.
A veces era difícil enojarse con él, su intrepidez y su desobediencia, me recuerda todo aquello por lo que hemos pasado juntos, se me suaviza el corazón. Quizás demasiado.
Salí de su despacho y me encaminé a mi siguiente clase, escuchando mis pasos repiquetear sobre el adoquinado, bajando las escaleras movedizas hasta el segundo piso, sintiéndome repentinamente nerviosa y sabiendo de antemano que no sería nada fácil lidiar con él después del espectáculo de anoche.
Cuando llegué al aula de DCAO todos estaban esparcidos alrededor, cuchicheando en grupos. Harry, Ron y Hermione estaban agrupados en el centro del aula, recostados de las mesas conversando entre sí. Harry pareció notar mi presencia y se viró en mi dirección, sonrió genuinamente y me saludó con un asentamiento de cabeza, los chicos, quienes veían a Harry hacer esto, viraron para ver de quien se trataba y al percatarse de mi cuerpecillo menudo parado en medio del umbral me saludaron con un movimiento de manos, menos efusivo que la bienvenida de Harry.
Ron y Hermione aún no confiaban demasiado en mí, sabían que estaba de su lado y después de los acontecimientos en el ministerio era lógico que temieran un poco, incluso con la certeza de que jamás les atacaría, era normal reaccionar de esa manera precavida.
Les devolví el saludo con un asentamiento y una sonrisa, para luego dirigirme al asiento que siempre ocupaba en todas las aulas.
Para cuando Snape hizo su entrada todos corrieron a sus asientos incluyendo a Harry, Ron y Hermione. Yo me senté, como siempre, en la parte más alejada del aula cerca de la salida con la capucha de la túnica enfundada en la cabeza, ocultando mis rizos demasiado llamativos. No había necesidad alguna de hacer semejante tontería en las clases con Snape, pero por alguna razón sentía que debía ocultarme de su escrutinio. Me hacía sentir ligeramente más segura, aunque fuera una pantomima sin necesidad.
Severus avanzó con paso firme hasta el estrado ondeando su capa en el proceso, ese ondeo incitante que para otros era atemorizante, pero para mí era una invitación implícita a recordar el movimiento de sus caderas. Sacudí la cabeza y respiré lentamente para calmarme en cuanto advertí que me mordía el labio con demasiada fuerza.
La voz de Snape llenó el silencio que los alumnos mantenían gracias a lo intimidante de su presencia. Las clases de DCAO con él eran ligeramente más entretenidas que las de Umbridge, más dinámicas en cambio, de eso no cabía duda. Pero lo que secretamente me fascinaba, era lo complacido que lucía dictando las clases.
Debajo de su aparente inamovible expresión podía ver el ligero carmesí que sus labios adoptaban cuando explicaba los hechizos y cuando utilizarlos, en sus pupilas oscuras se encendía una chispa de pasión cuando hacia las demostraciones y en esa sonrisa socarrona de superioridad se dejaba ver lo mucho que le complacía dictar esta materia. Era como ver a un pez en el agua, totalmente en su ambiente.
Su destreza me sorprendió no porque no reconociera que Snape era un mago ágil sino por la elegancia y pulcritud de sus movimientos precisos, correctos. Sin duda alguna, este era un Severus Snape feliz. O al menos tanto como lo podría ser un hombre con semejante peso sobre los hombros. Su aura danzaba tranquila y en calma como si, por las horas que dictaba DCAO se permitiera olvidar todo y a todos, a Albus, sus culpas, ser doble agente, a mí y concentrarse en una pasión voluntariamente dormida.
Observarlo era un deleite para mis ojos y un alivio para mi alma. Me encantaba verle así, medianamente feliz bajo su máscara de indiferencia. Me complacía y me llenaba a pesar de nuestras diferencias, de sus humillaciones y de este sentimiento imposible de anular.
