XXXVIII Fuego en las mazmorras.

Abandoné Las Tres Escobas en cuanto supe que nada sucedería allí. Por alguna razón mi instinto me llevó fuera del lugar a recorrer las níveas calles de Hogsmeade. No sabía exactamente por qué pero aquí me encontraba paseando por las calles cubiertas con un suave manto blanco, rodeada de lucecillas navideñas, guirnaldas verdes y doradas, observando las coloridas vitrinas, dejando que la terrible sensación de que esto no terminaba aún me envolviera como una túnica.

Suspiré cansada. El hastío de estar vigilando a párvulos estúpidos comenzaba a intensificarse y por un segundo pude comprender a Severus y su perenne mal humor al impartir clases. Luego, deseché el pensamiento., Draco era un niño confundido, no precisamente malo, simplemente cobarde y un poco idiota.

Continuaba deambulando sin rumbo fijo, dejando que la ventisca invernal entrara a través de la fina tela de la túnica, envolviendo mi cuerpo, normalizando su temperatura. Amaba el invierno, una de las principales razones era que aliviaba la incontrolable llamarada que consumía mi piel, mantenía mi sobrenatural cuerpo a raya, aunque en algunas ocasiones, ni el día más frío de invierno lograba aplacar la fuerza de mi llama interna.

A mi tercera vuelta en la cuadra de la taberna, vislumbre a Harry a la distancia, junto a Ron y Hermione. El pequeño grupo salía de la taberna con sus cuerpecitos envueltos en gruesas capas de tela y bufandas calentando el diámetro de sus cuellos, conversaban entre sí, como siempre, mientras avanzaban calle abajo. Tomaron un camino a la derecha y supe que se dirigían de vuelta a la cálida protección del castillo.

Mis pies por decisión propia cobraron vida y se movilizaron en su dirección, siguiendo la estela de sus pasos en la nieve a una distancia prudente. Este era uno de esos momentos en los que tu cuerpo, sumergido en sus sentidos extrasensoriales, te guiaba y no podías protestar o desobedecer, debías dejarte llevar lo quisieras o no. Era el instinto gobernándolo todo, cada uno de tus sentidos; desde la vista hasta el olfato. Lo mejor era seguirlo sin chistar.

Unos segundos más tarde, cuando eran mis pasos los que viraba en la esquina del camino al castillo, un grito desgarrador se adentró en mis oídos, haciendo retumbar los tímpanos con dolor, fue un sonido agudo como si un inocente gorrión estuviera siendo lastimado. Al enfocar mi vista me encontré a Harry y sus amigos en torno a un bulto enorme que descansaba a sus pies, un cuerpo inerte sobre la nieve.

El corazón se me aceleró, enviando sangre a mis mejillas, convirtiendo a mis ojos en una tormenta solar y elevando la temperatura de mi cuerpo avalando mis pensamientos de hace unos momentos. A veces, el invierno no es suficiente para contrarrestar los efectos de un cuerpo salvaje.

Nuevamente, guiada por el instinto corrí hasta alcanzar la altura del grupo. Contuve la respiración y tuve que virar mi cabeza a un lado para esconder el profundo y oscuro abismos en mis ojos. Había sucedido, en mis narices. Una ola de culpabilidad estremeció mi cuerpo, llenándolo de un frío interno diferente al del exterior, era un frío que quemaba las entrañas.

Suspiré. Cuando me calmé un poco volví a mirar a la chica tirada sobre la capa blancuzca, en una posición extraña, nada cómodo en dónde sus extremidades se contorsionaban formando una escalofriante escena. Algunos copos que descendían del cielo se posaban sobre la pálida piel de su rostro cetrino, ella no se movía y su quietud le hacía lucir como una terrorífica muñeca maldita. Sabía que no estaba muerta ya que su pecho subía y bajaba lentamente, su respiración era muy pausada y corta pero sus rasgos gritaban a los cuatro vientos que no se encontraba bien.

