XXXV Verdades de fantasía.
Por un momento no sentí la diferencia. El que tuviera los ojos cerrados tampoco ayudaba, tenía cierto entumecimiento en mi cuerpo pero no uno molesto sino el placentero dolor producto de un éxtasis que perduraba.
Cuando tuve el cuerpo despierto, lo suficiente como para darme cuenta de que aquello que estaba bajo mi cuerpo no era la mullida superficie de mi cama, se me aceleró el corazón. Sobre todo porque mis almohadas no se movían al compás de una respiración pausada.
Respiré profundo y no me moví, tenía miedo de que al hacerlo la situación se tornara más oscura. Cuando reuní el valor suficiente, abrí los ojos apenas una ranura perceptible y pude ver que la habitación estaba en penumbra, la luz de las velas casi extinta y no bastaba para alumbrar el despacho con su halo de luz. Agradecí aquello porque de una manera u otra la oscuridad protegía mi rostro de ser leído.
"No es que puedan leer bien tu rostro ahora que lo tienes enterrado en el pecho de alguien más". -Pensé sonrojándome y sentí el latigazo de mi elevada temperatura.
Me tensé en el momento que sentí la suave caricia de unas manos grandes y gruesas dibujar el contorno de mi cintura. Eso me tomó por sorpresa.
Por Merlín que aquello no solo erizo el vello de mis brazos también envió electricidad a través de mi cuerpo, muriendo en un espasmo de placer en el centro de mi sexo. Una gloriosa sensación. Contuve la respiración pero me relajé al cabo de un rato, al darme cuenta que él no se movía solo me acariciaba en la curva de mi cuerpo. No quería que hablara o hiciera más, quería quedarme así por un largo rato y pretender que entre nosotros nunca existieron las diferencias que nos separaban.
Cerré los ojos resignada al placer de sus caricias que me desalmaban. Estaba disfrutando tanto la sensación de plenitud y alivio que me sentí culpable; culpable de que mi cuerpo volviera a ser ligero y efímero como una pluma, tan libre de preocupaciones, venganzas y objetivos. Algo que no sentía desde hace muchísimo tiempo, desde una vida atrás.
- Collingwood- dijo Severus de repente, rompiendo la pequeña burbuja que me mantenía adormilada. Su voz se me antojo cantarina en una forma que jamás pensé escuchar. Era extraño escucharle pronunciar vocablo con un tono sonriente y relajado en vez de uno arrogante, estoico e hiriente.
No dije nada y me quede estática a la espera de lo que vendría después. El miedo al rechazo y la humillación se presentó en cuanto hizo la pausa que lo cambiaria todo. Era inevitable pensar que algo sucedería. Sus siguientes palabras eran cruciales porque, si de algo estábamos seguros, es que después de ese nombre en los labios de Severus no vendría nada bueno. Ambos lo sabíamos.
- Insistió en hacerme saber que tu cuerpo fue suyo.- Detuvo sus caricias a mi cintura, provocando que mis curvas protestaran por la falta del cariño al que se habían acostumbrado con rapidez asombrosa. Fruncí el ceño, extrañada.
¿Qué carajos? ¡Esteban está loco! ¡¿Cómo se le ocurre decirle eso a Severus?!
- Supongo que disfruta provocándome.- Se quedó muy quieto esperando mi reacción a sus palabras. Por alguna razón sentí que ellas eran un anzuelo, una frase doble propósito y estaba muy tentada a picarlo. Demasiado.
- ¿Te... provocaba?- siguió sin moverse pero percibí una sonrisa en la forma en la que habló.
- Collingwood, goza de facultades extraordinarias como la manera explícita de expresar sus inclinaciones hacia ti.
Me senté de golpe y me dolieron las nalgas. El suelo de piedra estaba frío y su temperatura comenzaba a traspasar la capa negra sobre la cual yacíamos.
Esteban había pasado los límites de mi tolerancia hacia él. Comprendía su sobreprotección, sus enfados, que quisiera saber de mí en todo momento, que se preocupara o que incluso me tratara como a una hermana pequeña, sus celos controladores disfrazados de sonrisas. Después de todo, nuestra historia juntos era más que peculiar e inclusive, aunque se me parta el orgullo al decirlo, fue dolorosa y humillante. Pero esto, ¡Esto! Era pasarse del límite con el que jugaba a cada momento, era olvidar cuál era su lugar, quien pertenecía a quién y que debía y no debía hacer.
