Capítulo 8

Bella se quedó escuchando el silencio. Edward no entró en la habitación.

Completamente mareada y débil, se arro jó en la cama y estuvo llorando hasta que se quedó sin lágrimas. Exhausta y acalorada, se quedó allí intentando dilucidar qué hacer.

¿Debía sentirse halagada por que Edward la quisiera tanto que estuviera dispuesto a olvidar una infidelidad? Lo que sí le había quedado claro era lo poco que había conocido a su ma rido antes de su desaparición. ¿Edward celoso de Jacob? Era como si nunca hubiera estado muy seguro de que Bella o quisiera. ¿Por qué?

Mientras intentaba encontrar una respuesta y luchaba para no rastrear la casa entera para ver si él seguía allí, se quedó dormida. Cuando abrió los ojos, la habitación estaba en penumbra y se le había pasado aquel extraño mareo. Se dio la vuelta y se sorprendió de o que vio.

Edward estaba sentado junto a ella. Estaba en una silla, con la camisa abierta y la corbata desanudada. Vio que tenía un vaso de brandy en las manos y que la miraba intensamente.

-¿Qué? -preguntó nerviosa.

Edward suspiró y se echó hacia atrás.

-Quiero oír eso del chantaje.

Bella se quedó pálida.

-Le... le di el dinero.

-¿ Qué? -rugió como un león.

Bella tragó saliva y se sentó.

-Me amenazó con ponerse del de Kate. ¿Qué iba a hacer? ¿ Cómo habrías reaccionado si te hubieran ido con esa historia nada más llegar? Quería tener tiempo para estar contigo... no quería que todo se estropeara...

-¿ Te das cuenta de que te estás hundiendo tú sola cada vez que abres la boca?

-Pero te estoy diciendo la verdad -insistió Bella-. Tenía miedo del daño que nos podía ha cer Jacob si se aliaba con Kate, así que le di todo el dinero que tenía en el banco...

-¿Cuánto? -murmuró sentándose en el borde de la cama.

Tras morderse el labio, se rindió.

-Creí que nuestro matrimonio lo valía.

-Es una excusa muy original para ceder ante un chantajista. Te pidió el dinero el mismo día que venías aquí, ¿verdad? -Bella asintió-. ¡Bastardo!

-Lo siento... ¡Siento todo esto! -sollozó Bella hundiendo la cara entre las almohadas.

-Consuélate pensando que, cuando haya aclarado todo esto, va a haber algunos que lo van a sentir más que tú -continuó Edward ha ciéndole más preguntas sobre Jacob. Bella sabía el número de su móvil, pero no tenía su direc ción ni sabía exactamente dónde estaba la finca donde trabajaba.

-Nunca me acosté con Jacob -dijo al oír que se levantaba. - Nunca habría podido acostarme con nadie que no fueras tú.

-Eso no parece muy cierto, cara mía. Tal y como me recibiste, con el episodio del vodka y todo eso, lo único que puedo pensar es que te sentías culpable.

-Muy bien... piensa eso si quieres -contestó ella con rencor- Piensa que soy culpable. Sin ceramente, me parece que ya he pagado bas tante por algo que no he hecho! – Edward no contestó. Se limitó a quitarse la camisa y a desabrocharse los pantalones ¿Qué estás haciendo?

-Desvestirme para meterme en la cama...

-¡No pienses que vas a dormir conmigo! -ar guyó Bella, atónita - No te crees lo que te digo de Jacob, así que ya te puedes ir buscando otro sitio para dormir -Edward terminó de desves tirse. Bella recapacitó y recordó que, años atrás, dormir separados los había alejado terrible mente- Bueno, puedes dormir aquí.

-Grazie.

-Entonces, ¿no has pensado en divorciarte de mí? -le preguntó ya con las luces apagadas.

-No, pero probablemente tu vida va a ser un infierno hasta que logre aclarar todo esto.

-¿Me estás amenazando?

-Te estoy advirtiendo.

Bella lloró en la oscuridad. No la creía. No iba a creer nunca que no lo había traicionado con Jacob.

De repente, sintió las manos de Edward en la cintura.

-Te sigo deseando, cara.

-Pero...

-Tú también me deseas. Puede que el amor fuese falso, pero el sexo es real -aquello le do lió terriblemente, pero se dio cuenta de que él estaba horriblemente herido también por todo lo ocurrido y se culpó por ello. Se sentía tan desdi chada que no creyó que pudiera responder. Para su sorpresa, su cuerpo reaccionó con una inten sidad desconocida cuando él la besó-. Eres mi mujer...

La escalada de deseo fue en aumento hasta que, de repente, Edward se apartó, masculló algo en italiano y se fue al baño. Bella se encon tró sentada en la cama, encendió la luz y oyó la ducha.

Se puso la bata y se sentó en la silla que antes ocupara él. Minutos después, Edward salió del baño con una toalla enrollada en la cintura.

-Lo siento. Creía que iba a poder hacer como si nada, pero no puedo. No puedo hacerte el amor con esta furia que llevo dentro. Podría he rirte -dijo sin mirarla yendo hacia el vestidor.

Bella lo oyó abrir cajones y hablar por telé fono en italiano. Aquello era el fin. Eran las once de la noche. Se había ido de la cama y se estaba vistiendo.