—No se acerquen demasiado —bramó una voz que se acercaba y supe que era Hagrid—. Yo la llevaré a la enfermería.

En cuanto se acercó y la tuvo en sus enormes y largos brazos noté el modesto pañuelo que cayó a unos centímetros de ella, se había desdoblado ante la caída y entre sus pliegues se entreveía un collar de piedras oscuras.

Los vellos de la nuca se erizaron en respuesta a aquella visión.

—No lo toquen —susurró Hagrid al notar que todos mirábamos al objeto con curiosidad. Lo tomó con sumo cuidado de no tocarlo directamente y lo guardó en el bolsillo interno de su enorme chaqueta mientras se dirigía al colegio con la escalofriante muñeca en brazos.

Nadie dijo nada más, los chicos se miraban con suspicacia y yo permanecía con la vista perdida en el espacio dónde la silueta de la chica era cubierta por la suave nevada. No sabía que tan perceptiva podía ser un hechicero promedio pero para mí no cabía duda que aquel collar era el que expelía todo esa energía maléfica, era casi como un aura negra que olía a maldición y podredumbre, una suave ola de negatividad. Una sensación difícil de explicar pero que no dejaba espacio alguno para las dudas: se trataba de un objeto maldito, peligrosamente maldito.

En cuanto pensé aquello el corazón comenzó a palpitarme con fuerza golpeteando duramente contra el esternón y una urgencia se apoderó de mi cuerpo menudo, aunándose a la culpabilidad, la sensación de vértigo y mala espina que toda esta situación producía en mí.

Sentí que vomitaría el contenido de mi estómago y, nuevamente me arrepentí con creces de haber apresurado aquellos tragos de cerveza de mantequilla.

«Avisa a Dumbledore»— pensé de repente con mucha urgencia.

Sin mediar palabra con nadie deshice mis pasos y volví a la concurrida calle principal de Hogsmeade, dónde los hechiceros y brujas disfrutaban de un paseo en un normal día de invierno, dejando a mis espaldas al trío con auras muy confundidas por mi actitud seca. Me adentré con cautela en un callejón oscuro, delimitado por una tienda de dulces y una venta de túnicas de segunda mano, caminando hasta lo profundo de su longitud escondiéndome entre las sombras.

Hagrid se dirigía hacia el castillo con un objeto maldito en los bolsillos de su enorme chaqueta y, aunque ningún profesor de Hogwarts era tan estúpido como para tocarlo directamente, quería prevenir al director y a Severus antes que nadie más. Debía enviar el mensaje y tendría que ser rápido.

Sabía que la manera más rápida de enviar un mensaje importante y confidencial era con un patronus, pero aquella opción ponía a mis nervios entre la varita y la pared.

Para conjurarlo necesitaba un recuerdo poderoso, muy poderoso y también muy feliz.

Debía admitir que mi pasado era feliz, Melquiades y Esteban me amaron tanto en aquellos tiempos que mis recuerdos no son más que momentos de gozo a su lado pero, al recordar el terrible final de nuestra familia, la tristeza empaña mis recuerdos, envolviéndolos en una burbuja de agonía, desdibujándolos. La razón por la que conjuran un patronus resultaba tan difícil ahora.

Sin embargo, era urgente. El tiempo y la situación apremian.

«Inténtalo, Sérène. Puedes hacerlo»

Tomé aire y dirigí mi mano a la pluma que colgaba de mi oreja derecha, portándola como un amuleto de protección. La sostuve entre mis dedos y cerrando los ojos conjuré el hechizo para devolverla a su forma original. La miré mientras se transformaba en la varita de alerce con núcleo de corazón de fénix, la varita cuya conexión conmigo es demasiado fuerte, demasiado especial, como si mi sangre corriera a través de ella.

Cuadré mis hombros y tomé aire para soltarlo por la boca. El corazón se calmó un poco al reconocer el familiar flujo de magia recorrer mis dedos. Se sentía como estar en casa después de pasar mucho tiempo fuera del calor del hogar. Alcé la varita hacia el espacio vacío, apuntando a la nada y cerré mis ojos concentrándome. Debía funcionar.

