Nota de Autora: Tralalalalala. ¡Capítulo 26! Esto parece un anime (?)
Capítulo 26: Ironía
El incesante sonido del reloj hacía ecos en la pequeña sala de estar colindante a la cocina del desgastado apartamento. En la redonda mesa tan solo se encontraban un par de galletas de arroz, sus migajas esparcidas alrededor del plato como copos de nieve. Siendo la hora que es el calor del interminable otoño no parecía tener fin inclusive por las noches. Como si una depresiva y melancólica sinfonía se apoderase del lugar, Miyako Inoue tan solo se dedicaba a suspirar. Una vez más, saboreó la mezcla de dulce con salado del aperitivo mientras meditaba si había sido, realmente, una buena idea contarle a su mejor amiga la verdad antes de que fuese a la fiesta que decidiría su futuro. Jugando de manera delicada con su cabello lavanda, no dejaba de imaginar a la vez ese día en el que Daisuke se enfrentó a Ken en el lugar que se encuentra. Con tan solo verlos presentía que nada bueno resultaría de aquella discusión sin sentido.
Qué iba a saber yo que no era tan absurda como pensé.
Recordando, poco a poco se fue sumiendo en un viaje a través del tiempo en lo más profundo de sus memorias. Al poco tiempo de instalarse en su pequeño hogar gracias a sus padres, Ken decidió pasar a saludarla, ella llena de felicidad por el gesto. Su relación se había mantenido estable esos últimos años cosa que le provocaba inmenso regocijo. Con tan solo tenerlo cerca, sentía que podía hacer lo imposible posible, entrar a la misma Universidad, a aquella que se encuentra a la altura de la persona a quien más ama. Aún indecisa de qué carrera escoger, prefirió dejárselo al destino, confiando que cuando cursase los estudios generales una luz iluminara su camino, guiándola hacia aquello que le nazca del corazón. Poco sabía que él había ido para tener una seria charla con ella. Al poco tiempo, la persona a quien más ama en el mundo parecía decaída, siempre jugando con su mano en un bolsillo como si fuese una especie de terapia para relajar el humor. Sin prestarle importancia le cedió un asiento. Empezó a hablar sobre su primer día en la academia, la impresión que le dejaron sus profesores y las advertencias para el examen de ingreso a la Universidad. Sus inseguridades por ser una de las menores tras haber logrado saltearse un año de escuela pero a la vez la confianza que aquello le daba. Charlando como siempre, no se percataba de la sonrisa fingida de Ken, quien tampoco dejaba de jugar, todavía con su bolsillo, dándole vueltas al objeto. Al tomar noción del tiempo, se disculpó por su eterno hablar para preguntarle su día. Por algún motivo, él no lucía del todo bien. Se percató de la palidez en su rostro y la manera que evadía su mirada. Poco a poco logró soltar un par de palabras, contándole sobre el grupo de chicas que le habían tocado como compañeras para un trabajo final y como siempre le preguntaban por ella. Miyako se sonrojó halagada, desapareciendo los celos que surgieron al escuchar que era el único hombre del grupo. Al pasar los minutos, empezaron a hablar más pero, a la vez, el movimiento en su bolsillo incrementaba. Sin poder soportarlo más, Ken corta a Miyako por un instante, para lanzar la pregunta que dio inicio a la inestabilidad de su relación.
¿Me quieres por quién soy? ¿O me quieres por la imagen que cargo? Esas preguntas que hasta ahora no he podido darle respuesta al no comprender su significado. Amo a Ken, es la persona a quien más amo en este mundo y aun así no pude contestarle, ¿por qué? ¿Por qué me atormenta tanto el hecho de no decir nada? Ese día que Ken fue a recogerme a la academia con esas chicas quería decirme algo importante pero hasta ahora no he sido capaz de retomar el tema, ¿acaso tiene algo que ver con esas preguntas? O quizás… quizás no sea algo bueno que desee escuchar.
Su D-Terminal empezó a sonar, cosa que nunca esperó. Tras tenerlo a la mano, no creyó ver ese nombre una vez más. Ignorando el hecho que se escribían de vez en cuando, era inusual que mandase un mensaje a esta hora por más de la diferencia horaria, inclusive que contuviera el símbolo rojo de exclamación, siendo algo muy importante.
¿Iori…?
El sonido de llaves en la puerta interrumpió su tren de pensamiento. Como nunca, aquél muchacho de cabello azabache, oscuro como una noche brillante por estrellas, había acudido a verla antes de las doce de la madrugada, cosa que jamás había hecho. El corazón de Miyako no sabía si saltar de felicidad o temor. Tras estar juntos tantos años, ella decidió cederle una copia al creer que había una posibilidad de un futuro juntos para acostumbrarse. Sin embargo, su pequeña fantasía, su mundo ideal, se rompía a segundo a segundo tal y como la galleta que sostenía en la mano.
—Ken, que sorpresa—dice de manera nerviosa, soltando finalmente su cabello y acomodándose en el cojín en el que se encontraba sentada de rodillas—Nunca has venido tan tarde de visita, ¿sucedió algo?
El rostro de Ken Ichijouji se tornó tenso. En su mente, la imagen de la cama vacía de su mejor amigo en el hospital no desaparecía. Dudaba si contarle a ella la verdad pero por algún motivo sentía que no debía. Pensaba y pensaba la razón, todo el camino lo hizo. Su verdadero objetivo era regresar a casa, darle una disculpa a sus padres por llegar tarde, especialmente a su madre, cenar, e intentar dormir para salir de esta pesadilla, mas aquello no dio resultado alguno ya que terminó varado en la puerta de aquél apartamento que, en el fondo de su corazón, quiere llamar hogar en el futuro.
