Nota de Autora: Trataré en lo posible de no hacer este capítulo muy largo al saber que puede llevar a ciertas… controversias (además de no ser una maestro al escribir escenas que involucran la intimidad entre dos seres humanos). Me urge saber sus opiniones al respecto al ser ya uno de los giros importantes de la historia, además de resolver una de las dudas más grandes que deben tener desde el segundo capítulo de este Fanfic. Tenía entre cuatro opciones para este Capítulo pero luego de meditarlo tanto… esto quedó. Advierto que van a haber un par de temas algo… cómo decirlo… ¿no tan normales? No es que no sea normal, sino que digo que varios pueden no estar de acuerdo al ser algo más polémico que entre amor entre personas del mismo sexo, quizás hasta varios considerarlo tabú, aunque fácil ya se percataron con las pistas que fui dejando desde un inicio en el Fic. Ah, si fuera en japonés… Akira se referiría a Fūka como —imouto—.


Capítulo 30: Al Salir la Luna, Yo Cantaré


Dicen que cortarse el cabello es sinónimo de un cambio, de dejar tu yo pasado para crear uno nuevo. También dicen que la luna enloquece a las personas. Otro mito popular va basado en experiencias creadas por las personas hundidas en el amor: capaces de desafiar el mundo por aquél sentimiento. Debo admitir que ninguno de esos casos se aplica a mi situación actual, aunque quizás un poco la tercera. Al sostener la daga entre mis manos, su frialdad fue placentera, el metal tan tentador. Mi intención principal era acabar con mi vida una vez más. Sé que eso es un error, un error fatal, desperdiciar tu futuro, pasado y presente por un simple capricho o temor. Para una persona con depresión mayor esas pautas son inexistentes, el dolor, el sufrimiento, es justificado por la misma falta de autoestima, la vía de escape que tiene más sentido. Sentir que eres tan solo una molestia, que la vida es tan solo un juego de mierda, como diría Akira junto a su clásico eres un caso perdido. Siempre lo he sido y siempre lo seré. Takeru ha intentado ayudarme una y otra y otra vez. Con tan solo pensar que desperdiciaré sus esfuerzos me hace dudar. Con tan solo pensar en la soledad que Mihara tendrá me hace dudar. Con tan solo pensar que el sacrificio de Daisuke será en vano me hace dudar. Con tan solo pensar que puedo reivindicarme por casi matar a Hikari al lanzarla de la azotea me hace dudar. Eso es un síntoma de progreso. Quizás esa fue la razón por la cual la daga evadió mi nuca por meros centímetros. Gritando por un amor imposible, por el afecto de mi hermano y de Takeru casi estando al fin de mi mundo, me corté el cabello.

Dejándome guiar por mis sentidos, trepé la ventana. La noción de dirección me fallaba, la vista la tenía nublada. Tan solo un pensamiento corriendo a toda velocidad.

Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira.

El viento me cortaba la piel, la humedad desaparecía, el clima reflejando mi vacía alma. Frío, mucho frío. Congelada. Hielo. Nieve. Va a nevar. Un paso. Otro paso. Ahora acelero. Corro. Sigo corriendo. El cabello que debía pegarse a mi rostro ahora siendo bloqueado por mis orejas por su corto tamaño. Esta apariencia. Este corte. Mi cuello. Las marcas. La falta de la bufanda. Recuerdos. Muchos recuerdos. Creo que estoy llorando. No sé en dónde me encuentro. Solo corro. Tan solo me dedico a correr. A correr sin dirección alguna mientras mi interior se pudre con mi desgarradora agonía, junto a un sangrado invisible e imperceptible. Llegué a un alto, frente a un lujoso lugar, ¿qué hago aquí? No lo sé. Nublada, fluía dejando que mis sensaciones y acciones tomaran control de mi cuerpo. Soy una marioneta, con el único propósito de ser la diversión de alguien, manipularme. Sin vida. Sin un corazón. Tan solo alguien vacío. Alguien vacío que deseaba amar. Las cuerdas que me ataban fueron liberándose al llegar a cierta zona, ladeaba de un lado hacia el otro, sin equilibro tras sentir la libertad. La oscuridad me nublaba una vez más. Actuar. Ir hacia allá.

Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira. Akira.

Ahí está. Ahí está él. Siempre estuvo ahí, esperándome, ¿por qué luces tan sorprendido? ¿Por qué retrocedes? ¿Por qué me rechazas? ¿Cuándo volviste y no me dijiste? Ah, tu aroma, el sentir el rozar de tu piel. Tus dedos, tus caricias, no huyas de mí, no huyas de nuevo. Eres real, no una ilusión, no un amor invisible. Un amor que vaga por el mundo, invisible ante los demás… ¿te teñiste de rubio? No me sorprende, siempre tan especial, con ideas descabelladas. Tus latidos cerca a los míos, este palpitar, que sea real, no otra ilusión. Esas labios, bellos, perfectos. Míos, solo míos, tienen que ser míos. Los voy a hacer míos. No volveré a perderte.

Akira… Akira… tus labios son solo míos. Tú eres mío. Quiero que seas mío, de nadie más. Ahora estamos conectados, somos uno sola entidad. Estoy feliz, estallo en felicidad… que mi primer beso… haya sido contigo, hermano.

Mi mundo se nubló, siendo cargado por sombras del pasado.

El amor y la locura son ambos lados de una misma moneda, o eso es lo que dicen. Que molesto.

La blanca luz que es examinada constantemente por la soledad que carga, tan solo sirve para iluminar el camino de un destino imposible de salvar.

Esta es mi historia. La historia de cómo Tokiko arruinó mi vida. La historia de cómo me enamoré de Akira. La historia de cómo conocí a Takeru.


: : :


Tokiko entró en mi vida cuando tenía diez años de edad. Era un temible verano, se me hacía imposible salir sin algún abanico en mano o inclusive un paraguas para utilizarlo como sombrilla. Me encantaba salir sola al amar las playas de Shichigahama, la ciudad donde solíamos vivir dentro del distrito Miyagi, de la prefectura de Miyagi. Redundante pero es cierto. Hoy no era excepción. Desde los siete años, Mihara siempre ha sufrido de una salud delicada, esta temporada de vacaciones de verano no era excepción alguna. Ahora ha mejorado considerablemente, lo cual me alegra todos los días al verla llena de energías, la calidez que genera su presencia es reconfortante. Cuando salí de casa con intención de mojar un poco mis pies en el mar, me di con la sorpresa de una mudanza. Como mi curiosidad no podía ser saciada me metí entre el tumulto, cerrando el paraguas, para así lograr escabullirme entre los hombres que cargaban las cajas de cartón. Al estar distraída tan solo mirando el suelo, no tomé noción en qué momento apareció una persona frente a mí, causando que nos choquemos. Las cigarras sonaban de manera escandalosa rompiendo el silencio, la banda sonora del inicio del verano. Una mano apareció luego de que yo soltase una expresión por el dolor.

—¿Te encuentras bien?—la melodiosa voz de una chica me llamó la atención—¿Te lastimaste en alguna parte?

Mis ojos dieron con una desconocida; sin embargo, su belleza me cautivó, su mirada me cautivó. Un cabello corto hasta el cuello, color verde agua, unos ojos que tenían cierto brillar destellante tal y como una piedra preciosa. Los rayos del sol rebotaban en su retina, haciéndome pensar que observaba un caleidoscopio al formarse distintas tonalidades de colores, hasta que finalmente se decidió en un inusual violeta. Me encontraba estupefacta, todavía hipnotizada en su apariencia e inclusive enamorada de su alto estilo de moda. La primera idea que se me vino a la mente fue que acababa de chocarme contra alguien sumamente importante o famoso. Incapaz de sostenerle la mano, una cigarra tuvo que cantar, luciendo su habilidad, para que retornara a la realidad. Parpadeando para salir del profundo letargo, le devolví el gesto mientras me ayudaba a levantarme.

—Sí… um, l-l-lo siento… no fue mi intención—me disculpé, jalando un poco mi polera veraniega por los nervios.

—Querida, no hay necesidad de disculparse… tan solo fue un accidente—sobando mi cabeza de manera delicada, me lanza una cálida sonrisa—Parece que tenías algo de prisa.

—L-L-La verdad yo…—bajé la mirada al suelo al no saber que excusa dar para cubrir la curiosidad que llevó al problema inicial.

