Nota de Autora: Escribo esto en mis tiempos libres para ustedes porque los quiero. Escribí lo mejor que pude al no poder distraerme de mis estudios y tareas. Y porque también hay Kenyako, mi OTP número uno de todos los tiempos. Y algo más que me van a querer linchar. Dato interesante: Empecé clases y me metí a Japonés I… ¡mi profesora se llama Miyako! (además aprenderé Kanjis y si ya me gusta jugar con sus significados en esta historia… abusaré más).

En el Capítulo 29, sale que Iori tiene 15 años. Error mío, debería decir 14. Recién va para los 15. Soy un caso perdido, como Akki diría.

Dix - ¡Ya entiendo! El final inclusive me sorprendió a mí. Oh, lamento ese spoiler :( Espero que no arruine lo que va a pasar pronto. ¡Gracias por el Review!

Ali - ¡Hikari se —pasó— al lado oscuro! Se puede decir que es medio… especial el chico. ¡No lo odies! Sí, los sentimientos de una chica en ese estado son muy vulnerables. ¡Finalmente Hikari apreció a Daisuke! Tk de mueble, jaja. ¡Gracias por el Review!


Capítulo 35: Próspero Año Nuevo


—¡Miyako, apresúrate que vamos a llegar tarde!

Una voz que la muchacha de cabello lavanda no había escuchado por cuatro años la llamaba detrás de la puerta de su habitación. En esta reinaba la luz que provenía a través de la ventana, sus cortinas claras transluciendo el sol que reinaba en los cielos. Su recámara era sencilla al vivir por su cuenta, tan solo consistiendo de un armario mediano, espejo de cuerpo completo, una cama básica y el clásico escritorio. Las paredes se hallaban malgastadas, la pintura cediendo por la antigüedad del apartamento. Un reloj no dejaba de sonar al pasar los segundos indicándole que, efectivamente, se le agotaba el tiempo. Ella suspiró mientras miraba las sábanas que yacían en el suelo de madera plastificada, al igual que la almohada. Se agachó para sentir su suavidad, sus ojos miel reflejando melancolía. Sacudió su rostro, tratando de volver a la realidad. No era hora de pensar en cosas que no tienen reparación alguna. El segundero sigue avanzando, al igual que su vida y la de él.

Procurando no resbalarse, decide darse una última mirada en el espejo.

Viendo su reflejo, coloca su palma frente a su helada superficie, un ligero escalofrío recorriendo su cuerpo. Cierra sus ojos con lentitud, todavía incapaz de creer que iría sin él. Había sido una promesa entre los dos, una promesa que ahora jamás se cumplirá. Ahora, abriéndolos, aprecia su inusual apariencia. Su largo pelo se encontraba sujeto por un prendedor, exponiendo su cuello durazno al igual que su frente. Al tenerlo en ese estilo, había optado por colocarle unos palillos con hojas que se asemejaban a un papel lleno de deseos para tanabata. Sin embargo, lo que más resaltaba en ella, era su yukata. Por más que se utilizara en verano, ella lo tenía listo de antemano por el interminable otoño que se asemejaba al verano que los había atormentado todo el año. El algodón que la protegía le recordaba a sus caricias, deseando hundirse una vez más en la agonía que latía su corazón. El color que había elegido combinaba con su cabello, siendo índigo. Un motivo más para recordarlo a él. El tradicional patrón floral decoraba la vestimenta, flores de cerezo floreciendo y por florecer al igual que su amor. Un diseño tan inocente que emanaba su pureza. Con su diminuto bolso en mano, da una última mirada a su recámara.

Empezó a meditar con seriedad si se encontraba haciendo lo correcto. El obi rosa que le faltaba colocarse seguía colgado dentro del armario, mirándola. Aquél objeto inorgánico amenazándola detrás de unas míseras puertas de un plástico barato. Abrazó su vientre con gentileza, sobándolo con cariño mientras una sonrisa nacía en ella. Ciertamente, se encontraba sola en ese predicamento, pero sabía que aquellos sentimientos de desamor inundarían al pequeño. A la vida que poco a poco iba tomando forma dentro. Al ser recién dos meses no había señales que delatara su embarazo. Su apetito no era el mismo, sorprendentemente no había sufrido de constantes nauseas que involucrara vomitar. Lo único que la marcaba era su inestabilidad emocional. Trataba de mantener un acto fuerte frente a su amigo de la infancia mas estaba convencida que él lo sabía perfectamente.

Después de todo, mentir no es mi fuerte.

Colocando un dedo bajo el mentón, su gesto daba a entender que andaba algo confundida con respecto a la situación en la que se encontraba. Una torre de papel arrugado se había acomodado con frescura en la esquina que daba a su cama. Algunos inclusive rodeándola. Evidencias de sus constantes llantos estaban esparcidas en su habitación, inclusive rastros de rollos de papel higiénico rodaban por la ventisca que acababa de entrar, haciendo rugir a las cortinas al igual que un mar bravo. Acercándose al escritorio, mete en el diminuto bolso que colgaba de su muñeca un par de tisúes, solo para golpearse la pierna con la esquina de la mesa. Aguantó un grito, al igual que las ganas de destrozar el mueble, haciendo un memo personal de comprar uno de mejor calidad y botar el obsoleto metal que día a día se oxidaba más. El accidente le hizo notar que no llevaba sus lentes puestos. Una razón más para salir herida físicamente, agravando las cicatrices que no desaparecían de su corazón. Ella imaginaba que su corazón se encontraba lleno de curitas, casi cubriéndolo por completo.

—¡Miyako! ¿Cuánto tiempo piensas estar ahí adentro?

El sonido de sus nudillos en la puerta le hizo pegar un salto, arrugando su yukata de algodón. Frunciendo el ceño, camina decidida hacia el armario. El obi seguía ahí, su inanimada presencia abrumándola. Su significancia no era inmensa ni importante para ella. Más bien, era una debilidad.

No sabía ponérselo por su cuenta.

—Ken iba a ayudarme a ponérmelo…— suelta en un susurro, extendiendo sus dedos para atrapar la calidez de otro fragmento de felicidad olvidada.

¿Por qué todo tiene que doler tanto?

—Enseguida voy— replicó con falsos ánimos, tratando de engañarse a sí misma.

—Eso me dijiste hace hora y media— volvió a decir la voz, perdiendo el límite.

—¿A dónde se fue tu santa paciencia, Iori?— pregunta ella.

La sensación de tener el obi en las manos se le hacía etérea. En definitiva, era extremadamente delicado y ligero, algo fuera de este mundo. Algo inefable.

Después de todo, lo elegimos juntos.

—La dejé en España— responde con sarcasmo, —Apresúrate que tú insistías anoche en ir temprano en la mañana al templo.

—Pero me duele la cabeza luego de la celebración de ayer…— dijo mientras trataba de colocarse el obi frente al espejo.

—Solo tomamos algo de jugo para que al final te durmieras antes de la medianoche. Pasaste el año nuevo en tus sueños— volviendo a tocar, cierra sus ojos en derrota, para luego abrirlos. Esta vez brillaban como una bella apatita, —¿Estás bien?

—Sí, sí. Todo perfecto— se convence sola.

En ambas palmas apretaba los extremos del obi rosa, extrañada al no comprender en qué momento acabó con medio cuerpo cubierto por la prenda extra. Deseando apretarse el tabique, su molestia siendo reflejada en su mirar soltando un gesto de frustración acumulada, opta por jalarlos, creyendo que a la fuerza podría solucionar todos sus problemas. Empezó a estrujar, fracasada, sin tomar noción de sus alrededores. El viento decidió cantar con lozanía, causando que un rollo vacío de papel higiénico se detuviera precisamente detrás de su tobillo derecho. Poco a poco, ella iba perdiendo el equilibro en su lucha contra el obi. Un paso a la vez, se iba deslizando hasta que, finalmente, sucedió.