Inmediatamente el recuerdo más feliz de mi vida llenó mi memoria: El nacimiento de Esteban. El momento en el que le vi por vez primera, con sus ojitos fuertemente cerrados y su llanto angelical, reclamando por haberle sacado de su confortable siesta dentro de mi cuerpo que lo acunaba con calidez. Recuerdo vívidamente su calor entre mis brazos y, aunque se encontraba cubierto de líquido y su piel estaba tan roja como la piel de una cereza para mí, él era lo más hermosos ser en el que mis ojos se hayan posado jamás.

Permití que el recuerdo invadiera cada recoveco de mi alma, calentándola de a poco, enviando una cosquilla agradable desde el centro de mi ser hasta mis extremidades. Su carita arrugada fue suficiente para hacerme sonreír y supe que era el momento perfecto

Expecto patronum —susurré entre mi sonrisa.

Una luz incandescente se calaba a través de mis párpados, haciendo imposible la visión del pequeño rostro de Esteban entre mis brazos, de pronto, un mal recuerdo se coló entre mis pensamientos. Gritos de advertencia, una puerta estallar a causa de un hechizo, una luz verde tiñendo las paredes de muerte, un olor a carne chamuscada…

Abrí los ojos sintiendo que lágrimas comenzaban a empañar mi visión y vi como la luz en la punta de mi varita vacilaba, titilando con cada vez menos fuerza mientras mi corazón palpitaba débilmente a la par de su agonía y, mientras la luz del patronus se desvanecía, una lágrima solitaria caía libremente a través de mi rostro. El olor a ceniza no desaparecía del aire y comenzaba a sofocarme haciendo mi respiración pesada, errática hasta que… al mirar fijamente la débil lucha de la luz por sobrevivir recordé que mis momentos felices ya no son monopolizados por mi vida pasada.

Lentamente pero con fuerza unos ojos negros como el abismo más profundo surgieron desde lo recóndito de mi memoria, acercándose a la visión de mi consciencia, apareciendo como un viviente inesperado después de un funeral falso. Recordé que solo hace unas noches un momento de mi vida pasó a ser un recuerdo feliz, el primer recuerdo feliz para archivar en mi memoria de esta nueva vida: la primera noche de amor con Severus.

Recordarlo hizo que mi cuerpo se estremeciera al revivir las caricias de sus manos grandes, el húmedo camino que su boca dejaba al marcar mi piel con su transparente sello, el sonido de su voz gruesa y sensual incitándome a perder el sentido, el ligero calor que expelía su cuerpo sudoroso al entrar en contacto con la ardiente piel de mis curvas que danzaban para él, el mágico brillo de sus ojos orgullosos, exponiéndose únicamente para mí en la intimidad de nuestro encuentro inesperado, y las estoicas facciones de su rostro, suavizadas por el éxtasis del momento.

Cerré los ojos y dejé que la corriente que nació en mi sexo viajara a través de mis venas y embargara cada pequeño recoveco de mi ser, extendiéndose hacia la varita y alimentando la fluorescente luz que salía de ella.

Una energía nueva renovaba mi sistema. Mi ser se llenaba de gozo en cuanto pensaba en los fervientes encuentros a escondidas con Severus.

Cuando la luz blanquecina se coló a través de mis párpados, abrí los ojos. En ese preciso momento una imagen extraña se formó frente a mí, apenas tuve tiempo para verla desaparecer ante mis ojos. Me quedé inmóvil, estática, con la boca y los ojos abiertos de la impresión y la varita en mi mano, apuntando al frente aún, al espacio vacío dónde el patronus más extraño que jamás había visto desapareció para dejarme de pie, con los músculos tiesos y la mente totalmente revuelta.

Estaba angustiada. La terrible sensación de que no estaba en el lugar indicado me carcomía el corazón, era una molestia en el pecho, insistente; como un cosquilleo que hiere. Respiraba profundo para intentar calmarlo, o al menos apaciguar la sensación de que tenía lombrices en los pulmones.

