Este es el segundo capítulo de mi fanfic. Espero que os guste, y por favor, dejar reviews porque me encantaría saber que pensáis, si tenéis curiosidad sobre algo, o si queréis hacer una crítica constructiva. ¡Por cierto! En este capítulo hay un guiño a una serie impresionante que puede que alguien reconozca, contádmelo si lo hacéis, me gustaría saber si alguien se da cuenta.
Y bueno, ojalá disfrutéis de este capítulo :3
Cuando abrí los ojos a la mañana siguiente, una suave brisa entraba por la ventana. Me quedé tumbada varios minutos en la cama, mirando al techo y pensando cómo iba a afrontar aquel día. Noté como ya en aquel momento comenzaba a ponerme nerviosa. No me sorprendía en realidad, siempre me alteraba con gran facilidad y tendía a preocupar por la más mínima razón, pero ese día en especial no me ayudaba para nada el hecho de ser tan propensa a la ansiedad.
Me levanté perezosa hacia la pequeña sala de estar de mi piso, que estaba unida a la cocina, y encendí el equipo de música. Rebusqué entre los cd's de la estantería y saqué uno de Keane, Hopes and Fears, y lo metí. Una melodía inundó el lugar. Preparé un café bien cargado y me propuse escoger la ropa que llevaría ese día. Tras varios minutos embobada mirando mi armario, cogí una camiseta gris bastante holgada con un dibujo de Rogue impreso en ella, unos shorts arcoiris y unas vans negras ya un poco desgastadas. Mientras bebía de la taza caliente me observé en el espejo, tal vez debería cortarme el pelo pronto, por mucho que me gustase y aunque consiguiera de alguna manera mantenerlo sano -en parte quizás porque nunca me había teñido, y seguía con mi pelo moreno de toda la vida- eso no evitaba que ya me llegase a la cintura. Cogí una pastillita de un frasco y la tomé junto con el último sorbo de café.
Cuando llegué a la oficina, aún se respiraba algo del nerviosismo del día anterior, pero el ambiente al fin parecía más calmado. Entré en el despacho, y vi la montaña de trabajo que me esperaba de nuevo. Suspiré resignada y me senté. Ni mi jefe ni el señor Grey habían llegado aún, así que aproveché para terminar algunas tareas antes de que alguien pudiese distraerme. Tras dos horas, decidí tomarme un descanso y hacerme un café en una de las pequeñas máquinas que había en cada planta del edificio.
-¡Hannah!-exclamó una voz familiar.
Me giré y vi a Lily acercarse hacia mí con una sonrisa en la cara.
-¿Qué tal ayer? ¿Al fin conociste al dueño? ¡Está buenísimo!-dijo con entusiasmo.
-Sí... bueno, era bastante guapo, la verdad-admití.
-¿Nada más? Ni que no tuvieras sangre en las venas, chica-dijo cogiendo una taza y vertiendo leche en ella- Además, esta forradísimo, aunque...
-¿Aunque qué?
Se acercó un poco a mí y susurró.
-Se dice por ahí que es gay, nadie le ha visto nunca con chicas, y bueno, será porque no quiere, claro está que podría tener a quien quisiera.
-Tal vez sea eso-sonreí disimuladamente-Bueno, tengo que seguir trabajando. Nos vemos, Lily-me despedí volviendo a mi mesa.
¿Gay? ¿Christian Grey? Nunca se me habría pasado por la cabeza. Recordé sus dedos suavemente sobre mi cara y sus labios sobre mi mejilla. No, no podía ser. Bueno, ¿y a mí qué más me da? No podía permitirme emocionarme porque un tío hubiera decidido reírse un poco de mí. ¿Verdad? Suspiré. Seguramente mi falta de relaciones personales estaba haciendo que esta tontería me pareciese más importante de lo que debería. Sí, sí, tenía que ser eso. ¿Quién se iba a fijar en mí? Pensé con amargura.
Cuando cerré la puerta tras entrar, le vi. Estaba allí sentado, hablando por el móvil. Me sonrió y continuó hablando, así que me apresuré a sentarme antes de que se me notara que estaba empezando a alterarme. Me puse con el resto de trabajo que aún me quedaba por hacer, rezando a un dios en el que ni siquiera creía que me viera tan ocupada que decidiera no molestarme. Error. Tras despedirse, guardó el móvil en uno de los bolsillos de su carísimo y perfecto traje negro y se acercó a mi mesa.
-Parece concentrada, señorita Adams.
