Capítulo 3
Bella salió del emotivo retorno al pasado y escuchó la voz de Edward hablando por teléfono desde su habitación. Suspiró hondo.
Al final, se había salido con la suya. Se había casado con ella para meterse en su cama y, ha biendo esperado tanto y con tanta paciencia, ha bía esperado una noche de bodas salvaje y un viaje de novios de orgía continua. El único fallo es que aquello nunca llegó. Bella sintió ganas de llorar de nuevo y hundió la cabeza en un co jín.
-Voy a intentar dormir un par de horas. Estoy tan cansado que me siento como si estuviera medio inconsciente -admitió Edward desde la puerta - ¿Quieres que duerma en el sofá?
Aquello ya era lo último. iVolvía después de cinco años y se ofrecía a dormir en un sofá que no tenía ni metro y medio cuando en su habitación había una cama de matrimonio!
-Duerme en la cama -le contestó.
-La limusina vendrá a buscarme a las siete para llevarme al aeropuerto. Por favor, despiér tame.
«Se terminó», intentó convencerse a sí misma. «Nunca funcionó. Da gracias de que esté vivo», se dijo. Sin embargo, no era sufi ciente para sobreponerse al devastador efecto que había tenido su aparición de nuevo en su vida. No podía ser que hubiera aparecido y se fuera a ir otra vez. Y allí estaba ella, hecha un ovillo, escondiéndose de él. Más o menos como siempre, ¿eh? ¡Seguía mostrando aquella pasi vidad que a él lo sacaba de quicio!
¿No era capaz de actuar de otra manera? ¿Es que solo sabía ser la víctima desvalida que no tiene voluntad sobre sus propias desgracias? ¿ Cómo había vuelto a esa conducta errónea con lo mucho que había cambiado en su ausencia?
Había cambiado a la fuerza, no le había que dado más remedio que hacerse más valiente y más fuerte. Cuando le había dicho que se iba, se había ido abajo. Toda la fuerza, toda la seguri dad en sí misma habían quedado a la altura del betún, dejando paso a sus peores temores.
«¿ Vas a dejar que se vaya sin discutir?» Bella se levantó. La puerta de la habitaciónestaba entreabierta. Edward estaba profunda mente dormido. Su pelo oscuro y su piel bron ceada hacían contraste con las sábanas. Estaba tumbado de espaldas, con el edredón a la altura de las caderas, dejando al descubierto sus mara villosos hombros sus brazos musculosos y su espectacular espalda. Era un placer mirarlo. Tan masculino, tan impactante. .
¿ Cuántas veces lo había mirado medio des nudo disimuladamente? Se puso roja. Era una ironía que ella, que le había negado repetida mente aquel placer a él, lo hubiera hecho. Siem pre le había gustado mirarlo. Le bastaba verlo sin camisa para excitarse, pero no lo había ad mitido nunca, ni siquiera a sí misma. Una mujer decente nunca pensaría eso.
La habían educado en el más absoluto de los puritanismos. ¿Por qué se habría llevado eso al matrimonio? ¿Por qué no había intentado sacu dirse un poco los prejuicios? Porque era dema siado cabezota y orgullosa. Y Edward, tam bién. Ninguno de los dos estaba preparado para casarse.
La vez que se le ocurrió ofrecerle su cuerpo y él la había rechazado... ¿Cómo había sido?
Flashback
" -Quiero tener un hijo...
Edward la miró con ojos de hielo.
-Aunque no llevaras cinturón de castidad, no te tocaría -contestó él-o Es la proposición me nos tentadora que jamás me ha hecho una mu jer. Cuando me desees y seas capaz de demos trármelo según mis condiciones, entonces y solo entonces, consideraré la posibilidad de vol ver a dormir contigo."
Fin Flashback
¿Sería demasiado tarde ya? Había tenido que desaparecer cinco años para que ella se diera cuenta de por qué Edward se había enfadado aquel día. Bella apretó los puños ante su propia estupidez. La excusa de querer un bebé había sido un error. Él no había tenido en cuenta lo desesperada que estaba ni que lo del niño había sido para intentar retenerlo a su lado.
Salió de la habitación y se fue a la cocina. Tenía una botella de vodka en un armario. Se la había regalado Jessica hacía cuatro navidades sin saber que Bella no probaba el alcohol. Otra cosa que a Edward lo sacaba de quicio. ¡Una novia que no tomaba champán ni en su propia boda! Necesitaba valor para hacer lo que iba a hacer.