En algún punto, debió sentir el escrutinio de mis ojos sobre él porque viró su rostro en mi dirección y me sostuvo la mirada, pensé que arremetería en mi contra como es usual en él, pero en sus ojos no había nada más que una calma perfectamente controlada. Entonces confirmé mis sospechas: Durante las clases Severus Snape se permitía ser solo él y nadie más.
El pequeño trozo de pergamino crujía escandalosamente mientras doblaba la esquina, adentrándome a un pasillo de paredes grises, desnudas. Escuchaba el fuerte sonido que producían mis zapatillas al caminar y sentía la fría corriente de aire que viajaba de arriba abajo entrando y saliendo por las ventanas que además, permitían a los rayos del sol colorear el suelo de piedra gris, otorgándoles un color más vivo, menos lúgubre.
Vestía ropas muggles porque era lo que especificaba la nota escrita con tinta para pergamino roja que Esteban, después de una breve sonrisa pícara, dejó en mis manos la noche anterior, antes de irse a dormir.
Por alguna razón, me sentía infantil, mucho más de lo que sentía unos diez u once años atrás, extrañamente tenía la respiración entrecortada mientras caminaba a paso firme y con la cabeza en alto a través del pasillo forrado de retratos pintorescos. No pude evitar que una sonrisa divertida se me escapara y adornara mis labios ansiosos por carcajearse. No entendía por qué mi cuerpo reaccionaba de esa manera ante una invitación tan ridícula, sobre todo proveniente de Esteban. Quizás, se trataba del fuerte presentimiento de que algo sucedería.
A medida que me acercaba al final del pasillo, al final del desfile de ventanas y retratos, la robusta puerta de roble se hacía cada vez más grande y real, con su anchura se incrementaban los latidos de mi corazón. Sin notarlo me encontré frente a la puerta y mis ojos no podían despegarse de ella. La expectativa de un acontecimiento que cambiaría el ritmo habitual de las cosas iba in crescendo. No podía pestañar ante la incertidumbre de lo que estaba a punto de suceder. Dudé en entrar, dudé en hacerle caso a Esteban e irme, dudé hasta el punto en el que mi mente quedó en blanco y mi cuerpo, preso del instinto de supervivencia dio la orden, tomé una enorme bocanada de aire y sin más irrumpí en el aula sin anunciarme.
- ¡Esteban! - llamé nada más abrir la puerta del aula de descanso de los profesores.
- ¡Aquí!- respondió una voz divertida.
Demasiado divertido. Pensé con suspicacia.
Me acerqué a Esteban quien estaba de espaldas sentado en un sillón, a contraluz de unas velas que flotaban perezosas en el aire. El espaldar del sillón se empequeñecía con cada paso que daba y cuando estuve lo suficientemente cerca noté, demasiado tarde, que tenía compañía.
Frente a frente Esteban Collingwood y Severus Snape se miraban el uno al otro con una radical diferencia de estados de ánimo. Mientras Esteban irradiaba diversión y alegría el rostro de Severus reflejaba la dureza propia de un solemne funeral.
- Querías verme.- dije, fue lo único que se me ocurrió, mientras ignoraba a Snape a consciencia. Era nuestro mutuo acuerdo silencioso, pretender que ninguno de los dos existía.
- Sí. Precisamente le comentaba a Snape que... a pesar de que nuestro compromiso está acordado y no tenemos ningún interés el uno con el otro, mi madre insiste en que me comporte como un caballero y te lleve a una cita. No quiere que me salte el ritual de cortejo al parecer…
¿Qué carajos?
La sonrisa reluciente que adornaba su rostro enmascarado con una inocencia inexistente hizo que mi sangre hirviera de rabia. "¿Cómo se le ocurre hacerme esto?"