- Idiota. Va a pagar por esta falta de respeto.
Me levanté de un salto echa un furia. El corazón latía a miles de revoluciones, embravecido por el atrevimiento de Esteban. Catalogarme como a una cualquiera ante Severus, sin pudor, sin remordimientos, sin respeto, sin pensar en las consecuencias. No me respetaba y ya era hora de recordarle cuál es su lugar.
Merecía una buena bofetada.
Me dirigí a la salida con pasos largos y fuertes dispuesta a arrancarle la cabeza, meterla en un caldero y guisarla hasta que quede blanda y dársela a los thestrals. ¡Semejante idiotez! Hablar de mi vida sexual con terceras personas como si se tratara del clima.
- Boissieu - escuché decir a Snape en su habitual tono agrio. Me detuve con la mano en la perilla de la puerta y viré rápidamente, dispuesta a soltarle una perorata si era necesario, tenía que reñir a Esteban y darle unos cuantos golpes. No podía detenerme.
Estaba a punto de recriminarle por detenerme pero no pude.
La visión de su cuerpo pálido expuesto frente a mi iluminado por la escasa luz de las velas que flotaban con pereza a nuestro alrededor me hizo tragar en seco. Un rayo de deseo corrió veloz por mis extremidades, entumeciéndolas; el calor que nació en mi vientre migro hasta mis orejas, calentándolas y llenando mis ojos de un negro pasión. Unas hormigas recorrían mi cuerpo y no hice el menor de los esfuerzos por apartarlas de mí.
La mirada de Snape era la de siempre, fría e inexpresiva con el ceño fruncido adornando sus facciones. Alzó una ceja y sin reparos ni pudor arrastro sus ojos por mi cuerpo recorriéndolo palmo a palmo. Desde mi cabello rizado, mi cuello, mis pechos expuestos a su merced, mi estómago plano, el vello que crecía tímido vistiendo delicadamente mi sexo, las piernas delgadas, no lo suficientemente largas. Casi sentí que me tocaba con su mirada, en cada lugar donde sus ojos se posaban una caricia cosquilleaba sobre mi piel.
No pude más que respirar con dificultad y quedarme quieta, muy quieta sintiendo la explosión de placer que me embargaba, aun cuando no me había tocado un solo cabello. ¿Sería siempre así de ahora en más? Débil y risueña ante la espera de su cuerpo en comunión con el mío.
Severus, no conforme con lo que hizo, recorrió todo el camino de vuelta. Mojé mis labios secos gracias a los calientes suspiros que brotaban de ellos. Cuando su vista estuvo de vuelta a mi rostro lo noté.
Estaba desnuda. Y estuve a solo un giro de perilla de salir al pasillo así. Sentí el rubor calentar la piel de mis mejillas. "¡Qué idiota!"
- No digas nada- Caminé hasta donde mi túnica reposaba echa un amasijo de tela y me enfundé sobre mis hombros; la cerré completa, desde el cuello hasta los pies y con un movimiento de manos, el resto de mi ropa desapareció del despacho. Sentía los ojos de Snape en mi espalda captando cada movimiento con precisión.
Me estaba poniendo nerviosa, como una estúpida adolescente enamorada.
Todo es culpa de este cuerpo juvenil, lleno de hormonas.
- ¿A dónde vas Boissieu?- preguntó con el ceño fruncido y un tono de voz incitante como si no hubiera tenido suficiente. Otra vez la ambivalencia de sus emociones y facciones.
Le observé. Le miré a los ojos que gritaban en silencio un reproche por haberme vestido. Su aura danzaba sensual, cargada de erotismo e impaciente. Hizo que mi sexo ardiera en busca de algún contacto con el suyo.
"Por el amor de Dios. Tienes que regañar a Esteban. No te distraigas"
Debía mantenerme firme y si continuaba emborrachando mis sentidos con su lujuria no saldría de aquí, no hoy al menos.
- Debo...- comencé pero debí aclarar mi garganta porque mi voz era un ronroneo incitante - arreglar un asunto pendiente con cierto idiota.- terminé escupiendo con acidez.
- No irás.- dijo, quitándome la mirada y recogiendo su capa negra del suelo de piedra. Me imitó y se calzó su capa, la cerró adelante ocultando... aquello que me distraía de mis propósitos. -No hablarás a solas con Collingwood.
