Capítulo 5

Bella, completamente conmocionada por lo ocurrido, deambuló por las tiendas un rato hasta que se recobró un poco. Se re criminó por no haberse dado cuenta del rencor de Jacob. ¡Había confiado en él por completo y la estaba chantajeando!

¿Cómo iba a salir de aquella pesadilla? Se avergonzó de haber cedido ante sus amenazas. Todo se debía a su estupidez. Para empezar, no debería haberse callado cuando ocurrió lo de las fotos. No debería haber protegido a Kate, quien se había aprovechado de su desesperación por haber perdido a Edward.

De repente, mientras cruzaba por el departa mento de electrónica de unos grandes almace nes, vio a Edward en varios televisores a la vez. Era la rueda de prensa. La gente se agol paba para verla. Allí estaba él, con su hermano Garrett y un par de directivos del banco. Qué bien quedaba ante la cámara. Contestaba con seguridad y humor

Se sintió terriblemente culpable por no estar con él. Se había sentido muy aliviada cuando Edward la había liberado de tener que acom pañarlo. La verdad es que, desde el escándalo de las fotografías, tenía pánico a los medios de comunicación. Se recriminó el no haber lu chado contra ellos en vez de huir.

Al volver a casa, se dio cuenta de que se le había hecho muy tarde. Cuando estaba cruzando el vestíbulo, apareció Kate.

-Tienes diez minutos para arreglarte antes de irte a Italia en tu segunda luna de miel -dijo la castaña.

-¿Ha vuelto Edward?

-No, pero ha llamado. Quería hablar contigo y no le gustó mucho que no estuvieras -con testó con una sonrisa maliciosa - Me tomé la molestia de llamarlo para decirle que, justo an tes de irte, llamó Jacob para hablar contigo.

Sorprendida por el veneno de su cuñada, pero dispuesta a no contestar, Bella subió a toda prisa a cambiarse. Una hora más tarde, es taba entrando en el aeropuerto con un guardaespaldas. Lo que ocurrió a continuación la pilló completamente por sorpresa. Un fotógrafo sa lió de la nada y le hizo una foto, que la deslum bró. En menos de un minuto, una nube de reporteros la rodearon y comenzaron a hacerle preguntas. .

-¿Por qué no estaba usted con su marido en la rueda de prensa?

-¿Está su matrimonio pasando por un mal momento, señora Masen?

-¿Por qué la familia Masen fue a Brasil sin usted?

-¿Por qué se ha escondido todos estos años?

Si los guardas de seguridad del aeropuerto no hubieran acudido en su ayuda, no podrían haber escapado nunca. Bella no respiró tranquila hasta que su avión privado no despegó rumbo a Italia. Alguien tenía que haberle dicho a la prensa que iba a estar en el aeropuerto. ¿Quién? ¿Kate? ¿Quizás fueran solo imaginaciones suyas?

Sus peores pesadillas se estaban haciendo re alidad. Edward había levantado mucha expec tación y, por tanto, su matrimonio interesaba a la opinión pública. Su ausencia en la rueda de prensa había levantado sospechas. ¿Cuánto tar daría el viejo escándalo en salir a la luz de nuevo?

Aquella misma tarde, el mismo coche que la había recogido en Pisa, subió por una carretera de montaña y enfiló una gran avenida rodeada de cipreses. Bella divisó un lago cuya superficie parecía un espejo y vio por primera vez Villa Pavoneo

El maravilloso edificio estaba situado en lo alto de la colina. Los adornos de estuco y una hilera de columnas embellecían el ya de por sí impresionante frontal de la villa. Al salir del coche, la calidez del verano la envolvió. Olía a cítricos y había pavos reales por los jardines.

Bella sonrió y se dirigió a la puerta principal. Allí no había periodistas, los había dejado atrás, en Londres, con los terribles parientes de su marido y Jacob, se recordó encantada. En unas horas, Edward, estaría con ella.

Entró en un vestíbulo fabuloso, tan grande que sus pisadas hacían eco. Las paredes estaban pintadas con maravillosos frescos. El techo también estaba pintado.

-¿Dónde diablos te habías metido esta ma ñana? .