—¡¿Qué fue eso?!— la primera reacción de Iori fue sujetar la perilla. Por inercia, la giró, para darse con una grata sorpresa, —No estaba con seguro…

La escena que lo recibió era el sueño de todo adolescente de su edad.

Miyako se encontraba desplomada en la falsa madera, quejándose levemente del golpe que acababa de darse al caer de espaldas. El obi amarraba sus brazos, inclusive sus piernas, apretando con fuerza el yukata. Sus facciones y atributos se hallaban marcados con delicadeza, imitando una pintura realista frente al muchacho de cabello asemejado a un caliente capuccino. Inclusive su estrepitoso sonrojo hacía la imagen más nítida. El prendedor que sujetaba su pelo lavanda había cedido, esparciendo los restos a su alrededor al encontrarse con una longitud descomunal. Respirando algo agitada, su busto subía y bajaba. El yukata no había jugado a su favor, abriéndose en la mitad. El sudor recorría su escote tras su ardua lucha con el obi del mal. Ella había decidido no colocarse una prenda íntima bajo la primera funda debido al tamaño de aquella parte de su cuerpo que consideraba una razón más de sus constantes contracturas en la espalda. Las flores de cerezo que detallaban el índigo que la cubría, combinaban a la perfección con su piel durazno. No tan pálida pero tampoco bronceada. Un equilibrio perfecto que emanaba una sola imagen en la cabeza del heredero del Conocimiento y la Sinceridad. Una imagen de un pasado que era incapaz de olvidar. Sacudió el rostro para transformarlo en serenidad.

—No puedo creerlo— golpeando su frente con los clásicos cinco dedos, se agacha para estar a su mismo nivel, —Definitivamente no estás bien.

—Sería de gran ayuda si en vez de analizar mi predicamento hicieras algo para solucionarlo— casi gruñendo, Miyako vuelve a moverse en contra de viento y marea, el obi jugando en su contra, —¡Mendigo pedazo de tela!

—¡Deja de moverte tanto que se te ve todo!— explotó el muchacho, guardando un intenso rubor.

—Ay, Iori…— haciéndole caso, se deja llevar por las manos de él, que empezaban a desamarrarla de las muñecas, —No hay de qué sentir vergüenza.

—Debería grabar esta conversación. No entiendo qué te pasa últimamente. Normalmente no reaccionarías de esta manera— suspirando, ahora procede a los tobillos.

—Quizás mi percepción de la vida ha cambiado— dice ella, tratando de poner un tono de voz místico.

—Sí… claro…— ahora ayudándola a ponerse recta, con suma agilidad le cubre el pecho temiendo a que Miyako retornase a su estado original y empezase a gritar, —Pregunto de nuevo, ¿segura que estás bien?

—¡Ya te dije que sí!— moviendo los brazos en ademán de un berrinche, Iori se aleja dándole algo de espacio. Sus ojos se entrelazan, Miyako juntando las cejas, —¿No vas a ayudarme a levantarme?

—Sabía que me verías como un sirviente con el tiempo— extendiéndole la mano, cumple su capricho.

—Es muy conveniente tenerte en casa— sonrió Miyako mientras doblaba el obi en sus brazos.

—¿Es por eso que te demorabas?— señalándolo, la muchacha de diecisiete años, preparándose para los dieciocho en los próximos meses, asiente desganada, —Es increíble que no sepas amarrarte esto.

—¡No te burles! Es difícil, ¿sabes?— ambos frente al espejo, él empieza a abrazar su cintura, —Tener la fuerza, la paciencia… ¡uno necesita tener ojos en la espalda para hacer esto bien!

—De acuerdo, de acuerdo…— mordiendo sus labios, Iori prosigue a enrollar su estómago con delicadeza. Momentáneamente, Miyako lo detiene, sus manos dándose una encima de la otra, —¿Te aprieta mucho?

—Creo que ahí está bien— sin esperar a que él terminara su pregunta, su voz se torna seria.

Me da miedo asfixiarlo o algo así. ¿Es eso siquiera posible?

—Por si acaso prefiero darle una vuelta más. Acabas de tener un ligero… accidente y no creo que quieras que suceda en pleno festival— dice el muchacho, separando sus manos, —Menos que el yukata se te caiga en medio del templo.

—¡No digas esas cosas!— alterándose como es de costumbre, voltea su rostro furiosa, —Tan solo termina esto para irnos.

—Sí, sí— replica sonriente, solo para percatarse de su expresión en el reflejo, quedándose confundido.

Jamás creyó sonreír ante una queja de Miyako.

—Creo que esta breve convivencia me está afectando el cerebro…— se dice a sí mismo.

—Eres raro por hablar solo, Iori— aguantando reírse, empieza a arreglar su cabello a como lo tenía antes de caerse.

—Mejor me quedo callado. Temo decir algo de lo que me arrepienta después— dándole un último nudo al obi, lo acomoda por detrás para acabarlo en un lazo natural. Ni muy exagerado pero tampoco simple, —¿Satisfecha?

Miyako observa detenidamente sus siluetas. Iori se encontraba sujetándola de los hombros, ella percibiendo luego de su primer encuentro en el apartamento que, efectivamente, había crecido en exceso. O por lo menos así pensaba ella. Su estatura era promedio, razón por la cual le abrumaban los celos que con tres años de diferencia al ambos estar por cambiar, ella tenga el tamaño de la pulga de una jirafa. Siendo él el último animal mencionado. Por más que en realidad ella le llegase al cuello. Juntando los dientes, intenta distraerse con algo más. Iori parecía ir vestido como cualquier persona común y corriente, a diferencia suya que sí lo había planeado con antelación. Al evocar dichos recuerdos, un nudo quiso formarse en su garganta. Cerrando por un breve instante su mirar, creyó ver el reflejo de Ken detrás de ella, reemplazando al niño.

Siento que voy a perder la cordura en cualquier momento. Sigo asustada de mi intento de suicidio. Iori sabe perfectamente cuándo preguntar y cuando no pero… necesito contárselo a alguien. Todo. Absolutamente todo. ¡No sé si es un tonto o teme hacerme un interrogatorio! ¡Como si fuera a gritarle! Hikari no está pasando por un buen momento y lo que menos deseo es cargarla con más problemas…

—Sip. Podría decir que hiciste un buen trabajo, sirviente— dándole el último toque a su cabello, da una dulce vuelta para presumir su apariencia, —¿Y? ¿Qué te pareció?

—No te entiendo. Si te refieres al yukata creo que te queda muy bien— Iori parpadeó, extrañado por la pregunta.

—¡No seas un bobo!— formando sus nudillos en puños, acaba abriendo la palma de su mano para colocarla encima de su pecho, —¡Hablo de esto! ¡ESTO! ¿A que no soy guapa?

—La verdad las de ella eran más grandes...

—¡Eres demasiado sincero a veces!— echando a la fuerza a un muy confundido niño, se apoya detrás de la puerta de madera, —¡Ahora ya me siento mal! Pensé que mi atractivo femenino había mejorado en algo.

—Vamos, Miyako. No te me pongas así. No fue mi intención. La verdad no entendía claramente a qué te referías.

Iori no mentía. Por más listo que fuera, aquella indirecta no la había captado del todo.

—Hombres y sus excusas— levantando el mentón, Miyako le da una última revisada a la habitación. Contenta con el resultado final, su diminuto bolso bailando al son de su propia melodía, cierra las ventanas. Las bolas de papel dejaron de escabullirse, los rollos de girar, el viento de soplar y las aves de cantar, —Este silencio es abrumador. Me estremece los tímpanos.

Quizás una de mis resoluciones de año nuevo sea empezar una banda musical. Aunque limpiar mi cuarto suena mejor. Pero la banda suena increíble… ¡este bebé me está afectando!

