XXXIV Tregua
Unos dedos gruesos frotaban sus yemas sobre mi espalda, con delicadeza se paseaban sin prisa y sin pausa sobre el camino que formaba mi columna, de arriba a abajo iban marcando su territorio dejando tras su paso una estela de cosquillas imborrables.
Suspiré ante la delicia de ese toque que se extendía a todo mi cuerpo alcanzando a inundar mis sentidos de una embriagante sensación de ligereza. La caricias de las yemas fueron seguidas por una humedad cálida, eléctrica, que penetró mi piel, recorriendo todo mi cuerpo bajo ella, llegando hasta los rincones más angulosos y de difícil acceso, adentrándose a cada rincón expandiéndose rápidamente hasta alcanzar mi centro, haciéndome suspirar fuertemente.
Una risa seca de triunfo alerto mi consciente. Poniéndome alerta porque si bien no lo había pensado antes era de esperarse que esos dedos gruesos y labios finos pertenecieran a alguien. Un hombre que tocaba mi cuerpo como si fuera un acto natural y cotidiano como si la desnudes de mi espalda fuera un altar para sus caricias.
Abrí los ojos, un acto difícil de lograr gracias al letargo con el cual aquel toque vistió mi momento.
La habitación estaba en penumbra. Una tenue oscuridad que irónicamente iluminaba el espacio con erotismo uno que invadió cada uno de mis sentidos al darme cuenta que aquellos dedos; esos labios finos, húmedos y cálidos; esa risa seca y juguetona pertenecían a unos ojos oscuros y profundos llenos de secretos que justo en ese momento se desbordaban de pasión y lujuria.
Desperté suspirando con los ojos a medio abrir. Permanecí tendida boca arriba con la piel de gallina y un deseo que invadía mis extremidades haciendo imposible el simple acto de mover un dedo. Me quedé mirando el tope del dosel los pliegues de la pesada cortina roja. Esto se estaba convirtiendo en una locura. Las noches se tornaron imposibles de conciliar desde ese día junto al lago cuando sentí su cuerpo tan mío.
Una fantasía creada sobre nubes.
Las cosas empeoraron con las palabras de Esteban. "El siente una fuerte atracción por ti". Desde entonces en mis sueños Severus no solo poseía mi cuerpo con fervor también actuaba con si realmente deseara poseerlo por siempre.
Cogí aire por la boca y lo retuve unos segundos para soltarlo un momento después liberando junto a el monóxido de carbono toda la pesadez que mantenía mi cuerpo pegado al colchón. Logré sentarme en la cama después de eso y me enfoqué en la realidad: Severus Snape solo siente lujuria, un deseo que cualquier hombre querría quemar a toda costa.
¿Qué pasaría si Severus obtenía lo que quería? ¿Se alejaría y me dejaría en paz? ¿Cesarían sus humillaciones y búsquedas furtivas?
La oficina estaba igual que siempre.
Los cachivaches haciendo ruidos extraños desde las estanterías, la mesa de tres patas con el chivatoscopio inamovible sobre ella, Fawkes sacudiéndose ligeramente desde su lugar, y el escritorio de roble fuerte e imperecedero en contraste contrario a la persona que ocupaba la silla tras él. Dumbledore con su mano ennegrecida y cadavérica, sonriendo de oreja a oreja mostrando una radiante simpatía que no volvería a brillar en sus ojos azules despojados del brillo de la vida. Un ligero olor a whisky de fuego impregnaba el ambiente de un añejo aroma casi cordial, sin embargo, el motivo de nuestra reunión era demasiado serio y pesado como para sentirse bienvenido.
Sobre todos porque no fui invitada.
Sabía que Dumbledore estaba entrenando a Harry para algo, no me daba por enterada para que y dudaba que me dijera exactamente de qué se trataba, pero si iba a ayudarle durante su ausencia permanente necesitaba detalles. Al menos los que importaban.
Su mirada azulada era amable y cordial supongo que, al saberse del otro lado de la línea de la vida las visitas les eran más que bienvenidas.
- ¿Cómo lo está haciendo Harry?- pregunté suavemente queriendo que esta conversación fuera tan informal como se pudiese. Dumbledore suspiro y mantuvo la media sonrisa.