Nada.

Me removí en la cama y me coloqué de lado, mirando el dosel rojo que cubría mi cama. Imaginé como las otras chicas dormían plácidamente en sus camas de la habitación mientras yo alucinaba con todas las cosas que había sucedido hoy y luchaba en contra de esta terrible sensación que no menguaba.

Realmente no se trataba de la cantidad de extraños acontecimientos, sino lo complicado de la situación que nos rodeaba lo que me mantenía despierta, en alerta, totalmente al asecho de cualquier otro asalto inesperado.

Sin embargo, las cosas salieron medianamente bien el día de hoy, a pesar que no pude detener a Draco mi patronus llegó a tiempo hasta Dumbledore y este hizo lo propio con el objeto maldito.

Por otro lado, había algo que me preocupaba a sobremanera: que las visiones no llegaran a tiempo. Era una molestia constante que martillaba en el fondo de mi mente, siempre allí. Odiaba el hecho de que no pudiera invocarlas a voluntad y entonces, si era demasiado tarde, no podría ayudar a Severus.

«Severus»

Su nombre en mi pensamiento hizo que mi cuerpo reaccionara, entonces las lombrices de mis pulmones se alborotaron, incrementando el cosquilleo hiriente en mi pecho. Cómo odiaba esta sensación.

Conocía muy bien el por qué me sentía de esta manera.

«Ya te acostumbraste a su pecho, Sérène estúpida», me recriminé porque eso era lo que debía hacer.

La sensación de su cuerpo tendido debajo del mío había sido un bálsamo que causaba adicción. Después de dieciocho años de dormir en soledad planificando mi venganza, la suave tibieza de su cuerpo níveo producía una innegable atracción magnética que mantenía a mi corazón en calma. Lo necesitaba, justo ahora, demasiado.

«Me pregunto si él se sentirá así»

Era una ridícula por pensar de esa manera, sin embargo, no podía evitarlo. Lo necesitaba a mi lado para conciliar el sueño, mi cuerpo me gritaba que deseaba su cercanía y por Merlín y su sucia barba que hasta mi orgullo se fue de vacaciones para darle paso a este estúpido animal rastrero que carcomía mi pecho.

Tenía que verlo, tenía que estar a su lado. No importaba nada más, ni el orgullo, ni el ego.

Decidida, me sacudí las cobijas y sin más me desaparecí de la cama y aparecí con un ¡plop! justo en las mazmorras, en un pasillo oscuro que se convirtió en un buen amigo durante las noches. Asomé mi cabeza fuera de él y miré a ambos lados, agudicé el oído tratando de percibir algunos sonidos que me advirtiera de la presencia de algún alma ambulante.

Nada.

Con cuidado, a paso lento y siempre cuidando los cuatro puntos, salí del pasillo oscuro en rumbo al despacho del hombre que me arrebataba el sueño.

El frío adoquinado transmitía su temperatura a través de la planta de mis pies descalzos y calmaba un poco el calor que comenzaba a aumentar, solo un poco. Al menos me mantenía despierta, alerta.

Llegué a la pesada puerta negra y me detuve frente a ella. Dudé unos segundos, unos escasos segundos en los que mi corazón se paralizó junto a mi respiración para luego reavivar su existencia de una manera descontrolada. Mi corazón galopaba frenético y mi nariz aspiraba profundo, tratando de llevar aire a mi cuerpo que parecía quedarse sin oxígeno.

«Maldito Snape, ¿Por qué me haces sentir así?»

Dudando, con el puño dubitativo en el aire me arrepentí de no haberme enfundado la túnica negra para ocultar mi figura y los llamativos rizos naranja de los ojos curiosos que pudieran estar rondando en la oscuridad.

La duda se instaló en mi mente. No sabía si llamar a su puerta o no.

Bajé el puño y resoplé frustrada.

¿Qué tal si ya está dormido y se molesta porque he venido a estas horas? ¿Y si… no siente lo mismo que yo siento justo ahora?