-Lo estoy, señor Grey-contesté dejar de teclear con la mirada fija en la pantalla de mi ordenador.
-Tal vez deberías tomarte un descanso, no está bien sobreesforzarse.
-Lo superaré-dije encogiéndome de hombros.
Le miré durante unos segundos antes de volver a lo mío. Frunció el ceño y fue hacia la puerta.
-Qué impertinente, señorita Adams. Hasta mañana-se despidió.
Ni me moví, me quedé aporreando el teclado con los dedos mientras le maldecía. Si soy impertinente, pues lo soy y ya está, ¿cómo se supone que voy a comportarme con alguien como él? Me pone de los nervios, y solo me sale ponerme irónica y desagradable. No es mi culpa, es suya, tiene que serlo. Aborrecía a ese tipo de gente, actuando como si fueran los amos del mundo porque tienen dinero, creyendo que eso les concede una especie de estatus de superioridad al resto de la humanidad y haciendo que los demás nos sintamos como simples súbditos. Me negaba a dejar que eso fuera así. Había acompañado varias veces al jefe a reuniones con otros empresarios y directores, igual de creídos y arrogantes, y aunque había intentado morderme la lengua, no podía evitar que se me escapara algún comentario mordaz. Eso les hace gracia, me miran como si fuera una niña que acaba de soltar un chiste y me mandan a hacer algún recado. En ese sentido, estaba consiguiendo contenerme con el señor Grey, no había dicho nada fuera de lugar, solo había sido antipática. Aunque puede que fuera porque a diferencia de ellos, él era atractivo y carismático.
Miré la agenda de mi móvil, donde solo guardaba las cosas importantes independientes de mi trabajo. Dra. Melfi – 18:00h. Al menos esta vez tendría algo que contarle.
Sentada en uno de los sillones del precioso despacho de la doctora, con un caramelo de fresa en la boca y jugueteando con la goma del pelo que llevaba en mi muñeca, decidí que había llegado el momento de contarle la existencia de Christian Grey.
-Dígame, Hannah, ¿ha vuelto a tener algún otro ataque de pánico?
-No, ninguno-negué.
-Parece que la terapia y la medicación hacen efecto, me alegro.
-Sí, bueno...
-¿Ocurre algo?
Me quedé pensativa.
-Pues...-dudé.
-Dígame.
-Hay alguien nuevo.
-¿Alguien nuevo? ¿A qué se refiere? ¿Un amigo, un compañero...?-preguntó con curiosidad.
-Un hombre, es el dueño de la empresa en la que trabajo. Pero es imbécil, creído y molesto.
-Bueno, no es habitual tener una relación encantadora con tus superiores, de hecho... cómo se llamaba... Steve, tu jefe, y tú, os lleváis mejor de lo que cabe esperar. ¿Por qué en este caso parece enfadarte? Ya te has encontrado más hombres con esas mismas características anteriores veces. ¿Qué le hace distinto?
-Me besó, en la mejilla-contesté enfurruñada-Seguro que se está riendo de mí.
-¿Por qué piensas eso? ¿Por qué no podría fijarse en ti como algo más que una simple empleada?
La miré con exasperación.
-Esto me recuerda a las mil conversaciones que ya hemos tenido, y sabes perfectamente por qué lo creo, no entiendo para qué necesitamos perder el tiempo con esto.
-Lo sé, al fin y al cabo esa una de las principales razones por las que nos vemos, ¿no? Y no veo que hayas conseguido olvidarte de esas ideas tuyas, aunque hayas avanzada en otros aspectos. Así que dime, ¿por qué no?
Volví la mirada hacia mis manos y dejé de jugar con la goma. Cómo odiaba venir aquí todas las semanas aunque supiera que me estaba ayudando. Incluso le había cogido cierto cariño a la doctora Melfi.
-Debería de verle, es... muy guapo, carismático, parece bastante inteligente también y me han dicho que es rico. Y yo soy... en fin, yo soy como soy.
-¿Cómo es usted?
-¿En serio...?
-Me encantaría oír su respuesta.
-Yo soy... rarita-dije encogiéndome de hombros.
-¿Y qué la hace ser rarita, como dice usted?