- ¿Qué? Claro que hablaré a solas con Esteban. No es asunto tuyo después de todo.
Me di la vuelta dando por zanjada nuestra conversación, aún estaba molesta por lo que acababa de enterarme sobre él y sus comentarios nada adecuados.
"Es una falta de respeto. Ese tonto no tiene fundamento. Hablar así de mí".
De repente unos brazos me retuvieron como unos barrotes. De inmediato una llama abrazó con mi cuerpo, sentía caliente incluso la yema de los dedos y, por Merlín, que hasta mis pechos sufrieron el subidón de temperatura. Jadeé y cerré los ojos sin poder evitar el placer que me invadía con descaro. La anticipación de lo que podía avecinarse crecía con los recuerdos de nuestra última velada llena de desenfreno y pasión.
Moverme fuera de sus brazos dejaba de ser una opción cuando el aire caliente, producto de su respiración, chocaba con mi oreja y erizaba los vellos de mi nuca. Sus manos abiertas sobre mi vientre, inmóviles, me estaban volviendo loca ¿Por qué no recorría mi cuerpo con ellas? Imitando las caricias descaradas que me regaló hace unas horas.
Suplicaba en silencio que repitiera toda y cada una de las caricias que compartimos, cada beso, cada recorrido. No me di cuenta, pero en algún momento puse mis manos sobre las suyas, impolutas en el mismo lugar. Él respondió entrelazando nuestros dedos un pequeño gesto que me hizo sonreír, llenó mi pecho de una calidez embriagadora y mi mente de mucha calma. Sin embargo, no era suficiente. Quería más, mucho más de lo que sucedió antes.
Como si leyera mis pensamientos, colocó sus labios finos y expertos sobre mi cuello. Humedeció cada rincón de mi curva, arrancándome suspiros de agónico placer. Me removí en sus brazos buscando mayor contacto y lo tuve cuando sus caderas se acercaron a mi baja espalda y percibí su deseo hecho carne pegado a mi cuerpo. Estaba en llamas, ardiendo por dentro y por fuera moviendo mis caderas contra él. Le escuché gruñir sin despegarse de mí y sus manos antes ancladas a mi vientre comenzaron a recorrer el camino previamente explorado, grabándose el mapa de mi anatomía con mucho detalle.
Olvidé mis propósitos, los objetivos, las penas, los pendientes e incluso lo que estaba a punto de hacer.
Me volvió loca.
No resistí más el juego de niños y me lancé a él, dando la media vuelta lo atraje hacia mí, colocando mis manos sobre su cabeza. Snape puso sus manos en mis caderas arrastrándome a su cuerpo chocando con él. Nuestro desenfreno nos hacía tambalear mientras tratábamos de mantener nuestras bocas danzando al mismo ritmo desesperado. La antesala de un momento pasional que se repetía. En algún momento choqué con la puerta, o la pared, no lo sé. Supe entonces que no podía parar, no después de probar el paraíso que creaban su boca y sus caderas. Se me antojaban ahora, y no pretendía salir de aquella habitación hasta saciar aquel capricho.
Desastre. Desorden.
Me entró un tic en los dedos y un afán de mucama en cuanto entré al despacho de Esteban.
Los papeles abarrotaban el pequeño escritorio e incluso sobresalían de entre las estanterías repletas de libros, fotografías, carpetas, frascos, tinteros y plumas, las velas estaban a medio camino de extinguirse y por si fuera poco, el antes perfecto escritorio, ahora estaba lleno de manchas de tinta.
Odio el desorden y parece que Esteban heredó la capacidad de un huracán para desordenar. Éramos tan diferentes.
Desde la silla detrás de su escritorio le esperaba con las garras preparadas para arremeter en su contra. Hacía poco tiempo que los párvulos habían terminado de comer y regresaban a sus salas comunes. Fue la excusa perfecta parta que Snape me dejara salir de su despacho. Él debía presentarse en la cena con el resto de los profesores. Yo me escabullí de sus brazos y vine aquí esperando por el personaje que hacía de mi existencia un tormento.
Me escucharía y esta vez sí se merecía mi enojo.
Respiraba profundo para calmarme, las sesiones con Snape enfriaron mis ánimos, pero en cuanto recordaba la desfachatez de Esteban se me calentaban las orejas y no podía evitar que mis ojos cambiaran a un negro noche.
