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EL CIELO LOS UNIÓ
(o al menos lo intentó)
IV
El ramen en su justa dosis de sal y pimienta de Yamato era ligeramente soso y el de Sora ligeramente picante. Estaba bien porque era así como les gustaba. Estaban tan compenetrados a su ramen como entre ellos. Eran un equipo, el mejor equipo.
—Sabes a que persona debo ayudar ahora, ¿verdad? —Sora ya no debería hacer más tretas para obtener la ayuda de Yamato. Ya se la ofrecía, así como su sonrisa.
—No es tu deber Sora, recuerda que lo haces porque quieres.
No se lo calló esta vez, estaban juntos en esto, eran un equipo y los equipos tenían absoluta confianza. Por eso funcionaban.
La risa, tan adorable que a Yamato le pareció de otro mundo y la caricia en su mano, que por primera vez no provocó que voltease a ver miradas indiscretas. Eran un equipo, y los equipos van de la mano.
—Claro que sí Yamato, tengo el emblema del amor.
En su mente Yamato lo tradujo como: «el Digimundo me ha dado la responsabilidad de asegurar que el mundo entero sienta amor». Y esta vez calló y la sonrisa desapareció. Eran un equipo pero seguía sintiéndose incómodo con la misión del equipo, con la absurda responsabilidad del equipo.
Y el ramen ligeramente soso se fue enfriando y el ligeramente picante fue devorado.
—Tenemos que ayudar a Taichi como supongo que estarás pensando.
En realidad Yamato pensaba en islas desiertas con Sora, Gabumon y como mucho Piyomon. Sería muy fácil dar amor a solo ellos tres, sería muy fácil hacer feliz a Sora con solo ellos tres.
—Gabumon y Piyomon —murmuró mirándola pero no viéndola. Y una sonrisa esbozó sus labios porque en la isla Sora estaba más morena y el sol resaltaba sus pecas.
—¡Gran idea! Pasar una tarde con los digimon será la coartada perfecta.
Agitó la cabeza regresando de su ensoñación.
—¿Necesitamos coartada para pasar una tarde con Taichi?
Sora apretó los labios e hizo una traviesa mueca, como si guardase un malévolo secreto.
—Necesitamos coartada para que no parezca una cita doble arreglada por nosotros.
—¿Ahora te importa eso? —Yamato no salía de su incredulidad pero la sonrisa de Sora era más fuerte que esa incredulidad y que todo lo demás.
—La chica en cuestión es tímida y aún no tiene tanta confianza con nosotros. Si lo enfocamos desde un tema de digimon será más fácil que venga.
Y no necesitó más pistas para adivinarlo.
—¿Meiko?
—¡Meiko! —exclamó Sora emocionada por semejante muestra de complicidad.
—¿Estás segura?
—Es perfecta —el nivel de entusiasmo se rebajó por el escepticismo de Yamato.
—Es un poco rara.
—¿Lo dices por su acento?
—Y por todo, en general.
A Yamato no le gustaba criticar pero era una chica que en el poco tiempo que la conocía ya la había tenido que salvar de la muerte más veces de las que recordaba. Iba a decir que pensaba que atraía desgracias y que Taichi quedaría viudo pronto pero se lo guardó. Por si acaso, no quería invocar la ira de futuros fantasmas.
—Iremos a la playa. Seguro que Meicoomon quiere ir a la playa —seguía Sora, que una vez terminado su ramen había empezado a garabatear en su cuaderno.
—¿Playa?, ¿por qué playa?, sabes que a Gabumon no le gusta.
—Lleva a Meiko, yo me encargo de Taichi.
—¿Meiko?, ¿y que se supone que le digo? —Yamato sentía que iba a otra velocidad de Sora, que dejó de garabatear y lo contempló con una sonrisa. Yamato se calmó un poco, creyendo que ahora podrían tener una conversación en el mismo plano—. No sé mentir, sonará raro, sería mejor que le invitases tú —Sora mantuvo su sonrisa y Yamato gimió impotente y derrotado—. ¿Por qué tengo que hacerlo?