Algo confundida por los eventos, ella se acomoda el cabello tras la oreja. De una manera meticulosa juega un poco con un par de mechones, al final colocándolos tras ese lugar junto a un clip sencillo de color miel. Al lado de este había uno más cruzado. Me llamó la atención ya que juntos se leían XIII, el trece en números romanos. Tras abrir sus bellos labios para decir algo, un cereza que podía percibir que su aliento llevaría a una mezcla de menta con frutos silvestres, puedo sentir como una mano se apoya en mi cabeza, causando que pierda un poco el equilibrio. Hundiendo mi rostro, manteniendo algo de equilibro gracias al paraguas, tomé noción de mis alrededores para dar con el perpetrador: mi hermano mayor.

—¡Hey, hermanita! Pensé que ya estarías camino a la playa—dice resoplando con alegría, acomodándose unos anteojos cuadrados, relativamente grandes, que me parecían y siempre me parecerán, ridículos.

—¡Akira!—exclamé con fastidio, luchando para separarme de él mientras me sonrojaba por la vergüenza.

—¿Por qué no eres más linda conmigo? Hermano, hermanito, Aki-nii como Mihara… ¿qué tengo que hacer?—notando mi evidente enfado decide no seguir con el tema, para luego darse con la nueva chica del edificio—¡Vaya! ¿A quién tenemos aquí? Un gusto en conocerla, hermosa dama.

La desconocida parecía haber entrado en un trance tras darse con él, casi extendiendo su mano al querer tocar los lentes de mi hermano de una manera delicada, casi angelical.

—D-Disculpa, al parecer detuve a tu hermana menor por mucho tiempo.

—Detenla todo el tiempo que quieras—recuerdo que lo dijo casi balbuceando, hipnotizado por su hermosura tal y como lo estaba yo.

En ese momento sentí como una fiebre de celos me carcomía. Por más que tuviese diez años y mi hermano quince, no podía evitar sentir una especie de atracción hacia él. En ese entonces creía que era el típico capricho de llamar la atención por algo de afecto, cosa que ahora que lo pienso bien no era el caso dado a que Akira siempre era el que imploraba para que yo le hiciese caso. No obstante, no pude aguantar golpearlo en la rodilla mientras le sacaba la lengua. Sin molestarse, recuerdo que mi hermano tan solo se rió un poco, para sobarme una vez más el cabello. Inflando los cachetes, lo único que hice fue darle la espalda.

—Eres un tonto—le dije, mi corto cabello almendra que llegaba hasta mis orejas meciéndose en la repentina brisa que cargaba la canción de las cigarras.

—Pero que linda eres, hermanita—vuelve a fastidiarme mientras acomoda sus anteojos gigantes, para luego levantarse un poco el flequillo de su cabellera negra por el insoportable calor—Con tantas cajas entiendo que es una mudanza… si te estás yendo del edificio debo de admitir haber sido un idiota al nunca percatarme de que a nuestro lado vivía una hermosa dama.

—Acabo de mudarme el día de hoy—admite, bajando algo el rostro, volviendo a jugar con un mechón—Estaré viviendo sola de ahora en adelante por trabajo.

—¿Trabajo?—pregunté algo asombrada—¿Cuántos años tienes?

—Tengo catorce, ¿por qué lo preguntas?—me dice sonriendo una vez más, salvo que esta vez había algo ahí oculto que me disgustaba a diferencia de como la vi al principio.

—¡Bella, independiente, joven y trabajadora!—Akira juntó ambas manos en felicidad, cosa que hasta ahora me sigue pareciendo ridículo y algo desagradable por ser algo femenino—¡Soy Hinanawi, Akira Hinanawi!

—Mucho gusto, Hinanawi—dijo al extenderle la mano, algo nerviosa—Encantada.

—¡Tan solo dime Akira!—soltó embobado, causando que mis celos crezcan.

—¡Akira, prometiste ir a la playa conmigo!—recuerdo que exclamé llena de furia, jalándolo de su polo negro—¡Vamos!

—Lo que diga mi linda hermanita—él cedió a mi capricho, inclusive dejando que lo jalara a la fuerza hacia el elevador del edificio. Mientras lo hacía, el seguía promocionándose—¡Tengo quince y estoy soltero… pero le pertenezco a mi hermanita por siempre y siempre!

—¡AKIRA!—grité, dándole un golpe en el rostro con mis diminutos y débiles nudillos, mientras imploraba a que el ascensor llegase y largarme de ahí, tan solo observando de reojo a la nueva vecina.

Nunca me hubiese imaginado que ese encuentro marcaría el inicio de nuestra retorcida relación con Tokiko.

Al pasar los meses, se podría decir que nuestra familia llegó a adoptar a Tokiko al ella venir constantemente a casa sea para almorzar o cenar. Si la memoria no me falla, Mihara siempre se escondía de ella, encerrándose en su cuarto, murmurando sobre un aura oscura que le disgustaba, algo que se cernía sobre nuestra nueva vecina. En ese entonces, mi relación con mi hermana menor, tampoco era algo espectacular. Por algún motivo que hasta ahora desconozco siempre buscaba algún pleito conmigo con la excusa de alejarme de Akira o él de mí, diciendo que no le gustaba nuestra extraña cercanía. Me imagino, viviendo el día de hoy, que eran los típicos celos de hermana menor, tal y como yo los tenía cuando Akira pasaba mucho tiempo con Tokiko. La desconocida, ahora conocida, siempre me recordaba a alguien en especial. Fue aquél día en el que, por primera vez, llamaban a nuestros padres fuera de Miyagi por trabajo, dejándonos a nosotros tres solos en el departamento bajo el abrumador verano. Nosotros gastando el aire acondicionado como si nos sobrase dinero para pagar la cuenta de la electricidad del mes. Recuerdo que Akira se encontraba recostado en el sofá, roncando en su pijama verde, al son de las cigarras y la campanilla de viento o fūrin. Él siempre me comparaba a uno de esos objetos.

«Hermanita, ¿sabías que yo elegí tu nombre? Siempre cuando observaba el fūrin pensaba en que serías una niña delicada, pero cuando fuese necesario, rugirías junto a un sonido melodioso. Es por eso que la «» de Fūka significa viento, para que te dejes mecer en sus brazos, guiada por este. La «Ka» representa la flor que creo que eres y serás en un futuro. Como dije, alguien delicado, frágil, pero que guarda una gran fortaleza en su interior cuando los tiempos se necesiten. En pocas palabras eres un viento floral, lindo para alguien tan linda como tú, hermanita.»

Las cosas que dices Akira… realmente eres un hermano idiota. Es por eso que te amo.

El sonido de la campanilla me incitaba a cantar como siempre lo he hecho. Además de ser el sueño frustrado de mi infancia que se volvió realidad de una manera cruel. Empecé a dejarme guiar por el ritmo, jugando con las notas. A lo lejos escuchaba cómo se iba abriendo la puerta de Mihara por la curiosidad, ella saliendo de manera torpe por la fiebre. Para en ese entonces al tener seis años, mostraba una fortaleza que merecía mi nombre en vez del suyo: bello o hermoso campo. Nuevamente, nombre cortesía de nuestro querido hermano mayor.

«¿Sabes por qué elegí sus nombres? No quería que tuvieran algo tan ordinario como el mío. Digo… mi nombre puede leerse de tantas formas pero al final significa lo mismo. Luz. Una luz que siento que no les transmito. Creo que hubiese sido peor si fuese mi nombre Hikari haciéndole honor al kanji con el que se escribe…»

Hermano, poco sabías que realmente iluminabas nuestras vidas con tu presencia. Una razón más para amarte.

El televisor se encontraba encendido, mostrando un programa dedicado al medio día sobre noticias ordinarias de Shichigahama. Ignorando los ronquidos de mi hermano, seguí cantando, al igual que pasando por alto la presencia de Mihara. Lo único que yo deseaba era salir a pasar tiempo con Akira y transmitía todos mis sentimientos en la canción mientras observaba el ardiente sol. Tan solo dejándome mecer en las tres melodías que inundaban mis sentidos, me trepé al sofá contrario, estirando mis brazos de manera paralela mientras cerraba los ojos, disfrutando del viento y la mezcla de agua fresca con metal que me transmitía el fūrin de cristal.