Se levantó y fue hacia la puerta del vestidor, pero se paró porque él seguía hablando por telé fono. Volvió a la habitación. Había dicho toda la verdad y él no la había creído, pero había ocultado magistralmente su dolor. Se dio cuenta, queriéndolo más que nunca, de que lo estaba pasando todavía peor que ella.

-Me voy a Londres... -anunció al salir del vestidor.

-Déjame ir contigo... por favor -le rogó.

-Necesito tiempo. Es mejor que no vengas conmigo. Necesito estar solo.

-Como Greta Garbo... -murmuró sin poder evitarlo.

Accidenti! ¿Te crees que estoy huyendo? -dijo furioso-. Me voy por tu bien. Si me quedara, seguramente destruiría lo que tenemos y no quiero que eso suceda, así que dame tiempo.

Bella asintió y miró hacia otro lado.

-Te quiero...

-Pues no lo parece -se hizo un terrible silencio-. He comprado otra casa de campo en In glaterra... era una sorpresa. Puedes irte allí.

-Tú te vas a la casa de la ciudad -asumió ella sintiéndose como si le dieran una patada. Aquello era una separación en toda regla.

-No, me voy a un piso que tiene el banco.

Mucho después de que Edward se hubiera ido, Bella seguía sentada en la habitación. Se sentía vacía. ¿Sería aquello el final de la etapa de transición de la que le había hablado el con sejero?

Recapacitó y se dio cuenta de que, si fuera Edward, se mostraría igual de furiosa e incrédula.

Cuarenta y ocho horas después, Bella se fue a Londres en avión y, desde allí, la llevaron a Greyscott Hall.

Era una mansión isabelina preciosa situada en mitad de un bosque. Edward la había llamado dos veces desde que había vuelto a Lon dres, pero los diálogos tan impersonales que ha bían tenido no le habían servido de gran ayuda. Al entrar en la casa y percibir el aroma de las rosas, pensó que, si Edward no hubiera que rido que su matrimonio se arreglara, no se ha bría molestado en alojarla allí."

Edward le había dicho por teléfono que es taba seguro de que le iba a encantar porque era muy acogedora.

Ningún Masen, acostumbrados todos a ca sas fabulosas, se habría parado nunca ante una casa acogedora. Edward había insistido en que quería que Greyscott Hall fuera la casa de sus sueños.

El ama de llaves le mostró la casa. A pesar de su tristeza, le encantó. Notó que Edward se ha bía tomado su tiempo en decorarla.

-Tengo entendido que le gusta a usted mucho coser -le dijo la mujer. Bella no pudo reprimir las lágrimas al entrar en una habitación que ha bía sido especialmente acondicionada para ello. Había de todo, incluso un telar antiguo. Obvia mente, Edward se había acordado de que, cinco años atrás, ella solía refugiarse en la cos tura.

Bella se acercó a la ventana e intentó reco brar la compostura. Realmente, se había moles tado en que todo estuviera a su gusto. Lo que estaba destinado a haberla sorprendido y agra dado, le produjo un inmenso sentimiento de pérdida. .

Todo lo que estaba viendo había sido dis puesto antes de que Edward hubiera recibido el recorte de prensa. .

No sabía si lo volvería a ver. Sería mucho más fácil dejar todo en manos de los abogados. Se preguntó qué habrían significado para él aquellas maravillosas semanas .en Villa Pavoneo Seguramente, tras cuatro años y medio en pri sión, lo único que había buscado era descanso y sexo.

Se quitó aquel pensamiento que la ahogaba de la cabeza y abrió una puerta. Era una habita ción infantil. De repente, se dio cuenta de que no había tomado la píldora anticonceptiva desde que Edward había vuelto. Dándole vuel tas a aquello, bajó a la parte de abajo para to marse un té.

Al sentarse, sacó la agenda para verificar fe chas. Otro de aquellos terribles mareos le hizo levantar la cabeza y tomar aire. Se dio cuenta de que hacía una semana que los tenía y, al mirar las fechas, vio que se le había retrasado el perí odo.

. ¡Podía estar embarazada! ¿Cómo se sentiría Edward ante aquello? Debía saberlo. Se apre suró a llamar al médico.

Después de comer, fue a Londres a la con sulta de uno de los médicos de la familia Bra ganzi. Rezó mientras le hacían las pruebas. Veinte minutos después, entró en la limusina conmocionada y como en las nubes.

De hecho, no volvió a poner los pies en la tierra hasta que no se metió en la cama aquella noche, sola, en Greyscott Hall. Se preguntó cómo reaccionaría Edward al enterarse de que iba a tener un hijo. Sintió deseos de llamarlo y decírselo para que volviera, pero no lo hizo. Cinco años atrás, decide que quería tener un hijo había sido horrible. Seguramente, no que rría que lo tuviera.

Todo apuntaba a algo humillante: Edward no la quería. Si la hubiera querido, se lo habría dicho alguna vez. Nunca olvidó cómo Tanya, a instancias de Rosalie, se había pavoneado ante ella con el collar que tenía una inscripción de amor de Edward.

Al día siguiente por la tarde, Bella estaba de rodillas en la habitación infantil con un par de catálogos de papeles de pared que había ido a buscar aquella misma mañana. Estaba deci diendo qué quedaría mejor, los conejitos o los ositos. Oyó pisadas y creyó que era el ama de llaves.

-¿Qué le parece?

-Me encantan los ositos, con esos ojos de bo rracho... -contestó Edward-. ¿Qué hacen los conejitos saltando vallas como si fueran ovejas?

Bella se quedó de piedra.