—¡Miyako! ¿Has visto las llaves?— la distante voz de Iori la saca de sus pensamientos.

—¿No están en la mesa?— saliendo de su guarida, sus medias limpian el polvo del piso de la sala de estar, —Siempre las dejo ahí cuando regreso de la academia.

—Estamos… bueno, estás de vacaciones. No vas desde hace varias semanas— recalca él, cruzando los brazos, —Estas muy distraída… ya me estoy preocupando.

—¡Estoy perfectamente bien! ¡Hahahaha!— con la risa más falsa de la faz del planeta, levanta el pecho orgullosa al juntar sus manos en la cintura. Luego lo señala con furia usando el dedo índice, sus cambios bruscos de ánimo manifestándose, —¡Has buscado mal! ¡Busca bien!

—Tú puedes hacer esto Iori… respira… tan solo asiente y sonríe— murmura para sí. Levantando el rostro, aplica las acciones que dijo, —Claro. Eso mismo haré.

—¡Perfecto!

Orgullosa sin saber la razón aparente, se dirige a la puerta para empezar a colocarse sus sandalias. A lo lejos, podía escuchar al heredero de la Sinceridad y el Conocimiento volteando el apartamento para así poder encontrar la escurridiza llave quien había decidido jugar a las escondidas sin consultarle a su dueña. Suspirando con desdén, sus ojos color miel dan con el estante al lado de aquella placa de metal que sirve como entrada y salida. Un doloroso objeto que trae y lleva sentimientos. Algo absurdo que marca cuándo algo regresará y cuándo no.

Como esperar un atardecer sin ver el sol.

A diferenciar un 'nos vemos' de un 'adiós'.

La presencia de Iori, al igual que su oportuno regreso aquella misma noche, había llenado ese vacío que sabía que la ausencia de Ken le iba a crear. Por más que no vivieran juntos, ella sentía que lo hacían. Sus constantes visitas, las veces que se quedaba a dormir, los desayunos, almuerzos y cenas. Los apagones que sucedían en el apartamento. Saber que aquél corazón latía junto al de ella al mismo ritmo, a la misma frecuencia, la misma canción. Juntó sus palmas en el rostro, deseando ahogarse en un mar de recuerdos perdidos que jamás regresarán. Por sensaciones, caricias que ahora solo eran algo del ayer. Acciones de devoción adornadas con bondad que llegarían a manos de otra mujer.

¡De una vieja arpía!

Su sangre deseaba hervir. Su tristeza siendo desechada en la maleza de sentimientos que anhela quemar sin piedad alguna. Sabía que no era momento de lamentarse, seguir llorando por algo que no podrá arreglar, menos todavía luego de ser ella quien acabara la relación.

No es como si pudiera ir directo hacia él y decir casualmente: «¡Hey, Ken! Qué casualidad encontrarnos por aquí, ¿no? No es como si supiera tus conductas, horario o actuara como una ex enamorada con indicios de volverse en una acosadora demente. ¡Hahaha! ¿Dije eso? ¡Estás alucinando! Por cierto, ¡estoy embarazada de tu hijo o hija! Bonito clima, ¿cierto? ¡Adiós!»

—Aunque eso de tomar nota de todas las conductas que ha mostrado estos cuatro años puede servirme y así observarlo de una distancia segura cuando salga a la calle…— procesando su primera señal de volverse en esa misma acosadora, la presencia de Iori en la cocina la sorprende, —Pensé que estabas buscando la llave.

—Y la encontré— respondiéndole, Miyako se pone de pie para dirigirse hacia el lugar. Él se encontraba con la nevera abierta.

—¿Entonces qué estamos esperando? Ya vamos a comer ahí, no seas goloso— dice mientras colocaba su sudorosa palma tras el cuello, —Debo pensar en comprarme un abanico cuando lleguemos.

—Miyako… las llaves estaban aquí— con el objeto en mano, las susodichas tintinearon con inocencia, —Más bien… estaban dentro de las cubetas de hielo… vacías. ¿Haz preparado algo de beber y usado todos los hielos? Porque…

En eso, la heredera del Amor y la Pureza siente algo húmedo en su muñeca. Además, también era frío, congelándola. Iori le siguió la vista, ambos dando con el pequeño bolso que llevaba. Su color crema ahora tan solo era carne por el agua que la inundaba. Recapitulando sus acciones, Miyako juraba haber metido tisúes ahí adentro cuando estaba en su habitación. Tratando de ir más atrás, inclusive a la noche anterior, recordó que llevó un vaso lleno de hielo por el calor diciendo que comerlos la tranquilizaba. Conociéndose, es probable que luego de quedarse dormida antes del año nuevo, anduviera de sonámbula rellenando el vaso. Eso los lleva a este evento. Lo cual significa que vertió los hielos en vez del papel tisú. Ambos adolescentes se observan atontados.

—¡Pobres cubitos de hielo!— sus piernas cediendo, Miyako cae al suelo llorando al igual que una pequeña niña, —¡Ellos no tienen la culpa de nada! ¡Pobrecitos los cubitos!—

—Eres un desastre…— suspira Iori procurando no reírse.

—¡Perdónenme, cubitos de hielo!— lágrimas gordas fluían por sus mejillas, dándole un toque infantil a su desdicha.

—Debo tomar en cuenta lo siguiente…— apreciando una última vez su apariencia, hasta el más mínimo detalle, saca su conclusión, —Nunca dejar que te quites los lentes.

Mientras ella sollozaba, el muchacho fue a la recámara a sacar las gafas, solo para terminar en el suelo gracias a un rollo de papel higiénico.

—Y también proveerle de varios tachos de basura.

Tras tener aquellas dos notas mentales, implora para que su salida al templo sea lo más placentera posible.


Templo Ibuki*


Miyako no creyó sentirse abrumada por el decorado que cercaba su caminar tal y como un indefenso animal dentro de un diminuto corral. Los colores era un ruido. Una tormenta eléctrica visual que acordonaba sus emociones, fusionándolas en una interminable pancarta de agonía. Lo primero que lo consiguió fue el puesto de máscaras y antifaces. Aquellos demonios inexistentes cobraban vida en su ficticia realidad, danzando a su alrededor. Saltaban sincronizados, ella al medio como el cordero sacrificial ofrecido para calmar la ira de los dioses. Las llamas imaginarias la sofocaban, las piruetas la mareaban. El humo del fuego que la calcinaba la hacía llorar, el sudor reemplazando su inquebrantable, asimétrico, llanto.

Un sacudón la estremeció, aclarando su visión. Las terroríficas máscaras se esfumaron como efímeras burbujas, escabulléndose a una superficie ilusoria. La luz reinó, encegueciéndola. Una amalgama colorida inundó su monocromo mundo. Un tsunami de cálidas tonalidades intoxicó su alma, reviviéndola. La iridiscencia era perfecta, cantidades de arcoíris marcando su próxima salida. Al otro lado de su caverna sumida en las tinieblas, una mano la recibió, su corazón saltando en sosiego.

—¿Te encuentras bien? Sé que te he hecho la misma pregunta todo el día pero, me alarma— admite decaído el muchacho, arreglando un mechón de su cabello chocolate.

Procurando estabilizarse con el apoyo proporcionado, pestañea con lentitud, pintando en su lienzo mental los alrededores. Una vez más había caído víctima a sus temores, perdiendo momentáneamente la lucidez.

Igual que el día de mi intento de suicidio.

—Solo fue un ligero mareo— lo aseguró lanzándole una tímida sonrisa.

—Estás pálida— mirándole el color de la piel, asiente para sí mismo, —Vayamos por algo de comer que no llegamos a desayunar ya que cierta persona se tomó su tiempo esta mañana.

