Siento haber tardado tanto pero me fui de vacaciones y no tengo internet, ahora me apañé para subir esto U_U" Aunque ahora no subo todos los días porque simplemente me resulta imposible, dejé de hacerlo antes porque al haber tan poca respuesta aquí pues... si alguien quiere, también publico el fic en un tumblr, y allí puedo poner mensajitos avisando de si puedo publicar, cuando lo haré, etc. Preguntadme si os interesa :3


Me desperté sola de nuevo, parecía cierto que él dormía solo y no dejaba de parecerme raro, pero quién era yo para juzgarlo después de todo. Era una mañana bastante cálida y soleada. Christian de nuevo había comprado ropa para mí, aunque seguía sin convencerme del todo. No era mi estilo. Me resigné a ponerme la ropa interior y la blusa, así que cuando me vio me encogí de hombros. Después de desayunar fuimos a casa de Peter. Al entrar vi a aquel chico que había visto en el bar la noche que Christian encontró a saber cómo. La verdad es que era muy guapo.

Peter se acercó y me dio un beso en la mejilla. Miró un segundo a Christian y luego me habló.

-¿Seguro que quiere venir? ¿Le has obligado?

-Quiso venir él.

-Bueno, pues me temo que te robaré a Hannah un segundito. Te la devolveré preciosa.

-Está bien-sonrió Christian.

-Por cierto, este es Matt-le sonreí-Podéis sentaros en el sofá mientras tanto.

Me agarró de la mano y entramos en su habitación. Me quité los zapatos y me fijé en la ropa sobre la cama.

-Venga, póntelo.

-¿El qué?
-Esa ropa.

-¿Estás de broma?

-Tienes que variar un poco.

-Pero... pero, ¿en serio me ves con eso puesto?

-Ahí esta la gracia, que tú parezcas una dominatrix siendo tan dulce y aniñada.

-Ni hablar.

-Ven y póntelo.

-No.

-Hannah.

Salí por la puerta y cuando sentí sus pasos detrás de mí eché a correr riéndome.

-¡No me lo pondré!

-Hannah, ven aquí.

-¡No!

Me escurrí entre sus manos cuando casi me atrapa. Y me senté sobre Christian, que me miró sorprendido.

-¿Tan malo es?-preguntó.

-No me pega nada.

Peter nos observó con cara de pocos amigos. Luego desvió la vista pensativo.

-Haremos un trato.

-¿Qué clase de trato?

-Ven, te lo diré.

Caminé hasta él, y me susurró que él iría de mayordomo y que podría llevarlo de una correa incluso si quisiera. La idea me hizo gracia así que acepté a probármelo solamente. Era un vestido súper ajustado de cuero y botas negras de tacón, es decir, dominatrix. Me miré en el espejo de la habitación.

-No quiero salir con esto-sentencié.

-Sí, deja que te vean.

-Solo un segundo, y luego huiré.

Me quedé de pie ante Christian y Matt, sonrojada y muerta de la vergüenza. Aquello era muy ridículo.

-Estoy muy rara...-dije mirando al suelo-Así que antes de que digáis nada voy a ir a volver a cambiarme de ropa, y sé que tienes más cosas aparte de esto por lo que no intentes engañarme, ¿eh?-le dije a Peter.

-Espera-exclamó Christian cuando ya me giraba-No te cambies-dijo con una sonrisa maliciosa en la cara.

-Pero...

-Ven un momento.

Me acerqué a él y me susurró al oído.

-Me apetece que vayas así.

-¿Te ríes de mí?

-Me río porque se te nota incómoda aunque estés muy sexy.

-Aún así...

-Hannah, ¿qué te he dicho de contradecirme?

-Perdona-dije de morros.

Fuimos a la convención en el Audi de Christian. Cuando llegamos, se dio cuenta de lo vaga que había sido mi descripción del acontecimiento. De hecho, yo estaba muy aliviada de que hubiera una parte aparentemente más inocente. Caminamos entre los puestos de la mano siguiendo a Peter, que parecía muy emocionado. Christian se rió suavemente y me di cuenta de que disfrutaba viéndome sufrir cuando mi amigo me enseñaba algo sexual. En realidad, había muchas cosas que ni siquiera entendía para que podrían servir. Me sentía como una niña pequeña.

