XXXIX Solicitudes impulsivas.
La brisa alborotaba mis cabellos, arremolinándolos y enredando cada hebra de fino hilo naranja. Las puntas se clavaban dolorosamente en los ojos abiertos, absortos, embutidos en el popurrí de luces que titilaban perezosas en el firmamento. El aire frio, el mismo que mecía la copa de los árboles a la distancia, llegaba hasta mi piel, acariciándola con su toque gélido, casi fúnebre, bajaba mi temperatura corporal un par de grados y le daba un momentáneo alivio a mi cuerpo sometido por la flama del fénix que habitaba en mis venas desde mi nacimiento; sin embargo, el frío aire de la madrugada no podía mitigar la vocecilla que repetía una y otra vez las mismas lúgubres palabras:
«Esto acabará mal»
Era un cantico funerario que me perseguía a todas partes, se instaló en el interior de mi oído, haciendo de él su morada y no pretendía salir. Le escuchaba en la penumbra de los corredores del castillo, en la motricidad de las escaleras movedizas, en el larguísimo asiento del gran comedor, entre las sombras del bosque prohibido, las heladas aguas del lago negro y la aplastante soledad de la torre de astronomía. Una soledad interrumpida por aquellas palabras sazonadas con angustia. Lo peor de aquella frase era que no todos parecían conscientes del plomo gaseoso impregnándolo todo alrededor, envolviendo cada cuadro, cada escalón, cada candelabro y cada libro con el mal augurio del mañana.
«Maldito Severus Snape» —pensé agobiada, en un vano intento de distraer mi mente.
Era culpa suya el que mi consciencia se nublara a tal grado que me haya desviado de mis propósitos iniciales: Venganza. Había venido a Hogwarts con un plan en mente, hacer correr la sangre de Lord Voldemort y ahora... no era más que una chiquilla estúpidamente enamorada de un hombre sentenciado a morir en el abismo a causa de su propio mentor.
Viré un poco más la cabeza y fijé mi vista en el linde del bosque prohibido, resguardado por la cabaña de Hagrid, y luego en la tupida corona de los arboles erguidos orgullosos, ignorantes de mi duelo interno, apuntando al cielo estrellado ausente de la luz lunar, acariciados delicadamente por la misma brisa fría que intentaba atenuar el calor mi cuerpo.
En ese preciso momento, unos cabellos más claros aparecieron entre mis recuerdos, pensé en él: Esteban. Se me erizó el vello de los brazos al entonar su nombre dentro de mi cabeza, con la misma voz que cantaba lúgubremente. La combinación no me hizo gracia alguna.
¿Cómo pudo ser tan estúpido para venir aquí? ¿Cómo pude ser tan permisiva y dejarle quedarse en el castillo? Ahora él corría peligro. Debía, por sobre todo, persuadirle de volver a Sudamérica y mantenerle alejado e ignorante de todo: De Dumbledore y su inminente final, Severus y su vida llena de sacrificios absurdos, de Harry y su destino pautado, de Voldemort y su peligrosa inmortalidad fabricada, de mi sed que estaba lejos de ser saciada.
Jamás imaginé que llevar a cabo esta venganza afectaría tanto mi juicio. Un juicio precario, desestabilizado a causa de mi estúpido y permisivo corazón.
«Permitiste a muchos entrar» —recriminó la voz, sin abandonar el tono funerario, y no pude más que darle la razón.
Necesitaba que Esteban permaneciera ignorante. Era la única forma de protegerlo.
Volví a mirar las parpadeantes luces platinadas del firmamento y por un momento dejé que mis ojos llenos de motas oscuras se perdieran en el irregular ritmo que marcaba su titilar distante, ajeno a todo lo que sucedía bajo su propia luz.
En ese instante, con mis orbes perdidos en la conglomeración de destellos, lo sentí de nuevo.
Se avecinaba. Lo sentía cada día con una descomunal y desgarradora fuerza, brutal e invencible; cada mañana cuando veía a Esteban sentado en la mesa de los profesores un par de asientos a la izquierda de Dumbledore, cuyo matiz suave se fue marchitando hasta adoptar la apariencia de un desahuciado; cada noche en los brazos de Severus, cuando al cerrar los ojos la terrible visión del final se apoderaba de todo rincón de mi mente y me hacía despertar agitada, sobresaltada y sudorosa, aferrada con fuerza al pálido torso de Snape causándole enrojecimiento, debido a mi anormal temperatura.