- ¿Una... cita?- Pregunté suavemente, presa de la elevada temperatura que llegó a su pico en solo segundos, haciendo nacer unas motas negras en el centro de mis irises doradas, hasta que… todas las piezas encajaran en su lugar. Queriéndolo o no Esteban me daba lo que necesitaba para el plan que mi bestia interna, infantil e inmadura ideó.- ¡Oh! Sí. Tu madre me ha enviado una lechuza recientemente.- Añadí relajando los hombros.
- Bien, eso ahorra muchas explicaciones. ¿Aceptas?-preguntó Esteban risueño con una expresión inocente, emocionada, levantando las cejas. Sostenía una de mis manos entre las suyas, acariciando delicadamente el dorso, como un ruego silencioso. "¿Dónde carajos ha aprendido a hacer eso?"
Por instinto, uno que me pareció ridículo, mis ojos cayeron en Snape quien no mostró reparos al mirarnos fijamente con el ceño fruncido, los ojos ardiendo en ira y las mejillas arreboladas. Me sostuvo la mirada y en ella vi toda la fuerza de una furia contenida apenas controlada dentro de su ser. Su aura flameaba enloquecida, como si su cuerpo estuviera rodeado por fuego y no por el espacio vacío.
- Sí, claro- dije en un hilo de voz sin dejar de mirar sus orbes coléricos, retándolo a oponerse, a decir algo. Una emoción se mostró sin reparos en ellas y por un segundo pensé que quizás Esteban estuviera en lo cierto y que yo, estaba loca al seguir este juego infantil.
- Iré por mi capa, espérame aquí.
- ¿Qué? ¡Esteban!- Le supliqué con la mirada que no me dejara sola en el pabellón de fusilamiento. Si bien, en cierto modo estaba disfrutando este espectáculo y muy dentro de mí lo incitaba a continuar, no quería quedarme sola con Snape, no cuando sabía que le provocaba a conciencia y que, fuera de cualquier expectativa, estaba funcionando.
- Regresaré en un momento. No tardaré- guiñó uno de sus ojos azules, que ahora estaban tan claros y despejados como el cielo de la mañana, evidenciando lo ligero y divertido que todo esto le parecía. Pensaba que Esteban estaba en contra de Snape, pero al parecer, su objetivo era sacarnos de quicio a los dos.
Salió del aula dándome la espalda y con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón gris plomo, su garbo despreocupado hizo que quisiera enfundar una soga a su cuello y lanzarlo desde la torre de astronomía. Ignoró mi súplica silenciosa adrede.
Mierda
- Jugando a las citas- escuché de repente, en un tono ácido.
- Ni por asomo.- repiqué con voz calmada y la barbilla en alto mientras daba la vuelta para encararlo.
Silencio
- No creas que no sé lo que haces, Boissieu- pronunció unos decibeles por debajo de su respiración, enviando vibraciones a través del aire que apenas lograron llegar a mis oídos, demasiado sensibles, atentos a sus palabras.
- No sé a lo que te refieres.- Negué sin reparos y sin escrúpulos, consciente de que mis palabras no eran ciertas.
Otro periodo de silencio siguió al primero, cubriéndonos con una gruesa capa de incomodidad, podía escuchar los latidos de mi corazón gritándome que me acercara y le besara o le abofeteara, no estaba segura. En determinado momento, al cabo de unos segundos de guerra, Snape estuvo a punto de añadir algo pero se detuvo.
La espera me estaba exasperando, incrementando mi ansiedad, mis ganas de que algo sucediera, para bien o para mal deseaba que Severus se acercara e hiciera algo, lo que fuera.
- No deberías estar tan interesado en lo que hago.- exclamé con el necesario tono autoritario que requería la frase, pero muriendo por acabar con el silencio que me hacía pensar idioteces. Esto pareció no gustarle en lo absoluto.
Severus se levantó súbitamente de su asiento, alcanzando mi altura en dos zancadas rápidas que no me dieron tiempo a reaccionar. Su cercanía disparó mi corazón y mi temperatura, esparciendo el negro azabache por mis ojos.