Después de un rato, Peter y Matt se perdieron entre la multitud y le insistí a Christian para ir a la otra parte, donde había visto vestidos, adornos y zapatos más de mi estilo. Él se negó con una sonrisa hasta que un rato después me dejó ir pero sola.

-Tal vez compre algo...-dijo antes de besarme e irse.

Reduje el paso cuando llegué a ese reducto de dulzura. En ese momento, yo no encajaba mucho con el lugar pero no dudé en comprar un montón de ropa para compensar la sensación. Era un mundo aparte, me compré vestidos de sirvienta, uniformes japoneses, y un montón de pantalones, blusas y camisetas absolutamente adorables.

-¿Y todas esas bolsas?-oí tras de mí.

-Oh, Christian... bueno... ¡todo es tan mono!

Se rió.

-Yo solo tengo una-dijo extendiendo el brazo-¿Quieres saber qué es?

-No, no, no.

-Como quieras, es para ti así que...

Le pegué.

-Es usted muy mala persona, señor Grey, haces que me sonroje.

-Veo que tu disfraz te ha vuelto violenta-dijo echando a andar.

-Te odio...-respondí siguiéndole.

Era la lluviosa mañana de un jueves, y aquel iba a ser un día horrible. Varios peces gordos se reunían con mi jefe y todo tenía que estar listo para entonces. La actividad era incesante y no había vuelto a ver a Christian desde el sábado. Le echaba de menos, la verdad. Cuando entré en el despacho, mi jefe insistió para que me diese prisa y preparase todo. A la hora acordada se dirigió a la sala de reuniones y le seguí recitándole todos los puntos importantes y a tener en cuenta, como me ordenaba siempre. Al llegar, había dos hombres esperando, parecían rondar los sesenta años pero aún así uno de ellos no se cortó en guiñarme un ojo y hacer un intento patético de flirteo conmigo.

-Así que está es tu pequeña secretaria, ¿eh?-sonrió-He oído hablar muy bien de ti.

-Déjala en paz, dudo que le gusten los carcamales como tú-contestó mi jefe riendo-Vamos dentro. Tú recibe al resto, Hannah.

-Sí, señor.

Media hora después, casi todos los de mi lista de asistentes ya habían llegado, cuando oí una voz extrañamente familiar. Christian se acercaba con otro hombre charlando. Lo cierto es que aunque yo no conociera la magnitud real de su poder, me parecía increíble que alguien tan joven como él acudiera a reuniones como esa donde, de acuerdo, todos eran ricos, pero ninguno bajaba de los cincuenta años. ¿Habría tenido mucha suerte o sería un genio de las finanzas?

-Hola de nuevo, señorita Adams-me saludó con una sonrisa estrechándome la mano-Ahora entro, Glenn.

-Hola...

-¿Vendrás conmigo cuando terminemos?-preguntó en voz baja.

-Tengo que ir a casa, me llegará un paquete hoy-dije encogiéndome de hombros.

-Pues iré a tu casa entonces.

-Vale-sonreí.

-Siga con su trabajo, señorita Adams-dijo entrando en la sala.

Esperé nerviosa que la reunión acabase. Fui hasta el despacho a recoger mis cosas y bajé a la entrada del edificio, donde me resguardé de la lluvia hasta que Christian bajase. Unos minutos más tarde noté una mano sobre mi hombro.

-¿Nos vamos?

-Sí, pero... iremos andando, ¿no?

-Está lloviendo.

-Vivo casi al lado.

Frunció el ceño.

-Bueno, daremos un paseo si tantas ganas tienes.

-¡Gracias!