Él lo notaba, aunque nunca hablamos al respecto, sé que sospechaba. Era un hombre demasiado inteligente, astuto, demasiado intuitivo, como para no darse cuenta.
Durante días, el ardor del final cremaba mis esperanzas, reduciéndolas a cenizas de las cuales no renacía. La oscuridad de lo inevitable impedía que viera cuan alto era el montón de residuos pero podía sentirlo, tan grande y denso como la tierra húmeda apilada. La opresión de mi pecho solo confirmaba que las terribles visiones durante mis horas de sueño esperaban pacientes para volverse realidad.
Y yo temía. Demasiado. Por todo y por todos a los que les permití la entrada a mí ser.
«Eres una estúpida, Sérène».
Respiré profundo varias veces, tratando de expulsar el denso barro que aquejaba mis pulmones, formado de las cenizas de mis esperanzas y las lágrimas de mi interior. Mientras una perla caliente pendía de la comisura de mi ojo, solitaria como la angustia que me carcomía.
Era la hora. Lo que había estado evitando cada día, negando todas las noches. Debía decidir qué hacer y debía hacerlo pronto.
Cambié de posición, me erguí y al sentarme el dolor de mi espalda confirmaba que había pasado demasiado tiempo recostada de la baranda. Dejé mis piernas suspendidas en el barandal de la torre de astronomía, bailoteando en el aire, como burlándose de la grama aferrada a la tierra incapaz de sentir el peligro de abismo. Antes este era mi refugio nocturno, donde menguaba el fuego de mi piel, acallaba mis pensamientos y regeneraba mis energías; pero ahora, cada muro de piedra, cada escalón, cada enlosado del castillo se había convertido en un bunque, que aislaba mis preocupaciones y hacía eco de ellas.
Me estaba matando.
Nunca imaginé que perdería tanto al venir aquí. Ahora acorralada, presa de mis propios miedos, me temo que no soy la orgullosa y fuerte criatura que siempre pensé ser. Soy débil.
Me llevé la mano al pecho, que subía y bajaba al ritmo descontrolado de los fuertes latidos de mi corazón, golpeteaba con firmeza haciendo que la túnica se moviera ligeramente junto a él.
Sentí los vellos de la nuca erizarse, no estaba sola. Luego, una presencia familiar se asomó en el dobles que daba a las escaleras. No me viré, sabía de quién se trataba y en cierta forma, deseaba que estuviera aquí.
—No me gusta que estés aquí —reproché de inmediato, continuando con la guerra que nos profesamos hace un par de meses.
—Ya sabía yo que no te caía bien —respondió con el mismo tono paciente y juguetón de siempre—. ¿Qué clase de madre eres?
Escuché la indignación de su voz, fingida y juguetona.
Me viré en su dirección, abandonando la estabilidad de la baranda y enfrentado sus cálidos ojos azules que siempre me recibían indulgentes, pacientes. Y no sabía si amarlos u odiarlos.
—De la clase que se preocupa por la vida de sus hijos.
—Estaré bien —respondió lacónico, con un toque ligeramente más amargo y el ceño fruncido.
Nos miramos el uno al otro, desafiantes. Analizaba como el sol se posaba sobre la piel de su rostro de pronto impasible y obstinado, la decisión incrustada en sus ojos claros. Odiaba cuando se comportaba así, sabía de antemano que era mi culpa, mi propio temperamento aflorando desde su sangre.
—No quiero que mueras, Esteban. Ya hemos discutido esto. No puedo permitir que algo malo te suceda. Ya perdí a Melquiades. ¡Por Merlín! No quiero perderte a ti también.
El cielo comenzaba a tornarse más claro y las estrellas menos brillantes perdían la batalla en contra de la luz del sol que comenzaba a reclamar el cielo
—Son mis asuntos pendientes, Esteban. No los tuyos —aclaré, a la vez que volvía la vista al frente.
No me respondió al instante, pero su aura se tornó un poco más inquieta, ligeramente flameante entre la rabia y la obstinación. Escuché como arrastraba sus pies sobre el adoquinado, creando una horrorosa melodía. Se posicionó a mi lado sin tocarme, no me moví, pero supe que miraba en la misma dirección que yo, sobre el horizonte plagado de la muerte nocturna.
—Estamos en esto juntos —dijo bajo su aliento. Apretaba la mandíbula y el movimiento de sus dedos presionando el barandal me llamaron la atención.
