Capítulo 2
Edward se quedó un par de minutos sin moverse, simplemente abrazándola. Bella se dio cuenta de que estaban en un lugar público y recobró la compostura.
-¿Estás bien? -preguntó él amablemente. Bella respiró con dificultad y levantó la cara. -Te quiero tanto.
No había pensado en decirle aquello, pero las palabras salieron de su boca de la forma más na tural del mundo. Se encontró con sus ojos, tan oscuros que parecían negros. Insondables. Un pequeño espasmo de miedo la tensó el cuerpo.
De repente, se dio cuenta de lo rígido que estaba él, del control que tenía sobre su cuerpo.
-A pesar de todo el tiempo que ha pasado, parece que no tienes dudas. Debo de ser el hom bre más afortunado del universo, cara -dijo Edward con un tono brusco al tiempo que los ojos le brillaban. Se agachó y agarró la bolsa que había dejado en el suelo-. Vamos a quitarnos de encima al comité de bienvenida.
Agarrándola de los hombros, anduvieron hasta donde estaban los demás. Bella seguía temblando y la cabeza le daba vueltas. No podía concentrarse en lo que acababa de decir ni en su reacción. Le costaba tanto pensar como poner un pie delante del otro para andar. De alguna forma, en su subconsciente, se había dado cuenta de que había algo en él que había cam biado, pero no sabía qué. Edward siempre había sido una persona con mucho control, de la que era muy difícil saber qué estaba pensando. Mantenía el lado volátil y expresivo de su he rencia italiana guardado bajo llave. Excepto en la cama.
Aquel recuerdo hizo que se sonrojara. ¿El hombre más afortunado del universo? No, desde luego, no en la cama, teniendo una mujer a la que una vez le había dicho que era la mayor mojigata del mundo. Sí, tenía razón, era un completo. Fraude en ese aspecto. La culpa la te nían su educación y sus prejuicios, pero, sobre todo, la insatisfacción de Edward. Cuanto más se desesperaba él, peor iba la situación. Al darse cuenta de que todo lo que hiciera o lo que dejara de hacer en el terreno sexual iba a ser mirado con lupa, Bella se había mostrado reacia a man tener relaciones y él se había dado cuenta. El placer que él le daba tenía un precio para su dig nidad demasiado alto.
Pero cuando Edward desapareció, cuando tuvo que enfrentarse a la posibilidad de que estu viera muerto y de que nunca volviera, ¡entonces sí que se arrepintió por no haberse dejado llevar! Al echar la vista atrás, sus prejuicios comenzaron a parecerle patéticos y egoístas. Se mordió el la bio inferior e intentó enterarse de qué estaba ha blando Edward con los policías. Al ver una li musina plateada, frunció el ceño sorprendida.
-El coche ya ha llegado. No me apetece de morarme más -dijo Edward sin disimulos, algo que nunca había visto en él.
-¿Le puedo preguntar dónde se dirige, señor Masen? -preguntó Rodney Russell.
-A casa, ¿dónde iba a ir? -¿A casa? Por Dios, ¿es que pretendía que fueran a directos a Lon dres a encontrarse con su familia? ¿Tal vez ha bría alguna celebración en la que ella sería una extraña?-. ¿Dónde vivimos ahora? Será mejor que le indiques tú al conductor.
Bella sintió que su nivel de pánico descendía un poco. Claro, él sabía que ella ya no vivía en la gran casa que los Masen tenían en Lon dres. Siguiendo sus instrucciones, se montó en el asiento trasero del coche y volvió a sentir de repente, un gran pánico. No había pensado nada más que en el momento de verlo, no en qué iba a pasar después. Se sentía como si fuera en una canoa, sin remos, y derecha a los rápidos.
-A mí también se me hace raro. No te preo cupes, cara -la tranquilizó Edward posando su enorme mano sobre sus delicados dedos- Hoy no va a haber explicaciones interminables. He vuelto y eso es lo único que importa ahora mismo.