Sería absurdo pensar que las lombrices lo mortifican a él de la misma forma que me quita el sueño a mí.

Adivinar su pensamiento no era sencillo. Todo es tan complicado cuando se trata de él.

Tomé aire, muy profundamente, y retrocedí unos pasos intentando rebobinar el pensamiento y ordenar mis ideas.

«Cálmate, Sérène. Toca su puerta, no pierdes nada con ello. Si está dormido no abrirá y solo debes irte».

Volví de nuevo a levantar mi puño que temblaba a la expectativa, cerré los ojos y tras dejar que un leve escalofrío recorriera mi cuerpo toqué la puerta. Tres golpes con el puño cerrado y esperé.

Podía sentir a mi corazón siendo arrastrado por las lombrices, de un lugar a otro como un balón. La sensación era tan molesta, tan ridícula, como una cosquilla que lastima y a la vez te llena de adrenalina. La odiaba porque me cortaba la respiración y me hacía perder el sueño durante la noche, sin contar que me arrastraba fuera de la cama para bajar a las mazmorras en su encuentro.

No cabía duda que este cuerpo adolescente era muy problemático.

Los segundos pasaron y una pequeña ola de desaliento me invadió, él no estaba despierto, esperando por mí como absurdamente pensé. Solté el aire que estaba reteniendo y di un paso atrás, sin dejar de mirar la puerta negra,

«Hora de irse», me resigné sintiendo que una corriente viscosa drenaba mi pecho.

Estaba a punto de dar la vuelta cuando la puerta fue abierta con brusquedad. Me sobresalté por lo repentino de la acción y una corriente eléctrica viajó con rapidez por todo mi cuerpo cuando le vi, con su habitual traje oscuro abotonado hasta el cuello, su cabello negro y largo enmarcando su rostro cetrino, sus facciones inexpresivas y sus ojos profundos y suspicaces mirándome con un ligero desasosiego apenas visible.

—¿Boissieu? —susurró desconcertado, sin abandonar la uniformidad de sus facciones y en el tono de voz había cierta reprimenda.

Yo no podía moverme, estaba de pie frente a él, descalza con el cabello despeinado y en camisón, tenía los ojos muy abiertos y seguramente llenos de motas negras a causa de la vergüenza que sentía. Sí, me avergonzaban mis acciones impulsivas, guiadas por el terrible sentimiento de estar vacía sin su compañía. Algo que no admitiría en voz alta, quizás nunca, pero que quedaba muy claro una vez que mirabas directo a mis ojos nerviosos y deseosos.

En mi impulso de venir a verle no pensé en lo que le diría si esta situación se presentaba y ahora, estaba aquí sintiéndome totalmente fuera de lugar, sin una frase o palabra ingeniosa para responderle a esos ojos oscuros que clamaban por una explicación razonable a mi atrevimiento.

¿Qué le diría? ¿Necesito estar contigo? ¿Déjame dormir a tu lado? Por favor…

«Eso sonaría desesperado»

¿Qué podía decirle que no sonara a una súplica?

Severus esperaba paciente por mí, por que dijera algo. Al escanear su aura me di cuenta que estaba algo desconcertado y complacido a la vez, ambas acciones diferían de su actual expresión sin vida. Alzó una ceja, demandante.

No podía apartar los ojos de los suyos, en ellos había calma y un tanto de incredibilidad quizás. Me pedía que dijera algo pero no sabía qué. No sé qué vería Severus en los míos pero después de torturarme unos segundos se hizo a un lado, abriendo más la puerta, dejando un espacio bastante amplio. Me estaba invitando a pasar.

No lo pensé solo lo hice, mi cuerpo reaccionó por sí solo a la invitación, mis pies se movieron sin darles la orden. En cuestión de segundos ya estaba en su despacho protegida por las milenarias paredes de piedra y la pesada puerta negra de madera.