—¡Es Toki-nee! la voz de Mihara causó que perdiera el equilibro, cayendo en el sofá adyacente encima de mi hermano—¡Toki-nee está en televisión!

Akira empezó a despertarse, estirando su rostro al percibir la luz del sol ir directo a su rostro. Aparentemente no se había percatado que andaba encima de su cuerpo, que me transmitía calor, protección, sus latidos entrelazándose con los míos. Sentir cómo mi cuerpo ardía, esa sensación jamás la olvidaré, estando guardada en candado bajo llave. La cercanía ante sus labios, algo que anhelaba tanto, ser la primera en tocarlos. Mi hermano es mío, solo mío. Son los pensamientos que tenía y tengo hasta el día de hoy. Al estar todavía en la tierra de los sueños, da una ligera vuelta en el sofá para terminar encima de mí. Esta situación algo incómoda no la quería detener en lo absoluto. Con tan solo diez años quería estar cerca de él, todo lo que pudiese, por más que él hiciese lo mismo y lo rechazara por la vergüenza. Al notar que nadie le prestaba atención, Mihara avanza un poco más para encontrarnos de ese modo. Irritada, empuja a nuestro hermano del sofá, haciendo que se dé de cabeza contra el suelo de madera.

—¡Aki-nii! ¡Préstame atención! ¡Fū-nee, préstame atención! ¡Toki-nee está en televisión!—gritaba a todo pulmón señalando el aparato.

—¡Carajo, eso dolió como mierda!—se queja mi hermano—Joder, suelo de mierda, ¡hijo de...!

—¡Akira, mide tu lenguaje frente a Mihara!—requinté, todavía en calor por la posición que él nunca notó y notará—¡Compórtate!

—¡Pero si es mi querida hermanita, muy buenos días! Si puedo recibir esos gritos cada vez que abra los ojos no me importaría insultar hasta a mi propia existencia—me dice lanzándose a darme un abrazo—¡Que hermosa mañana!

—¡Akira, suficiente!—no dejaba de luchar para zafarme de su cuerpo.

«¿Es cierto que empezó desde cero?»

«¡Síp! Por mis propios medios empecé a cantar hasta que un día me levanté para toparme con toda esta nueva vida.»

«Se ve que siempre anda llena de energías, ¿cómo lo hace al vivir sola?»

«Tengo el apoyo de familiares lejanos y ahora de mis nuevos vecinos.»

«¿Hay alguna persona especial en su vida?»

«¡B-B-Bueno…!»

«¡Con ese sonrojo veo que sí! ¿Quién ha conquistado el corazón de esta bella artista? ¿Están saliendo?»

«Se podría decir que a-a-algo así… ¡espere! Eso es información confidencial.»

Antes de que el no tan profesional entrevistador pudiese seguir acaparando a aquella chica que cada vez que aparecía en casa reflejaba a mis propios demonios gracias a su falsa sonrisa que no transmitía ni una gota de hipocresía, y aparentemente sabe poner un frente dulce ante las cámaras, Akira apaga el televisor con rapidez. Mihara y yo tan solo nos quedamos perplejas analizando su actitud, una que casi nunca sacaba a relucir frente a nosotras. Algo ocultaba mi hermano en ese momento, lo presentía, pero todavía no estaba concretamente segura si mis suposiciones eran certeras. Si tan solo hubiese insistido, quizás ceder un poco más ante las caricias de Akira, sus cumplidos, su amor incondicional, las constantes advertencias de su actitud de parte de Mihara, quizás hubiera notado la oscuridad que poco a poco se cernía sobre él.

Cargando las melodías llenas de tristeza, aquella blanca luz tan solo ilumina el camino de un destino imposible de salvar. Akira fue esa luz; el destino imposible de salvar: nuestro.

Tras apagar el televisor, Akira lanza el control remoto a una esquina de la habitación con cierta furia contenida. Lo único que hice fue saltar del sillón, retrocediendo con algo de temor: ¿A dónde se ha ido mi hermano? Era la pregunta que repetía una y otra vez en mi pequeña mente de diez años. Tuve que contener a Mihara, quien había empezado a temblar sin razón aparente, transmitiendo su temor hacia mi alma. Nuestras vidas habían cambiado, podía sentirlo. Aun así, opté por el camino fácil, la vía que me daría menos dolor. Ignorancia. Eso hice, pretender. Cosa que estoy haciendo con Takeru. Al parecer mi vida de ese entonces no ha cambiado en lo absoluto al ser una maraña de mentiras que va creciendo, aumentando con el pulsar de mis latidos, lágrimas y agonías, cadenas que me atan a un profundo abismo sumido en las tinieblas que devoran mi patética existencia. Aguantando la sequedad, sostuve de la mano a Mihara, siendo la primera vez que la menor no intentaba separarse bruscamente de mí. Oscuridad, oscuridad, oscuridad. Eso murmuraba ella a mi lado, causando escalofríos en mi cuerpo al sentir su aliento en mi oreja.

—La vida es un juego de mierda, algo barato y efímero—finalmente, Akira había decidido romper el silencio, no sin antes sostener sus grandes anteojos para tenerlos entre sus dedos, apretándolos con fuerza, tanto así que algo de la lente llegó a romperse y clavarse en su dedo índice, formando un riachuelo de sangre—Mierda, no otra vez.

Insultando como es de costumbre, mi hermano corre al lavabo de la cocina para así limpiar de manera meticulosa el objeto que le permitía ver al contar con una mezcla de miopía con astigmatismo, costándole encontrar la medida número seis al ir de compras por lentes nuevos. Mihara cedió un poco por la fiebre, siendo yo quien la atrape entre mis brazos. Lancé una expresión de sorpresa que llamó la atención de nuestro hermano, provocando a que aquella sensación no tan alentadora desapareciera del departamento. Efectivamente, empecé a sospechar, que la presencia de Tokiko estaba cambiando nuestras vidas, siendo ésta una de las primeras de las millares de reacciones que ambos tendríamos tanto entre nosotros dos, pero sobre todo, contra Mihara.

—¡Mii!—exclama Akira, corriendo hacia nosotras—¿Mii? ¿Todo bien?

—Aki… Aki… Aki-nii…—su aliento quemaba entre mis brazos.

—Está ardiendo, Akira… tiene que volver a reposar, eso le pasa por exaltarse demasiado—dije de manera seca, sintiendo el paso de su frágil salud en mis hombros.

—Llevémosla a su habitación…—retomando la compostura, la lleva en sus brazos para regresar de manera inmediata tras ponerla a descansar—Qué terrible, fiebre alta en verano.

—Sí…—murmuré, incómoda por el nuevo silencio, incapaz de dejar de pensar en la reacción de Akira con respecto a la entrevista—Ahora recuerdo por qué Toki me parecía tan conocida, es una cantante… me gustaría ser una estrella como ella.

—¡No!—la respuesta de mi hermano fue rápida, cortante como un filudo cuchillo dedicado a romper sueños infantiles—Digo, no es necesario, hermanita… ya eres una estrella para mí.

—Akira…

No sabía si sentirme halagada, feliz, triste o decepcionada. Definitivamente, algo ocultaba mi hermano, es sonrisa que me lanzó tras corregir su error me lo dijo todo. Él siempre suele mostrar una sonrisa honesta, fresca, refrescante. Esta vez había un esfuerzo, un esfuerzo de sonreír sin hipocresía mostrar ante los demás. Las cigarras siguieron cantando, haciéndome notar mi incapacidad e impotencia, recordar que los sueños son imposibles de cumplir.

Al pasar las estaciones, fui perfeccionando mi canto por más que Akira se opusiera a ello. Era la primera vez que desobedecía a mi hermano, escabulléndome al estacionamiento subterráneo del complejo de apartamentos para así liberar la tensión del hogar. La salud de Mihara no parecía mejorar, ahora inclusive contaba con un par de delirios, a veces hablando sola, riendo sola, Akira, como nunca, la resondraba de manera grave cada vez que eso sucedía, ella llorando para no escuchar un perdón del otro lado de la puerta. Mi hermano estaba cambiando, estaba siendo diferente. Si me hubiera encontrado dándole la contra, me pregunto si se hubiese puesto de ese mismo modo. Mi corazón no lo hubiera soportado. Diez años, mentirosa, sintiendo un afecto inusual ante su magnífico y perfecto hermano mayor.