Bella lo miró fijamente. No le pareció el me jor momento para fijarse en lo tremendamente guapo que seguía siendo. Sus rasgos clásicos, su cara angulosa, la sensual curva de su boca, perfectamente modelada. Edward era impre sionantemente guapo, pero, a diferencia de mu chos otros guapos, era, además, muy masculino. Los sentidos de Bella, hambrientos de él, esta ban empezando a reaccionar. La invadió aquella vieja culpa al sentir aquel calor en la tripa, la pesadez de sus pechos bajo la ropa. Pensó cuán inapropiadas eran aquellas reacciones físicas ante el hombre que la había rechazado cuando ella había intentado volver a la cama marital. No, definitivamente, no creía que la fuera a ne cesitar en ese aspecto, se recordó mortificada por su estúpida susceptibilidad.
Una vez controlados sus impulsos, se fijó más atentamente en él. Su cara revelaba cambios. Tenía los pómulos más marcados, bajo el moreno estaba pálido y sus ojos reflejaban un gran cansancio. Seguramente no habría pegado ojo en el vuelo hacia Inglaterra contándoles co sas a sus familiares. En realidad, parecía como si no hubiera dormido en una semana.
Había algo en aquella cara que Bella no ha bía visto antes. Algo duro, marcado en él, en aquella cara, como si fuera de hierro. Aquella soltura suya había sido reemplazada por la frial dad que había empleado, por ejemplo, con el comité de bienvenida. No había ocultado que se quería ir a casa. Su acento también había cam biado. Cinco años hablando español y solo español habían alterado su forma de hablar. Era un hombre muy inteligente. No había llegado a ser presidente del Banco Masen por herencia, como su padre y todos sus antepasados. Había llegado al puesto a los veintiocho años, simple mente, porque era brillante.
El silencio se cargó con una intensidad que Bella no entendía. Se miraron a los ojos. Los ojos de Edward ardían como llamas. De re pente, le puso la otra mano en el pelo y la besó en la boca.
Fue algo sorprendentemente sensual e ines perado. Bella, que creía que su marido la encon traba igual de atrayente físicamente que una ba ñera llena de hielo, se sorprendió mucho. El erotismo con que su lengua buscaba en la cali dez de su boca hizo que ella se agitara hasta lo más profundo y sintiera una gran excitación que la hizo gemir.
Al instante, Edward la soltó, acalorado, la miró rápidamente y bajo los ojos.
-Mi dispiace... Lo siento, no sé qué me ha pasado se disculpó.
Bella tampoco, pero no se arrepentía. Tenía el corazón como si hubiera estado corriendo. Su cuerpo estaba tenso y expectante; había pasado tanto tiempo sin que nadie la tocara íntima mente... Se sintió avergonzada porque era obvio que. Él se arrepentía de haberla besado. Bajó la mirada y decidió estudiar sus manos, que se guían agarradas. Intentó dilucidar qué habría llevado a Edward a actuar así, pero no era fá cil. Siempre la había confundido.
-¿Te he hecho daño? -le preguntó apretán dole la mano.
-No... -contestó ella. «Bésame siempre que quieras», le entraron ganas de decide. Se lo ha bría dicho si hubiera creído que le gustaría oír semejante invitación, pero no tuvo valor. Cinco años antes, a la desesperada para salvar su ma trimonio, lo había hecho y había fracasado irre mediablemente. Poco antes de su viaje a Mon tavia, Edward la había rechazado. Había dicho que no ante su cuerpo. Peor, había dicho que no con aquel sarcasmo suyo que la hería en lo más profundo. .
En silencio, Bella puso su otra mano sobre la de Edward, la acarició y percibió que estaba áspera, no como antes. Sorprendida, pasó sus dedos por los nudillos destrozados de él, tenía las uñas rotas. Le miró las palmas. Eran las ma nos de un hombre acostumbrado al trabajo duro.
-Todo un reto para la manicura –comentó Edward.
-Pero... pero, ¿cómo?
-Me pasé tres años en una cantera en la que no había maquinaria...
-¿ Una cantera? -repitió ella apretando la mano de Edward entre las suyas en señal de protec ción. ¿Edward trabajando en una cantera?