- Tú y Collingwood... Lo haces para molestarme. – susurró entre dientes, apretando la mandíbula.
No le permitiría intimidarme así. Me acerqué a él lentamente, sin apartar mis orbes de los suyos, como un tigre rodeando a su presa, quedando a centímetros de su rostro. Tenía el corazón en la boca y los nervios erizando los vellos de mi piel, pero la determinación cincelada en el rostro
- ¿Por qué te molestaría, Severus?- Pregunté en un susurró. Snape se acercó más, no sé si para intimidarme o para escucharme, pero ahora a nuestras narices las separaba un centímetro de un espacio lleno de aire, un espacio lleno de nada más que prejuicios.- ¿Celoso acaso?
Culminé sobre sus labios en un movimiento ligero y efímero que ni yo misma esperaba hacer, mi cuerpo actuaba en voluntad propia ignorando a la razón. Cuando mi aliento choco con sus labios, le sentí respirar profundo.
Retrocedí un milímetro para encontrarme con sus ojos negros tan profundos como el abismo que nos separaba y tan somero como una tina de agua cristalina. Una corriente atravesó mi espinazo naciendo en mi nuca y muriendo deliciosamente en mi vientre urgido por su contacto, pero no podía demostrarle que tenía ese efecto enloquecedor en mí, no de nuevo, o al menos intenté no hacerlo. Me di cuenta que su silencio era denso y que su ceño fruncido evidenciaba una lucha interna bastante reñida. Sus ojos me miraban sin mirar realmente, cualesquiera que fueran sus pensamientos no se decidía por ninguno.
En cuanto mis labios comenzaron a exigir con insistencia otro acercamiento me separé de él, alejándome a una distancia segura para ambos. Sonreí socarrona y lentamente sin darle la espalda caminé lejos de él, en cuanto llegué a la puerta le vi alzar la vista y dedicarme una mirada significativa y a la vez preocupada.
Salí de allí antes de que pudiera decir algo, sintiéndome triunfadora de una batalla silenciosa.
Caminé hacia el final del pasillo con la sonrisa en la boca, los labios cosquilleando, el corazón desbocado y las manos temblando. Sentía que una ligera corriente recorría mi cuerpo de arriba abajo. Por vez primera dejé a Severus Snape con las ganas de poseerme. Una ganas que impregnaban su aura de anhelo y deseo, uno que yo sufría cada noche entre las cortinas de mi cama de dosel y que ahora le atormentarían a él, todas las noches a partir de ahora.
Había ganado. Por esta vez, lo hice.
A diferencia de lo que Esteban pensaba no fuimos a Hogsmeade como él quería. A mitad del camino a los carruajes guiados por los trestals le cogí del brazo por sorpresa e hicimos una desaparición conjunta, con un ¡Plop! Aparecimos en los lindes del bosque prohibido. Lo arrastré a regaños a través de la espesura del bosque oscuro que gracias a los pequeños agujeros entre sus ramas frondosas se colaban hilachos de luz que morían en una colisión abrupta con el suelo alfombrado con ramas y hojas húmedas, formando una comunidad luminosa cuyos individuos brillaban lo suficiente para permitirnos ver el camino.
Nos detuvimos cuando me sentí lo suficientemente segura para hablar sin ser interrumpidos, miré alrededor y encontré el árbol donde guardaba el cofre con el sonajero y el papel de pergamino.
- ¿Que fue eso?- pregunté sin perder el tiempo. Esteban se hizo el desentendido encogiéndose de hombros y alzando las cejas. - No te hagas el inocente sabes que lo detesto. ¿Que fue todo ese espectáculo?
- Bueno... pensé que ambos necesitaban un empujón.
- ¿Un empujón? -pregunté confundida. La actitud de fingida despreocupación me exasperaba- ¿De qué estás hablando?