—¡Pero los pobres cubitos de hielo no tenían la culpa de nada! ¡Eran inocentes!— sus gafas brillaron al reflejar los rayos del sol, ocultando sus verdaderas emociones.

—No hablaba de eso. No es nada importante. No es culpa mía que no supieras amarrarte el obi. Apresurémonos que el templo se va a llenar luego y se nos va a hacer imposible agradecer el año nuevo.

Asintiendo débilmente, arrastra sus sandalias de paja en el rocoso camino, no sin antes sacarle la lengua a la endemoniada máscara. El propietario del puesto, un señor calvo y bigotudo, no pudo evitar mirarla con desdén al igual que a un joven delincuente. Tras un breve reproche, cosa que Iori logró para su buena suerte no hacer que se vuelva en una discusión interminable, dado al inestable humor de la muchacha que iba desde el pico más alto hacia el más bajo, lograron escaparse del radar del hombre. Tranquilizada tras ese pequeño imprevisto, disfrutó del viento que soplaba, imaginando ser una nube y así flotar sin dirección o rumbo alguno, dejándose llevar. Poco sabía ella que el heredero de la Sinceridad y el Conocimiento era ese mismo viento al ambos andar entrelazados. Ella no le había soltado la mano desde que se la extendió, sacándola de aquella vívida pesadilla.

Apreciando sus alrededores, las hojas provenientes de los árboles del templo rugían con ímpetu, chocando unas contra las otras. Permitió que la mezan con dulzura, los colores otoñales cayendo a su lado al haber, finalmente, ingresado el crudo invierno a sus vidas marcando su ausencia con constantes nevadas. Naranja, amarillo, marrón. Un arrebol se llevaba a cabo en sus pupilas que se dilataban con cada paso que daba. Los olores empezaban a abrirse paso. Además de percibir el único olor del aire libre, aceite aparecía de vez en cuando, junto a almíbar. Sonoras y coloridas voces se manifestaban, haciéndole notar que el lugar al que se dirigía andaba algo concurrido. Retornando a la realidad, la serena espalda de Iori la hizo sonreír.

¡Bingo! ¿Por qué tanto problema en pensar con quién hablar o esperar a que me pregunten? Él está justo aquí y debe ser por alguna razón.

Sin embargo, antes de que Miyako pudiera decir algo, Iori le robó las palabras de la boca.

—Tengo miedo, Miyako— confesó sin detenerse, —Tengo miedo que cada día que abro la puerta a tu apartamento no te encuentre.

—Pero si no me voy a ir a ninguna parte, qué cosas estás diciendo— se ríe nerviosa, agradeciendo que no sea una conversación cara a cara.

—Sabes perfectamente de lo que estoy hablando. Lo que sucedió ese día. Cada noche agradezco el haber decidido ir a tu casa. Es por eso que estoy preocupado. Siempre se nos hace fácil leerte la mente pero ahora no tengo idea de lo que estás pensando y… ¡me frustra!— se detuvo momentáneamente, todavía incapaz de voltearle el rostro, —No tengo ni la más mínima idea de lo que corre en esa cabeza tuya. Me da terror dejarte sola por horas. Encima que tenemos la presión de Gennai con esto de las Etiquetas me da pánico pensar que algo así de mínimo sea un detonante. ¡Hasta temo yo volverme en un detonante! Es por eso que tampoco me atrevo a preguntar… pero hoy tuve suficiente. ¡Te pusiste mal por unos cubos de hielo! ¡No tomaste precauciones cuando se te veía medio cuerpo!.

Finalmente soltándole la mano, gira su cuerpo para verle la cara. Ella lucía inmutable tras sus palabras.

—Pero eres tú, Iori— ladea el rostro, sin comprender lo último.

—¿Qué tiene de diferente eso?

—Pues… si fuera Daisuke lo dejaría en coma de nuevo por más de dos meses— juntó ambas manos en su mentón, volviendo a sonreír como los mil soles.

El niño suspiró, resignado. Tenía millares de palabras en la boca pero Miyako no parecía querer colaborar.

—Tan solo quiero que sepas que puedes hablar conmigo— mirándola fijamente, sus ojos se fusionan en una mezcla de menta junto a bayas silvestres.

—Gracias… Iori. Significa mucho para mí— hundiendo su cabeza en retraimiento, se retira sus lentes para sobarse los ojos, —No sé qué hacer. Siento que mi vida se ha puesto de pies a cabeza en cuestión de horas.

—¿Horas?— preguntó con delicadeza al ver cómo, su antigua vecina de edificio y la chica que consideraba su mejor amiga, se rompía como un frágil cristal ante él.

—Yo… terminé mi relación con Ken… el mismo día que llegaste a Japón— intenta poner un acto fuerte, cada lágrima que caía grácilmente como una garúa, era una señal que indicaba su debilidad. Flaqueaba. Se sentía como una hoja de un árbol lejano siendo jalada a la fuerza por el viento, esta aferrándose a la rama, —Luego de eso… no recuerdo absolutamente nada. Mi mente se puso en blanco y… cuando llamaste por mí tomé noción de lo que estaba haciendo. ¡Yo no soy así! ¡No entiendo!

—Miyako…— su locuacidad se había visto reducida, mordiéndose los labios en impotencia.

—La verdad, no pasa un día que me suceda lo contrario— admite, evitando un sollozo que deseaba escaparse.

—¿A qué te refieres con eso?

—Tú dices que no pasa un día que tengas miedo que vaya a matarme— lo dice de manera cortante, —Pero para mí no pasa un día en el que no esté agradecida que me hayas salvado la vida… nuestra vida

Colocando ambas manos en su pecho para tranquilizarse, la muchacha de cabello lavanda respira con breves pausas, cerrando sus ojos para entrar en un estado de relajación. Iori la observa, cauteloso de su siguiente pregunta.

Antes de poder desear clarificar esa última oración, el estómago de ella suena con vigor.

—Lo siento— se ruboriza por la vergüenza.

—Vayamos por algo de comer. Ese era el plan inicial, ¿no? Luego podemos seguir con esto, si lo deseas— él vuelve a extenderle la mano, más hojas otoñales volaron a sus alrededores.

—Bingo. Dalo por hecho— Miyako le devolvió el gesto, sus sandalias crujiendo al aplastar las hojas secas que yacían en el camino, —Ahora que lo pienso bien… ¿por qué el taiyaki tiene forma de pez? ¡Me da mucha pena!

—Miyako, no creo que sea momento de...

—¡Y el takoyaki tiene un pulpito adentro! ¡Un pulpo chiquitito! ¡Pero es tan delicioso!

Si ella decidió no llorar por sus verdaderos sentimientos, su desfase emocional estaba provocando que desahogara sus dolores.

—Siempre estaré aquí para apoyarte en lo que necesites— colocando una mano en su hombro, lanzándole una cálida sonrisa, Miyako no puede evitar abrazarlo.

—Gracias…—

—Tan solo no abuses de mí como sirviente.


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Ken Ichijouji se encontraba caminando en los alrededores del bosque colindante al templo Ibuki. La fresca ventisca mecía sus cabellos que estaba dejando crecer, en vez de cortarlos como acostumbra hacerlo. Desde que ella terminó su relación con él, empezó a descuidar su apariencia. No era solo por el simple hecho de la pérdida, pensaba cada noche antes de dormir. Sino también con esa responsabilidad que lo atormenta de años atrás. Una responsabilidad que evadió hasta que finalizó la batalla final con MaloMyotismon. Suspiró mientras miraba al despejado cielo azul, sin ninguna nube en vista que cubriera el infernal sol que los cocinaba con cada paso que daban.

Efectivamente, no se encontraba por su cuenta.