-Tras el primer año, el gobierno militar deci dió que todos los prisioneros rebeldes fueran presos políticos. Fue un movimiento muy inteli gente. Si tienes en cuenta que encerraron a un cuarto de la población masculina del país y este es tan pobre que no puedes darle de comer, no tienes más remedio que conceder la amnistía - explicó Edward. - Debes ponerlos a trabajar rápidamente para que no sean una carga para la economía.
-Una cantera... -repitió Bella sin poder cre érselo-. Tus pobres manos... tenías unas manos tan bonitas...
-Dio mio... ¡menos mal que podía trabajar! ¿Manos bonitas? -dijo él en tono burlón- ¿Qué pasa? ¿Soy modelo o algo así?
Bella cerró los ojos y, nublada la vista por las lágrimas, lo besó los dedos. El silencio que siguió a su gesto fue tremendo.
Edward retiró la mano. Bella levantó la cara y se encontró con unos ojos negros sorprendi dos. Sintió que la cara le ardía.
-¿Qué te pasa? -preguntó Edward enfadado.
-Lo... lo siento -murmuró ella deseando que la tierra se la tragara. Se sentía estúpida.
-No... ¡no te disculpes por el único afecto espontáneo que me has demostrado en la vida le pidió mirándola intensamente.
-Eso no es cierto -susurró defendiéndose de aquella acusación.
Pero Edward no volvió a hablar del tema.
Miró por la ventana y frunció el ceño al ver las calles por las que iba la limusina.
-¿Dónde diablos vamos?
-A mi piso. Está a las afueras...
-¿ Te fuiste de nuestra casa para alquilar un piso en la ciudad? -preguntó Edward atónito-. ¡Creí que te habrías ido a Norfolk, a una casa de campo!
-No fue tan sencillo, Edward. Para empe zar no tenía dinero para comprarme una casa y luego, ¿de qué iba a vivir? ¿Del aire? -contestó Bella a la defensiva. - El banco siguió operando tras tu desaparición, pero todas tus cuentas fue ron congeladas no podía tocar tu dinero.
-Eso lo sé -la atajó-, pero ¿mi hermano no te ayudó?
Era sorprendente lo poco que, habían tardado en llegar al meollo de la cuestión. La dura reali dad era que la familia la había dado de lado, pero Edward no lo creería porque él adoraba a los suyos. Tendría que contarle aquellas noti cias, tendría que decide por qué la situación se había puesto tan fea que ella no había aguan tado viviendo bajo el mismo techo. .
-No, no estoy diciendo eso - contestó sin mi rarlo a los ojos, intentando ganar tiempo para inventar una explicación creíble - Me pareció que había llegado el momento de que me fuera y me las apañara yo sola...
-¿Solo cuatro meses después? ¡No te costó mucho perder la esperanza de que volviera - condenó Edward. Se volvió a hacer el silen cio-. Olvida que he dicho eso. Ha sido muy cruel e injusto. Garrett me confesó que él me creyó muerto al cumplirse un mes y, además, tú nunca llegaste a llevarte con mi familia como yo hubiera deseado. Mi desaparición os alejó en vez de unirlos...
-Edward -interrumpió Bella.
-No, no digas nada. No acepté las excusas de Garrett y no voy a aceptar las tuyas. ¡Que mi hermano fuera a Brasil sin mi mujer me hirió como no te puedes imaginar! -admitió él apre tando las mandíbulas - Me ha quedado claro lo alejados que estáis...
-Sí, pero...
-Estoy muy decepcionado con esta situa ción, pero no me apetece hablar ahora de ello -interrumpió Edward con la misma decisión que en el pasado cuando algo lo molestaba. Bella iba a contestarle, pero decidió que era mejor que siguiera pensando que había sido así. Lo malo era que, algún día, tendría que contarle la verdad. Al pensar aquello, tragó saliva con fuerza. .
La limusina estaba enfilando la calle en la que se encontraba el edificio en el que trabajaba y vivía. Edward inspeccionó la calle, una calle normal y corriente con casas y tiendas, y enarcó las cejas.