- Es un chico listo. Debo decir muy a mi pesar que lo hace de maravilla.
- A pesar de la poca información que le das. Imagino...
Quedó en silencio y las arrugas de su rostro se evidenciaron en las esquinas de sus labios.
- No puedo evitarlo.- dijo con pesadez- Harry es solo un adolescente, es demasiado el peso que coloco sobre sus hombros.
Le sostuve la mirada, triste y paternal. Entendí a lo que se refería. Albus se encariñó con el chico, comprometió sus sentimientos y como un padre deseaba protegerlo a toda costa. Esta misión, esta desventura del destino le hacía sufrir.
- Entiendo lo que dices.- simpaticé con él, asintiendo- También le he cogido cariño y si no fuera por la profecía, acabaría yo misma con Voldemort, entonces Harry no tendría que hacerlo.
Entiendo. Sí.
Dumbledore sonrió con angustia y asintió una vez.
La bruma del silencio nos separó, se posó entre nosotros absorbiendo nuestras palabras no pronunciadas, solo dejaba pasar entre su neblina el ruido metálico de algunos cachivaches y los suaves ronroneos de Fawkes que dormitaba en su pedestal, como si nada estuviese sucediendo. Era un silencio atormentador, de esos que oprimen tu pecho con las palabras que quieren salir pero no pueden alcanzar la superficie.
- Hay algo... que quiero comentarte. –dije al cabo de unos minutos de silencio. Una situación que estaba incomodándome desde hace un par de meses y hasta ahora no había tenido la oportunidad de comentarla.
- Harry... Slughorn debió comentar acerca del excelente desempeño de Harry en pociones.
Dumbledore rió por lo bajo comprendiendo a dónde nos llevaría esta conversación y asintió.
- En efecto. Horace alaba las habilidades de Harry. Unas que, Snape al parecer, no notó con anterioridad.
- Unas que, al parecer, no destacaban antes.- contraataqué imitando el tono del director.- No somos idiotas Albus, ambos sabemos que este cambio drástico se debe a algo.
Permanecimos en silencio unos segundos hasta que Albus habló.
- ¿Alguna idea de lo que podría estar sucediendo?
- Recientemente le he visto muy pegado a un libro. No sé de qué se trata, no he tenido demasiado contacto con él este año pero tengo un presentimiento.
- Quizás sea momento de indagar en ello.- instó con los labios un poco arrugados, pensando en mis palabras.
- Haré cuanto pueda, Albus. Hay otras cosas que ocupan mi cabeza justo ahora.
Dumbledore me dio una media sonrisa de picardía mientras sostenía mi mirada dorada.
- Esteban, Snape... –comenzó con burla en sus labios.
- Esteban, Snape- concordé con él- Harry, Voldemort, el juramento inquebrantable de Snape, la promesa que te hizo muy a su pesar.- Concluí molesta, aún sentía cierto resentimiento hacia él por pedirle semejante cosa a Severus, colocando sobre sus hombros un peso inimaginable.
Miré su mano ennegrecida y supe por qué Albus le había pedido a Snape tal cosa, eso no significaba que lo aprobara. No podía. Severus tenía demasiado en sus hombros como doble agente, con Harry, con Esteban desafiándolo y conmigo.
Fruncí el ceño durante nuestro periodo de silencio y una extraña sensación me invadió, eran unas cosquillas de plomo, pesadas, incómodas, que subían y bajaban a través de toda la extensión de mi abdomen.
Luego sucedió algo que no preví.
Tuve una visión.
Una cabellera rubia y corta la protagonizaba, por alguna razón Snape estaba a lo lejos en la escena de fondo.
Me levanté de un salto.
- Sérène - susurró Dumbledore levantándose con cautela de su asiento- ¿Qué viste?
Él lo sabía. Sabía que era una visión, quizás por el matiz negro que adquirían mis pupilas o por la falta de enfoque de mis ojos, pero no podía decirle lo que vi.
Eso implicaría explicarle por qué mi plan primario de seducir a Snape para sacarle de quicio se vio sustituido por otro menos maléfico.
Tenía que verle, decirle, contarle. Hacerle saber que... debía actuar. Ahora
- Lo siento debo irme, Albus. Debo... volveré luego, estoy algo indispuesta.