Aquella chica que pasó la mayor parte de su vida anclada a la camilla del hospital, andaba sentada cómodamente en una silla de ruedas, siendo empujada por el niño elegido de la Bondad. Las diminutas piedras saltaban al avanzar, las hojas partiéndose siendo música ligera para sus oídos. Su crujir, el fin de su existencia. El verde agua que la caracterizaba, junto a sus ojos violetas carentes de vida, deciden darle una mirada para sonreírle con frivolidad.

—Qué emocionante. Mi primera salida es al templo. Se siente placentero respirar aire fresco— comenta con honestidad, su mirar brillando con una chispa de expectativa.

—Puedes caminar perfectamente. Esto no tiene sentido— respirando para así ocultar su molestia, Ken sujeta con fuerza la silla sin detenerse, —Esa noche en el hospital te vi de pie.

—Mi querido Emperador, logré ponerme de pie pero no caminar. Todavía se me dificulta, ¿no lo comprendes?— con delicadeza decide arreglar un mechón de cabello que cubría su pálido rostro, —Además es responsabilidad tuya mi bienestar. Aunque eso podemos dejarlo de lado al ser negligente conmigo por tantos años.

—Hay millares de lugares en donde podrías hacer rehabilitación, ¿por qué visitar el templo?— todavía llevándola, él no creía estar estableciendo una conversación perfectamente normal con ella.

—Quiero tomar algo de aire libre. También aprovechar en conocerla personalmente— asiente para sí misma, devolviendo su vista hacia el frente.

—Tokino, si dejaras de hablar en enigmas estaría muy agradecido— se atreve a decir, pasando una mano en su frente para limpiar el sudor.

—Mi amado Ichijouji, ¿a dónde se fue todo ese don? Nadie sabe apreciar los beneficios de la semilla. Pobres desafortunadas almas…— haciendo un puchero al final, decide proseguir, —Tengo grandes expectativas de este nuevo año. Tan solo deseo que se hagan realidad. No todas, porque si no sería algo aburrido al ya tener a la Suerte de mi lado. Quisiera poder realizar un par de cosas, mejorar en algunos aspectos…

Si dejamos de lado ciertos detalles, cuando se comporta de esta manera parece una chica ordinaria.

Ken sacudió con firmeza el rostro, incapaz de creer lo que acababa de pensar. Es certero que la presencia de la muchacha ha sacudido su vida y no era momento de ponerse en la actitud de imaginar escenarios de aquél calibre. Tokino jamás cambiaría y tampoco lo hará. Una persona corrompida por la malicia como él solía serlo.

¿Será por eso que creo que existe la ligera esperanza de poder salvarla? Eso es imposible.

Ella vestía un simple vestido blanco que se amarraba en el cuello y encima un chal marrón. Con pesadez había insistido salir abrigada por más que el sol se encontrara en su máximo esplendor. No había nevado desde aquél predestinado día del despertar de Daisuke, siendo este invierno una estación con serios de problemas de temperamento al aparecer cuando apetecía.

No debería pensar en esas cosas. Tokino no tiene salvación alguna. Me dejé manipular por ella. Esas preguntas que la lancé a Miyako tiempo atrás, que si me quiere por quien soy o por la imagen que cargo fueron dichas por ella. Cargó una bala en la pistola llamada inseguridad, precisando el momento exacto en el que naciera para así tirar el gatillo. Con tan solo recordarlo, no puedo evitar sentir odio hacia su persona. Fui la causa de que Miyako rompiera conmigo. Esa noche yo… tenía otros planes. Algo con lo que pensé que podría enmendar ese error. Ella siempre tan cariñosa conmigo y yo…

—Sé en lo que estás pensando, mi querido Emperador. Lastimosamente no tenemos tiempo para esas trivialidades ahora mismo.

Regresando a la realidad, reacciona extrañado ante las palabras de la muchacha de casi veinte años. Decidió frenar al ella alzar la mano como señal. En ese momento se encontraban en un lugar despejado, el suelo hecho de piedra indicando que habían llegado a su destino. El templo se encontraba vacío, las personas todavía en la parte inferior charlando o inclusive comiendo algo al ser casi la hora del almuerzo. El viento volvió a soplar, pétalos cubriendo la visión de Ken. Un aplauso rompió su burbuja.

—Oh, sorpresa, sorpresa— siendo Tokino la fuente, suelta una risa infantil, —Tu amada está aquí. Vayamos a saludar.

Su cabello lavanda flotaba en las caricias de la ventisca, imitando la grácil dulzura de una canción de cuna. Podía admirar su cuello, disfrutando la libertad tras no tener nada tras de él. Su yukata resaltaba su atractivo, sumiéndolo en una alberca de promesas olvidadas. Podía sentir su mente explosionando de fuegos artificiales, sus ojos brillando con anticipación. Sus piernas deseaban actuar por cuenta propia, correr hacia ella y abrazarla, sin dejarla con la oportunidad de huir. Explicarse. Ofrecerle plenamente el amor que reserva solo para ella. Retroceder el tiempo y pedirle su mano como tenía planeado aquella noche.

La mujer de la cual se enamoró a raíz de golpes en el Digimundo.

La primera en hacerlo reír con honestidad.

No obstante, aquél momento de debilidad le saldría caro. Tokino había empezado a moverse por su cuenta, arrastrando la silla con sus manos a través de las ruedas. Sus inestables brazos luchaban para llegar a su objetivo, Ken paralizado. Tan solo la observaba ir, cada vez más cerca en arruinar su vida como siempre lo ha hecho. Aun así, logró estirarse lo suficiente, sus dedos dando con ella. Asqueada, se atrevió a mirarlo furiosa.

—No irás para allá— como resondrando a un niño tras hacer una maldad, la detiene.

—Dios, que adorable mísera muestra de amor— sus rizas pestañas hacían relucir sus ojos violeta, —¿Qué piensas hacer? Ilumíname, Ichijouji. Oh, ¿qué es eso? Nada. No vas a hacer nada. Tus inseguridades están comiéndote por dentro, devorándote. Estoy disfrutando con antelación esta deliciosa fruta. Todavía le falta madurar pero estoy segura que cuando llegue el momento será exquisito. Por eso mismo, necesito lo mejor de lo mejor para cumplirlo. Su regreso será inminente.

Sin comprender eso último, solo hubo un detalle que le dolió. Miyako llevaba el obi amarrado.

No ha venido sola.


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—¿En dónde se ha metido Iori? Dijo que lo esperara aquí. No entiendo cuánto se puede demorar en comprarme cinco taiyakis y ocho takoyakis para comer aquí y otros cuatro de cada uno para llevar. Definitivamente este sirviente no soluciona mi vida en lo absoluto.

Soltando su queja al cielo, el pequeño templo brillaba por su ausencia. La cuerda imploraba a que la jalara, pedir por un buen año, y huir una vez más a su casa. A su puerto seguro. Un lugar con un silencio feroz que enmudecía a los sentidos perdidos, sin ver su presencia y solo sintiendo cómo se desvanecía en el aire su recuerdo que encerraba en paredes manchadas de lágrimas al no poder verlo ni sentir su calor nunca más. Un sollozo escapó de su garganta, mortificándose.

¿Cómo le voy a explicar a mi familia? ¿Cómo reaccionarán mis hermanos? ¿Mis futuros suegros? Los demás chicos… me siento tan mala amiga por no contarle a ninguno. Tengo a Iori a mi lado y no me atrevo a decir palabra alguna. El 'nuestra vida' fue un error de mi parte. Voy a tener que decírselo. Es la persona en quien más puedo confiar. Pero todavía temo por mi familia. Adelanté un año escolar, me dediqué a estudiar para entrar a una buena universidad y así estudiar una carrera… todo el esfuerzo que pusieron en mí se romperá, volviéndome en una madre joven. Tantas veces y nada sucedió… ¿por qué justo ahora? ¡Nunca fuimos descuidados! Quiero pensar que hay una buena razón pero… no creo que mis padres lo vean de esa forma.

