Espero que os guste el rumbo que está tomando esto, si es que alguien lo lee porque tengo muchas más visitas en el primer capítulo que en el resto, y aunque supongo que es normal me da penita que haya tanta diferencia. Disfrutad del capítulo, dejad todos los comentarios, sugerencias y opiniones que queráis :3

sheblunar: muchas gracias por seguir leyéndome, me hace mucha ilu que te interese lo suficiente para no dejarlo.

Fabiola y Alba: gracias a vosotras también :33

zm01: me alegro mucho de saber que es así, sobretodo porque esa es la intención, que no sea la típica protagonista, aunque supongo que todas babearíamos por x3


El fin de semana transcurrió apaciblemente, casi me conseguí olvidar incluso del asunto de la ex de Christian y la pulsera de la culpabilidad. Me dediqué a dormir más de la cuenta y jugar con mi Playstation. Cuando regresé a la oficina el lunes, me senté decepcionada en mi silla, contemplando el espacio vacío que había dejado su mesa. Mi jefe llegó y comenzamos nuestra rutina de siempre. Papeles, reuniones, llamadas, papeles, reuniones, llamadas. A veces pensaba como sería mi trabajo si me dedicara a algo más relacionado con mi carrera y no fuera esta especie de súper secretaria, pero no me gustaba complicarme, así estaba bien y así me quedaría.

Mientras tecleaba en el ordenador, llegó un e-mail. Hice clic en él.

"¿Le ha gustado mi regalo, señorita Adams?" -Christian Grey

¿Cómo sabía mi correo? Hannah, es el dueño, recuérdalo. Seguramente conoce toda la información que aparece en tu currículum. Tuve que pensar qué podría contestar, no le podía decir que no me había gustado, ¿no? Pero sí que no necesitaba algo como eso.

"Sí, gracias, señor Grey, pero no hacía falta, tampoco sé que hacer con la pulsera" -Hannah Adams

Pulse el botón de enviar, varios minutos más tarde me contestó.

"¿Ponérsela?" -Christian Grey

"Déjelo." -Hannah Adams

"Qué impertinente. Deje de mandar e-mails y póngase a trabajar, al fin y al cabo, soy su jefe y debería estar trabajando para mí no charlando" -Christian Grey

No volví a responder. Si no veía que una pulsera de Cartier de miles de dólares no encajaba conmigo en absoluto era que estaba ciego. Durante el resto de la semana me envió algún correo más pero no contesté. Tenía que "trabajar", no podía entretenerme con eso, ¿no?

El viernes por la tarde Peter apareció en mi casa. Debía de ser la única persona que podía entrar allí sin más y que no me molestase. En cuanto puso un pie en mi casa comenzó a hablar de la convención, de quién iría, cómo nos vestiríamos, qué habría... Era de ese tipo de gente que se emociona por cualquier cosa, mientras yo le escuchaba simplemente... aceptando que ya no había otra opción que la de acompañarle, sobretodo ahora, que hacía pocas semanas se había quedado soltero. Cuando mencioné el asunto de mi regalo, me obligó a enseñárselo y se quedó mirándolo con fascinación.

-¿Qué clase de tío regala algo así?-preguntó-Intentas cazar uno gordo, ¿eh?

-¡Peter!-dije pegándole-A mi el dinero me da igual.

Se rió.

-De todos modos... ¿cuándo se supone que te vas a poner tú esto?

-Eso mismo me pregunto yo-suspiré-No me gustan esta clase de cosas.

-¿Las joyas caras o que te compren con regalos?

-No me está comprando con nada.

-Lo intenta.

-Cállate, no es cierto-dije de morros.

Sugirió salir esa noche, así que fui a cambiarme mientras le dejé viendo la televisión. Me puse shorts, una blusa negra y sandalias con algo de plataforma. Revolví el pelo con las manos y nos fuimos.

La noche en Seattle era divertida, fueras como fueras había un sitio para ti. A mí me gustaban los bares con la música alta mucho más que las discotecas, y a Peter también, así que fuimos a una taberna de estilo escocés a la que íbamos muchas veces. Bebimos varias cervezas, algún chupito y una bebida de color rojo que no sabía que era pero que dejaba un sabor dulce en la boca que me encantaba.

Estaba sentada sobre las piernas de Peter, decidiendo si llevar trajes a conjunto o no, cuando me dijo bajito:

-Mira ese qué tremendo está.

-Deberías controlar tus...-dije girándome hacia donde miraba-Oh.

-¡Viene hacia aquí!-me susurró entusiasmado.

Mi mirada se encontró con unos preciosos ojos grises, aunque también fríos e inexpresivos. Me tendió la mano.

-Señorita Adams.

-S-señor Grey-dije estrechándosela.

Peter se quedó mirándonos con cara de sorpresa al darse cuenta de quién era aquel hombre.

-¿No nos presentas, señorita Adams?

-Eh... señor Grey este es Peter, mi amigo.