Observar las flores de cerezo caer tras la ventana, caminar el parque y hundirme en sus colores era suficiente para olvidar mis problemas. Ahora era primavera, Akira no había vuelto a comportarse de esa inusual manera, sino más bien al pasar cada día se veía mucho más alegre, transmitiendo calor en nuestros corazones sumidos en la soledad de casa por la constante ausencia de nuestros padres. Sus cambios de ánimo parecían una feroz tormenta o inclusive el reporte del clima al ser tan impredecible. Cuando Tokiko no se encontraba con nosotros, mi hermano lucía diferente. Cuando Tokiko tenía que irse por alguna gira o concierto, mi hermano actuaba diferente. Cuando Tokiko no venía a casa a pasar tiempo con nosotros, hasta la salud de Mihara mejoraba. Yo era la única que no era afectada por su presencia, siempre ensimismada en su belleza, trato y buena moda. En ese entonces no relacionaba los hechos. Una vez más, me dejaba llevar por el sonido de la campanilla de cristal que no sacábamos del balcón. Ahora era invierno. Me sorprendía el hecho de mantener una ventana abierta con el simple propósito de escucharla. Mihara se encontraba echada en el suelo, coloreando algo que acababa de dibujar al sentirse mejor. Por un segundo me pareció escuchar risas provenir de ella, estando sola. Siempre escuchaba a Akira quejarse sobre ello. El día de hoy él no estaba, dejándome a merced de las ilusiones de mi hermana menor, siendo la primera vez en experimentarlas en persona. No había habido señales de Tokiko por días.

—Que torpe eres, esas cosas no se comen, sirven para pintar… mira, así—tan solo veía el bailar de sus pies de arriba hacia abajo—Tus manos son muy pequeñas para el crayón… probemos con una más delgado.

De manera torpe, le cuesta ponerse de pie teniendo que apoyar ambas manos en el suelo de madera. Una vez más, tan solo veía fracciones de su cuerpo al estar recostada en el sofá de siempre, viendo una revista. Era mi revista favorita por una simple razón: salía mi ídolo, Tokiko, la persona que aspiraba ser. Exitosa, perfecta, cumpliendo su sueño de cantar en el mundo y encima vestía bien. Cosas superficiales que le interesan a una niña que todavía no llega a la pubertad, en especial si la tienes como vecina y saber que tenía ella catorce, separándola por un año de mi hermano, no ayudaba a que me provocara crecer más rápido.

—Si creciera rápido… ¿mi hermano se fijaría en mí?—me pregunté en voz alta, omitiendo el Akira de siempre al no encontrarse presente—Si fuera como Toki… ¿me miraría solo a mí?

—¡Listo! Intenta con ese—escuché cómo volvía a tomar asiento en el suelo por más helado que estuviera—Lulululululumilululu… ¿es eso todo lo que sabes decir? Lululumilululumi… debería ponerte un nombre… ¿Lulu? ¿Te gusta Lulu?

En ese instante pensé que mi hermana había llegado al límite. Que su fiebre estaba volviendo ya que siempre se repetía la misma escena, salvo que esta vez había una ligera e importante diferencia. Estaba sola. Sin nadie que me apoyara. Sin que Akira se encontrara aquí, ¿cómo podía yo con diez años controlar a una niña de seis? ¿Debería gritarle como él lo hace? En cierto rincón de mi corazón deseaba desquitarme con Mihara sobre todos mis problemas, por más insignificantes que fueran, como mi frustración con respecto a cantar. Ella tan solo seguía riendo, inocente como siempre, ingenua de lo que sucedía a su alrededor. O quizás pretendía dicha ingenuidad confiando en su innata inocencia. Nunca lo sabré.

—Ya, deja de dar tantas vueltas, Lulu. Vas a hacer que me salga de las líneas al colorear—la escuchaba resoplar—¿Ves? Sí puedes pintar… ¡no, Lulu! De nuevo no con querer comerlo… ¿por qué todo lo que te doy piensas que es comida?

Seguí ignorándola, metida en la revista. Mientras la pudiese escuchar riendo era suficiente para mí. Ella se abstenía de hacerlo con nuestro hermano cerca, por más que su actitud haya mejorado. No obstante, no sabíamos cuando volvería a recaer de nuevo. Por un minuto empecé a pensar que estaba por sufrir un estado de doble personalidad. Meciéndome de nuevo con la campanilla de viento, hasta que Mihara gritó.

—¡¿Lulu!?—su preocupación causó que sacara mi cabeza de la revista—¿Qué te está pasando? ¿Por qué estás transparente? ¿Te duele algo?

Asomando más el rostro encima del sofá, mi hermana menor se jalaba su diminuto cabello almendra que por poco le pasaba la nuca al ser extremadamente corto. El sombrero que le regaló mi hermano por una navidad le comía la cabeza pero aun así nunca se lo quitaba. Parecía entrar en pánico por la tal Lulu, moviéndose por todos lados llena de impotencia.

—¿Luz? ¿Esperanza? ¿Separación? ¿Peligro? ¿Miedo y oscuridad?—sus ojos brillaban, tratando de entender lo que pasaba en su pequeño, imaginario y ficticio mundo—¡Lulu! ¡No te vayas! ¡Por fin estoy entendiendo tus lululumilu! ¡No quiero estar sola!

Pude apreciar el caer del crayón, dando contra el suelo. Mihara desplomándose al suelo en derrota. Al no dar más, decido dejar mis artificiales deseos para acudir hacia ella. El reloj no dejaba de marcar la hora junto a unos pequeños sollozos que provenían de su pequeño cuerpo cada vez que avanzaba el segundero. Dificultándome un poco, me atreví a abrazarla. Creí que me rechazaría pero, no lo hizo. Tan solo contestó el abrazo, temblando ligeramente. Mi mano dio con su cuello, solo para percatarme de algo: su temperatura estaba volviendo a subir, la interminable fiebre estaba de regreso, y más fuerte que nunca. Entrando un poco en pánico por el calor tras sentirlo de cerca, corrí por el apartamento por algo de agua. Mis manos flaqueaban por la impotencia como es de costumbre. Mihara tan solo seguía rendida en el suelo, quejándose por su amiga imaginaria Lulu entre sollozos. Mi paciencia estaba llegando al límite. Sus gritos, la actitud de mi hermano, mi frustración, mis deseos, mis anhelos.

—¡¿Podrías callarte de una vez!? ¡Lulu, Lulu, Lulu! ¡¿Es todo lo que sabes decir!? ¡Es por eso que nuestro hermano para lejos de nosotras, todo es por tu culpa y tus constantes caprichos por llamar la atención! ¡¿Por qué siempre intentas separarnos!? ¡Yo no le hago nada a mi hermano, él siempre se acerca a mí! ¡¿Entonces por qué!?¡Dime!— me lancé hacia Mihara, sujetándola de su pijama de invierno. Ella se encontraba sudando, temblando, tosiendo, su diminuto y frágil cuerpo siendo mecido por mis manos, —Si tú no estuvieras todo sería mejor, nada me impediría estar con mi hermano, ¡deberías desaparecer de mi vida!—

—Fū-nee… Fū… nee…—su aliento caliente daba contra mis mejillas.

El sonido de llaves no fue lo suficiente para sacarme del trance. De fondo escuchaba risas, dos voces distintas para ser exacta. Furiosa, di media vuelta para observar quienes osaban interrumpir mi charla con Mihara, para darme con la sorpresa de mi vida. Tokiko había vuelto de su pequeña gira. Se encontraba con mi hermano, ella riendo de lo que él hablaba. Lo que más me impactó fue lo siguiente: estaban juntos de la mano.

—¿En verdad pasó eso? No lo puedo creer, Akki—decía ella, todavía riendo como una grácil señorita de clase alta, con parte de su mano bajo el labio, a ojo cerrado.

—Sí, eso y mucho más—dice él, acercando su rostro al de ella—Bueno, llegamos. Mii, hermanita, su perfecto hermano ya llegó a ca…sa.

Definitivamente yo fui la interrupción de aquellas falsas sonrisas. Akira corrió hacia mí, empujándome de manera brusca hacia el sofá, golpeándome la parte trasera de esta con fuerza. Tokiko tan solo observaba a lo lejos, una expresión inmutable, unos ojos que brillaban de emoción. Fue ahí cuando me percaté, sus ojos siempre han estado muertos, toda vida que yacía en ellos extinguida.