Hablar de mi vida sexual. Decir que mi cuerpo fue suyo, ser explícito en cuanto lugar, tiempo, posiciones…
Las estanterías, velas, los libros y el escritorio vibraban al compás de mi creciente furia que estaba por estallar.
"Merlín lo mataré, lo mataré, lo mataré."
Un chirrido metálico atravesó la habitación, y al ver que la cara reluciente y gozosa de Esteban atravesaba el umbral me hirvió la sangre.
Los objetos a mí alrededor se sacudieron con mayor fuerza y la sonrisa que vestía su cara se borró al verme, sentada en su silla tras su escritorio con los ojos nadando en la oscuridad y los dedos crispados sobre la superficie de su escritorio desordenado. Vaciló ante mi mirada furiosa y atemorizante. Su aura crepitaba dudosa producto de su confusión.
- Cierra. La. Puerta. Esteban- dije sin poder formular una oración corrida. Apretaba los dientes y el gesto no me permitía hacerlo con propiedad.
El rostro de Esteban se surcó de dudas, y vacilante con movimientos lentos, como si temiera despertar a la bestia, cerró la puerta y echó el cerrojo. No apartó sus ojos azules asustados de mi figura iracunda. Le vi tragar en seco. A estas alturas ya debía imaginarse lo que venía.
- Sabes porque estoy aquí. –afirmé, pero el negó con la cabeza. La cautela ante mi presencia le impedía hablar.
- Siéntate, Esteban- le ordené con ácido expeliendo de mis labios. Había pasado demasiado tiempo con Snape y ahora podía imitar su tono agrio a la perfección.
Hizo lo que le pedí. Nuevamente con movimientos pausados, con temor a hacer algo que me enojara más. Me conocía bien y sabía de antemano que debía cuidar sus palabras.
Me levanté de la silla sin apartar mi mirada de la suya. Quería que sintiera todo mi enojo sacudir su cuerpo. Trago en seco de nuevo.
- Llego a mis oídos la noticia de que has estado hablando de mi...- rodeé la mesa y atravesé el mar de papeles esparcidos por doquier hasta quedar detrás de él, quien no se movió ni un centímetro, a la expectativa- a mis espaldas.
Tomó aire, lo supe por la forma en la que se elevaron sus hombros. Se removió incómodo en su silla, sin embargo, quería trasmitir seguridad así que se enervó todo lo que pudo y elevó su mentón. Una cosa ridícula cuando sabía que podía sentir sus emociones a través de su aura que flameaba frenética, se moría de los nervios.
No respondió.
- Esteban…- susurré con la paciencia a punto de colapsar.
- Yo…- respiró profundo- Debes ser más específica porque no estoy seguro de que me estás hablando.
- ¿Más específica, Esteban?- pregunté rodeando el escritorio de nuevo, colocándome frente a él, inclinada sobre el escritorio desafiando su mirada azulada que nadaba en temor.- ¿Cuántas veces y con cuántas personas has hablado de mí? ¿Sobre qué?
Silencio.
Apartó la mirada de mí y volvió a removerse incómodo, esta vez se ajustó la túnica color perla que llevaba puesta. Tenía la necesidad de mantener las manos ocupadas y era un indicio de su nerviosismo. Lo había pillado desprevenido y los nervios se pasaban factura.
Se tomaba su tiempo para pensar como librarse de esta. Esperé con paciencia, al menos la poca que me quedaba pero no lo aguanté. Que descarado.
- Estaban Collingwood- murmuré bajo mi respiración sin dejar de mirarle. Esteban volvió a mirarme con los labios pálidos y trago en seco. Él sabía perfectamente que sucedía cuando pronunciaba su nombre completo.
- Vaya… sí que estás enojada.
- ¡Habla ya!- grité sin aviso alguno, golpeando la superficie manchada del escritorio con la palma de la mano, Esteban se sobresaltó y se decidió a soltarlo todo.
- Lo lamento, en serio. Solo he hablado de ti con Snape y McGonagall.
- ¿McGonagall? – pregunté sintiendo una punzada de advertencia. ¿Qué tenía ella que ver en esto?- No he dicho nada que pueda delatar nuestras identidades. Lo juro.
Su mirada era intensa y la revelación de que ha estado hablando sobre mí con McGonagall me intrigó demasiado. Por un momento olvidé el enojo que sentía.