—Lamento la intromisión—se disculpa mientras se retiraba los zapatos y acomodaba su chaqueta color oliva en el perchero para acomodarse su blanca camisa—Pensé que seguirías en casa de Hikari.
—Tal cual se fue también lo hice yo, no tenía razón para quedarme ahí— sonríe extrañada por la incomodidad del momento—No tengo nada para ofrecerte de cenar, tan solo hay estas galletas.
Mientras se acomodaba en un cojín extra, al frente de la muchacha, Ken observa el paquete que yacía casi entero ante sus ojos. Parpadea un poco para luego hundirse en sus brillantes ojos.
—Estas viviendo sola, tienes que alimentarte bien.
Apenada, desvía su mirada para dar bajo la mesa y percatarse que él jugaba una vez más con algo en su bolsillo. Suspirando, la muchacha opta por mentir.
—No he tenido tiempo de ir a comprar. Ah, pero no quisiera molestar a mis padres pidiéndoles que me traigan cosas y menos a mis hermanos.
—No te he dicho nada sobre eso—dice sorprendido Ken—¿Por qué no aceptas la oferta de mi mamá? Siempre me pregunta cuándo vas a pasar a almorzar o inclusive un lonche.
—No quisiera molestar…—menciona sin mirarlo.
—Me estás mintiendo, Miyako—se atreve a decir echando un largo suspiro sin dejar de jugar en su bolsillo. Esta vez, la velocidad aumentó—Si no me quieres decir, está bien.
Tengo miedo de decirle la verdad. Tengo mucho miedo. Quizás solo estoy sobre pensando las cosas luego de esa charla sobre inocencia en la habitación de Kari.
—No es eso, es solo que...—la muchacha se vio interrumpida.
—Todo está bien. No me molesta, después de todo, no eres la única—una vez que esas palabras salieron de sus labios, Miyako no pudo contenerse más e ignoró el comentario.
¡No esto no está bien! Se supone que no nos guardamos secretos. Si quiero romper esto, tengo que ser la primera.
—No estoy teniendo mucha hambre. Tan solo… me dedico a comer estas cosas y, siendo sincera, tampoco me las acabo.
—¿Por qué no me dijiste eso desde un inicio? No hay razón para ocultarlo. Debes cuidar tus hábitos alimenticios ahora que vives sola—el movimiento en el bolsillo disminuyó al igual que la tensión en su voz—Ahora supongo que es mi turno.
—No… no te entiendo—retrocede un poco ella, acomodándose una vez más.
—Fuiste honesta conmigo, no sería justo—admite él, ahora incrementando la velocidad en el movimiento—Miyako… yo, hay algo que te quiero decir desde hace muchos meses atrás y espero una respuesta.
Oh no… debe tratarse sobre eso. Todavía no tengo que decirle, ¡no sé qué decirle!
—Ken… no creo estar lista. Creo que no soy la indicada para darte la respuesta que buscas—suelta como un murmullo mientras apoya una mano en su pecho—Quizás soy la persona equivocada.
¿Pero qué cosas estoy diciendo? ¡Esto no es lo que quiero decir! ¿¡Por qué!?
—Entiendo…—el movimiento disminuyó para que finalmente sacara su mano del bolsillo para juntarla con la otra sobre la mesa—No creí que fuese así.
—Dudo que me vaya a gustar lo que vas a decir a continuación… así que creo que lo mejor sería dejarlo ahí—Miyako no dejaba de decir palabras con doble sentido, sin ella misma entender su significado—Por no poder responder bien ese día a esas preguntas, tan solo he ido plantando inseguridades así que sabía que llegaría este final.
Dios mío… ¿por qué? ¿Por qué estoy haciendo esto? ¡No quiero! ¿O acaso en mi corazón… acaso mi corazón siente que estas iban a ser las palabras de Ken? ¿Estaré formando un escudo para evitar escuchar lo mismo provenir de él?
—De acuerdo…—sin dudarlo un instante, Ken se levanta tras dejar su copia de llaves en la mesa—Supongo que… eso es todo.
El silencio fue su única respuesta. Miyako se mordía los labios para evitar llorar frente a él. El flequillo cubría su rostro, sus caras cubiertas por las sombras que ambos se proyectaban. Sin ni un intercambio más, Ken camina hacia la puerta no sin antes volver a jugar con su bolsillo mientras se colocaba la chaqueta. El silencio que dejó en el lugar tan solo hacía crecer sus propios demonios en su corazón. Tras cerrar la puerta, se apoyó en ella, no sin antes apretar sus nudillos y hacer un gesto mientras presionaba los dientes. Quería huir, salir corriendo, pero algo lo mantenía pegado a ese lugar, como si quisiese oír el delicado llanto de Miyako. Pensando, apretó el objeto que llevaba en el bolsillo una vez más.
¿Por qué no dije nada? ¡Esto no debía suceder! ¿Por qué? Si alguna vez esto sucedía no quería hacerla llorar, ¿qué es lo que he hecho? ¿Por qué tuve que lanzarle esa pregunta? ¡Todo por culpa de Tokino! Dejo que manipule la oscuridad… que hay en mi corazón. Dijo que si no se hace algo pronto podía afectar a mi persona especial… no creí que sucedería tan pronto.