—¡¿Qué crees que estás haciendo, Fūka!?—gritando con una voz que jamás le había escuchado, sus ojos esmeralda reflejando ira, prosigue—¡Tan solo eres un caso perdido!

—A…Ak…Akira… Akira, yo…— balbuceaba mientras sostenía mi cabeza por el dolor, —Yo…

¿Qué era lo que estaba haciendo?

—Pobrecilla… déjame ayudarte—Tokiko se acercó a Mihara, sosteniéndola mientras que Akira se reincorporaba para ir hacia mí.

Mi cuerpo gritaba peligro. Me alertaba que algo terrible estaba por suceder, pero a la vez mis sentidos pedían que estuviera alerta de Tokiko con Mihara. Una vez más ella sonriendo de manera tétrica con mi hermana en brazos, sus manos contra la nuca de Mihara. Malo, muy malo. Sin embargo, yo retrocedía inútilmente, sabiendo que no había escapatoria de mi hermano, recostada contra el sofá. Mi salvación fue el grito de Mihara.

—¡Duele! ¡Duele!—logrando escapar de los brazos de Tokiko, Mihara se aleja sujetándose la nuca para al final lograr estallar en lágrimas gritando por nosotros—¡Hermano! ¡Hermana!

—¡Mihara!—Akira parecía haber salido de su trance, volviendo a prestarle atención a la pequeña, acariciando su cabello para al final pegarla hacia a él para tranquilizarla, —Ven, vamos… ya estoy aquí, todo estará bien… tu hermano está aquí para protegerte.

En un mar de lágrimas, Akira la sostiene todavía en un abrazo, haciendo que el rostro de nuestra hermana termine sobre su hombro, yo viendo como se marchitaba tal y como una flor próxima a la muerte. Cerrando la puerta de la habitación, ahora nos encontrábamos las dos solas. Tokiko volvía a jugar con un mechón, como si la escena fuese algo cotidiano sin hacer mucho escándalo. Logré ponerme de pie, tambaleando un poco por el golpe que me di. Ella me observaba algo divertida, sin demostrarlo al no mover un solo músculo en su cara.

—Sin amor no puede ser visto… o mejor dicho, sin luz y esperanza no puede ser visto…—ahora vuelve a sonreír—Al parecer vine en mal momento, Hina. Espero podamos vernos en otra oportunidad, tenía muchas ganas de escucharte cantar, querida.

—¿Can…tar?

—Oh, sí… deberías considerarlo a futuro, después de todo, ¿quieres llamar su atención por el hecho de verte amenazada por alguien similar, no es así? Si es verdadero amor, todo saldrá bien o eso es lo que dicen. Espero con ansias el día en el que podamos compartir un mismo escenario, querida Hina— camina con estilo hacia la puerta principal—Qué lástima que Akki no me mostrara su habitación… ya será en otra oportunidad. Cierto, querida, será mejor que guardes esta carta para no desatar otro demonio el mismo día.

—¿Llamar la atención…?—con gracia y agilidad, lanza una carta hacia mi dirección cayendo en mis pies—¿Y esto…?

—Querida, mentir no es tu fuerte—sumiéndose en la oscuridad de la noche, lanza sus últimas palabras —Nos vemos pronto, Hina.

Tras estar en completa soledad, abro el sobre. Mis manos sudando por temor.

—Señor Akira Hinanawi, gracias por audicionar para nuestra escuela Musical de Londres. Lamentamos informarle que en esta ocasión que su solicitud ha sido rechazada. Esperamos intente de nuevo para en un próximo futuro formar parte de nuestras aulas y casa de estudios…—solté bajo mi aliento.

Rompa o no el papel, mi hermano se iba a enterar tarde o temprano. Lo que más temía era su reacción con nosotras, ¿se desquitaría con ira? O ¿lo dejará pasar por alto, con la esperanza de probar una vez más? Además, ¿escuela de música? ¿Mi hermano interesado? Conteniendo un grito, volví a encerrarme en mi propio cascarón, llorando por la extinta luz que solía transmitir Akira.

Al pasar los días, la fiebre de Mihara no bajaba, al igual que las frecuentes visitas de Tokiko. Aparentemente su usual cercanía se debía a que Tokiko le había cedido un lugar en la disquera, mi hermano siendo capaz de pasar más tiempo con ella al compartir escenarios de vez en cuando. Inclusive su apariencia empezó a cambiar. Ojeras aparecieron bajo sus ojos, sus ojos algo irritados, dos piercings en su oreja derecha, inclusive uno en el labio. Siempre los veía de la mano, ella a veces atrevida colocando la suya en su pantorrilla, mi hermano observándola con unos ojos que tan solo reflejaban deseo carnal. La envidia crecía en mí, anhelando crecer, deseando que mi hermano me mirase así a mí y no a ella. Sus lentes no se los quitaba por nada, absolutamente por nada. Parecían adheridos a su cuerpo, parte de él. El viento del invierno corría en el apartamento moviendo intensamente el Fūrin. Mi piel se sentía fría pero no deseaba cerrarlo al tranquilizar mi alma, evocando las palabras de mi hermano, diciendo que en esa campanilla de viento se basaba mi nombre.

—Akki, tengo algo de frío—dijo Tokiko, acurrucándose en su cuerpo.

Me encontraba lavando los platos del almuerzo de Mihara, a quién decidí darle de comer al estar muy débil, todavía en cama. Llevaba varios días, casi yendo al mes. Nuestros padres todavía no regresaban y yo insistía para llevarla a un hospital. Nuevamente mi hermano se oponía, diciendo que ya se le pasará. Todo está cambiando. Mi mundo está cambiando. Con curiosidad los miré, implorando a que mi hermano se negara a cerrar la ventana. Era la última conexión que tenía con él que no había sido cortada. Él siempre llegaba tarde a casa. Todos los días sin falta. La mayoría de veces con Tokiko, casi nunca solo. Ya que mis ojos solo daban con sus cabezas, la de mi hermano ladeó un poco. Mi corazón se hundió en temor.

—Lo siento, Tokiko. Yo sí tengo algo de calor…—su brazo se colocó en la espalda de ella.

—Ah… Akki… espera…aquí no—su voz sonaba inusual—¿No quisieras abrigarme un poco entonces?

Mi hermano parecía estar a punto de hablar, hasta que ella cubrió sus labios con dos ligeros dedos, tomando nota de mí presencia. Di media vuelta, intentando concentrarme en las sobras de caldo de pollo esparcidas en el lavabo. Cerré los ojos para frotar fuertemente el plato con lavavajillas. Los sonidos se trasladaron a otro lugar, parecían estar caminando, ambos de la mano. Los volví a abrir para darme con la no tan inusual sorpresa de Tokiko sonriéndome desde la puerta, una sonrisa llena de maldad, provocativa, sus labios moviéndose antes de que se cerrara: Levántate, antes de que enloquezcas, Hina.

Escuchando el gotear del caño, hundiéndose en una alberca de suciedad, me dejaba llevar por mis sentidos, llorando internamente.

—¿Por qué no me ves, si estoy justo aquí… Akira?

Fue ahí cuando descubrí lo placentero de clavarse un cuchillo en el brazo.

Por más que sea doloroso, no quiero olvidarlo. No puedo olvidarlo, por más que sea doloroso. No quiero olvidarlo.

Aquella rutina se volvió en una cotidianeidad. Llegaban, se encerraban, yo sin comprender el motivo. Lastimándome. Nada nuevo parecía aparecer. Tan solo me dedicaba a cuidar de Mihara, ignorando de vez en cuando sus quejas por Lulu. Me tapaba los oídos, siendo mi única salvación y tranquilidad cantar al salir la luna, siendo bañada por su clara luz, implorando a que algún día volviera a mi vida mientras seguía clavando preguntándome cuándo llegaría a ver mis adentros. Mihara seguía con una frágil salud, salvo que con algunas mejoras. Ahora hablaba menos por la constante presencia de Tokiko y la desaparición de su amiga imaginaria Lulu. Siempre ella murmurando sobre luces y esperanzas. La oscuridad se cernía en nuestra familia, todos pretendiendo ignorancia. La atención que buscaba de parte de mi hermano al lastimarme no servía, siendo inútil, por eso ahora me lastimaba por mera diversión, lo único excitante y cambiante de mi vida. Ver el proceso de regeneración de células a través de costras que empezaban a cubrir mi cuerpo. En un momento empezó a parecerme algo aburrido, tan solo una tarea más que debía hacer al llegar a casa de la escuela. Fue por eso que al ver la lenta recuperación de Mihara, incluyendo sus nuevas altas calificaciones, iba hacia ella, como mi siguiente objetivo llena de envidia. La lastimaba. Ella, quién debería guardarme rencor no lo hacía. Ella parecía luchar contra algo interno para mantener su pura esencia. En esas ocasiones siempre colocaba su mano tras la nuca, luchando contra un poder interior que parecía controlarla. En un rincón oscuro de mi corazón lloraba por un cambio.