Bella se pegó un buen susto. Se giró muy sor prendida. Edward estaba en el quicio de una puerta que ella no había visto.

-¿ Ya estás aquí? -preguntó encantada aun que sorprendida.

Estaba guapísimo con unos chinos de color beige y una camisa de algodón de manga corta color crema, que acentuaban el moreno de su piel y su pelo negro. Edward la miraba con du reza en los ojos y la mandíbula apretada.

-Estabas con Jacob...

-Sí -contestó, decidida a decir la verdad hasta donde pudiera.

-¿Durante horas? -le espetó enfadado. -Casi pierdes el vuelo.

-No, me dio tiempo de sobra -contestó con las palmas de las manos empapadas de sudor. La felicidad dio paso a la tensión- Además, no he estado con él todo el tiempo. Estuve mirando tiendas...

-Mientes.

La convicción con la que Edward lo había dicho la intimidó. No era una pregunta sino una afirmación para tirarla de la lengua.

-¿Por qué dices eso? -preguntó Bella con la boca seca.

-Dime la verdad - le dijo con frialdad.

-Yo...

-¿ Qué? -explotó él.

-Estuve dando una vuelta por las tiendas por que estaba enfadada y se me hizo tarde -con testó Bella-. Nada más -se encogió de hom bros-. Quedé con Jacob porque hacía tiempo que no nos veíamos... y no me gustó lo que me dijo. Por eso, no voy a volver a verlo más.

Bella se dio cuenta de que aquello había dejado desconcertado a Edward.

-¿Qué?

Bella se cruzó de brazos en un gesto de de fensa.

-Mira, ya ha sido suficientemente desagrada ble descubrir que Jacob no era el maravilloso amigo que yo había creído siempre que era. ¡No me apetece tenértelo que contar y volver a sen tirme como una imbécil!

-¿Has decidido poner fin a vuestra amistad? ¿Cuándo lo has decidido? -preguntó Edward, quien parecía tener dificultades para creerlo-. ¿Ahora mismo, porque has visto que me había enfadado? .

-Mira, eres un paranoico...

-Solo te he pedido una explicación...

-Y yo te he dicho, educadamente, que no voy a entrar en detalles. Jacob no es lo suficiente mente importante como para que discutamos por culpa suya.

-Santo cielo... no estoy discutiendo... ¿adónde vas? -rugió Edward al ver que Bella se dirigía a la puerta.

-Voy a volver a salir y voy a volver a entrar. A ver si, así, me recibes de otra forma más cari ñosa.

Se hizo un silencio tan profundo que se po dría haber oído una pluma cayendo.

Bella lo oyó tras ella, pero la pilló por sor presa que la levantara del suelo, encontrarse en tre sus brazos. El mundo le dio vueltas por un momento y se tropezó con su mirada dorada. En ese instante, se quedó sin aliento y perdió el sentido común. Sintió un repentino deseo en su interior, que hizo que se le dispara el corazón y el pulso.

Edward sonrió.

-¿Te gusta más este tipo de recibimiento, te soro mio?

La besó en el cuello. Bella sintió que todo el cuerpo se le tensaba. Le puso una mano en el pelo y sus bocas se encontraron. Al cerrar los ojos, le pareció ver fuegos artificiales. Estaba tan caliente, tan excitada, que se aferró a él. Él la sentó en una superficie fría, la agarró de las rodillas y le abrió las piernas para estar más cerca.

Bella gimió al tiempo que dejaba que sus de dos corretearan bajo el vestido por sus muslos. Temblaba, con un apetito sexual que la que maba. Edward la agarró de las caderas y abrió los ojos para mirarla.

-Demuéstrame que no necesitas vodka -la invitó.

Por un segundo, el deseo dio paso a la sor presa. ¿Cómo? ¿Aquí? ¿Ahora? ¿En una mesa de mármol? Entonces, se encontró con aquellos ojos oscuros que la perseguían desde la primera vez que los vio. Literalmente, se derritió. Volvió a perder el sentido común y, si el mundo se hu biera terminado en ese mismo momento, no le habría importado.

-No me refiero a hacerlo aquí -rió Edward.