Un empujón que provino de su espalda casi hace que perdiera el equilibrio, cayendo hacia la caja de donaciones. Suspirando de alivio, su inestable temperamento iba a explotar siendo incentivado por la falta de alimento, pero al ver la situación en la que se encontraba tuvo que morderse la lengua. Sus ojos marrones daban con los mágicos violeta de ella. Un color inusual que la dejó pasmada, hipnotizada por su hermoso brillar, asimilándose a una piedra preciosa. Un cabello que le llegaba hasta el cuello siendo verde agua, una sonrisa dulce y pacificadora.

Miyako deseaba hundirse en remordimientos al querer aniquilar a la persona que la había empujado. Al verla en silla de ruedas se sintió peor.

—Lo siento mucho, se me fue de las manos. ¿No la lastimé?— su voz tan fina al igual que la porcelana se dirigía hacia ella, pestañeando con inocencia.

—No hay de qué disculparse… debe ser um, difícil manejarlo por cuenta propia— afina su voz Miyako, sin saber muy bien que palabras emplear.

—Que alegría— juntando ambas manos en su pecho, exhala algo de aire para luego mirar al templo, —¿También vino a desear por un buen año nuevo?

—Podría decirse. No suelo hacerlo pero creí que sería un buen cambio— todavía algo nerviosa, Miyako le lanza una sonrisa torcida sin comprender del todo la situación.

—Igual yo. He estado tanto tiempo encerrada que había olvidado le que se sentía poder ver el mundo exterior.

Antes de que su impertinencia empezara a relucir, una persona empezó a correr en la distancia. Sus pasos llamaron la atención, las cigarras dando inicio a la melodía que marcaría el devastador inicio del mágico encuentro entre ambos. Ken estaba jadeando, apoyando ambas palmas en sus rodillas mientras respiraba algo de aire. La chica lo miró, la situación incómoda entre ambos siendo su diversión de la tarde. La muchacha de cabello lavanda retrocede con desdén, tratando de atar cabos en su mente. Sus ojos no querían cerrarse para convencerse que era una ilusión. Probablemente la falta de comida o líquido. Quizás el bebé que crecía en ella jugaba con su mente. Desafortunadamente, esta vez, sí se fue sobre la caja de donaciones. Su estrepitosa caída llamó la atención del chico de cabello azabache. Tokino tuvo que aguantar una risa al sentir placer por su miseria.

—Perfecto, lo que faltaba— aguantó gritar, ignorando las lágrimas de frustración que crecían en ella. Cerrando su visión, no creyó que al abrirla tendría a Ken extendiéndole la mano, —Puedo levantarme sola.

¿Por qué hice eso? ¡Que daría en este momento de tenerlo aquí conmigo!

Retraído por su trato, no tuvo más remedio que arrepentirse de haber querido ayudarla. Automáticamente, se coloca detrás de Tokino, sujetando la silla de ruedas y, esta vez, procurando ponerle seguro a las ruedas y así impedir algún otro problema más a la lista.

—¿Se conocen?— inquiere ella pretendiendo ignorancia, juntando sus dedos en ademán de sorpresa, —Qué pequeño es el mundo.

Ken tuvo que comerse la lengua al querer soltar un comentario sarcástico.

Parece como si quisiera decir algo. Quizás estoy buscándole tres pies al gato.

—Sí, nos conocemos. Soy Miyako Inoue, es un placer… um…— como es costumbre, se agacha para mostrar su respeto esperando el nombre de la chica.

—Tokino. Puedes decirme Tokino, Miyako— una sonrisa frívola nace en ella, la muchacha de cabello morado desfasada por la mención de ese nombre, —Acabo de recordar que Ichijouji ha hablado de ti antes pero, me gusta más cómo suena Miya. ¿Te molesta si me refiero a ti de esa manera?

—¿No creo que haya problema?— sin percatarse, dijo su afirmación como una pregunta.

—Entonces, Miyako… Miya… Inoue… estoy entre Miya y Miyako. O inclusive Yakko. Supongo que usaré los tres dependiendo de la situación— cerrando los ojos, haciendo un gesto aprobatorio con los dedos imitando una 'V', le dirige la vista a Ken, —Me sorprende que no le hayas contado sobre mí.

—No había motivo alguno— mirando hacia alguna dirección contraria, el niño elegido de la Bondad no era capaz de observar cara a cara a Miyako. Lo mismo sucedía con ella.

Si tan solo esta situación fuese diferente podría decírselo… aunque, ¿sería lo correcto? ¿No pensará que es una excusa para volver con él? ¿Y si me dice que no quiere ser el padre? ¿Qué aborte? Tengo mucho miedo… Hawkmon… Iori… Hikari… ¿qué debería hacer?

—Vamos, querido. Esa no es forma de tratarme… has herido mis sentimientos— formando lágrimas en sus ojos violeta, ambos muchachos se quedan asombrados por el rumbo de los eventos, —Luego de tanto tiempo, ¿tanto te avergüenza? ¿Tanta vergüenza ajena te doy?

¿De qué está hablando…? ¿Por qué ese 'querido' no me deja tranquila?

—Tokino, creo que es hora de...

—¡Estamos comprometidos! No entiendo por qué me rechazas de esa manera…— sobándose los ojos por el silencioso llanto, en el anular relucía un anillo de plata.

—Esto no es posible… ¿de dónde sacaste eso...?

Antes de que Ken pudiera terminar su pregunta, la chica de cabello verde agua logra estirarse lo suficiente en la silla para sujetarse del cuello de él. Lanzándole una pícara sonrisa, le da un beso en los labios.

—Pero por más que seas así, te amo.

Un delicado anillo que trajo el mundo de ambos cuesta abajo. El pequeño diamante incrustado que reflejaba el sol. Un beso que emociones rompió. Una frase que los chocó.

La primera en mostrar una reacción fue Miyako. Todo se volvía borroso, millares de emociones siendo metidas en una licuadora, girando y girando a máxima potencia para que salga un jugo surtido. Millares de palabras, ideas, reacciones deseaban escapar de su prisión, mas no deseaba romper la escena que tenía enfrente. Si decía palabra alguna quizás admitiría que se encuentra en el mundo real. Si permanecía en silencio, tenía oportunidad de despertar de la temible pesadilla en la que se encontraba sumida. Su no tan deslumbrante vista lograba hacer a leguas el rostro de Ken, quien parecía inmutado. Ni una sola expresión surgía en él, tan solo incrementando la potencia de la licuadora.

Al no dar más, la tapa explotó esparciendo el jugo.

—Ahora todo tiene sentido— su voz flaqueó, abrazándose a sí misma en negación, —¡Todo tiene sentido! Todas esas noches que decías que tenías algo pendiente que hacer, ¡asuntos personales! ¡Era esto! ¡Siempre te veía jugando con tus manos en el bolsillo y era ESO! De todas las personas… ¡nunca creí que serías alguien así! ¡Estoy agradecida de haber terminado nuestra relación! ¡Feliz! ¡No sabes cuánto!

Sin mirar atrás, ella empezó a correr. A correr y correr. Una carrera personal, deseando llegar a la meta del olvido. Una competencia de a uno esperando el momento de finalmente poder detenerse y así gritar. Sus ojos humedeciéndose; Miyako deseando no deprimirse por el miedo más grande que la carcomía. Pero su corazón realmente quería llorar. Él avanzaba, la había olvidado. Menos de un mes y la había olvidado. Ya era Enero pero aun así hacía solo un par de semanas compartían un té en la sala de estar de aquél apartamento malgastado que soñaba llamarlo como el hogar de ambos.

