Este es mi tercer capítulo, comentad y eso, decidme qué os parece con total sinceridad :3
PS:Hay más movimiento que en los otros dos c;
El molesto sonido de alarma inundó la habitación. Maldita sea, pensé. Me levanté y tomé mi pastilla con un vaso de agua en el momento. Ese día prometía, y no en el buen sentido. Intenté desayunar, pero las tostadas se quedaron intactas en el plato, y solo conseguí tomarme mi rutinario café de la mañana. Me quedé más tiempo de lo habitual mirando el armario, sin tener ni idea de qué ponerme. Tiré el pijama al suelo y me puse unos vaqueros claros antes de volver contemplar mi ropa. Metí la mano en una de las montañas de camisetas que había metido a presión allí y decidí que me quedaría con la que cogiera, fuese cual fuese. La saqué. Era una camiseta enorme que dejaba al descubierto uno de mis hombros y con una frase impresa en ella: Keep calm and kill zombies. Muy apropiada.
Me la puse, me calzé mis creepers moradas con unos calcetines rosas con nubes azules y salí a la calle.
El Audi negro ya me estaba esperando. El conductor salió y se acercó a mí.
-Soy Taylor, supongo que usted es la señorita Adams. Yo la llevaré.
-Oh, encantada.
Entré en el coche. Ni rastro de Christian Grey. Me alegré, al menos así tendría unos momentos de tranquilidad antes de empezar aquel día. Temía que algo ocurriese, y por mucho que mentalmente me concentrase en permanecer impasible ante él, tenía una especie de magnetismo que me controlaba de alguna manera. Qué estúpida me sueno a mí misma.
-¿A dónde se supone que vamos?-pregunté.
-A la casa del señor Grey.
¿Qué...? ¿A su propia casa? ¿Tan secreto es eso en lo que voy a trabajar? No quería ir allí, eso era demasiado personal. Yo me sentía invadida cada vez que alguien entraba en mi piso, incluso aunque para él no fuera así... Miré con nerviosismo a través de la ventanilla durante el resto del viaje, que me pareció bastante corto, por lo que no podía vivir muy lejos de mí. Cuando me bajé del coche, Taylor me acompañó... al edificio Escala. No hacía mucho tiempo que había sido construido, y era famoso por lo lujoso e impresionante que era. Muy propio del señor Grey, pensé. Tanta elegancia me hacía sentir especialmente fuera de lugar, así que fue un alivio entrar en el ascensor. Taylor pulsó el botón del piso 29. Incluso con la medicación, parecía que me ansiedad crecía con cada piso que subíamos. Respiré profundamente. Las puertas comenzaron a abrirse.
El lugar era increíble, más de lo que habría querido admitir. De pronto, escuché la voz de Christian y le vi acercarse. Llevaba unos pantalones de traje pero solo con una camisa azul claro y los zapatos. Parecía más relajado que los días anteriores. En resumen, estaba tan arrebatador como siempre.
-Buenos días, señorita Adams-me saludó tendiendo su mano hacia mí.
-Hola, señor Grey-contesté estrechándosela.
En el momento en el que agarró mi mano, tiró un poco de ella y acercándome a él, me dio un beso en la mejilla. Aparté la mirada muerta de la vergüenza.
-Siento haber hecho que viniera hasta aquí-me explicó mientras me guiaba por su casa. Cuando llegamos a su despacho, me hizo sentarme en su escritorio- Puedes trabajar aquí-sonrió.
¿Acaso todo tenía semejantes proporciones en esa casa? Todo era demasiado amplio. Saqué mi móvil del bolso, lo puse en silencio y lo dejé sobre la mesa. Segundos después volvió a aparecer con unos ficheros.
-Revíselos todos. Teniendo en cuenta el ritmo al que trabaja normalmente le llevará poco tiempo.
-Vale...
-¿Te apetece un café, Hannah?
-Supongo que sí.
-Pues ahora vuelvo-dijo con una sonrisa.
Eché un vistazo a los documentos, ¿realmente había venido para hacer esta estupidez? Cualquiera podría haberlo hecho en mi lugar, maldita sea. ¿Qué pretendía con todo aquello?
-Pareces molesta, ¿pasa algo?
Le lancé una mirada que esperaba que mágicamente le atravesase el cerebro para que se comportase de manera que yo pudiera entender.
-No.
-Toma, ten cuidado, aún está caliente. Búscame si necesitas algo, no planeo irme.