La bajó de la mesa y la condujo hacia la puerta por la que había aparecido él un rato an tes. A ella le flaqueaban las piernas, sentía todas y cada una de sus células vivas por la tensión sexual. Sus pisadas retumbaron al cruzar otra amplia estancia de columnas de mármol, lám paras de cristal y enormes cuadros. Edward abrió una puerta que daba a una espectacular es calinata que conducía al primer piso.

Al llegar arriba, Edward la hizo pasar a una habitación que parecía un hangar, un hangar con una cama. Una cama enorme coronada por un gran dosel dorado desde el que colgaba una tela exquisita.

-Aquí podrás ser la princesa de tu cuento de hadas.

-Estar aquí contigo ya es bastante –contestó ella.

Edward la miró entre las pobladas pestañas de una manera tremendamente sensual. Le puso las manos en los hombros y le dio la vuelta con delicadeza. Al bajarle la cremallera del vestido, ella se quedó sin respiración. La luz entraba a raudales por las cristaleras. Sintió vergüenza, pero no quería correr a cerrar las cortinas y dejar la habitación a oscuras.

Comparó el cuerpo voluptuoso de Tanya con el suyo, mucho más escurrido. En su obse sión por esconder lo que a ella le parecía un cuerpo imperfecto, había olvidado lo único que realmente importaba: Edward se había casado con ella, la había elegido a ella, no a Tanya Denali.

Sintió que le bajaba una manga y dejaba uno de sus hombros al descubierto. Bella cerró los ojos con fuerza.

-Santo cielo... -murmuró Edward-. Me muero por ti... cara.

Le agarró el pelo y se lo levantó dejando que su experta boca recorriera la nuca de Bella.

-Ah...

-Te va a encantar -le prometió él.

Su voz la atontaba. Dejó escapar una excla mación cuando el vestido cayó al suelo. Luchó contra el instinto de taparse con los brazos. Sen tía los pezones que se le clavaban en el sujeta dor. Sabía que se moría de deseo y comenzaron a fallarle las piernas.

-Lo estás haciendo muy bien -le dijo Edward-. Estás como un caballo de carreras a punto de saltar, pero sigues aquí.

-Sin vodka -susurró ella intentando imitar su sentido del humor, pero con la voz temblorosa.

-Abre los ojos, cara -le indicó él quitando de en medio la ropa que estaba en el suelo Disfruta viéndome mirarte.

Estaba yendo demasiado lejos demasiado rá pido. Bella sabía que tenía el pecho pequeño, unas caderas un poco rellenitas para el resto del cuerpo y unas piernas de lo más normales.

-¡No puedo!

-¿Prefieres dormir sola en esta habitación esta noche?

-¡No! -gritó con fuerza abriendo los ojos.

-Lo conseguí... -comentó él con satisfacción mirándola a la cara. Bella estaba sonrojada Te he engañado. No ibas a dormir sola aunque qui sieras.

-¿Ah, no? -preguntó ella enarcando una ceja.

Edward la agarró en brazos y la depositó en la cama. Bella se quitó los zapatos y tiró de las sábanas para taparse.

-No, no -dijo él echando la ropa de cama a un lado-. Menuda reacción más tonta, ¿verdad? Ya sabes que la falsa modestia no va conmigo, cara.

En vez de quedarse tumbada en bragas y su jetador, Bella se agarró las rodillas con fuerza e intentó decir algo gracioso.

-Yo, yo, bueno...

-No digas nada -dijo él divertido-. ¡Puede que a ti no te guste tu cuerpo, pero a mí me en canta!

Ella lo observó y volvió a sentir que se derre tía. No puso demasiada atención en lo que había dicho, pero le quedó claro que la deseaba. Ha bía sentido su excitación contra su cuerpo, la prueba física de su deseo. Lo vio quitarse la ca misa. Bajó la mirada, pero se sentía tan atraída por su belleza masculina como siempre. Edward no tenía vergüenza.. Bella adoraba aque lla decisión que emanaba, no como ella.

Cuando él se bajó la cremallera de los chinos dejando al descubierto la tripa dura cruzada por una hilera de vello, Bella sintió una punzada de deseo. Aquel hombre era todo energía e intensi dad. Edward apartó los pantalones. Ella ob servó su espalda, morena, sus caderas, sus cal zoncillos, sus muslos cubiertos de pelo. A diferencia de cómo había hecho otras veces, no desvió la mirada. En realidad, sentía una brutal curiosidad por verlo completamente desnudo, aunque le daba vergüenza que él se diera cuenta.