—¿Por qué tiene que pasar esto?—suelta con un pequeño sollozo, tragándose las lágrimas tras su error. Finalmente, logra sacar el objeto redondo que llevaba en manos hace más de tres meses atrás, algo para lo que ahorró y ahorró, algo que creyó que sería la unión de los sentimientos de él hacia ella, algo que pudiese apaciguar las dudas que yacían en su mente por su culpa, algo que le debió haber entregado ese día en que Tk le envió el mensaje del coma de Daisuke. Mientras miraba el delicado anillo de plata entre sus dedos, lo apretó con gran fuerza con furia contenida—¡Yo no quería esto!
—Sé que es muy pronto, somos unos niños todavía pero yo… yo quería un futuro con ella, si eso la hacía sentir segura… ¡maldita sea, Tokino!—levantando el puño, fue solo cuestión de segundos para que el anillo de compromiso se resbalara de sus manos, cayendo entre las rejas hacia un oscuro vacío—No… no… no…
Corriendo, bajó las escaleras lo más rápido que pudo, saltando escalones, para buscar el objeto. Desesperado, se lanzó hacia un pequeño charco creado por las pocas lluvias que estaban sucediendo en el inusual año para darse cuenta que un drenaje abierto daba justo bajo aquellas rejas. Maldiciendo, el llanto que provenía de sus ojos era una mezcla de millares de sentimientos encontrados.
Mientras tanto, Miyako se encontraba en la misma posición, sollozando de manera débil sin creer lo sucedido, para desplomarse en el suelo de la sala debido a la tristeza. Coloca ambas manos sobre su vientre luego de quitarse sus redondas gafas.
—No me atreví a decirle la verdad... ¿qué voy a hacer ahora? Fui yo quien… acaba de romper con él. De terminar una relación de casi más de cuatro años… ¡¿Por qué justo ahora!?
Cada uno, encerrado en su propia miseria, no se percataba de la pequeña vida que formaban bajo aquél antifaz de dolor lleno de desesperanza.
Residencia Hinanawi
Tras escuchar un fuerte sonido del cuarto colindante, como un chasquido entre sus sueños, Mihara se levanta de manera estrepitosa de su cama, saltando en el proceso. Su rojo pijama largo se encontraba envuelto entre las sábanas y el edredón. Sus pies luchaban para salir del enredo para liberarse, lo cual causó que cayera de la cama dejando un fuerte sonido por detrás. Tras quejarse de la caída, se soba su corto cabello, arreglando solo aquél especio que lleva delante que es largo, hecho simplemente para poder sentir las manos de su hermana cada mañana llenas de amor al hacerle sus trenzas favoritas. Una sensación de preocupación invadió su corazón, temiendo lo peor. Buscó alrededor de su habitación en pánico alguna señal sin resultado alguno para terminar suspirando.
—Es de esperarse… hace años que no aparece… el Digimon.
Sacude su rostro para levantarse. Golpeando ligeramente sus mejillas al estar de pie, sale rápidamente de su habitación para llegar a la puerta de la de su hermana y tocar ligeramente. Aquella puerta de caoba se le hizo gigante, casi como un titán que en cualquier instante se la tragaría.
Debo de dejar de ver ese tipo de cosas.
Una vez más decide tocar la puerta, tentada a lanzar una pregunta absurda sobre una película que iba sobre hacer un muñeco de nieve y así quizás molestar a su querida hermana mayor, Fūka. Una vez más, sus nudillos dan contra la madera mientras pregunta de manera tímida.
—¿Fū-nee? ¿Te encuentras bien?
El silencio fue su respuesta. Infla sus cachetes para así pasar por alto la sensación que la atormentaba.
—¡Hermana! Si no sales de ahí me comeré tu pudín favorito.
Ni una queja salió del otro lado. La sensación de muerte corría por sus venas, la oscuridad que se apoderaba de su corazón no dejaba brillar la luz de su pura inocencia. Sin dudarlo dos veces, intentó girar la perilla para darse con la sorpresa que se encontraba sin pestillo. Extrañada, no pudo más con su curiosidad. Tras empujar aquél objeto que la separaba de la verdad, cayó contra el suelo una vez más tras resbalarse con algo peculiar. Tras sentir la madera entre sus dedos, los deslizó para hallar al culpable del asunto, una fotografía. Sin embargo, ante sus ojos, no era una simple foto cualquiera, sino una que guardaba muchos recuerdos para su hermana e inclusive para ella. Al tener la imagen de una joven Fūka, ver a su peor pesadilla, Tokiko, y a su hermano Akira, Mihara no es llamada niña genio por gusto, ya que empezó a relacionar los eventos tras sus ojos dar con aquella daga que se le fue regalada a su hermana mayor a los once por aquella chica que tanto odia de cabello verde agua. Tras seguir el rastro, observó que el objeto se encontraba con un tono casi escarlata por las puntas. Su piel se erizó para buscar de manera frenética con sus ojos algún indicio de su hermana. Tambaleándose, logró ponerse de pie.
—No… Fū-nee…—un nudo se formó en su garganta mientras caminaba en la espaciosa habitación—Todo por Toki-nee… Aki-nii… ¡Hermana!
