Hola mis amores.
¿Qué tal la han pasado?
Primero que todo quiero disculparme por esta larga ausencia, en facebook he posteado el por qué en algunas ocasiones, y, aunque aún no me encuentro del todo bien para escribir, quería que pudieran leer lo que llevo escrito del capítulo XL, no tiene título y aún no está terminado, pero es un pequeño extracto que quiero darles para que tengan una idea de cómo van las cosas en la historia.
Este pequeño extracto lo escribí hace muchísimo, más de año y medio quizás, y ha estado acumulando polvo en mi computador. No me pareció bien seguir manteniéndolo allí así que lo subo para que puedan leerlo y quizás darles un respiro y un gusto, sobre todo a esas amigas que siempre están al pendiente preguntando cuando continuaré. De momento no hay respuesta para ello, pero intentaré hacer lo posible para continuar en cuanto me reponga de este gran cambio que puso mi vida patas arriba y que de momento no se acomoda bien.
Bueno, me despido mis amores. Disfruten mucho y perdónenme la larga ausencia que quizás continúe.
Recuerden: Se les quiere, un montón. Aun cuando esté ausente no les olvido.
Un millón de abrazos :*
XL SIN TÍTULO
Escuchaba el ondear de una capa a la distancia. El dobladillo se arrastraba delicadamente sobre el adoquinado acumulando polvo del suelo, limpiándole después de ser pisoteado incontables veces durante el día. El sonido era distante, totalmente ajeno a mi presencia y, sin embargo, logró que mi corazón palpitara con una añoranza desmedida, embargando cada centímetro de mi pecho, mi estómago y mi vientre; evocando imágenes más que deseadas.
Tomé aire y me arrinconé más en la esquina, levanté la capucha de mi túnica, negra, sin distinciones y la coloqué sobre las espigas naranja que tenía por cabello para tratar de ocultar los llamativos rizos que flotaban en el aire y brillaban cual antorchas en la oscuridad del pasillo.
A cada segundo, el ondeo de la capa se hacía más evidente, más cercano, queriendo hacerse notar en el espacio vacío del corredor, era amenazador; y a medida que el sonido aumentaba los pálpitos de mi corazón lo hacían con él. En algún momento cerré los ojos para no ver cuando una figura alta y oscura se mezclaba, como el agua y los pigmentos, con las sombras del castillo, camuflajeándose entre la negrura del corredor sin problemas como si fuera parte de las sombras que oscurecían la noche; sin embargo, no verle no significaba un impedimento para percibirlo con el resto de mis sentidos sobrenaturales, sobre todo su olor al que mi nariz se acostumbró con asombrosa facilidad, el humo y las hierbas quedaban suspendidas en el aire, burlonas e insistentes, formando una estela que guiaba mis anhelos en su dirección, provocándome recuerdos que ahora parecían pertenecer a otros tiempos, incluso más lejanos que el pasado.
Con los ojos cerrados y el resto de mis sentidos alertas, enfocados en la extensión de su presencia, pude notar que su aura era pesada y densa, ondulaba quedamente como la capa que portaba sobre sus hombros, con un atisbo de melancolía y pesadumbre. Percibía que, si pudiese tocarla, tendría la textura de las roídas y sucias capas de un dementor. Mis deseos de aliviar su pesadez se mezclaron con mi sentido del deber. De pronto, me entró un escalofrío cuando recordé que no era posible acercarme a consolarle aunque lo deseara más que vivir y me quedé allí, inmóvil, escondida entre la oscuridad de una noche sin luna con los ojos apretados, esperando que el sonido ya no fuese perceptible para mis oídos y que su olor fuera barrido por la brisa nocturna que se colaba de vez en cuando por los solitarios pasillos. Necesita el aire limpio, despejado de la estela de su presencia acongojada para controlar mis deseos, ahora oscuros, más prohibidos que nunca.