Se estrecharon las manos. Cada señorita Adams que salía de su boca me alteraba más, ¿por qué tenía la sensación de que miraba como si estuviese haciendo algo mal? Me bajé de las piernas de Peter y le miré. Vi un brillito de satisfacción en sus ojos. ¿Qué clase de comunicación telepática era aquella? ¿Me lo estaría imaginando? ¿Sería culpa del alcohol?

-¿Puedo sentarme?-nos preguntó.

-¡Claro!-se apresuró Peter en contestar.

Christian se sentó a mi lado y pidió una cerveza para él y otra para mí. Nuestras piernas rozaban. Eso era lo bueno de beber, te desinhibes, y ese era una de mis grandes dificultades desde siempre.

-No contestas a mis correos.

-Dijiste que trabajara.

-No trabajas todo el día. Tienes tiempo para contestar, Hannah.

-Bueno-me encogí de hombros.

Bufó.

-Creo que es evidente que me gustas, ¿por qué te empeñas en ponérmelo tan difícil?

-Me sale solo, es un talento natural-me burlé.

-Veo que ya llevas bebiendo un rato.

-Uno chiquitito-dije haciendo un gesto con la mano.

Alguien me saludó, me giré y vi un amigo de Peter allí, según me había contado, era un sumiso potencial o algo así.

-¿Hannah?-preguntó Peter.

-Puedes irte, no importa, pero recuerda no fustigarlo aquí-bromeé.

El chico se sonrojó, Peter se levantó rápidamente y se sentaron en otra mesa. Cuando me giré hacia Christian, le vi reirse disimuladamente.

-¿Fustigarlo?-preguntó.

-Tsh, yo no sé qué hacen ni lo quiero saber, aunque mi amiguito se empeñe en dar más explicaciones de la cuenta a veces.

-Así que no lo quieres saber...

Bebí un trago de mi cerveza.

-Espera, ¿tú sabías que yo estaba aquí?

-Tal vez-contestó sin inmutarse.

-Eso da miedo.

-¿Sí? ¿Doy miedo?

-Pues ahora un poco, la verdad.

Se volvió a reir mientras me observaba. Acarició mi mejilla con los dedos.

-Me gustas más relajada, como ahora.

-Más relajada termina llevando a más sincera, y eso no suele gustar tanto.

-Oh, dígame algo con sinceridad entonces-sonrió divertido.

-No puedo, aún no estoy suficientemente borracha para que no me de vergüenza-me reí.

-Eso podemos arreglarlo...

Pidió tres chupitos diferentes para mí.

-Emborrachar a una dama no es muy caballeroso.

-Estás conmigo, no te pasará nada.

Fruncí el ceño y cogí el primer chupito. Lo bebí con facilidad. Cogí el segundo, lo bebí. Empezaba a estar un poco más ida pero era divertido. Cogí el último y lo bebí. Me eché a reír sin razón alguna. Noté como Christian me besaba la mejilla, el cuello, el hombro...

-Ahora dime, ¿qué problema tienes con la pulsera?

-No me gustan los regalos caros, y las joyas me dan igual también. No me vas a comprar con eso, si es que es lo que pretendes.

-No te lo dí por eso, Hannah, pensé que te gustaría.

-Pero si soy súper sencilla-dije riéndome de lo obvio que me parecía.

-Ya, bueno, tal vez tengas razón. ¿Cómo te queda?

-Ni siquiera me la probé.

Suspiró.

-Vale, dime otra cosa. ¿Te sientas en las piernas de todos tus amigos?

-Es mi mejor amigo. Y gay.

-Ya veo.

-Y soy libre de hacer lo que quiera.

-Lo sé, Hannah-volviendo la mirada con decepción.

Con mis dedos sobre su barbilla, giré su cara y le besé. Noté su sorpresa pero rápidamente nuestras lenguas empezaron a juguetear. Hundió una de sus manos entre mi pelo mientras la otra subía por mi pierna.

-Si me quieres preguntar algo más, deberías hacerlo ya, antes de que vuelva a ser la reina de la introversión-dije al separarnos con la respiración entrecortada.

Me miró pensativo.

-¿Cuántos novios has tenido?

-Ninguno, me enamoré de un chico en la universidad pero en fin, solo éramos muy amigos, nada más.

-¿Tú?

-Yo no tengo novias.

Fruncí el ceño. Espera... ¿no tiene novias? ¿Entonces qué se supone que estoy haciendo? Yo no quiero alguien que se acueste conmigo y desaparezca o algo por el estilo, y menos mientras sea virgen. El alcohol me hizo actuar rápidamente.

-Ah... creo que... debería irme.

-¿Por qué? ¿Pasa algo?-preguntó extrañado.

-No, yo solo... estoy cansada.

-Te acompañaré.

-Puedo ir yo sola.

Quería irme antes de hacer algo de lo que me arrepintiese, y no estaba tan borracha como para necesitar que me llevasen o tener que molestar a Peter por esto. Me levanté de la mesa y caminé hacia la puerta con Christian siguiéndome. Fuera ya era de noche, y soplaba una brisa fresca.