Una vez más, su rostro dio con el frío suelo tras resbalarse. Queriendo maldecir, cosa que nunca hace, se detiene en seco al percatarse que era un objeto de metal. Debido a la oscuridad, al tenerlo cerca, no era capaz de divisar su color cabello. Dudando, acerca su mano para que al estar sobre el objeto, este empezara a brillar, revelando ser metálico con toques de un color que lo hacían brillar tal y como una amatista, su piedra preciosa favorita.
—No tengo tiempo para ponerme a pensar que es esto—pero antes de tirar el objeto, la luz que irradiaba hizo que diera con el culpable de su caída: cabello.
Se podría decir que pedazos de cabello, al ser millones, se encontraban esparcidos en la habitación. Tras sentir la textura entre sus dedos, levanta la mirada y sentir como su pelo almendra se mecía con una ligera ventisca, haciendo volar el que sujetaba en mano. El destino la guiaba hacia la ventana, un rastro de cabellos la guiaba hacia ese lugar. Al estar en el primer piso y ser más que un apartamento una especie de flat, parecía una casa espaciosa. Colindante a la habitación de Fūka se hallaba el parque vecino.
Se ha ido de casa. Fū-nee, ¿qué hiciste aquí? Tengo que encontrarte, y rápido… espero no sea demasiado tarde…
Sin importarle su atuendo y apariencia, Mihara se encontraba lista para salir todavía con el objeto en mano que no dejaba de brillar. Sin pensar en ponerse zapatillas, tan solo acude a las pantuflas más cercanas. Una vez más su respiración fue cortada tras abrir la puerta al exterior. Una figura se encontraba ahí al lado de una maleta, una que no creyó ver jamás. Sus ojos miel brillaban sin creer el cuerpo que tenía al frente, solo para escuchar lo siguiente.
—Vaya, está muy ordenado y limpio. No creí verlo de esta manera. Te debes haber esforzado mucho, ¿no Mihara? Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que te vi. Haz crecido bastante, ¿sabías?
N-No… puede ser…
—¿Aki-nii…?
El Digivice dejó de brillar traes caer entre ellos dos.
Fiesta
Corría y corría. Ignoraba el dolor en mis talones, el terrible palpitar de mi corazón tanto por el evento y la adrenalina. Ojos, todos fijos en mí, sentía como clavaban sus miradas en mi patético ser hundido en la temible desesperanza que tanto temo. Para algunos debe ser un deleite viendo a la más despreciada del año huir del salón principal. El cotilleo, los murmullos, los rumores, sonrisas llenas de placer invadían mi camino. El fluir de mis lágrimas eran cargadas por la ráfaga que se creaba al seguir escapando del lugar que trae tanto dicha como desdicha. Deben creer que Takeru Takaishi lo hizo de nuevo, que volvió a sus andanzas contra Hikari, que las cosas volvieron a ser como eran antes, volver a su estado natural. Era como si su deseo se hubiese cumplido antes de tiempo e ignorado mi más preciada oración. Sin percatarme, me escondí tras uno de los pilares del comedor, para terminar agachándome, dejando de lado las apariencias, y cubrirme la cabeza, mis oídos, del bullicio. Grité desde lo más profundo de mi ser, para ver si de esa manera olvidaba aquellas memorias que acabábamos de formar esta noche. Las lágrimas no dejaban de fluir en mi rostro. Me debo ver patética, sumamente patética. Sollozos y más sollozos escapaban, siendo lo único que podía hacer.
—Hermano… Daisuke… quiero irme de aquí… Daisuke, te necesito…
Repetía innumerables veces, como una especie de mantra hecho para evadir la realidad que me envolvía. En cierto rincón de mi alma imploraba que Tk me siguiera, que negara todo, que sus últimas palabras no solo fueran que lo esperara en la cúpula. Sigo sin entender mi reacción. En estos momentos no puedo pensar de manera racional, se me hace imposible al tener una mezcla híbrida de sentimientos queriendo salir, con ganas de vomitar la ansiedad que carcome mi cuerpo. Empecé a temblar, incapaz de controlar el temor que crecía. Si no me logro tranquilizar es muy probable que el Mar Oscuro venga por mí. Tengo que detenerme. No puedo caer aquí. No puedo defraudar a Daisuke.
Pero si me dejo llevar… quizás vea a Daisuke. Daisuke está en ese otro mundo. Puedo ir por él, estar con él. Huir de todos mis problemas y alcanzar felicidad.
—¿Acaso eso es la felicidad?—murmuré para mí—Quiero despertar de esta pesadilla, ¡no lo soporto más!
—¿Qué es lo que no soportas más?—la voz de una chica se hizo paso en el comedor. No levanté la mirada, incapaz de enfrentar a otro ser viviente con mi patética existencia. Parecía estar con la boca llena e inclusive se atrevió a preguntar de nuevo—Vamos, dime, ¿Qué es lo que no soportas más?—
—¡Oye, Mai! Sé más delicada, ¿acaso no ves cómo se encuentra Hikari?—una más apareció, casi idéntica a la otra.
—Quizás tiene hambre y se acabó la comida del salón… eso creo.
—Solo tú piensas en comer en estos momentos….
—Pero si se acaba la comida sería el fin del mundo por como lo conocemos, Ai ¡bang!
—Tan solo…ya, olvídalo. No tiene caso.