Unos momentos después, el ondular de su capa y la estela de humo y hierbas se esfumaron, desapareciendo al mismo ritmo que llegaron, dejando el vacío de un episodio que desapareció rápidamente. Entonces supe que era seguro salir de mi escondite.
Me dirigí a paso sigiloso, cuidando la presión que ejercían mis pies sobre el adoquinado, hasta el final del camino, sintiendo mis suelas amoldarse sin problema a la fría roca debajo de ellas hasta toparme con el ave de piedra y su gesto de orgullo perpetuo. Por un instante me recordó a la criatura orgullosa que solía ser.
«Si es que alguna vez lo fuiste»
—Grageas de limón —susurré temerosa de que alguien me escuchara, aunque no existía un alma rodando en esa ala del castillo. El ave comenzó a rotar produciendo un sonido al frotarse piedra con piedra, y con ello aparecieron los primeros escalones invitándome a ascender. Me posicioné en el primero, sin ganas, y dejé que la motricidad marcara mi camino en ascenso, directo a un lugar dónde no deseaba estar. Después de todo, no estaba tan entusiasmada con la repentina reunión a la que fui convocada.
Al detenerse la marcha, el sonido del ascenso se desvaneció y quedó solo el vacío de la noche ocupando su lugar. El sonido del silencio, un leve chirrido molesto que se obliga a permanecer aunque no sea deseado.
Justo frente a mí, la puerta del despacho se encontraba abierta de par en par dejando ver en la extensión de su anchura las maravillas y curiosidades esparcidas por el espacio, cachivaches por doquier, en frascos, baúles, repisas, mesas, estanterías; Me acerqué y adentré en el umbral sintiendo que habían pasado siglos desde la última vez que traspasé este espacio y de pronto me sentí extraña, ajena, encontrándome a mí misma dentro de un deja vú, como si aún sostuviera entre mis dedos el sobre con la carta de Nicolas flamel.
En el interior, Dumbledore me esperaba tras su escritorio, con la espalda ligeramente recostada de su enorme silla, su rostro suave, calmo y, a pesar de la aparente pasividad de sus pensamientos, me recibió con una sonrisa cansada y unos ojos brillantes conocedores del final de su larga jornada. Verlo en ese momento, después de haber estado evitándole durante semanas, aparentemente fuerte, aparentemente frágil me hizo sentir pena por él, por como la llama de un extraordinario mago se apagaría así, sin más, sin gloria que aclamar, sin una historia con un final digno de contar, sin nada.
«Vidas extraordinarias pueden tener una conclusión vaga»—pensé, intentando imaginar cómo será el punto que marcará mi final.
Luego, recordé bajo qué condiciones estaba pautado el punto final de su existencia y la flama de la furia reverberó dentro de mí, sin poder evitarlo, recordándome que el hombre poseedor de aquellos ojos azules, ocultos tras unos lentes de media luna no era tan frágil como su apariencia lo denotaba.
Salí de mi estupor gracias al fuego que se encendió dentro de mi cuerpo y caminé directamente a una de las sillas posicionada distraídamente frente a su escritorio de roble. Me senté frente a él sin dejar de mirarle, sin esperar a que me invitara. Después de todo, él me convocó esta noche. Examiné su semblante amable y controlado, concordaba perfectamente con su aura tranquila. Entre nosotros solo existía el sonido de los cachivaches viejos entonando una melodía asimétrica, poco rítmica, parecía llenar el espacio con algo más que miradas diferidas. Le examiné a consciencia, buscando algún indicio de sus intenciones y él sabía aquello. Sin embargo, su aura no era más que una pequeña laguna poco profunda, con poca actividad, danzaba ligeramente casi perezosa, mostrándose clara. No había nada que encontrar más lo que tenía en frente.
—¿Quería verme, profesor Dumbledore? —pregunté con el toque exacto de sarcasmo. No podía evitar hacerlo. No después de lo de Snape.
—Sí, por supuesto, Sérène. Desearía hablar contigo algunos asuntos pendientes—. Su mirada azulada dejó de ser calmada y de pronto me penetró con una insistencia casi suplicante, transmitiéndome un mensaje entre líneas.