Escuché como los goznes chirriaban y como un click aseguraba la puerta en el marco. En ese preciso momento las lombrices de mi pecho murieron debido al calor que nació en mi vientre y recorrió mi cuerpo entero. La intimidad que producían las paredes del despacho se mezclaba con los recuerdos de lo que había sucedido antes, justó aquí.

Las sensaciones que invadía mi cuerpo era más intensas que antes, el temblor de mis manos, el palpitar d emi sexo, los pálpitos de mi corazón eran tan fuertes que mecía mi cuerpo entero, el calor de mi piel e incluso mi respiración. Tuve que abrir ligeramente los labios para tomar más aire.

«No es la primera vez que estás aquí ¿Por qué te sientes así?»

Me viré en su dirección para verle. Estaba de pie frente a mí, con las manos unidas por la yema de sus dedos, tocándose delicadamente, un ligero rubor a penas le daba vida a sus facciones estoicas y neutras pero en sus ojos estaba ese brillo tenue que aparecía cada vez que nos enfrentábamos, como un brillo febril y era la única evidencia de que mi presencia tenía una reacción en él.

Supe entonces por qué estaba tan nerviosa. Era la primera vez que venía con intensiones claras y no eran precisamente las de comenzar una discusión.

La revelación de aquello hizo que un rubor se extendiera por toda mi cara e incluso mi cuello, lo sabía porque esas partes de mi cuerpo estaban más calientes que el resto, bueno… casi todo el resto.

—¿Dando un paseo nocturno, Boissieu? —Interrogó en tono acusador y su voz me sacó de mis cavilaciones—. Le recuerdo que está prohibido salir de su sala común durante la noche.

Sus palabras fueron chocantes, las sentí como un balde de agua fría. Fruncí el ceño. Me regañaba por andar a hurtadillas en el castillo, me hacía sentir como una alumna más, siendo reprendida por haber cometido una falta.

Hizo que mi temperamento flameara.

—No soy la única que rompe las reglas —dije con enojo—. ¿No está prohibido fraternizar con los alumnos…íntimamente? Si alguien siguiera esa regla quizás no tendría alumnos dando paseos nocturnos —contraataqué sin poder controlar la efervescencia de mi temperamento. A veces, Severus se comportaba como un total idiota.

Lo vi estrechar los ojos, un signo claro de que su calma también era precaria. Se acercó a mí en una zancada y bajó su cabeza a mi altura, agazapándose sobre mí como un depredador. De inmediato su estoicismo me envolvió por completo.

Me miró directamente a los ojos, enganchándome a sus pupilas retadoras.

—Sigue igual de insolente, Boissieu —escupió en mi cara con los dientes apretados.

Yo me estremecí, no por temor sino por la sensualidad que emanaba de su cuerpo encorvado sobre el mío.

Este era el Severus Snape que amaba, que me seducía. De una manera retorcida y extraña me hacía sentir extasiada de tenerlo tan cerca, retador, impaciente, enojado, estoico, con sus ojos ardiendo en fuego; su enojo hacía arder mis entrañas y me incitaba a sus brazos. Era como si nuestros enfrentamientos fueran el combustible que avivaba las llamas entre ambos.

En momentos así, funcionaba en automático, guiada únicamente por mi instinto que reaccionaba a cada palabra y gesto de Severus.

Sin premeditarlo, sin aviso, mis pies dieron un paso hacia él quedando a centímetros de su cuerpo y de su boca de labios finos; entonces la mía se abrió y pronunció unas palabras que pasaron directo desde mi subconsciente a mis labios.

—Debería reprenderme por eso, profesor Snape —susurré acercándome a sus labios—. No puede permitir que esta situación no tenga un castigo.

Severus tragó grueso y recorrió mi rostro, comenzando por mis labios a los cuales les prestó profusa atención para luego pasar a mis ojos negros producto de las cosquillas que incrementaban el ritmo de mi respiración. Estábamos tan cerca a sólo milímetros de rosarnos, podía sentir las olas de su calor corporal luchar contra las que expelía mi cuerpo, notablemente más caliente que un cuerpo humano normal. Su aura flameó con rabia y deseo, ambos luchaban por ganar el terreno.