Y con esa pobre excusa salí a medio trote de la oficina cerrando la pesada puerta de madera detrás de mí, aislando completamente el ruido de los cachivaches y dejando a Dumbledore con la mentira flotando ligeramente en una nube de duda.
Tenía el corazón acelerado y la piel ardiendo en carne viva. Había estado tan enfocada en vengarme de Snape que olvidé el verdadero motivo por el que estoy aquí, también olvidé que él me necesitaba, porque si bien era cierto que sus humillaciones nos convertía en enemigos, también era verídico lo que siento por él.
Caminé hacia las escaleras de caracol y me posicioné en el primer escalón, comenzaron a moverse con lentitud desesperante y yo no podía esperar, tenía que hablar con él, enfrentarlo antes de que mi valentía se fuera a la mierda.
Desaparecí sin pensarlo con un ¡plop! y aparecí sin hacer ruido en las mazmorras, la ocupaba una ventisca fría y oscura, me envolvió intentando doblegarme mientras estaba de pie frente a la puerta negra del despacho de Snape. Su tamaño y color trataban de intimidarme pero ya conocía que había detrás de sus goznes chillones.
Respiré profundo y toqué. Al principio con timidez, ligeros toques, pero a medida que mis pulsaciones aumentaban el ritmo, mis manos incrementaban el suyo hasta nivelarse con el nervioso ritmo de mi corazón.
La puerta se abrió de golpe y tardé unos segundos en retirar mi puño.
Severus me miraba iracundo con el ceño fruncido, su cabello flanqueando su rostro pálido y los labios apretados conteniendo palabras hirientes. Le sostuve la mirada y de forma imperceptible vi cómo se daba cuenta de mi agitación, imposible de disimular. De repente, Los vestigios de aquel sueño que perturbó mi noche comenzaban a juntarse en los bordes de mi consciencia. Eran peligrosos. Los desterré de inmediato a la vez que di un par de pasos al frente y entré a su despacho empujándolo ligeramente a un lado. No dijo nada solo de giro hacia mí mientras mantenía la puerta negra abierta de par en par.
- No me iré, eso ya lo sabes.- Dije en tono firme, decidida. A este punto Snape debía conocer muy bien que si tenía algo que decir, no doblegaría mis intenciones hasta cumplirlas.
Permaneció en silencio, mientras de un golpe azotó la puerta en señal de que no era bienvenida a su despacho. Sus gestos y su andar eran diferentes a los amables que Dumbledore me ofreció solo hace unos momentos atrás. Se posicionó tras su escritorio sin sentarse en su trono desde donde imponía castigos, muchas veces injustos. Las diez puntas de sus dedos posicionados sobre la superficie perfectamente pulida y recta, muy diferente a la suave piel de mi espalda que bajo el toque de esos dedos, se erizaría de inmediato.
Aparté la mirada de sus manos, fue entonces que lo noté, me di cuenta de que entre nosotros solo existía el silencio más denso que los líquidos que ocupaban los frascos esparcidos por doquier.
- Boissieu- expelió con amargura. No era una interrogante, ni una exclamación, tampoco afirmaba nada. Solo dijo mi apellido con el toque necesario de veneno para dejar claro que entre nosotros existía algo más que la indiferencia silenciosamente acordada, entre nosotros existía repulsión. Al menos de su parte.
- Severus.- reté clavando la mirada en esas perlas azabache midiéndome con ellas, haciéndoles saber que sus palabras era vacías en apariencia.
- ¿A qué debemos el desagradable...placer?- susurró con cautela respondiendo al reto de nuestras miradas.
- Lamento que le desagrade mi visita, profesor Snape.-pronuncié en tono formal mientras llevaba las manos a mi espalda como toda buena niña- aun cuando esta se deba a beneficios de su incumbencia.
Una sonrisa socarrona curvó sus finos labios en una sarcástica mueca de superioridad.
Idiota.
- Solo por curiosidad- dijo mientras sus dedos se despegaban de la superficie del escritorio y se juntaban a la altura de su pecho oculto bajo la levita.- ¿De cuáles beneficios estaríamos hablando?- Snape levantó una ceja mientras mantenía la sonrisa en su rostro.
