Llevaba unos días pensando en cuáles era mis sentimientos por Christian. ¿Estaba enamorada de él? ¿Qué haría si incluso con los cambios en el contrato yo no era suficiente? ¿Se aburriría de mí? Incluso si mis inseguridades habían desaparecido un poco, al menos mientras estaba con él, no era capaz de deshacerme de todas aquellas dudas.
Después de mi primera vez, habíamos vuelto a vernos unas cuantas veces y todas ellas nos habíamos acostado. No hacía falta decir que había sido genial, aunque yo seguía sintiéndome muy intimidada por su experiencia y confianza. Me avergonzaba de mi físico, y temía hacer algo estúpido o no poder complacerle. Pero cuando estaba con él, ambos desnudos, acariciándonos, besándonos y contoneándonos a la vez al borde del clímax, no había espacio en mi mente para pensar. Aún así, sabía que algo faltaba, yo deseaba recibir órdenes, ser castigada, recompensada... del mismo modo que seguramente Christian ansiaba hacerlo.
Además, James me había llamado varias veces. De nuevo quería que saliésemos a tomar algo pero yo no sabía qué contestarle, no podría evitar sentirme culpable. Tal vez pudiera convencer a Peter para acompañarme... Tampoco entendía que era lo que pretendía, ¿ser amigos de nuevo? ¿algo más? No podía mirarle a la cara sin recordar lo que había ocurrido, por mucho que supiera que era agua pasada.
Llamé a Peter al móvil, que contestó entre jadeos.
-¿Qué ocurre...?
-¿Te pillo en mal momento?
-Bueno, un poco inoportuna sí que eres.
-Perdona, seré breve. James insiste en quedar conmigo para salir pero no quiero ir sola, y tampoco creo que arrastrar a Christian sea una buena idea.
-Te acompañaré. Y hoy no me llames más.
-Tal vez luego...- me reí.
Colgué y dejé caer el teléfono sobre el sofá. Suspiré aliviada, me acababa de quitar un gran peso de encima.
Era domingo por la mañana, así que me hice un café y bajé al buzón a por mi correo. Subí por las escaleras echándoles un vistazo con una magdalena de chocolate en la boca. Tras cerrar la puerta de casa y sentarme en la pequeña cocina, vi una carta que me llamó la atención. No tenía remitente, ni tan siquiera llevaba mi nombre. ¿La habían dejado directamente allí? La abrí y saqué unas fotos de su interior. Dios mío. Aparecía yo entrando en una tienda y en días diferentes saliendo y llegando a casa. Estaba estupefacta. Fui a por el móvil y marqué el número de Christian con los dedos temblorosos.
-Hola, nena.
-C-Christian...
-¿Qué ocurre?
-E-eh... alguien me ha... me ha...
-Hannah, deja de tartamudear y dímelo.
-Alguien me ha enviado una c-carta con fotos mías...
-¿Cómo que alguien?
-Sí, no pone q-quién, y no son fotos en las que esté p-posando, las tuvo que hacer sin que me diera cuenta.
-¡Joder!-exclamó-Le diré a Jones que vaya ahora mismo a buscarte.
-No hace falta...
-Hannah, obedece y coge lo que quieras traerte. Te veo ahora.
-Sí...
Fui corriendo a mi habitación y busqué una mochila en donde meter ropa, libros, las pastillas, mi ordenador y algunas cosas que ni siquiera sé por qué las metí en ese momento. Me quité el pijama y me puse unos vaqueros y una sudadera, cogí mi móvil y llaves y bajé.
Soplaba un viento bastante frío para ser primavera. Miré a mi alrededor con nerviosismo y conté los minutos hasta que Taylor apareció. Me apresuré a entrar en el coche.
-Buenos días, señorita Adams.
-Hola.
Al abrirse las puertas del ascensor, vi a Christian sentando al piano sin tocar. Se levantó rápidamente y se abalanzó hacia mí abrazándome con fuerza.
-Joder, Hannah...
-Lo siento...
-No, no-dijo acariciándome la mejilla-No me pidas perdón, no es culpa tuya. ¿Crees que algo de alcohol te sentará bien?
-Puede.
Nos sentamos en el sofá, él con una copa de vino tinto en la mano y yo con un vaso de baileys con café y nata. Miraba las fotos con frustración.
-Me encargaré de encontrarle.
-No hay ninguna dirección ni nombre en la carta.
-¡Me da igual!
Hablaba con un tono tan potente y oscuro de voz que me hacía estar a punto de temblar de nuevo. Dejó las fotos sobre la mesa y luego la copa. Estaba bebiendo mi deliciosa baileys cuando noté su mirada clavada en mí.
-Vamos a mi habitación-dijo de repente agarrándome de la mano.
Me llevó hasta allí casi arrastrándome y sacó una cinta de terciopelo no sé de dónde. Me giró y me ató las muñecas con ella mientras iba dejando besos en mi cuello. Me preguntaba si todas las mujeres se excitarían con tanta facilidad con él como yo. Luego, se sentó en la cama.
-Te azotaré y luego te follaré. ¿De acuerdo?
-Sí.
-¿Sí qué?
-Sí, señor.
-Ven.
Me sentó con el abdomen sobre sus rodillas y las piernas estiradas. Me pidió que me relajara, me bajó los pantalones hasta los tobillos y pocos segundos después de que me acariciase con suavidad las nalgas recibí el primer azote como un latigazo. Me retorcí sobre él.
-Quieta, o recibirás más.
-Pero es que...
-Hannah.
Mi nombre caló hasta mis huesos.
-Sí, señor.