-Tal vez no sea a lo que estás acostumbrado, pero no está tan mal como parece - dijo ella apresurándose a salir del coche. Se paró al oír a Edward hablar con el conductor en italiano. El vehículo dio la vuelta y se fue.
Era imposible que Edward la asociara con el apellido Swan que estaba escrito junto a «Arreglos». Bella pasó de largo y subió las es caleras. Abrió la puerta del piso y Edward en tró. Con una sola mirada vio todo lo que había que ver. El salón y las tres puertas, que daban al baño, la cocina y el dormitorio.
-¡No' me puedo creer que te fueras de nuestra casa para vivir así!
-Te agradecería que dejaras de referirte a la casa de la ciudad como nuestra casa. Puede que fuera tuya, pero yo nunca la sentí como mía -contestó Bella sorprendiéndose a sí misma y a él con aquella afirmación.
-¿ Qué quieres decir?
-Vivir en la casa de la ciudad era como vivir en una comuna.
-¿Una comuna?
-Sí, la forma de vida a la italiana. Aunque la casa sea enorme, nunca hay un rincón que pue das decir que es tuyo - continuó Bella.
-No sabía que te sintieras así viviendo con mi familia -contestó él dejando ver lo ultrajado que se sentía. Bella juntó las manos, que le tembla ban. Sintió deseos de gritarle que había sido ob vio que la falta de intimidad había contribuido a sus problemas-. No creo que sea necesario que te recuerde que la casa de tus padres era como una madriguera. Seguro que allí sí que era impo sible encontrar un solo rincón que pudieras decir que fuese tuyo - concluyó con crueldad. .
Era una locura estar discutiendo sobre aque llo en esos momentos. Lo sabía, pero que le re cordara que procedían de clases sociales dife rentes la había herido y no se iba a quedar sin contestarle.
-Así que piensas que nuestro matrimonio fue como La dama y el vagabundo, pero al revés, ¿no? ¡Supongo que debería estarte agradecida por vivir en una casa que era de dos mujeres más!
-¿De quiénes?
-De Katrina, la mujer de tu hermano, y de Rosalie -contestó ella apretando los puños - Era su casa mucho antes de que yo llegara...
-No me puedo creer que estemos teniendo esta absurda discusión.
-Ni siquiera pude redecorar mi habitación por miedo a ofender a alguien... ¿y te crees que me gustaba vivir así? Siempre con invitados a la hora de comer, siempre teniendo que mostrarme educada, sin tiempo para relajarme, sin ningún sitio para estar a solas contigo que no fuera nuestro dormitorio...
-Y tú siempre procurabas que no coincidié ramos mucho allí -le espetó Edward-. Preferías quedarte dormida en el salón que subir a la habitación. Me di por aludido.
Bella se quedó pálida. El rencor se desvane ció rápidamente. Se sintió avergonzada por haber sacado un tema tan trivial comparado con todo lo que tenía que haber soportado él desde entonces. Se dio la vuelta y se fue a la cocina.
-Querrás un café, supongo -susurró. Puso la cafetera al fuego con manos temblorosas - ¿Quieres algo de comer?
-No, gracias. Garrett estuvo pendiente de mí, como mamá gallina, y estuve todo el viaje desde Brasil comiendo.
Lo tenía detrás, en el quicio de la puerta y la estaba poniendo nerviosa. Alto, moreno, tan guapo. Había vuelto, estaba en su casa. Cómo lo había querido, lo había querido de verdad. No era justo que le echara en cara lo que había ocurrido hacía cinco años. Él la había dejado en una casa de veinticinco habitaciones con perso nal de servicio por todas partes. Él había creído que su hermano se haría cargo de ella. Por eso estaba tan sorprendido, incluso molesto, al ver que vivía en un diminuto piso, sobreviviendo con un presupuesto que a su hermana no le ha bría dado ni para comprarse los zapatos de la semana.
-No me di cuenta de que no te gustaba vivir con mi familia... Nunca me lo planteé -admitió Edward.