- ¿Por qué has hablado con ella sobre mí? ¿Qué le has dicho?- interrogué sentándome en la silla. Necesitaba saber.
- Nada relevante- contestó un poco más calmado al ver que la marea bajaba.- Ella es la subdirectora de este colegio y le preocupa, más que a Dumbledore, que un profesor esté comprometido con una alumna. Me soltó toda esa perorata de la abstinencia.- me puse lívida al escuchar eso- No quería que… ya sabes... mantuvieras actividades extracurriculares inapropiadas.
Me quedé con la boca abierta. Había olvidado por completo que los demás daban por sentado que Esteban y yo estábamos comprometidos. Al menos, eso era lo que pensaban.
- McGonagall… ¿Está loca? Por el amor de Dios.- exclamé, levantándome de mi asiento.
- No te preocupes, hablé con ella varias veces y le aseguré que no te tocaría hasta que fueras mi esposa. Además de que no tenemos ningún tipo de atracción el uno por el otro, es solo un compromiso molesto del que ambos queremos librarnos.
Sus palabras encendieron una llama que estuvo a punto de extinguirse gracias a las malas nuevas, pero se avivó con fiereza desatando mi ira poco paciente. Volví a arder y mis ojos se tornaron negros como un túnel sin salida.
-Ah, pero que contraste- susurré sonriendo, la clase de sonrisa que no deseas ver en los labios de un ser sobrenatural- Hablas de castidad frente a McGonagall pero no te desinhibes en hablar de nuestros… encuentros íntimos frente a Snape.
Esteban abrió tanto sus ojos azules, que parecían un par de globos terráqueos a punto de salirse de órbita, y su boca; sus labios antes rosados ahora eran de un blanco inmaculado. Se quedó estático por un momento hasta que logró tragar el nudo que se había formado en su garganta.
Esperé.
- Yo…- comenzó pero no pudo continuar. No tenía excusas para esto.
- ¿Cómo se te ocurre hacerme esto, Esteban?- le dije mirándolo con decepción. Aquella que deseaba empujar atrás pero no podía.
- Yo no lo hice para herirte- pronunció dubitativo. Me alejé de él, hecha una fiera. Los estantes comenzaba a temblar a nuestro alrededor y las verlas crepitaban tímidas sin saber si extinguirse, o permanecer encendidas.
- ¿Para herirme? Esa mierda no me hiere. Me enoja, Esteban. Que estés hablando de esa manera sobre mí, a la ligera sin detenerte a pensar en las consecuencias.
- ¡Estaba pensando en las consecuencias!- gritó, levantándose para encararme-Es precisamente eso en lo que pensaba, en el efecto que tendría sobre Snape.
- Me importa un carajo que efecto tenía en Snape- seguí gritando, aunque esa frase no fuera cierta.- Lo que me importa es que estés hablando de mí de esa manera tan libertina y despreocupada, tan… irrespetuosa.
No podía parar de gritar, unas vez que pruebas el desahogo de los gritos no podrás parar hasta que se agote el cartucho. Gesticulaba como loca porque mi cuerpo quería golpearle tan fuerte que no pudiera moverse en varios días. Estaba muy, muy enojada y decepcionada de él y de su bocaza.
- Tenía que hacer algo para que ustedes despertaran y se dieran cuenta de que…
- ¡Basta! Ese no es el asunto, ¡Por Merlín, Esteban!, no estamos hablando de Snape y yo, y la mierda que crees que pasa entre nosotros; hablo de cómo tú, maldita sea, has dejado de respectarme.
Estaba colorada de eso era seguro, pero esta vez mi rubor no se debía a la vergüenza o excitación sino a la furia que se manifestaba en mis gestos y mi boca. Esteban también estaba colorado, sus mejillas carmesí evidenciaban que dentro de él, la rabia también bullía con efervescencia.
- Yo te respeto y te quiero- dijo con fervor encarándome, defendiéndose.
- ¡Claro! Me amas y me respetas tanto que eres lo suficientemente gráfico para expresar lugares, tiempo, posiciones, fantasías…
Estuvo a punto de decir algo pero no lo dejé, ya no podía parar. Viejos rencores y heridas salieron a flote, los recuerdos de los últimos dieciocho años rodearon las heridas de mi orgullo y las hacían escocer. Ya no podía seguir empollando estos sentimientos dentro de mí, debía sacarlos y hacerlo ahora.