Esteban tomo aire y lo soltó de sopetón, se metió la mano en los bolsillos y miro a otro lado. Un gesto que hacia cuando no quería que interrumpiera el hilo de sus pensamientos porque los estaba organizando. Así que espere paciente a que hablara.
Una brisa nos rozó a ambos en el interludio elevando mis rizos y alborotando los dorados mechones de Esteban. Sentí como me refrescaba un poco la piel.
- Ustedes- comenzó sin mirarme- necesitan darse cuenta de ciertas cosas.
Hizo una pausa y esperé por el resto de la explicación. Una que nunca llegó.
- ¿Y bien? ¿Cuáles cosas?
- Cosas, ya sabes. Sobre esa en particular.- Dijo y me dedicó una mirada intensa de esas que lo dicen todo sin palabras pero yo no lo entendía.
Fruncí el ceño y el pareció notar que el mensaje no llegaba a mí.
- Bien- Entonces no hay nada que hacer.- Concluyó. Sacó las manos de los bolsillos y comenzó a andar camino al castillo.
- ¿Qué? ¡No! Esteban Collingwood te exijo que vuelvas aquí en este instante.- Susurré determinante.
Esteban detuvo su andar y suspiró profundo. Observé como sus hombros se elevaban al coger aire y volvían a su lugar al soltarlo. No se dio vuelta.
- ¿Y bien?
- Les estoy haciendo un favor, a ambos.
- ¿Qué clase de favor? Además, ¿Desde cuándo le haces favores a Snape?- su tono misterioso me intrigaba. ¿Qué se traía entre manos?
- Desde que me di cuenta que eso te beneficia.
- No comprendo. Pensé que le harías pagar por lo que me hizo y todo esa ridiculez que soltaste en una perorata. ¿Cómo me beneficia eso?
- ¡Claro que le haré pagar! Solo que también haré esto.
Me estaba confundiendo. Esteban no relajaba su postura y tampoco se viraba en mi dirección sabía que estaba esperando a que mis palabras le otorgaran el permiso para largarse. Era lo que quería.
- Vete, entonces.- le dije otorgándole lo que deseaba. En cuanto estuviera listo me diría que planeaba en esa cabeza loca.
No perdió tiempo y caminó a paso firme y sin mirarme rumbo al castillo. Le observé fijamente, perdida entre sus palabras ambiguas, hasta que su figura fue imposible de ver a la distancia.
¡Mis amores! Ya de vuelta con este capítulo. Creo que nunca está de más adicionar la acostumbrada disculpa por la tardanza. Sorry, sorry sorry. En Facebook mencioné que tengo ciertas situaciones personales y financieras que me tiene de cabeza jajaajaj. No es nada grave, solo que soy una persona un poco floja jajajaja.
Siempre trato de buscar al menos 5 minutos diarios para escribir un par de líneas y mantener el fic en proceso, aunque me tarde mucho, siempre actualizaré. Tengan paciencia con esta pobre cortesana ocupada. Es una lástima que para vivir se deba trabajar :s eso me quita mucho tiempo para desarrollar mi verdadera pasión que es escribir, pero bueno, la vida es así de compleja.
Espero que les haya gustado este capítulo, Esteban anda tramando algo, ¿Qué cosas locas estarán pasando por su cabeza? Y Sérène, ¿Se atreverá a llevar a cabo lo que está planeando? ¿Estará Severus celoso? Yo creo que sí ¿Y ustedes? ¿Qué va a pasar?, ¿Qué va a pasar? Ya quiero escribirlo para saber qué hará Severus. Jajajaj.
Bueno mis amores, debo despedirme por ahora. Pero no puedo irme sin antes agradecerles por su paciencia, sus lecturas, por agregarme al face e interactuar conmigo, me llena mucho saber que les gusta esta locura que sucede en mi cabeza y por supuesto por sus reviews y seguir la historia como su favorita.
Un millón de abrazos :* :* :*