Entrecerré los ojos.
—¿Poniendo todo en orden?—interrogué con un tono funerario. El colofón de su vida se acercaba con prisa, inexorable, ansioso por consumir su alma, y no tenía duda que Dumbledore dejaría una tarea para todos, una incluso para mí. Era su naturaleza, el rey en el tablero.
—Podría decirse, sí —dijo en tono pausado, sin dejar de penetrarme con sus orbes resignadas.
Por un instante nadie dijo nada, nos quedamos sumidos en la melodía absurda que provenían de todos los objetos curiosos e inusuales que Dumbledore coleccionaba. Era como estar en medio de un basurero con valor incalculable. De repente, mis ojos dorados se desviaron sobre el hombro derecho de Dumbledore y pude ver que Fawkes, el maravilloso espécimen de fénix había desaparecido. Aquello me inquietó a sobremanera. ¿Dónde se encontraba el ave que jamás abandonaba su lado?
Volví mi vista hacia él para preguntarle por el fénix y le vi con los ojos clavados lejos de mi figura, sumergidos en un recuerdo, sus orbes se concentraban en algún punto cercano a mi hombro derecho. Le clavé la mirada insistente, pero el parecía no notarlo, ajeno a mi mirada oscura. Su ceño se frunció ligeramente, haciendo que las arrugas de su frente se profundizaran y un ligero pero repentino cambio en su aura hicieron que me virara en la misma dirección que sus ojos no podían abandonar. Al ladear mi cabeza a la derecha, supe entonces que hipnotizaba su sentido de la vista: una mesita de madera de tres patas. Sobre ella estaba el objeto que en aquel momento había captado su atención por entero.
«El chivatoscopio»
Reposaba sereno sobre la pulida madera ecuánime, inocente, sin alterarse, ignorante y ajeno de todas las batallas que estaban por librarse y de todas las vidas que corrían peligro a su alrededor. Un simple objeto.
—Parece tan lejano aquel momento —dijo de repente sin moverse. Yo tampoco lo hice. Ninguno de los dos apartó su vista del pequeño objeto, insignificante en tamaño y utilidad; sin embargo, el pequeño diámetro de su tamaño estaba impregnado de un recuerdo muy específico.
Un recuerdo que ambos evocamos, estaba segura, con perfecta precisión.
—Recuerdo perfectamente cuando entraste por primera vez en esta oficina, Sérène —prosiguió con voz suave, salpicada de la nostalgia que traía consigo un recuerdo lejano—. Estaba ansioso por conocer a la criatura que había hipnotizado de aquella manera a mi querido amigo, Nicolas flamel. En cuanto entraste, tu cuerpo pequeño y tu piel delicada y pálida me mostraban a un ser frágil e indefenso. Recuerdo pensar que necesitabas protección y que quizás Nicolas te había enviado a Hogwarts por ese motivo. Entonces, al mirar tus ojos dorados, vi en ellos una fuerza descomunal que nunca vi ninguna otra persona—. En ese momento su rostro se viró en mi dirección, percibí el movimiento con la esquina del ojo y le imité. Quedamos frente a frente. Pude ver que ahora el azul de sus ojos tenía una tonalidad más sombría, y su semblante, antes sereno, era más serio.
Quedamos enganchados en la mirada del otro, celeste y dorado
—Había, aún existe, un salvajismo desmedido, una pasión que se quema allí dentro, tu mirada quemaba con fuerza un sentimiento, una decisión. Debo admitir que me sorprendiste, tal… demostración de actitud despertó mi curiosidad.
Hubo una pausa en la que ambos saboreamos el momento de mi llegada hace casi dos años. Yo también recordaba vívidamente aquella escena, en cuanto los cachivaches ruidosos me recibieron junto a un curioso Director y un desconfiado Severus Snape, como sostenía la carta entre mis manos, como sus ojos destellaron ante mi encuentro y como Snape sospechó de mí desde el principio., y me di cuenta que ambos mirábamos la escena con diferentes caras del mismo cristal.