- Maldita sea Esteban ¡Soy tu madre!- grité tan fuerte que pensé que perdería la voz.- Soy tu maldita madre, no respetes a Snape si no te da la gana pero respeta eso al menos.
Esteban se quedó de pie, impávido y con el rostro lleno de sorpresa. Hacía mucho tiempo que no teníamos una conversación madre e hijo y mucho menos una pelea familiar. Sentía que mi corazón herido sangraba por el atrevimiento de él. Me dolía que no me tomara en serio, que mi cuerpo juvenil le engañara y le hiciera olvidar que me debía respeto por el hecho de haberle dado la vida. Se tomaba atribuciones que no correspondían a un hijo y eso, me dolía más que cualquier otra cosa.
Volvió a tragar y apartó su mirada de mí, la ubicó en el suelo avergonzado. Se dio cuenta del mal que había hecho.
- Perdóname, por favor…yo… no era mi intención hacerte daño, todo lo contrario, solo quería que Snape y tu estuviera juntos.
- ¿Qué?- su declaración me sorprendió. No entendía nada.
- Es la verdad.
- Un momento, ¿Desde cuando estás de cupido? Y ¿Por qué? Pensé que odiabas a Severus.
- Lo hago. Lo odio. Sobre todo por la forma en la que te mira, es decir, ese hombre no tiene pudor, es como si quisiera lanzarse sobre ti. Lo hace todo el tiempo.- Esteban hizo un mohín infantil, se estaba comportando como un hijo adolescente celoso y no como un hombre adulto.
- ¿Disculpa?- pregunté perdida. Aún no entendía que tenía que ver eso, en el caso de que fuera cierto, con sus conversaciones inapropiadas con Snape. – No veo la relación, Esteban. Debes ser más específico.
Suspiró derrotado. Sabía que sus jueguitos se habían terminado y era la hora de soltar todo.
- Ok. – dijo mientras se dirigía de nuevo a la silla. Se dejó caer cansado, visiblemente derrotado y pasó las manos por su cabellera rubia. Le incomodaba esto. – te contaré todo, desde el principio.
Volví a la silla tras el escritorio y me senté derecha. Respiré profundo para clamar mis ánimos, recosté mi espalda en el mullido espaldar de la silla y cerré los ojos un momento, logré bajar los niveles de rabia que hacían mi sangre enfebrecer y las estanterías y muebles alrededor dejaron de temblar. El silencio se apoderó de la estancia en ese momento, el temblor de los muebles emitían un repiqueteo de fondo del que no había sido consciente hasta que terminó y la calma volvía la pequeño despacho lleno de papeles por doquier.
Esteban también se relajó un poco, y juntó sus manos sobre su regazo, recostando sus codos sobre los apoyabrazos de la silla.
- Bueno, la cosa comienza cuando decidí volver a Londres. Ya te dije que no podía estar tan lejos de ti sin saber nada, me estaba matando la angustia de no saber cómo estabas y después de las noticias del regreso de Voldemort, me asusté. No quería perderte, como a papá.
Aparté la mirada de él, nos sumergimos en el silencio por unos segundos. Melquiades era un tema tabú entre nosotros.
- Para mi sorpresa, cuando llegué aquí, no solo me encontré con que estabas sana y salva sino que también estabas enamorada.- regresé mi vista a él, el corazón me dio un vuelco a la vez que le miraba con asombro.- No me mires así, sabes que es cierto. Te conozco más que nadie y sé cómo te sientes alrededor de Snape.
Contuve la réplica que se conglomeraba en mi garganta. Él continuó.
- Bien, digamos que no fue tan sorprendente después de todo. Lo que si me sorprendió fue que Snape sintiera lo mismo, es decir, al menos eso creí notar. Ya sabes él es difícil de leer. De cualquier manera, debía asegurarme que mi imaginación no me jugaba una mala pasada.
- Y por eso inventaste todo la ridiculez de nosotros…- deduje.
- No.- negó- Lo hice porque estaba celoso.- admitió mirándose las manos. Definitivamente parecía un niño pequeño. – Me enojaba que hubieras olvidado a mi padre tan fácilmente, acababas de llegar a Hogwarts hace un año y ya estabas de amores con otro.
Me reí con sarcasmo.