Cuando su mano volvió a golpearme, intenté resistir el impulso de revolverme. Después, llegó otra y otra y otra... y lo más increíble de todo, era lo liberador que resultaba, ese dolor tan placentero que no me permitía pensar en nada era una sensación que no esperaba. Tras un rato, no sabía si corto o largo en realidad, dejó de azotarme. Noté sus dedos desatar la cinta pero no me moví. Tenía las piernas y los hombros cansados de esa postura, y notaba su erección en mi barriga.
-Buena chica, puedes levantarte.
Me quitó la camiseta y luego la ropa interior.
-Sigue dándote vergüenza estar desnuda frente a mí.
-Pero es que...
-Silencio, no te he dicho que hablaras.
-Perdón... señor.
-Escucha. Eres preciosa, y aunque sea encantador que no te des cuenta de que lo eres, no quiero que te avergüences de ti misma. Y te lo repetiré hasta que te lo creas. Ahora túmbate en la cama, voy a follar ese hermoso cuerpo tuyo. No te quites los calcetines, me gustan los conejitos de hoy.
Me sonrojé pero obedecí. Contemplé a Christian mientras se desnudaba, me hubiera gustado hacerlo yo pero seguramente no me lo permitiría. Se echó sobre mí, inmovilizándome con su peso. Me besó mientras apretaba mis pechos con sus manos. Luego lamió mis pezones en círculos antes de morderlos. Gemí. Me echó una mirada perversa. Sabía que yo quería más, que eso no era suficiente, que solo hacía crecer mis ganas.
-Por favor...
-¿Qué quieres?
-Christian...-dije en un gemido.
-¿Quieres que te folle?
-Sí...
-Dilo.
-Pero...
-Si no lo dices no lo haré.
-Fóllame.
-Encantado-sonrió.
Sacó un condón de la mesita y se lo puso. Me dijo que me girara y con un brazo me subió en el aire para que me pusiera de rodillas. Me lamió la espalda por la columna, lo que hizo que me dieran escalofríos que recorrieron todo mi cuerpo. Acarició mis caderas y me penetró, primero despacio, incrementando la fuerza con cada embestida.
-Christian...-gemí al borde del clímax.
-No te corras aún, nena.
-Pero... pero...
-Lo harás cuando yo te lo permita.
Aminoró la velocidad un poco, torturándome. No aguantaba más, no podía controlar mi cuerpo y se me escapaban lágrimas de los ojos del inmenso placer al que me sometía.
-Por favor, por favor...
-¿Me suplicas?
-Sí...
-Puedes correrte.
El orgasmo explotó en mí dejándome temblorosa, débil y llorosa. Christian me incorporó con suavidad, y abrazó por la espalda, con su miembro aún dentro de mí. Sentía su respiración agitada y los fuertes latidos de su corazón. Me besó el pelo y salió de la habitación, a la que regresó con un frasco de crema en las manos.
-Túmbate. Te sentará bien-dijo antes de acariciarme las nalgas con ella.
Nos quedamos unas horas tirados en la cama. Yo me dormí varias veces mientras Christian no paraba de hacer y recibir llamadas. Me sentía culpable por resultar una molestia. Tal vez la carta fuese solo una broma y no volviera a pasar nada. Además, ¿quién podría querer acosarme? La idea me hacia gracia. Quién lo hiciera tenía que estar profundamente aburrido.
Salí de la habitación sin decir nada para no molestar y después de revolver en la cocina para encontrar una tostadora y mermelada, hice unas cuantas tostadas.
-¿Tostadas por la tarde?-preguntó.
-Se me antojaban, y están muy buenas. ¿Quieres?
-No, gracias.
-Oye... ¿tengo que quedarme aquí a dormir?
-Sí, y mañana no trabajarás.
-Pero tengo que ir.
-No irás.
-¡Christian!-me quejé.
-Le diré a tu jefe que estás enferma.
-No, por favor, por favor.
-No irás y que no se hable más.
No tenía derecho a decidir por mí, iría a trabajar quisiera o no. No me pasaría nada. Me ofendía que se comportara así. Fui a darme una ducha que esperaba que relajase el enfado que arrastraba en ese momento.
-¿A dónde vas?
-A ducharme, ¿o crees que es demasiado peligroso?
-Hannah...
Le ignoré y seguí mi camino. Ya en el baño, abrí el agua caliente, muy caliente y dejé que se llenara la bañera. Luego me metí. Si no podía deshacerme de la frustración, al menos me quitaría de encima la tensión física. Dejé caer la cabeza hacia atrás y cerré los ojos. En algún momento, me quedé dormida y me desperté al notar algo en la cara. Christian me acariciaba la mejilla sentado al borde de la bañera. Me sonrió cuando le miré.
-Hannah.
-Déjame tranquila.
-Hannah, escucha.
-No, no pu...
-Calla. No te enfades conmigo, solo intento cuidar de ti. Cuando me aceptaste como Amo, me hiciste cargo de bienestar y tu seguridad, y solo hago lo que tengo que hacer. Así que Hannah, por favor, haz lo que te digo, aunque tan solo sea por complacerme.
Suspiré.
-Vale-contesté de morros.
-Y ten cuidado de no dormirte en la bañera. Me tendré que meter contigo por si acaso.
-Qué gran sacrificio, señor Grey.
-Me gusta ser altruista, señorita Adams-contestó quitándose la ropa.
La mañana siguiente Christian se despidió de mí. En contadas ocasiones me dejaba dormir en su habitación con él, pero aquella noche fue una de ellas. Adoraba acurrucarme a su lado, sentirme protegida por su robusto cuerpo, escuchar su lenta respiración... aunque ninguno de los dos hubiera pronunciado las palabras mágicas "Te quiero", a veces tenía el impulso reprimido de decirlo, no sabía si debía o no, ¿era una relación de dominación y sumisión distinta en ese aspecto? ¿qué diría él si lo hacía?