Tomé aire, lenta y profundamente, sin apartar mis ojos consumidos por la furia de sus perlas negras, que nadaban en satisfacción. Solté el aire resoplando y en un segundo corté la distancia entre nosotros. Como un rayo rodeé el escritorio y me posicioné a su lado, Severus se giró para quedar frente a mí, sin borrar de su rostro lo profundamente complacido que se sentía al saber que su reto había sido aceptado por mi creciente orgullo.
- No es momento para ridiculeces, Snape.- escupí en su cara- Este un asunto serio. Tus problemas de libido desinhibido podemos tratarlos en otra conversación.
No sabía exactamente de dónde provenían esas palabras, pero al momento que las pronuncié el sentimiento de victoria creció en mi pecho a medida que la sonrisa socarrona de Snape se deslizaba hacia abajo convirtiendo sus labios en una línea recta que retenía el sentimiento de derrota del cual su aura se impregnó. Mis palabras eran ciertas y eso, le dio a mi pequeña batalla el dulce sabor del triunfo que sentía en la boca.
Como siempre, cada vez que le ganaba a la acidez de su temperamento, Severus quedó sin habla. Su aura se consumía en rabia, más para sí mismo que para mí. De eso estaba segura. Sin embargo, disfrutaría de este momento en otra oportunidad, cuando la situación fuera menos urgente.
- Ahora que tengo su atención profesor Snape- dije con cautela sin dejar de mirarle a los ojos, aún llenos de enojo y displicencia. – debemos hablar sobre Draco.
Severus parpadeó como regresando a la normalidad, sin embargo, su ceño se frunció aún más y la preocupación cinceló sus facciones. Ya sabía hacia dónde me dirigía.
- Actuará pronto, no sé con exactitud cuándo pero lo hará. Debes estar al pendiente.
No dijo nada pero su mirada azabache se intensificó, no apartaba sus ojos indescifrables de los míos y, aunque no sabía que pasaba por sus enigmáticos pensamientos, su aura me daba una pista para tener una idea.
Estaba desconcertado y… complacido.
Por alguna razón me era difícil seguirle el rastro a sus cambios de humor, comprendía que estuviera desconcertado ya que nunca hemos hablado del juramento inquebrantable, pero sería un desconcierto transitorio, pasaría a la historia cuando recordara que mis visiones involuntarias eran la respuesta. Sin embargo, no existía manera de comprender el por qué se sentía complacido por mis palabras.
- Ese, no es un asunto de su incumbencia, Boissieu- su rostro gritaba asco y fastidio pero su aura gritaba otras cosas.
No entendía porque pero se me aceleró el corazón.
Estábamos demasiado cerca y lo noté en cuanto comencé a estudiar sus facciones para corroborar que su exterior inquebrantable no reflejaba lo que él mismo sentía en ese momento. ¿Por qué las cosas tenían que ser tan difíciles con él?
No podía decirle que lo sabía, sabía que ese asunto no era de mi incumbencia que si él moría a causa de la estupidez de Draco y sus acciones infantiles no debería afectarme, pero no era cierto. ¿Cómo le explicas a tu enemigo jurado que le amas y esa es la razón por la que apareces en su puerta dándole información que le salvará la vida?
Tragué en seco y volví a tomar aire.
- Severus- susurré, después de mojar mis labios repentinamente secos. – si algo te sucede, si tú…
No pude continuar, mi voz se fue apagando a medida que añadía palabras a mi frase. Repentinamente sus ojos se suavizaron el ceño que permanecía fruncido aflojó las arrugas de su rostro. Ambos sabíamos que mis palabras podrían cambiar algo, no sabía qué, pero debía ser cuidadosa. Sin embargo, era demasiado tarde para borrar lo dicho, que a pesar de ser un susurro suave fue un grito audible y claro para sus oídos atentos.
- Si algo te sucede- continué, aclaré mi garganta y sin poder sostener por más tiempo su mirada brillante y a la expectativa, aparté la mía y culminé lo que había comenzado- no podremos cumplir nuestras misiones.
Me alejé de él unos pasos y Severus se enderezó. No había notado que estaba encorvado sobre mí, tampoco reparé en la densa neblina que aisló todos los sonidos que volvieron a mí de repente. La brisa de desconocido proceder que silbaba al colarse por las hendijas de la puerta, el burbujeo de las pociones en sus frascos. Era como si, el mundo real volviera a su curso normal.