-No pasa nada... No sé por qué lo he dicho -se disculpó ella- Ahora, ya no importa...
-No, no es así. Me quedaré aquí esta noche, pero... - ¡Dios mío, la iba a dejar otra vez! Le había bastado un rato para volverlo loco, para alejado. Sintió un terrible frío-. Ahora necesito más espacio, ¿de acuerdo?
-Sí -murmuró ella tan bajo que casi se hizo inaudible con el ruido de la cafetera. ¿Espacio? Espacio para él y libertad, lo que el consejero del ministerio había intentando explicarle. Lo que quería era alejarse de ella, quería escapar de ella y no hacía más que una hora que había vuelto. Sintió como si la casa se le cayera en cima y no la dejara respirar.
-Tengo miles de reuniones -le comentó Edward-. Tengo que tratar asuntos legales, dar rueda de prensa, encargarme del banco, no puedo quedarme aquí, tengo que estar en Londres.
No tenía ninguna intención de quedarse. Solo había sido una visita de cortesía. El piloto auto mático con el que estaba funcionando y con el que estaba sirviendo el café, le falló. No se dio cuenta de que la taza que estaba sirviendo es taba llena y el café se estaba saliendo.
-¡Porca miseria! -exclamó Edward aga rrándola de los hombros y alejándola de la encimera desde la que empezaba a caer el reguero de café ardiendo-. ¡Casi te abrasas! Siéntate, ya lo hago yo. Me parece que sigues conmocionada.
Una vez en el salón, Bella se dio la vuelta y vio a Edward fregando el suelo de la cocina.
-No es real... estás fregando, estás aquí... -murmuró.
-Estás pálida como el mármol, cara. Siéntate -contestó él. Se sentó porque tenía miedo de desmayarse. Edward le llevó una taza de café. Era el mismo Edward que antes hacía sonar una campanita cuando quería café o cualquier otra cosa. Tanya habría vuelto con él con que Edward hubiera chasqueado los dedos ¡In cluso una vez casado! Intentó controlar sus pensamientos y mantener la compostura - Estás empezando a reaccionar... -dijo él tumbándola en el sofá y tapándola con una manta que había en una de las butacas. Le apartó el pelo de la cara y le habló en tono de culpa - Siempre fui un maldito egoísta.
Mientras estuvieron juntos, él nunca se había mostrado ni había hablado así. Bella estaba ano nadada. Se sentía culpable. ¿Se sentía culpable por herida? Ella se había hecho el lío nada más verlo. Le había soltado que lo quería. ¿Dónde había ido a parar su orgullo? ¡Cinco años de un matrimonio que él sabía que había sido un error! Ni siquiera sabía por qué le concedía aquellas horas. La iba a dejar amablemente, se moría por volver a su vida. Volver al banco, con su fami lia.
- He tenido mucho tiempo para pensar en nuestro matrimonio -comenzó Edward. . .
-Lo sé... -cerró los ojos con la esperanza de que se callara. No quería oído. Temía ponerse a llorar.
-Fui cruel... -Bella levantó el mentón y le dio la espalda. Tantas emociones estaban a punto de hacer que se derrumbara. Se metió el puño en la boca para no decir nada - Quise con vertirte en algo que tú no podías ser... - sensual, atrevida, lasciva, seductora. Eso era lo que a él le hubiera gustado, pero no lo había con se guido. Una mujer que lo sorprendiera con con juntos de lencería de seda y que quisiera hacer el amor en distintos sitios, no solo en la cama y con la luz apagada. Una mujer que tuviera un papel más activo, que no se limitara a quedarse tumbada. Una mujer que le demostrara que lo deseaba. - Me hice falsas esperanzas - admitió - No estaba acostumbrado a que me dijeran que no... - pues lo oyó mucho, tanto antes como des pués de la boda. ¿Tanto le habría costado des nudarse para él o dejarlo que la desnudara aun que solo hubiera sido una vez? ¿No podría haberle dicho que sí aquella vez en el coche cuando comenzó a besarla tras volver de un largo viaje?-. Lo que quiero decir es que fue un error por mi parte concederle tanta importancia al sexo. ¿Te importaría decir algo? -murmuró Edward.