La segunda persona que apareció reveló su identidad como Ai Kanzaki, una de las seguidoras más fieles de Hibiki. Por algún motivo se encontraban en este lugar, al parecer para saciar el hambre de su gemela quien se hallaba con un plato lleno de pavo con un par de dulces. Extrañada, Ai me vuelve a mirar con aquellos ojos ambarinos que carga, junto con su cabello azul atado en dos pequeñas colas, haciendo relucir su vestido negro.
—¿Te encuentras bien, Hikari?
Con tan solo sentir el calor de su mano reposar en mi mejilla, volví a estallar en un llanto, ahora con mis manos sobándome los ojos, tal y como una indefensa niña haciendo una pataleta por querer que le compren su juguete favorito. Ai me da un abrazo, yo sin comprender su significado. Todos deberían estarme odiando, Tk lo hizo de nuevo, le dio su merecido a la más despreciada, por creer en vacías palabras al creer que su relación había cambiado.
No dejo de dudar en él, siempre he dudado de él, ¿por qué lo dejé de hacer? Debería dudar por siempre de cada una de sus intenciones.
—No creer en todo lo que dice…
—¿Dijiste algo, Hikari— pude sentir la respiración de Ai entrar por mi oreja, causando que intentara separarme de ella—Te ves muy mal…
—N-No es nada…—salía agua de mi nariz debido al incesante lloriqueo mientras intentaba poner una faceta valiente, queriendo imitar a mi hermano pero fallando en el proceso.
—Tranquila… si no te molesta, podemos escucharte. No tengo idea de que haya pasado pero a veces hablar ayuda a solucionar las cosas.
—Y comer… eso creo—agrega Mai, causando que yo logre soltar una débil risa.
—Mai…—suspirando, me sostiene las manos—No tienes que contarnos absolutamente todo pero, repito… a veces hablar soluciona las cosas, por más insignificante que parezca.
—Ai…—di un largo respiro para levantar mi rostro, intentar recomponerme—Lo que sucede es que… estoy dudando sobre los sentimientos de una persona. Quiero creer en esos sentimientos pero… me siento fatal por el simple hecho de dudar en vez de creer.
—Hikari…—una vez más, me dio un fuerte abrazo mientras sobaba por detrás mi cabello—Dudar no tiene nada de malo, es algo humano. No te sientas mal por algo así…
—No confío en él… pero aun así quiero creer en él—la voz de Mai nos agarró desprevenidas, mientras colocaba de manera lenta un poco de salsa en el pavo que llevaba en el plato—Creer yace en el corazón de ese conflicto. Creer sin dudar… es tan solo un mentira.
—Mai, solo te lo pediré una vez… piensa antes de decir las cosas. Hikari anda muy mal aquí y...—sin notarlo, ya me había puesto de pie, dejando las intenciones de Ai de lado, mientras miraba a su copia exacta, salvo que ella llevaba puesto un vestido color champaña.
—No confío en él pero aun así quiero creer en él… creer sin dudar es tan solo una mentira…—empecé a repetir, analizando sus palabras.
Mai tiene razón. Es muy perceptiva para darse cuenta de quién hablo. No confío en Tk pero aun así deseo creer en sus palabras, en lo que me dice. Quiero creer en esa promesa, ese conflicto que ambos cargamos. Si ese conflicto que tenemos es el origen de todo esto, entonces me he estado mintiendo todo este tiempo al dudar en vez de creer. Debo creer en Tk una vez más. Debo creer que él no haría esto para lastimarme. Si dudo de sus intenciones puedo notar mi creciente anhelo de creer, ¿qué es lo que he hecho? ¡Tengo que ir a disculparme, a arreglar todo esto! Se supone que para esto vine.
Aparentemente, Mai notó mi cambio de actitud al darme una sonrisa llena de despreocupación mientras que su gemela andaba confundida por los hechos. Antes de que pudiera darle las gracias, unas palabras salieron de ella.
—Ve por él, todavía estás a tiempo… o eso es lo que creo.
Lo único que hice fue asentir. Dejando atrás a una confundida Ai, una vez más agarré velocidad. Volviendo a pasar por los mismos pasadizos, por las mismas voces, esta vez miraba todo desde otra perspectiva, sentía que había comprendido la pieza final de este rompecabezas.
Ese día en el Mar Oscuro, Tk dijo lo mismo. Que había encontrado la pieza final del rompecabezas… ¿acaso se dio cuenta también?
Dejando esos pensamientos en el viento, ignorando el sonido de mis tacos haciendo eco alrededor del glamoroso estilo rococó, me sumía al rítmico latir de mi corazón. Me sentía invencible, que podía hacer lo que sea, inclusive volar si lo deseara. Por algún motivo empecé a sonreír, inclusive a reír de alegría. Las cadenas que ataban mi corazón habían sido liberadas, mis dudas desaparecían como una simple bruma al llegar la noche. Finalmente había tomado noción de todo. La persona que es más importante para mí, la persona en quien más quiero creer, todo está claro ahora. Siento como mi luz ha vuelto a brillar, iluminando el camino que debo de seguir. Este conflicto está a punto de terminar, lo puedo sentir. Algo nuevo está por empezar, algo nacerá, es el inicio de un nuevo futuro para todos y seré yo quien lo empiece.