Edward se quitó los calzoncillos y ella sin tió que la cara le ardía. Su erección la intimidaba, pero de una manera cálida, que la hacía estremecerse. De repente, se sintió avergonzada de su propio deseo y bajó la cabeza. Lo único que veía eran los pies de Edward, que se acer caban a la cama.

Sintió el peso de su cuerpo en el colchón. Se guían en silencio y ella seguía con la cabeza en tre las rodillas.

-Eres una tramposa -dijo él echándola hacia atrás y recostándola sobre las almohadas.

-¿Cómo? -dijo ella desconcertada.

Edward puso una pierna entre las suyas y la mantuvo allí, bajo su peso. Le pasó un dedo por el labio inferior.

-Te he visto mirándome -lo tenía a unos mi límetros, Se puso roja como un tomate y se le secó la boca- Y... me parece que te ha gustado lo que has visto.

-No...

-¿No? -preguntó él irónico.

-Quiero decir, sí, pero...

-Nada de peros -contestó besándola dulce mente. Lo único que conseguían aquellos besi tos era que su cuerpo se impacientara. Ella que ría más y se revolvió bajo su peso.

-Dime que me deseas -dijo Edward.

-¿Qué? -dijo ella aterrada.

-Quiero oírlo... -dijo él tirando su sujetador.

Se lo había quitado sin que se diera cuenta.

-¡Edward!

-No, cara... -dijo agarrándola de las muñe cas antes de que le diera tiempo de taparse los pechos- Eres preciosa... eres muy bonita y yo necesito mirarte tanto como te gusta a ti mirarme a mí.

Bella tembló y se sintió horriblemente vulne rable. Se miró los pechos, pálidos, con los pezones rosados vergonzosamente en punta. Enton ces, vio que él estaba mirando lo mismo como un tigre hambriento, con una mirada tan intensa que se sorprendió. Le había soltado las muñe cas, pero ya no sentía la necesidad de taparse. Lo miraba fascinada. Arqueó ligeramente la es palda y movió las caderas. Se sentía como una extraña, una mujer seductora bajo una mirada masculina tan erótica.

Solo la estaba mirando, pero aquello bastaba para que se abrasara por dentro. Edward levantó una mano y la posó en su sensible piel. Bajó la cabeza y le rozó el pezón con la punta de la len gua haciendo que el cuerpo de Bella respondiera.

-¡Te deseo! -gimió ella invadida por oleadas de apetito sexual.

Edward la recompensó con una sonrisa lo buna que hizo que se le saltara el corazón y que la llenó de amor al tiempo que se derretía.

-Eres toda mía -dijo él en un hilo de voz- Eres la única mujer con la que he estado que solo ha sido mía. Eso me excita.

Su boca se encontró con la de Bella con una pasión que ambos necesitaban. Con los latidos de su corazón retumbándole en los oídos, Bella gimió cuando él la acarició los pechos y ella hundió sus dedos en su pelo. Todo lo que le daba aquella boca le parecía poco. Se arrimó a él, sin prejuicios, dejándose llevar.

-Por favor... -rogó sin voz deseando volverlo a besar.

-Has cambiado mucho -gimió con la respiración entrecortada. Con manos impacientes, le quitó las bragas.

Bella nunca se había sentido tan desnuda y no era por la luz del día. La anticipación de lo que iba a suceder la embriagó. Él la arrojó de espaldas contra las almohadas mientras su boca y su lengua recorrían sus pechos con una maestría que ella desconocía. Aquello la volvió loca. .

-¡Nunca creí que te vería así... muerta de de seo por mí! -exclamó él- Bella... Bella...

Al oído decir su nombre gimiendo, sintió to davía más calor. Nunca había sentido aquella fiebre que la abrasaba. Con seguridad, él bajó una mano hasta la humedad de su cuerpo, lo que hizo que Bella gritara de placer.