Se sirvió un vaso de vodka con zumo de na ranja. ¿Y si le decía que no y la echaba? Debía sorprenderlo mientras estuviera dormido para que no pudiera negarse. La había agarrado la mano y la había besado en la limusina, ¿no? ¡Por un momento había parecido como si no pu diera dejar de tocarla! Seguro que no había mu jeres en la cantera.
Antes de desaparecer, Edward nunca le ha bía dado muestras de infidelidad. Aquella podía ser su última oportunidad. Tal vez, ya no había nada que hacer, pero merecía la pena intentarlo.
Se puso en pie y volvió a la habitación. Lo miró. ¡Sí, merecía la pena intentado porque, además, en unas horas se habría ido para siempre!
Se tapó la nariz y se terminó el vaso de un trago. Se desnudó, se puso perfume, se maqui lló un poco e intentó arreglarse el pelo marrón que le caía sobre los hombros. Decidió beber un poco más de vodka por si, al llevar guardado tanto tiempo, hubiera perdido la fuerza. Iba a ser todo lo que Edward siempre había espe rado de ella. Para demostrárselo a sí misma, fue desnuda a buscar unos recuerdos que no había querido dejar en la casa de Londres.
Edward le había enviado una caja de maravillosa lencería de seda el día antes de su boda. No se andaba por las ramas, había dejado muy claro lo que quería. Estaba claro que no se había dado cuenta de lo que intimidada que se había sentido ella al recibido o de lo sorprendido que su suegro se había quedado al vedo.
Bella se puso las braguitas transparentes de color lila y el sujetador a juego. «Es mejor que ir desnuda», se dijo sintiéndose un poco rara. Le entraron unas ridículas ganas de bailar. Edward no iba a saber qué ocurría.
Edward estaba tumbado de espaldas en dia gonal. Los últimos rayos de la tarde entraban por la ventana. Bella lo estudió: su fuerte man díbula, su preciosa boca, el vello negro que cu bría sus estupendos pectorales la piel dorada que cubría sus poderosos músculos.
Solo pensar en tocarlo la hacía temblar. Se metió en la cama con mucho cuidado para no despertarlo. Se acercó a él, hipnotizada por el subir y bajar de su pecho, por su respiración, por él. Le puso la mano en el brazo suavemente. Él se movió. Bella se quedó quieta, pero la ne cesidad de expresarle lo mucho que lo quería la impulsó a seguir adelante.
Agachó la cabeza y apoyó los labios en su abdomen, fuerte y duro. Le pasó la lengua por la piel sintiendo un escalofrío al saborearla. El calor invadió su cuerpo tembloroso, sus pechos se en durecieron y sus pezones se pusieron en punta. Su aroma era un afrodisíaco para sus sentidos, hambrientos desde hacía tanto tiempo. Le puso la mano en la cadera para no perder el equilibrio y comenzó a apartar la sábana.
De repente, Edward la agarró del pelo y la llevó hacía sí. Bella ya no tenía el control. La besó con fruición y ella sintió un enorme deseo por todo el cuerpo. Con manos firmes la agarró de la cintura, la levantó y la colocó encima de él para que pudiera sentir su masculinidad en todo su esplendor.
El calor que de allí emanaba casi le quemó la pelvis. Bella gimió y, al instante, Edward paró, la agarró de los antebrazos y la apartó.
Unos ojos asombrados se encontraron con los de ella en la oscuridad.
-¿Bella? -dijo él sin poder creérselo-. ¿Checos' hai?
Se dio cuenta de que Edward había respondido a sus caricias incluso antes de estar despierto. Se quedó de piedra, no podía hablar y es taba roja como un tomate. Él observó el conjunto de lencería. Parpadeó. Volvió a mi rarla, anonadado.
-Per amor di Dio... ¿A qué demonios estás jugando? -antes de meterse en la cama, Bella se había imaginado que él se despertaba y la aga rraba con dulzura y entusiasmo, pero la había apartado para recuperar el control y la estaba preguntando la mayor estupidez que la había preguntado jamás- ¿Qué haces así vestida? -añadió viendo los zapatos de tacón alto que llevaba.
-Yo... Yo no sé qué decir -contestó ella atro pelladamente.
-¿Has estado bebiendo?
-Bueno, eh... un poco...
-¿Tienes que darle a la botella para acostarte conmigo?
-Sí...¡quiero decir, no! -contestó ella confusa ante su enfado.
-Y, cuando estás borracha, te metes en la cama con zapatos -dijo él iracundo apartándola hacia un lado de la cama- Cuando me fui, eras una esposa tímida y estrecha y, ahora, ¡te has convertido en una furcia de alto nivel!