Cuando tomé noción de mis alrededores había llegado al mágico jardín de la mansión de los Hagiwara. Mientras buscaba a Anzu había dado con este lugar y no tuve suficiente tiempo para apreciarlo. Di un gran respiro, sintiendo el olor de todas las flores ingresar a mi cuerpo. Me adentré al laberinto que yacía al fondo del lugar. Al final se podía observar la famosa cúpula. Ignorando a las parejas que se encontraban en pleno éxtasis de su amor, recorría el sitio, sintiendo con las yemas de mis dedos las hojas y pétalos. Empecé a reír en voz alta por el simple hecho de pensar que una vez que saliera de aquí podría rehacer mi vida. Tantas cosas que decir, tantas cosas qué hacer. A lo lejos, el reloj indicaba que faltaban pocos minutos para las doce. Si no me apresuraba es muy probable que la magia del momento se acabase, aquella magia en la que dejé de creer y volvió gracias a las palabras de Mai. Respirando de manera agitada, jugaba con las paredes florales sin disminuir la velocidad, como si fuese un juego de niños. Las cadenas que me ataban a aquél acto de pretender se rompían hoy, una vez más iba a volver a ser yo misma. Mi cuerpo extrañaba esta sensación de libertad, como si mi alma original hubiese vuelto. Este sentir es tan especial para ser llamado tanto amor y felicidad. Bello e inocente final que me espera. Con tan solo ver la salida, mis ojos brillaban con anticipación.
A tan solo pocos metros de la cúpula, tras salir del laberinto, me detuve para recuperar mi aliento. ME agaché, sujetando mis rodillas para luego acomodar mi corto cabello castaño claro. El lugar prometido se encontraba iluminado, un perfecto lugar designado para un perfecto final. Todo se me hace tan claro ahora, el mundo parece sonreírme de otra manera. Estoy tan cerca de recuperar ese tiempo perdido y crear nuevos. Preparada para este final. Emprendí mi camino, esta vez sin temblar, tan solo conteniendo el latir de mi corazón que retumbaba en mi interior. Paré por un instante a mitad de camino, un arbusto de lirios separándome del objetivo. Mis ojos dieron con una silueta, una silueta que antes me trajo dolor y ahora, esperanza. Tk se hallaba nervioso, mirando de un lugar a otros, sus ojos celestes llenos de expectativas, esperando a ver si decidía aparecer. Si no iba hubiese destrozado la poca credibilidad que tiene sobre mí. Esto es lo que quise todo este tiempo, esta oportunidad. Ella también debió haberse dado cuenta, tomado noción de aquello que tomé existencia hace unos minutos en el comedor. Creer sin dudar es una mentira. Si uno no cree no puedo dudar y si uno no duda no puede creer.
—Gracias—me atreví a decir, cerrando los ojos, preparándome para el momento de la verdad—Gracias, Fū…ka.
Cuando abrí mis ojos, este sueño se tornó en algo cruel. En una obra negra, llena de miseria. Seguía atónita sin creer lo que veía. Una silueta femenina que conocía perfectamente bien había aparecido frente a Tk. Algo lucía diferente en ella. No se encontraba en un vestido, menos arreglada. El cabello que siempre relucía por su longitud ahora se encontraba casi un poco pasando sus orejas. Una mirada vacía, perdida, llena de desesperanza que florecía en su inestable andar. No comprendía que estaba sucediendo, las imágenes pasaron de manera rápida. Con tan solo ver cómo se le acercaba no podía evitar retroceder, cada paso adelante yo retrocedía. Sentía cómo mis tacones se hundían en la tierra, atemorizada por la verdad que era desvelada ante mis ojos. Él no parecía moverse, inclusive me pongo a pensar que ya lo anticipaba, como si eso hubiese estado planeado desde un inicio.
Como si me hubiese invitado a la cúpula para hacerme presenciar esto.
Cuando sus labios dieron con los suyos, sentí como perdía el equilibrio. Ambos cayeron rendidos por la pasión, el énfasis que ella le colocaba a aquél beso, también lo hice yo. Perdiendo las fuerzas que tenía instantes atrás, empecé a recorrer mi rostro sin creer lo que acaba de presenciar. Podía sentir una fría ráfaga, quizás mi corazón se había detenido. Congelada en el tiempo, así me encuentro. Incapaz de enfrentar la realidad que tengo al frente. Una vez más caí en su trampa, siempre jugando conmigo como un barato títere en su obra, siendo manipulada por estos sentimientos traicioneros.
¿Cómo pude hacerle esto a Daisuke? ¿Cómo pude creer?
—¡¿Cómo pude creer estar enamorada de Tk!?—sentí cómo se desgarraba mi garganta—¡¿Por qué!?
Como si el destino se burlara de mí, me pareció sentir agua caer en mis rodillas. Un final perfecto para esta engañada, desdichada Cenicienta. Mi reserva de lágrimas se había agotado y por eso el mundo lloraba por mí. El ímpetu del momento me lo impedía. Estaba cediendo a su voluntad, inutilizándome. Recuerdos florecían en mi mente. Momentos, alegres, la unión de nuestras manos todos estos meses, el baile, sentir su aliento cerca al mío, deseaba olvidar, olvidarlo todo. Si todavía tengo tiempo de pedir un deseo, entonces ese es. Si las cosas vuelven a su estado original que sea este, que sea de nuevo nuestra rivalidad, nuestro odio eterno. Un eterno conflicto incapaz de ser resulto. Un eterno conflicto absurdo que solo bastaría con unas simples disculpas pero esto siempre sucede. Una gota más. Otra más. Pero ahora se sentía más frío. Abrí mis palmas para recibir su frialdad, solo para darme con una sorpresa.