Sus ojos se encontraron. Edward observaba todas y cada una de sus reacciones. Por un mo mento, la mente de Bella intentó retomar el con trol, pero le fue imposible.

-No... no puedo evitarlo -dijo sin saber si se estaba disculpando y por qué.

-Lo sé...

Su cuerpo se consumía por la pasión, com pletamente controlado por sus expertas caricias, que se estaban convirtiendo en un tormento por que quería mucho más. El deseo era tan grande que la estaba devorando viva.

-Por favor... -rogó.

Con un movimiento delicado, Edward se puso sobre ella con la misma ansia. Se miraron a los ojos y, al sentir su penetración, gimió y ex perimentó una sacudida brutal. Estaba disfrutando tanto que, por un momento, temió desma yarse de placer. La respuesta de su propio cuerpo estaba siendo espectacular. Edward la llevó a alturas que ella desconocía. Conmocio nada por la intensidad que la desintegraba en un millón de partículas, sollozó y se volvió a dejar llevar de nuevo.

Bella tenía los ojos llenos de lágrimas. Es taba sorprendida. Nunca se había imaginado que fuera capaz de sentir tantísimo placer.

Edward se apartó y la abrazó. La besó sin parar y la miró. .

-¿De verdad que hace cinco años no te dabas cuenta de que nos faltaba algo?

-¿Quieres decir que... es siempre así? -gi mió.

-Muchas veces, pensé en ponerte alcohol en el zumo de naranja para que te dejaras llevar en la cama, pero sabía que no me lo perdonarías -contestó Edward acariciándole las mejillas-

No te relajabas, tenías tantos prejuicios. Heriste mi ego masculino donde más duele. La única mujer a la que no era capaz de satisfacer era a mi propia esposa...

-Yo estaba feliz con... bueno... ya sabes -murmuró ella. ¿Cómo iba a saber entonces que había más? Recordó el placer de entonces, que palidecía en comparación con lo que acababa de experimentar. Recordó que le gustaba más el principio que el final y vagos sentimientos de insatisfacción, pero le parecía normal. Desde el principio, había asumido que hacer el amor era más satisfactorio para él que para ella.

Sin embargo, había sido algo más. Desde el principio, se había sentido como una intrusa en aquella casa, aquella familia la consideraba una pobrecilla y también estaba Tanya, la ex no via que no paraba de recordarle que era de una clase social más baja. Entonces, había culpado a Edward de su infelicidad y había decidido no sobreponerse a sus prejuicios sexuales.

Edward se arrimó a ella, haciendo que ella sintiera todo su cuerpo.

-El sexo era un tema tabú. Una vez me di jiste que ya era suficiente con tener que practi carlo como para, además, tener que hablar de ello -le recordó él.

-No le daba importancia... no lo entendía -confesó en voz baja. Lo besó en el hombro,

completamente arrepentida. Cuánto lo quería. Y pensar que había estado a punto de perderlo. Le estaba plenamente agradecida por haber deci dido volver con ella y darle otra oportunidad.

-El pasado está olvidado -dijo él.

De repente, Bella sintió la necesidad de pre guntarle si era cierto que había pensado en divor ciarse de ella, como había sugerido su familia. Dudó, no sabía si podría aceptar una respuesta afirmativa al respecto. Si le decía que sí, tal vez sintiera que estaba en período de prueba. No, era mejor no preguntar ciertas cosas.

Edward la sacó de sus pensamientos abra zándola. Se puso bajo ella con delicadeza para que Bella sintiera su renovada erección.

-Cuando te dije que no iba a caer sobre ti como un animal hambriento de sexo, era men tira... me estaba volviendo loco -confesó Edward-. ¡Llevaba tanto tiempo sin hacerte el amor que no arrancarte la ropa el primer día en la limusina fue todo un reto!

-¿De verdad? -dijo ella sonrojándose y sin tiendo un repentino deseo. Él la besó y Bella volvió a dejarse hacer con aterradora facilidad.

-No quería asustarte... quería jugar, quería que tuviéramos que esperar...

-Se acabó esperar -dijo ella jadeando

Basta de juegos.

Edward, con toda su sangre italiana, la ob servó y se dio cuenta de que Bella estaba fuera de control. Mientras la tocaba, el placer lo fue invadiendo todo.