Evité el impulso de abrazarle allí en medio. No quería que la gente supiera con quien estaba, no porque me avergonzara de él, porque siendo realista, la gente se preguntaría que hace él con alguien como yo y no al contrario, pero no quería que eso me pudiera influir de algún modo. Solo estaba siendo precavida. Noté que Christian me miraba extrañado así que me apresuré a salir y abrir el paragüas.

-Un paraguas de koalas.

-Calla-le contesté.

-Como usted diga-sonrió.

Caminamos hasta mi casa bastante rápido, bueno, es que a mí me resultaba un poco difícil seguirle el paso. Al entrar en casa me quité los zapatos mojados y dejé el paraguas donde la puerta.

-Estás empapada-dijo Christian palpando mi ropa.

-Como lo odio...

De repente, sonó el timbre. Corrí hacia la puerta y la abrí. El mensajero me hizo firmar un documento y me entregó un paquete. Cerré emocionada y me senté en el sofá para abrirlo. Quité el papel con cuidado y saqué la caja del interior.

-¿Qué es?-me preguntó sentándose a mi lado.

-Mira...-dije abriéndola-Es... ¡Sebastian!-exclamé sacando una figura de unos veinte centímetros.

-¿De unos dibujos animados?

-Christian... es anime, no dibujos animados. Acuérdate por siempre jamás. ¡Qué bonita es! Voy a ponerla en la habitación.

Cuando estaba entrando me di cuenta de que aunque él ya había estado allí nunca le había enseñado toda la casa, por lo que me giré y regresé.

-Mmm... ¿quieres ver mi habitación?

-Por supuesto.

Mi habitación probablemente fuera la parte más bonita. Las paredes eran de un violeta muy suave, los muebles eran blancos y entraba mucha luz por la ventana. En las estanterías había un montón de mangas, dvd, libros y figuras apilados. La cama era de matrimonio, un placer que decidí permitirme aunque viviese sola. Además, tenía lucecitas de colores colgando y unos cuantos adornos.

-Es bonita-dijo.

-Gracias-sonreí dejando a Sebastian sobre un estante.

-Hannah.

-Dime.

-Ven aquí.

Me acerqué a él y me besó. Luego me abrazó con fuerza. ¿Le pasaba algo o me extrañaba por nada? Acaricié su cara unos segundos mientras nos mirábamos.

-¿Te... te quedarás aquí esta noche?-pregunté.

-¿Quieres que lo haga?

-Supongo que sí.

Me dio un beso en la frente.

-No se me da muy bien cocinar, la verdad-dije mientras salíamos de allí.

-Comeré lo que quieras.

-¿Te gusta el helado?

-Sí, claro.

-Siéntate, ya verás. Tengo un montón de sabores.

Cogí dos copas grandes que había comprado específicamente para el helado. Puse bolas de chocolate, fresa, plátano, nata... y luego un chorrito de sirope de chocolate por encima. Me senté con él en el sofá.

-Toma.

-¿Comes así normalmente?

-Bueno... puede que no sea la persona más sana del mundo, pero está tan rico-sonreí.

-Deberías comer mejor.

Cogí la cuchara de su copa, la hundí en el helado y se la acerqué a la boca.

-Come y calla.

Después de un rato, habíamos terminado. Lavé las copas y noté como Christian observaba cada uno de mis movimientos a lo lejos. Eso me alteraba, no podía soportarlo. Se levantó y me rodeó por la espalda mientras las secaba. Me empezó a besar por el cuello. Sus manos pronto cubrieron mis pechos.

-Christian...-susurré.

-Dime, nena.

-¿Vamos a mi habitación?

-Claro.

Se quitó la chaqueta del traje y me cogió en cuello, tumbándome sobre la cama para luego colocarse encima de mí. Me mordió el labio y siguió besándome, hasta que de repente, se quedó quieto y se tumbó a mi lado.

-¿Pasa algo?

-Si sigo no podré parar.

-Oh... tal vez... podríamos...

-¿Qué intentas decir?

-Bueno, ya sabes...

-Dilo con claridad lo sepa o no.

Suspiré notando como me empezaba a sonrojar. Me quedé mirando al techo.