-No... no, no es eso... -contestó ella baján dose de la cama.
-¿Quién fue? -preguntó furioso agarrándola con fuerza de la muñeca antes de que a ella le diera tiempo de escapar - ¿Quién consiguió que se produjera el milagro mientras yo estaba fuera? ¿No crees que tengo derecho a saber quién se ha estado acostando con mi mujer mientras yo no podía hacer nada para impedido?
Bella se quedó pálida. Lo miró con ojos que reflejaban un gran asombro. La tensión que flo taba en el aire se le antojó crueldad para sus nervios. Edward suspiró con fuerza, bajó la mirada y la soltó.
Bella se levantó de la cama, agarró el cami són de la silla y se lo puso con manos tembloro sas. ¿La había llamado furcia de alto nivel? Sentía una mezcla de mortificación y vergüenza en el estómago. No la deseaba... ¿por qué se había imaginado que sí lo haría? ¿De dónde se habría sacado la loca idea de que esos cinco años le iban a haber dado la destreza sexual de la que carecía? Demasiado tarde. Lo único que había conseguido era desatar la ira de Edward, que la estaba acusando de haberse acostado con otro hombre
-Supongo que sería con Jacob... -continuó él apretando los puños - ¡Esa maldita sabandija esperó su oportunidad!
Bella se quedó petrificada un momento, pero reaccionó y se fue al baño. Cerró con cerrojo y tomó aire con fuerza ante aquel último comen tario. ¿Lo sabía? Si no, ¿por qué habría dicho que era Jacob? Seguro que alguien le había con tado lo de los periódicos, sucias mentiras, sobre ella que habían publicado a los pocos meses de su desaparición.
Edward intentó abrir la puerta. Llamó.
-Bella, abre. Ya no estoy enfadado. Quiero hablar contigo.
Ella se apartó de la puerta. No tenía ninguna intención de abrirle. Tenía el cerebro destro zado, la cabeza no le daba para enfrentarse en aquel momento a aquella situación, a Edward. Se quitó el camisón, se arrancó el sujetador y las braguitas y las arrojó al cesto de la ropa sucia con tristeza. Se quitó los zapatos de tacón y se volvió a poner el camisón. Todo había sa lido fatal. Todo le salía siempre fatal con Edward.
-Bella... si no abres, tiro la puerta. - No lo haría. No sería educado. Claro que las acusaciones que había vertido sobre ella tam poco habían tenido nada de educadas.
-Me vas a dejar de todas formas. No sé ni por qué me molesto en preocuparme. ¡No pienso salir! -dijo sollozando con amargura.
La puerta se abrió con un terrible estruendo y un golpe seco que la hizo rebotar en la pared que tenía detrás. Bella se quedó con la boca abierta. Se quedó mirándolo. Se había puesto los vaqueros, pero iba con el pecho al descu bierto y, eso unido a la barba de tres días, el pelo largo y el brillo de sus ojos, le conferían un aspecto de lo más seductor.
-Tranquilízate... -le dijo.
Bella estaba muy lejos de calmarse, ya no po día más. Lo miró atónita, le había hecho perder los nervios. No había dudado en abrir la puerta por la fuerza. Aquello no era propio de él.
Edward se acercó, la agarró y la abrazó con fuerza. Bella oía su corazón, como un martillo, igual de rápido que el suyo. La llevó al salón temblando como una hoja.
-¿Por qué me dices que te voy a dejar? ¿No vas a venir a Londres conmigo? Solo serán un par de días. En cuanto termine con unas reunio nes, nos vamos a Italia.
-¿A Italia? -preguntó Bella dándose cuenta de que había malinterpretado sus intenciones. Se sintió aliviada.
-Una de las primeras cosas que me dijo mi hermano fue que Nonna murió hace más de cuatro años -Bella había olvidado que él no lo sabía. Cuando había desaparecido, su abuela se había quedado destrozada. Aquello había con tribuido, sin duda, al ataque de corazón que la había matado y seguro que Edward lo sabía- Creo que estaba en mitad de un proyecto de res tauración -continuó él intento controlar sus emociones- Dejó dicho en su testamento que Villa Pavone debía terminarse y mantenerse hasta que yo estuviera oficialmente muerto.. Como no creo que mucha gente lo sepa, espero que los periodistas no aparezcan por ese mara villoso palacio de la Toscana.
Al asimilar que Edward quería que siguie ran juntos, Bella dejó salir el aire que tenía en los pulmones y se tranquilizó, por fin.