Asentí con la cabeza y me sumergí directamente en mi trabajo. Hora y media más tarde, ya no tenía nada que hacer. Miré mi móvil y recordé que aún no me había respondido a Peter. Abrí un mensaje nuevo: "Mmm... tal vez vaya, aunque no prometo nada xxoo ". Pulsé el botón de enviar y dejé el teléfono de nuevo. Terminé el poco café que me quedaba y salí del despacho en busca del señor Grey. Estaba en el salón, leyendo un periódico sobre economía. Lo dejó sobre la mesa en cuanto me vio.
-¿Ya has terminado?
-Sí.
-Qué rápida, señorita Adams, no me decepciona-contestó con una sonrisa de las suyas-Ven, siéntate aquí.
Recorrí en un vistazo rápido el sitio, Taylor ya no estaba allí, nos habíamos quedado solos y eso no me gustaba. Caminé hacia el sofá y me dejé caer con suavidad, un poco alejada de él. Oí un pequeño suspiro.
-¿Te doy miedo?-me preguntó.
-¿Qué?
-Que si te doy miedo-contestó sentándose junto a mí-Parece que sí.
-No... no creo. Ahora que no tengo nada más que hacer, ¿puedo irme?
-¿Tanta prisa tienes?
-¿Hay algo más por terminar?
-No me responda con más preguntas, y míreme cuando me habla, señorita Adams.
Giré la vista hacia él, que sonrió con satisfacción. Cogió un mechón de mi pelo y lo apartó dejándolo caer sobre mi espalda. Noté como un escalofrío recorría mi cuerpo.
-Tiene un pelo muy bonito...
-G-gracias...
Se acercó más a mí y posó sus labios sobre mi mejilla, lo hizo de nuevo más abajo, y más abajo, hasta llegar a mi cuello. Noté sus dedos jugar con mi melena mientras lo hacía. Mi cerebro, por otro lado, parecía haber decidido ponerse en huelga, y me había quedado en blanco. Me gustaba tanto aquello como me torturaba al mismo tiempo. Giró mi cara suavemente hacia él y me besó. Nuestras lenguas juguetearon hasta que nos separamos.
-Eres preciosa, Hannah-susurró mirándome con aquellos preciosos ojos grises.
De pronto, un estruendo me sobresaltó y oí unos gritos. Ambos nos giramos, y vi una mujer acercándose, con aspecto muy enfurecido y mirándonos con rabia. Christian se levantó y se adelantó hacia ella. Su expresión corporal había cambiado completamente, de hecho, ahora resultaba intimidante. La miró enfadado, y entendí que se conocían.
-¡Cómo has entrado aquí!-exclamó-¡Taylor!
El chico, que había estado sujetando a la mujer hasta hacía un momento, le devolvió una mirada de culpabilidad.
-No se cómo pudo haberse colado, señor, yo...
-¡Cállate!-volvió a mirarla- ¡Y tú fuera de aquí!
-¡No!-le contestó ella y volvió su mirada hacia mí-Oh, vaya, tienes una putita nueva por lo que veo...-rió-Y aún pareces tener personalidad propia-dijo mirando mi ropa-Supongo que el señor Grey aún no ha decidido ponerse duro contigo.
-¿Qué...?-logré contestar en un susurro. Estaba muy nerviosa, aquella situación era muy extraña y ambos parecían fuera de sí. Y yo no era alguien que soportase momentos como aquel fácilmente, de hecho, el corazón parecía salírseme del pecho y respiraba con agitación.
-¡Déjala en paz!-le gritó Christian.
-¿Qué tiene ella que no tenga yo?
La agarró de las muñecas y la arrastró con él hacia el ascensor. Uno o dos minutos después, Christian volvió, solo esta vez. Me levanté. Tenía las piernas como flanes, y al incorporarme, me mareé. Oí su voz diciéndome algo, pero no le podía entender y mi vista se había vuelto borrosa. Oh, mierda, pensé antes de caerme al suelo.
Cuando me desperté, noté que estaba echada en algo blando. Abrí los ojos. ¿Qué sitio era este? Me incorporé, y miré a mi alrededor. Era una habitación enorme. Vi a Christian sentado en una silla cerca de la cama. Tardó unos segundos en darse cuenta de que le miraba, y se acercó rápidamente.
-¿Estás bien? Aún sigues pálida...-dijo con preocupación-Qué susto me has dado.
-Perdón...
-No, no, soy yo quién te debe disculpas a ti. Lo ha ocurrido... en fin, es vergonzoso. Una ex descontrolada.
Le miré pero no contesté. Apoyé los pies en el suelo y me levanté. Estaba algo mareada, pero me encontraba bastante mejor. Él seguía mirándome, como si esperase mi perdón por aquello.