-Podríamos acostarnos.

-¿Seguro? No te sientas presionada.

-Sí, estoy segura ahora, no me des tiempo para que empiece a dudar. ¿Lo haremos o no?

-Encantado-sonrió-Lo haremos despacio, ¿vale? Tú solo relájate.

Me quitó la camiseta y me besó entre los pechos y fue bajando por mi barriga. Inconscientemente, me tapé la cara con las manos. Después de tirar mis pantalones en el suelo me miró.

-No te tapes. Eres preciosa.

-Me da vergüenza.

-No debería.

Me dio un beso rápido y me sujetó las manos a los lados de la cabeza. Me miró con aquellos profundos ojos grises. Acarició mi cuerpo con sus labios. Cuando separó sus manos de las mías, me abrazó y desabrochó mi sujetador. Desvié la mirada. Me besó de nuevo, con mucha más energía, mientras lo tiraba, como si así no pudiera darme cuenta.

-No pasa nada, nena, eres muy guapa y me pones mucho. Intenta relajarte, en el fondo te está gustando.

¿Cómo no me iba dar cuenta de que le ponía si tenía su erección pegada a mi pierna? Noté como lamía mis pezones y los mordía de vez en cuando. Llegados a ese punto, el placer comenzaba a ser mayor que la vergüenza.

-Desnúdate-se me escapó de repente.

Me miró sorprendido, luego ser rió un poco.

-Como quieras. Pero primero...

Me quitó las bragas y se levantó. Desabrochó la camisa y el pantalón y los dejó en el suelo. Vi algo que me extrañó, su pecho tenía un montón de pequeñas cicatrices. Cuando notó que le estaba mirando, se quito los calzoncillos, sacó un condón y volvió a la cama.

-¿Qué te ha...?-dije tocando su piel.

Su cuerpo se tensó.

-Para.

Me apartó la mano y se puso el preservativo. Me besó en el pelo, en la frente, en el cuello... Luego me miró y se balanceó un poco introduciendo su pene en mi interior.

-¿Te duele?

-No, es raro.

-¿Sigo?

Asentí con la cabeza. Las embestidas fueron cada vez más y más fuertes. Mis caderas empezaban a contonearse a su antojo y mi espalda a arquearse. En ese momento, yo no era Hannah, ni él era Christian, ni había ataduras, ni miedos... no había nada. El orgasmo fue una sensación indescriptible, me sentía tan unida a él que ya no podía imaginar que mi virginidad perteneciese a alguien que no fuese él.

-Joder, Hannah...-gruñó.

Me quedé abrazada a él. Luego se levantó desnudo y trajo dos vasos de agua de la cocina. Me ofreció uno. Hasta eso sabía mejor.

-¿Te ha gustado?-me preguntó.

-Sí.

-No hay comparación con lo que planeo hacer.

Dejé el vaso sobre la mesita de noche y tumbé a su lado. Acaricié con un dedo su pecho. Rápidamente, me agarró la mano y la apartó.

-No me toques.

-¿Qué?

-Que no hagas eso.

-Pero yo solo... ¿esas cicatrices?

-Hannah, déjalo. Ponte a dormir, anda.

Me levanté cogí un pijama, me lo puse y regresé a la cama.

-No hay necesidad de que te vistas a estas alturas.

-Me visto si quiero-repliqué tumbándome lo más lejos posible de él.

Después de unos minutos, se arrastró a mi lado y me rodeó con los brazos. Acarició mi pelo durante un rato.

-No soporto que me toquen. No te enfades, tal vez algún día te explique por qué.

-¿Eso te pone triste?

-Ahora un poco.

Me giré y le miré. Acaricié su pelo.

-No estés triste... Cuéntamelo cuando quieras.

Le besé en la frente y cerré los ojos. Seguí notando sus caricias durante bastante tiempo hasta que terminé cayendo dormida. Aquellos preciosos ojos grises sí que estaban tristes, no había sido mi imaginación. Ojalá así fuera.