-¡Hannah!

-¿Qué?

Me agarró de la muñeca, arrastrándome hasta la pared de la taberna. Sus ojos grises me miraron enfurecidos a pocos centímetros de los míos. Mis piernas eran como flanes.

-Me haces daño-me quejé intentando zafarme.

-Perdona-se disculpó y me soltó el brazo-Pero, ¿qué pasa ahora? ¿Por qué huyes de mí?

-Yo quiero un novio, y que cuide de mí, pasemos tiempo juntos y esas cosas que hacen las parejas. Así que antes de que me ilusione como una imbécil intento irme a mi casa.

Nos miramos durante unos segundos. Sus manos estaban apoyadas en mis caderas, contrarrestando mis intentos de soltarme e irme. De repente, me abrazó. Tras unos instantes de confusión, rodeé su cuello con mis brazos. ¿Qué era lo que tenía aquel hombre que simplemente no podía resistirme? Cuando nos separamos sujetó mi cara entre sus manos y me besó.

-Te acompañaré a casa.

-V-vale.

Entrelazó sus dedos con los míos, y caminos de la mano. Qué raro se me hacía todo. Pocos minutos después, llegamos al portal de mi edificio. Saqué las llaves del bolso y las intenté meter en la cerradura sin mucho éxito.

-Trae-ordenó quitándomelas de las manos. Las giró y abrió la puerta-Pasa.

Obedecí.

-No hace falta que subas...

-Necesitarás que alguien te abra la otra puerta, vamos.

Subimos las escaleras en silencio hasta el segundo piso. Señalé.

-Es aquí.

Abrió y no se movió, mientras yo entraba y tiraba el bolso en el sofá.

-Am... ¿quieres pasar o te vas o...?-dudé.

En cuanto lo dije entró en mi piso. Yo intenté averiguar si me había equivocado tomando esa decisión o no, pero tampoco estaba como para pensar mucho en ese momento. Me quité los zapatos.

-Tienes una casa bonita.

-Supongo, gracias. Es pequeña pero acogedora, y viviendo yo sola no necesito espacio para nada más, así que... ¿Quieres algo? Bueno, en realidad no sé si tengo algo, tendría que mirar.

Sonrió.

-Estás nerviosa.

-Tengo sake. No sé por qué, ni desde cuando, pero tengo. ¿Quieres?

-Solo un vasito.

Estaba en mi casa. ¡En mi casa! El corazón me latía con fuerza.

-Toma. Puedes sentarte-dije dejándome caer en el sofá con los ojos cerrados. Cogió mi vaso y lo posó en la mesa.

Noté su mano en mi brazo. Abrí los ojos.

-Ven.

Me acercó a él y guió mi pierna hacia él, sentándome a horcajadas sobre sus piernas. No pude evitar sonrojarme. Además, me parecía que mis hormonas habían decidido despertar todas al mismo tiempo. Tal vez fuera por la hora, las pastillas de la ansiedad, que normalmente me adormecían un poco, perdían efecto tan tarde. Sentía sus dedos acariciarme mientras me contemplaba.

-Eres preciosa, Hannah.

No pude evitar abrazarme a él. Sus brazos me rodearon. Podía pasarme la vida así, necesitaba contacto físico tanto como intentaba evitarlo, y él olía tan... bien. Me sujetó por la cintura y me giró hasta dejarme caer tumbada debajo de él. ¿Esto se ponía serio o solo me lo parecía? Bajó un poco mi blusa y empezó a darme besos desde el cuello, descendiendo hasta mi escote. Volvió a besarme los labios mientras apretaba uno de mis pechos.

-Christian... Christian.

-¿Qué?-preguntó sin parar de tocarme.

-Para.

Sus ojos grises me miraron.

-¿Qué pasa?

-Quiero irme a dormir.

Frunció el ceño y se sentó.

-¿Qué pasa en realidad?

-Nada.

-Hannah... puedo notar si te está gustando o no, y lo está, así que dime por qué ahora de repente quieres parar-dijo con gesto decepcionado.

Me incorporé. ¿Cómo iba a decir algo que me daba tantísima vergüenza? Me quedé mirándolo en silencio, como si esperase que desapareciera por arte de magia.

-Joder-se quejó levantándose.

Salió por la puerta, no sin antes dedicarme una mirada de enfado. Coloqué mi ropa, y miré al suelo, sin saber qué hacer. Mierda, mierda, mierda. De pronto, me levanté y decidí dejar de ser una imbécil. Bueno, eso pensé en el momento, probablemente fue el alcohol. Bajé las escaleras corriendo. Cuando salí, le vi enfrente, hablando por el móvil. Nos miramos, y titubeé, pero caminé hacia él, descalza, y le abracé. Oí como se despedía y colgaba.

-Hannah...

-Abrázame. Abrázame y responderé.

Me rodeó con sus brazos, estrechándome con fuerza contra él.

-Dime por qué.

-Pues...