-No debí decirte lo que te dije en la habita ción -se disculpó agarrándola de la barbilla y mirándola a los ojos- Tú creías que yo no iba a volver. Creías que había muerto. No tengo dere cho a interrogarte sobre los últimos cinco años. Lo sé, pero, al despertarme, exageré...
-Pero yo seguí sintiéndome casada.. : yo se guí pensando en ti a pesar de que no estuvieras - protestó ella.
-Ya lo sé... he visto la capa de polvo que te nía mi foto que tienes en la mesilla contestó él medio en broma-. Sé que no la has puesto hoy para quedar bien.
Bella se emocionó ante aquella confesión.
-¿Por qué has dicho lo de Jacob?
-Supongo que nunca llegó a caerme bien - contestó él encogiéndose de hombros sin darle mayor importancia. .
Bella nunca se había dado cuenta de ello. De hecho, le había pedido que contratara al joven y Edward lo había puesto de ayudante en una finca que los Masen tenían a las afueras de Oxford. Sin embargo, cuando un fotógrafo sacó una foto de Jacob besando apasionadamente a una mujer rubia y delgada, Jacob estaba a punto de dejar de trabajar para los Masen. La finca era propiedad de ambos hermanos, pero Garrett la había vendido tras la desaparición de su her mano mayor.
Bella se dio cuenta de que Edward no sabía nada de su supuesto romance con Jacob. Era im posible que hablara de él de manera tan casual si lo supiera. Además, se la llevaba a Italia con él. No era el mejor momento para empezar con las confesiones y las explicaciones. Sobre todo, porque ella no había hecho nada. Sabía que al gún día, sin embargo, tendría que sacar el esca broso tema, pero, de momento, lo único que quería era estar con él.
-Edward... no ha habido nadie...
-No necesito que me lo digas. No te lo he preguntado -contestó él muy serio. ,
-Pero te lo digo de todas maneras –contestó ella mirándolo a los ojos - Simplemente para que lo sepas: no ha habido nadie.
-Si es así, ¿a qué ha venido toda esa escenita de seducción?
Bella se dio cuenta de que lo único que había conseguido con aquello había sido hacerlo sos pechar. .
-Sé que ha sido un desastre -respondió mi rando al suelo-. Solo quería... quería hacer algo que te gustara, para variar...
-Algo que me gustara -repitió él en un tono que hizo que a ella le recorriera un escalofrío-. Algo así como una recompensa por haber vuelto vivo.
Bella se quedó pálida.
-No ha sido así...
-Te has tenido que saltar tu propia convic ción de no beber para hacerlo -dijo él subiendo el tono-. Nada más y nada menos que una pro posición sexual a la luz del día...
-Edward...
-Que te quede clara una cosa antes de que nos vayamos a Italia. No quiero que hagas nada única y exclusivamente para complacerme.
-¿Cómo? .
-¿Crees que me gusta verte acercarte a mí como si fueras una esclava sexual rindiendo pleitesía a su amo? -preguntó con desdén- ¿ Crees que estoy tan desesperado?
-Solo quería demostrarte lo mucho que me importas contestó ella con desesperada dignidad apartándose de él para no ponerse a llo rar.
Ante aquella sinceridad, Edward suspiró.
-Lo siento...
-Soy yo la que lo siento por seguir siendo tan inútil...
Edward la agarró desde atrás y la abrazó, pero ella estaba rígida de dolor.
-Eso no es verdad, cara... .
-Sí, sí lo es... tú no me deseas -apuntó do lida.
-¡Per amor di Dio! ¿Crees eso? -dijo él abrazándola con fuerza- ¿Qué crees que me hacía seguir adelante en aquella maldita cárcel? ¿El banco? ¡Nó, fuiste tú, la esperanza de que todavía estuvieras aquí cuando yo volviera!
Sorprendida, Bella se quedó agarrotada. Le asustaba creer aquello, pero quería creer todas y cada una de sus palabras desesperadamente.
Lloró de alegría y felicidad.
-Entonces, ¿por qué...?
-¿Te grito y me enfado contigo? -dijo él du dando-. Supongo que es por la falta de sueño y porque este sitio me da claustrofobia.
Bella se sintió estúpida de repente. Cuando le había dicho que necesitaba espacio, se refería a que el piso era muy pequeño, nada más. Había vuelto a malinterpretar sus palabras. ¿Por qué lo había despertado con lo cansado que estaba?