Había estado tan absorta en el momento que todo aquello desapareció por un instante.
Estúpida.
- Si fracasas con Draco, los planes se irán a la mierda y entonces, todo por lo que hemos luchado, aquello que hemos sacrificado no valdría para nada.- no era necesario adicionar aquello, pero sentía la imperante necesidad de mantener la perorata, cualquiera que me alejara del camino oscuro por el cual mi cuerpo quiere andar.
Temía. Sentía un terrible ardor en el pecho en estos momentos, como si la visión me arrastrara a la cruel realidad que había querido suprimir desde aquel día de verano, bajo la sombra poco fresca de ese árbol en Privet Drive. No quería aceptar que la vida de Severus pendía de un hilo dorado, hecho con los cabellos de Draco Malfoy.
Podía perderlo en cualquier momento.
Alcé la mirada entonces, encontré unas perlas negras chispeantes en emoción. No entendía que sucedía pero una especie de hilo invisible tiraba de nosotros en ese momento, no veía su rostro o sus manos, no sabía si estaba sentado o permanecía en su posición estoica e intimidante, solo podía ver su mirada chocando con la mía enviando electricidad, comunicándome cosas que aún no entendía pero que mi cuerpo parecía comprender muy bien.
Una urgencia bullía dentro de mí, se evaporaba para convertirse en un vapor caliente que llenaba un globo a punto de llegar a su límite.
- Nunca pensé que te gustara la filantropía, Boissieu- quiso decirlo con acidez, lo sabía, pero no logró llevarlo al nivel exacto de amargura y desprecio.
- No soy filántropa- respondí de inmediato, por instintos. No, por costumbre. La arraigada costumbre de sacarnos los ojos cada vez que estábamos frente a frente.
- No confío en tus intenciones- y, de nuevo, la acidez no impregnó sus palabras. Tampoco sus ojos eran lo suficientemente duros para hacerme entender que lo decía en serio- ¿Cuáles son tus verdaderos motivos?
"Buena pregunta", dijo una voz en mi cabeza. Y por supuesto, sabía la respuesta, pero no podía confesarle a Severus aquello, no después de todo por lo que me ha hecho pasar. No imaginé que estar aquí parada frente a él y explicarle que Draco haría un movimiento que lo arriesgaría sería tan complicado, que él querría explicaciones que no podía darle.
¿Cuáles son mis verdaderos motivos?
Que estaba asustada, me aterraba la posibilidad de perderlo, aun cuando no era mío en lo absoluto; aun cuando era un pedazo de escoria que me humillaba cada vez que podía y utilizaba mi cuerpo para sus propósitos, no deseaba su mal, no deseaba que muriera.
Tragué en seco, totalmente perdida en sus orbes oscuras que en realidad no me exigían respuestas, solo estaban allí observándome con cuidado, analizándome, aislando los sonidos del exterior, de nuevo; y enviando electricidad a través del aire, absorbiendo la brisa fría de dudoso proceder y dejando en su lugar una cálida sensación que nos envolvía. Sentía mi corazón palpitar descontrolado pero nada más.
- No lo sé- respondí en un hilo de voz, sin quererlo. No ordené a mis labios pronunciar vocablo, sin embargo, era lo más lejano a una mentira que podía decirle. Aun así…
Severus me sorprendió al acercarse con rapidez. Estuvo a mi altura en un segundo, sin apartar su mirada chispeante de mis ojos llenos de motas a la expectativa. Respiré profundo y pausado, al igual que él lo hacía, llenado mi pecho de aire y soltándolo tan rápido que me sentía mareada. Tragué en seco y le vi hacer lo mismo. Percibí su aroma a humo y hierbas, que por extraño que parezca, me era tan familiar ahora. Entre nosotros, un espacio vacío clamaba por ser llenado con nuestros cuerpos, de la manera en la que nunca antes exigió.
Por alguna razón, esto se sentía diferente. No nacía de la necesidad de dominar o pisotear al otro con humillaciones, no se trataba de tener el control o de apaciguar un deseo prohibido.