Sus palabras calaron hondo dentro de mí. Se instalaron en un pequeño rincón taladrando mi consciencia como un pájaro carpintero sobre un árbol. Él estaba equivocado. No estábamos en esto juntos, yo estaba sola como lo decidí en un principio y él era solo un entrometido. Esta era mi venganza, de nadie más.
Una burbuja caliente comenzó a formarse en el centro de mi pecho. Recordé los destellos verdes que iluminaban los rincones del hogar que había formado con Melquiades, allí donde se posaban dejaban su tétrica marca sanguinaria. Los recuerdos hicieron que poco a poco la burbuja caliente se expandiera, ganaba terreno dentro de mí, con cada destello verduzco que afloraba en mi memoria, hasta que llegó a mi garganta donde explotó con fuerza.
—¡No seas estúpido, Esteban! —grité al encararlo, sin preámbulos, sin nada—. Esto no es tu asunto, no estamos en esto juntos. No hay manera que te permita continuar con esto, seguir aquí. Arriesgando tu vida.
Le estaba gritando y mientras aumentaban los decibeles de mi voz su ceño fruncido se profundizaba, sus manos apretaban más y más la baranda hasta que sus dedos se tornaron blancos.
—¿Cómo puedes decir tal cosa? Pedirme que me aleje, que me vaya e ignore tu misión suicida. Pretendes que dé la vuelta y olvide que estas aquí prácticamente pidiendo a gritos que te maten —expelió en mi cara, con la agresividad enmarcando sus irises azuladas—. No voy a permitirlo. Voy a protegerte, cueste lo que cueste.
Y, esas fueron las palabras que me llevaron al borde del acantilado, me hicieron caer en picada, sin frenos, sin más remedio que solo caer.
—Es precisamente eso lo que me trajo aquí, Esteban.
Seguía agitado, con su pecho inflado subiendo y bajando debido a la excitación de la discusión, se viró para encararme y aunque sus ojos celestes querían gritarme muchas cosas, no dijo nada.
—¿No lo entiendes? No puedes protegerme, no quiero que lo hagas —susurré sin apartar mis ojos oscurecidos de los suyos que comenzaba a tornarse oscuros como el océano—. No es tu lugar—. Le recordé—. Nunca lo fue.
Me arrepentí de haber pronunciado aquellas palabras porque fueron ellas las que derribaron los muros que mantenían mis recuerdos a raya, presos en algún lugar sin luz.
Esteban se acercó a mí con su rostro suavizado y sus ojos comprensivos, su aura aligeró la danza famélica que mantenía mientras discutíamos. Me di cuenta que temblaba cuando sentí sus brazos enjaularme para protegerme, pero no me sentía segura, ni protegida, porque ese nunca fue su rol por mucho que se esforzara para interpretarlo.
—No es justo, Esteban —susurré sobre su pecho—. Nunca lo fue.
—Piensas demasiado en esa estupidez.
Sentí una espina clavarse en mi pecho. Ardía. Me separé de él y tomé su rostro en mis manos, tenía que alzar la vista para poder mirarlo, era tan alto.
—Eres mi hijo. Nunca fue tu papel el protegerme y no sabes cómo duele no poder haberte protegido cuando me necesitabas. Cuando estábamos solos tú y yo con Elbe y tenías que cuidar de mí, alimentarme y ser paciente con mi mal humor que no podía expresar con palabras. Yo solo deseaba poder estar allí para ti y todo lo que obtuve fueron unos pañales a cambio y, no puedo Esteban, no quiero perdonarle a Voldemort la humillación y el dolor que nos causó, a nuestra familia.
Levantó su mano hacia mi mejilla, deslizando uno de sus dedos por el contorno de mi rostro. Fue entonces que noté, que por primera vez en años daba rienda suelta a mi llanto, derramar las lágrimas añejas, contenidas durante años dentro de este cuerpo juvenil, blindado con un orgullo que se caía a pedazos. Las lágrimas caían una tras otra formando un riachuelo salado, rancio, amargo.
Esteban limpio mis lágrimas mientras yo lo examinaba. El sol estaba orgulloso a la distancia, asomándose, y sus rayos se posaban con suavidad sobre el cabello arenoso de Esteban, haciéndolo ver como la arena de la playa acariciada por la luz; e iluminaban sus orbes celestes un poco opacas por el sentimiento, enfatizaban su tristeza, su decisión irrevocable de quedarse, el orgullo de su sacrificio por mí. Pasé mis manos sobre su cabello ondulado, desordenándolo más, grabándome la textura de sus hilos rubios igual de suaves que en su infancia.