—Dudo que exista un castigo apropiado… para corregir su falta de respeto a la autoridad, Boissieu —susurró con la voz ronca, ligeramente impregnada de esa combinación peligrosa que su aura tenía.

—¿Qué hay de los inapropiados? —pregunté sin poder contenerme, me sentía repentinamente juguetona, fogosa—. Estoy segura que uno de esos funcionará.

Una sonrisa malévola curvó los labios finos de Severus. Si la situación en la que nos encontráramos no me hiciera sentir tan profundamente atraída hacia él, tendría miedo de su expresión. Pero su aura me confirmaba lo que quería saber, a él le encantaba este juego improvisado, tanto como a mí.

—Uno de esos le sentaría bien. Le dejaría claro quién debe respetar a quién —sentenció alzando las cejas sin perder la sonrisa de villano.

Yo sentí una ráfaga de adrenalina llenar mi sistema y mi corazón tratando de salir de mi pecho que lo aprisionaba. Me sentía sumergida en una efervescente mezcla de sensualidad y expectativa.

Luego, todo pasó muy rápido. En un impulso mutuo Severus me agarró de la cintura, la otra mano la dirigió a mi cuello acercándome a su boca mientras mis brazos lo apretaban contra mí, tratando de fundir su cuerpo con el mío.

Esto era lo que necesitaba, el bálsamo, la cura al mal de lombriz que me acechaba. El remedio que vine a buscar.

En este momento, pegada a sus labios finos y demandantes, probando su sabor único, oliendo su intoxicante perfume de humo y hierbas, y sintiendo el suave movimiento de sus músculos en consonancia con los míos, me doy cuenta que será imposible para mí olvidar sus caricias o dejar de necesitar su cercanía.

Comencé a sentir el familiar aumento de la temperatura, y no solo en mi cuerpo extasiado sino también en el ambiente que absorbía nuestro calor. Severus dio unos pasos y me arrastró consigo sin despegarse de mis labios. No estaba segura cuanto habíamos avanzado, en qué dirección o a dónde, solo sentí una superficie dura y rugosa a mis espaldas con la cual me estampé con violencia.

Severus se despegó de mí y aproveché para tomar aire, aire limpio para calmar el ardor de mi pecho. Nos mirábamos a los ojos y podía ver con total claridad el brío del deseo en sus irises, el mismo ardor con el que movía sus caderas contra mi cuerpo menudito.

«¿En qué momento Severus penetró tan profundo dentro de mí?»

Sentí su mano abandonar mi cintura y un frío desolador de apoderó de ella, estaba a punto de reclamarle cuando el sonido de un objeto siento tocado llegó a mis oídos y al girarme me di cuenta que era una puerta, una que se abría con lentitud gracias al empujón que Severus le había dado.

Poco a poco su recorrido dejaba entrever una habitación sumida en una densa oscuridad que te daba la bienvenida, no podía verse nada pero sabía que había allí, sabía lo que me esperaba tras la cortina oscura que no me dejaba visualizar nada y en ese instante un golpe de calor llevó mi temperatura corporal a la cúspide junto con una ola exquisita que nació en mi sexo y murió en los erizados cabellos de mi nuca.

Tragué en seco sintiendo a mi piel arder y mi cuerpo temblar.

¿Quién dijo que hacía frío en las mazmorras? Justo ahora comprobaba que estaba equivocado.

Estaba perdida, totalmente jodida porque sabía de antemano que mis noches serían en vela si no estaba a su lado.

«Permitiste que calaran hondo en tu ser, Sérène. Ahora ya no podrás deshacerte de esto»

Y tras ese pensamiento llegó a mis oídos unas palabras que jamás pensé escuchar de su boca.

—Duerme conmigo esta noche —susurró enterrando su rostro en mi cuello y recorriéndolo con la punta de la lengua. Era una especie de súplica estoica que solo Severus Snape podía expeler de sus labios con el tono exacto de erotismo e indiferencia, una indiferencia que salía de sus labios y que su aura desmentía.