Como si lo hubiese estado esperando, Sora arrancó la hoja del cuaderno, la puso frente a él y le dio un veloz beso en la mejilla mientras se levantaba.
«Porque me quieres». Y ni flores, ni corazones, lo que había dibujado a su alrededor eran notas musicales y estrellas.
Y Yamato sonrió, perdidamente enamorado.
...
Cuando Yamato vio a lo lejos a Taichi ya descalzo y con el pantalón remangado hasta la rodilla salpicando agua a Agumon, y a Sora, su linda Sora, unos metros más atrás junto a Piyomon sintió que el tiempo volvía a transcurrir con normalidad. Había sido uno de los trayectos más incómodos que recordaba. Silencioso excepto por los «mei» sin sentido de Meicoomon y los continuos estornudos de Meiko. Hasta Gabumon, que siempre le daba sosegada comodidad había pasado desapercibido para él.
Seguramente Sora le había encargado esta misión para que no metiese la pata desvelando sus propósitos de celestinos. Sabía que en el hipotético caso de que Meiko le preguntase algo respecto a la salida, Yamato no respondería nada que no necesitase de la traducción de Sora para ser comprendido.
No era una posición que le incomodase de todas formas. Socializar y hacer sentir especial a las personas con palabras era cosa de Sora, lo suyo era protegerlos a todos y hacer sentir especial a Sora. Solo a Sora.
Desde abajo, Sora los saludó con la mano efusivamente, también Piyomon que voló. Agumon gritó y Taichi sonrió divertido.
—Meiko, ¿qué tal? —preguntó Sora, en cuanto los alcanzó. Lo primero que hizo la chica fue hacer una carantoña a la siempre amorosa Piyomon. Luego volteó a Sora.
—Yamato-san dijo que iban a la playa y Meicoomon quería ir —explicó, como si sintiese que debía excusar su presencia.
—Por lo visto Meicoomon siempre quiere ir a la playa —dijo Yamato, mirando atentamente a su novia. Sora se limitó a sonreír con travesura, mientras Agumon ya instaba a Meicoomon a bañarse.
Taichi volteó a ver a sus amigos, compartió unas las palabras con Meiko y quedó mirando como un padre orgulloso a sus camaradas digimon.
Sora sonrió con complicidad a Yamato que también sonreía. Era imposible no sonreír ante esa estampa, aunque le duró poco. Justo hasta que enfocó a Gabumon que miraba la escena con tristeza, agarrándose la piel.
—Puedes quitártela y darte un chapuzón. Estás entre amigos.
Gabumon negó y Sora se agachó junto a su novio.
—Voy a hacerte un traje de baño que te cubra por completo, así también podrás bañarte.
Yamato miró a Sora enternecido. Quiso besarla pero una vez más había demasiada gente a su alrededor, así que se conformó con contar sus pecas y sentir ese aroma a canela que solo él percibía.
—Pero no quiero que me veas desnudo —reclamó el digimon.
—No te preocupes por eso. A Yamato le hice su disfraz de Halloween y no lo vi… —calló tornándose roja, al igual que Yamato que se sintió pequeñito. Tanto, que prefirió ya no levantarse más.
Taichi los miraba soslayado tratando de ser discreto con su risa pero Yamato sabía que esa discreción se debía solo a la presencia de Meiko. Tarde o temprano sacaría a relucir este hecho, seguramente más temprano que tarde y seguramente también en un momento inoportuno y comprometido. Apretó los dientes y maldijo al estropeador de ramen por sus hechos futuros y porque era incapaz de maldecir a su novia, que era en este caso la que merecía una maldición por su incontinencia verbal. Por otro lado y sin que sirva de precedente, Piyomon fue la que en vez de poner a Sora en bochornosos aprietos la rescató de uno cuando apareció con varias caracolas entre sus plumas, ofreciéndolas a todos.
—¡Hagamos collares!