-No tengo nada que decir -susurró Bella de espaldas a él dejando que las lágrimas le resba laran por las mejillas.
Bella intentó no explotar, se encontraba como una botella de refresco con gas a punto de estallar. Se había vuelto a equivocar. Edward quería que le hablara, pero ¿qué demonios que ría que le dijera? Todo lo que le acababa de de cir solo significaba una cosa: quería el divorcio, de manera civilizada, eso sí. Un divorcio en el que las culpas fueran compartidas, en que. Na die se echara las cosas en cara. Por eso estaba suavizando el, pasado, intentando cambiado. ¿Por qué, si no, iba a haber dicho que no debe ría haberle dado tanta importancia al sexo?
¿No era acaso la satisfacción sexual un tema muy importante para la mayoría de los hom bres? Y para un hombre como Edward era algo que se daba por hecho. Tras muchos años sintiéndose perseguido, halagado y honrado por todas las mujeres que se le habían puesto en el camino, Edward había asumido que se casaría con una mujer sensual. Le había quedado claro por qué había acabado pidiéndole a alguien como ella que se casara con él se le encogió el estómago. Se sentía despechado por Tanya, estaba acostumbrado a ganar siempre y, al de cirle Bella que no, se sintió retado.
- Tengo que hacer un par de llamadas –dijo Edward.
-Lo siento, yo...
-¡No! -cortó Edward enfadado-. No quiero oírte pedir perdón continuamente. Tú no eras así cuando te casaste conmigo. ¡Yo te hice así comportándome como un bestia!
Bella, muy sorprendida ante semejante decla ración, abrió los ojos y se giró, pero lo único que alcanzó a ver ya fue la puerta que se ce rraba. ¿Un bestia? ¿Así era como se sentía Edward por culpa suya, por no haber sabido ha blar con él, por no haber estado a la altura que él esperaba? Aquella idea aumentó su dolor e hizo que se volviera a zambullir en los recuer dos del pasado...
Sus padres se habían casado mayores y ella había sido hija única. Su padre era guardabos ques en una remota finca de Escocia. Uno de los primeros recuerdos que tenía era el ruido de la máquina de coser de su madre. Había resultado ser una buena costurera y ello había venido muy bien para tener unos ingresos extras. En aquella casa se trabajaba mucho y se hablaba poco. Los sentimientos se mantenían para uno mismo y las demostraciones de afecto no eran frecuentes.
Cuando Bella terminó la universidad, con el título de maestra debajo del brazo, su madre ha bía muerto y su padre le pidió que volviera a casa. La profesora de la minúscula escuela local fue madre y Bella la reemplazó durante la baja maternal. Con los años, Falcarragh había cam biado mucho. Había pasado a manos privadas y lo administraban como una inversión más un equipo de ejecutivos desde Londres. Rara vez pasaban por allí, pero se les daba muy bien re cortar gastos.
Aunque para entonces ya contaba veintiún años, el amor no había aparecido en la vida de Bella. El hijo del encargado de la finca, Jacob Black, su compañero de juegos infantiles, seguía siendo su mejor amigo. Cuando eran ado lescentes, había creído que le gustaba, pero, se dio cuenta de que no era así al no poder imagi narse besándolo. Jacob era más como el hermano que nunca había tenido.
Edward apareció en su vida aquel mismo invierno. Su coche se había salido de la carretera en mitad de la nieve. Su padre estaba fuera, con un tío suyo que estaba enfermo, Debido al mal tiempo, la escuela había cerrado antes. Cuando oyó ladrar a los perros, Bella se sobre saltó ya que cualquier persona en sus cabales no saldría de casa con aquella tormenta.
Al abrir la puerta, se quedó mirando a aquel hombre tan alto con abrigo negro y se sintió in timidada.
-Mi dispiace -dijo él frunciendo el ceño-. Necesito... necesito un teléfono.