Mi deseo se volvió realidad.

Un año ya había pasado. Ahora con once me sentía un poco más independiente al haber pasado, según yo, a una nueva etapa de mi vida estando a punto de terminar primaria, todavía entrando en la depresión. Fue ahí cuando aquellas noticias llegaron a nuestro hogar. Tokiko se iba a mudar.

—¿Toki se va a mudar?—preguntaba de manera débil, sumida en una desesperanza que empezaba a disiparse—¿A dónde?

—No tengo idea, hermanita—Akira estaba cambiando de nuevo al pasar menos tiempo con ella por las giras y mudanzas. Sin embargo, su apariencia no lo hacía, cada vez tenía más ojeras y bastaba considerables cantidades de dinero de la cuenta de nuestros padres. Sus brazos lastimados, con marcas de inyecciones—Dice que es común por su trabajo.

—Ser una estrella debe de ser difícil—murmuré por lo bajo mientras comía algo de comida chatarra, una bolsa de papas, jugando con mis pies en el escritorio intentando hacer algo de tarea—¿Me ayudas, Akira?

—¡Lo que pida mi maravillosa y hermosa hermana!—replica jovial, acudiendo hacia mí como solía hacerlo—Hermanita, hermanita, hermanita, linda hermanita.

—Ya, Akira, suficiente—en vez de golpearlo como es de costumbre, dejé que siguiera abrazado hacia mí, mis latidos incrementando bajo el uniforme—Eres un caso perdido, Akira.

—Tú eres mi caso perdido, hermanita—dice, su aliento cerca de mi cuello.

Esta cercanía tan inusual, tan prohibida que disfrutaba del peligro que implicaba. No estaba segura si mi hermano andaba en una relación seria con Tokiko, pero aun así lo quería para mí. Voltear, reclamar esos labios como míos. Que sean de mi propiedad. Estoy segura que no podré restaurar la rota felicidad que apuñala mi pecho. No puedo llegar a ti, no puedo ir contigo y parezco enloquecer pero, aun así, quiero decirte lo que siento. Esos ojos que me miran con deseo.

—Me está creciendo el cabello, debería cortármelo…—dije para ignorar aquella sensación, el aleteo en mi estómago mientras lo tocaba al estar por llegar a mi espalda. Mi razón de querermelo cortar era para sentirme igual que Tokiko, para que él me mirase a mí y no a ella.

—Te queda muy bien, hermanita. Te sienta muy bien… te hace ver hermosa, Fūka—me da un ligero beso en la mejilla.

Debí haberlo golpeado como es de costumbre. Pateado. Amenazado. No hice nada.

—Y tú te ves ridículo con esos anteojos… hermano.

Aquella práctica empezó a volverse constante luego de la mudanza de Tokiko. Cierto, seguían comunicándose por mensajes o por celular, pero sentía que poco a poco mi hermano la dejaba de lado. Inclusive sus ojeras desaparecían, su rostro parecía recuperar su color inicial. Siempre, tuviese o no una tarea difícil llamaba por su ayuda para acabar con esta cercanía que estremecía mi piel. Saber que ya tenía él dieciséis me impulsaba a querer comportarme como alguien mucho más mayor. Mihara nos miraba de reojo, pero ahora se abstenía de decir algo. Al ya gozar de mejor salud su sonrisa se volvió en un virus que infestaba el hogar. Ella, iluminando nuestras oscuras vidas. Su inocencia salvadora. Parecía disgustarle nuestra cercanía, pero ahora tan solo suspiraba, rendida de hacer algo para impedirlo. Era como un padre que le parece inusual la unidad entre hermanos, una cercanía que deja a dar segundas opiniones. Yo quería eso. Quería que mi hermano viese eso. Cada día avanzábamos un paso más, inclusive una vez mordió mi oreja de manera infantil al equivocarme en una suma. En ese momento deseaba dejarme llevar. Once, años, pensamientos indebidos, ¿en qué me he convertido?

Creía que si era egoísta, todavía sería capaz de cambiar. Por más que tan solo deseara verte con un honesto, sonriente rostro, estoy segura que no podré restaurar la rota felicidad que apuñala mi pecho. Por más que mi cuerpo parezca estar compuesto de falsedades, que mi identidad sea una mentira, aun así, quiero decirte lo que siento.

Ahora fue nuestro turno de mudarnos. Las llamadas a nuestros padres se iban haciendo más comunes, recurriendo a que dejáramos Miyagi. Nunca creí que el destino nos volvería a juntar una vez más. De una manera cruel y retorcida, mucho más retorcida que la primera. Definitivamente, el amor y la locura son ambas caras de una misma moneda, al igual que la luz y la esperanza transmitiendo fe en los corazones de las personas.

La hermosa blanca luz que parece congelar el tiempo, tan solo sirve para iluminar el camino de un destino imposible de salvar.

Verla recibirnos en el complejo no fue sorpresa alguna, lo presentía desde un inicio. No sé de qué forma, pero con tan solo escuchar Odaiba me daba mala espina. El reencuentro fue la hipocresía más grande que he podido admirar en mis dieciséis años de vida, en ese entonces once. Mihara ahora con siete era más perceptiva, al no querer ir al reencuentro en la puerta, luchando con su existencia para no desplomarse al volverle la fiebre esa misma noche. Akira salió con ella. Yo una vez más sola, jugando con el lapicero en el nuevo escritorio, observando mi mediocre tarea de historia.

—Hermano… ¿me ayudas con mi tarea?—dije a nadie en particular, observando detenidamente el portaminas que yacía en mi cartuchera—Hermano, no entiendo esta lectura.

Me apuñalé.

—Hermano, me duele leer esto.

Y otra vez.

—Hermano, ¿por qué no vienes a ayudarme?.

Se repetía el ciclo una vez más, como un triste reestreno del melodrama que estuvo de moda la temporada pasada, pasando su locación a una nueva zona. Siempre piden que apaguen los celulares cuando va a empezar la obra, pero alguien no hizo caso. Pude haberlo ignorado, pero lo abrí. Era un mensaje de un remitente que conocía a la perfección.

Estás haciéndolo mal. Tiene que ser mayor. Si quieres evitarlo, préstame tu voz. Así podrá él ser finalmente tuyo.

Ahora mi canto no iba dirigido a la luna, sino a millares de personas. Una sensación que te llena de energía, vitalidad. Tokiko y yo éramos un dueto. No parecía afectarle el hecho de compartir su fama, pero ahora tenía la oportunidad de estar cerca de mi hermano sin sucumbir tanto a la depresión. No tenía momentos para clavarme o cortarme. Una noche todo cambió una vez más. Decidí ir a una de las fiestas que invitan. Definitivamente no debí haberme adentrado a un mundo de casi mayores de dieciocho años a los once pero mi mente solo decía algo: si mi hermano va, yo también voy. Humo, sudor, voces, poses, olores. Mis sentidos se intoxicaban con la atmósfera. Las luces brillando, la música a todo volumen, las estrellas que lucían sanas por fuera pero se lastimaban por dentro. Tokiko siempre con un polvo en mano, yo pretendiendo ignorancia sobre su contenido. Tan solo deseaba ver a mi hermano, quizás aprovechar la atmósfera a mi favor. Él llegó pasada la media noche luego de practicar con su banda. Sin embargo, algo lucía diferente en él. Las ojeras habían vuelto, las marcas en sus brazos al descubierto. Yo que siempre las ocultaba con vendajes diciendo que me había caído o lastimado al hacer alguna cosa en clase de arte. Inclusive tapándome con ropa, pero a él no parecía importarle. Se caía, se tambaleaba, la piel pegándosele al rostro. No debí haber venido, fue una muy mala idea.