-Oh, por dios-me lamenté cruzándome de brazos- Tengo problemas de ansiedad y voy por ahí desmayándome, me gustan los cómics y los videojuegos, tengo una manera de vestir un poco peculiar, pongo cosas de animalitos por todas partes porque parece que las cosas monas me ayudan a no estar triste y hacen todo más bonito, no tengo carnet de conducir, me gusta el anime y todo lo relacionado con Japón incluyendo trajes de sirvienta y otros que casi podrían considerarse fetichistas porque me obsesiona ser la niñita de un tío masculino y dominante que no parece existir y que aunque lo hiciera daría igual, porque soy virgen y con esta introversión y esta timidez que me caracterizan debería empezar a pensar en comprarme gatos-enumeré contando con los dedos-¿Contenta?
Estaba a punto de llorar. Admitir en voz alta lo patética que eres duele mucho más que simplemente ser consciente de ello.
-Muy bien.
-¿Muy bien?
-Sí, Hannah, ¿has visto como has progresado? Puede que sigas con una concepción de ti misma especialmente negativa, pero al menos eres sincera, ¿recuerdas cuando comenzamos con la terapia? Tú única respuesta a mi pregunta hubiera sido un no sé, aunque tuvieras igual de claro que ahora cómo te ves a ti misma.
Suspiré.
-Sea como sea, no puedo permitirme ilusionarme con algo así, empezaré a fantasear y cuando desaparezca, que perfectamente podría ser mañana, se me romperá el corazón. Y estoy bastante cansada de estar preocupada y triste siempre, no necesito más decepciones-dije.
-Comprendo. Tal vez deberías de esperar unos días, puede que sean imaginaciones tuyas. Intenta relajarte y no obsesionarte demasiado con el tema, ¿de acuerdo?
-Vale, está bien.
-La sesión ha terminado, ya puedes irte, Hannah.
Sonreí ya más relajada y caminé hacia la puerta.
-Por cierto-dijo, haciendo que me volviera para mirarla.
-¿Sí, doctora?
-¿Cómo se llama?
-¿Quién? ¿El hombre del que hemos estado hablando?-asintió-Christian Grey.
La doctora Melfi frunció el ceño.
-¿Le conoce?-pregunté.
-No... pero su nombre me resulta familiar.
-Oh, hasta la semana que viene, adiós-me despedí antes de salir.
¿De verdad era tan famoso? Ni siquiera en buscar en internet, y por alguna razón, mi orgullo me impedía hacerlo. Además, ¿no haría eso que pensara más en él? Decidí durante el camino a casa nunca investigar nada, las cosas serían mejor así, me convencí. Ya metida en la cama, me puse a leer en mi móvil, cuando llegó un mensaje de un amigo.
Hay una convención erótica aquí en Seattle en dos semanas. No te asustes, también hay cosas cuquis para ti pero, ¿sabes que? Se recomienda ir disfrazados, por eso del anonimato y tal, así que será divertido y puedes llevar algún vestido de esos tuyos. Ya sé que intentarás negarte y hacerte la puritana pero, por favor, ¿vendrás conmigo?
Era Peter, un amigo de hacía tiempo. Nos habíamos conocido en la universidad y habíamos congeniado desde el principio. Me sentía muy cómoda con él, sobretodo porque teníamos algo en común, nuestra atracción por la sumisión y dominación. Bueno, lo mío era atracción, él era un chico homosexual con una larga trayectoria en el ambiente del bdsm, y que se describía como un versátil miembro de la comunidad aunque más decantado a tener sumisos que amos. Lo que sabía a ciencia cierta sobre ese mundo era debido a él, ya que siempre abordaba esos temas con absoluta naturalidad incluso cuando empezamos a conocernos y yo no tenía nada claro. En realidad tampoco lo tengo ahora, para qué mentir.
Decidí responderle al día siguiente así que dejé el móvil sobre la mesita y me envolví en las sábanas con la intención de dormir. Unos minutos más tarde, la pantalla del teléfono se encendió. ¿Sería Peter otra vez? Qué impaciencia. Lo cogí de nuevo y observé la pantalla con los ojos entrecerrados. No era Peter, y ni siquiera conocía ese número. Abrí el mensaje y lo leí.
Buenas noches, señorita Adams. Lamento avisarla con tan poca antelación, pero te pedí prestada a tu jefe para que revisaras unos asuntos que necesito zanjar y son personales, así que no quiero tener a mis empleados directos haciéndolo. Un coche pasará a recogerla a su hora habitual.
-Christian Grey
¿Acaso sabe a qué hora salgo de mi casa? ¿Y por qué tenía que ser yo? ¿Por qué? Maldita sea... ¿Y donde iba a trabajar? Suspiré. Me revolví durante horas en la cama hasta que conseguí dormirme. No fue un sueño muy reparador y me desperté varias veces aquella noche.