Snape tenía el ceño fruncido, no en una expresión analítica crítica sino más bien en una pensativa, podía ver bailar el debate en la duda de sus ojos. Mi corazón se aceleró más y sentí el carmesí llenar mis pómulos de sangre caliente, las cosquillas nacer en la yema de mis dedos, mis labios clamando a gritos que los destrozaran a besos.
Supe que estaba perdida.
Por Merlín que no quería, al menos no la parte racional de mí, pero la tiré al diablo.
Necesitaba esto, y lo necesitaba ahora.
En un impulso mutuo, nos lanzamos por la boca del otro al mismo tiempo. El espacio vacío que nos separaba desapareció, llenándose de nuestros cuerpos chocando con fuerza. En el mismo momento que sentí sus labios finos y expertos chocar con los míos, toda consciencia se fue al diablo.
¿Y si Draco hacía una estupidez y Severus moría? ¿Y si él ya no podía humillarme de esta manera nunca más?
No era un pensamiento muy coherente, pero tenía sentido para mí.
Snape se adueñó de mi cintura, atrayéndome hacia su cuerpo y yo enterré la manos en su cabello, imposibilitándole escapar de mi boca hambrienta. La calidez de su boca invadía cada rincón de mis entrañas. Sentía calor, mucho calor.
No entendí como pero la parte posterior de mis piernas chocó contra su escritorio, un pequeño recordatorio, tangible de la realidad que desapareció tan pronto como Severus llevó sus labios a mi garganta haciéndome suspirar. Las cosquillas que nacieron en el lugar dónde me besó murieron en la curva que mis caderas formaron para acercarse más a él. La necesidad me carcomía desde el día junto al lago, dónde apuñaló mi confianza pero no extinguió mi deseo. Necesitaba apagarlo, pronto.
Me senté sobre el escritorio sintiendo el frío de este luchando con el calor que expelían nuestros cuerpos. Amarré a Severus con mis piernas y no lo dejé ir, me cansé de que mis labios lo reclamaran de nuevo así que en un movimiento brusco lo atraje de nuevo hacia mi boca, no se quejó.
Detén esta estupidez.
Y por Merlín que quería, bueno… quizás no. Pensaba en que podía perderlo y ese miedo me impulsa a sus brazos traicioneros.
Dejé de besarlo y lo aparté un poco, lo suficiente para ver su rostro. Sus ojos confundidos brillaban en deseo, uno que antes contenía a la fuerza y solo podía percibir en su aura, tenía el cabello despeinado gracias a mis dedos poco delicados en él y respiraba con dificultad, frunció el ceño en busca de una explicación, podía escuchar su voz en mi cabeza
¿Por qué te detienes? Unas palabras no pronunciadas que estaban tatuadas en su frente.
- Esto es una locura- susurré mientras mi cuerpo se mecía al ritmo de los latidos de mi corazón. No dijo nada se limitó a asentir lentamente.
Levanté mi mano y la lleve a su nuca atrayéndolo de nuevo hacia mí, hasta que nuestras frentes se tocaron, Snape respondió llevando sus manos gruesas y fuertes a mis muslos y apretándolos con deseo, me atrajo hacia sí arrastrando a mis caderas al encuentro con las suyas, no lo soportaba, ya no. Me lancé a su boca, en un segundo asalto y sin pensarlo, porque ya no podía pensar con coherencia, lleve ambas manos al cuello de su levita y tiré de el con fuerza, los primeros botones saltaron en todas las direcciones mientras Snape soltaba un ligero gemido de sorpresa, pero no me detuvo, seguí destruyendo su prenda con fiereza, halando dos veces más hasta que quedó sin una sola atadura. Le arranqué los vestigios de sus prendas metiendo mis manos entre su piel y la tela hasta sacarla de sus hombros, luego de sus brazos. Me sorprendió darme cuenta de la disposición de Snape por dejarse llevar.
Llevé mis manos a su espalda y la sentí caliente, suave, llena de experiencias que marcaban su duro pasado. Gimió ante mi contacto y yo le respondí igual.
Tenía los ojos cerrados, sabía que, si los abría, el hechizo desaparecería y ambos diríamos cosas hirientes para alejarnos con el orgullo vistiendo nuestros rostros. Y no quería eso, quería esto lo que sucedía ahora.