—Si se aman mutuamente, es hora de demostrárselo al mundo. Si tan solo observas y no haces nada, definitivamente llegarás a maldecirte a ti misma, sucumbiendo a la desesperanza de la luz que robé—comenta ella de manera fría, observándome con aquellos ojos que reflejaban, redundantemente, la misma desesperanza de la que ella hablaba—Espero ansiosa a que se cumpla. Después de todo, el aburrimiento es una toxina que abunda en mi cuerpo.

Fue en ese momento que descubrí mi vocación para correr. Mi rapidez, mi agilidad. Correr para huir de mis problemas, escapar. Corría y corría. La lluvia empezaba a caer. Rondaba por las calles para al final llegar a casa. Mihara durmiendo en cama, la ausencia de mis padres reinando. Una vez más, clavé y clavé, sonriendo de manera maniática al ver mi sangre. En ese momento pensé que tan solo anhelaba ver una sola sangre correr. La de Tokiko. Como autómata, acudí a la cocina, buscando el más grande. Con suma cautela, disfrutando de mi absurdo y repentino plan, la amarré a una tela, esperanzada de encontrarme con ella saliendo de aquella fiesta para personas hundidas en la droga. Llegué más rápido de lo que pensé, escabulléndome entre los callejones. Las personas sumidas, ahogándose en sus pasiones. Pasaba a su lado, nada me importaba, mi mente nublada con borrar a Tokiko de nuestras vidas y así, de manera egoísta, recuperar a mi hermano.

Un callejón, de los miles, me llama la atención. El fuerte olor a orina que reinaba no disipaba mi mente. Ratas, cajas, basura acumulada. La oscuridad reinando, la lluvia había vuelto de a pocos, haciendo que los líquidos esparcidos en el asfalto dieran con mis pantuflas, lo primero que encontré antes de salir disparada de casa. Cediendo ante la desesperanza, despojando la carga extra que llevaba encima, me fui desvistiendo de a pocos, quedando casi solo en harapos. Una corta falda carmesí y blusa blanca que se pegaba a mi cuerpo, transluciendo mi sostén, dicho de manera cruda. De tan solo pensar que Akira podría emocionarme al verme así me incitaba a seguir, segura que aquella oscuridad me guiaría hacia él.

—Ah… Akki… ah…

Voces. Podía escuchar voces.

—Ah… ahí…

Gemidos.

—Vamos, sigue imaginando que soy ella… vamos.

Dos personas se hundían en un carnal apasionamiento contra una pared. La lluvia incapaz de disipar el calor que emanaban. Ella se encontraba recostada contra la pared, sus piernas abrazando al hombre del torso, apegándolo a su cuerpo. Su vientre dándose fuerte contra el del él. Las manos de ella se sujetaban a la pared, su rostro sumido en un éxtasis envidiable. Respirando de manera agitada, implorando por el aire que le faltaba. Sus manos jugando con el cabello oscuro del muchacho obedeciendo a sus deseos como un animal. El verde agua se meneaba cediendo, hundiéndose en negro cuando corría sus dedos. Ella empezó a jugar consigo misma tras de manera salvaje retirarse su parte superior, revelando su pequeño pecho, el cuál reflejaba disfrutar cada segundo del acto. Él hundió su rostro en el cuello de ella, tan solo gimiendo por más. La lluvia seguía. El olor también. Dicen que el olor a orina excita la violencia al botar feromonas, podría decirse que también incita al cuerpo humano a aquella actividad que no tiene como finalidad ser meramente reproductiva. No dando más, el parecía hablarle, implorando. Ella tan solo negaba, que no lo dejaría entrar a ese lugar, tan solo era una diversión. Ver sufrimiento y desesperanza.

—Sigue, vamos… Akki… sigue. Suéltalo todo.

—Ah… por favor… por favor.

—No, Akki… ah… no… tan solo sigue y suéltalo todo sin estar ahí.

—Fū… Fūka… Fūka… Fūka…

Fue en ese momento cuando solté el cuchillo. Su sonido rebotando en el callejón. Separándolos del profundo y apasionado beso que intercambiaban. Esos labios iban a ser míos. Debían ser míos. Solo mios. No niego que me sentía excitada tras ver la escena, también respirando de manera agitada. Sus lenguas dejaron de jugar, dejando un rastro de salivo por detrás dando a relucir la reciente unión que acaban de compartir. Ella se acomodó, vistiéndose nuevamente, como si eso solo hubiese sido un mero acto. Por el otro lado, él se encontraba estresado al ser incapaz de soltar aquello que llevaba guardado, acumulado por Dios sabe cuánto tiempo, causándome incluso algo de lástima. Ella volvió a acercarse a mí, yo paralizada por lo que había descubierto. Mis sangre queriendo hervir pero su mirada fría me bajaba los ánimos, haciéndome temblar y ceder ante sus caprichos. Al caminar, su pie dio contra el arma con la cual planeaba atentar contra su vida. De manera divertida, la saca de la tela, probando su filo con un dedo. Tras ver una bolita de sangre formarse en la punta, sonríe, el reflejo retorcido en el cuchillo de cocina.

—Si hubiera sabido que recurrirías a esto te las hubiera puesto a ti, Hina, y no a su querida hermana menor quien no ha sabido aprovechar sus beneficios. Su brillar resultaba amenazador…—se separó de mí, mi hermano todavía lejos bajando el palpitar de su cuerpo—¿Sabías que tu querido hermano es tan salvaje? Todas esas veces, tan atrevido, sus frustraciones y deseos contenidos… mi linda Hina… la causante de todo.

Seguía congelada sin comprender. Mi hermano no decía nada todavía en su mundo, algo que pudiera esclarecer los hechos.

—¿Qué tenemos aquí?—dice jalándome el brazo, observando los cortes—¡Vaya, vaya, querida! Esto es mejor que cualquier cosa que hubiese podido imaginar… Akki, ven a ver esto.

Al él no ir, yo seguía congelada en el tiempo. Tokiko se aferró a mi hermano, volviéndolo a colocar sobre la pared y lanzarle un beso más, logrando que los esfuerzos de Akira en contenerse volvieran a ser inútiles, haciéndolo sufrir por ser hombre. Antes de que él pudiese tomar rienda la situación, ella lo jaló hacia sí, rostro frente a rostro.

—Si tú puedes escuchar la llamada de ese mundo sumido en un mar de tinieblas, ella también podrá. Ellas podrán. Prometiste protegerlas. Prometíste servirme para toda la eternidad por esa razón. Para protegerlas lo harás, Akira. Tu luz… tu temible luz será mía y así toda la luz se extinguirá, causando que ese mar se libere al no haber más de ella en este mundo. Sí al principio solo era para saciar mi aburrimiento, pero terminaste cayendo en la trampa por completo—su aliento seguía opacando los anteojos de mi hermano—¡El elegido original de la Luz ha caído! ¡Solo falta el original de la esperanza! Sin luz y esperanza no puede ser visto, ¡nunca podrá ser visto!

—Deja…—mi cuerpo estaba reaccionando—Deja… en paz…

—¿Hm? ¿Qué dices, mi querida Hina? No te escucho—su sarcasmo tan solo era más incentivo.

—¡Deja en paz a Akira!—desgarrando mi garganta, fui capaz de volver a hablar—¡Deja en paz a mi hermano!

—¿No vas a preguntarme a que voy con todo eso, linda? Vamos, puedo darte una pista ahora… en el futuro no creo ser tan generosa… si es que tú no me lo quitas primero.

Atónita con sus palabras, ella saca algo de sus bolsillos y lo lanza hacia mí. Por idiota abrí mis manos para recibirlo. Si nunca lo hubiera hecho, ese presente jamás estaría en mi posición atormentándome. Aquello con lo que casi asesino a Hikari antes de que Daisuke se sacrificara por ella.

—¿Una… daga?—murmuré, mirándola.

—Algo más pequeño te queda bien, querida Hina—alejándose de mi hermano una vez más, camina hacia mí—Piensa en las infinitas posibilidades que puedes hacer con eso en vez de con este patético y ridículo cuchillo gigante de cocina.