—¿Nieve?
A la vez, escuchaba el sonar de las hojas del laberinto. Asustada de que fuese alguien más que apreciase mi desdicha, por más que no lo desease, volteé mi rostro, levantando el cuello, para tan solo sentir cómo se me helaba la sangre. Mi ritmo cardíaco disminuyó, tanto así que era posible que me diese un paro. Mi aliento se condensaba por el clima que pasó de un insoportable calor a un crudo invierno. Mis manos se habían entumecido, no podía sentir mi propia piel. Mis ojos seguían sin creer lo que observaban.
—Dai...suke.
Mi voz fue lo necesario para que retornara a la realidad. Aquél chico quien siempre estuvo a mi lado sin importar las consecuencias. El chico que siempre me apoyó, que todo este tiempo declaraba su amor hacia mí, el chico que nunca me ha traicionado, que tirado su vida por mí, se encontraba a mis pies. Abrigado por tan solo la bata del hospital, su moreno pecho se encontraba casi al descubierto, mostrando su respiración. Daisuke se encontraba despierto, caminando, respirando, vivo. Con su mano izquierda se sujetaba del receptor de signos vitales, ignorando los tubos intravenosos. Sin todavía creer lo que veo, poco a poco su cuerpo empieza a perder el equilibro, para casi desplomarse encima de mí. Todavía con algo de fuerza restante, logro observar sus bellos ojos, frente a mi rostro. Los tubos se separaban de su cuerpo tan solo disminuyendo nuestra distancia. Sentir su respiración, tenerlo tan cerca, no comprendía la situación. Me estaba dejando llevar por el momento, ignorando lo que acababa de acontecer.
—Ka…ri…
Kari. Kari. Kari. No Hikari. Fue Kari.
Escuchar decir mi nombre tan cerca de mi rostro, esa voz que no presenciaba, la voz que sus últimas palabras fueron te amo, incrementaron el nudo en mi garganta. La distancia entre ambos iba reduciéndose hasta quedar en nada. La nieve no dejaba de caer, escuchaba una ambulancia en la distancia, todo parecía desfallecer en negro. Sentir la dulzura de mi único amor.
Cuando el reloj dio las doce, pude confirmarlo. Pude confirmar la evidente ironía de mi vida. Mi primer beso fue con Daisuke Motomiya.
Digimundo
Como si escuchase el llorar de los corazones del mundo real, el inusual Digihuevo caracterizado por corazones de color rosa pastel empezó a brillar. La luz que irradiaba despertó a los tres Digimon presentes, encargados de su cuidado. La felina fue la primera en reaccionar, corriendo hacia su preciado bebé, perdiendo la noción de la realidad al no comprender la situación en la que se encontraba. Sus gesto de alterada tan solo incrementaron el pánico en los otros dos.
—¡Gatomon, tranquilízate!—le gritaba Veemon mientras la sujetaba de los hombros—¡No pierdas la calma!
—¡Estoy calmada!—exclamó con terquedad—Nunca lo había visto tan alterado, no deja de saltar y brillar. Tengo miedo de que le pase algo.
—Tranquila, aquí estoy para ayudarte—Patamon se posó a su lado, Veemon retrocediendo para darles su espacio merecido mientras soltaba un suspiro de alivio.
Es por eso que le dije que no pierda la calma. He hecho de todo para que ambos estén juntos y debo seguirlo haciendo. Ambos no se dan cuenta y soy el único que puede hacer que sus deseos se hagan realidad.
—Gracias, Patamon… tan solo, no lo sé… me da una mala impresión todo esto—logró decir con algo de valor—¡Mi bebé!
Los tres Digimon salieron apresurados para tan solo terminar a pocos metros de la puerta. Había llegado la hora. Los tres observaban detenidos el nacimiento de una nueva vida, el latir de un nuevo corazón, el proceso de creación de datos. Tras terminar de romperse el cascarón un bebé con apariencia de metal los recibe. El MetalKoromon miraba sus alrededores, aprehendiendo con sus diminutos ojos lo que presenciaba. Su cola se encendía cuando algo le llamaba la atención. Gatomon, Patamon y Veemon no podían creer lo sucedido, tanto así que la compañera de la elegida de la Luz se acerca primero.
—Mi bebé…— suelta de manera delicada mientras se acercaba con lentitud, temerosa.
El MetalKoromon no se movía de su lugar. Cuando terminó de examinar a los tres monstruos digitales, lo primero que hizo fue acercarse a Veemon. Gatomon se quedó congelada, sin creer lo que veía. El bebé había derribado todas sus expectativas ya que sus primeras palabras fueron las siguientes.
—¡Papá!
—¡¿Papá!?—fue lo que salió de la boca de Patamon y Gatomon.
—¡¿Yo!?—soltó con un ligero gallo Veemon—E-Esto es un error, no hay forma que yo… digo, Patamon debería… no hay forma.
—¡Rápido, papá! ¡Hay que buscar a mamá, koro!—empezó a brincar el Digimon tipo máquina.
—Ma..má…—sin poder más, Gatomon se desploma por lo que acababa de escuchar.
—Oye, Gatomon… reacciona—Patamon empezó a sacudirla—¿Pero qué significa esto?