-Vuelve a la cama -le ordenó protectora mente. Si nos van a recoger a las siete, tengo muchas cosas que hacer...
-Claro -contestó él dejándose caer en la cama- Supongo que tendrás que decir en el co legio que dimites... Sé que no querrás dejar a tus alumnos, pero yo te necesito más que ellos, cara.
Bella asumió que no era el momento de con tarle que no era profesora y de hablarle de la tienda de arreglos porque tenía que dormir.
Antes de que se hubiera terminado de vestir, él ya se había vuelto a dormir. No quería ale jarse de él, quería sentarse a los pies de la cama y deleitarse ante su presencia, pero tenía cosas que. hacer. Le había dicho que. la necesitaba. Ha bía confesado que su recuerdo le había dado fuerzas para sobreponerse a la odisea de Monta via. .
Intentó no pensar en lo que sería pasar un par de días en la casa de los Masen mientras ha cía la maleta. Luego fue a casa de Jessica Stanley, su ayudante, para pedirle que cuidara de la tienda, a lo que ella accedió encantada a cambio de que le contara toda la historia con pelos y se ñales.
Al cabo de un buen rato, Bella subió co rriendo las escaleras de su casa. Una vez en el vestíbulo, se quedó helada al ver la cama vacía. Entonces, oyó a Edward hablando en italiano por teléfono y suspiró aliviada. No podría so portar no vedo más. ¡Al separarse de él, aunque fuera un rato, sentía el absurdo terror de que se fuera a ir!
Cuando la vio, colgó el teléfono. Tenía el pelo mojado de la ducha y se había vestido. Ya no llevaba vaqueros sino un maravilloso traje gris marengo con una camisa blanca y una corbata de seda. Por un momento, al verlo así, fue como si aquellos cinco años no hubieran pa sado. Era la viva imagen de un rico banquero. Estaba guapísimo, pero aquella imagen la inti midaba.
-Creí que seguirías durmiendo. ¿De dónde has sacado ese traje?
-Garrett me lo envió a Heathrow. Mandó mis medidas por fax al sastre desde Brasil. Supongo que pensó que, si me presentaba en va queros, nuestras acciones bajarían. Van a venir a buscamos media hora antes de lo previsto. ¿Dónde has estado?
Bella le contó lo de la tienda. Él escuchó con los ojos como platos.
-¿Te has estado ganando la vida cosiendo? ¿Qué necesidad tenias de caer tan bajo?
-Yo... -contestó ella sonrojada.
-He estado hablando con Garrett. Me ha di cho que te ofreció dinero en varias ocasiones antes de que te fueras de casa, pero que tú te ne gaste.
El timbre del teléfono rompió el incómodo silencio.
-Responde -dijo él con impaciencia- ¡Han estado llamando todo el rato desde que te fuiste!
Bella se apresuró a descolgado.
-¿Bella? . Era Jacob. Llevaban un par de meses sin ha blar.
-¿Jacob?
-¡Menos mal que puedo hablar contigo por fin! Oye estado oyendo la radio y han dicho que tu marido ha vuelto a Inglaterra. ¿Es ver dad? ¡Es increíble! ¿Está ahí contigo?
-Sí.. .
-¿Me oye? -preguntó en tono de conspira ción.
-Sí, ¿por qué? -dijo ella molesta.
-¿Le has dicho lo de esos fines de semana de sexo y lujuria que se supone que compartimos?
-No...
-¡No lo hagas! Hazme caso. De momento, no le digas nada. Creo que será mejor que nos veamos cuanto antes para hablar del tema...
En aquellos momentos, lo último en lo que quería pensar Bella eran en las terribles conse cuencias de la aventura que Jacob había tenido con Kate, la mujer de Garrett, cuatro años atrás.
-Lo siento, pero no va a poder ser...
-¡Bella..!.. no puedes huir de ello...
-¡Mira, te llamaré otro día! -dijo colgando y maldiciendo antes de que Jacob dijera algo que la enfadara. .
Se dio la vuelta y miró a Edward. Jacob le acababa de pedir que mintiera a su marido. ¡No hacía falta que se lo recordara! Por otra parte se sentía mal por haberse portado así con Jacob quien se había ofrecido a hablar con Edward si alguna vez se daba la ocasión para aclarar las cosas.
Edward estaba tenso, con las mandíbulas apretadas. La miró a los ojos y ella bajó la mi rada.
-Así que Jacob, el amor de tu vida, sigue rondándote - comentó él fríamente - ¿Qué me estás ocultando?
Aquella vez fue el timbre de la puerta lo que la salvó.