Dumbledore parpadeó. Su ceño ya no estaba fruncido, su rostro ahora era ilegible aunque su aura fuera otro tema. En un elegante movimiento se levantó de su lugar, se alejó de la silla y de su escritorio a paso lento, con sus manos entrelazadas en la espalda, sobre su túnica azul pálido.
—Siempre fui débil ante aquello que despertaba mi interés —confesó, sonriendo de lado y un brillo melancólico se asomó entre las profundidades de sus orbes.
En ese momento estaba confundida. «¿Por qué me contaba aquello? ¿Acaso no podía lidiar con el infortunio de su presente y por ello rememoraba el pasado? ¿Para esto envió por mí?»
No contesté. Le permití perderse entre sus pensamientos, turbios y revueltos, indefinidos, lo sabía por como su aura danzaba un poco más inquieta que antes y por como su mirada se volvía oscura. El silencio se prolongó entre nosotros, extendiéndose, desenrollándose como una alfombra persa sobre un suelo extenso. Sus labios parecían no querer despegarse el uno del otro, incapaces de perder el contacto y proferir vocablo alguno.
Entonces, no pude soportarlo más.
— No lo comprendo, Albus —dije en tono impertinente mientras me levantaba de mi lugar. De pronto permanecer estática comenzaba a ser molesto—. Sabes que me gusta la charla directa, dime de una vez por qué tanto preludio.
Dumbledore posicionó su figura frente a mí, era más alto que yo y su porte en ese instante pudiera haber sido intimidante… si sus ojos no dejaran ver con tanta claridad el agua oscura en la cual se ahogaban sus penas.
—Porque disculparme es lo correcto, Sérène —dijo finalmente, con semblante decaído.
—¿Disculparte? ¿No hablamos de esto antes? —pregunté perdiendo la paciencia.
—Lo hicimos, sí. Pero, me temo, que no fui muy claro con mi disculpa.
Fruncí el ceño y dejé que todo el peso de mis orbes, ahora negras, cayera sobre el absurdo pensamiento que cruzaba su mente.
—No me hagas perder el tiempo, Dumbledore—. Y sonó más demandante de lo que pretendía.
Albus apartó la vista y comenzó a caminar alrededor del despacho, arrastrando con él su túnica, limpiando la capa de suciedad que cubría el suelo. Verla deslizarse con pereza sobre el pulido piso de piedra me recordó el ondeo de una capa negra que despertaba en mí algo más que un deseo de añoranza.
Descarté el pensamiento.
—No deberías alejarte de Severus —soltó de repente, tomándome por sorpresa.
Levanté mi vista hacia él y no pude evitar que mis ojos se abrieran hasta el límite, fue lo único que le permití mover a mi cuerpo. Mi respiración se tornó pesada, me costaba mantenerla al ritmo y un latigazo de calor se extendió desde la punta de mis pies hasta mi nuca. Mi corazón aleteaba como un colibrí en pleno vuelo y las motas oscuras de mis ojos consumieron por completo el dorado que luchaba por mantenerse a la vista.
Él lo sabía, y yo sabía que él lo sabía. Sin embargo, Dumbledore nunca se atrevió a ser explícito, a proferir un vocablo que hiciera real sus sospechas, hasta ahora.
Tomé aire por la nariz, inundando mis pulmones de algo más que una brea de pesadumbre y proferí en voz alta las palabras que he estado repitiendo como un mantra durante las últimas semanas:
—Eso no será posible —le aseguré, conocedora de que mi frágil convicción era una tela tan delgada que Albus podía ver a través de ella con demasiada claridad, demasiada para mi gusto.
Dumbledore no dijo nada, solo penetró el azul profundo de sus orbes llenas de sabiduría en el ónix opaco de mis ojos.
—Cuéntale todo, Serene. Severus merece saber la verdad, merece conocer a la mujer que, por primera vez en años, se permite amar con tanta intensidad