-Da igual... no importa. Tengo mucha sed, ¿puedo beber agua?
-Por supuesto, ven-contestó agarrándome de la mano y arrastrándome con él hasta la cocina-¿Seguro que te encuentras bien?-volvió a preguntar cuando me tendió el vaso.
Di un gran trago antes de contestar.
-Sí, es que a veces... bueno, me desmayo. La gente suele asustarse pero en realidad no pasa nada si no me hago daño al caerme-dije y seguí bebiendo.
-¿Entonces es normal?
-No exactamente, pero no tiene importancia-contesté, no estaba dispuesta a dar más detalles de la cuenta sobre eso.
Se acercó a mí y me dio un pequeño beso en la frente.
-¿La chica está... bien?-pregunté.
Su mirada cambió y me observó serio.
-Sí.
-Me alegro. Entonces... ¿me voy ya?-dije, pero por primera vez deseé que su respuesta fuera un no. Un efecto secundario de los ataques de pánico es que después de uno te sientes especialmente vulnerable, y por eso no quería regresar a mi piso vacío, a mi dormitorio vacío, a mi cama vacía... Deseaba que me abrazaran hasta dormirme, y sentirme protegida por una vez.
-Sí, será mejor.
Ese sí me golpeó como una fuerte bofetada. Le miré durante unos segundos y luego desvié la mirada. Sin decir nada más, fui a por mis cosas rápidamente y me dirigí al ascensor sintiéndome la mayor estúpida de este mundo. Maldije y maldije y maldije. ¿De qué me extrañaba? Soy una idiota que no sabe siquiera qué siente.
-Hannah-oí detrás de mí. Me volví.
-¿Sí?
-Qué susto me has dado-repitió rodeándome entre sus brazos.
Cerré los ojos y disfruté del abrazo. Cuando nos separamos, sus ojos grises me miraban con tranquilidad.
-Deja que Taylor te lleve.
-No hace falta, puedo ir yo sola.
-Hannah.
Esbocé una sonrisa tímida. Cuando salí del edificio, suspiré aliviada. No sabría decir si aquel día había sido mejor o peor de lo esperado, y sabía que me había dado mucho de lo que pensar. ¿A qué vino lo de tener personalidad propia, lo de ser otra de sus putitas -aunque eso podía achacarse a la rabia del despecho- o ponerse duro? ¿Qué clase de situación había sido esa? Por otro lado, seguía recordando el tacto de sus labios sobre los míos y sus preciosos ojos mirándome, y el simple recuerdo podía hacer que me sonrojase.
Aquella noche dormí bien, ni me desperté ni tuve pesadillas. No tenía que madrugar porque era fin de semana así que decidí no poner el despertador. Cuando me levanté, casi al mediodía, miré por la ventana. Llovía mucho. Escuché el timbre y corrí a abrir la puerta. Un repartidor, completamente empapado, sujetaba un paquetito con un lazo azul.
-¿Señorita Adams?
-Sí.
-Tome, y firme aquí.
Hice lo que me pedía y cerré la puerta. Me quedé unos segundos contemplando el regalo entre mis manos, hasta que decidí sentarme en el sofá para abrirlo. Tenía una tarjetita metida en el lazo. La saqué.
"Siento el accidente de ayer, acepte esto como disculpa. Espero verla pronto. -Christian Grey"
¿Se sentía culpable por eso? Pues sí que le había asustado al desmayarme. No pude evitar reírme un poco para mis adentros. Deshice el envoltorio con cuidado y abrí la cajita que tenía grabado "Cartier". Dentro había una pulsera, una impresionante, cabe destacar, repleta de diamantes. El fallo de este detalle era que no es que yo llevara joyería barata, es que no llevaba de ningún tipo. Nunca me ponía ni pendientes, ni anillos, ni collares... nada. Y llevar algo como aquello... me parecía... cómo explicarlo, era... ¿presuntuoso quizás? Aunque había gente que ponía empeño en aparentar ser más rico y más poderoso de lo que en realidad era, yo caía en todo lo contrario, y mi orgullo me impediría llevar algo como eso. Además, no encajaba conmigo, sería como llevar un vestido de etiqueta con unos playeros de deporte. Simplemente, no podía ser.
La metí en la caja de nuevo con cuidado. Si me preguntaba le diría que me había gustado y nada más. ¿Qué iba a hacer si no? ¿Devólversela y darle un discurso sobre la soberbia, el dinero y la sencillez? Dudé unos segundos. Tonta, me dije. Se supone que iba a dejar de ser tan antipática.
Me metí en la ducha y me evadí de todo.