—Te amo Esteban, eres la única razón por la que vivir así no fue tan doloroso, aunque fuera humillante.
Suspiró profundo y sentí sus liento alborotar los risos que se posaban en mi frente.
—Olvídalo todo. Deja todo atrás. Olvídate del resentimiento, de la venganza, y volvamos juntos a Sudamérica. No permitas que tu orgullo te gane. Todavía hay tiempo, todavía podemos ser felices.
Su voz tenía ese matiz dulzón y acaramelado, paciente, que haría a cualquiera desistir de sus intenciones. Su sentimiento optimista me llegaba al alma pero, ¿Cómo le explicaba? ¿Cómo le hacía entender que para una madre, no poder proteger a sus hijos era una abominación que no se podía perdonar?
—No puedo —terminé diciendo, algo rota por dentro. Triste de no poder complacerlo—. Es muy tarde para mi Esteban, pero tú puedes tenerlo todo, hay demasiado por delante para ti. Puedes vivir sin mí en tu vida. Tienes que hacerlo.
Lo miré con intensidad para que mis palabras calaran hondo en él y aceptara que esta era mi decisión. Eran demasiadas promesas que cumplir y un orgullo muy pesado del que deseaba deshacerme.
Me refutaría, lo sabía por como sus ojos brillaron y su aura se arremolinó, abrió su boca para chistar pero un suave repiqueteo que provenía de las escaleras nos sacó de nuestra burbuja.
—Debes irte —dije, despidiéndolo. El aura atormentada que se alejaba rápidamente de nosotros se llevaba consigo todas las fuerzas que me quedaban para discutir.
Esteban notó el cambio, mi preocupación, lo exhausta que estaba y me dejó, sin más.
Los últimos vestigios de la primavera morían junto a las esperanzas que, inútilmente, coseché dentro de mi corazón, transformado en uno iluso e infantil. Los veía morir cada día, a lo alto del santuario en el que se había convertido la torre de astronomía desde mi llegada hace más de un año. Las flores bajaban sus pétalos hacia al suelo, despojándose del orgullo de sus colores vivos y enérgicos, se tornaban ocres y poco a poco morían junto a la vana ilusión que creó la laguna mental en mi cabeza.
Durante meses creí, estúpidamente, que de alguna manera las cosas saldrían bien, pero era solo la falsa sensación de seguridad que me daban los brazos de Snape alrededor de mi sanidad, encapotándola, haciéndome sentir que las cosas no iban mal.
«Te equivocaste»
Y cada día, al subir a la torre y ver como el sol nacía en el horizonte bañando los vastos terrenos alrededor, mostrando con su luz las verdades que la noche disimulaba bajo su mando oscuro, caía en cuanta que el tiempo se agotaba.
El tiempo, las ideas, los escapes y las esperanzas.
Apoyé mis manos sobre la baranda, buscando la estabilidad que mis pensamientos no podían darme, ahora que volvía a estar sola, rememoré entonces todo lo sucedido en los últimos meses en los que las milenarias rocas talladas de la pared se convirtieron en los testigos de mis ojos oscuros, mi cuerpo tembloroso y las altas temperaturas de mi piel juvenil.
Todo comenzó cuando encontré a Harry en el pasillo que llevaba a la enfermería, sus ojos verdes llenos de una angustia opaca y su cuerpo sudoroso, con los hombros tensos, el aura enfurecida. Supe de inmediato que algo no estaba bien.
—Es Ron —dijo jadeando bajo su respiración—. Fue envenenado.
Lo escuché atentamente mientras relataba todo, entonces, una terrible ola comenzó a subir desde mis tripas, recorría mi cuerpo lentamente, viscosa como la lava, ganaba terreno a medida que avanzaba, escalando mi estómago, alcanzando mis pulmones, apretujando a mi corazón hasta que me nubló la vista. Miré a Harry a los ojos de nuevo y recuerdo con nitidez como en sus pupilas podía leer la misma conclusión a la que yo había llegado.
Draco lo hizo de nuevo.
«Y yo no pude verlo».