En un determinado momento, su sandalia cede, tropezándose con el último escalón del templo. Las personas no dejaban de observarla, murmurando. Ignorando las voces que inundaban su mente, abrumándola, desea levantarse para tomar noción que solo llevaba una puesta. Escaneó con agilidad, pasando por algo la inocencia infantil en señalarla, a madres jalando a sus niños y señores mayores cotilleando. Llantos, risas, gritos. Alegría, tristeza, amor y desamor. Los sentimientos humanos estaban de fiesta a su alrededor. No dando más, decido proseguir su camino sin su sandalia, cojeando por la diferencia de altura.

Empezó a arrastrarse entre los árboles, sin saber qué dirección tomar.

¿A dónde estoy yendo? ¿Por qué corrí? ¿Por qué todos avanzan y yo sigo atorada con estos miedos? No doy más… quiero que acabe esta tortura. Yo no solía ser así, ¿qué me está pasando?

Desplomándose, el obi desamarrándose al igual que su enredo emocional, su atmósfera de desdicha fue invadida.

—Disculpe pero creo que estamos yendo en la dirección contraria. Verá, lo que deseo es llegar al templo.

—Estamos cerca, no se preocupe.

—Eso me dijo hace un buen rato. Mire, no tengo suficiente tiempo para estarme perdiendo. Una amiga me está esperando y...

—Ya veo, ya veo. Debe tratarse de una cita.

—Cuántas veces he tenido que repetirle que… olvídelo.

Los oídos de Miyako se pusieron alerta. Una de esas voces le resultaba conocida. Se puso en una pose defensiva, temerosa de lo que podría suceder. Entre la maleza, dos siluetas se hicieron paso. La primera en salir no le resultaba para nada familiar, pero la segunda incrementó su llanto.

—¡Iori!— gritó con euforia, corriendo hacia él. Sin tomarlo en cuenta, él llevaba en mano todos los pedidos de la heredera del Amor y la Pureza, aplastándolos sin dejar un rastro atrás. El chico suspiró, —¡¿Dónde te habías metido!? Te demoraste mucho…

—Más bien, Miyako. ¿Qué haces tú aquí? ¿Por qué estás así? Antes de seguir preguntando debería decirte que vas a dañar tu yukata tras haber aplastado toda la comida— sin saber que expresión mostrar en el rostro, Iori no podía evitar pensar miles de escenarios en su mente, aterrado que aquello resultara en el detonante que atormentaba sus sueños.

Imitando un resfrío al respirar por la nariz, se aleja siguiendo sus instrucciones. Lastimosamente, el universo jugó en su contra. El obi cedió, abriendo la prenda por la mitad. Iori tan solo deseaba darse una palmada en el rostro. Le importó poco el hecho de tener a una mujer parcialmente desnuda frente a él, en especial la ventaja de ella no importarle el hecho al estar en un trance. Tan solo deseaba arreglar las cosas del desastre que conocía como Miyako Inoue.

—Buenos atributos. Ha encontrado una magnífica esposa.

Iori había ignorado por completo la otra presencia que lo acompañaba. Se trataba de una chica que bordaba una edad cercana a la de Hikari, Tk y Daisuke. Su cabello castaño oscuro sujeto al clásico estilo de una sacerdotisa japonesa, sin ignorar el hecho que iba vestida como una, parpadeó con sus ojos ambarinos con cara de poker mientras miraba la escena.

—¡Que no es así!— explota él, sujetando a Miyako de los hombros.

—¿Desean venir al templo? Tengo algo de ropa para prestarle— cruzando sus brazos, la mujer empezó a caminar en el bosque.

—¡Eso quería desde un inicio! Miyako tiene razón, he perdido mi santa paciencia. Debo haberla dejado en España.

Llevando a la heredera de la mano, siguieron a la sacerdotisa.


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—¡¿Qué fue lo que pasó ahí?!

Ken se hallaba exasperado, incapaz de soltarse el cabello, recorriendo la grasa que no dejaba de formarse. Por el otro lado, Tokino se encontraba todavía sentada en la silla de ruedas, incapaz de borrar la sonrisa llena de placer de sus labios. Una tétrica risa se escapó de ella, dándole un toque inocente e infantil. Ambos se encontraban en la parte privada del templo Ibuki. Ken creyó que llevándola ahí podría finalmente aclarar los sucesos desarrollados sin interrupción alguna.

—Tan solo anunciaba nuestro compromiso— respondió ella, jugando con el anillo.

—¿Cómo fue que conseguiste ese anillo?— apretando su mano con fuerza, formando un puño, intenta calmar su ira. Sabe que nada saldría a su favor si perdía la paciencia.

El mismo que se me cayó por el drenaje el día que Miyako terminó nuestra relación.

—En primer lugar, debo decir que tienes un muy buen gusto, Emperador. Es de muy buena calidad. Lástima que ahora esté en mí y no en ella— respirando agitada, casi excitada por la desbordante felicidad que le causaba el dolor ajeno, sigue su explicación, —Conseguirlo fue la parte sencilla. Digamos que la basura siempre estará rodeada de basura. Conseguir a una misma basura para realizarlo fue cosa fácil. Alguien que se degrade a ese mismo nivel. La Suerte está de mi lado, después de todo. Espero que disfrutes nuestro noviazgo, Ichijouji.

—¿Por qué haces todo esto?

—Sencillo. Esta vez no escaparás. Estás encargado de mí. Por tu culpa él murió. La Luz me arrebató todo. La Esperanza nunca llegó en mis peores momentos. No dejaré que nada y nadie se meta en mi camino. Te acatarás a las consecuencias, Emperador. Ustedes los Elegidos arruinaron todo lo que apreciaba en mi vida. Por eso mismo necesito tenerte en mis manos. Necesito tenerlo en mis manos. Ay, Ichijouji… cada vez estás más cerca de caer— dando un largo respiro para continuar, medita sus siguientes palabras, —Dejando eso de lado, ¿acaso no habrá sido una excusa para poseerla? Estoy segura que eso ya era algo común entre ustedes pero si se comprometían y vivían juntos estarían haciendo el amor como conejos. ¿Se dice así? Creo que no. Seré más cruda. Estarían teniendo sexo como los animales que son. Caray, cómo extraño a Akki.

Una sonrisa angelical se dibujó en sus labios.

—Estás loca, Tokino.

La escalofriante risa que atraviesa su alma como cuchillos lo hizo palidecer.

—Todos estamos locos, la diferencia es que yo lo admito. Mi mundo tampoco es perfecto, pero es mío. Entonces puedo hacer lo que se me plazca. Eres una pieza en mi juego de ajedrez. Mientras que la Luz y la Esperanza siguen en ese plan todo fluirá. Ahora que la Suerte está conmigo, el Resplandor es lo que falta. Serás como ellos, uno más en la colección. Él va a regresar. La persona a quien más admiro.

Unos pasos interrumpieron a Tokino de su monólogo. Unas personas se encontraban dentro de la casa personal del templo. Por algún motivo, el corazón de Ken no dejaba de latir a velocidades imposibles, queriendo escapar por su garganta. Detrás de la ventana de la casa, la escena que lo recibió incrementó la oscuridad que poco a poco se cernía sobre su corazón.

—Al parecer el amor hacia las mujeres mayores es lo suyo. Y no hay que olvidar también que la atracción hacia los menores corre en la familia. Sí, el regreso de mi querido Emperador será inminente.

Recorriendo su rostro en éxtasis, la chica de cabello verde agua analiza a Ken, quien parecía desear asesinar a un hombre que le resultaba vagamente familiar mientras abrazaba a la mujer que ama.

—En este anormal nivel de ruido que inunda nuestro subconsciente, nosotros los patéticos humanos llamamos a esto amor. Pero hasta ahora nadie nunca ha sido otorgado amor en este mundo de amor y ser amado— suspirando hacia el cielo, clava sus uñas en el brazo más cercano, —Mi más grande admiración va a regresar gracias a esta emoción. Mi bello y perfecto Emperador. He esperado tanto tiempo. La Luz y la Esperanza no tendrán oportunidad alguna. Ni la fusión del Valor y la Amistad los salvará. Hina… Akki… juguemos como en los viejos tiempos.