- Yo no estaba de amores con Snape, por Dios, el tipo me odia.- Me mordí la lengua ante mis palabras, lo que pasó hace unas horas no era precisamente una lucha de odio. Bajé la vista porque estaba segura que me había sonrojado.
- Ya lo sé. Es solo que, estaba cegado por los celos. Todos estos años has estado solo a mi lado, te he protegido y… no quería que otro hombre compitiera conmigo por ti.
Volví la vista a él, una cálida sensación se instaló en mi pecho y sonreí con cariño.
- Esteban, no tienes que competir por mí. No hay absolutamente nada por lo cual competir. Soy tu madre y el amor que te tengo no va a cambiar por nada. Tú serás siempre mi prioridad.
Pareció relajarse ante mis palabras, pero el mohín en su boca no se desvanecía.
- Bueno… déjame continuar.- se acomodó para quedar derecho, sus manos seguían unidas sobre su regazo.- no te mentí cuando dije que Snape siente una fuerte atracción por ti. A medida que lo observaba me daba cuenta que él estaba tan al pendiente de ti como yo, te miraba desde la mesa de profesores, cuando todos tenían la guardia baja menos yo y, aunque su expresión era tan vacía como siempre había un brillo en sus ojos que lo delataba, cuando te miraba el sentía paz. Luego, noté que te seguía a todas partes, como si necesitara saber en dónde estabas y con quien a cada momento. Una vez lo pillé siguiéndote al lago y cuando vi tu cuello al día siguiente, créeme que me hirvió la sangre. Ese hijo de…
- ¡Esteban!-le recriminé avergonzada. Él sabía lo del algo, todo este tiempo… y…
- Lo siento.- se disculpó y continuó con su relato.- Bien, estaba en el incidente del lago. Como dije, me enfureció que te hiciera eso, sobre todo porque tú estabas enamorada pero ninguno de los dos parecía notar eso, es decir, que se atraían. Cada vez parecían más distantes y tú estabas amargada todo el tiempo, suspirando como una tonta.
- Esteban…- advertí. Otra vez tomándose atribuciones.
- Perdón. La cosa es… que entré en razón. Me dolía verte acongojada por tu situación con Snape, además… pensé que después de tantos años, de todo lo que hemos pasado juntos, de tu sed de venganza y rencor, y que en dieciocho años has estado sola conmigo y con Elbe, merecías ser, ya sabes, feliz y todo eso.
Se pasó la mano por el cabello otra vez, desordenándolo. Sus ojos color cielo estaban avergonzados. El típico muchacho que no desea hablar de sentimientos.
- Entonces…- le insté a continuar. Se había quedado callado por un momento.
- Entonces, decidí que mi madre merecía lo mejor.- me miró a los ojos con sincera devoción y yo no pude más que sonreírle con ternura. Esteban, mi niño, quería que yo fuera feliz, a pesar de todo. – Es lo único que quiero, que estés bien y fuera de peligro. Aun cuando no me guste Snape y me parezca un idiota sombrío.
Me reí, solté una risa ligera. Era inevitable, no podía estar enojada con él por mucho tiempo. Él era luz y vida, jocosidad.
- Allí decidí que les daría un empujón, porque te conozco bien y porque de lo poco que sé de Snape sabía que no se permitiría expresar sus sentimientos hacia ti. Parecía que había algo de por medio molestando. Se me ocurrió que poniéndole celoso se daría cuenta de lo que siente por ti e iría tras de ti.
- ¿Ese fue el motivo por el cual inventaste todas esas cosas? – el asintió con una media sonrisa. Yo resoplé molesta. Agarré el primer pedazo de papel que tenía cerca y le propiné un golpe sobre la cabeza. Esteban se sorprendió y se sobó el cabello sorprendido por mi acción.- Esteban, por Merlín, te he criado mejor que eso. ¿Es todo lo que se te ocurrió?, ¿Es ese tu plan maestro?
- No entiendes- se defendió como un niño ofendido- Así somos los hombres, podemos ser orgullosos e incluso pretender que nos importa una mierda los demás, pero cuando amamos a alguien… bueno, los celos nos consumen y una vez que Snape estuviera ardiendo de los celos iría tras de ti a reclamarte como suya.
- Cuida tu lenguaje, Esteban- le recriminé.
- No me digas que no funcionó- dijo, ignorando mi comentario anterior. En ese momento le miré con la vergüenza adornando mis facciones.- El cabello despeinado, los labios hinchados, y estoy seguro que no tienes ropa debajo de la túnica.