Entonces, toda la suciedad que había estado ocultando en el recoveco más lejano de mi consciencia se esparció en forma de ráfaga en mi interior. Me di cuenta que los escasos momentos de felicidad me sumergían en un sopor sofocante, anulador de la realidad. Y, no importaban cuan bien las coas habían estado saliendo los últimas semanas, todavía tenía objetivos que cumplir.
Había llegado a Hogwarts a vengarme, a saciar mi sed de sangre y destruir al ser que arrojó mi vida desde un precipicio sin final. Y él, me desvió de mis propósitos.
Una de las tantas razones que me obligan a alejarme.
Respiré profundo, dejando que el aire frio entrara a través de mi nariz y calara dentro de mi cuerpo, entumeciendo mis pulmones y con suerte, congelaría mi corazón ardiente. Necesitaba que este se detuviera, que dejara de palpitar añorante, anhelante de un deseo que no podía satisfacer. No ahora.
«Quizás nunca».
Me retiré de la baranda y comencé a descender por las escaleras de piedra. En un pasado cercano sentía este lugar como un refugio y; sin embargo, por más que lo intentara ya no lo era. Nunca más lo sería. Todos los lugares que antes ayudaban a mi cuerpo a desistir de su naturaleza fogosa ahora eran sepulcros. Repletos de tumbas donde los recuerdos no deseaban morar por siempre, asomaban sus manos de entre la tierra al sentir la vibración que generaban mis pasos sobre la suciedad. Gruñían palabras inteligibles que intentaban emular escenas pasadas, y que yo no deseaba recordar. Era doloroso estar consciente que mi decisión era definitiva y era la correcta. Aunque eso destrozara la esperanza y desmembrara cada uno de mis sentimientos.
«Unos que jamás debieron germinar en primer lugar» —me recordé, sombría.
Escuchaba mis pasos hacer eco en el espacio confinado, mis zapatos oscuros marcaban una marcha regular, pesada, casi arrastrándose, como puliendo la piedra. Luego fui consciente que me encontraba frente a un tramo de las escaleras movedizas. En ese momento estaban cambiando, se movían perezosas y sin prisa de un lado a otro marcando el camino equivocado para unos, y el correcto para otros.
«¿A dónde debo ir yo?» —me pregunté, dándome cuenta que, sin ningún refugio seguro, no tenía idea de que hacer.
No podía ir al despacho de Esteban, después de nuestras discusiones necesitaba alejarlo tanto como fuera posible; definitivamente no al despacho de Dumbledore, a quien odiaba más y más a medida que los días pasaban; tampoco a las mazmorras, aunque mi corazón y mi cuerpo lo desearan más que nada. No después de todo. Quería un terreno neutral, un lugar donde no existieran recuerdos que pudiera añorar.
Regresé sobre mis pasos, y entre oculta entre las paredes milenarias y una armadura vieja, desaparecí con un ¡PlOP!
Olía a milenio. Aunque no fuera un olor común sabía que así es como olerían los siglos conglomerados: a libros viejos y comejenes saciados. Aparecí entre los últimas estanterías de libros, los más viejos y olvidados, muy cerca de la sección prohibida. No había nadie y la penumbra se cernía con delicadeza entre los estantes donde los colores se opacaban y la luz no quería entrar.
Me recosté de una estantería queriendo estar en otro lugar, cualquier otro que no reflejara la angustia y el debate que se libraban en mi interior. Era como mi vida después de la muerte de Melquiades, algo difusa y poco productiva, sumergida en aguas sombrías, sin nada más que nada dentro.
Dejé que mi cuerpo se deslizara hasta el suelo tumbando un par de libros en el proceso. Los miré sin mucha intención, ni siquiera podía registrar las imágenes de colores vistosos y bien detallados. Solo vi una enorme E de estilo renacentista que me hizo recordar algo importante, hiló un plan rápidamente en mi cabeza y me hizo hablar.
—Elbe —susurré, y sentí mi lengua acariciando el interior de mi boca al pronunciar el nombre que hace muchísimo tiempo no evocaba.
Al cabo de unos segundos, una pequeña nube blancuzca se arremolinó a un par de metros. La observé sin moverme hasta que poco a poco colores carnes y rosas se tornaron más visibles y definidos. Para cuando la nube desapareció, allí estaba ella. Justo como la recordaba, con sus enormes ojos saltones llenos de pestañas largas y unas orejas puntiagudas de las que colgaba un único pendiente de oro, sus labios finos y su menudo cuerpecito cubierto de un elegante vestido rosa hecho a medida.