Al darse cuenta de que aquel hombre estaba rojo de fiebre y parecía confundido, además de helado, Bella no tuvo miedo.
-Pase inmediatamente... -contestó agarrán dolo de un brazo pensando que si se caía no iba a poder con él.
Lo guió hasta la chimenea.
-Un teléfono, per favore -repitió con una voz muy bonita. .
En lugar de dárselo, Bella le quitó el pesado abrigo que llevaba y lo obligó a soltar la bolsa de viaje que llevaba agarrada como si le fuera la vida en ello. Al ver que llevaba traje de cha queta, se apresuró a soltarle la corbata para que estuviera más cómodo. Edward se quedó ca llado, completamente sorprendido.
-¿Signóra?
-Debe querer usted suicidarse - contestó ella - ¿Cómo se viste así con este tiempo?
Bella agarró una manta y se la puso, no sin esfuerzo, por los hombros. Le puso una mano en el pecho para que se sentara en la butaca que tenía detrás. .
-¿Pequeño ángel? -dijo, mirándola, fasci nado, sus ojos negros posándose en sus delica dos rasgos y sus dedos helados agarrándola la mano-. No lleva alianza... ¿soltera?
-Siéntese -contestó ella apresurándose a qui tar la mano..
Él se dejó caer en la butaca, pero siguió mi rándola fijamente.
Bella le puso bien la manta y le quitó los za patos y los calcetines todo lo rápido. que pudo..
-¿Cómo se llama?
-Edward...
Lo miró por primera vez desde que había en trado. Aunque estuviera empapado, aquel hom bre era impresionantemente guapo, tenía una cara angulosa y unos ojos increíbles.
-Edward -repitió ella aturdida.
Él sonrió soñoliento haciendo que a Bella se le disparara el corazón y dijo algo más en su idioma.
Consiguió dejar de mirarlo y abrió la bolsa en busca de ropa seca. Le sacó unos vaqueros y un jersey. Rápidamente se dio cuenta de que eran de buena calidad, pero no se paró a mirar los más porque tampoco entendía de etiquetas de diseñadores. ¿Sería un turista? No iba ves tido de manera adecuada para practicar deportes de invierno. La ropa era la que un ejecutivo se ponía para ir a una reunión.
-Cámbiese mientras le caliento un poco de sopa -indicó autoritaria- ¡No se le ocurra que darse dormido encima de mí!
Mientras iba a la pequeña cocina, con el co razón a cien por hora, no pudo evitar darse la vuelta para mirarlo de nuevo. .
Se encontró con unos bonitos ojos negros que la hicieron marearse.
-Parece usted un ángel... -insistió él.
-Ya basta.
-No, solo es el principio - y así había sido por desgracia, había sido el principio de una relación entre dos personas que no tenían nada en común. Edward no tardó en recuperarse de aquello, que lo hacía vulnerable y atractivo a la vez a ojos de Bella. Se quedó muy sorprendido al darse cuenta de que no tenía cobertura en el móvil y de que en casa de ella hubieran puesto línea telefónica hacía solo un año. De hecho, no tenían ni televisor.
Se quedó todavía más sorprendido al ver que Bella no tenía coche. Después de cenar, le vol vió a pedir el teléfono y ella lo dejó solo para que hablara, así que no tenía ni idea de quién era. Tendría que haberse protegido contra el rico y poderoso hombre que le había llevado la tormenta.
Bella seguía convencida, aunque él le había dicho varias veces después que era ridículo, que Edward había obviado adrede decide que era el dueño de Falcarragh. Además, no había men cioado el Banco Masen ni nada de su estilo de vida que pudiera haberla hecho sospechar quién era. La había dejado creer que era uno de los ejecutivos londinenses que se encargaban de gestionar la propiedad. Bella nunca supo por qué, supuso que sería porque lo divertía.
Le mostró a Edward la habitación de su pa dre, en la que iba a dormir. Hizo que le contara la historia de su vida con una determinación a la que era imposible negarse. Bella estaba hala gada y fascinada de tener a un hombre tan guapo pendiente de ella.