Jadeé de sorpresa y le propiné otro golpe con el amasijo de papel que tenía en las manos, luego otro y otro. Esteban se cubría la cabeza pero no podía evitar la risa que salía de tu boca.
- ¿De qué acabamos de hablar?- le reproché.
- Ok, está bien, perdón- decía mientras se protegía de mis golpes- lo siento, mamá. Perdóname.
La verdad es que sentía pena, mucha vergüenza. Que mi hijo se enterara de mis actividades con hombres me llenada de mucha vergüenza. Me sonrojé tanto que sentía el rostro caliente, a punto de estallar y los ojos más negros que he tenido jamás.
Sin embargo, sus palabras me desalmaron. Cada vez que me llamaba mamá o mami mi corazón salvaje se derretía por sus palabras, me recordaban los tiempos en los que Esteban era solo una pequeña criaturita de ojos curiosos y cabellos despeinados que revoloteaba por todas partes.
Y, también lo usaba para manipularme.
Siguió riéndose incluso cuando terminé de pegarle con los papeles y yo me senté en la silla derrotada, con la cara roja, los ojos negros, el corazón acelerado y la respiración agitada. Esteban no tenía remedio, seguía siendo el mismo tonto de siempre.
Unos golpes en la puerta nos advirtieron que teníamos visita. Miré a Esteban con la interrogante en el rostro pero a juzgar por sus facciones él tampoco esperaba a alguien.
- Espero que no sea McGonagall. Le daría un ataque si se entera que has estado a solas conmigo durante la noche.
No dije anda porque eso también me preocupaba, no quería que nadie se enterara de que entre él y yo existía una relación de algún tipo.
Se levantó de la silla y se dirigió a la puerta de su despacho abriéndola con sumo cuidado. Cuando miró a través de la abertura su cuerpo se puso rígido. Eso me alertó.
La puerta se abrió de repente, como si le hubieran empujado desde fuera y para mi sorpresa un iracundo Severus Snape traspasaba el umbral junto a su aura negra y pesada como la bruma.
Me quedé de piedra en cuanto posó sus ojos en mí. Sabía lo que veía, un rostro sonrosado y unos ojos negros. Frunció el ceño e intercaló su mirada entre Esteban y yo, casi podía ver una teoría formarse en sus ojos.
"Acorralada en el despacho de Esteban, entre él y Snape"
Se giró a Esteban y clavó su mirada en él, tomó aire profundamente, era la primera vez que le veía hacer eso.
El silencio era denso, demasiado y estaba oprimiendo mis pulmones impidiéndome hablar. Pero, lo que me aterraba más, era salir de este despacho con una excusa lo suficientemente creíble para que estos dos no se lanzaran en un combate.
Debía pensar, y rápido.
Hola de nuevo mis amores, ¿Me extrañaron? Porque yo si les echo de menos.
Llevo mucho tiempo esperando poder escribir este capítulo. ¡Por Severus Snape que sí! Desde que comencé a escribir la historia Esteban estaba en ella y este momento estaba planificado. Claro que en aquel entonces no tenía idea de cómo iba a suceder, ni en qué punto de la historia, pero de que sucedía, sucedía y aquí está, mi pequeño momento revelador ha salido a flote.
Por favor díganme que les gustó tanto como a mí. Realmente me gustó como quedó al final.
Debo agregar mis felicitaciones a todos aquellos que ya se hacían a la idea de que Esteban es el hijo de Sérène, son muy intuitivos y supieron interpretar las pequeñas pistas que dejaba en los capítulos, porque hay pistas por tooooooooooooooooodas partes jejejejeje, sutiles pero pistas al fin.
Gracias por leer mis amores y también por esperar mi actualización, lamento la demora pero ya saben entre los trabajos que tengo, las musas flojas y los problemas con el internet la cosa no estaba fácil.
Me despido, se les quiere.
Un millón de abrazos :* :* :*
P.D1: Esto demasiado emocionada porque hemos logrado pasar las 9.000 lecturas, estoy temblando de la emoción, espero que con este capítulo llegue a las 10.000 lloraré de alegría si es así.
PD2. Por acá les dejo mi Face, sé que hay nuevas personas que han agregado la historia a sus favoritos y se los agradezco, me gustaría conocerlos así que búsquenme como Anelette Serrot