—Señora Collingwood —exclamó al mirarme con sus sorprendidos y reprochadores ojos saltones. Claramente sorprendida de mi llamado.
Su expresión me hizo soltar una risa ligera y le extendí mis brazos para abrazarla. La había extrañado.
—Lamento mucho tener que llamarte Elbe, pero te necesito.
Se separó de mí y me miró curiosa.
—Siempre a su orden señora —confirmó, como siempre lo hacía cuando me disculpaba por pedirle favores.
La examiné con cuidado, deteniéndome en sus ojos negrísimos como la noche, buenos guardando secretos. Por eso siempre la había apreciado tanto, entre otras cosas. Le debía demasiado a Elbe y, al parecer, nunca dejaría de deberle nada.
—Vienen momentos difíciles, Elbe. Y Esteban corre peligro —comencé diciéndole. Ella no me interrumpió—. Esteban no está consciente de esto y deseo que me ayudes a ponerlo a salvo.
La elfina se quedó unos segundos en pausa, pude ver, por la expresión de sus ojos vacíos, que su mente divagaba. Estaba buscando una explicación a todo esto.
—El señor Collingwood me aseguró que estaría a salvo a su lado.
—El señor Collingwood ignora ciertas cosas —susurré en su dirección—. No puedo contarlas porque comprometen los planes de terceras personas. Elbe, por favor, ayúdame a sacarlo de aquí.
Quedó en silencio y supe que el miedo se había instalado en su menudo cuerpecito.
—¿Qué hay de usted? ¿También estará a salvo? —preguntó con ese aire inocente que solo una damita podía emular.
La miré por unos instantes a sus ojos negros saltones, quería decirle que sí, que estaría a salvo, que todo marcharía bien y que al final regresaría a casa junto a ella y a Esteban. Luego recordé mi actuación en el Ministerio de Magia frente a Voldemort. Sabía que él deseaba volver a encontrarse conmigo, cara a cara. Y, también yo lo hacía.
—Es demasiado tarde para mí —admití muy a mi pesar. Después de todo, no podía mentirle a Elbe. No cuando ella me tendió la mano durante tanto tiempo. Sabía que podía confiar en su silencio.
Me observó triste, se le curvaron las puntas de las orejas ligeramente, pero luego pareció recordar mis motivos para estar aquí y frunció el ceño antes de mirarle a la cara.
—Está bien. ¿Qué debe hacer Elbe por usted? —respondió con una decisión repentina en sus ojos. Y yo me sentí culpable, igual que siempre que le pedía de más.
—Eres un elfo libre, Elbe. Siempre puedes decir que no —dije, como cada vez que abusada de su naturaleza amable y sumisa.
—Elbe nunca diría que no a la señora —respondió bastante decidida.
—Bien, porque tengo un plan y tú me ayudarás con ello.
N/A_N/A_N/A_N/A
Bueno mis amores, creo que una disculpa no será suficiente para redimirme por la larga espera. Por ahora estoy en una etapa de mi vida llena de altas y muchísimas bajas, pero gracias a Dios ahora estoy en una colina cuya vista es hermosa y, este capítulo marca un nuevo comienzo en mi vida personal y no solo es el primero en mucho tiempo, sino que también, en cierto sentido, transmite un poco todas las preocupaciones que me han aquejado durante todo el tiempo que estuve ausente.
Mi vida sigue en un constante subir y bajar, por ahora creo que este será un capítulo que marcara otra espera, espero que no tan larga como al anterior. Solo quiero avisarles eso y que a pesar del tiempo no dejaré de escribir. No puedo hacerlo y no quiero hacerlo, así que solo puedo pedir paciencia para con este señorita tan tardona jajajajaja.
Ya tengo el próximo capítulo en mente así que quizás no tarde tanto como antes, solo debo concentrarme en lo que deseo y sacar un poco de tiempo para ello.
Una vez más gracias por pasar a leer, comentar, votar, compartir y darme sus opiniones. Para mí sus palabras lo son todo, el mejor regalo.
Como siempre se les quiere un montón.
Un millón de abrazos.
P.D: Ya que llegaron hasta acá creo que debo dejarles un aviso sin spoilers, perooooo entre Severus y Sérène, bueno… digamos que la cosa se pondrá peliaguda. Jajajaja.