A la mañana siguiente, él insistió en bajar por la carretera para hacer autostop. Antes de irse, le pidió que cenara con él y ella aceptó, claro. Pasó por alto que a su padre no le habría gus tado que saliera con uno de los "jefes". Aquella tarde se puso a llover y Edward llegó a bus carla en uno de los coches todo terreno de la finca.
Se había hospedado en el único hotel que ha bía por allí. A él no le gustó la comida que les sirvieron: Cómo le iba a gustar, no era a lo que él estaba acostumbrado. Fue como un sueño para Bella cenar con un hombre tan guapo que las demás mujeres no podían quitarle los ojos de encima. Le encantaron sus buenos modales, le interesó todo lo que le contaba y la maravilló cómo la agarraba la mano, como si fuera la cosa más natural del mundo.
En el trayecto de vuelta a casa, su burbuja se rompió.
-Te iba a pedir que te quedaras a dormir con migo en el hotel, pero supongo que la maestra tendrá que tener cuidado con su reputación -dijo Edward sin darle importancia. Es una suerte que no tengas vecinos.
¡La conocía desde hacía veintinueve horas y se creía que se iba a acostar con él! Bella despertó de su mundo color de rosa, se sintió avergonzada y luego enfadada, con él, por haberlo estropeado todo y, con ella, por haber esperado más de él de lo que habría debido. Edward no era diferente de sus compañeros de universidad, que habían in tentado ligar con ella de manera ruda y la habían hecho proposiciones sexuales indecentes. Lo único distinto era que él era educado.
-No tengo ninguna intención de que te que des a dormir conmigo -contestó Bella.
-Eso suena a negativa -dijo él divertido-. Se me da muy bien hacer que los noes se convier tan en síes.
-Ese tipo de comportamiento nunca ha for mado parte de mi vida y nunca lo hará... -con testó ella con lágrimas de ira en los ojos.
-¿ Te vas a meter a monja? -preguntó él en tono burlón- Los hombres italianos somos muy persistentes cuando queremos algo...
-¡No quiero seguir hablando de esto! -lo in terrumpió Bella mortificada- Déjalo estar...
-Soy un hombre hecho y derecho y, a mi edad, no tengo intención de tener una relación sin sexo.
-¡Bueno, pues yo no pienso tener relaciones íntimas hasta que me case! -le espetó ella entre dientes.
-¿Me estás tomando el pelo? -dijo él mirán dola con los ojos como platos. Habían llegado y él había parado el coche.
Bella se soltó el cinturón de seguridad, deses perada por huir de él.
-¡Buenas noches! -gritó saliendo del coche.
-¿Eres virgen? -le dijo corriendo tras ella e interceptándola antes de que pudiera llegar a la puerta. Nadie le había dicho aquello a la cara nunca y Bella se sonrojó. Era la última persona con la que le apetecía hablar del tema. Lo había dicho tan asombrado como si hubiera visto un ovni- Puede que haber pensado en pasar la no che juntos haya sido un poco precipitado -dijo él como arrepentido.
Bella estaba sacando las llaves de casa del bolso con manos temblorosas, Le habría gus tado salir volando si hubiera tenido alas. En su casa, nunca se había hablado de sexo nunca se había hablado de algo tan íntimo.
-Por favor, cállate -le pidió.
-Estoy intentando comprender qué está ocu rriendo...
-Te lo he dicho bien claro...
-¿Pero no estarás esperando que te pida que nos casemos para poder acostarme contigo? -insistió él con ironía.
Herida ante su sarcasmo, lo abofeteó. Lo hizo sin pensar, simplemente, levantó la mano y le cruzó la cara
-Tú...
-Lo siento, pero...
Edward se quedó mirándola con ojos enfu recidos. La agarró de los hombros y la atrajo hacia sí para besarla con una pasión que hizo que ella perdiera el control.
Al apartarla, estudió la cara sorprendida de Bella, que se había puesto roja de deseo y, en tonces, sin más, se río.
-Algún día, no dentro de mucho, me lo pedi rás de rodillas, cara mía. Esperaré.