Su olor a humo y hierbas se apoderó de todo el espacio, solo podía sentirlo a él, en cada rincón de mi cuerpo y consciencia, sus manos recorriéndome entera y su cuerpo presionándome al escritorio, moviendo sus caderas contra las mías en un baile incitador, perverso. La electricidad viajaba de arriba abajo, entumeciendo mis extremidades, drogándolas de él.
Severus apartó los labios de mi garganta, una pausa corta que utilizó para despojarme del uniforme que llevaba puesto, con sorprendente habilidad deshizo el nudo de la corbata, el brillo expectante de sus ojos encendía la hoguera en mi sexo y como si observar aquella tortura no fuera suficiente, se tomó su tiempo para quitar cada botón de la camisa que ocultaba mi piel blanquecina de sus ojos hambrientos. Sus movimientos calmados me torturaban, quería apartar sus manos y hacerlo yo misma, le necesitaba ya pero no podía dejar de mirar su rostro empapado de placer, del placer de desvestirme.
Cuando tuvo la camisa abierta como quería, sonrió burlón. Una idea macabra se había formado en su cabeza y tuve miedo, temí por lo que vendría a continuación,
¿Qué diría esta vez? Lo que era obvio, que me tenía donde quería, una vez más.
Vio la duda en mis ojos pero lejos de disiparla, hizo algo que nunca pensé que él haría: llevó sus labios a recorrer el camino franqueado por la abertura de la camisa desde mi clavícula hasta el bordillo de la falda. Dejó un camino de besos húmedos y electrizantes que me hicieron arquear la espalda en busca de un alivio que no llegaba.
- Severus…-susurré en una súplica ahogada que nunca preví decir. Era lo mismo que decirle no juegues más conmigo y haz lo que quiero que hagas.
Como era de esperarse, no me obedeció, continuó su camino de regreso lento, incitador, sensual arrancándome suspiros y gemidos de súplica.
Estaba desesperada, su delicadeza me exasperaba, era como si supiera que la sensualidad de sus movimientos me torturaban a sobremanera. Le aparté y saqué la camina por mis brazos. Le vi sonreír ante mi desesperación, una sonrisa diferente a cualquier otra, no era burlona, ni sarcástica, sin embargo estaba prendada con todas las características de él, no dejaba de ser suya y ser diferente a la vez.
De nuevo, posó su mirada en mi cuerpo y sus ojos se tornaron cálidos y llenos de admiración, como aquella vez junto al lago, dónde me sentí admirada, su expresión absorta encendió la timidez en mí.
"No seas ridícula, Sérène. Después de llegar tan lejos ahora te cohíbes"
Severus notó mi vacilación. Al mirarme, leí en su rostro la pregunta que no formulaban sus labios. Era un inconfundible ¿Estás segura?
Asentí una vez, con parsimonia mientras él deslizaba las yemas de sus dedos por todo mi cuerpo sin apartar los orbes negros de mis globos dorados, ahora transparentes y cálidos. Se acercó a mí, lento y sensual hasta posar sus labios en los mío, reclamándolos con una necesidad delicada.
Estaba segura, en ese momento. Las cosas había llegado demasiado lejos y ahora, que el dominio, el orgullo, las ganas de pisotear no estaban en medio de nosotros aquello que comenzó junto al lago culminaría hoy sobre su escritorio.
Lectores insultándome en 3,2..1
jajaja, mis amores ¿Cómo están?
Lamento la demora, estas disculpas ya son un cliché pero siento que se las debo.
¿Les gustó el capítulo? Quiero saber, díganme, díganme, díganme. Es la primera vez que llego tan lejos en capítulo de este tipo así que… no sé… me siento algo insegura.
Estoy ansiosa por saber que piensan. Quiero dejar claro que la historia es rated T y por eso no puedo ser demasiado explícita, hice lo que pude :s jajaja. En mi facebook tiene links para la historia en versión +18. Aún no llego a este capítulo editado pero evidentemente lo hará. Menores de edad abstenerse querid s.
Aja, ahora sí. Díganlo todo y que no les quede nada por dentro, sé que muchos quieren matarme así que adelante.
Pase lo que pase se les quiere un montón
Un millón de abrazos :* :* :*