—Estamos en las mismas…—Veemon coloca uno de sus dedos en el mentón, para luego dirigirse al bebé—Creo que te equivocas, yo no soy tu papá y tu mamá está justo aquí…
—¡Papá tonto, koro! Vamos, rápido que mamá está cerca y si no la encuentro no podré verla, ha llegado al Digimundo, koro—sin esperar a que lo siguieran el pequeño saltaba a gran velocidad a lo profundo del bosque.
—¡Espera!—gritó el dinosaurio. Sin embargo, en vez de ir tras el bebé, lo primero que hizo fue acercarse a Gatomon quien seguía apoyada en Patamon, sin recuperar la conciencia—Debe haber sido un gran shock.
—Me imagino… tanto tiempo para esto…—suspiró resignado.
—Tan solo espero que lo primero que haga sea regañarme por no ir tras el bebé—logra sonreír Veemon.
—Estoy seguro…
Hospital
Una vez más me encontraba en el hospital. Temblaba sin comprender la situación en la que me había metido. Coloqué las yemas de mis dedos en mis labios, todavía saboreando la medicina que Daisuke dejó tras nuestra breve unión. Mi ligero sonrojo provocó que mi cuerpo entrara en calor. En solo cuestión de segundos, sin mirar hacia donde caminaba al estar desubicada por todo lo acontecido, me choqué contra una persona.
—Lo siento… no miré hacia donde… ¡Hermano!—exclamé para tan solo disminuir mi volumen al no poder soportar mi propia voz llena de desdicha—¿Qué estás haciendo aquí?
—Hikari…—la mirada de mi hermano parecía completamente muerta, como si algo grave le hubiese sucedido—¿Tú que haces aquí?
—Es… es Daisuke…—balbuceé—Daisuke ha despertado.
El brillo en sus ojos retornó por unos instantes para ser reemplazados por furia contenida. Sin comprender el radical cambio, decidí seguir su línea de vista para toparme con el ser que menos deseaba ver en estos momentos, Takeru Takaishi.
—Tk…—seguía en su terno, al igual que yo en mi vestido. Sin embargo, no había rastro alguno de Fūka—¿Qué estás haciendo aquí?
—¿Te encuentras bien, estás lastimada?—fue lo primero que provino de sus labios, ignorando la mirada de asesino de mi hermano. Empezó a tocarme, causando que me extrañara mucho más, que inclusive sintiera repulsión hacia él sin olvidar lo que me había hecho en la cúpula—Escuché una ambulancia y me pareció verte a lo lejos… corrí lo más rápido que pude y… un segundo, estás helada. Déjame abrigarte.
Cuando me extendió su negro terno y colocó sobre mis hombros, no podía seguir conteniendo mis sentimientos. Quería llorar, preguntarle que qué había sido exactamente lo que vi. Que fue una mentira, un espejismo. Algo que me hiciese olvidar el amor que recibí. Mi voz actuó en mi contra.
—Daisuke despertó…
—… que Daisuke… ¿qué…?— él retrocedió como si fuese en señal de pánico—¿En dónde se encuentra ahora? Voy a escribirle a los demás.
Señalé la nueva habitación en que lo habían puesto que se encontraba a mi lado. Todo este rato me encontraba insegura de entrar. Por más que mi hermano se encontrara desorbitado sin razón alguna, o eso me parece al no comprender sus consecuencias ni la razón de su visita, lo único que me quedaba era restar mi apoyo emocional en la persona que menos deseaba mientras informaba las noticias a los demás muchachos. Cuando finalizó, tragué saliva. Él pareció comprender mis nervios. Inclusive me pareció cruel lo que hizo a continuación. Me extendió su mano. Aquella mano que me hace dudar una vez más, dudar si creer. Todo es una farsa, una mentira. Pero si esa mentira me ayudará a enfrentar la realidad que estoy a punto de afrontar, que así sea. Respondí el gesto sin importarme mi hermano. El rubio se acercó a la perilla para girarla lentamente. Para mi sorpresa, no éramos los primeros. Por más que yo haya llegado en la ambulancia con Daisuke, me quedé varada una hora en el recibidor, caminando en el corredor, dudando si ingresar. En un momento de descuido Ken debe haber ingresado. Daisuke se encontraba reposando en cama, sonriendo, como si nada hubiese sucedido, como si su extraño escape tan solo hubiese sido un pigmento de mi imaginación. Sus bellos ojos empezaron a seguirnos mientras ingresábamos, por un segundo me pareció que su expresión cambió, como si hubiese observado algo inusual en nuestro comportamiento. Mi mano empezó a sudar, solo para que Tk le diera un apretón más fuerte. Ken tomó noción de nuestra unión una vez más, salvo que prefirió el silencio al permanecer casi inexpresivo.
—¡Hey, Taichi, Tk! ¿Tanto me extrañaron que tenían que verme al despertar? Vamos, necesito por lo menos unos minutos para que el mundo se acostumbre una vez más a mi presencia.
Su risa. Con tan solo escuchar aquella hermosa risa despreocupada me solté de Tk para correr a su lado. Sentía el sabor salado caer en mi boca. Con lo que me encontré fue fuera de lo normal. El abrazo no me lo había devuelto. Me separé por un instante, tratando de analizar su mirada. Él parecía hacer lo mismo con la mía. Los googles que heredó de mi hermano brillaban en la mesa de noche, Ken tan solo bajó su rostro que reflejaba frustración.
¿Qué está pasando aquí?
—¿Quién eres?
Esa pregunta destrozó mi mundo entero.