Escuchar aquello de su boca hizo que una de las lombrices volviera a retorcerse en mi pecho, me sentía como si fuera nuestro primer encuentro.

Me estremecí de pies a cabeza ante su húmedo toque y luego suspiré, una afirmación sin vocablo ante sus palabras. No podía creer lo que me decía, lo que nunca esperé escuchar de sus labios aun cuando lo deseara.

Tomé su rostro entre mis manos y lo saqué de mi cuello para mirarlo a los ojos, los tenía llenos de deseos y fuego, de lujuria. Una pasión que poco a poco se asomaba entre sus pupilas y se dejaba ver cada vez más por mí.

«Esta y todas las noches» quise decirle, pero eso sería algo fuera de lugar teniendo en cuenta como hemos manejad nuestra relación hasta ahora. Severus no era precisamente romántico, pero sabía expresar sus sentimientos a través de acciones muy claras.

—Se supone que esto es mi castigo profesor Snape —le recordé sin dejar de mirar sus ojos oscuros, continuando con el juego—. No tengo opciones, ¿O sí?

Una sonrisa malévola volvió a adornar sus facciones mientras su aura flameó divertida y perversa.

Severus deslizó sus manos, que habían estado ancladas a mis espaldas, hacia mis muslos dónde las enganchó enterrando sus uñas cortas en mi carne y me levantó; por instinto rodeé mi cintura con mis piernas y adentré mis manos en su cabello. Me sonrió con sorna, burlándose de mí como solía hacerlo cada vez que me ganaba en nuestra guerra de palabras.

—No las tiene, Srta. Boissieu. Lamentablemente para usted, le tomará toda la noche cumplir con su castigo —dijo en su habitual tono represor sin despegar sus pupilas negras llenas de arrebato de mis ojos oscurísimos.

Me sorprendía como lograba mantener la compostura, al menos en apariencia.

Mi pecho subía y bajaba a intervalos irregulares, tratando que mi cuerpo recibiera el oxígeno sin mucho éxito. Sus ojos me recorrieron entera, allá dónde podía ver. Me sentía desnuda frente a él aun cuando portaba el camisón sobre mi cuerpo que temblaba ante la invitación oculta en sus palabras.

Entonces me dejé llevar por todo lo que emanaba de su cuerpo y que me atraía como un imán, la testarudez, lo estoico, las amargas palabras, sus ojos desafiantes y sobre todo la intensidad con la que me envolvía en sus brazos; tenía que admitirlo, aunque fuera solo para mí misma: más allá de las palabras Severus Snape me enloquecía.

N/A_N/A_N/A_N/A_N/A_N/A_N/A_N/A

Hola, hola mis amores.

Acá el nuevo capítulo que está bastante largo, 5005 palabras, nada más y nada menos :O Hasta yo estoy sorprendida de lo mucho que escribí, además, me costó un montón terminarlo, no sé que sucedía conmigo, y realmente no estoy segura que quedara como quería, no sé. Ustedes me dirán si les gustó.

Que feo se siente eso…

Creo que tardaré un poco en actualizar el siguiente porque estoy escribiendo otra historia, ojo NO ABANDONARÉ ESTE FANFIC, solo que tardaré un poco más en actualizar.

Lo sé quieren matarme porque soy súper lenta :s pero no se preocupen, quien sabe y mis musos lleguen un día y termine el siguiente capítulo de sopetón jejejeje. La inspiración trabaja de maneras misteriosas. Hay que tener fe.

Les agradezco mucho que aún estén allí para mí y para la historia, toda su paciencia, y le doy la bienvenida a los nuevos lectores que andan por allí, gracias a los que colocan la historia entre sus favoritos y por supuesto a los anónimos que pasan a leer que, aunque no dejen sus comentarios, sé que están allí e igual les aprecio mucho.

Espero hayan disfrutado.

Se les quiere un montón, un millón de abrazos :* :* :*