Robándome la daga de la mano, ella se la clava en la palma sin mostrar el más mínimo dolor. La sangre chorreando al suelo, entre sus dedos. El reflujo empezó en mi estómago. Me tapé la boca para evitar que salga de mis entrañas, pero fue inútil. Vomité de una manera ridícula, asustada, asqueada. Tokiko tan solo río, sacándose la daga. La observaba aterrada mientras se acercaba a mí. Acorralada, se me acerca para jugar con mi largo cabello.

—Precioso… es evidente que lo cuidas mucho, mi querida Hina—hunde su nariz en él, dándome repulsión. Su mano que seguía sangrando, la roza en mi rostro, bañándome de escarlata—Vamos, puedes hacerlo. A mí, o a ti. Tú eliges.

Dejándola en mis manos, me da aquella opción. Tengo once años, acabo de lastimar toda mi inocencia. Todo sucedía tan de prisa. Tan solo un pensamiento corría por mi mente diciendo que ella se estaba ofreciendo a morir en mis manos. Ahora que lo pienso, eso fue sumamente ingenuo de mi parte, no había forma de que Tokiko no tuviese algo más planeado tras sus palabras. Ella es ese tipo de persona, maliciosa. Es casi como un laberinto sin una salida. Es peor para aquellos quienes saben que está por bordar la muerte, el sentido común es vago a veces. Por lo tanto es irracional.

—Ya no seguiré jugando en esta farsa, ni por un instante más.

Ambas dimos con el origen de la voz. Mi hermano se estaba levantando de manera débil. Su voz amenazante, con un tono que jamás había escuchado. Se arrastraba por las paredes, luchando para mantener su sanidad.

—Mi querido Akki, si mal no recuerdo cuando nos volvimos a encontrar aquí, en Odaiba, dijiste lo contrario: bien, seguiré jugando en esta farsa que tienes, solo por ahora. Mira a dónde los ha llevado. Destruir tu luz fue espléndido—dice Tokiko alegre, como si acabase de recibir el mejor regalo de Navidad.

La daga empezó a temblar en mis manos. Era mi oportunidad. Tokiko se encontraba despistada, la oportunidad perfecta para acabar con esta pesadilla.

—¡No lo hagas! No te ensucies las manos… ¡hermana!—gritaba Akira para hacerme entrar en razón.

—Lo haga o no… eventualmente sucederá. Sea ahora, mañana o en un lejano futuro. A sus manos o a las manos de otro. En las manos de Hina, de la Luz original, de la Esperanza original, de las actuales Luz y Esperanza, a manos de la Inocencia, en manos del Resplandor, en manos de la Fortuna o bajo la misma Oscuridad—acaba ella con una risa desquiciada, causando escalofríos—Gracioso, todo esto sucede a tu alrededor y aun así no fuiste elegida para alguna cualidad, ¡que irónico tu destino!

—¡Esto se acabó!—mi hermano se dirige hacia nosotras, retirándose sus gafas.

—¿Q-Qué estás haciendo, Akki?—la voz de Tokiko flaqueó, sacándome una expresión de sorpresa, la lluvia incrementando—N-No serías capaz.

—Sí esto es tan solo un recuerdo, una ilusión de tu pasado que hará que te alejes de mí… de mis dos queridas hermanas… que así sea, se acabó este juego de mierda.

El grito de Tokiko fue uno que jamás creí escuchar en mi vida. La chica que admiraba desde los diez, la persona que aspiraba ser que resultó tener una torcida personalidad, tan solo caía frente a mis ojos tal cuál Akira destrozó los lentes.

—Al parecer, ahora tendré que usar lentes de contacto—se atrevió a decir, tratando de formar una sonrisa para lucir de una manera genial frente a mí—Hermanita… por favor, baja esa daga.

Tras todo lo sucedido no me percaté que sostenía la daga con ambas manos de manera brusca, lista para atacar. Lentamente, empecé a hacer lo que me pidió, mis rodillas cediendo ante la presión. No obstante, ese no había sido el final. Es cierto que Tokiko se encontraba destrozada por lo sucedido, pero eso no la impidió de ir contra mí, clavándose a sí misma en el vientre.

—No… voy a….. morir con… esto—dijo recostada en mí. Sintiendo entre mis nudillos cómo se iba humedeciendo nuestra unión, por una causa distinta por la lluvia. En ese momento ella perdió la consciencia, ambas cayendo al asfalto—Vas a volver a mí, recuérdalo… Akira.

Ella dijo que no iba a morir por esto. Y le creo, porque si no no me atormentaría hasta este día.

Akira corrió hacia mí, abrazándome. Yo perdida. Confundida. Sin entender lo que sucedía.

—Por favor, no te aflijas, porque incluso si el mundo entero no te perdona, yo te perdonaré. Por favor, no te aflijas, porque incluso si tú no perdonas al mundo, yo te perdonaré.. así que, por favor, dime, ¿cómo me vas a perdonar a mí?

Escuchar las palabras de Akira, su latir cerca al mío, tan solo me hizo correr una vez más, ignorando todo. Fue ahí cuando llegué a ese puente. Rendida, tirada, temblando por el frío al paso de la hipotermia. Me escondí, creyendo escapar de todo. Olvidando. En cierto rincón deseaba que mi hermano viniera por mí pero sus palabras me habían dejado confusa. Definitivamente, el destino quiso que cuando saliera la luna empezara a cantar, porque fue en ese momento en el que te acercaste, Takeru. Me viste, me extendiste la mano… y yo solo pude pensar por el parecido entre ustedes… que mi hermano había venido por mí, para regresar a casa.


: : :


Cuando desperté fue de manera agitada. Había tenido un mal sueño, no recordando exactamente los detalles. Había sido doloroso, muy doloroso. Toqué mi cuello, sintiendo las marcas de aquella historia que agradezco no haber recordado. Fragmentos fluían, lágrimas empezaron a caer por mis mejillas, entendiendo esas palabras de mi hermano. Pensando que si lo volvía a ver, perdonaría su huída y abandono de nuestras vidas porque él estaba dispuesto a perdonarme tras lo acontecido. Me percaté que m cabello estaba corto, sin saber en qué momento llegó ahí. Me acostumbré más a la oscuridad, para toparme con alguien a mi lado.

—Despertó mi hermanita durmiente.

Las lágrimas empezaron a incrementar.

—¿Takeru…?

—Te imploro que no vuelvas a decir su nombre en mi presencia, hermanita. Ya tuve que lidiar con él antes, ahora no quiero con tan solo unas letras que componen parte de su existencia.

¿Lidiar con él antes?

—Aki…ra…

Aquellos piercings que no se había quitado, su cabello negro como la noche, aquellos ojos esmeralda que me observaban como el único amor de su vida. Quisiera que él me mirara de ese modo en realidad y que no sea solo mi imaginación. Ahora con veintiún años, se veía más apuesto que nunca, Takeru siendo su copia exacta con menor edad.

Si mi hermano ha vuelto… es probable que deje de reemplazarlo con Takeru… si es así… ¿podré enmendar las cosas con Hikari para reivindicar el hecho de casi matarla?

Abracé a mi hermano como si mi vida dependiera de ello. Creí que iba a ser yo la que llorase, pero al final fue él quien cedió a un dolor que guardó por años. Lo único que pude hacer fue repetir unas palabras.

—Por favor, no te aflijas, porque incluso si el mundo entero no te perdona, yo te perdonaré. Por favor, no te aflijas, porque incluso si tú no perdonas al mundo, yo te perdonaré.. así que, por favor, dime, ¿cómo me vas a perdonar a mí?

Te perdono por dejarnos, Akira. Sabía que volverías. Fui capaz de volverme en la persona que soy ahora por ti, no hay forma que no te vaya a perdonar. Te amo, Akira. Siempre lo he hecho y lo haré.


Comprendo si fue muy enredado, hasta a mí me costó escribirlo… por eso demoré. Ok, cosas que SÍ necesito explicar. Aquí los lentes son un paralalismo que en verdad deseo que noten al ser un punto importante en el sentido de que quiero atar un cabo que algunos ya se han dado cuenta, confirmando sospechas. Ahora, tomen en cuenta varias palabras de Tokiko, en especial porque habla sobre eventos pasados, cosas que en ese entonces se iban a desarrollar a futuro (siendo ese futuro el presente de Hikari y Takeru) y cosas que ahora se van a desarrollar a futuro en el fic. Una vez más, les debo la segunda parte de esta historia, siendo ahora dos (junto a la de Daisuke).