Una hora más tarde, después de haberse sa ciado Edward anunció con energía que tenía hambre y llamó al servicio para que les llevara algo.

-Servicio como en casa... ya veo bromeó Bella agarrando el amplio albornoz que él le había dejado sobre la cama.

-Obviamente, no te gustaban ese tipo de ser vicios... -dijo él con el ceño fruncido.

-¿ Qué quieres decir? -dijo ella percibiendo su tono de censura.

-Bueno, vamos a ver... -contestó él seca mente- ¡Te quitaste mi apellido, te fuiste de casa de mi familia y preferiste vivir de la cos tura! Eres profesora. Si tenías que trabajar, ¿por qué no lo hiciste de profesora, algo más apro piado para tu clase social?

Bella estaba rígida. Se anudó el cinturón del albornoz, salió de la cama y lo miró enfadada.

-¡Eres un esnob!

-¡Por supuesto que no! -le espetó Edward-. Al rechazar la ayuda de Garrett, también recha zaste todo lo que yo te di...

-¿ Tu apellido ilustre? -preguntó ella furiosa. Estaba tan enfadada que estaba temblando ¿Tu horrible familia? ¿Qué me diste? ¡Un montón de joyas, un coche ostentoso, muchas tar jetas de crédito! Aquello no me hacía feliz.

-¿Ah, no? -dijo él apretando los dientes.

-No, no era feliz allí. ¡Lo aguantaba porque te quería! -contestó con los puños apretados- Cuando desapareciste, habría sido como ser una fulana... Si hubiera intentado encontrar trabajo de profesora, habría tenido que decir quién era y estoy segura de que no me lo habrían dado. La gente te trata como a una leprosa cuando tu ma rido ha desaparecido...

-Basta ya de melodramas.

-No, tú no sabes lo que tuve que pasar. La gente no sabe qué hacer con una mujer en mi situación. ¡Les aterra que te vayas a ir abajo y les vayas a poner en un compromiso... aun que prefieren eso a que les cuentes con pelos y señales tu dolor! -dijo furiosa- Quería intimi dad y la única manera de conseguido era ga narme la vida en algo que no llamara la aten ción.

-¿ Y no podías haber elegido otro trabajo?

-¡Te advierto que me gano la vida muy bien! y volveré a hacerlo si te pasas de la raya.

En el silencio sepulcral que siguió a aquella amenaza, llamaron a la puerta. Bella se dio la vuelta y salió a uno de los balcones. Con manos temblorosas, se apoyó en la balaustrada de pie dra y miró las estrellas. La luna se reflejaba en el lago. Tomó aire y se dio cuenta de que aque lla furia que había salido de la nada era la ten sión acumulada. ¿Cómo iba a estar bien si la es taban chantajeando y, en cualquier momento, podía perder al hombre que quería? Debía con tarle lo de Jacob y Kate.

-Durante la rueda de prensa, comentaron va rias veces que preferiste ganarte la vida por tu cuenta -oyó decir a Edward a su espalda.

-¿La prensa ya ha descubierto dónde vivía, lo de la tienda... ? -preguntó descorazonada.

-Sí... ven a cenar -le aconsejó Edward-. El esnobismo no tiene nada que ver con esto...

-¿No?

-No. Lo que me molesta es lo poco que tar daste en darle la espalda a nuestra vida, a todos los que tenían algo que ver conmigo. Si a mí me hubiera ocurrido lo mismo, yo habría hecho justo lo contrario.

Bella sintió que los ojos se le llenaban de lá grimas. No podía ocultarle la verdad. Si su fa milia no la hubiera hecho la vida imposible, ella se habría quedado viviendo allí. Buscó refugio en sus brazos como un pajarillo. Aspiró su olor.

-Perdona por haberte hecho pasar tal ver güenza en la rueda de prensa... .

-Dio mio, cara... no soy tan sensible. Des pués de lo de Montavia, soy de acero contestó él mirándola-. ¡Puedo aguantar todo, a no, ser que me digan que te ganabas la vida haciendo la calle - "¿y que tuve un tórrido romance a los pocos meses de que desaparecieras?", pensó mientras él la conducía dentro.