Con su inocente propuesta consiguió que este vergonzoso momento pasase para todos, excepto para Yamato que siguió rojo y sin decir ni una palabra sentado junto a Gabumon el cual añoró que Yamato no hubiese traído su armónica (aunque con la mandíbula tan apretada no se veía posible que sonase nada bien). Mientras, las chicas enlazaban sus caracolas (sorprendentemente Meiko era experta en enlazar caracolas) y Taichi jugaba con Agumon y Meicoomon en el agua.
Meiko había estornudado varias veces antes pero fue esa vez, cuando hizo que la arena alrededor de las caracolas se levantase, la vez que Sora reparó en ello.
—Por cierto, ¿a qué eres alérgica? —preguntó, mientras le probaba el collar a Piyomon.
—¿Alérgica? —Meiko no esperaba esa pregunta.
—Espero que no seas a los gatos.
—¿Gatos? —repitió ella. Al oír la palabra gatos, Taichi, quizá por instinto de hermano mayor de una chica que sentía adoración absoluta por los gatos y los helados, volteó a la conversación.
—¿Qué importará?, queremos que sea novia de Taichi no de Hikari.
Y Sora cerró los ojos y lo maldijo (porque Sora sí lo maldecía). Maldijo que hubiese decidido ser social y comunicativo en el momento más inoportuno. Maldijo incluso haberlo involucrado desde un inicio en todo esto. Sí, en ese momento hasta olvidó (que no maldijo) la emoción que sintió cuando el orgulloso Akira le pidió al no menos orgulloso Yamato que subiese al escenario y tocasen juntos un tema de los Wolves. Olvidó también ese gorro con el que Yamato le obsequió mientras Koushiro no se decidía por el estampado de su nueva camisa y Mimi se probaba su noveno vestido. Y decidida a olvidar, que era algo que debía hacer para que su maldición tuviese argumentos en los que sostenerse, olvidó hasta esa inolvidable sesión de besos furtivos sabor a menta detrás de la heladería.
Yamato tragó nervioso en cuanto calló, pues evidentemente no estaba en una isla desierta con Sora, Gabumon y como mucho Piyomon como era lo que imaginaba siempre que notaba el sol sobre su cabeza. Tal vez se debiese a eso, a sus delirios por la insolación, pero en cualquier caso su pensamiento había sido verbalizado en el peor de los momentos.
Meiko se había quedado paralizada, empezando a enrojecer mientras se le deslizaban las gafas nariz abajo pero la reacción que más temía Sora era la de Taichi. Abrió los ojos y se levantó con lentitud.
—¿Cómo? —Taichi parecía tranquilo pero estaba enojado.
Sora esbozó su más amable sonrisa.
—Lo que Yamato ha querido decir…
—¡A mí no hace falta que me lo traduzcas! —exclamó Taichi con indignación—, a parte que fue bastante claro, ¿no?
Yamato ya se había levantado al escuchar el casi grito de Taichi y no pudo negar su reclamo. Sora bajó la cabeza con culpabilidad. Por primera vez sintió que podía estar haciendo algo mal, que no estaba dando felicidad a sus amigos como ella quería y como se supone que ellos querían.
—Preocúpate más de ti y de tus asuntos —fue la sentencia de Taichi antes de abandonar la playa. Regresó a por los zapatos y a por Agumon, que había continuado chapoteando tan feliz, y entonces sí, pese a que su salida ya había perdido el impacto inicial, abandonó la playa.
Sora solo fue capaz de mirar su espalda alejarse. Notó la mano de Yamato sobre su hombro pero no fue suficiente para hacerla sentir mejor y entonces Meiko, al fin reaccionó.
—No, no soy alérgica a los gatos —dijo, tomando a Meicoomon entre sus brazos.
—¿Mei?
Y sintiendo como si el tiempo se hubiese detenido otra vez, Yamato hizo una mueca y llegó a decir unas palabras que habrían sonado reconfortantes si Sora hubiese podido traducirlas. Pero aunque sus pecas seguían brillando bajo el sol, Sora no estaba ahí para traducirlo.
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