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—Miyako, no hagas esto más difícil— amarrándole el último lazo, la chica se encontraba en un nuevo conjunto más simple. No obstante, seguía desplomada en sus brazos, —Si la sacerdotisa vuelve a entrar y nos ve pensaría que estamos en un abrazo.

Logrando ponerla recta, intenta hacer que retome la conciencia. Al no obtener resultado alguno opta por darle una bofetada. Dejándole parte del rostro rojizo, ella logró volver a sus sentidos.

—¡Ouch! ¿¡Cuál es tu problema!? Deberías sentirte avergonzado de golpear a una mujer— sobándose la mejilla, lo señala con furia, —¡Esto merece una explicación!

—¡Ya tuve suficiente! ¡Soy yo quien merece una explicación!— levantándose con ímpetu, sus ojos verdes no reflejaban paz y quietud, sino furia, miedos y preocupaciones, —Algo te está pasando, Miyako. Dije que estaré ahí para ayudarte pero si no sé el problema jamás podré hacerlo bien. ¡Prometo no juzgarte!

Iori… espero que mantengas eso último.

El niño de catorce años creyó que le costaría sacarle la verdad a Miyako. Sus expectativas no fueron cumplidas al cada palabra salir de su boca pintaba el mes de Diciembre a su alrededor. Los futones, los armarios, todo era un gran lienzo que se iba llenando de manchas coloridas, luego blancas, finalmente negras. Todo cobraba sentido. Se sentía iluminado, agradecido de haber llegado a tiempo para evitar el suicidio. Sus miedos. Su embarazo. El encuentro con Ken y Tokino en el templo. Él odiándose por no insistir en ir con ella. Millares de cosas iban y venían.

—Todavía queda algo más— Miyako dio un gran respiro, para así tranquilizar sus emociones, —¿Prometes no enfadarte?

—Con todo lo que me has dicho dudo que algo lo logre— contesta suspirando.

—Verás… solo soy yo quien sabe que has regresado. Se me ha olvidado comentarle a los demás chicos… ¡Ouch!— un ligero golpe en la cabeza fue proporcionado por Iori.

—Eso explica los saludos de Navidad y Año Nuevo… no tuve tiempo de hacerlo yo y te lo pedí como un favor.

—Soy un desastre…— bajando sus ojos, ella deseaba hacerse una sola entidad con el nuevo yukata.

—No lo eres. Han pasado cosas dolorosas, pero podrás superarlas. Te ayudaré todo lo que sea necesario, somos amigos y los amigos se apoyan. Estaré ahí cuando me necesites.

—¿Vendrías conmigo a una consulta médica? Tengo miedo de ir sola...

—Puedo hacer de todo menos eso. No deseo generar malentendidos de todo tipo de parte. Y en especial que eso repercute en ti. Piensa en alguien más por ahora.

—Tienes razón…

Antes de que Miyako pudiera salir con alguna sugerencia, algo empezó a actuar en su contra. Era un síntoma nuevo que no había presenciado hasta el momento. Con señas de manos, Iori intentó comprender su significado, solo para que al final ella acabara vomitando dentro de la única bolsa con taiyaki que se había logrado salvar. Todavía algo de suciedad colgando de sus labios, el heredero del Conocimiento y la Sinceridad le sonríe con ternura.

—Estúpido embarazo. Soy un desastre...

—Al fin concuerdo. Eres un completo desastre. Un desastre adorable— limpiándola con una servilleta, no puede evitar notar que sus ojos seguían rojizos por el llanto, —Por más que seas un desastre te apoyaré. Prometo no generar problemas con Ken tampoco.

—Gracias…— arrepentida de vomitar su la comida que tanto deseaba comer, resopla, —No llegué a pedir por un buen año nuevo.

—Quién necesita la bendición de los dioses. Hagamos nosotros mismos el mejor año posible.

—¡Bingo!

La alegría había retornado a ella, alegrándolo a más no poder. La puerta corrediza se abre, revelando a la chica que los ayudó. Ambos se congelaron por la sorpresa.

—Le quedó bien. Qué alegría. Aquí mismo hay otro pequeño templo, no tienen que subir los escalones— les dijo con amabilidad, mirándolos.

—Muchísimas gracias, sacerdotisa— agachándose, Iori le agradece, —¿Cómo podríamos agradecerle?

—Viniendo seguido a dejar donaciones.

Ambos muchachos se rieron en voz baja, siendo cómplices.

—¿Cuál es su nombre para saberlo?— preguntó Miyako.

—Uzume Ibuki. Si me disculpan, debo volver a mi tarea de hacer la limpieza.

Dejándolos a ambos en soledad, optaron por ir al templo con la frente en alto, sabiendo qué pedir.


Residencia Inoue


—¡¿Qué hacía besando a la maldita lisiada?!— la chica de cabello lavanda gritaba desde su celular.

—Miyako, me has hecho esa pregunta ya veinte veces— la voz que provenía del otro lado de la línea le pertenecía a su mejor amiga, Hikari Kamiya, —Y deja de usar frases de telenovelas.

—Cierto, tienes razón. Quería saber cómo iba todo... ah, ¡Feliz año nuevo!

—Daisuke sigue en rehabilitación. No hay mucho que contar. Patamon dijo que el anillo mágico de Gatomon se perdió. Pensaba ir a ayudar a buscarlo, aunque él dijo que era innecesario. Sí, igualmente... feliz año nuevo.

—Ya veo, eso sí es un problema… ¿por casualidad te conté que Ken besó a una lisiada?

—Miyako…

—Lo siento, es solo que no me lo puedo quitar de la cabeza… ¡Verdad, llamé para pedirte un favor!

—¿Favor?

Le he contado todo menos sobre mi embarazo… no necesita saber más por ahora.

—Verás… necesito ir al médico y bueno… ¿quieres acompañarme?

—¿Por qué y para qué tengo que hacer eso?

Hikari suena diferente. Esta actitud no es normal en ella.

—No me siento muy segura… es un médico nuevo y bueno, me da muy mala espina ese hombre...

Pobre el médico. Es muy amable y lo estoy pintando como un depravado sexual para que Hikari me acompañe.

—¿Cambia de médico?

—¡NO PUEDO HACER ESO TIENE QUE SER ASÍ Y VAS A VENIR CONMIGO!— Miyako chilló, su tono de voz subiendo a millares, —Digo, ¿quisieras acompañarme?

—No tengo otra opción…— al otro lado, Hikari temblaba del terror, —¿Cuándo es la cita?

—En abril.

—¡¿En abril?! Miyako, es época de clases. Ahí las vacaciones acabaron, ¿no hay antes?

—No. Todo estaba ocupado.

—¿Tan urgente es?

—Bastante…

—Está bien… iré contigo.

—¡Gracias, te quiero!

Tras colgar, ella se sintió aliviada. Todo estaba yendo a la perfección, salvo ese detalle sobre Ken y la chica de nombre Tokino. Aparte del compromiso, algo no la dejaba tranquila. Las tinieblas se cernían sobre el chico a quien ama. No deseaba quedarse con los brazos cruzados pero antes tiene asuntos pendientes con los cuales lidiar: su bebé.


Ojalá no haya causado molestias con la referencia que Miyako hace cuando habla por el celular

...

Estoy molesta conmigo misma porque quería escribir Kenyako y salió ESTO. La tal Uzume que acaba de aparecer es solo un personaje relleno, nada más que eso.

*Templo Ibuki: No encontré templos cercanos entonces inventé uno. Para los que lean mi otro Fic —Hour of Darkness—, tengan en cuenta este detalle y el nombre Uzume.